8 de pentecostés a patmos una introducción a los libros de hechos a apocalipsis



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TEOLOGÍA PAULINA


La gran cantidad de libros atribuidos a Pablo hace que sea bastante complicado resumir la teología de este autor. ¿Intentamos hacer una lista de los temas que aparecen en cada carta, y luego hacemos una síntesis a partir de todos dichos temas?78 ¿Usamos las trece cartas que se le han llegado a atribuir, o tan solo las siete casi universalmente aceptadas?79 Para formular su doctrina, ¿ordenamos los resultados de forma temática, como han hecho la mayoría de teologías sistemáticas a lo largo de la historia de la iglesia? ¿O los ordenamos en función de las historias o la narrativa elaborada o revisada por Pablo?80 ¿Intentamos establecer el «centro» del pensamiento paulino, o al menos el grupo de los temas más centrales, y le conferimos mayor importancia que a otro grupo de temas más secundarios?81 ¿Asumimos que la comprensión que Pablo tenía de un tema concreto pudo «evolucionar» con el paso del tiempo? ¿Importa si esa «evolución» parece más una evolución normal y lógica a partir de una comprensión inicial, o más un rechazo radical de una posición previa?82 ¿Qué ocurre con aquellos que creen que las posiciones de Pablo, incluso las que aparecen en las siete cartas de autoría indiscutible, a veces son increíblemente contradictorias?83 Afortunadamente, aun cuando hay numerosas cuestiones secundarias que difieren considerablemente después de considerar las respuestas a todas estas preguntas, los temas centrales de la enseñanza de Pablo siguen siendo los mismos.

Michael Gorman identifica «una docena de convicciones fundamentales» de la teología paulina, lista de convicciones con la que la mayoría de autores está de acuerdo, aunque luego difieran en cuanto a la forma de ordenarlas o en cuanto a la interrelación entre ellas: (1) El Dios único y verdadero, Creador del mundo, ha elegido a Israel y ha hecho un pacto con ella para que sea su vehículo principal de bendición entre las naciones del mundo. (2) El pecado del ser humano ha separado a toda la raza humana y a cada persona en particular del Dios del pacto; la ley judía, a pesar de sus muchos beneficios, no puede librar a la gente de su pecado ni ofrecer la justicia que da vida eterna. (3) La naturaleza justa de Dios le lleva a ser fiel a su pacto y a salvar a su pueblo, extendiendo esa misericordia a los gentiles, a quien la da sobre la misma base que a los judíos. (4) Esta salvación tiene lugar a través de «la crucifixión de Jesús el Mesías, crucifixión que revela, representa y reconcilia». (5) La posterior resurrección y exaltación de Jesús vindican su vida y enseñanza y lo coloca en el cosmos como el Señor de todo. (6) Por tanto, Cristo es el clímax del pacto, cumpliendo todas las profecías de Dios. Pero a diferencia de la creencia judía convencional, lo hace en dos etapas, que se corresponden con lo que hoy llamamos su primera y su Segunda Venida. Mientras, vivimos en el «ya pero todavía no», el periodo intermedio entre la antigua y la nueva era de la historia de la salvación.

(7) En este periodo intermedio, podemos vivir reconciliados con Dios sola y exclusivamente por su obra justificadora, que los seres humanos hacemos nuestra por gracia a través de la fe. La obediencia que nace a continuación es la consecuencia natural de la relación con Dios —que ha sido restaurada—, y no un medio para conseguir dicha restauración. (8) Es apropiado, de hecho es crucial, hablar de Jesús (y del Espíritu Santo que le dio poder y que ahora da poder a los creyentes) con el vocabulario reservado exclusivamente para Yahvé, Dios de Israel. Dicho de otra forma, Pablo articula un incipiente trinitarianismo. (9) El seguimiento de Jesús es crucicéntrico, caracterizado por la negación de uno mismo, el amor por los demás, e incluso el sufrimiento, que caracterizó también la vida y la muerte de Cristo. (10) Además, el Espíritu obra en nuestra vida como señal las promesas de Dios que ya ha cumplido, y como garantía de la esperanza que también actuará en el futuro cumpliendo las promesas que aún están por cumplir. (11) Los cristianos deben unirse para adorar juntos, ejercer sus dones espirituales, para animarse los unos a los otros, creando así una comunidad diferente y atractiva, contraria a las instituciones corruptas del mundo. (12) Por último, la historia culminará en la parusía (el retorno de Cristo), la resurrección de de todas las personas para vida o muerte eterna, y el triunfo final de Dios sobre todos sus enemigos, humanos o diabólicos.84

Desde la Reforma, los intérpretes protestantes normalmente han seguido a Martín Lutero y han visto que el tema central del pensamiento de Pablo es «la justificación por la fe». A principios del siglo XX, la tesis de Albert Schweitzer de que el concepto de estar «en Cristo» era un mensaje central del apóstol tuvo bastante aceptación. El existencialismo influyente de Rudolf Bultmann a mitades de siglo hizo que el énfasis recayera en la crisis de la humanidad (el pecado) y la decisión de vivir «de forma auténtica» ante Dios y los hombres como solución a dicha crisis. Después de la Segunda Guerra Mundial, W. D. Davies presagió un retorno a las raíces judías de Pablo, y estableció como centro de la teología de Pablo creer en Jesús como el Mesías judío. Muy poco después, Ernst Käsemann recuperó la apocalíptica judía, creyendo que era la categoría fundamental para interpretar a Pablo.85 Hoy en día, no obstante, todas estas ideas han quedado eclipsadas por el debate sobre la llamada «nueva perspectiva de Pablo», que tiene sus orígenes en la obra de E. P. Sanders, Paul and Palestinian Judaism [Pablo y el judaísmo palestino], publicada en 1977.86

Sanders explicó de forma muy detallada que el retrato que los académicos habían hecho del judaísmo en Israel antes del 70 d.C. contenía bastantes anacronismos históricos, puesto que describía a los contemporáneos judíos de Pablo igual que a sus descendientes rabínicos de siglos después. Según Sanders, si uno se centra en la literatura judía precristiana, detecta la casi omnisciente presencia del «nomismo pactual», un acercamiento a la vida religiosa en el que los judíos veían las obras de la ley como consecuencia de su relación y su pacto con Yahvé, y no como un modo de ganarse la entrada en el pueblo de Dios. Después de todo, nacer como judío (y para los varones el rito de la circuncisión) ya le otorgaba a uno el derecho de pertenecer al pueblo de Dios. Por tanto, Pablo y el judaísmo de su época creían que las buenas obras no habían sido diseñadas para que la gente pudiera «ser salva», sino para que pudiera «seguir» salva. La diferencia principal entre Pablo y sus contemporáneos no tenía que ver con el debate sobre el papel de la ley, sino sobre si el Mesías había llegado ya en la persona de Jesús.

James Dunn construyó sobre la obra de Sanders y lo que hizo fue centrarse en las obras de la Torá que él llamó «marcas de justicia nacional». La circuncisión, guardar el sabbat y las leyes dietéticas eran unas marcas o características que diferencian a los judíos de las demás naciones. Y estas marcas les podían hacer caer en el orgullo étnico. Según Dunn, las quejas de Pablo en contra de los líderes religiosos de su época tienen que ver con ese nacionalismo injustificado, y no tanto con el legalismo clásico (intentar salvarse a través de las obras).87 A partir del marco interpretativo establecido por Sanders y Dunn, N. T. Wright ha desarrollado algunas ideas clave. La más destacada es la siguiente: el «evangelio» (o «buenas nuevas») es mucho más que el anuncio de cómo llegar a Dios; es la declaración de que Jesús es Señor por encima de todo el cosmos. No todos reconocieron este hecho, así que el término «justificación», al menos inicialmente, no era tanto un método para reconciliarse con Dios, sino más bien un criterio para saber, de entre todos los que decían ser parte de la comunidad del pacto, quiénes eran realmente de su pueblo. Los que realmente lo eran, confesarían a Jesús como Señor (en contra de la declaración del César, que se autoproclamaba como la divinidad de todo su pueblo) y dejarían que el señorío de Jesús influenciara todas las áreas de sus vidas, a nivel individual, y como pueblo.88

En los estudios de Pablo, en los últimos años la «nueva perspectiva» ha provocado más reacciones que cualquier otro tema. Algunos la aceptan con los ojos cerrados; otros, con los ojos cerrados la censuran. Normalmente, estos dos extremos reflejan que no hay una comprensión completa de todas las cuestiones. No obstante, la mayoría reconoce por un lado los puntos fuertes del movimiento y, por otro, sus puntos débiles.89 La «nueva perspectiva» está en lo cierto en cuanto a la mayoría de cosas que dice sobre el judaísmo de principios del siglo I, pero es errónea en cuanto a muchas de las cosas que niega sobre las obras–justicia. En relación con este tema, hay tres observaciones que hemos de considerar. Primero, en algunas fuentes judías precristianas encontramos algo de «teología de los méritos» (un juicio final donde a un lado de la balanza se pondrán las buenas obras, y al otro, los pecados). Mientras que es cierto que interpretar el pensamiento del siglo I a través del pensamiento rabínico posterior suele llevar a error, Sanders no supo reconocer la diversidad de acercamientos que ya había en días de Pablo (especialmente porque desconocía los Manuscritos del Mar Muerto).90 Segundo, la «teología del remanente» (tan solo una minoría de judíos serán salvos) estaba más presente en la literatura judía intertestamentaria de lo que Sanders supo ver, y el criterio clave para saber quién era un judío fiel (de entre todos los que creían tener el favor de Dios solo por su procedencia étnica) era la obediencia a la Torá.91 Tercero, en un mundo que aún no había desarrollado de forma completa el concepto de la «seguridad eterna» (o la «perseverancia de los santos», por usar el vocabulario de la Reforma), las obras de la ley no solo nacían de la fe en Yahvé como consecuencia lógica, sino que eran un factor determinante para probar en el día del juicio que uno se había mantenido fiel a Dios.92

Como resultado, el mundo de Pablo era mucho más complejo de lo que los reformadores y sus herederos habían pensado. Además, aunque cuando se estudia a Jesús el imperialismo dominante y opresivo que Roma promovía se tiene muy en cuenta, no es ese el caso cuando se estudia a Pablo. La mayor parte de los escritos de Pablo invierten de forma implícita las costumbres políticas y teológicas de su mundo.93 Al mismo tiempo, no tenemos que desechar ninguna de las ideas centrales de la teología de la Reforma, sino tan solo complementarlas o matizarlas. Después de todo, cuanto más reconocía el judaísmo la gracia, y más veía Pablo lo lejos que quedaba de la gloria de Dios, más evidente se hacía la depravación total de la humanidad. La llamada nueva perspectiva sobre Pablo y el judaísmo no elimina este elemento de la teología paulina, sino que lo intensifica.94



Pablo combatió el legalismo, pero también combatió el nomismo pactual y el nacionalismo o etnocentrismo. Mientras que muchas iglesias cristianas hoy se esfuerzan por evitar la primera de estas herejías, las otras dos no siempre se han detectado ni tratado de forma adecuada.



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