8 de pentecostés a patmos una introducción a los libros de hechos a apocalipsis



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COMENTARIO


SALUDOS (1:1–5)

Pablo empieza su carta haciendo hincapié en que tiene tanto derecho de hablarle a la gente del verdadero evangelio como los apóstoles que acompañaron a Jesús en su ministerio. Y enfatizará esta idea al menos de ocho formas distintas. En primer lugar, prestemos atención a las palabras introductorias. De forma inusual, su saludo tiene un alto contenido teológico, y ahí se identifica como apóstol, es decir, como alguien que ha recibido de parte del Señor una misión concreta. También habla de la necesidad de ser rescatados de «este mundo malvado» (v. 4). En segundo lugar, y haciendo algo aún más sorprendente, Pablo hace caso omiso de la norma y no incluye una parte para dar gracias a Dios o pedir por los gálatas. Saltándose esa convención, pasa directamente a hablar de su asombro ante la conducta de los gálatas.17



DEFENSA DE LA AUTORIDAD APOSTÓLICA QUE DIOS HA DADO A PABLO (1:6–2:14)

La singularidad del evangelio (1:6–10). La tercera forma en la que Pablo defiende la validez de su ministerio aparece al principio del cuerpo de la carta. Inmediatamente declara que no hay otro evangelio aparte del que él les ha predicado, y maldice la perversión del evangelio que está seduciendo a los gálatas (v. 6–9). Parte de la dureza de su retórica se puede comparar con maldiciones que encontramos en otros escritos de la Antigüedad: desde las maldiciones de Deuteronomio 27 que el pueblo de Israel pronuncia sobre sí anunciando lo que ocurrirá en el caso de desobedecer al Señor, hasta el castigo que los médicos aceptaban de parte de los dioses por haber violado el juramento hipocrático. Es significativo que las palabras de maldición que Pablo escribe no están dirigidas directamente a los judaizantes, sino que su objetivo es advertir a los creyentes de la iglesia que él estableció del daño que esa gente puede causar. Por tanto, la severidad de las palabras de Pablo no se puede usar como argumento para hablar de forma severa a los no creyentes; si nuestro objetivo es acercarlos a Cristo, ¡lo único que esta táctica va a conseguir es alejarlos más! No obstante, queda claro que para Pablo es muy grave que haya un grupo de gente que esté negando las cuestiones fundamentales de la fe.18 El hecho de que hable de una forma tan clara y directa echa por tierra las acusaciones que se le han hecho de que su estrategia de hacerse todo para todos (1Co 19–23) solo es un intento de ganar la aprobación de los hombres (v. 10).19

La conversión de Pablo (1:11–17). En cuarto lugar, Pablo continúa defendiendo el mandato divino de su ministerio compartiendo elementos de su biografía en 1:11–2:14, o más concretamente, hablando de su conversión.20 Y él tiene muy claro que su conversión se trata de algo que ha ocurrido por iniciativa de Dios, pues su vida antes de conocer a Jesús no le estaba preparando para ello, sino todo lo contrario (v. 11–14).21 Esta aclaración, junto con Filipenses 3:6, refuta la imagen que se tenía de Pablo hasta los días de Lutero como alguien que psicológicamente estaba listo para la conversión porque, como Lutero, tenía una gran lucha interna porque se veía incapaz de cumplir la ley. De hecho, ¡para cambiarle de forma radical hizo falta que Jesús se le revelara en el camino a Damasco! (ver arriba, p. 54).22

En quinto lugar, después de su conversión Pablo no consultó inmediatamente a los apóstoles de Jerusalén, sino que pasó tres años en Damasco y cerca de Damasco (v. 15–17). Puede que parte de este tiempo lo dedicara a prepararse mejor para el ministerio, pero lo más probable es que desde muy temprano ya estuviera predicando el evangelio (recuérdese Hechos 9:20–25; 11:25–26). Cuando leemos que va a Arabia, no pensemos en el desierto de la actualidad; Pablo se estaba refiriendo a un territorio poblado no lejos de Damasco.23



El encuentro con los apóstoles en Jerusalén (1:18–2:10). En sexto lugar, cuando por fin se encontró con los apóstoles, el contacto fue mínimo, pero lo cierto es que los apóstoles alabaron a Dios por el ministerio de Pablo (1:18–24). Pablo explica que solo vio a Pedro y a Jacobo, el hermano del Señor, y a ambos los describe como apóstoles (v. 18–19). Esto concuerda con el uso más amplio que Pablo hace del término «apóstol» que con el que vimos en Hechos, donde normalmente solo se usa para hacer referencia a uno de los doce. También encaja con Hechos 12:17, donde Jacobo ya es uno de los líderes de la iglesia en Jerusalén, incluso antes de que Pedro se marche. Y aunque Pablo intenta minimizar la importancia de sus contactos con los apóstoles de Jerusalén, este periodo de dos semanas debió de ser crucial para aprender todo tipo de detalles sobre la fe cristiana y el Jesús histórico.24

Inicialmente, Gálatas 1:22–23 supone un problema porque Hechos 9:26–30 sugiere que Pablo había llegado a ser bastante conocido en Jerusalén y alrededores. Sin embargo, si miramos detenidamente, el pasaje de Hechos no dice cuántos apóstoles vio Pablo, y lo que hizo en Jerusalén fue hablar y debatir con los judíos helenistas (v. 29). Aparentemente pasó la mayor parte del tiempo con los amigos de antes, hablándoles de su nueva fe, y no tanto con los cristianos de la zona.25 Podríamos decir que aquí encontramos una importante lección para los nuevos creyentes. El momento inmediatamente después de la conversión es quizá el mejor momento de explicar a otros lo que ha ocurrido, pues con el paso del tiempo uno entra en la vida social del contexto eclesial y tiene menos amigos no creyentes.

La séptima forma en la que Pablo defiende su autoridad apostólica tiene que ver con su siguiente encuentro con los apóstoles en Jerusalén, cuatro años después (2:1–10). Esta vez el encuentro fue más largo, pero los apóstoles respaldaron su ministerio de predicar la salvación a los gentiles aparte de la observación de la ley mosaica. Esta vez Pablo tenía con él a su colaborador Tito, de origen griego y, aunque algunos judíos que profesaban ser cristianos estaban intentando convencer a Pablo de que Tito tenía que circuncidarse (v. 4), en este encuentro se decidió que no tenía por qué (v. 3). El versículo 2 podría sugerir que Pablo no estaba seguro de estar predicando el verdadero evangelio, pero eso no encaja de ninguna de las maneras con el espíritu del resto de la carta. Su temor a esforzarse en vano no tiene que ver con el temor a estar predicando un evangelio equivocado, sino fracasar en su intento de mantener el cristianismo libre de cualquier forma de legalismo.26

Los versículos 6 y 9 hablan de lo que los apóstoles de Jerusalén «parecían ser» o «de la reputación que tenían», que podría apuntar a que Pablo los está despreciando. Pero esa es una inferencia innecesaria y, de todos modos, el énfasis de este párrafo está en el acuerdo que alcanzaron.27 La división de la tarea que aparece en el versículo 9 suele sorprender a los lectores, puesto que tanto Pablo como Pedro ministraron a judíos y a gentiles. Probablemente se esté refiriendo a su público más habitual, pues Pablo ministró de forma más extensa a gentiles que a judíos y Pedro, Jacobo y Juan se centraron más en los judíos.28 A veces se le presta poca atención al versículo 10, un recordatorio de que el compromiso con los pobres, particularmente en círculos cristianos y más especialmente entre los necesitados de Judea, no es solo una preocupación de Lucas en el momento en el que escribió Hechos, sino que se remonta a las etapas más incipientes del cristianismo.



Pablo confronta a Pedro en Antioquía (2:11–14). La octava y última forma en la que Pablo defiende su apostolado nos introduce en un serio conflicto que había en la iglesia primitiva. Después de que Pedro acordara que la salvación era solo por gracia (al respaldar el mensaje de Pablo en los versículos 1–10), e incluso después de que reafirmara esa posición en Antioquía de Siria, llegaron de Jerusalén unos judaizantes ultraconservadores y lograron que Pedro se desdijera de su compromiso anterior (v. 11–13).29 El hecho de que estos individuos vinieran «de parte de Jacobo» (v. 12) no significa necesariamente que Jacobo los autorizara (recuérdese Hechos 15:24); puede que ellos se lo inventaran. Fuera como fuera, Pablo ve la deserción de Pedro como la más grande de las hipocresías, y lo confronta directamente (v. 14). Al parecer, Pedro no reconoció su error en aquel mismo momento, pues lo más lógico sería que de haber sido así, Pablo lo hubiera mencionado para respaldar su argumentación. Afortunadamente, para el Concilio Apostólico, Pedro ya había vuelto a sus convicciones anteriores (Hechos 15:10–11).30

DEFINICIÓN DE LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE EN LUGAR DE POR LA LEY (2:15–4:31)

Tesis: justificación por fe (2:15–21). Según dónde coloquemos las comillas que cierran las palabras que Pablo le dirigió a Pedro (después del 2:14 o del 2:21), 2:15–21 podría ser o bien la continuación de la respuesta que Pablo le da a Pedro, o bien el comentario que el mismo Pablo hace sobre el suceso en cuestión.31 Sea como sea, 2:15–21 es el párrafo donde encontramos la tesis central de la epístola. Recoge la forma en la que Pablo entiende el evangelio y sirve de transición hacia los capítulos 3 y 4, donde defenderá la definición que aquí aparece.

PABLO vs. LOS JUDAIZANTES


Judaizantes

Fe en Cristo + obras de la ley à justificación



Pablo

Fe en Cristo à justificación + obras del Espíritu

El término clave para Pablo en estos versículos es el verbo «justificar» (dikaio) y el sustantivo «justificación» (dikaiosune). La raíz de estas palabras proviene del léxico jurídico; en un juicio, la justificación hacía referencia a la absolución. Pablo está diciendo que es por la fe en Cristo,32 y no por las obras de la ley, como somos declarados «no culpables» de los pecados que hemos cometido (v. 16). Pero también habla de «Cristo…en mí» (v. 20), que le capacita para vivir el tipo de vida que antes era incapaz de vivir. Así que la justificación también tiene una dimensión moral o relacional.33 Podríamos comparar el concepto a un juez que primero paga la fianza por alguien que está sentenciado por un delito (o que cumple la pena de cárcel que le cae al delincuente) pero luego invita a la persona a la que ha puesto en libertad a vivir con él y con su familia como hijo adoptado (cf. 4:5–6).

Pero esta raíz también puede significar «justicia» o «hacer justo» [N. de la T. En inglés, «righteousness» o «make righteous»]. Por tanto, una comprensión completa de la justificación incluye ambas partes del debate de la era de la Reforma entre protestantes y católicos. Cuando aceptamos a Cristo, se nos imputa o atribuye su justicia. Pero a través del Espíritu que vive en nosotros también empezamos un proceso por el que nuestras vidas van siendo transformadas, de tal modo que también se nos imparte o da justicia.34 No solo se nos trata como si nunca hubiéramos pecado, sino que además, con el paso del tiempo, pecamos menos. En varios contextos, dikaiosune también tiene el sentido de «justicia» (N. de la T. En inglés, «justice»). A medida que los creyentes van creciendo en justicia o rectitud («righteousness»), deberían buscar la justicia («justice») para aquellos que están siendo tratados injustamente.35



El versículo 20 también habla de la crucifixión «con Cristo», por lo que «ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí». Si creer que uno puede pasar a ser cristiano sin que se dé una transformación moral es un error, el error opuesto es creer que el cristiano puede erradicar el pecado en su vida. Algunas teologías y psicologías pop a veces han enfatizado tanto la muerte definitiva representada por la crucifixión que caen en el peligro de comunicar que el creyente ya no tiene una naturaleza pecaminosa. Pero el mismo «yo», ese que ya no vive, aún vive gracias a que Cristo vive en «mí». En su contexto, el versículo 20 no habla de morir al pecado sino de morir a la ley (v. 19), o más concretamente, morir a los intentos de salvarse por las obras de la ley.36

Argumentos para defender la tesis de Pablo (3:1–18). El capítulo 3 presenta una serie de cuatro argumentos para defender la tesis de Pablo de que la justificación es por la fe y no por las obras de la ley. Primero, Pablo apela a la experiencia personal de los Gálatas, es decir, al tiempo en el que escucharon el evangelio por primera vez y fueron salvos (v. 1–5). El Espíritu Santo entró en sus vidas, y eso no fue gracias al esfuerzo humano, y ellos incluso estuvieron dispuestos a sufrir37 a causa de su fe (pero también fueron testigos de milagros). En Hechos 14:1–20 encontramos ejemplos tanto de ese sufrimiento como de esos milagros a los que aquí se hace referencia. Segundo, Pablo desarrolla un argumento a partir de la cronología de la historia judía: Abraham, el fundador de la nación, fue justificado por la fe y no por la ley como modelo para todos los gentiles que un día podrían llegar a ser salvos en Cristo (v. 6–9). Los pasajes que hablaban del plan de Dios para las naciones a través de los descendientes de Abraham y de su fe (Gn 12:3 y 15:6, respectivamente) aparecen antes de su famoso ejemplo de obediencia a Dios cuando le ordena que sacrifique a su hijo Isaac (cap. 22), que curiosamente se había convertido en el ejemplo que los judíos citaban para presentar a Abraham como modelo de alguien que hace buenas obras. Por tanto, Dios miró a Abraham y, por su fe, lo consideró justo; sus obras solo fueron una consecuencia de su fe.38



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