2017 Revista 2001 – Nº 63 sgi de Italia



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Revista 2001 – Nº 63 SGI de Italia



[El arquitecto y los obreros del sufrimiento ]

Descripción y análisis de los diez ejércitos que comanda el demonio del sexto cielo



El arquitecto y los obreros del sufrimiento

(Traducción de la revista 2001 N° 63 de la SGI de Italia)



De Roberto Minganti

<< ¡He recorrido innumerables existencias, buscando el constructor de la casa, y no lo he conseguido: sin embargo es doloroso volver a nacer cada vez! ¡Oh constructor! Ahora te descubrí, no volverás a construir la casa! Todas las vigas están rotas, el techo se derrumbó, al borrar todos los conceptos, el espíritu extinguió su sed>>. Esta afirmación – extraída del Dhammapada (153-154), una de las más antiguas escrituras budistas – es el grito con el cual Shakyamuni se dirigió a Mara, el demonio constructor del sufrimiento en la vida, que quería impedirle lograr la Budeidad.

Mara personifica el aspecto negativo de la vida, nombradas también “aflicciones mentales”. La literatura budista presenta una gran riqueza de variedades y clasificaciones de las funciones negativas: en el Abhidharma- un texto fundamental de psicología budista- están catalogados 51 factores mentales importantes: aproximadamente 25 son negativos, los demás positivos. Entre los negativos tenemos la ilusión (u ignorancia que conduce a una percepción equivocada); el apego (el deseo egoísta de satisfacer la propia avidez); la ira; el orgullo (en el sentido de sentirse falsamente superiores a los demás); las ideas equivocadas (juicio equivocado de la realidad); la duda (la incapacidad de tomar decisiones); la envidia; la flojedad; el sueño.

El método utilizado en el Abhidharma es aquel de analizar cada momento de la mente y el fluir continuo de todos estos momentos. Nuestra experiencia subjetiva, entonces, se define instante tras instante, es esto lo que determina “...aquella experiencia” no viene del exterior – o sea no es el objeto de la experiencia lo que determina la experiencia misma – más la condición interna del ser humano.

El concepto de los diez ejércitos del demonio, entonces, no nace de la nada, sino como una de las tantas clasificaciones aparecidas en el tiempo. Se piensa que haya sido creado por Nagarjuna que en el Daichido-ron ( Mahaprajnaparamitashastra) separa los demonios en dos categorías: internos y externos. Los diez ejércitos pertenecen a la primera categoría.

Nichiren Daishonin hizo suya esta cita y en la Carta a Bendono Ama afirma: << El Demonio del sexto cielo, atacando con sus diez ejércitos, combate en el mar del sufrimiento en contra del devoto del Sutra del Loto por el dominio del mundo>>.

“Dominio del mundo”, significa dominio sobre los demás: << En nuestra vida – escribe Daisaku Ikeda – la felicidad que obtenemos por la afirmación de nuestro control sobre la naturaleza y sobre las demás personas tiene un carácter diabólico. Hay un demonio en todos los deseos, pero la máxima manifestación de esta esencia del mal en la vida humana es nuestra necesidad de controlar y dominar a los demás>>.



Las trampas ocultas

Toda la enseñanza Budista rueda alrededor de los medios para transformar el sufrimiento: además de un comportamiento éticamente correcto, el Buda propuso la meditación como fundamento para el control de las funciones negativas que impiden el logro de la Budeidad y obscurecen la mente.

Cuando hablamos de mente se entiende el binomio mente/corazón más que las facultades intelectuales en sí, y el Budismo no hace referencia a una entidad, a un ánima o a un Yo que vive en el interior del cuerpo de manera independiente y separada de todo lo demás.

Se habla más bien de una red compleja que vive y se modifica incansablemente en las relaciones con el cuerpo y con el ambiente.

Si observamos con cuidado nuestras experiencias espirituales podemos ver que, al igual de las experiencias relacionadas con el aspecto físico de la vida, están sujetas al principio de causalidad. Cada pensamiento producido en cada instante (ichinen) está ligado al anterior y produce el siguiente. En el continuum que se viene creando puede esconderse la mayor trampa, en el sentido de que es muy complicado regresar a la causa responsable de nuestras desarmonías internas. Sin embargo algo que debe quedar claro es que: todo nace desde el interior. Aunque nuestra mente/corazón es una red que envuelve el exterior, y junto a él se modifica, al final todo regresa adentro.

Podemos experimentar muy fácilmente como hasta una situación ambiental positiva y tranquila, podría no ser satisfactoria para alguien que se encuentra en una condición de vida de sufrimiento. Por ejemplo un agudo dolor en un nervio de un diente hace que toda nuestra atención existencial se concentre en aquel punto de la boca y cualquier otra cosa pasa a un segundo plano. Por lo contrario una persona con una elevada condición de vida logra ser feliz hasta en un ambiente hostil y lleno de incomodidades.

Hablar de funciones negativas y de demonios, sin embargo no debe llevarnos a considerar tales aflicciones como la verdadera naturaleza de nuestra vida. Nuestra verdadera esencia, la realidad última, no es negativa: no existe un pecado original. Se podría decir que nuestra esencia está recubierta y oscurecida por las funciones negativas. Tal condición podría parecernos irreversible, considerando la fortaleza de los apegos, si la mente no poseyera la facultad de observarse a sí misma. Sobre el tema de la “mente que se observa”, los filósofos budistas han discutido largamente y Nichiren Daishonin, por su cuenta, nos habló de kanjin – observar la propia mente y ver en ella los diez mundos. T’ien-t’ai, del cual Nichiren tomó gran parte de su teoría, había catalogado una por una todas las ilusiones, llegando a un número de 106. El Daishonin no se quedó mucho en las clasificaciones, más trató sobre todo de hacer entender el origen de las funciones negativas haciendo referencia al Demonio del sexto cielo como a una matriz del todo. El control de la mente – en sus enseñanzas – se activa con la entonación del Daimoku (la actuación practica de kanjin) lo que permite no solo una “clara visión”, sino la obtención de aquella fuerza vital tan necesaria a los Bodhisattvas para poder actuar en el mundo.

<>.

Para quien ha hecho de la compasión su estilo de vida, debería ser importante el mantener una constante vigilancia y control sobre sus propias funciones negativas, sobre todo en los momentos en que vive en contacto con el mundo (dando por sentado que el momento meditativo es necesariamente antepuesto a las labores de control y transformación de las mismas funciones negativas).

Pero la compasión encuentra su peor enemigo justo en el interior de la vida: en el egoísmo, entendido como suma de todas las aflicciones mentales. Shantideva (uno de los más importantes autores de la escuela mahayana, VII siglo D.C.), en su Bodhicaryavatara (estilo de vida de un Bodhisattva) explica que nuestros principales enemigos residen en la mente/corazón: apego, celos, envidia, avidez, duda...

<< Enemigos como el odio y la avidez no tienen ni brazos ni piernas, no son valientes ni sabios ¿por qué entonces me hicieron esclavo? Ya que mientras residen dentro de mi mente a sus antojos puede hacerme daño sin embargo yo pacientemente, sin ira los aguanto. Pero en este caso tener paciencia es impropio y deshonroso>>.

Odio, ira y sentimientos similares, muy a menudo aumentan la sensación de omnipotencia hacia los demás y parecieran hacernos sentir bien, dan seguridad. Se presentan bajo falsas semblanzas y engañan. La metáfora del demonio es en realidad una “metáfora del engaño. Mara, el arquitecto del sufrimiento y Demonio del sexto cielo, para distraer a Shakyamuni de la meditación que lo estaba llevando a la Iluminación, le manda primero sus hijas Voluptuosidad, Sed y Apetencia, después llega él en primera persona.

En Carta a Misawa Nichiren Daishonin ofrece una ulterior descripción figurada del Demonio, ampliando la perspectiva:

<>.

Reconocer, descubrir “el engaño” es la acción más importante: una vez reconocido, Mara pierde su poder. De la misma manera, una vez reconocidas, nuestras funciones negativas pierden su virulencia y su naturaleza (que se alimenta solo de engaño). Es fácil decirlo, pero cuando nos encontramos en ese fluir de pensamientos/ sensaciones – pensamientos/reflexiones – pensamientos/etc. Se vuelve una de las acciones más difíciles, porque nosotros debemos reconocer, develar a nosotros mismos y transformar dentro de nosotros la naturaleza demoníaca de nuestra vida.



ENEMIGOS INTERNOS Y EXTERNOS

Hay una diferencia entre enemigos externos y enemigos internos: un enemigo externo posee la característica de la relatividad: puede serlo ahora y, al rato ya no. Cambia con la transformación de las condiciones que lo hiciera tal: por ejemplo una buena dosis de gentileza y paciencia pueden transformar una persona que nos odia, en un amigo. El enemigo interno viceversa siempre queda allí, y si nadie lo molesta se refuerza, y cuanto más lo dejamos tranquilo más aumenta su potencial destructivo. Podemos imaginarnos la guerra con un enemigo externo: hay seres humanos que se combaten, armas convencionales que se enfrentan, armas nucleares en espera de desencadenarse. Cualquier operación diplomática, cualquier búsqueda de equilibrio, cualquiera barrera física no podrán jamás proteger a nadie si las personas que organizan las guerras no cambian su disposición interna hacia la violencia. También la UNESCO subraya este aspecto en su lema: <>.

Una vez más el destino de la humanidad nace de un cambio interno. Esta verdad tan sencilla es la más difícil de hacer propia, la más escondida.

El desarrollo científico nos ha permitido crear medios eficaces para dominar la naturaleza, pero no hemos analizado suficientemente la capacidad humana en controlar estos medios:



<>.

Otra vez Shantideva:

Aunque todos los dioses y semidioses se alzaran en contra de mí como enemigos, no podrían ni conducirme ni lanzarme entre las rugientes llamas del más profundo infierno.

Pero el potente enemigo, las ideas que me turban, en un instante pueden lanzarme entre aquellas llamas dentro de las cuales ni siquiera las cenizas del rey de las montañas quedaran intactas;

[...] Si con cordialidad rindo honores y confío en los demás ellos nos trajeran ventajas y felicidad sin embargo si confío en estas ideas perturbadoras, en el futuro esas me traerán solo infelicidad y mal.

Ser gentiles con los “enemigos externos”, entonces, trae resultados positivos, serlo con los enemigos internos en cambio trae solo destrucción. <>, recomienda Ikeda. Severos consigo mismos – en el Budismo del Daishonin – significa exactamente controlar los demonios de la mente, y no caer en prácticas ascéticas. Y podríamos considerar como un demonio también la superficialidad con la cual nos acercamos a estas temáticas. Como por ejemplo la conflictividad gratuita, presente también entre los miembros de la Soka Gakkai: sale espontáneo preguntarse dónde habrán ido a parar los elementos básicos que deberían distinguir un budista: por ejemplo, el echar un vistazo dentro de uno mismo antes de agredir otra persona, de pensar mal de esta y/o de hablar mal de ella.

La severidad, tiene validez solamente si es hija de la compasión, de otro modo es una vulgar emanación del ego y produce graves daños. Ningún maestro budista hasta hoy conocido se ha alejado jamás del gran río de la compasión.

Para ganarles a los enemigos internos, entonces, no se necesitan músculos, si no la fuerza del Buda, y en el Budismo la Compasión nunca está separada de la Sabiduría, entendiéndose también por sabiduría un estilo de vida ético, el saber disciplinarse y el dirigirse hacia la condición vital del bodhisattva.

Nichiren Daishonin escribe, en Infierno y Budeidad: <>.

La Compasión entonces es un valor que debemos reconfirmar en nuestra vida a cada instante: es compasión presentarse ante “el otro” controlando mis pasiones negativas. La realidad nos enseña (a los que quieran aprender) de que las personas necesitan afecto para desarrollarse plenamente como seres humanos: el crecimiento de los niños es un buen indicador de este fenómeno.

Shantideva llegaba a considerar los enemigos exteriores como los mayores promotores de nuestra gentileza y paciencia (paciencia entendida también como firmeza...); de igual manera se puede llegar a comprender también las motivaciones de nuestro peor enemigo:

Si aunque estuviese en la naturaleza de los infantes el hacer daño a los demás seres, sería igualmente errado enojarse con ellos.

Sería como tomársela con el fuego por tener la naturaleza de quemar.

Fukyo, el bodhisattva del Sutra del Loto que “no despreciaba jamás a nadie”, inclinándose frente a la potencial Budeidad de todos aquellos que encontraba, en realidad se reverenciaba también a sí mismo:



<>.

Probablemente esta es la mejor respuesta que nuestra vida puede ofrecer a la parte oscura de sí misma.



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DESEO (Codicia - Avidez - Avaricia)

De Luca Pouchain

El Riesgo de las oportunidades



<> escribe el presidente Ikeda, resumiendo en pocas palabras un tema fundamental para el Budismo. El deseo posee una fuerte energía que puede ser utilizada para el progreso individual y colectivo. Cero represiones entonces y más bien conciencia y transformación.

Oscar Wilde declaraba poder resistir a todo menos a las tentaciones. Las “tentaciones”, entonces parecerían ser el origen y la causa de los deseos. Lo que deseamos dependería de un evento externo que al comienzo se ofrece persuadiéndonos convincentemente para después arrollarnos.

Este concepto viene completamente invertido en la filosofía budista. Los deseos nacen en el interior de la vida, por las necesidades, por las presiones, por los instintos y condicionan las vidas individuales hasta el punto de poder ser considerados una de las principales causas del sufrimiento humano. Sin embargo son, como veremos, controlables por el individuo, que es responsable de ellos.

En el Budismo mahayana, y en particular en las enseñanzas de Nichiren Daishonin, se habla de “transformación”. En cierto sentido el deseo puede ser visto como un obstáculo para el que quiere lograr la iluminación en el transcurso de su propia existencia. No por casualidad es el primero de los “ejércitos del Demonio del sexto cielo”, o sea, la primera entre las funciones de la “obscuridad fundamental”. Y, es evidente, el “peligro” potencial que representan los deseos. Para el que quiera desarrollar su propia naturaleza positiva y preocuparse, al mismo tiempo, por la felicidad de los demás, el apego a los impulsos egoístas representa la tendencia diametralmente opuesta; por lo tanto, la principal función negativa en obstaculizar la realización más verdadera y profunda de uno mismo. El deseo no solo es clasificado como una función (“el primer ejército”) del Demonio del sexto cielo, si no también es definido como bonno-ma (Jap. Bonno: ilusión, ma: demonio) uno de los cuatro Demonios del que habla Nichiren. Al mismo tiempo sabemos que obstáculos y demonios, problemas y dificultades, sufrimientos y deseos, como todas las cosas de la vida, no pueden ser consideradas, absolutamente, un mal de por sí. Las causas de las circunstancias en la que vivimos están presentes en la profundidad de la vida de cada cual; si lográsemos reconocerlas y utilizarlas, podríamos transformar cualquier peligro en oportunidad.

Para realizar esta empresa, que podría resumirse en: aprender el arte de vivir vidas largas y realizadas; hay que entender la verdadera naturaleza de los demonios y de los deseos.

Antes de utilizar algo, de hecho, hay que conocerlo.

Cualquier dificultad, problema, o cualquier cosa que provoca sufrimiento, puede ser ubicada en una de estas categorías: “obstáculo” o “demonio”. Ambos pueden presentarse como aspectos fenoménicos externos, sin embargo en última instancia, dependen del Karma: o sea son entonces limitaciones internas.

Los obstáculos representan dificultades que interrumpen los caminos, espirituales y materiales, pero, pueden ser superados con esfuerzo, voluntad y sobre todo a través de la práctica budista. Y, ya que aprender a superar obstáculos nos hace más fuertes, estos últimos se vuelven una oportunidad de mejoramiento.

Los demonios por otra parte, bloquean totalmente la vida y el crecimiento y hacen retroceder. Sobre todo ponen en peligro nuestra fe. Por eso vienen también definidos como “ladrones de la vida”. Representan algo que puede bloquear y “robar” las mejores potencialidades. ¿Cómo podemos, entonces, distinguir entre obstáculo y demonio? En realidad, somos nosotros los que decidimos sí aquel problema, aquella dificultad o aquel deseo habrá que entenderlo en un sentido o en el otro. Son la determinación, la conciencia y la práctica budista las que determinan la calidad del “adversario”, permitiéndonos transformarlo y utilizarlo positivamente. La falta de conciencia y la pereza transforman cada obstáculo en una pared insuperable, dando pie a que el demonio controle la vida y bloquee el desarrollo y la reforma.

El deseo es un adversario traicionero, difícil de reconocer y utilizar. Al mismo tiempo representa una gran oportunidad de crecimiento. En “Los deseos mundanos son iluminación (bonno soku bodai)”, Nichiren sostiene que:



<>.

El deseo, si es utilizado correctamente, representa entonces un potente motor para el crecimiento personal. Otra vez Nichiren, en el Ongi kuden, enseña que aquellos que entonan Nam miojo rengue kyo << queman la leña de los deseos mundanos para reavivar la llama de la sabiduría iluminada frente a sus ojos>>. Pero para utilizarla primero hay que conocerla. O sea hay que conocerse a sí mismo. Desde un cierto punto de vista, de hecho, cada uno “es” lo que quiere ser. La calidad del desear, la trama de los sueños, la fuerza y la grandeza de las aspiraciones determinan las características de una vida.

¿Pero, qué es el deseo? Con este término se puede calificar <>. El deseo se define también como << la necesidad de algo o alguien, como también la avidez hacia algo o alguien>>.

La función negativa se revela en el momento en que nos volvemos esclavos del deseo. Cuando, en pocas palabras, quedamos encadenados a los apegos. Desde este punto de vista las personas permanecen “envueltas” por el objeto de sus propios deseos, que puede llegar a volverse, de alguna manera, un objeto de culto.

Por otra parte existe también una función positiva del deseo, representada por la energía desarrollada por la expectativa. La búsqueda de la satisfacción de las necesidades propias y de la realización de los deseos que de ésa derivan, ha permitido grandes progresos a la humanidad en el curso de los siglos. Estando relacionados a las necesidades humanas, los deseos no pueden ser eliminados, ya que de alguna manera vendría anulada también la calidad humana. En sus Diálogos, Toynbee e Ikeda coincidían en el hecho de que <>.

En el concepto de Bonno soku bodai, la igualdad entre deseo e iluminación es representada por el término Soku, que va entendido como un principio de transformación. Para T’ien-t’ai (chih-i) soku indica, desde un punto de vista teórico, dos cosas, aparentemente, opuestas o contradictorias, que son en esencia, una sola cosa. Para Nichiren Daishonin, desde un punto de vista práctico, << ...soku es Nam-myoho-rengue-kyo. La vida del mortal común está llena de deseos e ilusiones pero, cuando él se dedica a la entonación de Nam-miojo-rengue-kyo, su vida de mortal común se ilumina inmediatamente. Apoyándose sobre su emergente naturaleza de Buda, todos sus deseos vienen purificados y empiezan a actuar de manera natural para el beneficio propio y de los demás, sin perder su carácter de deseos>>. (Ongi kuden).

En otros términos, ya que las necesidades – aspiraciones y deseos – están estrictamente relacionados a la vida, transformando la calidad de estos últimos, no solamente se evita quedarse esclavizados de los mismos, si no que se transforma también la calidad de la vida.

El Buda nos invita a liberarnos de los apegos en cuanto ellos se vuelven cadenas que aprisionan el corazón. Sin embargo no debe ser un acto de represión, sino más bien un proceso dinámico de transformación. Shakyamuni, de hecho, en el capítulo Hoben de Sutra del Loto confiesa haber utilizado “innumerables recursos para guiar a los seres humanos e inducirlos a renunciar a sus apegos>>. Daisaku Ikeda aclara que “renunciar” hay que entenderlo como “erradicar”, o sea “iluminarse en relación”: para lograr la iluminación utilizando los propios apegos, no se deben erradicar los deseos, sino más bien<>. (D. Ikeda El capítulo hoben, Esperia, Milano, 1996, p.61).

Entonar Nam-myoho-renge-kyo para realizar nuestros propios deseos nos permite elevar la condición de vida y romper las cadenas del Karma. Esto nos lleva a conocernos mejor, mejorando el funcionamiento de los “cinco componentes” que constituyen el individuo. Ya que ellos ponen en relación individuo y ambiente, su correcto funcionamiento nos permite eliminar las ilusiones que cubren y distorsionan la percepción de la realidad.

De esta manera, removiendo las ilusiones, la iluminación puede emerger en la conciencia influyendo poco a poco en la manifestación de la voluntad, la concepción de la realidad, su percepción y la forma material del individuo. En fin partiendo desde el individuo (entendido como agregado temporal de los cinco componentes) llega a iluminar todo el ambiente en el que él mismo existe.

Para “limpiar” los cincos componentes es importante aclarar las propias metas y considerar la finalidad de las acciones que cumplen. Así será posible guiarse a sí mismos sin permitir que nos domine el Karma - que gobierna instintos y pensamientos individuales – y más bien utilizarlo para construir la propia felicidad.

Para concluir: el proceso de transformación de los deseos en iluminación consiste en trabajar para realizar la propia iluminación y la felicidad de todos los seres. En este proceso, que dura una vida, el punto de partida y de llegada es siempre la práctica budista. Un ingrediente esencial es representado por la esperanza de realizar las propias aspiraciones. <>. (Budismo oggi, Esperia, Milano, 1993, vol.5, p.175).

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TRISTEZA (Desaliento)

Como


Me gusta la

Melancolía

Una total ausencia de esperanza, que se retroalimenta incesantemente, en un círculo vicioso que conecta inercia, auto-conmiseración y egocentrismo. Solo mirándolo en la cara podemos combatir a este enemigo interno, encontrando dentro de nosotros el valor para actuar, la sabiduría para auto estimarnos y el coraje para ser altruista.

Si hay una cosa en común en la caleidoscópica variedad del género humano, como pudo constatar Shakyamuni hace muchos siglos, es el sufrimiento.

Cada persona, sin embargo tiene su propia y personal manera de sufrir: hay quién sufre con rabia y quien con pereza, quien se aferra tenazmente a su dolor y quien lo “olvida”, quien lo consume en pequeños mordiscos y quien en cambio, lo devora en pocos, infinitos instantes; y también hay quien logra encontrar en el sufrimiento un empuje capaz de transformar la inercia del dolor en una fuerza constructiva.

Si el sufrimiento nos une, entonces, la naturaleza del sufrimiento y la manera de reaccionar ante ella nos distingue los unos de los otros.

La tristeza, desde un cierto punto de vista, es una de las tantas maneras de reaccionar frente a las circunstancias negativas. Estar triste por ser sorprendidos por un luto, porque las cosas no van como hubiésemos querido, porque nos sentimos un poco solos y etc., es en conjunto del todo normal.

En este sentido, la tristeza es comparable con la que llamamos felicidad relativa: está determinada por algo que ocurre afuera de nosotros y está circunscrita en el espacio y en el tiempo. Ligada a un preciso evento, posee, justo como el éxtasis, una naturaleza efímera y por ende tiene una corta duración.

Sin embargo, cuando la tristeza llena cada pensamiento y cubre todo lo que nos rodea, con la capa negra de pesimismo; alargando las horas en una infinita serie de dolorosos minutos, quitándonos la posibilidad de ver una salida y haciéndonos sordos a la voluntad de cambiar, entonces estamos experimentando una tristeza que podríamos llamar “absoluta” que, tal como la felicidad absoluta, nace dentro de nosotros y se irradia después hacia el ambiente.

Así como la felicidad absoluta es la manifestación de nuestra naturaleza iluminada, esta tristeza es la manifestación de nuestra oscuridad innata; esta es la tristeza que da el nombre al segundo “ejercito” del demonio.

En este sentido, la tristeza puede ser descrita como la total ausencia de esperanza. Porque más estamos tristes y más nos sentimos tristes. El problema ya no es el evento que lo ha “causalmente” originado; ni siquiera es el hecho de que estamos tristes. El problema... son por lo menos tres: la inercia, la auto-conmiseración y, por consecuencia, el egocentrismo.

La inercia, porque – así como en la condición de vida de jikoku (infierno) – el demonio de la tristeza nos aprisiona en una especie de círculo vicioso: la negatividad de nuestros pensamientos nos priva de la fuerza vital necesaria para reaccionar; la falta de acción no hace hundir más aún en el pesimismo que, a su vez, “chupa” ulteriormente nuestra energía. Enyesados en nuestro dolor nos precipitamos en un túnel oscuro de pasividad del cual somos incapaces de ver la salida, y muchos de nosotros hasta de buscarla.

La auto-conmiseración, porque en el fondo de nuestra tristeza nos regocijamos con cierto placer, por un falso y masoquista mecanismo de autodefensa: el pensar en mí y en mi situación me vuelve triste hasta conmoverme, y tener lástima de mí mismo se vuelve un alivio. En mis pensamientos, entonces, no hay lugar para más nada que no sea mi tristeza y, sobretodo, no hay lugar para más nadie que no sea yo. Este egocentrismo es una trampa: incapaz de preocuparme por los demás y por sus sufrimientos, mi dolor se vuelve el dolor más grande del universo y mi tristeza se vuelve la Tristeza.

Hay una sola manera para salir de la trampa: desenmascarar el demonio por lo que es.

El demonio de la tristeza es definido, como los otros nueve “ejércitos”, un “demonio interno”, ó sea una función presente dentro de la vida humana, y por eso es dentro de la vida humana que va combatido. No se trata de huir de la causa, removiendo la razón de nuestro sufrimiento, y menos aún de tratar de actuar sobre las circunstancias externas a nosotros, que son culpables de nuestra tristeza tanto cuanto lo sería un vehículo que nos atropelle cruzando con una luz roja.

Se trata más bien de intentar mirar desde el punto de vista de Nichiren Daishonin, el cual en una carta dirigida a los hermanos Ikegami escribió: <>.

¿Si no hubiese estado profundamente convencido de esto, cómo hubiese podido, desde el exilio en Sado, declararse la persona “más rica” del Japón si no poseía nada más que a sí mismo, y proclamar su “felicidad sin límites”?.

Existe una sola manera para desenmascarar un demonio: enfrentándolo. Entonces es posible mirar más allá de la tristeza y encontrar en sí mismo la fuerza para transformar la inercia en acción, la auto-conmiseración en autoestima y el egoísmo en altruismo.

Llevarlo a cabo es, a menudo, más fácil que imaginarlo: porque para imaginarlo sería necesario ser capaces de producir pensamientos positivos, cosa que, si estamos verdaderamente tristes, se nos hace imposible, mientras que para hacerlo es suficiente decidir buscar en nuestro interior la naturaleza iluminada, entonando sinceramente Daimoku. De esta manera, aquella misma tristeza que nos impedía actuar, tener esperanza y sonreír, se vuelve el medio para aprender a ver las infinitas posibilidades que se esconden más allá de las dolorosas apariencias.

Como siempre, la amplia perspectiva a través de la cual el Budismo explora la vida, no acepta la existencia de bolsas de basura ni siquiera para el demonio de la tristeza. Lejos del camino de la consolación, lo que el Budismo nos propone es una larga aventura a la conquista de la felicidad. Una aventura que, entre obstáculos y tropezones, sonrisas y lágrimas, a veces se asemeja más al tortuoso recorrido de una infinita yinkana campestre que a una autopista de tres canales con salida en “felicidad-norte”.


Una historia Budista cuenta que Aniruddha, uno de los discípulos de Shakyamuni, durante un sermón de su maestro se quedó dormido. Profundamente mortificado, hizo el voto de no dormir más nunca y a causa de eso se volvió completamente ciego.

Un día Aniruddha quería coser una raja en su túnica, pero a causa de su ceguera no lograba enfilar el hilo en la aguja.



<<¿Hay alguien dispuesto a ayudarme? – Preguntó a las personas que estaban cerca de él – Ayudar a un budista les hará acumular beneficios>>.

<> dijo alguien. Aniruddha reconoció la voz de Shakyamuni. << ¿Pero cómo?, - pregunto con asombro – ¡Tú que eres el Honrado por el mundo seguramente no necesitas recibir beneficios!>>.

<>.

La moraleja es, que la búsqueda de la felicidad, como cualquier otra búsqueda, no puede jamás considerarse concluida.

Si los seres humanos se hubiesen considerado suficientemente felices y satisfechos el día en que descubrieron el fuego, la historia de la vida no hubiese llegado tan lejos. En cambio el género humano, si bien a través de hechos controversiales, llenos de luces y de sombras, de lágrimas y de sangre, ha continuado buscando la felicidad y ha continuado cambiando su idea de la felicidad. Análogamente nuestra vida no puede y no debe pararse, ni frente a la tristeza ni frente a la alegría. Acaso Nichiren Daishonin no escribió a Shijo Kingo: << Sufre por lo que tienes que sufrir y alégrate por lo que hay que alegrarse>>, exhortándolo a considerar tanto la tristeza como la alegría como inevitables “hechos de la vida”, que cada ser humano es capaz de probar pero que también es capaz de superar. Encontrar la felicidad, entonces, no significa sacudirnos una vez por todas al demonio de la tristeza, sino más bien, transformarlo en una función positiva, en una cualidad positiva: la capacidad de probar tristeza.

Aquel que no es simplemente triste sino más bien, es capaz de experimentar la tristeza, puede encontrar en ella una potente fuerza creativa.

El arte, por ejemplo, en cualquier época, está un poco endeudado con la tristeza, insignia de artistas y movimientos, que en ella han encontrado la idea inspiradora para crear óperas que hoy podemos apreciar con alegría y, no seguramente con tristeza.

Sobre todo, la tristeza es la gran “represa” del cinismo y de la indiferencia: aquel que no está en condiciones de probar dolor, no puede comprender el sufrimiento de los demás y mucho menos preocuparse por ellos; y el feliz egoísmo de pocos sería letal para todos.

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HAMBRE Y SED

De Vladimiro Conti

El sabor

De la

Ley mística



Es que muy a menudo ya no parece aquella amiga que fastidiaba amablemente el ichinen para recordarnos de estar vivos.

La historia del mundo es la historia del hambre. Que seguramente ha estimulado la civilización, ha sido la razón histórica de género humano, pero puede también volverse un “agujero negro” alrededor del cual, todo el ser, parece recogerse y precipitarse. La peor de las enfermedades, como se lee en los textos antiguos. Por otra parte, como dijo Nichiren, << ningún tesoro poseído por el ser humano es más precioso del alimento y de las bebidas...>>. Porque sirven parta proteger la dignidad de la vida.

Es diferente. Probablemente porque nace de una incomodidad interna, de una infelicidad que nos ilusionamos de poder aplacar con alimento. O porque busca imprevistamente aquel mínimo de sobre-vivencia a la cual la miseria da el sabor de lujo. Cuando desborda mas allá de las propias necesidades, entonces. O si reside en un cuerpo reducido a existir en treinta kilos de carne. Y es la sola emoción, la más desesperada, obsesiva. Un agujero alrededor del cual todo el ser parecería reunirse, precipitarse. Y si se adueña de todo subyuga cada uno de los sentidos, impone una animalidad primordial, hasta llegar al carácter monotemático de las formas de vidas más elementales.

Y entonces se tiene más hambre. Se es hambre. La “peor de las enfermedades” como se lee en las antiguas escrituras.

Aquel demonio que ensancha siempre, por su naturaleza, la propia jurisdicción, que pareciera querer devorar el mundo entero de los fenómenos. <> del Purgatorio dantesco, la voracidad monstruosa de Shodainnyo, la madre del Bodhisattva Mukuren, atormentada, devastada en el cuerpo y en el espíritu. Un monstruo de cuello delgado y estomago oceánico, al cual el hijo no logra dar consuelo. <> lo advierte Shakyamuni. Y aquel Sutra, como se sabe está constantemente asediado por los demonios.

El Demonio del sexto cielo, escribió Nichiren, <


>.

El hambre, que desde el vientre sube hacia la mente, nace junto a la vida, de hecho es su compañera inseparable.

Al comienzo era el perfume, el sabor materno. Cuando el alimento tenía inclusive una voz, una caricia, un abrazo y el hambre era juntarse al calor del seno, único testimonio del mundo, esencia, totalidad, universo suave, generoso. Después empezó a cargarse de diferentes emociones, el hambre, cuando se escuchaba asustado de cuáles eran las incontables penurias que vivían los niños malos que no comían todo, o que comían demasiado. Alguien sumaba nuevas voces a aquel dialogo intimo entre estómago y mente, ya de por sí tan esclarecedor de la naturaleza humana y muy pronto revelador de los miles de mecanismos con los cuales enfrentamos las cosas, o sea la relación con nosotros mismos.

Llego al fin el día en que el espacio físico del hambre, el <> del cual se quejaba Ulises, comenzó a hospedar junto a su nutrimento, o más bien en lugar de esto, otra emoción, no menos fuerte también ella primordial, sin embargo, que se acompaña al hambre no solo durante las guerras, las carencias, la pobreza, y el desempleo: el miedo. Miedo que se apodera de mil conexiones nerviosas y hormonales.

Y entonces aquel vientre se vuelve un laboratorio mucho más complejo, donde ocurren oscuras alquimias, y en las cuales convergen emociones incompresibles e inconfesables, el espacio secreto, las entrañas desde las cuales Kant logro hacer emerger cualquier tipo de desorden mental. El nicho en el cual se consume el más extremo de los sacrificios, aquel misterio que hacia santas o brujas, y que hoy es el malestar conocido, o desconocido, como anorexia......

<>. Aquí está la fascinante relación de atracción o disgusto, entre el ser humano y sus alimentos, la razón secreta para la cual se aprecian ciertas cosas en lugar de otras, el “coeficiente metafísico de cada alimento”, como lo llamaba Sartre, se pierde en aquel lugar mental donde no se consumen alimentos si no símbolos, y que elabora, digiere, trabaja incansablemente el hambre.

La historia del mundo es la historia del hambre. Que seguramente ha estimulado la civilización, que ha sido la razón histórica del género humano, el motor de su relación con el ambiente, de sus migraciones, de la búsqueda de los lugares en los cuales vivir, y en los cuales cultivar la vida, o de los cuales a veces hacerla huir para siempre para después seguirla y perseguirla de nuevo.

Un hambre compartida en familia, en lo social, momento de expresión comunitaria, alegre, dichoso, hasta que haya con que satisfacer el hambre. Hasta que se tenga comida para satisfacer al hambre.

El hambre sencilla del vagabundo o el hambre compleja del sedentario, el hambre que produjo la cultura, riqueza, habilidad, conciencia. El hambre bella, que a veces empuja a ingeniársela, que alimenta la evolución, que ya no es solamente una elemental actitud para rellenar, sino hambre que escoge su alimento.

Hambre libre, en la cual selección, medida, y modalidad de nutrición se vuelven una elección existencial. El hambre transformada en sabiduría, maestría. El hambre en la cocina, porque el tratamiento de los alimentos representa una ulterior relación entre los seres humanos, y es hambre que gobierna su alimento, que lo acompaña desde los tiempos de los tiempos a través de relaciones simbólicas, desde las cantinas, aberturas hacia abajo dentro de la tierra, a la chimenea, abertura hacia el cielo, pasando por el fuego, elemento prometeico, su horno, miniatura infernal, pero también elemento intermedio, que transforma el crudo en cocido, vientre materno, zona de crecimiento, levitación, acceso a hacia el cielo.

Sin embargo hasta en el más tentador de los humos que salen de un horno existe la memoria, preciosa y terrible, del más largo de los días: <>, como decía Bertoldo. Y es justamente aquel miedo de la insuficiencia alimenticia lo que ha llenado siempre cantinas y almacenes. Administrada con parsimonia y sabiduría ha protegido de los calambres del hambre. Diferentemente ha determinado la sobreproducción, el derroche, el deseo de excesos sobre los que se basan las partes de igualdad, la obsesión para acumular, que será más adelante administrar, y entonces la propiedad, no más en función de la necesidad sino como símbolo externo de riqueza y poder; el alimento como propiedad privada, entonces, o sea fruto de privaciones ajenas, y privado en su contenido que se vuelve representación del propio estatus social y finalmente, por consecuencia, la mala distribución de alimentos, la dicotomía alimenticia teorizada por la sub-cultura ligada al poder, aplicada a la cocina fascista, e infringida hoy a lo más débil. Piensen en el hambre como instrumento para golpear minorías incomodas, o el hambre a la cual muchas industrias alimenticias envían inventarios incomibles y por ende invendible, el hambre monitoreada muy a menudo por los mismos países hambrientos.

Esta es la dramática equivocación, esta actitud de rapiña es lo que hace que la historia sea una eterna confrontación, de llenos y de vacíos, de apetitos que junto al objeto del deseo crean antagonistas, enemigos, en una especie de ley comparativa según la cual uno es más solo si el otro tiene menos.

Donde comen dos, comen tres...dice un antiguo refrán. Nichiren agradecía siempre por el alimento y los abrigos que sus discípulos le enviaban, a pesar que en aquella época un monje no estaba obligado a hacerlo: <

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