1. Las dos versiones del Padrenuestro y sus respectivos contextos



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El Padre Nuestro, oración de los cristianos

1. Las dos versiones del Padrenuestro y sus respectivos contextos


El Padre Nuestro (PN) se puede calificar como el centro en torno al cual gira el pensamiento y la predicación de Jesús, constituyendo al mismo tiempo el motivo supremo de toda su conducta y su aspiración más íntima. Esta oración aclara el sentido de la predicación de Jesús y, viceversa, la predicación de Jesús encuentra su mejor explicación en el PN.1 Siguiendo el pensamiento de Tertuliano se le puede llamar breviarum totius evangelii, una breve síntesis de todo el Evangelio.2 Esta es la razón principal para que haya llegado a ser el texto más estudiado del Nuevo Testamento, hasta el punto que parece que ya no queda espacio para ulteriores interpretaciones. Siempre se puede, sin embargo, imitar al escriba discípulo del reino de los Cielos “que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo” (Mt 13,52), haciendo un esfuerzo para mejor conocerlo.3

El Padrenuestro se encuentra en dos evangelios: Mt 6,7-15 y Lc 11,2-4, un poco más breve. Tratándose precisamente de Mateo y Lucas se piensa en seguida a la fuente común, Q –probablemente de origen arameo– de la que se han servido los evangelistas para su redacción. Mateo presenta el PN dentro del Sermón de la montaña (SM). Según Lucas, Jesús está orando, y los discípulos, atraídos seguramente por su modo de rezar, le piden que les enseñe a hacerlo. Jesús lo hace formulando el PN, hablándoles además de la necesidad de pedir y del deseo del Padre de dar a sus hijos lo que les hace falta.

El contexto en Mateo es el Sermón de la Montaña (SM, Mt 5-7) que, como dice Benedicto XVI, hace ver que la humanidad auténtica, el llegar a ser plenamente hombre, solo se puede comprender a partir de Dios y en relación con Dios. Y esa relación incluye el hablar con Dios y escucharlo. Por eso el SM incluye una enseñanza sobre la oración.4 Por otra parte el hilo conductor de Mateo es la justicia, que aparece desde el comienzo de la vida pública de Jesús, en su diálogo con Juan Bautista: “Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia”, dice el Señor a quien se resistía a bautizarlo (Mt 3,15). En el SM, las bienaventuranzas están construidas en dos bloques que acaban, cada uno, en la justicia: “hambre y sed de justicia...” (5,6), “perseguidos por causa de la justicia...” (5,9). Las antítesis se introducen en Mt 5,20 con una justicia que va más allá de la ley. El capítulo 6 de Mt gira en torno a la justicia: inicia (6,1) tratando de la justicia delante de Dios en la limosna, el ayuno y la oración y termina con la la invitación a buscar el Reino y sujusticia (6,33), a modo de inclusión. Para Mt justicia significa el cumplimiento de la voluntad de Dios, observar sus mandamientos. Ella no se limita a cumplir lo que se debe: implica una estrecha relación entre Dios y hombre, unirse íntimamente a Dios en el propio corazón. Por otra parte, la justicia opera como hilo conductor no solo del SM sino también de todo el Primer Evangelio.5 En los sinópticos no hay otro evangelista que hable de justicia, exceptuando la mención de Lucas en el Benedictus (contexto veterotestamentario, 1,75). Pablo sí lo hace, aunque con otro sentido: la gracia de Dios que viene en búsqueda del hombre, la salvación que Dios le ofrece (Mt 5,10; 5,20: 5,48; 6,1 y 6,33 hablan también en este sentido).

No han sido pocos los intentos de poner el PN en relación con la estructura global del sermón de la montaña (SM). Un dato basta para señalar su importancia. Analizando Mateo 5-7 desde el punto de vista estadístico se nota la centralidad de la oración de Jesús dentro del sermón. El número de palabras del SM antes de la exhortación a la oración, al comienzo de Mateo 6, es 916; las indicaciones sobre el modo de orar y el texto del PN ocupan 158 palabras, y el resto, hasta el final del SM, otras 916 palabras, para un total de 1990 palabras según el texto griego del Nestle-Aland.6 El evangelista ha realizado una obra maestra en cuanto a la organización temática y a la estructura narrativa del texto, presentando el PN como el punto focal del primer discurso del Evangelio –Mateo presenta cinco grandes discursos– que al mismo tiempo aparece como un foco de luz que ilumina toda la obra de Mateo, al tratarse del discurso programático de Jesús.

Siguiendo un poco esta estructura, Grundmann pone el PN come centro y clave interpretativa de todo el SM.7 Así las bienaventuranzas y el loghion de la sal y la luz (Mt 5,3-16) corresponderían al “santificado sea tu nombre, venga tu reino”; las antítesis (Mt 5,21-48) andarían de acuerdo con el “hágase tu voluntad”; la confianza en la providencia (Mt 6,19-24) con “danos hoy nuestro pan de cada día”; los loghia di Mt 7,1-5 que tienen por argumento el no juzgar, se ponen en paralelo con el “perdónanos nuestras deudas así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores”; en fin, los loghia di Mt 7,13-27, acerca de la puerta angosta, los falsos profetas, el árbol y sus frutos, tendrían que ver con el “no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal”.

Bornkamm –en una propuesta estructural que también ha desarrollado Giavini8– relaciona el PN no con todo el SM sino específicamente con la sección de Mt 6,1-7,129, omitiendo el cap. 5 y la parte final del cap. 7. Según Bornkamm, Mt 6,19-24 (“No os amontonéis tesoros en la tierra [...], la lámpara del cuerpo es el ojo [...]. Nadie puede servir a dos señores [...]”) correspondería a las tres primeras peticiones del PN “santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad”; la confianza en la providencia (Mt 6,25-34) se relaciona con “danos hoy nuestro pan de cada día”; el consejo de no juzgar en Mt 7,1-5, siguiendo a Grundmann, se pondría en paralelo con “perdónanos nuestras deudas”; Mt 7,6 (“no tirar las cosas santas”) al “no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal; en fin, el pedir con insistencia, sin cansarse, de Mt 7,7-11, tendría que ver con la introducción al PN: “vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo”.

Una propuesta alternativa sobre la estructura del SM, que deja de lado las bienaventuranzas, distribuye el texto partiendo de las antítesis (5,21-48) y terminando en la regla de oro (7,12),10 en un bloque enmarcado –al inicio y al final– por la mención de la ley y los profetas. A diferencia de otras propuestas que se apoyan en paralelismos, la sección analizada (5,21-7,12) presenta una estructura de catorce ternas, donde se indica el comportamiento hacia el prójimo y hacia Dios.

Meynet en cambio pone en relación las siete peticiones del PN con las siete primeras bienaventuranzas, resaltando al mismo tiempo la preferencia del Evangelista por el número siete, que en la Biblia indica plenitud. En efecto, desde los siete días de la creación narrados en el Génesis hasta los diversos septenarios simbólicos del Apocalipsis, en la Escritura Sagrada abunda el número siete.11 En concreto, la genealogía del Primer Evangelio contiene seis septenarios (tres grupos de 14 generaciones): las parábolas de Mateo 13 son siete, como también son siete los ‘ayes’ a los escribas y fariseos en Mateo 23. De modo semejante, al centro de las primeras siete bienaventuranzas se encuentra aquella que proclama felices a los que sufren hambre y sed de justicia, haciendo claramente referencia al alimento.

Ampliando la visión desde las primeras siete bienaventuranzas de Mateo a todas las nueve que ofrece al principio del capítulo, estas aparecen como el proemio de todo el SM en el que se anuncia el reino de Dios en tres dimensiones, en sus tres momentos más expresivos: como mensaje, exigencia, promesa.12 A su vez el PN contiene una proclamación similar de la señoría de Dios en su estructura septenaria. Se debe notar sin embargo que, a diferencia de las bienaventuranzas, donde las tres realidades hacen parte de una construcción lineal en clímax, en el PN se parte de la periferia del mensaje (santificado sea tu nombre, no nos dejes caer en tentación), pasando a través del círculo interno de la exigencia (perdona nuestras ofensas, hágase tu voluntad) para terminar en el núcleo de la promesa (danos hoy nuestro pan...), que constituye el centro de la oración: allí se contempla parcialmente el reino que será poseído en plenitud solo en la era futura.13

Respecto al análisis del PN en relación con todo el Evangelio según Mateo, Schneider ha hecho ver los puntos de unión con el resto del texto en tres aspectos de la oración de Jesús: la invocación a Dios como padre, las peticiones del “Tú” y las peticiones del “nosotros”, en los que se individúan las características redaccionales del evangelista.14

De frente a la exuberante actividad redaccional de Mateo, que consigue elaborar un texto tan rico y variado a partir de las palabras de Jesús, el contexto de Lucas aparece necesariamente más sobrio. El Tercer Evangelista presenta la oración del Señor dentro de la llamada ‘grande inserción’ que comprende el camino de Jesús hacia Jerusalén (Lc 9,51-18,14). Tras el episodio en casa de Marta y María, donde Jesús ha hecho ver a Marta que una sola cosa es necesaria (Lc 10,42), Lucas hace ver aquello que es necesario. La oración personal de Jesús despierta en los discípulos el deseo de aprender de Él mismo cómo se debe orar; de allí surge la petición: enséñanos a orar. Jesús responde enunciando el PN precisamente como modelo de oración. De todos modos, la finalidad lucana tiene una perspectiva más amplia: lo que cuenta es la perseverancia en la oración, más que la manera de hacerla. De hecho, la formulación de la oración está seguida de la parábola del amigo inoportuno (única en el NT) y de la semejanza del Padre celeste con los padres de la tierra. En estos versículos (parábola, invitación a pedir, semejanza) resalta la súplica del pan en Lc 11,3, del mismo modo que Mateo subrayaba la necesidad del perdón.

Si se piensa a la ambientación vital –Sitz im Leben– de Lucas, el contexto es claramente de oración, una realidad frecuente en la vida de Jesús en la narración del Tercer Evangelio. Así, en los grandes momentos de la vida pública del Señor (el Bautismo, la elección de los Doce, la Transfiguración, la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, y por supuesto en la agonía en el huerto de los Olivos, donde Jesús fue “como de costumbre”: κατὰ τὸ ἔθος, 22,39) solamente Lucas, entre los evangelios, indica que Jesús estaba orando. Cierto, una preferencia tan marcada del evangelista por presentar a Jesús en oración podría hacer pensar en una elaboración artificial, distinta del ambiente original en el que se habría enunciado el PN. Sin embargo, el contexto lógico de petición por parte de los discípulos y de respuesta de Jesús enseñando a orar en modo concreto y ejemplar, por una parte, y la conjunción abundante de textos en el SM de Mateo –con los paralelos del Tercer Evangelio esparcidos en diversos contextos– por otra, hacen que se incline la balanza a favor de la ambientación vital del PN en Lucas.

Esto no quiere decir, sin embargo, que Mateo dé menos importancia a la oración. Mt 6,5,15 –donde está insertado el Padre Nuestro– es toda una enseñanza al respecto. Siguiendo el mismo esquema catequético de la limosna y el ayuno, añade una indicación sobre el modo de rezar, después de la indicación acerca de la vanagloria y ostentación: “Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo” (6,7-8). La estructura es un poco diversa de la de las otros dos consejos en 6,2-4.5-6.16-18, pues la propuesta positiva es precisamente en el PN: “Vosotros, pues, orad así” (6,9). Hay un poco de tensión, una leve incongruencia en el texto; si se deben emplear pocas palabras, no habría necesidad de enseñar una oración concreta; en cambio, Jesús propone enseguida una oración determinada, el PN, reflejando probablemente que se encontraba –en la fuente de dichos del Señor, Q– en un contexto diverso. Mateo lo incluye aquí para reforzar la enseñanza sobre la oración, presentando la oración perfecta, el modelo de todas las formas de rezar.

En Mt 6,5-15 –una perícopa dedicada enteramente a la oración– el Evangelista no ha dudado en romper la simetría del razonamiento triádico, insertando algunas frases al respecto y añadiendo al final –en referencia a 6,12– la necesidad del perdón como condición para ser perdonados: “si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (6,14-15). Otra referencia a la oración aparece en la segunda parte de Mateo 6, en torno al verbo ‘preocuparse’ (μεριμνᾶν, 6,25.28.31-32), respecto a lo que se debe pedir o no.

En Mt 5 se exhorta los discípulos, p. ej., a hacer ver las obras de modo que “glorifiquen al Padre que está en los cielos”: oración de alabanza (Mt 5,16); a propósito de la antítesis sobre el homicidio, Jesús dice: “si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda”: oración que acompaña la oferta (Mt 5,23-24); en la antítesis del juramento, se invoca a Dios como testigo, poniendo de relieve la oración y las relaciones humanas (Mt 5,33-37); en fin, en la antítesis sobre el amor de los enemigos se dice, “rezad por los que os persiguen”: oración impetratoria (Mt 5,44-45).

Otras referencias a la oración se encuentran en Mateo 7. En la primera parte, 7,1-12, se insiste sobre la necesidad y la eficacia del rezar, se invita a una actitud perseverante y al final se conecta con la regla de oro, que une la invocación a Dios con la preocupación por el prójimo.15 Después se mencionan aquellos que invocan al Señor de palabra pero no hacen nada positivo para corroborar la petición: “no todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (7,21).

En todo, ocho referencias a la oración en la versión mateana del SM, subrayando así su papel central. Sin embargo, la colocación del PN como centro y punto focal del discurso es la prueba mejor de la importancia que el Evangelista atribuye a esta oración ejemplar.
2. Texto, estructura y contenido.

Mt: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan cotidiano (ἐπιούσιον); y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.

Lc: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano (ἐπιούσιον), y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación.

No solo los dos contextos de los Evangelios son diferentes; también la estructura y algunas de las palabras de la oración misma. En efecto, en la redacción más breve de Lucas –contenida toda en Mateo– hay dos estrofas, una de dos peticiones y otra de tres, además de la invocación inicial al Padre. En cambio, en la estructura de Mateo las siete peticiones se encuentran encuadradas en dos estrofas de cinco stichoi cada una, dando mayor fuerza al paralelismo –típico de los salmos y de la oración litúrgica en general–, en una forma más artística y elaborada.16 Por otra parte crea una correspondencia entre las tres primeras súplicas del “Tú” con las tres últimas súplicas –la sexta y la séptima se podrían considerar una sola– del “nosotros”. Mateo hace tres añadidos respecto a Lucas: en la invocación inicial, “Padre nuestro que estás en los cielos”, al final de la primera estrofa, “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, y al final de la segunda estrofa, “y líbranos del mal”. Se sabe que los textos litúrgicos se elaboran y enriquecen en su fase inicial de transmisión, antes de su formulación definitiva, y es frecuente que las ampliaciones se efectúen al final, en las conclusiones, como es el caso del texto del PN en Mateo. Siendo el enunciado más rico que el de Lucas, se difundió rápidamente en la Iglesia primitiva, como lo atestigua la Didaché.

Visto que ningún autor se hubiera atrevido a cambiar la oración del Señor, las dos versiones se deben –como se ha dicho antes– a ambientes diferentes,17 o incluso a lugares de origen diversos.18 La mayor parte de los estudiosos piensa que Lucas ha sido más fiel a Jesús en cuanto a la estructura y enunciación global del PN, mientras que Mateo –habiendo ampliado el texto, sea por influencia de su comunidad o por su sensibilidad judaica y su estilo litúrgico– ha seguido más de cerca las palabras de Jesús, que reporta con mayor detalle.19 La discusión sobre cuál sea el texto más original no es superflua, pero tampoco decisiva, dice Benedicto XVI,20 visto que no se excluye absolutamente la posibilidad de que Jesús mismo hubiera dado a sus discípulos dos versiones del PN en ocasiones diversas.21 De todos modos, teniendo en cuenta las semejanzas entre Mateo y Lucas respecto al lenguaje y sobre todo al vocabulario (baste pensar a la rara palabra ἐπιούσιος) se propende por una versión griega común de los dos textos evangélicos,22 sin olvidar, sin embargo, que este texto se remonta probablemente a un original arameo, como sostiene Jeremias.23

Las peticiones de la primera estrofa se articulan en torno al “Tú” y las de la segunda en torno al “nosotros”. Las primeras se refieren a Dios mismo, las segundas a nuestras esperanzas, deseos, necesidades. Benedicto XVI compara la relación entre esos dos tipos de peticiones a las dos tablas de la Ley, que en el fondo son la explicación de los dos grandes mandamientos, o mejor, del Primer mandamiento en su doble articulación de amor a Dios y de amor al prójimo.24

En el centro de las súplicas se encuentra el “danos hoy nuestro pan de cada día”, caracterizado por el papel de transición dentro de la oración. De hecho, en analogía con las tres primeras peticiones (alabanza del nombre de Dios, venida de su Reino, realización de su voluntad), la cuarta es también una petición positiva, en la que se desea algo bueno –en este caso, el pan– mientras que el pronombre en primera persona del plural la conecta con las tres últimas peticiones, en las que lo que se pide es la liberación de realidades negativas: las ofensas, las tentaciones, el mal.

Las dos primeras peticiones (nombre, reino) van en paralelo con las dos últimas (tentación, maligno), pues el reino se manifiesta en la salvación obrada por Dios. Además, la tercera y la quinta petición son las únicas que se formulan en dos partes, unidas por la partícula ‘como’: “en la tierra como en el cielo”, “perdónanos (...) como nosotros perdonamos...”: así sirven de encuadramiento a la cuarta, verdadero cardo de la oración dominical. Así resulta en el PN una estructura marcadamente concéntrica de 2 + 1 + 1 + 1 + 2 que se apoya sobre la cuarta petición, la única que pide una realidad material.


A. La invocación al Padre

Dirigirse a Dios llamándolo Padre significa mostrar que se tiene fe en su amor.25 El inicio de Lucas –Padre!– sin formalismos está unido con la manifestación de un deseo que sirve de introducción: la gloria del nombre divino, seguida de la petición por la venida del reino. Esos dos deseos expresados mediante el ‘tú’ eleva el alma hacia el Padre. La sencillez sin ambages constituye la fuerza de la versión de Lucas. En Mateo, en cambio, el carácter semítico de la oración se hace presente desde el inicio: “Padre nuestro, que estás en los cielos”, separando esta invocación de las tres peticiones que vienen en seguida, enunciadas en modo lapidario.

Mateo mantiene la expresión ‘Padre celestial’, un giro típicamente judío que distingue Dios, Padre del cielo, de todos los padres de la tierra, manifestando al mismo tiempo el ambiente familiar y la inviolable excelsitud y majestad de Dios, por encima de las realidades terrenas.26 Los ‘cielos’ en vez del ‘cielo’ reflejan la forma original aramea que solo existe al plural, indicando al mismo tiempo la extensión espacial del firmamento o la concepción judaica tardía sobre la existencia de varios cielos.27 La denominación ‘nuestro’ no se refiere solo a los discípulos que seguían a Jesús y a quienes enseñó primeramente la oración, invitándolos a tratar a Dios con la misma confianza con que Él lo hace; en realidad implica una nueva comunidad, la de todos los que están abiertos a la predicación de Jesús y a la salvación escatológica.

Lucas es más conciso y escueto, aunque no por ello menos expresivo. En efecto, la invocación abba (Mc 14,36), ‘padre mío’, es una expresión típica de Jesús, única en la Escritura, en el que un individuo se dirige a Dios familiarmente, llamándolo Padre. Esta ha quedado en la liturgia y en la oración común de los fieles. En Israel, es cierto, se podía invocar a Dios como padre en sentido colectivo, considerándose miembros del pueblo elegido. Existen también textos en la literatura intertestamentaria en los que se le invoca como ‘padre mío’, אבי, aunque no con la confianza filial que el término lleva abba consigo. Jeremias ha mostrado como Jesús fue el primero en dirigirse a Dios con la palabra aramea abba, ‘papá’, demasiado familiar para que pudiera hacer parte de una oración, como lo atestigua el judaísmo de su tiempo. Jesús habla con Dios en una atmósfera de intimidad verdaderamente desacostumbrada,28 poniendo de relieve una relación única que –aquí está lo más llamativo– transmitió también a sus discípulos, enseñándoles a relacionarse con Dios de la misma manera.29

Los primeros cristianos no habrían conservado en el texto griego esa invocación aramea si no estuvieran convencidos de que se trataba de una característica especial de Jesús. Así lo confirma Pablo de Tarso usando el término abba en dos ocasiones (Gal 4,6; Rom 8,15), traduciéndolo de la misma manera. Se trata entonces de una invocación usual en la primitiva comunidad cristiana, que probablemente aprendieron de labios de Jesús mismo.

En una sola palabra, ‘Padre’, se contiene la historia entera de la redención, dice Benedicto XVI; podemos decir Padre porque el Hijo es nuestro hermano que nos lo ha revelado, y porque gracias a Él podemos ser de nuevo y llamarnos hijos de Dios.30 Jesús da a conocer la naturaleza de Dios Padre enseñando el perdón de los enemigos: así se llega a ser hijos del Padre celestial, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos (Mt 5,45); Él lo ha vivido en primera persona, mostrándose totalmente Hijo. El otro modelo del Evangelio es el de un padre que da siempre cosas buenas a su hijo; en el caso de Dios, el don es el de sí mismo, es la Divinidad que viene al encuentro de la criatura necesitada, pues efectivamente dona el Espíritu Santo a quienes se lo piden (Lc 11,13). Lo importante de la oración no es esto o aquello, sino que Dios se nos quiere dar. Y no solo. En la figura de Jesús se reconoce quién es y cómo es Dios: a través del Hijo se descubre y conoce el Padre (Jn 14,8).

Además enseña Jesús no solo a tenerlo ante los ojos como el juez que ha de venir al final de los tiempos, sino también a alzar esos mismos ojos hacia el Padre: de esa manera los discípulos han aprendido a hablar filialmente a Dios antes de orientarse al futuro con sus peticiones: a buscar el rostro del Padre presente antes de dirigir su mirada al Dios que ha de venir.31

La paternidad de Dios abre delante de los ojos humanos un doble horizonte: por una parte, Dios es Padre porque es Creador, dependiendo de Él en todo lo que somos y tenemos; por otra, Cristo es de modo único y ejemplar, imagen de Dios. Ratzinger recuerda la enseñanza de los Padres de la Iglesia: cuando Dios creó al hombre ‘a su imagen’ estaba prefigurando a Cristo, ‘nuevo Adán’, el hombre que es la medida de la humanidad, quien acoge a todos los que la componen en cuanto es el Hijo en sentido propio y pleno, siendo de la misma sustancia del Padre. El PN convierte la filiación en un concepto dinámico: mientras más profunda sea la comunión con Cristo, más plenamente se llegará a ser hijos de Dios, hijos en el Hijo.

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