8 de pentecostés a patmos una introducción a los libros de hechos a apocalipsis


LOS MECANISMOS DE ESCRITURA EN EL GÉNERO EPISTOLAR



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LOS MECANISMOS DE ESCRITURA EN EL GÉNERO EPISTOLAR


En un mundo donde los e-mails y los mensajes de texto están a la orden del día, es fácil olvidar lo difícil que era en la Antigüedad comunicarse con alguien que estaba lejos. Básicamente, las dos únicas opciones eran las siguientes: enviar a un amigo para que hablara directamente con la persona en cuestión, o enviar una carta. Y a veces se utilizaban los dos medios a la vez. Se ponía por escrito el material para que el mensajero no olvidara o no transmitiera bien el mensaje que se le había confiado, pero, dado que la carta se tenía que enviar a través de un intermediario, éste hacía de intérprete del comunicado, haciendo su aportación sobre su significado y la intención del autor.

En un mundo donde el índice de analfabetismo era elevadísimo, aún había mucha gente inteligente y de clase alta que no sabía escribir. Por tanto, si querían poner sus pensamientos por escrito tenían que contratar a escribas profesionales. Para la minoría que sabía escribir, a veces era más fácil o eficaz pagar a alguien que escribiera lo que se les dictaba que transcribir su propio discurso. El término técnico en griego para referirse a este tipo de escriba es amanuensis. Algunos amanuenses aprendían algún sistema de escritura abreviada que les permitía escribir a la misma velocidad del que hablaba.

Como judío que había recibido educación rabínica, Pablo estaba entre las personas mejor preparadas en el arte de leer y escribir. No obstante, está claro que hizo uso de los servicios de un amanuense al menos una vez, y quizá para todas sus cartas. En Romanos 16:22, Tercio se identifica de forma explícita como la persona que ha transcrito la carta. En 1a Corintios 16:21, Gálatas 6:11, Colosenses 4:18, 2a Tesalonicenses 3:17 y Filemón 19 Pablo dice que las palabras finales las escribe «de su puño y letra», lo que sugiere que todo lo demás está escrito por un amanuense. La forma de las conclusiones de otras cartas, junto con el hecho de que en la Antigüedad era algo común que los escritores contaran con los servicios de un amanuense, sugiere que Pablo habría escrito todas sus cartas así.

Pero, ¿cómo se dictaba en aquel entonces? En la literatura grecorromana antigua había al menos cuatro formas de recoger los pensamientos de una persona. En primer lugar, verbatim, es decir, palabra por palabra. En segundo lugar, un amanuense anotaba los pensamientos o las palabras del autor y las retocaba para mejorar el estilo, sin modificar el contenido. En tercer lugar, otras personas que también enviaban la carta añadían alguna cosa, ya fuera referente al estilo o al contenido, y el escriba lo tenía en cuenta. Y por último, en escasas ocasiones (de hecho, solo se ha encontrado en Cicerón), el autor podía dar instrucciones en cuanto a la forma y los contenidos de una carta y dejar que el amanuense la elaborara.66 Estas opciones tienen una relación directa con el debate sobre la autoría de las cartas de Pablo (si las cartas que se le atribuyen son seudónimas o no).

No obstante, antes de adentrarnos en dicho debate, hay algo más que tenemos que decir. No podemos olvidar que Pablo vivía en una cultura oral. Dado que por norma general los cristianos no llegaban a ser lo suficientemente ricos como para tener su propia copia de un manuscrito de una de las cartas de Pablo, la inmensa mayoría tenía que aprender las enseñanzas de las epístolas a fuerza de escucharlas cuando las leían en la iglesia. Sin duda, cuando una carta llegaba a su destino, en el siguiente encuentro se leía de principio a fin delante de toda la congregación para que todos la pudieran escuchar. Pero como se reconoció la autoridad y la utilidad de aquellas cartas, se siguieron leyendo y, con el tiempo, como los judíos hicieron con las Escrituras hebreas, se seleccionaron pasajes tanto de las epístolas de Pablo como de los Evangelios para leerlos domingo tras domingo. Después eso dio forma al sistema litúrgico, y más adelante se abrevió para incluir porciones del Antiguo y del Nuevo Testamento. Pero lo que queremos dejar claro aquí es que el conocimiento de los primeros cristianos dependía de que el autor de la carta hubiera estructurado su mensaje de una forma que fuera fácil de memorizar, para que los oyentes (y no tanto los lectores) pudieran digerirlo, preservarlo y transmitir los contenidos. La gran cantidad y variedad de recursos estilísticos que aparecen en las cartas de Pablo demuestran que quiso dotar a sus escritos de herramientas nemotécnicas.67

EL PROBLEMA DE LA SEUDONIMIA

Por varias razones que trataremos en las introducciones de cada carta en cuestión, en los dos últimos siglos son muchos los eruditos que han llegado a la conclusión de que seis de las cartas neotestamentarias que se atribuyen a Pablo no fueron escritas por él. Algunos han dicho que el autor de 2a Tesalonicenses firmó con el seudónimo de Pablo, pero sigue habiendo muchos argumentos que apuntan a la autenticidad de su autoría. Más desacuerdo hay en cuanto a Colosenses, y más aún en cuanto a Efesios. Por no hablar de las Epístolas Pastorales. Dicen que los contenidos y los estilos de estas cartas son distintos a los de las siete cartas que indiscutiblemente son de Pablo.68

Hasta hace bien poco, la mayoría de los estudiosos que llegaban a esas conclusiones también defendían la idea de que la seudonimia era un recurso literario reconocido (o incluso un género) en el mundo judío y en el mundo grecorromano, por lo que cuando se usaba no había intención de engañar a nadie. Y defienden que, de hecho, nadie se creía que el escrito fuera obra de la persona que firmaba. Eran varias las razones por las que a veces se atribuía un documento a una personalidad del pasado: que el documento fuera considerado como una fuente de autoridad, transmitir la idea de que se estaba dando continuidad a la tradición ideológica o teológica del individuo en cuestión (de tal modo que el mérito era más para el maestro que para el estudiante), la posibilidad (especialmente con la literatura apocalíptica) de que alguien hubiera experimentado una visión o un éxtasis en el que creía estar temporal pero íntimamente unido a la persona en cuestión, o simplemente era una convención de algunos géneros ficticios (especialmente en las narraciones de despedida o en un testamento). Los defensores de este acercamiento «inocuo» a la seudonimia apelaban a la literatura en las Escrituras hebreas consideradas obras seudónimas (sobre todo Daniel), a numerosos escritos intertestamentarios (en especial de la literatura apocalíptica) atribuidos a patriarcas y a héroes de la historia judía antigua, y también a las cartas grecorromanas seudónimas atribuidas a figuras tan conocidas como Sócrates, Platón, Pitágoras, Apolonio de Tiana y Diógenes el Cínico.69

EPÍSTOLAS: DEBATE SOBRE LA AUTORÍA DE PABLO Incuestionables


      • Gálatas
      • Romanos
      • 1a Corintios
      • 2a Corintios
      • 1a Tesalonicenses
      • Filemón
      • FilipensesSemicuestionables
      • 2a Tesalonicenses
      • Colosenses
Altamente cuestionables
      • Efesios
      • 1a Timoteo
      • 2a Timoteo
      • Tito No obstante, estas supuestas analogías deben sopesarse a la luz de varias observaciones. En primer lugar, al parecer, el judaísmo precristiano aceptaba todas las autorías del Antiguo Testamento y consideraba todos sus documentos canónicos como documentos de origen profético. En segundo lugar, obviamente no era difícil darse cuenta de que un documento recién aparecido en el siglo II o I a. C., atribuido por ejemplo a Enoc, no podía ser de un autor de la era antediluviana. Pero eso es diferente a que un cristiano de segunda generación atribuyera un documento a alguien que vivió tan solo una generación antes que él, como dicen algunos expertos en el Nuevo Testamento. En tercer lugar, los paralelismos en cuanto a forma y contenidos entre las epístolas del Nuevo Testamento y las cartas seudoepigráficas en el mundo helenista son escasos. Por último, y muy importante, todas las evidencias no ambiguas que nos han llegado sobre la reacción de los cristianos ante la seudografía (es decir, de mitades del siglo II en adelante) nos muestran un rechazo absoluto. De hecho, una correcta atribución de autoría (es decir, el conocimiento de que un documento estaba escrito por un apóstol o un colaborador directo del apóstol) jugaba un papel mucho más determinante que cualquier otro criterio a la hora de aceptar un escrito cristiano temprano como legítimo y como susceptible de ser considerado como Escritura.

Pero, ¿qué si el cristianismo del siglo I o de principios del siglo II tenía una actitud diferente? A mitades del siglo II mucho cambió, y la nueva religión perdió de vista sus raíces judías y se sumió en el helenismo. Y hay algunos textos cristianos del siglo II que, dependiendo de cómo se interpreten los detalles discutibles, pueden tomarse como una aprobación limitada de la seudografía bajo ciertas condiciones. Éstos incluyen los comentarios de Serapión sobre el Evangelio apócrifo de Pedro, los comentarios de Tertuliano sobre los Hechos de Pablo, como también sobre la dependencia de Marcos del testimonio de Pedro y la dependencia de Lucas de los relatos de Pablo y algunos comentarios sueltos del fragmento Muratorio sobre los libros que se debían incluir en el canon. Incluso una referencia mishnaica a la perspectiva del judaísmo del siglo II o III sugiere que las palabras de un discípulo podían tratarse como si fueran las de su maestro. (En cuanto a los dos textos más sugerentes de estos textos cristianos y judíos, ver más abajo, p. 541). Por tanto, en principio, los estudiantes de las Escrituras no deberían oponerse a ciertos tipos de propuestas seudoepigráficas más de lo que se tienen que preocupar por las parábolas como un tipo poético de ficción diseñado para comunicar verdades inspiradas y autoritativas.70

Pero los análisis más recientes, tanto de declaraciones específicas como éstas sobre la seudografía y los documentos que normalmente se citan como analogías, ponen en duda que los cristianos aceptaran esta convención literaria e, incluso, que dicha convención existiera, al menos entre los autores de la literatura más cercana o similar a las cartas neotestamentarias. Es más, estos estudios han demostrado que el concepto de la propiedad literaria estaba bien extendido por el mundo mediterráneo antiguo, así que la seudografía, cuando existía, se usaba con toda probabilidad para hacer creer —o dicho de otro modo, para engañar— que ciertos documentos sí estaban escritos por los autores a los que se atribuía su autoría. Por tanto, si algunas de las cartas atribuidas a Pablo las hubieran escrito los discípulos del apóstol algunos años después, el deseo de esos autores era, con casi toda seguridad, que el mundo cristiano pensara que Pablo las había escrito. Además, toda la evidencia que tenemos desde los primeros debates cristianos sobre la autoría y/o canonización de las cartas de Pablo sugiere que la iglesia creía que Pablo era el autor de todas ellas.

Esta conclusión no descarta la participación de amanuenses, ni tan siquiera la posibilidad de que a algunos de ellos Pablo les diera una mayor libertad literaria para escribir o para que redactaran los pensamientos y las instrucciones de Pablo con su propio estilo e incluso con sus propios énfasis. Pablo seguiría siendo el responsable y quien debía aprobar cada palabra del escrito, así que esta hipótesis sigue siendo muy diferente a la que dice que después de la muerte de Pablo alguien compuso una serie de documentos firmándolos con el nombre del apóstol.71 Pero estudios recientes ponen en cuestión la teoría de que los primeros cristianos escribieron usando el nombre de Pablo (o de cualquier otro líder ya fallecido), y que lo hicieron siguiendo un recurso literario aceptado, sin ningún tipo de impunidad. Y los argumentos contra la autoría de Pablo no son tan firmes como muchos nos quieren hacer creer.72



LA RECOPILACIÓN Y LA CANONIZACIÓN DE LAS CARTAS DE PABLO

Curiosamente, en las discusiones que los primeros cristianos tuvieron sobre el canon, los únicos siete libros neotestamentarios que cuestionaron se encuentran en la última parte del Nuevo Testamento, después de los Evangelios, Hechos y de las cartas paulinas. Estos siete libros son Hebreos (debido a la incertidumbre que hay en torno a su autoría), Santiago (por las aparentes contradicciones con las cartas de Pablo), 2a Pedro (porque su estilo es bastante diferente a 1a Pedro), Judas, y 2a y 3a de Juan (por su brevedad y su naturaleza tan ocasional), y Apocalipsis (debido a las controversias en torno a su interpretación).73 Trataremos todos estos temas cuando hablemos de cada uno de esos libros.

Por otro lado, las cartas de Pablo enseguida empezaron a circular más allá de las comunidades o individuos a las que estaban dirigidas. Pronto se convirtió en algo normal hacer pequeños recopilatorios de dos o tres cartas paulinas, sobre todo con cartas dirigidas a la misma congregación. Romanos, 1a y 2a Corintios y Gálatas eran reconocidas como las que contenían la «carne» teológica de Pablo y podrían haber formado una unidad natural de cuatro cartas. Lo mismo podría haber ocurrido con Gálatas, Efesios, Filipenses y Colosenses porque tienen más o menos la misma extensión, y porque recogen temas similares, especialmente Gálatas y Filipenses, y Efesios y Colosenses. También es probable que Pablo siguiera la práctica común de hacer copia de sus propias cartas, que las guardara juntas a modo de códice o cuaderno en Roma, y que después de su muerte sus discípulos las recuperaran y las copiaran a modo de recopilatorio.74 Ya fuera de forma gradual o más bien repentina, la aparición de un canon paulino jugó un papel importante e útil para combatir las herejías del siglo II, puesto que muchas de las cartas del apóstol son respuestas a los debates existentes en la segunda mitad del siglo I.75

Al principio, el orden de las cartas no era siempre el mismo, incluso cuando empezaron a aparecer los recopilatorios que incluían las trece cartas. Del mismo modo, cuando el canon del Nuevo Testamento empezó a tomar forma, a veces aparecían las cartas de Pablo en primer lugar, otras después de los Evangelios, otras después de Hechos, en alguna ocasión incluso después de las epístolas generales.76 Pero después de poco tiempo el lugar que se les dio fue después de Hechos, lugar lógico temática y cronológicamente hablando puesto que están escritas después de los sucesos que se recogen en los Evangelios, pero son simultáneas a muchos de los eventos que aparecen en Hechos (Pablo mismo es el protagonista de muchos de esos sucesos). El orden en el que se colocaron las cartas de Pablo se decidió adoptando un método de ordenación muy común en la Antigüedad: de las más extensas a las menos extensas, agrupando primero las dirigidas a congregaciones, y luego, a personas concretas. Tan solo encontramos dos excepciones. Es lógico que las cartas dirigidas a la misma congregación o a la misma persona aparecieran una detrás de la otra. Es cierto que Efesios es algo más extensa que Gálatas, y sin embargo aparece después. Pero es posible que en algún momento Gálatas apareciera encabezando el recopilatorio de las cuatro epístolas (que también incluía Efesios, Filipenses y Colosenses) debido a la referencia al kanon que aparece en Gálatas 6:16 (kanon: término griego que traducimos por «regla», «norma» o «canon», el principio regulador por el cual se escogen los libros bíblicos).77





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