4. hacia premontré



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4. HACIA PREMONTRÉ
a) En el concilio de Reims
El Papa Gelasio, que había concedido a Norberto la autorización de predicar, muere en Cluny el 29 de enero de 1119. Lamberto de Ostia y Conón de Palestrina, que han estado a la cabecera del pontífice durante su agonía, resuelven elegir al nuevo Papa. Conón rechaza la tiara y entonces es elegido Guido, monje de Cluny, arzobispo de Viena y sobrino del rey de Francia. El clero y el pueblo de Roma acepta la elección. El 1 de marzo es aclamado en la basílica de San Juan de Letrán bajo el nombre de Calixto II. Inmediatamente el Papa convoca un concilio en Reims para celebrarse el 18 de octubre de ese mismo año. La asamblea conciliar congrega una representación considerable de toda la Iglesia. Se reúnen quince arzobispos, más de doscientos obispos y un inmenso número de abades. Entre los cardenales sobresale Conón, el gran reformador; entre los obispos están Godofredo de Lèves, obispo de Chartre, que será uno de los amigos más queridos de Norberto, y Guillermo de Champeaux, obispo de Châlons, fundador de los canónigos regulares de San Víctor de París. El Papa quiere poner fin a la disputa entre el Sacerdocio y el Imperio.
Norberto, apenas se entera de la elección del nuevo Papa, se dirige hacia Reims, con el deseo de encontrarle, para pedirle que le renueve el permiso de predicar. No quiere que la evangelización de los hombres sea impedida por obispos o clérigos, que siempre hallan dificultades en aceptar a quienes buscan una renovación de la Iglesia. En otoño, cuando comienzan a arreciar los fríos y las lluvias, Norberto, acompañado de Hugo, -ambos descalzos y vestidos con su túnica de lana cruda-, llegan a Reims y se presentan a los obispos y abades reunidos para el Concilio. Estos les reciben con gozo y admiración por la excelencia de su predicación, de la que han oído hablar. Con afecto les invitan a mitigar la aspereza de vida y vestido que han asumido. Pero Norberto les confiesa que no quiere volver por nada del mundo a la vida relajada de antes. No ha ido a Reims en busca de la relajación de su penitencia. Sólo desea que el Papa Calixto confirme la autorización de su predecesor, para seguir su predicación itinerante del Evangelio.
Sin embargo, en Reims Norberto sufre una fuerte decepción al no obtener la deseada audiencia del Papa. Calixto II está demasiado preocupado por las dificultades que tiene con la corte imperial. Descorazonado, Norberto toma de nuevo la ruta del norte. A dos leguas de Reims, a la altura de la abadía de Saint-Thierry-au-Mont-d’or, se detiene a descansar al borde del camino. Allí le encuentra Bartolomé de Jur, obispo de Laón, que marcha en sentido contrario, dirigiéndose al concilio. Bartolomé es un hombre decidido que, elegido en 1113 como obispo de una diócesis en ruinas, en pocos meses ha logrado su restauración. Ha restaurado la catedral y multiplicado los monasterios. De acuerdo con el cardenal Conón trabaja en la reforma gregoriana y hace de su Iglesia una de las más vivas de la cristiandad. Bartolomé ha oído hablar de Norberto, aunque nunca se han conocido de vista. El conde de Guise es primo carnal de Bartolomé, por parte de madre, y también primo hermano de Norberto, por parte de padre. Ahora, encontrándose por primera vez, se comprenden mutuamente, sintiéndose en total sintonía de deseos apostólicos. Nace así una profunda amistad entre ellos, que tendrá una gran importancia en la fundación de la Orden de Premontré. Norberto le expone brevemente su plan de vida y el dolor que siente por el contratiempo de no haber sido recibido por el Papa. Bartolomé se ofrece a Norberto para presentarle en Reims a su tío el Papa. Ofrece a los dos peregrinos caballos para que le acompañen.

Llegados a Reims, Bartolomé habla al Papa con humildad, pero también con fuerza, haciéndole ver que no es conveniente que el Vicario de Cristo preste toda su atención a los soberanos y grandes de la tierra sin que le quede tiempo para escuchar a los pobres. El Papa recibe a los peregrinos, les escucha amablemente, pero les dice que por el momento no puede atenderles debidamente, pero les da una cita en Laón, donde terminado el concilio pasará unos días. Allí les acogerá bajo la protección del obispo, su bienhechor.
Norberto y Hugo se quedan en Reims como huéspedes de Bartolomé, que les presenta a los obispos y abades. Norberto hace amistad con Godofredo de Chartres y con San Bernardo, pariente de Bartolomé. Estos admiran la predicación y austeridad de vida de Norberto. Pero hay otros que insisten con él, intentando convencerle de que sus mortificaciones son un tanto exageradas, válidas para unos cuantos héroes, pero que no pueden servir de base para una institución. El escucha, pero en su interior, no acepta cambiar nada de lo que Dios le ha inspirado. Pero sí hay algo que le preocupa. El concilio de Clermont ha recordado recientemente la obligación de ordenar presbíteros sólo al servicio de una Iglesia concreta. Al haber devuelto todos sus beneficios al arzobispo de Colonia y no habiéndose incorporado a ningún monasterio, Norberto se encuentra en una situación no reconocida por la Iglesia. Su vida evangélica no le inquieta, pero sí su situación jurídica.
b) En la escuela de Laón
Terminado el concilio, Norberto se dirige a Laón. Va en la comitiva del obispo. Bartolomé se siente feliz de acogerle. Años más tarde escribe: “Cuanto más le escuchaba más me reconfortaba el perfume de su palabra”. Entre el obispo de Laón y su huésped se da una armonía perfecta de sentimientos y de celo por la reforma de la Iglesia. El obispo, atenuando el rigor de los ayunos de su huésped, se goza viendo tan mejorado su aspecto. El alimenta el cuerpo de Norberto, mientras recibe de él el alimento de la Palabra de Dios. Así se encendía entre ellos el fuego del amor mutuo. Sin embargo, la amistad de Bartolomé no logra borrar la tristeza que le ha dejado el abandono de su compañero. Hugo ha regresado a Cambrai con su obispo Burchard. No es que tenga la intención de abandonar a Norberto, pero se ha dado cuenta que, con las prisas, no había dejado en orden todos sus asuntos. “Como novicio” aún no se había desprendido de algunas cosas. Durante año y medio estará lejos de Norberto.
Con el abandono de Hugo, Norberto, solo de nuevo, aprovecha su estancia en Laón, ciudad intelectual en la que la escuela episcopal está en pleno auge bajo la dirección del escolástico Raúl, hermano y sucesor del célebre Anselmo, asistiendo a sus clases. Ese año Raúl explica el salmo 118. Este poema, el más largo del salterio, es un canto a la ley divina como expresión de la voluntad de Dios. Se canta cada día en el Oficio de los canónigos, mientras que los monjes cantan en su lugar los salmos graduales de peregrinación, como símbolo del camino o esfuerzo para llegar a la contemplación. El salmo 118, en cambio, representa la contemplación. Pero, dada la dificultad de mantener la atención durante las veintidós largas secciones del salmo, Norberto sigue con sumo interés su explicación. Sin embargo, la presencia de Norberto en la escuela episcopal de Laón indigna a Drogón, prior de San Nicasio de Reims y, más tarde, cardenal de Ostia y decano del Colegio cardenalicio. Al enterarse de que Norberto sigue las lecciones de la escuela de Laón, le escribe:


¿Qué oigo decir de ti? Educado e instruido en la escuela de Saint-Esprit, ¿la abandonas para seguir una escuela secular? ¡La Sabiduría divina se había desposado contigo y tú tomas como amante la filosofía del mundo! Tú dirás: la filosofía es un andamio para llegar a la Sabiduría. Pero yo te digo: No es de este modo como comenzó tu formación espiritual. Raquel no seguirá a Lía. El Espíritu Santo, que arrebata un arpista del desierto, que sigue su rebaño, para hacer de él un salmista sin maestro de gramática, te ha sacado de este mundo para hacer de ti un predicador del Evangelio. Escúchame, querido amigo, como a un profeta que Dios te envía. Si quieres tener las dos cosas, te quedarás sin la una y sin la otra. Estoy seguro de ello.
Se trata de la reacción de la teología monástica, contemplativa y centrada en la Escritura, contra la teología intelectual y dialéctica de la escolástica, inaugurada por Anselmo y puesta de moda por Abelardo. Drogón es un reformador celoso que mira con sospecha a los canónigos seculares y sus escuelas.
c) Búsqueda de un lugar adecuado
También el Papa, terminado el Concilio, según su promesa, acompaña a Bartolomé a su diócesis. Calixto II pasa en Laón desde el 11 al 18 de noviembre, durante la octava de la fiesta de San Martín. Durante esos días recibe a Norberto y le confirma las facultades que le había otorgado su predecesor, auque le pide que fije su residencia en un lugar concreto. Desde que Norberto renunció al canonicato de Xanten, su situación es anormal, pues no pertenece a ninguna Iglesia. Los consejeros del Papa le proponen, para resolver dicha situación, que se ponga bajo la protección del obispo de Laón. El Papa pide a Bartolomé que le acoja bajo su protección en su diócesis. Bartolomé, aconsejado por el Papa y deseoso de retener a Norberto con él, le ofrece la iglesia de San Martín, situada en las afueras de la ciudad y en la que viven unos pocos canónigos, no muy fieles observantes de la regla.
La colegiata de San Martín está situada en el extremo oeste de la meseta sobre la que está edificada la ciudad. Hace veinte años que los canónigos de esta iglesia han abrazado la reforma y se han hecho canónigos regulares, pero la comunidad nunca se ha renovado. El preboste ha intentado reformarla, pero como no ha logrado nada, se ha retirado. Calixto II sugiere al obispo que convenza a los canónigos de que elijan a Norberto en su lugar. De este modo Norberto se pondría al frente de una comunidad renovada. Norberto no está muy convencido de que ese sea el designio de Dios. Con toda su humildad le recuerda al Papa que su antecesor le ha nombrado predicador itinerante, consagrado a la palabra, a la penitencia y a la pobreza:
-He sido destinado a predicar la palabra de Dios, sin embargo no quiero apegarme a mi voluntad. Aceptaré el encargo, pero con la condición de conservar mi propósito de vida. No podría renunciar a él sin grave daño para mi alma. Esta resolución comprende: no ambicionar lo que pertenece a otros, no reivindicar lo que me pertenece con pleitos o juicios según la justicia del mundo; no dictar jamás un anatema por las injusticias o perjuicios que otro me cause. En una palabra, yo deseo vivir una vida evangélica y apostólica en su pleno sentido.


Norberto no reniega de los canónigos, pero quiere vivir, aunque sea como canónigo, según el ideal de vida evangélica y apostólica. En la edad media por “vida apostólica” se entiende normalmente la vida que llevaban los primeros cristianos en torno a los apóstoles después de la ascensión de Jesucristo. Norberto, en cambio, alarga su significado. El piensa también en la vida que llevaban los apóstoles mientras vivían con Jesucristo, tal como la describe el Evangelio. Esta vida no se caracteriza únicamente por la renuncia a los bienes, sino que incluye la renuncia a toda violencia, según nos enseña Jesucristo en el Sermón de la Montaña: “No os resistáis al mal; antes bien, si alguien te abofetea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Y si alguien quiere pleitear contigo para quitarte la túnica, dale también el manto” (Mt 5,39-40). La Vita B explica el significado que da Norberto a la expresión diciendo que “los seguidores de Cristo desprecian el mundo, se hacen voluntariamente pobres, aceptan sufrir oprobios, hambre, burlas, sed, desnudez y obedecer a los preceptos de los Padres”.
De todos modos, deseando obedecer al Papa, Norberto acepta la propuesta del obispo, pidiendo que se le conceda introducir sus ideas de reforma. Pero apenas presenta su plan de vida, para vivir en fidelidad al evangelio y a la regla de los santos Padres, hablando a los canónigos del seguimiento de Cristo, del desprecio del mundo, de la aceptación de la pobreza, los oprobios y burlas, de desprenderse de sus bienes y pasar hambre y desnudez por Cristo, los canónigos, aterrados, se niegan a aceptarle. La verdad es que los canónigos de San Martín llevan una vida espiritual bastante tibia y no desean en absoluto cambiar su estilo de vida. Al escuchar a Norberto y conocer sus intenciones de introducir un cambio radical, escriben al obispo:
-No le queremos como superior. Rechaza nuestra forma de vida, que es la de nuestros predecesores. ¡Se apropiará de nuestros bienes y nunca nos los restituirá! Nosotros litigaremos y, ¿cuál será el resultado? ¡Que no tendrá en cuenta nuestras argumentaciones!¡No deseamos que se cambien nuestras costumbres! ¡Dios desea que nos mortifiquemos, pero no que se nos mate!.
La ruptura es total. Con ella Norberto constata que es más fácil convertir a los simples fieles que reformar al clero. Pero, en su fracaso, Dios se hace presente y le abre el camino para que realice la misión propia para la que le ha elegido. Bartolomé tendrá que esperar aún cinco años más antes de poder entregar la iglesia de San Martín a Norberto para establecer en ella a los Premostratenses. De momento el tiempo pasa. A los amigos de Norberto les parece que vuela. El frío invernal se atenúa y se empiezan a sentir los primeros vientos de la primavera de 1120. Todos temen que Norberto se les escape. El obispo es quien más teme que se marche de la diócesis y se entregue al apostolado en otros campos. Con una cierta pena escribe:
El Papa Calixto nos había encomendado a Norberto, cuya memoria es una bendición, para que le buscásemos una sistemación adecuada y le ayudásemos en su proyecto de vida religiosa. El invierno ha pasado una vez más y Norberto planeaba dejarnos. Entonces los dignatarios de nuestra Iglesia y los más importantes señores de nuestra diócesis nos han solicitado que busquemos en nuestro territorio un lugar adecuado donde él pueda dedicarse al servicio de Dios. También nosotros lo deseábamos, pero nos ha costado mucha fatiga convencerlo y sólo lo hemos conseguido con la ayuda de la gracia divina.
Norberto no piensa más que en su misión de predicador itinerante y no ve con claridad cómo conciliarlo con la residencia fija en un lugar, al que estar canónicamente ligado. Sin embargo, el corazón de Bartolomé se siente cada día más unido a Norberto. No quiere dejarle marchar de la diócesis, que ha encontrado tan destruida, que ha reconstruido en su exterior. Desea completar su obra con la renovación interior que puede aportar Norberto. Por ello, al rechazar los canónigos la dirección de Norberto, Bartolomé le propone que se establezca en las cercanías de Laón y que funde una casa según sus deseos. Para que no abandone su diócesis, el obispo no cesa de suplicárselo diariamente, pues Norberto sigue disfrutando en el palacio episcopal de una hospitalidad atenta y delicada. El obispo le acompaña a visitar las iglesias, dispuesto a ofrecerle la que más le agrade. Desea satisfacer los deseos de Norberto, que una y otra vez le repite:

-Yo no he dejado las riquezas pasajeras de Colonia para buscar las mismas en Laón. No deseo habitar en la ciudad, sino que prefiero la soledad.
En su espíritu resuena el eco de palabras de los antiguos monjes: “En el desierto, decía Orígenes, el aire es más puro, el cielo más límpido y Dios más familiar”. Norberto, en realidad, sueña con el desierto más que con una vida solitaria. Siempre ha deseado vivir acompañado y se afana por buscar compañeros. Por su mente pasa el deseo de una orden de eremitas: hermanos que viven en el desierto en comunidad. Bartolomé, escuchando los desahogos de Norberto, le promete:
-Yo os mostraré en mi diócesis parajes aún sin cultivar y lograré que os los donen.
La diócesis de Laón posee muchas regiones sin cultivar, dotadas de una belleza que puede ayudar a elevar el espíritu a Dios. Bartolomé se dirige con Norberto a Thiérache, al norte de la diócesis. Se trata de una región sin duda más pobre religiosamente que la ciudad de Laón y sus alrededores. Con alma de pastor, Bartolomé desea que Norberto la evangelice. Dentro del inmenso bosque verde, el obispo conduce, en primer lugar, a su huésped a un lugar admirable, llamado Foigny, cerca de la plaza fuerte de Vervins. En medio de la selva, cerca de terrenos ya cultivados, con agua abundante, a Bartolomé le parece el lugar ideal para un monasterio. Norberto se pone en oración y le dice:
-Este lugar es muy apropiado para la vida religiosa, pero Dios no lo ha destinado para mí.
Muy pronto se cumplió la palabra de Norberto. Bartolomé dio ese lugar a Bernardo, que estableció en él una abadía filial de Claraval. El 11 de noviembre de 1124 el mismo Bartolomé consagró su iglesia. Allí hizo profesión monástica después de su dimisión episcopal y allí muere en olor de santidad. Desde Foigny se trasladan a Thenailles. Después de consultar a Dios en la oración, Norberto da la misma respuesta. Más tarde en este lugar se fundará una abadía premostratense, filial de San Martín de Laón. Después de estos dos intentos fallidos en el norte de la diócesis, Bartolomé piensa en el bosque de Voas, al suroeste. Con tal de conservar a Norberto en su diócesis, Bartolomé no se da por vencido con sus negativas y recorre en su compañía los lugares más lejanos y agrestes. Y, después de esta larga búsqueda, Bartolomé conduce a Norberto a la parte meridional de la diócesis, a los montes de San Gobain.
d) Dios le muestra el lugar adecuado


En las dos biografías de Norberto encontramos un bello relato sobre la fundación de los Premostratenses. Una tarde de febrero, Bartolomé y Norberto llegan a un lugar llamado “Premontré”, situado en una zona escabrosa, baldía y deshabitada. Sus colinas suaves cubiertas de árboles dan al lugar una belleza única. En medio de esa naturaleza salvaje, una pequeña capilla, dedicada a San Juan Bautista, el profeta del desierto, recuerda la presencia de algunos eremitas, diseminados por la región. Un monje benedictino de San Vicente de Laón va a veces a celebrar la misa para los leñadores. En el corazón de la selva de Premontré aparece ante los ojos de Norberto un arroyo en el que confluyen otros pequeños regatos de agua, que le dan la forma de una cruz. Al caer la noche, Bartolomé toma el camino de regreso para pasar la noche en Anizy-le-Château. Norberto, en cambio, siente la atracción del lugar solitario y pide al obispo que le permita pasar la noche en oración dentro de la capilla. Cuando Bartolomé regresa al amanecer encuentra a su amigo que, radiante de alegría, le dice:
-Señor mío y padre mío, quiero quedarme aquí. He encontrado el lugar que el Señor me ha destinado. Esta será mi morada y mi lugar de descanso. Muchos hombres encontrarán aquí la salvación. Sin embargo no será esta capilla el centro, sino que el edificio será construido al otro lado del valle. Esta noche, en sueño, se me ha aparecido una multitud de hombres vestidos de blanco que, en procesión, hacían el giro del valle con cruces de plata, cirios encendidos y turíbulos, cantando salmos.
Formado en su juventud como canónigo en la atmósfera de Xanten, Norberto traduce en imágenes litúrgicas la experiencia religiosa que se le ha revelado. El reclamo evangélico se le hace vivo y penetrante en el interior de su espíritu y suscita en él sentimientos de alabanza y acción de gracias a Dios. Todos sus sentidos vibran ante la belleza del lugar agreste, que le aleja de las cortes eclesiásticas o imperiales, sin alejarle del pueblo a quien quiere dedicar su apostolado. Norberto con los ojos del corazón, iluminados por la fe y su celo misionero, ha descubierto el lugar elegido por Dios para llevar a cabo su misión. Premontré está alejada de toda ciudad, pero es el centro de un triángulo, en cuyos ángulos se sitúan Laón, Soissons y Chauny, a unos veinte kilómetros de distancia. Por otro lado Premontré está en el cruce de las grandes rutas europeas: Inglaterra-Italia y Colonia-París, con su prolongación hacia España. La abadía, con su hospital abierto a los pobres, a los enfermos y a los viajeros, dará a Norberto la posibilidad de vivir su doble deseo: la vida comunitaria en soledad y el ministerio de la predicación. Igualmente la cercanía de la escuela episcopal de Laón, donde llegan a estudiar jóvenes de todas partes, será un buen semillero de vocaciones premostratenses. En una noche de oración Norberto ha intuido todo esto. El obispo Bartolomé lo cuenta en una carta: “Habíamos recorrido nuestras posesiones hasta el límite. Llegados a un lugar desierto, llamado Premontré, entonces deshabitado, el hombre de Dios le examina y exclama: Veo que este lugar me ha sido preparado por Dios desde toda la eternidad”. Los benedictinos de San Vicente de Laón, propietarios de la capilla, se la ceden. También el obispo se muestra favorable a la erección de la abadía. Norberto, por el momento, sólo promete al obispo quedarse allí si Dios le envía algunos compañeros.
e) En busca de discípulos
Es el año 1120. Pasado el invierno y derretidos los glaciales de nieve, Norberto reemprende su apostolado itinerante. No aguanta más la vida cómoda en el palacio episcopal de Laón y parte en busca de discípulos. Sabe que sólo puede conseguirlos mediante la predicación. Norberto tiene una firme convicción: vivir con los hermanos en comunidad y llevar con ellos su existencia semejante a la de los apóstoles reunidos en torno a Jesús y a la Virgen María. Con su predicación congregará nuevos compañeros que deseen llevar esa vida. Con este propósito, se pone en camino. Se dirige en primer lugar a Cambrai, donde se había ido Hugo después del concilio de Reims. El obispo Burchard, amigo suyo, le da el permiso de predicar en su diócesis. En la primera predicación tiene una magnífica acogida. La semilla de su palabra encuentra una tierra buena, el joven Evermodo, que, inundado por el rocío del Espíritu Santo, se llena del amor de Dios y decide seguir a Norberto. Evermodo será el hijo predilecto de Norberto. Le acompañará en todos sus viajes y recogerá su último suspiro. Muy pronto será el primer abad del monasterio de la Gracia de Dios, luego preboste de Notre-Dame de Magdeburgo y, finalmente, obispo de Ratzbourg, donde muere en 1178. De carácter enérgico, casi duro, en contraste con la dulzura y paciencia de Hugo, se mantendrá siempre fiel a Norberto, antes y después de su muerte.

Norberto y Evermode dejan Cambrai y llegan a Nivelles, donde se venera el cuerpo de Santa Gertrudis. Aquí Dios les concede el don de otro joven llamado Antonio, que se convertirá en preboste de Ilbenstadt hasta su muerte en 1150. Norberto se siente satisfecho con el fruto de su predicación. Los dos compañeros le llenan de alegría. Ve en ellos un don de Dios, con el que confirma su vocación. Estos dos discípulos, junto a Hugo, son las raíces y el fundamento de la futura multitud de seguidores, llamados por Dios a seguir la vida apostólica de su siervo Norberto. Pero donde llena las redes es en la escuela de Laón, a su vuelta hacia Premontré. Con una sola predicación tiene la alegría de acoger a siete jóvenes estudiantes, ricos y loreneses como él: Anselmo, futuro obispo de Havelberg y, más tarde, exarca de Ravena; Adamo, futuro obispo de Dommartin; Ricardo, que llegará a ser abad de Santa Marie-au-Bois; Walmann, primer abad de San Miguel de Anvers; Lucas, abad de Monte Cornillón y, después, obispo de Liège; Garin, abad de Vicogne y, más tarde, de San Martín; y Enrique, después obispo de Vivières. Estos jóvenes son un don de Dios a Norberto. Ellos son la corona de su ministerio, con la que se forma la comunidad de sus discípulos. Norberto ve en ellos las piedras vivas del edificio espiritual de Premontré y también los recursos para pagar las piedras materiales de la construcción de la casa. Dios le abre el camino con generosidad. Antes de semana santa Norberto regresa a Premontré con catorce clérigos y un número aún mayor de laicos. Ante esta cosecha Norberto eleva su acción de gracias a Dios, sin olvidar lo que añade la Vita A:
La piedra fundamental era necesariamente Jesucristo. Las otras piedras debían ser talladas y pulidas, pues la casa de Dios debía mostrarse capaz de recibir a los peregrinos que se dirigirían hacia la Jerusalén celestial.
Ya en la semana de pasión, anterior a la Pascua del Señor, Norberto está en Premontré con sus compañeros. Norberto acepta construir en ese lugar la abadía, según le ha “premostrado” el Señor en su sueño profético. Está seguro que, con el sueño, Dios le ha visitado y “pre-mostrado” su voluntad. En aquel lugar solitario podrá reunir todos los compañeros que Dios le dé. El obispo se lo concede gustoso y, una vez reconstruida la capilla, la consagra. Con sus primeros compañeros, Norberto organiza la vida común en la más extrema pobreza. Se llaman a sí mismos los “Premostratenses”. Así en 1120 nace en la Iglesia la nueva Orden, aunque en realidad Norberto no piensa siquiera en ello. Lo único que desea es reformar la vida canónica de los cabildos y formar un clero ejemplar. Por eso, sin cuidarse mucho de la Orden recién nacida, Norberto parte a predicar por diversas provincias. Al regresar en la navidad de 1121 a sus “Premostratenses”, lleva consigo nada menos que cuarenta clérigos y un número mayor de laicos, dispuestos a seguir sus normas y ejemplo de vida.


Sin embargo, por el momento, Norberto no se siente fundador de una nueva familia religiosa. Sólo piensa en llevar a los canónigos a su fervor primitivo y así formar un clero dedicado completamente al ministerio sacerdotal. Bartolomé, en cambio, no piensa lo mismo. Al cabo de un año, en que Norberto regresa de su itinerancia y corrige algunas exageraciones en cuanto a penitencias, el obispo se encarga de transferir a Norberto y a sus discípulos la propiedad de Premontré. Los primeros hermanos se han establecido en torno a la capilla de San Juan Bautista. En torno a ella han levantado algunas cabañas de madera y adobes, cubiertas con ramas y hierbas secas. Desde el principio han comenzado el canto del Oficio divino, en el día y en la noche, siguiendo el rito de los canónigos y no el monástico, pues algunos de los hermanos no habían sido iniciados en éste. Pasan la jornada alternando la lectura espiritual y el trabajo manual, es decir, roturando la falda del monte para poder cultivar lo necesario para su subsistencia. Norberto esperaba poder vivir únicamente del trabajo sin ninguna propiedad individual o colectiva. Esto no es posible, le dice Bartolomé, que nos lo cuenta en un escrito suyo: “El no quería vivir más que del trabajo de sus manos... Nosotros, en cambio, consideramos que eso era imposible”. El obispo le convence, mostrándole que una propiedad territorial es la única garantía de estabilidad.
Premontré era propiedad del obispo de Laón, pero el obispo Elinand (1052-1098) se la había donado a la abadía de San Vicente de Laón. Bartolomé ahora comunica a Adalberón, abad de San Vicente, que Norberto desea establecerse en Premontré. El abad y los monjes devuelven con gusto la propiedad al obispo para que pueda dársela a su protegido. En realidad Norberto no tiene ninguna prisa en aceptarla. Deja pasar el tiempo y muere Adalberón. Su sucesor, Sifroid, desea acabar de una vez con este asunto. Entrega Premontré al obispo. Bartolomé tiene así las manos libres para asegurar a Premontré un terreno sumamente pobre, pero que garantiza su estabilidad futura. Cede, pues, a Norberto y a sus sucesores el valle de Premontré y los valles adyacentes, libres de todo diezmo o derechos parroquiales, para que construyan una iglesia en honor de Dios y de la Virgen María.
El archidiácono y el canciller del Capítulo preparan las dos actas de donación: una de los monjes de San Vicente al Obispo, y otra del Obispo a Norberto. La ceremonia solemne de donación tiene lugar el día de la fiesta de la Anunciación, el 25 de marzo de 1121. En la sala del Capítulo catedralicio se reúnen, en torno al Obispo, el decano Guy, el archidiácono Raúl, Sifroid, abad de San Vicente, seis canónigos más, el decano, el tesorero y dos canónigos más del Capítulo de Jean de Bourg, los prebostes de San Martín y el de los comerciantes de Clairembaul, así como el gobernador real, custodio de la torre del castillo... El acta de donación de los monjes de San Vicente al Obispo la firman el Obispo, el abad y algunos canónigos. En cambio, el acta de donación del Obispo a Norberto la firman todos los presentes. Norberto, aunque es casi seguro que está presente, no firma nada. Siendo una donación gratuita ni él ni sus hermanos se comprometen a nada. Por ello no queda ni el testimonio de su presencia. En el acta de donación del lugar de Premontré se establecen los términos de la abadía:
Queremos hacer público que yo, Bartolomé, obispo de Laón, doy, totalmente libre de toda obligación, a Norberto y a sus sucesores, congregados por santos propósitos, el lugar de nuestra posesión, que comprende desde el Puente de Umberto hasta el valle del Ródano, con los tres valles adyacentes hasta el río Vois, así como la iglesia que se ha de construir en honor de la Virgen Madre de Dios. Los pastos y prados, desde el puente de Umberto hasta la vecindad de los Normandos, de los dos lados del río, están destinados a sus animales en todo tiempo.
f) Piedras vivas del templo


La fundación de Premontré no significa que Norberto abandone el ministerio de la predicación. Como dice la Vita B: “Al amanecer, el hombre sale a su trabajo, para realizar su tarea hasta la tarde” (Sal 104,22-23). La tarea de Norberto es llamar a conversión al mayor número posible, llevándoles a la vida religiosa. La predicación es el carisma propio de Norberto y no puede abandonarlo para dirigir la recién fundada comunidad de Premontré. Sus frecuentes y prolongadas ausencias repercuten ciertamente en la vida de Premontré. Dada las divergencias e inexperiencia espiritual de la mayor parte de los hermanos los inconvenientes a veces son serios. Pero Norberto no se siente llamado por Dios a regir la comunidad, sino a predicar y enviar nuevos miembros a la comunidad. Premontré es obra de Dios y Norberto confía que Dios guiará a los hermanos según sus designios y no según su voluntad. Y Dios provee a sus hijos, haciendo volver a Hugo de Fosses, ausente desde octubre de 1119 hasta la pascua de 1121.
Puesto el fundamento en Cristo Jesús, pues, como dice el Apóstol, no hay otro fundamento (1Co 3,11), el edificio de la casa de Dios crece poco a poco con las piedras vivas, que Dios les concede. También el edificio de piedras se amplía cada día, para poder acoger a los peregrinos, que con alegría marchan hacia la Jerusalén celestial. Pero si Dios bendice a la comunidad que se va formando, también el maligno se ocupa de ella, tratando de destruir lo que Dios, a través de Norberto, edifica. Una vez que Norberto les deja solos, pues sale de nuevo a predicar, el maligno, vestido de ángel de luz, siembra la cizaña entre los principiantes, sin mucho discernimiento, tentándoles de vanagloria, de envidia, de exageraciones en los ayunos o con temores a morir de hambre por los ayunos. Así encuentra la comunidad Norberto, cuando vuelve a ella para celebrar la Pascua. Un viento de horror le invade al acercarse a la casa. Pero con le don de discernimiento, que Dios le ha otorgado, enseguida descubre que todo es obra del maligno y puede devolver la paz a los hermanos con su presencia.
Apaciguada la pequeña grey, Norberto sale de nuevo a predicar. En el camino recoge a su primer socio, Hugo, que le había dejado para poner orden en sus cosas. Juntos llegan de nuevo a Nivelles, donde se encuentra con el rechazo total de las gentes, que ni siquiera quieren verle. El demonio, a través de algunos jóvenes postulantes que han regresado de Premontré asustados por la vida de austeridad, ha sembrado la cizaña, aconsejando al pueblo que no escuche a Norberto. Pero Norberto no se desanima fácilmente. El ya ha visto allí a otros mejor dispuestos que los primeros a aceptar la vida que les propone. Norberto refuerza su predicación con el ministerio de exorcista, que confirma su ministerio apostólico: “Jesús instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios” (Mc 3,14-15). Dios viene en su ayuda para vencer al demonio, exorcizando a una niña de doce años que tenía bajo su poder desde hacía un año. Con este milagro Dios abre los oídos de la gente para que escuchen su predicación. Viendo cómo Dios actúa a través de él le reconocen como verdadero apóstol del Señor.
De Nivelles, acompañado de Hugo y otros compañeros, llega a Colonia, donde el pueblo se agolpa para escuchar su predicación y confesarse después. Habían conocido a Norberto en su juventud, habían oído hablar de su cambio de vida, pero no se imaginaban una conversión como la que ahora ven con sus ojos y oyen con sus oídos. La cosecha de clérigos y laicos que se deciden a seguir su vida es abundantísima, atraídos por la pobreza de Cristo, que contemplan en Norberto y sus compañeros.


Norberto no olvida Premontré. El quiere elevar en medio del bosque una Iglesia viva. Por ello se alegra viendo cómo el Señor le permite recoger tantas piedras vivas para su templo. Pero en la edad media la Iglesia se construye en torno a un templo de piedras, signo del edificio espiritual de la comunidad. Este templo material no es únicamente un edificio material, sino que es la morada de la presencia de Cristo en la Eucaristía, de los ángeles encargados de su custodia, de los santos que tienen en él su tumba o al menos están presentes mediante sus reliquias, colocadas bajo el altar, donde se celebra el memorial de la muerte y resurrección de Jesucristo. Los monjes, que no pueden peregrinar a los santuarios donde se hallan las tumbas de los santos, sustituyen las peregrinaciones con la veneración de las reliquias. Norberto, que participa de esta devoción, busca para su iglesia de Premontré reliquias de santos. La “santa Colonia” es una Iglesia rica en reliquias de mártires. Las más célebres y populares son las de Santa Ursula. El arzobispo, que ha acogido a Norberto con suma cordialidad, se muestra generoso con él y le permite llevarse a Premontré dos relicarios con huesos de varios mártires.
Norberto, acompañado de unos treinta entre clérigos y hermanos laicos, dispuestos a abrazar la vida religiosa, lleva procesionalmente la santas reliquias. En los pueblos y aldeas, por donde pasan, les reciben con entusiasmo y celebran solemnemente ceremonias de veneración a las reliquias. En Bélgica, es acogido triunfalmente en Namur por Ermensinde, esposa del conde Godofredo e hija de Conrado I, conde de Luxemburgo. Ermensinde, ferviente seguidora de la reforma gregoriana, quiere transformar a sus canónigos en religiosos y dona a Norberto la fundación de Floreffe, en el valle de Sambre, y dos iglesias situadas en el suroeste de la ciudad: la iglesia de los canónigos, dedicada a Notre-Dame, y la iglesia parroquial de San Martín, más tarde dedicada a María Magdalena. Norberto, incluso antes de que sus primeros discípulos hagan su profesión en Premontré, acepta fundar la abadía de Floreffe en Bélgica. La acepta inmediatamente, aunque la instalación de los premostratenses será inaugurada unos meses más tarde, el 15 de enero de 1122, con la llegada del primer superior, Ricardo, acompañado de algunos hermanos de Premontré. De este modo, Norberto, antes de hacer la profesión en Premontré, pone los fundamentos de una obra no limitada a la comunidad de Premontré ni a su sólo país. El abad de Floreffe ocupará el tercer lugar en la Orden Premostratense y tendrá una gran importancia en la expansión de la Orden. Será famosa por su actividad apostólica: llegó a poseer 29 parroquias, 7 hospitales y 7 abadías filiales, de las cuales una en Palestina. Fue la casa central de la Orden en Bélgica.
Norberto trata todo el asunto de la fundación con Ermensinde. Pero el acta de fundación está redactada en nombre de ella y de su esposo Godofredo, que está de acuerdo con la donación. El morirá como hermano laico de Floreffe. También la aceptan los dos hijos, Adalberto y Enrique, y las tres hijas, Clemencia, Beatriz y Adelaida. En el acta de donación, junto con la iglesia de Notre-Dame, conceden a Norberto un gran patrimonio: campos, viñas y prados. Y con la iglesia de San Martín, le dan la casa rectoral. En esta casa habitarán las hermanas hasta 1270, aunque la iglesia es entregada a los sacerdotes de la comunidad, según consta en el acta: la donación se hace para que los “presbíteros puedan servir a la Virgen y a San Martín con absoluta tranquilidad”.
Norberto se queda en Floreffe bastantes días, organizando al menos provisionalmente la nueva fundación. Pero al llegar el mes de diciembre se apresura a emprender el retorno. Necesita llegar cuanto antes a Premontré para preparar la profesión de los primeros hermanos, que desea hacer el día de Navidad. Vuelve feliz, con el corazón exultante y agradecido a Dios, que ha bendecido su misión apostólica con tantos frutos.








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