6 Comunidades Transnacionales y Migración



Descargar 119.23 Kb.
Página2/5
Fecha de conversión15.12.2017
Tamaño119.23 Kb.
1   2   3   4   5

Comunidades Transnacionales y Globalización

En un estudio reciente (Glick Schiller, 1996; citado por Portes, 1997), se argumenta que procesos similares de relaciones, movimientos e intensidad de las inversiones y contactos entre lugares de origen y asentamiento, se dio también entre los inmigrantes europeos de principios del siglo XX. En general, podríamos estar de acuerdo con esta idea, no obstante, no cabe duda que las comunidades transnacionales actuales poseen un carácter distinto que justifica este nuevo concepto para referirse a ellas. Este carácter esta definido por distintos factores, aquí sólo nos detendremos en dos de ellos.


a) Un primer aspecto se refiere al contexto macroestructural en el cual se desarrolla este proceso. En concreto, el “transnacionalismo” junto a la conformación de comunidades transnacionales, forma parte importante del proceso de globalización de la sociedad contemporánea, configurando no sólo una forma de globalización, sino además, la formación de una figura social específica que emerge y forma parte de la sociedad global.
De acuerdo a diversos autores, la globalización corresponde a la transición de una sociedad industrial a una sociedad informacional, en donde ésta última reconfigura las bases de la economía industrial mediante la incorporación del conocimiento y la información en los procesos materiales de producción y distribución (Castells, 1998; Kumar, 1995). La economía informacional implica así, un nuevo tipo de configuración espacial de las relaciones económicas en el sistema-mundo, caracterizadas por su globalización creciente. En este marco, la globalización y flexibilización del sistema de producción, configuran los ejes de la reestructuración capitalista, a la vez que definen el nuevo sistema de reglas con base en las cuales estarían operando las relaciones capital/trabajo en el mundo actual. En este contexto, suele destacarse los cambios que afectan a la estructura del empleo y las ocupaciones, en tanto ellos serían la base del surgimiento de una nueva estructura de clases y estratificación social (Castells, 1998).
Al respecto, diversos autores ponen énfasis en la creciente polarización que se manifiesta en la estructura social de las ocupaciones. Se trata de una segmentación del mercado de trabajo, en donde junto a empleos estables, de altos ingresos, se presentan otros marcados por su carácter informal y ocasional. Sassen y Smith (1992) denominan a éste como un proceso de casualization, como una forma de enfatizar el marco de precariedad en que él se presenta. Aunque se presentan diversos tipos de empleos en la economía informal, la mayoría de ellos corresponden a puestos de trabajo no calificados, sin posibilidades de capacitación, y que envuelven tareas repetitivas. En no pocos casos, se trata además de empleos “ocasionales” en industrias que aún se rigen por formas fordistas de organización del proceso de trabajo. En este sentido, la casualization, o si se quiere informalización, corresponde más bien a una estrategia de tales firmas para enfrentar los retos de la competencia, sin asumir los costos de la innovación tecnológica. De esta forma, la economía informal no sólo es una estrategia de sobrevivencia para las familias empobrecidas por la restructuración productiva, sino también, y fundamentalmente, es resultado de los patrones de transformación en las economías formales y sectores de punta de la economía estadounidense (Canales, 2000).
En estos mercados casualizated, o informalizados, tiende a presentarse una importante selectividad en cuanto al origen de la fuerza de trabajo empleada. Así por ejemplo, Fernández-Kelly (1991) encontró que tanto en los condados del sur de California, como en Nueva York, hay una fuerte presencia de hispanos y otras minorías étnicas en este tipo de actividad, especialmente en los sectores de manufacturas. Se trata de ocupaciones como operadores, tareas de ensamble, y otras de baja calificación y bajos ingresos. Asimismo, esta autora señala que en la mayoría de los casos no hay sindicatos, se desarrollan prácticas de subcontratación, y que prevalece una alta participación de mano de obra femenina.
En este marco entonces, esta estrategia de flexibilidad y desregulación laboral, que afecta directamente las condiciones de trabajo y de contratación, parece no obstante, ser la base de una nueva oferta de puestos de trabajo para la población migrante (Zlolniski, 1994). Así por ejemplo, se da un importante incremento de trabajadores migrantes en empleos como “janitors”, jardineros, “house cleaners”, “dishwashers”, y otras ocupaciones similares de baja calificación y precarias condiciones de trabajo. De esta forma, los trabajadores migrantes, conforman una base demográfica para la configuración de un “proletarian servants” en el marco de la consolidación de una sociedad postindustrial (Rouse, 1991).
En este sentido, la segmentación del mercado de trabajo, es la base de una segmentación de la población en estratos económicos, sociales y culturales diferenciados. Si bien los distintos segmentos o estancos ocupacionales se configuran siguiendo una lógica económica dictada por el proceso de desregulación contractual y flexibilización laboral, quienes conforman cada uno de estos segmentos no lo hacen siguiendo una lógica estrictamente económica, sino en función de procesos de diferenciación social “extra-económicos”, en especial factores de diferenciación cultural, étnica, demográfica, de género, y de condición migratoria.
Con base en estos factores de diferenciación social, se configuran grupos poblacionales con diversos grados de vulnerabilidad y desventajas sociales, que les impiden establecer otros marcos de regulación de sus condiciones de vida, de trabajo y reproducción social, en un contexto estructural en el cual ya no parecen operar los mecanismos de negociación política y social que surgieron en la sociedad industrial y tomaron forma en el estado de bienestar. Me refiero en concreto, a la configuración de minorías sociales y culturales (mujeres, niños, migrantes, grupos étnicos, entre otros), cuya vulnerabilidad construida socialmente se traslada al mercado laboral bajo la forma de una desvalorización de su fuerza de trabajo, y por ese medio, de una desvalorización de sus condiciones de vida y reproducción.
En este marco estructural, las comunidades transnacionales y la “transmigración”, adquieren un significado especial. En efecto, en no pocos casos, las redes sociales de reciprocidad, confianza y solidaridad sobre las cuales se configuran las comunidades transnacionales, operan también, como una forma de enfrentar el problema de la vulnerabilidad social y política que surge por la condición étnica y migratoria de la población, y que la ubica en una situación de minoría social.
Los trabajadores migrantes, atrapados en contextos de desigualdad y precariedad generados por el proceso de globalización, buscan articular formas de respuestas, aunque no de “salidas”, a dichos procesos como actores dentro de sus propias comunidades. En este sentido, su articulación a través de comunidades transnacionales, abre oportunidades de acción para enfrentar la situación de vulnerabilidad a través de las propias comunidades. Los riesgos del traslado, los costos del asentamiento, la búsqueda de empleo, la inserción social en las comunidades de destino, la reproducción cotidiana de la familia en las comunidades de origen, entre otros aspectos, tienden a descansar sobre el sistema de redes y relaciones sociales que conforman las comunidades transnacionales, de modo de facilitar tanto el desplazamiento, como la inserción laboral del migrante.
Asimismo, el capital social de los migrantes les permite enfrentar y configurar respuestas, aunque no salidas, a las condiciones de precariedad de su empleo, derivadas de la flexibilidad laboral y desregulación contractual que caracterizan los mercados laborales en esta era de globalización. De hecho, la transnacionalización de la fuerza de trabajo con base en las redes sociales de las comunidades, puede entenderse también, como la contraparte de la globalización del capital, aunque no necesariamente como una globalización del trabajador. En este sentido, la dicotomía comúnmente planteada en términos de que el capital se globaliza y el trabajo se localiza, a nuestro entender está mal planteada. Por un lado, hay que distinguir “trabajo” de “fuerza de trabajo”. El trabajo, como proceso y como acto, es tan globalizado como el mismo capital. La fuerza de trabajo, en cambio, no. La globalización de la fuerza de trabajo sería la globalización del trabajador, proceso que sin embargo, no parece asumir las formas y contenidos de la globalización del trabajo y del capital.
Por otro lado, hay que distinguir las formas de globalización, esto es, los caminos de entrada y salida de la globalización. Mientras el capital se globaliza desde arriba, y por sobre ello, es la lógica del capital la que conduce el proceso de globalización, la fuerza de trabajo entra en este proceso de una forma subordinada, esto es, desde abajo, con un margen limitado para definir su accionar. En este sentido, no hay que confundir el carácter transnacional de la migración laboral, con su posible e hipotética globalización. La mano de obra deviene global no por formar parte de una comunidad transnacional, sino porque se inserta en procesos de trabajo que forman parte de la globalización. Inversamente, no son las comunidades transnacionales el camino de entrada del trabajador migrante a la globalización, sino más bien, constituyen una estrategia de respuesta, que los trabajadores migrantes pueden construir, para enfrentar los costos de su entrada a mercados de trabajo que operan con una lógica globalizada.
La transnacionalización no es la forma que asume la globalización de la mano de obra, es por el contrario, una estrategia desarrollada por los trabajadores para enfrentar las condiciones de su globalización. De esta forma, las comunidades transnacionales definen un campo de acción, una estructura de opciones, que el migrante laboral puede desarrollar para asumir y distribuir los costos de su globalización. En este sentido, las redes sociales y las comunidades transnacionales tienen un doble papel. Por un lado, en tanto estrategia de respuesta, es también una forma de reproducción de las condiciones de subordinación social generadas por la globalización. Por otro lado, en cambio, en tanto campo de acción alternativo que define una estructura de opciones, las comunidades transnacionales pueden también configurar ámbitos sociales desde los cuales se pudiera trascender los reducidos marcos de negociación impuestos por la globalización.
b) En segundo lugar, la migración europea de fines del siglo XIX y comienzos del XX, se dio en un contexto de consolidación del capitalismo nacional y del proyecto de la modernidad. De acuerdo a este proyecto, basado en el pensamiento liberal del siglo XIX, la modernización de la sociedad se planteaba como una ruta hacia la racionalización y secularización de la vida social, en donde las distintas formas de adscripción y pertenencias culturales, tenderían a desestructurarse, y transformarse en formas modernas, esto es, constituidas en torno al Mercado (trabajo) y el Estado (ciudadanía). Las redes sociales y el capital cultural de los migrantes, tenderían entonces, a desestructurarse y transformarse de acuerdo a las condiciones que imponía el proceso de modernización de la sociedad norteamericana. Asimismo, esta modernización, abría importantes espacios económicos, sociales, culturales y políticos para la integración (asimilación) de las crecientes oleadas de migrantes.
Por el contrario, las migraciones contemporáneas se dan en un contexto completamente distinto, que abre nuevos espacios para la expansión del capital social y cultural, pero también abre nuevas formas de entendimiento de este proceso. En esta era de globalización los espacios de negociación e integración que se configuraron en torno al estado de bienestar y el proceso de modernización, se desestructuran y fragmentan, reforzando con ello, los procesos de exclusión y diferenciación social. En este contexto, se puede entender el resurgimiento de formas de básicas y “primarias” de solidaridad, confianza y reciprocidad, como las que dan forma y substancia a las comunidades transnacionales. De esta forma, los actuales procesos migratorios, a diferencia de los que se vivieron a principios del siglo XX, han permitido la creación de un campo social de significados y acciones en donde las comunidades transnacionales pueden identificarse como unidades discretas, esto es, comunidades en sí mismas. De hecho, la construcción material e imaginaria de estas comunidades permiten enfrentar los procesos de desestructuración del tejido social, en particular, la individualización y el fenómeno de exclusión económica y social, que adquiere dimensiones alarmantes en las sociedades contemporáneas en esta era de la globalización (García Canclini, 1999).
En este contexto, cabe retomar la cuestión del sentido de pertenencia y la construcción de identidades transnacionales, señalada por Smith (1993). Se trata de un sentido de pertenencia a comunidades imaginadas que coexiste con las diversas formas de pertenencia, residencia y ciudadanía propias de las comunidades políticas creadas por los estados nacionales entre los cuales se da la migración. Los migrantes desarrollan vínculos sociales y culturales junto a nexos económicos y laborales que hacen que muchos de ellos se “imaginen” a sí mismos como parte de una comunidad en los Estados Unidos, pero no de cualquier comunidad, sino de una comunidad migrante, trasn-localizada, que reproduce y recrea los patrones culturales y formas simbólicas de sus comunidades de origen (Chávez, 1994). Esta construcción imaginaria se basa en un conjunto de relaciones y transacciones de todo tipo que se dan en el marco de un sistema transnacional de redes sociales y capital cultural. Estas redes conforman el nicho interpersonal del individuo, y contribuyen a su propio reconocimiento como individuo y a su imagen de sí mismo como miembro de una comunidad, como sujeto de un tejido social básico (Enríquez, 2000).
En el caso de las comunidades transnacionales, la “membership” define una situación y condición muy distinta a la de ciudadanía. La comunidad transnacional define y construye un sentido de pertenencia y dependencia con ella, que es más fuerte y profundo que el de los respectivos estados nacionales involucrados con la migración. Se trata de la configuración de un sentido de pertenencia que está antes, pero también más allá de la ciudadanía. Como señala Smith, la “pertenencia más allá de la ciudadanía” se refiere a la transnacionalización del sentido de comunidad más allá de las fronteras nacionales tanto del estado mexicano, pero también del estado norteamericano. De esta forma, los migrantes mexicanos residentes en Estados Unidos, mantienen e incrementan su importancia y vínculos con sus comunidades de origen aún después de su asentamiento legal, estable y definitivo. Para ellos, la posible ciudadanización, esto es, la construcción de un sentido de pertenencia con el estado norteamericano, cuando se da, no implica, sin embargo, una ruptura ni mucho menos, con su sentido de pertenencia con sus comunidades de origen. La pertenencia a éstas es más profunda y vital que las pertenencias construidas políticamente. En no pocos casos, la ciudadanización no es sino una forma para defender y mantener los lazos comunitarios.
En el caso de la comunidad transnacional, la pertenencia tiene un sentido y significado distinto al de las comunidades políticas. La pertenencia es “definida por los mismos migrantes, estructurada por sus redes sociales, y constituida transnacionalmente a través de sus prácticas” (Smith, 1993:6). En este sentido, esta pertenencia llega a ser substantiva, y no sólo declarativa, en la medida que permite trastocar el sentido de las presencias físicas y contiguas, por presencias imaginadas y simbólicas. En este marco, podemos señalar las prácticas, privilegios y beneficios que gozan los migrantes en sus comunidades, aún después de su asentamiento en Estados Unidos. Ejemplo de ello, es la capacidad de influencia y el poder que los migrantes pueden ejercer en el proceso de toma de decisiones sobre diversos aspectos en las comunidades de origen. La “ausencia” física, es contrarrestada por la “presencia” imaginada, que se vuelve real y concreta por medio de la información y poder que fluye a través de las redes construidas por los migrantes, y que se ve facilitada por el desarrollo de las telecomunicaciones.

1   2   3   4   5


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal