 Humberto Cucchetti



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Caminos sinuosos: nacionalismo y catolicismo en la Argentina Contemporánea”.

En Francisco Colom y Angel Rivero (Edit) El altar y el trono. Ensayos sobre el catolicismo político latinoamericano, Barcelona, ANTROPHOS/UNIBIBLOS, 2006. ISBN: 84-7658-801-1
Fortunato Mallimaci

Humberto Cucchetti

Luis Donatello9

“Nosotros, cuando actuamos como poder político seguimos siendo católicos, los sacerdotes católicos cuando actúan como poder espiritual siguen siendo ciudadanos. Sería pecado de soberbia pretender que unos y otros son infalibles en sus juicios y en sus decisiones. Sin embargo, como todos obramos a partir del amor, que es el sustento de nuestra religión no tenemos problemas y las relaciones son óptimas, tal como corresponde a cristianos”. Almirante Eduardo Massera, Informe de la Conadep, Nunca Más, Buenos Aires, 1984

“...La persona que me interrogaba perdió la paciencia, se enojó diciéndome: «Vos no sos un guerrillero, no estás en la violencia, pero vos no te diste cuenta que al irte a vivir allí (en la villa) con tu cultura, unís a la gente, unís a los pobres y unir a los pobres es subversión». Alrededor de los días 17 ó 18 volvió el otro hombre que me había tratado respetuosamente en el interrogatorio y me dijo: «...usted es un cura idealista, un místico, diría yo, un cura piola, solamente tiene un error que es haber interpretado demasiado materialmente la doctrina de Cristo. Cristo habla de los pobres, pero cuando habla de los pobres habla de los pobres de espíritu y usted hizo una interpretación materialista de eso, y se ha ido a vivir con los pobres materialmente. En la Argentina, los pobres de espíritu son los ricos y usted, en adelante, deberá dedicarse a ayudar más a los ricos que son los que realmente están necesitados espiritualmente”. Testimonio del sacerdote Orlando Yorio, Conadep, Nunca Más

“Surge una primera dificultad y es establecer la ideología de los militares acusados, ellos se proclamaron enemigos del marxismo leninismo pero, sin embargo, en sus acciones tampoco demuestran excesivo apego a los valores occidentales y cristianos que proclamaban... aquí (el obispo católico) Mons. Hesayne dijo que no se puede ir a misa para luego ir a torturar” Alegato final del Fiscal de Cámara Dr. J. Strassera en Juicio a la Juntas Militares (1976-1983), Diario del Juicio, nro. 19, octubre 1985



“Destacar que en la generalidad de los autores de derecho internacional público es firme la idea de que por ser la guerra un verdadero flagelo... ha menester humanizarla. Es dentro de ese marco de humanización que el Concilio Vaticano II se expresa sobre el tema «cuanto atenta contra la vida... cuanto viola la integridad de la persona como por ejemplo las mutilaciones, las torturas morales o físicas... todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismo infamantes... y son totalmente contrarios al honor debido al Creador»... El Derecho Canónico no resulta ajeno a estas ideas, pues el canon 2209, párrafo 3, dice “no sólo el que manda que es el autor principal del delito, sino también los que inducen o de cualquier manera cooperan en su consumación contaren una imputabilidad que no es menor que la del mismo ejecutor ... Se han atendido las enseñanzas de la Iglesia Católica... Este Tribunal falla: Condenar al Teniente General Jorge Rafael Videla (...) inhabilitación absoluta perpetua (…)” Sentencia de la Cámara Federal de Apelaciones en el Juicio a la Juntas Militares (1976-1983), Diario del Juicio nro.36, enero 1986.

Introducción
Las citas anteriores ilustran en gran medida el problema que se pretende abordar en este trabajo. Ellas provienen del Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), organismo creado por el entonces Presidente de la Nación Raúl Alfonsín en el año 1984 con el objeto de investigar los crímenes de la dictadura militar que azotó nuestro país entre 1976 y 1983, y del Juicio a las Juntas Militares que condenó el terrorismo de Estado.
En estas referencias, que constituyen un espacio simbólico de memoria central para entender nuestra argumentación, vemos un hecho que trasciende a las distintas miradas: criminales y víctimas buscan legitimación en el catolicismo. ¿Esto es producto de una falsa utilización e instrumentalización del discurso religioso con fines políticos? ¿O, por el contrario, expresa una íntima conexión de sentido entre distintas modalidades de catolicismo y distintas opciones políticas que, al mismo tiempo, son y han sido religiosas?
De acuerdo con estas preguntas, el trabajo que ofrecemos a consideración se propone indagar distintas construcciones que han imbricado lo político con lo religioso, más específicamente, lo católico y lo nacional en la Argentina del siglo XX. Su objeto será demostrar la existencia de una «matriz común», que denominaremos de acuerdo a los hechos históricos «integralista», a partir de la cual se disemina una variedad de articulaciones entre lo religioso y lo político. Como podremos justificar, esta comprensión de las continuidades y rupturas en las configuraciones políticas cuestiona en gran medida las divisiones tajantes entre lo reaccionario y lo progresista, la izquierda y la derecha en los posicionamientos de una sociedad como la argentina. Con esta idea, no pretendemos invalidar o descalificar radicalmente tales categorías del pensamiento político. Sin embargo, para poder captar la complejidad de vínculos entre nacionalismo y catolicismo en nuestro país profundizar el análisis y asir lógicamente la presencia plural y vasta de justificaciones político- religiosas. Por ejemplo, volviendo a nuestras citas iniciales, que víctimas y victimarios, jueces y juzgados, hayan invocado la doctrina católica y sus correlatos éticos para justificar sus actos no es muestra de una mentalidad reaccionaria o tradicional y/o revolucionaria por parte de los actores y movimientos sociales. Por el contrario, ello muestra un proceso complejo- tanto histórico como sociológico- en el cual distintos actores situados en la intersección entre lo político y religioso desarrollaron, desde la década del treinta hasta la actualidad, discursos y prácticas con el objeto de “catolizar” y “nacionalizar” la sociedad, surgiendo de una misma posición básica distintas opciones político-religiosas muchas veces opuestas entre sí. 10
Esta situación nos debe prevenir contra toda idea “esencialista” de la comprensión de lo católico, lo nacional, lo político y lo religioso. En varios trabajos11 hemos mostrado cómo el catolicismo constituye una variedad de comprensiones, interpretaciones y maneras de actuar que exige pensarlo como un movimiento histórico real, de un cuerpo concreto, en situaciones dadas. Combina lo estructural con lo individual, sigue siendo un Estado y una creencia y mantiene numerosas memorias dinámicas con múltiples relaciones internas y externas en contextos históricos que le brindan particularidades precisas. Los mismos planteos –por ejemplo el Syllabus y la lucha contra la modernidad que viene caracterizando al catolicismo romano dominante desde el siglo XIX hasta la actualidad- pueden llegar a tener actores, representaciones e imaginarios diferenciados que lo resignifiquen. Así, en las modernidades capitalistas periféricas y empobrecidas no necesariamente se repiten las mismas pautas que existen en algunos países centrales, existiendo también una variabilidad vinculada a las clases y estamentos que buscan legitimar, compensar o resistir su acción en lo religioso12.
Algo análogo en torno a estas interpretaciones del catolicismo sucede con el campo conceptual del nacionalismo y la cuestión nacional. Es importante aquí también evitar todo “esencialismo” y analizar cómo históricamente se fueron construyendo diversos tipos, categorías y comprensiones de lo nacional. Es éste un tema de relevancia actual, cuando en Europa crece cierta angustia ante el llamado “rebrote nacionalista”, y se manifiesta la tentación de analizar la nación como algo sólo “inventado” y “construido en el siglo XIX” para así quebrar el discurso “genealógico” que busca orígenes “en la eternidad”. Recordemos el planteo de un modelo interpretativo que opondrá de un lado, un nacionalismo “progresista”, “cosmopolita”, “ciudadano” – es decir aquel que acompañó los procesos de centralización y afirmación de los estados nacionales –; y, de otro, una serie de manifestaciones particularistas, “reaccionarias, autoritarias, étnicas o religiosas”, surgidas en reacción al primero. Se les imputa a estas últimas un carácter divisivo e irracional, es decir, sin sustento objetivo. El libro de Hobsbawn 13 escrito en plena guerra de los Balcanes, intenta mostrar así el “paso de los fascismos” a los “separatismos”.
Del mismo modo, otros autores cuestionan los discursos genealógicos propio de los movimientos nacionalistas (para el caso argentino el tipo ideal es el “revisionismo histórico”) como los “antigenealógicos” que entienden el concepto de nación como algo reciente, en algunos casos “inventado” y por ende arbitrario.14
Para nuestro caso, será importante tener en cuenta las diversas concepciones y subjetividades de los que se identifican con posturas nacionales desde modernidades periféricas. Nuestro punto de partida, después de considerar brevemente los antecedentes históricos del problema a resolver en el presente artículo, serán las relaciones entre el catolicismo – entendiendo a este a partir de la institución eclesial, pero también del movimiento católico –, el nacionalismo y lo político en el primer gobierno peronista (1946- 1955). Posteriormente, analizaremos las trayectorias y configuraciones que se gestaron en la década del sesenta, con el auge de las expresiones políticas insurreccionales, y en la década del setenta con las movilizaciones sociales y culturales, desembocando en la última dictadura militar que sufrió la Argentina (1976- 1983).
Apreciaremos, en este sentido, que la existencia de actores que se reclaman portadores de un nacionalismo autoritario, restaurador, elitista ha estado asociada muchas veces a trayectorias y conexiones religiosas de sentido; asimismo, en aquellos que reivindican un nacionalismo revolucionario, popular e inclusive, un socialismo nacional. Una misma «matriz común» católico- integral, y que se hará presente históricamente de manera volátil, compleja y, por sobre todo, heterogénea, recorrerá diversas articulaciones políticas y religiosas. Estás páginas intentarán dar cuenta de esta unidad- diversidad de presencias de lo católico en el espacio político.
La Argentina inmigrante y la crisis del liberalismo: el catolicismo y el horizonte de lo nacional
En el caso particular de la Argentina, es importante tener en cuenta el hecho de que es una sociedad que recibió, entre 1880-1930, millones de inmigrantes provenientes de Europa y de países bañados por el mar Mediterráneo. De 1930 a la actualidad llegaron otros provenientes prioritariamente de países fronterizos y del Asia.
Así, el tema de lo nacional, la identidad nacional y el ser nacional deja de ser algo relacionado con grupos de poder o pequeños grupos militantes para convertirse en parte central de la conformación de subjetividades e imaginarios sociales de largo plazo. Las investigaciones actuales nos muestran los disímiles y diferenciados procesos de nacionalización del Estado, de la clase obrera, de las Fuerzas Armadas, de las culturas inmigrantes, de los grupos religiosos, de la educación, de los modelos de acumulación o de la producción cultural.15
Ahora bien, entrando en la problemática que nos interesa, es importante comprender cómo la crisis, vinculada tanto a los cambios ideológicos mundiales como a las circunstancias particulares de nuestro país, del imaginario liberal dominante16 (construido a grandes rasgos entre 1880 y 1930) dará lugar a partir de los 30 a otros imaginarios de recambio alternativos como son el comunismo, el corporativismo, el fascismo, el conservadurismo, el catolicismo, etcétera. Ello conducirá a que unos años después se reformule esta dimensión en torno a símbolos ligados “a una nueva nacionalidad”, a “otro integracionismo”, a la ampliación de la ciudadanía hacia los derechos sociales y laborales, entre otros elementos que constituyen ese “nuevo orden social” . En este artículo queremos destacar una dimensión: aquella que, a partir de la acción instituyente del movimiento católico, tratará de mostrar una memoria de la identidad nacional relacionada “desde los orígenes de la Patria” con el catolicismo, naciendo nace así “la Argentina Católica”. Se desarrolla así un lento pero continuo proceso de catolización del Estado, de las clases dirigentes, de las FFAA, de partidos políticos y globalmente de la sociedad argentina –especialmente en los heterogéneos sectores populares– que comienzan a reconocerse masiva y públicamente como “católica”.

Estado, sociedad política y sociedad civil comienzan a reconfigurarse de manera diferenciada a las décadas anteriores. Si para grandes sectores de inmigrantes urbanos el catolicismo pasa a ser sinónimo de argentinidad, para las clases dirigentes el catolicismo funcionará en el espacio público como nuevo dador de legitimidad. De allí en más- y hasta la actualidad-, en la relación entre religión y política ya no se discutirá si debe haber o no relación entre ambas, sino el tipo de relación que deberá “armonizar” el encuentro de las autoridades religiosas con las clases dirigentes. El catolicismo funcionará de esta manera como una suerte de “nacionalismo de sustitución” integrador y regulador de las múltiples diferencias sociales, étnicas y religiosas.


El catolicismo que logra esta “penetración” social y estatal a través de una acción sostenida en toda la década del 30’, ya no es más el viejo catolicismo barroco español de la colonia, ni el de los intentos de conciliación con la modernidad de fines del XIX y comienzos del XX. Por el contrario, estamos en presencia «integral», intransigente y totalizante, que integra lo social, con lo político, lo cultural y doctrinario. Tiene su cabeza en Roma y hace de la fidelidad al papado y de la presencia “entre las masas” parte de su estrategia de crecimiento y sobrevivencia frente al Estado–Nación. Por ello es también profundamente antiliberal y anticomunista y sus militantes serán seducidos para actuar directamente en el Estado, desarrollando múltiples experiencias de organización social, cultural y política, sobre las que volveremos.
Este fenómeno ha dado pie a un tipo de mirada superficial17 sobre la Argentina del siglo XX. Ella sostendría que el pensamiento católico habría sido la usina constante que dotó de contenidos a las versiones restauradoras, autoritarias y reaccionarias del pensamiento nacionalista. Si bien cabe reconocer que la presencia activa de un catolicismo de fuerte contenido nacional en la esfera política significó un activo proceso de interpenetración entre éste y las Fuerzas Armadas, representando la última dictadura su más alto nivel de simbiosis en la idea de unir sentidos y destinos ante “la patria amenazada por la subversión”18, hubo también otro tipo de recorridos y afinidades que no deben ser desconocidas.
De este modo, nuestra propuesta consiste en evitar esquematismos y reduccionismos, y para ello vamos a destacar que las articulaciones católico- nacionales no se han limitado a las expresiones militaristas sino que se han presentado en un espectro más vasto y heterogéneo. Así, podemos ver la presencia activa de una «matriz común» que se remonta a los años 20’ y 30’ para poder comprender cómo, de dicha estructura significativa, pudieron surgir distintas opciones político-religiosas muchas veces enfrentadas entre sí, pero con un parentesco interno innegable.
Por razones de economía verbal, podemos denominar a esta matriz común –antimodernismo liberal con propuestas de modernización “verdaderamente cristiana”, la unión del Syllabus con la Rerum Novarum– como catolicismo integral, entendiendo por tal a una serie de ideas integradas en un campo y movimiento cultural que se postulaba como intransigente, en una relación de conflicto triangular, frente a sus homólogos tanto del liberalismo y el socialismo.
La posición básica,19 es decir, el diagnóstico de la sociedad y del mundo contemporáneo del que partían los católicos integrales argentinos era que el liberalismo, en sus múltiples facetas, y no sólo en la económica, y la modernidad eran las causas de la degradación de las sociedades contemporáneas. De ahí que se planteaban una estrategia de concentración de fuerzas y toma de posiciones para un enfrentamiento a largo plazo contra sus diversas expresiones. Ello suponía, por su parte, distanciarse de aquellas formas de vivir la religión como “encantamiento” o como algo propio del mundo de lo privado o la creencia personal.
Por ende, los católicos integrales argentinos se autodefinían como seguidores de la autoridad emanada de Roma; integrales, en el sentido de “restaurar el todo en Cristo”; y, esto no hay que dejarlo de lado – porque constituye una sus diferencias más marcadas con las expresiones nacionalistas que privilegiaban los discursos del orden –, social. Para ellos, la cuestión social, lejos de ser un problema menor, o algo que podía resolverse a través del disciplinamiento, era más bien un objeto de preocupación central inherente a las nociones de justicia propias de la Doctrina Social de la Iglesia. Por ende, el salario justo, la creación de sindicatos para satisfacerlos, las mejoras de las condiciones de vida de los trabajadores dentro y fuera del mundo laboral y la educación católica en las escuelas del Estado eran todos elementos caros a sus propuestas. Ello se debía a dos motivos. Por un lado porque respondía a la noción católica de “justicia social”. Y, por otro, porque era la única manera de que el “peligro rojo” no se hiciera presa de las grandes masas. Por ende, este catolicismo integral – y también en esto se diferenciaba de las ideologías aristocratizantes inherentes a ciertos nacionalismos –, apuntaba a (y necesitaba de) una estrategia de masas.
Todo esto, como vemos, suponía buscar aliados según las coyunturas históricas y políticas. A principios de los años 30’, en medio de la crisis – local y trasnacional – del liberalismo como concepción del mundo, condujo a buscar aliados “virtuosos en las Fuerzas Armadas” y vínculos, muchas veces contrapuestos entre sí, con las distintas vertientes del nacionalismo vernáculo.
El golpe cívico y militar del 30 significa –entre otras lecturas– la puesta en duda globalmente del imaginario liberal. Las Fuerzas Armadas pasan de ser un actor burocrático del Estado a convertirse en un actor político relevante y creíble. La Iglesia católica que se encontraba a la defensiva hasta ese momento y con poca relevancia social, se convierte poco a poco en un actor político necesario no solo para la legitimidad de clases dirigentes huérfanas de apoyo popular sino también como garante global del nuevo orden social. El nuevo bloque histórico que se conforma en la nueva construcción del Estado ya no buscará ni la prescindencia del poder militar ni de la institución eclesial sino su acompañamiento. A partir de ese momento y hasta casi finalizar el siglo XX, e independientemente de las alianzas sociales, el “sueño del coronel y el obispo propio” desvelará al conjunto de actores políticos, sindicales y económicos y estará presente en los apoyos de amplios sectores sociales y económicos a los golpes cívicos-militares-religiosos.
Sin embargo, a partir de los años 40’ veremos como estas afinidades adquieren una complejidad mayor en torno al surgimiento del peronismo como expresión de la clase trabajadora y de otros sectores populares en la Argentina.




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