1. la situacion de los obreros en los inicios el proceso de concentración fabril se aceleró a partir de 1830



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1.-LA SITUACION DE LOS OBREROS EN LOS INICIOS

El proceso de concentración fabril se aceleró a partir de 1830. El desarrollo de la industria del algodón y la primera siderurgia contó con miles de trabajadores agrícolas en paro o que habían sido expulsados por la guerra o la expropiación de sus tierras. Este éxodo rural (por supuesto mucho menor que el que se estaba produciendo en Inglaterra) aumentó a partir de los años 30 e hizo crecer los barrios periféricos, en donde se concentraban los campesinos en paro con sus familias, a la búsqueda de trabajo en la industria. La situación de estos barrios era terrible: consistentes en barracas y chabolas construidas precipitadamente, sin saneamiento de ningún tipo, sin servicios de alumbrado ni limpieza, sin empedrar, carentes de todo tipo de asistencia pública o privada, eran foco seguro de enfermedades infecciosas de todo tipo entre las que la tuberculosis y el cólera destacaron por sus efectos ca­tastróficos.

Quienes podían encontrar empleo en la industria no tenían mucha más suerte. Jornadas de 12 a 14 horas, atendiendo el traba­jo monótono de la máquina hila­dora o tejedora, con ruidos estri­dentes y continuos, el polvo de algodón o las partículas de metal o ceniza que hacían el aire irres­pirable, sin ninguna seguridad, con accidentes frecuentes, y sin otro descanso que los domingos... la vida media de los obreros cata­lanes era de 19 años, frente a los 40 de la clase alta barcelonesa. Trabajaban por igual hombres, mujeres y niños de hasta 6 y 7años de edad. Los salarios eran muy bajos (aunque superiores, en términos generales a los del campo:
SALARIOS A MEDIADOS DEL SIGLO XIX


AGRICULTURA

REALES DIARIOS

INDUSTRIA

REALES DIARIOS

CATALUÑA

12

CORCHOTAPONERA

12

MURCIA

de 5 A 6

METALURGIA

11

EXTREMADURA

de 3 a 5

ALGODONERA

6,30

ANDALUCIA y LEON

2

ACEITERA

5,5

Estos salarios apenas permitían una ali­mentación consistente básicamente en pan, habichuelas y patatas. A las enfermedades infecciosas había que añadir las sociales: el alcoho­lismo y las enfermedades venéreas, en parte inevitables en un medio social embrutecido en el que se hacinaban familias enteras en habita­ciones compartidas. El analfabetismo era general: afectaba al 69% de los hombres y al 92% de las mujeres.

Cuando se producía una crisis, las ventas caían en picado y enton­ces los despidos se multiplicaban. El paro llevaba inexorablemente al hambre y a la enfermedad. A menudo la delincuencia era la única opción, por lo que se convirtió en otro de los males endémicos de los barrios obreros. Para la clase alta tanto daba hablar de obreros como de ~vagos y maleantes~~ numerosos testimonios de la época denun­cian como un peligro social las oleadas de inmigrantes que llegaban a las ciudades. Al principio los trabajadores no comprendían demasiado bien qué estaba pasando. O bien procedían de una sociedad campesi­na en la que la jornada la marcaban el clima y las faenas agríco­las, y en la que las condiciones de vida eran más saludables, por dura que fuera la faena, o bien venían de antiguos talleres artesanos, en los que el trabajo estaba regulado y protegidas sus condi­ciones de vida y vivienda. La eliminación de los gremios en los años treinta había acabado con todo el sistema de asistencia y socorro mutuo que antiguamente garantizaba al trabajador frente a la adversidad. Además, el viejo artesano realizaba un trabajo completo y controlaba todo el proceso de producción, desde la materia prima al producto acabado. Ahora se encontraba convertido en una pequeña pieza de la gigantesca maquinaria fabril, sometido a una rutina que le era incomprensible y frustrante y viendo su salario degradarse cada vez más, en parte a causa de la competencia de mujeres y niños. 

 

2.-)LA EVOLUCION DEL MOVIMIENTO OBRERO



Ante esta situación, y lentamente, tal y como se estaba desarrollando la industria en España, fue desarrollándose el movimiento obrero. Estableceremos distintas etapas:

a) Antes de 1854

Desde 1832 se incorpora a las fábricas el vapor, iniciándose la mecanización. Como las máquinas permitieron eliminar una parte de los puestos de trabajo, se produjeron algunos movimientos de des­trucción de maquinaria (luddismo), el más conocido de los cuales fue el incendio de la fábrica Bonaplata en Barcelona (1835). Curiosamente, los asaltantes eran campesinos y pescadores que buscaban tra­bajo en la industria, y fueron los propios trabajadores de la fábrica quienes intentaron evitar el incendio. Pero, en general, el luddismo apenas tuvo repercusión en España.

En las décadas de los treinta y cuarenta fueron apareciendo los primeros embriones de organización, básicamente por dos vías: la forma­ción de sociedades de ayuda mutua y la difusión de las ideas de los socialistas utópicos. En 1839 el gobierno permitió la creación de socie­dades obreras con fines benéficos o de ayuda mutua. Al amparo de ese permiso, en 1840 Juan Munts fundó la Sociedad de Protección Mutua de Tejedores de Algodón, que dos años después tenía 50.000 afiliados. Pronto proliferaron por todo el país sociedades semejantes. Al princi­pio sólo pretendieron defender los salarios, sin llevar más lejos sus peticiones. Pero en 1844 los moderados las prohibieron, y la mayoría de ellas pasó a la clandestinidad.

En cuanto al socialismo utópico, fueron las teorías de Fourier y de Cabet las que penetraron en España: en Cádiz, donde Joaquín Abreu intentó montar un falansterio, que fue un fracaso, y en Barcelona, donde Abdón Terradas y Narcís Monturiol organizaron grupos cabetistas, que pronto se relacionaron con los republicanos. También fueron llegando las teorías de Saint-Simon, Blanquí y Proudhom, de la mano de escritores como Ramón de la Sagra o Pi y Margall.

Hasta 1854. sin embargo. la mayoría de los obreros no com­prendían contra quién se enfrentaban sus intereses. Hicieron causa común con sus patronos y se opusieron a los gobiernos pro­gresistas reclamándoles el mantenimiento del proteccionismo. Atribuían erróneamente las crisis industriales y los bajos salarios a la competencia inglesa. En aquellos años, las reivindicaciones eran muy concretas: salariales, de seguridad en el trabajo, de hora­rios. Nadie planteaba la necesidad de un sindicato o de un partido político. Fue a raíz de los disturbios de 1848 cuando comenzaron a relacionarse la reivindicaciones obreras con las ideas democráti­cas y republicanas.

Sólo unos pocos eran conscientes de la auténtica raíz de los pro­blemas. Fueron los líderes que en los años cuarenta se dedicaron a publicar la primera prensa obrera: Sixto Cámara. Fernando Garrido, Ordax Avecilla o Francisco Pi y Margall. Fundaban un periódico, publicaban varios números y, cuando era prohibido por el gobierno, volvían a publicar otro de distinto nombre. Los más avanzados se apar­taron del progresismo, en el que veían la defensa de los intereses patronales y no la de los obreros. En 1849 algunos de ellos participa­ron en la fundación del partido demócrata.  
b)Durante el bienio progresista (1854-56)

Hay que esperar al Bienio progresista para que de forma defini­tiva los trabajadores separen su movilización de la de los patronos. Tras participar en la revolución apoyando a los progresistas, el movi­miento obrero cobró un gran desarrollo. Durante todo el año se suce­dieron las protestas contra la generalización de hiladoras y tejedoras mecánicas (selfactinas), y los disturbios llevaron a frecuentes cho­ques en la calle contra las tropas. En 1855 la conflictividad creció y la movilización obrera se extendió a toda la ciudad de Barcelona. La respuesta gubernamental fue la represión. El dirigente obrero José Barceló fue condenado irregularmente y ejecutado por un crimen que no había cometido. A raíz de ello, el 1 de julio estalló una huelga general que paralizó la ciudad. Tras diez días de lucha en las calles contra las tropas, los dirigentes obreros llegaron a un acuerdo con el enviado de Espar­tero, el general Saravia, para mantener los sueldos y los con­venios colectivos hasta que las Cortes aprobaran una nueva reglamentación laboral.

Dos líderes obreros fueron enviados a Madrid para expo­ner sus quejas a los diputados. Los dos dirigentes, Juan Alsina y Joaquín Molar, se presenta­ron con un escrito respaldado por 33.000 firmas procedentes de todo el país. Pedían el reconoci­miento del derecho de asociación, la reducción de la jornada a diez horas, el mantenimiento de los salarios y el derecho de nego­ciación colectiva: también solicita­ban el establecimiento de tribuna­les paritarios para dirimir los con­flictos. Pero el proyecto de Ley del Trabajo que finalmente apro­baron las Cortes, defendido por Alonso Martínez, era mucho más pobre y defendía en la práctica los intereses patronales: establecía la media jornada para los niños y un máximo de diez horas para los menores de 18 años, limitaba las asociaciones al ámbito local y siempre que no rebasaran los 500 miembros, legitimaba los conve­nios colectivos sólo en empresas de menos de 20 trabajadores, y establecía Jurados para arbitrar conflictos compuestos exclusiva­mente por patronos.

La conflictividad siguió aumentando, por tanto, en el año 1856. En mayo se produjo una nueva oleada de protestas ante el intento patronal de aumentar la jornada de los sábados. El clima se fue deteriorando en todo el país hasta que el golpe de Estado de julio desencadenó el levanta­miento de barricadas y el com­bate en la calle contra los golpis­tas. En Madrid y Barcelona fue­ron los obreros industriales quienes llevaron el peso de la lucha, que produjo cerca de 500 muer­tos.

Desde los sectores más cercanos a los intereses del pueblo, el contra­punto a la lucha que se desarrolla en la esfera del poder lo marca el partido republicano, que se vio excluido del gobierno a pesar de haber participado en los preparativos de la revolución, y dentro del partido republicano o en franca contraposición a él las organizaciones obreras.

En Cataluña, desde junio de 1856 consta que el triunfo del partido republicano se había presentado a los ojos de los dirigentes obreros co­mo el paso indispensable para alcanzar las aspiraciones de la clase obre­ra. En Andalucía los gru­pos republicanos y socialistas afirmaron la necesidad del establecimiento de una república con la consiguiente solución del problema de la tierra. Fue así como la república se convirtió en la fórmula política adecua­da para solucionar las cuestiones agrarias andaluzas La resonancia popular que alcanzaron estas posiciones hay que con­venir en que no fue masiva en el sexenio, a la vista de los resultados electorales, ya comentados, obtenidos por el partido republicano.

 

c)1956- 1868



El resultado del Bienio fue demostrar a los trabajadores que el partido progresista defendía los intereses de los patronos. En ade­lante el movimiento obrero se politizó abiertamente y sus dirigentes pasaron a apoyar al partido demócrata y a los republicanos. Estos incorporaron algunas reivindicaciones obreras a su programa No obstante, la acción obrera disminuyó durante los años de la Unión Liberal, en parte por la dura represión (de Narváez y O'Donnell), en parte porque con la vuelta de Narváez fueron prohibidas de nuevo las aso­ciaciones obreras, en parte porque éstos supieron desviar la atención hacia los conflictos exteriores y en parte por la bonanza económica de aquellos años, que permitió cierta prosperidad en las zonas industriales e hizo dis­minuir el paro.

Sí hay que destacar la importante labor de formación cultural y de concienciación política que desempeñaron diversas academias obre­ras a las que acudían los trabajadores y donde, además de recibir cla­ses de aritmética o de gramática, se discutían los problemas de las fábricas y las ideas socialistas. Desde 1847 existía en Madrid el Fomento de las Artes, y en 1861 comenzó a funcionar en Barcelona el Ateneo de la clase obrera. En ellas dieron conferencias hombres como Moret, Castelar o Pi y Margall.

A partir de 1863 volvieron las movilizaciones de la clase obre­ra, ahora abiertamente politizadas. Sus dirigentes y los intelec­tuales próximos a sus inquietudes participaron activamente en las sucesivas conspiraciones que demócratas y republicanos intenta­ron organizar contra el régimen de Isabel II. La represión guber­namental descargó principalmente sobre ellos y sobre la prensa obrera.

 

d)El movimiento obrero durante el sexenio revolucionario(1868-1875)



En la revolución de 1868 fue decisiva la participación de los traba­jadores industriales, pese a que ya había claras diferencias entre sus líderes y los políticos demócratas y republicanos más preocupados por las conquistas de la democracia política que por los problemas de los trabajadores. Por entonces algunos dirigentes, como Anselmo Lorenzo, estaban ya en contacto con los dirigentes de la I Interna­cional, y al tanto de sus congresos y decisiones tácticas. Será la decepción posterior a la revolución de 1848 y el olvido por parte de los demócratas de sus reivindicaciones, lo que empuje al movimiento obrero hacia el sindicalismo y la formación de partidos específica­mente socialistas.

El estudio de los orígenes del anarquismo en Barcelona hizo ver, por una parte, la unanimidad con que las organizaciones obreras de aquella capital, en diciembre de 1868, adoptaron la resolución de apoyar al par­tido republicano, y por otra, la militancia que dentro del mismo partido desarrollaron los principales dirigentes obreros. El contacto con Baku­nin y el círculo de sus seguidores, y el fracaso del alzamiento republica­no de septiembre-octubre de 1869, orientó a un sector importante de las organizaciones obreras hacia posiciones de desengaño respecto a toda política burguesa, que quedaron formuladas en el apoliticismo y en las otras resoluciones «solidarias» aprobadas en el primer Congreso Obre­ro Español, celebrado en junio de 1870 en Barcelona. El proletariado de Andalucía tuvo un proceso similar al que experimentó el obrerismo catalán. También tras el fracaso del levantamiento republicano de 1869 la politización de su lucha, o esperar la solución por decisiones políticas pareció tiempo perdido a los braceros andalu­ces. Quizá por ello se reconocieron en el lenguaje empleado por la rama antipolítica y antiautoritaria de la Internacional.

Si la gravedad de la crisis industrial y agraria de los años 1866-1868 había propiciado el éxito de la revolución, los años siguientes se caracterizaron por una lenta recuperación económica La tendencia a la baja de los precios internacionales coincidió con el despegue de algunos sectores. Las innovaciones técnicas hicieron rentable la exportación del hierro vizcaíno y asturiano, lo que impulsó la minería. También en esta etapa se inicia el crecimiento de la siderurgia vasca, cuya producción era ya consi­derablemente más competitiva que la del hierro andaluz. Comienza tam­bién por entonces el auge de la exportación de vinos, derivado de los inicios de la plaga de la filoxera en Francia. Y se produce igualmente una recuperación lenta de la industria textil catalana. Los efectos del arancel librecambista de Fíguerola comenzaron a apreciarse en el comercio español a partir de 1872, a pesar de la existencia en el Norte de la guerra carlista y de los efectos perjudicales de la insurrección cubana. Por lo demás, los salarios reales no parecen haber experimentado una varia­ción significativa respecto a los de la década de 1860.

Esta evolución positiva, a partir de 1869, viene a demostrar que las causas de las tensiones sociales que se desencadenaron durante el Sexenio no hay que buscarlas en un empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores, que no se produjo. La revolución desató las esperanzas de obreros y campesinos, que creyeron firmemente que, con ella, comenzaría el proceso de conquistas sociales largamente anunciado. La detención del proceso revolucionario, el mantenimiento de las Quintas y la simple sustitución de los consumos, y más tarde el triunfo de la opción monárquica al aprobarse la Constitución de 1869, trajeron dos consecuencias: la separación definitiva del movimiento obrero, respecto de los partidos demócrata y republicano, y la rápida implantación en España de la Asociación Internacional de Trabajadores

En octubre de 1868 llegó a España Giuseppe Fanelli, un miembro de la AIT, enviado por Mijail Bakunin con el objetivo de organizar la sección española de la Interna­cional, sobre la base de las tesis anarquistas que propugnaba el líder ruso. Fanelli estableció dos secciones, en Madrid y Barcelona, que comenzaron a rodar a partir del mes de noviembre y enero, respectivamente. El Federal de Sociedades Obreras de Barcelona, que agrupaba ya más de 30 sociedades, formaba grupo más sólido de todo el país sobre todo su secretario general, Farga Pellicer; asistió al Congreso de la Internacional en Basilea donde contactó con Bakunin y reafirmó su apoyo a las tesis anarquistas. Mientras, aparecieron nuevos diarios obreros, entre los que destacaron La Federación de Barcelona y La Solidaridad de Madrid. Al mismo tiempo, las huelgas y protestas se extendían por todo el país, con especial viru­lencia entre los jornaleros andalu­ces, y muchos obreros participa­ron activamente en la insurrec­ción federalista de septiembre de 1869, si bien sus líderes comenza­ban a desmarcarse del movimien­to republicano, que consideraban burgués.

En junio de 1870 se celebró en Barcelona el I Congreso de la Sección española de la Internacional, al que asistieron unos 90 delegados en representación de unos 30.000 afiliados. El Congreso regu­ló la organización de secciones y federaciones de oficios, y fijó objeti­vos sindicales -la mejora de las condiciones de vida de los obreros- y políticos -la revolución-. También estableció un Consejo Federal en Madrid, y la mayoría catalana impuso la orientación anarquista, de no colaboración ni alianza con las fuerzas políticas burguesas. Pronto tales tesis empezarían a ser discutidas, pero en 1870 la fuerza del aso­ciacionismo catalán era incuestionada.

En la primavera de 1871, ya bajo el reinado de Amadeo de Saboya, y cuando los trabajadores españoles preparaban su segundo Congreso, después de un invierno de continuas huelgas y conflictos sociales, sobrevino la insurrección de la Comuna de Paris. El impacto que la revolución causó en las clases medias y en los grupos dirigentes europeos fue enorme. y en España se tradu­jo en una serie de medidas represi­vas contra la A.I.T. Se prohibieron las reuniones y las huelgas, se cerró La Federación (en enero ya lo había sido La Solidaridad) y fueron detenidos varios líderes de la Sección española, mientras el Consejo Federal se instalaba en Lisboa. En difíciles condiciones se celebró la Conferencia de Valencia, en la que apenas un puñado de delegados ratificó una línea claramente inclinada hacia el anarquismo.

La política represiva del gobierno de Sagasta continuó con la presentación de una propo­sición para ilegalizar la A.I.T en octubre. El largo debate en las Cortes reflejó perfectamente los diferentes puntos de vista de los grupos dirigentes (Sagasta, Ríos Rosas, Nocedal, Cánovas) y de los representantes de la izquierda que defendieron la organización (Pi y Margall, Castelar y Lostau, el único diputado obrero).En noviembre, finalmente, las Cortes declararon ilegal a la A.I.T.No obstante, la impugnación de la fiscalía ante el Tribunal Supremo ,por considerar que la norma no era constitucional, impidió su aplica­ción inmediata.

Por otra parte, en diciembre de 1871 había llegado a la capital el diri­gente de la Internacional Paul Lafargue, partidario de Marx. Entró en contacto con el núcleo madrileño, cuyos principales miembros, Anselmo Lorenzo, Francisco Mora, José Mesa y Pablo Iglesias, acepta­ron sus tesis.

En el Congreso de Zaragoza celebrado en abril de 1872 y disuelto por el gobierno durante su desarrollo, se impusieron una vez más las tesis anarquistas defendidas por los delegados catalanes, aragoneses y valencianos y en junio, los líderes mar­xistas madrileños fueron expulsados, y un mes más tarde fundaron la Nueva Federación Madrileña, que pronto se convirtió en la sección española del ala marxista de la A.J.T., con La Emancipación como órga­no de prensa. Meses después, la escisión en la Internacional se consu­maba en el Congreso de la Haya.

Al comenzar 1873 la Internacional española contaba con más de 25.000 afiliados, un tercio de los cuales pertenecían a las federaciones catalanas. Estaba claramente implantada entre los obreros textiles, la construcción y las artes gráficas, con varios miles de afiliados; menos importantes eran las federaciones campesinas -salvo en Andalucía-, de ferroviarios y de mineros. Entre los dirigentes, había una mezcla considerable entre hombres de procedencia obrera e intelectuales de clase media, estos últimos de ideología más radical y próxima al anar­quismo.

La proclamación de la República provocó una oleada de manifes­taciones y huelgas que forzaron a unos empresarios atemorizados a hacer concesiones importantes en horarios laborales y salarios. Una vez más. Barcelona actuó como punta de lanza del movimiento rei­vindicativo. En Andalucía las movilizaciones se tradujeron en ocupa­ciones de tierras y en asaltos indiscriminados, aunque en la mayor parte de los casos los jornaleros actuaron al margen de las consignas de la A.I.T

Pero los sucesos más graves se produjeron a partir del 7 de julio en Alcoy, donde los obreros hicieron una huelga general en reivindicación de menor duración de jornada y alzas salariales. El alcalde y la Guardia Civil se enfrentaron a los huelguistas, que sitia­ron la casa consistorial. Tras veinte días de asedio, llegaron las tropas enviadas por el gobierno, pero el alcalde A'bors ya había muerto en los combates. También en Barcelona se produjo una huelga general el l4 de julio.

Simultáneamente, estalló la sublevación cantonal, un movimiento de los republicanos federales radicales, que no contó con el respaldo de los dirigentes de la A.I.T. Sin embar­go, muchos obreros internacionalistas participaron activamente en la insurrección, especialmente en Sevilla, Málaga y Valencia, e incluso la encabezaron, como en Sanlúcar de Barrameda. Esa participación fue utilizada por los sectores conservadores para presentar la insurrec­ción cantonal como un movimiento revolucionario, e incluir a la A.I.T en la subsiguiente represión. Tras haber sofocado la insurrección, el gobierno de Serrano decretó, el 10 de enero de 1874, la disolución de la Internacional. Para entonces, la mayoría de los dirigentes, tanto de la A'I.T como de la Nueva Federación socialista madrileña, había pasa­do a la clandestinidad.

En conjunto, el Sexenio significó una etapa de clara toma de conciencia política y organizativa para el movimiento obrero español, a través de su adscripción a la Internacional, así como el momento de asimilación de las principales corrientes ideológicas que existían en el mundo obrero europeo. Específicamente, trajo consigo la introduc­ción del anarquismo y del marxismo, y el principio de su implantación en determinadas regiones españolas: Cataluña, Aragón, Levante y Andalucía, en el caso del primero, mayoritario, y Madrid, Valencia y Sevilla, en el caso de del segundo.

e)El movimiento obrero: anarquismo, socialismo y sindicalismo católico a finales de siglo

Tras la Restauración, el movimiento obrero había pasado a la clan­destinidad. Escindido ya claramente en dos corrientes diferentes, socialista y anarquista, esta última no logró reorganizarse sino muy lentamente, de forma que, aunque podían actuar ya abiertamente desde 1881, apenas alcanzaban un nivel mínimo de organización con la fundación de la Federación de Trabajadores de la Región Española. Aunque la implantación del anarquismo era notable en Catalu­ña, Aragón, Valencia y Andalucía, tanto en las fábricas como entre los jornaleros, las divisiones inter­nas, la escasa organización y la represión policial hicieron que a finales de los años ochenta los obreros y campesinos anarquis­tas se inclinaran por un activismo predominantemente sindical y reivindicativo, mientras los más radicales optaban por la acción “directa”, es decir, la huelga vio­lenta o el atentado.

De hecho, la última década del siglo y la primera del siglo XX se caracterizaron por una oleada de atentados contra reyes, presi­dentes y jefes de gobierno de toda Europa. la respuesta contundente de las autoridades no hizo sino alimentar una dinámica de acción-represión continua. En 1893, Martínez Campos sobrevivió a un aten­tado, pero la ejecución del autor fue respondida meses después con una bomba que causó veinte muertos y docenas de heridos en el Liceo de Barcelona. Otro atentado sangriento, en 1896, derivó en el llamado proceso de Montjuich, un auténtico ajuste de cuentas lleno de irregula­ridades y de falsas confesiones arrancadas mediante torturas, que acabó con la ejecución de los supuestos culpables. La represalia fue el asesinato de Cánovas en 1897. Alfonso XIII salió ileso en dos atenta­dos, en 1905 y 1906, y Canalejas moriría en 1912. Esa táctica de los más radicales sirvió para etiquetar de violento a todo el anarquismo, convertido en el terror de las clases medias, y contribuyó a agudizar el enfrentamiento de clases en las regiones en que, como Cataluña o Andalucía, el movimiento libertario era más fuerte.

La otra gran tendencia del movimiento obrero fue la marxista. que ya desde 1870 tenía en Madrid su principal arraigo. Después de la represión de 1874, los socialistas madrileños se reorganizaron en torno al núcleo de los tipógrafos, sector numeroso en Madrid, donde se concentraba la prensa y el mundo editorial, y lógicamente mejor informado de los avatares políticos. Fueron ellos quienes, junto a algunos intelectuales y otros artesanos (un total de 25 per­sonas), fundaron en mayo de 1879, en una taberna de la calle Te­tuán, el Partido Socialista Obrero Español -PSOE”). Una comisión, encabezada por Pablo Iglesias y Jaime Vera, redactó el primer programa, aprobado el 20 de julio, y que se basaba en tres objetivos fun­damentales: la abolición de las cla­ses y la emancipación de los traba­jadores; la transformación de la propiedad privada en propiedad social o colectiva, y la conquista del poder político por la clase obrera. El programa incluía, además, una larga lista de reivindicaciones políticas y de carácter laboral, que pretendía la mejora de las condiciones de vida de los obreros.

A lo largo de los años ochenta el PSOE fue definiendo aún más su programa, de clara inspiración marxista. La creación en 1881 del Comité Central permitió completar su organización, al tiempo que ampliaba sus bases. En 1888, cuando ya había agrupaciones socialis­tas en las principales ciudades del país, se fundó en Barcelona la Unión General de Trabajadores (“UGT”), un sindicato de inspiración socialista. Unos días después tuvo lugar, también en Barcelona, el Primer Congreso del PSOE. Allí se constituyó ya como organización nacional y adoptó el sistema de Congresos periódicos para definir su línea ideológica y su táctica. Pablo Iglesias era ya su líder indiscutible. A partir de 1888 se marcará la línea divisoria clara entre el Partido, con objetivos políticos, y el sindicato UGT, cuya función reivindicativa e inmediata era la defensa de los trabajadores en la sociedad capitalista.

En 1890 se celebró por vez primera el 1º de Mayo, siguiendo la consigna de la II Internacional. Se produjeron manifestaciones nume­rosas, como la de Madrid, que convocó a unas 20.000 personas. En Bilbao se prolongó, ante los despidos de los líderes, en una huelga general que obligó al capitán general a negociar y a sentar a los patro­nos con los dirigentes obreros.

Desde aquel año el PSOE comenzó a presentar candidatos a las elecciones, y en las municipales de 1891 por vez primera cuatro con­cejales fueron elegidos en las grandes ciudades. El éxito, que contrastaba con su escasísima influencia en el campo, sirvió al Partido para catapultarse y presentarse como organización que aspiraba al poder.

En líneas muy generales cabe decir que el movimiento obrero alcanzará caracteres multitudinarios a comienzos del siglo. Pero hay ciertos aspectos confusos: Confusión en las cifras -en todo caso elevadas; confusión en la significación política, ya gran parte de esas asociaciones estaban bajo la influencia de cierto radicalismo matizado de anticlericalismo y extremismos verbales, que no eran específicamente obreros: es el caso de las citadas "Casas del Pueblo" lerrouxistas , que también se extienden por Valencia»; añádase a ello la tendencia de las simples sociedades de resistencia a situarse «bajo la influencia de anarquistas o de socialistas, aunque formalmente tengan su independencia. No deja de contribuir a esta confusión la ­existencia impulsada por la encíclica rerum Novarum, de León XIII (1891) de un sindicalismo católico, tan bienintencionado en sus formuladores (por ejemplo la figura del jesuita P. Vicent) como inope­rante frente a unos intereses poco permeabilizables, por lo general, por consideraciones evangélicas o de moral social .Por otra parte, el hecho de que el Consejo Nacional de Corporaciones Católicas Obre­ras -fundado en 1896- estuviera presidido por un prestigioso político conservador, y vicepresidido por un duque y dos marqueses, expresa suficientemente lo irreal del planteamiento a que se confiaba el obreris­mo católico(muchas veces tachado de amarillismo)

En el movimiento anarquista grupos aislados en las grandes ciudades se orientan, como hemos visto al atentado y como respuesta las leyes represivas se suceden; tam­bién los procesos y las ejecuciones; terrorismo y contraterrorismo sumen Barcelona en una especial tensión, aunque no es éste un fenómeno específicamente español: los atentados terroristas y los magnicidios son, realmente, fruto de la déca­da en Europa.



En cuanto al socialismo, tiende a consolidar su implantación. La UGT pasa de unos 6000 afiliados en 1896 a casi 60000 en 1906. El PSOE pierde fuerza en Cataluña; gana arraigo, en cambio, en Vizcaya y en otros puntos; en general, cabe ha­blar de su penetración progresiva en los sectores mineros y metalúrgi­cos, en tanto se mantiene su muy escasa capacidad de penetración en los medios campesinos. Van incrementándose lentamente las cifras -relati­vamente exiguas todavía- de la participación socialista en las elecciones legislativas (Madrid, Bilbao); en cuanto a las municipales, desde 1901 habrá 27 concejales del PSOE; 75 en 1905. Resumamos con Tuñón de Lara: «el período de 1887 a 1899 ha marcado, sin duda, el afianzamiento de la organización socialista (y su central sindical) y su entrada en he­chos (1.º de mayo, elecciones, concejalías, huelga de Bilbao, huelgas de Málaga, aparición de nuevos semanarios, etc.). Todo ello conservando, sin duda, un carácter netamente minoritario .El rápido dete­rioro del nivel de vida de las clases trabajadoras, iniciado precisamente hacia 1898, impulsará la expansión del partido en los años de transición un siglo a otro; señalemos también como motor de este impulso el crédito logrado ante las clases trabajadoras y ante un sector de los intele­ctuales por un partido al que no cabe imputar responsabilidad moral alguna en la inmensa catástrofe, material y moral, del 98.


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