8 de pentecostés a patmos una introducción a los libros de hechos a apocalipsis



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PREGUNTAS


1. ¿Cuáles son las características únicas del libro de Hechos, y cuál es la importancia de éstas?
2. ¿Cuáles son los argumentos a favor y en contra de que Lucas es el autor de Hechos?
3. ¿Cuáles son los argumentos a favor y en contra de que Hechos es anterior al 70 d.C.?
4. ¿Qué podemos decir sobre los destinatarios del libro de Hechos?
5. ¿Qué podemos decir sobre el género de Hechos y cuál es su importancia?
6. ¿Cuáles parecen ser los tres propósitos principales de Hechos, y de qué modo condicionan nuestra interpretación del libro?
7. ¿Cuáles son los elementos textuales que nos permiten proponer varias estructuras del libro de Hechos?
8. ¿Qué características únicas encontramos al estudiar el texto y las fuentes de Hechos?
9. ¿Cuáles son las fechas más seguras en el libro de Hechos, y de qué forma nos ayudan a fechar el resto de acontecimientos?

COMENTARIO
LA MISIÓN CRISTIANA A LOS JUDÍOS (1:1–12:24)


LA IGLESIA EN JERUSALÉN (1:1–6:7)

Prefacio (1:1–5). El libro de Hechos empieza con un prefacio muy similar al del Evangelio de Lucas. En 1:1, Lucas se dirige al mismo patrón, Teófilo, y hace referencia a su obra anterior. Al decir «todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar», parece dar a entender que este segundo volumen refleja lo que Jesús continúa haciendo y enseñando en la iglesia a través del Espíritu Santo. Éste es el único libro de todo el Nuevo Testamento en el que se nos habla de las apariciones de Jesús después de la resurrección durante un periodo de cuarenta días (vv. 2–5). Podemos discernir, al menos, tres razones por las que Lucas incluyó este dato. En primer lugar, tienen un extraordinario valor apologético para demostrar la resurrección corporal de Jesús.46 En segundo lugar, tienen valor didáctico, porque Jesús usó ese tiempo para enseñar a los discípulos que todas las porciones representativas del Antiguo Testamento se cumplían en él (ver Lucas 24:25–27). Gran parte de la predicación cristiana temprana podría haber derivado de lo que los apóstoles aprendieron durante esos días. Y en tercer lugar, las apariciones tienen un valor profético, pues esbozan el programa de Dios para el futuro ministerio del Espíritu Santo.

Los discípulos no deben comenzar su ministerio inmediatamente, sino que deben esperar aquello que Juan el Bautista ya anunció: el bautismo del Espíritu Santo. Esta expresión se usa de muchas formas diferentes en las iglesias de hoy, pero si queremos ser fieles al uso bíblico de la terminología, la reservaremos para referirnos a la experiencia inicial del Espíritu en la vida de una persona. De las otras seis ocasiones en las que esta expresión aparece en el Nuevo Testamento, cinco de ellas (incluyendo la que estamos comentando) hacen referencia a la predicción de Juan el Bautista sobre el papel del Espíritu en el ministerio del Mesías que había de venir. Por tanto, hacen referencia a la primera inmersión en el poder del Espíritu de los seguidores de Jesús, y no a una «segunda bendición» posterior, por genuina e importante que esta última pueda ser para algunos creyentes. El otro uso de la expresión «el bautismo del Espíritu» aparece en 1a Corintios 12:13, donde Pablo habla de ella como una experiencia que todas las personas de la iglesia han tenido, incluyendo también, al parecer, los cristianos más inmaduros. Esto sugiere, de nuevo, que la expresión se refiere al momento de la conversión.47



Ascensión (1:6–11). La segunda sección introductoria de Hechos narra la ascensión de Cristo (vv. 6–11). Al parecer, los discípulos aún esperan que su Mesías reine sobre un reino terrenal de Israel (v. 6). Jesús no niega que eso vaya a ocurrir, pero en todo caso, ahora no es el momento. En cambio, habla de que cuando el Espíritu venga sobre los discípulos, ellos tendrán la tarea de llevar a cabo la Gran Comisión (vv. 7–8; cf. Mt 28:18–20). Este pasaje es una advertencia en contra de todas aquellas profecías que pretendan desvelar la hora del regreso de Cristo. En griego, los términos «hora y tiempo» (chronos y kairos) son dos palabras muy generales, por lo que aquí podría decir que ni siquiera podemos saber la generación en la que ocurrirá. El versículo 8 es un bosquejo en miniatura de lo que vendrá en el resto del libro. Ha inspirado a los cristianos de todas las épocas a empezar la evangelización en el lugar donde se encuentran, y de ahí, extenderse cada vez más hacia fuera.48

En los versículos 9–11, Jesús asciende al cielo. Esto no prueba que el cielo está ahí arriba en algún lugar del firmamento, sino que avisa a los discípulos de que las apariciones después de la resurrección han llegado a su fin. Como explican los ángeles, la Ascensión también revela la forma en la que Jesús volverá: de forma pública, visible, en las nubes del cielo (cf. Mt 24:24–27; Mr 14:62). Para Jesús mismo, la Ascensión es la señal de que ha completado la obra de salvación, y por eso regresa al lado del Padre celestial.49



Esperando al Espíritu Santo (1:12–26). El resto del capítulo 1 describe a la espera de los discípulos, que aguardan la llegada del Espíritu. Los versículos 12–14 nos muestran a unos discípulos que obedecen lo recogido en el versículo 4, y destaca su unidad.50 El versículo 15 nos dice cuántos eran; y es interesante constatar que en el judaísmo, con 120 personas se podía constituir una comunidad legítima e independiente.51 Con un espíritu de oración, en lugar de actuar precipitadamente, Pedro dirige a la congregación para elegir al sustituto de Judas. Los versículos 18–19 explican la forma en la que Judas se quitó la vida. Mateo 27:3–10 parece dar una versión bastante diferente de su muerte, pero se pueden armonizar. La cuerda con la que se colgó del árbol pudo romperse, con lo que el cuerpo podría haber caído sobre una roca, y también podría ser que los dueños del terreno que los sacerdotes compraron entendieran que lo compraban de parte de Judas.52

Más importante aún, Pedro cita dos salmos en los que David contiende contra un enemigo (69:25; 109:8), dando por sentado que aquello apuntaba a lo que se acaba de cumplir en el primer siglo (vv. 16–17, 20). Por tanto, el grupo debe elegir a alguien que sustituya a Judas. Aunque este pasaje se convirtió en la base de la doctrina de la sucesión apostólica en la iglesia primitiva, en ningún otro lugar de la Biblia se describe la sustitución de ninguno de los doce. Sobre todo, cuando Jacobo, el hermano de Juan, murió asesinado (Hechos 12:2), no hay ningún indicio de que buscaran a alguien para ocupar su lugar. Al parecer, para el liderazgo de la iglesia incipiente era importante ser doce en los inicios —aunque no a lo largo de su historia—, como símbolo de que la iglesia era el verdadero Israel, aunque no a lo largo de su historia. Al principio, en su fase totalmente judía, la iglesia se ha convertido en el nuevo o el verdadero Israel.53

Los criterios para elegir al nuevo apóstol son reveladores (vv. 21–22): debe ser alguien de entre el grupo de los seguidores de Jesús desde los días de Juan el Bautista, y debe ser un testigo de la resurrección. Claramente, según esta definición de apóstol, este oficio o cargo solo pudo existir en el siglo I. Por otro lado, Pablo usará esta palabra en su lista de dones espirituales como una de las formas que Dios otorga a su pueblo en todas las épocas (ver la p. 221). La manera en la que se elige entre los dos candidatos es más fascinante aún (vv. 23–26). Como ocurre a menudo en el Antiguo Testamento, echaron suertes. ¿Significa eso que los creyentes de hoy deberían utilizar ese método para conocer la voluntad de Dios? Probablemente no. Ese método no se vuelve a utilizar en todo el Nuevo Testamento, y «la llegada del Espíritu pronto daría a la iglesia una guía para conocer la voluntad de Dios mucho más segura».54 A la vez, en el texto de Lucas no hay nada que sugiera que los discípulos no deberían haber usado aquel método. Aunque a veces se argumenta que ya no volvemos a oír de Matías, y que Pablo fue realmente el apóstol número doce, no hay que olvidar que, aparte de Pedro y Juan, el resto del libro no vuelve a mencionar a ninguno de los doce.55

Pentecostés (2:1–41). Hechos 2 recoge un suceso de suma importancia. Pentecostés completa la secuencia de sucesos que empezó con la muerte de Cristo, y que incluye la Resurrección y la Ascensión. Ahora, Dios va a derramar su Espíritu sobre todos sus hijos. En el Antiguo Testamento, el Espíritu Santo descendía sobre algunos israelitas de forma temporal para realizar hazañas poderosas; ahora, vivirá de forma permanente en todos los creyentes. Ocurre durante la fiesta de la cosecha celebrada cincuenta días después de la Pascua (Lv 23:15–22). Ya durante el periodo intertestamentario, los judíos habían decidido que esta fiesta marcaba el momento en el que recibieron la Ley en el Sinaí (Jub. 1:1). Por tanto, era lógico que, del mismo modo en que el primer pacto se estableció con señales y maravillas, el segundo pacto también viniera acompañado de un acontecimiento espectacular. Además, aunque Dios confundió las lenguas de los habitantes de la tierra en la torre de Babel (Gn 11), aquí empieza a deshacer esa confusión.

No está claro lo que ocurrió exactamente cuando el Espíritu descendió sobre los discípulos (vv. 1–4). Lucas usa símiles para explicar que hubo un sonido «como» el de un fuerte viento (en hebreo y en griego es la misma palabra que se usa para espíritu) y lenguas «como» de fuego (el símbolo del juicio divino en el Antiguo Testamento). Milagrosamente, todo visitante judío de otras partes del Imperio donde no se hablaba griego oyó a los apóstoles hablar en su propio idioma (vv. 5–12).56 Este milagro casi no era necesario porque todo el mundo sabía suficiente griego como para comunicarse y para participar de las fiestas. Además, a continuación, Pedro se dirige a la multitud, para explicar el fenómeno que acaban de experimentar, y lo hace en griego. Lo que el milagro hace es ofrecer una confirmación espectacular del origen divino y de la veracidad del mensaje de los discípulos. Aquí, Lucas también usa la expresión «lleno del Espíritu» que, para él, es diferente al bautismo del Espíritu. Mientras que el bautismo solo tiene lugar una vez, en el momento de la conversión, el creyente puede ser llenado una y otra vez, es decir, recibir poder para dar testimonio o cualquier otro servicio (p. ej., Lc 1:15, 41, 67; Hch 2:4; 4:8, 31; 9:17; 13:9).57

El primer sermón de Pedro (vv. 14–41) empieza con una interpretación de este primer ejemplo de hablar en lenguas a la luz de la profecía de Joel 2:28–32. Pero lo que en el Antiguo Testamento ocurriría «después» (Jl 2:28), Pedro dice que está ocurriendo «en los últimos días» (Hch 2:17). El Nuevo Testamento afirma que los últimos días empezaron o el final de los tiempos empezó con la primera venida de Cristo. Y con el derramamiento del Espíritu Santo, Dios da dones a su pueblo (vv. 17–18). Las señales cósmicas que Joel predijo (vv. 19–20) se pueden tomar de forma figurada y pensar que se cumplieron en la crucifixión (recordemos el eclipse de sol en Lc 23:45) o se pueden entender como algo que aún no ha ocurrido.58 Sea como sea, Lucas quiere citar a Joel hasta llegar a la promesa final: «Y todo el que invoque el nombre del Señor será salvo» (v. 21). Ésta es la primera pista en Hechos de que los discípulos entienden que el Evangelio también llegará a los gentiles. Los versículos 22–36 forman el cuerpo de este sermón de Pedro, que está construido siguiendo un argumento lógico. Si los últimos días han llegado, entonces, el Mesías ya había aparecido. Jesús era el Mesías (vv. 22–24). Y lo demuestra extrayendo evidencias de las mismas Escrituras hebreas. El Salmo 16:8–11 (vv. 25–28) parece sugerir que David estaba hablando de sí mismo, pero está claro que él no era inmortal. Sabiendo que Dios había prometido poner a sus descendientes en el trono judío para siempre (2S 7:12–16), David profetiza sobre el Mesías que había de venir, creyendo que la muerte no le iba a vencer (ver esp. v. 31).59 En cuanto al Salmo 110:1 (vv. 34–35), Jesús mismo ya había interpretado que este texto se refería a su rol mesiánico (Mr 12:35–37). Por tanto, no hay otra conclusión posible: Dios ha resucitado a Jesús, y lo ha puesto en algo, dándole la misma posición celestial que ya había ocupado. Y por eso, además del título de «Cristo» (Mesías), Dios le otorga el de «Señor» (v. 36).60

El sermón de Pedro dejó a su audiencia realmente conmovida, lo que le llevó a hacer lo que se ha llamado la primera «invitación evangelística» de la historia de la predicación cristiana (vv. 37–41). Pedro menciona dos cosas que sus oyentes deben hacer (arrepentirse y bautizarse) y hace dos promesas sobre lo que recibirán (perdón y el regalo del Espíritu Santo). Podríamos hablar de estos cuatro elementos como el «conjunto pentecostal» porque, tanto aquí como a lo largo de la mayor parte del Nuevo Testamento, están considerados como una unidad. Habrá en el libro de Hechos tres excepciones, que trataremos en su debido momento. Por el momento, vamos a definir cada uno de ellos. El arrepentimiento, como ocurre repetidamente en las Escrituras, no se refiere solamente a la tristeza por el pecado, si no a un cambio de conducta. El bautismo de agua, bien conocido por los judíos pues ya lo practicaban con los conversos al judaísmo y también por el ministerio de Juan el Bautista, era una señal externa y testimonio del cambio interior que Dios había iniciado en la persona.61 El hecho de que el bautismo se tenía que hacer en el nombre de Jesucristo no contradice el texto de la Gran Comisión, donde aparece una fórmula trinitaria (Mt 28:19). De hecho, eso nos dice que en aquel momento de la historia de la iglesia no había una fórmula exacta que debiera recitarse.

A primera vista, podría parecer que Pedro dice que el bautismo de agua es necesario para recibir el perdón de pecados, pero eso es contrario a muchos textos que hablan de la salvación solo por la gracia. Incluso en el capítulo 3, en su siguiente sermón, Pedro habla del arrepentimiento sin mencionar el Bautismo (v. 19). Probablemente, el versículo 38 forma un quiasmo (A. B. B. A.), en el que el arrepentimiento está relacionado con el perdón, y el Bautismo, con el nombre de Jesús.62 «El don del Espíritu Santo» no se refiere a un don espiritual específico, a diferencia de la lista paulina de los charismata (enseñanza, profecía, generosidad, etc.). Aquí tenemos un genitivo explicativo o aposicional: el don es el Espíritu mismo. Como en el versículo 22, Pedro enfatiza de nuevo que su ofrecimiento es para todos, «para vosotros y para vuestros hijos» (v. 39), es decir, aquella generación de judíos y su descendencia, y también para «los que están lejos», expresión que podría incluir a los gentiles.

Todo en común (2:42–47). El último párrafo de Hechos 2 describe la organización inicial de aquellos que respondieron la invitación de Pedro y se unieron a los 120 (vv. 42–47). El versículo 42 se suele citar como la descripción más antigua de los cuatro elementos de la adoración cristiana, los cuatro elementos que deberían caracterizar a la iglesia de cualquier época y cualquier lugar: la predicación o la enseñanza de la Palabra de Dios, la comunión, la celebración de la Santa Cena (o Eucaristía), y la oración. Y en los versículos del 43 al 47 se nos dice de forma más detallada cuál es el significado de la comunión, que es más que una simple conversación durante la comida. Implica compartir, poner todo en común, sobre todo las posesiones materiales.63 Los tiempos imperfectos que aparecen en estos versículos sugieren un proceso, es decir, que no se pasó de repente a una renuncia total y absoluta de los bienes personales. No tenemos aquí el sistema moderno del comunismo contemporáneo, que es ateo y coercitivo. Los discípulos hicieron un fondo común de recursos por amor a Dios y por amor los unos a los otros, de una forma totalmente voluntaria. A la vez, el versículo 45 nos ofrece el fundamento de la primera mitad del famoso manifiesto de Marx: «a todos según la necesidad de cada uno». La otra mitad también aparece en Hechos: en 11:29 (ver el comentario más adelante, 60).

¡Los hijos de Dios deberían compartir sus recursos con los pobres y los necesitados que haya entre ellos! Está claro que de este párrafo no se puede extraer que estas prácticas fueran incorrectas (lo que algunos argumentan, basándose en que la pobreza posterior de la iglesia se podría haber evitado si los creyentes no lo hubieran dado todo al principio). Lucas, como narrador, deja claro que Dios aprueba este tipo de organización, haciendo hincapié en que Dios «añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos».64





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