8 de pentecostés a patmos una introducción a los libros de hechos a apocalipsis



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GÉNERO Y ESTRUCTURA


A la vez, Pablo también se presenta a sí mismo y el mensaje que Dios le ha confiado dando la exposición del evangelio más completa y sistemática de todas sus cartas. Esto encaja con el hecho de que estaba escribiendo a una iglesia que aún no había escuchado de forma personal su explicación y comprensión de las buenas nuevas de Jesucristo. En cuanto al género de esta epístola, quizá la mejor forma de entenderla es como una carta con la función de hacer de embajador escrita para preparar el camino para la visita que Pablo esperaba hacerles.8 Más que en sus otras cartas, Pablo también usa la diatriba, contentando posibles objeciones de unos interlocutores imaginarios, aunque este género no sirve para explicar toda la carta.9 Pero sí ha servido para ofrecernos la forma retórica deliberativa más clara de todos los escritos paulinos.10

La estructura de la epístola encaja bien, al igual que las demás cartas de Pablo, en el paradigma de epístola helenista. Dado que no tenía conocimiento de primera mano sobre la iglesia, y sin negar los énfasis unificadores que acabamos de mencionar, ésta es su epístola menos específica o «situacional», por lo que no tiene ninguna necesidad de desviarse de la estructura estándar para tratar situaciones particulares de la iglesia a la que escribe. Por tanto, empieza con los saludos iniciales (1:1–7), y con la gratitud (1:8–15) que siempre precede al cuerpo de la carta. Una clara tesis da comienzo a la sección más extensa de la estructura, describiendo la disponibilidad de la justicia de Dios por la fe tanto para judíos como para gentiles (1:16–17). Las subdivisiones de esta sección tienen que ver lógicamente con los principales elementos teológicos del mensaje del evangelio: desde el pecado universal de la humanidad, pasando por la justificación por la fe en Cristo que se nos ofrece a través de las buenas nuevas, hasta el proceso de santificación por medio del Espíritu que dura toda la vida (1:18–8:39).

Lo que algunos han visto como una digresión sobre el estado de Israel en 9:1–11:36, de hecho es una parte central de la carta, dada la necesidad de reunificar a los judíos y a los gentiles de la iglesia. La parte informativa de la carta llega a su fin y empieza un apartado sobre las implicaciones éticas del evangelio (12:1–15:13). Esta sección se corresponde con el material exhortativo que a veces aparece al final del cuerpo de la carta helenista. Por último, Pablo explica sus planes de viaje y añade la lista más larga de saludos finales de todas sus cartas (15:14–16:27). Cuando lleguemos a estos versículos en cuestión trataremos el debate sobre la autenticidad del capítulo 16 y sobre las variantes textuales que difieren en cuanto a dónde acababa la carta original.

En cuanto a este esquema, quizá el único desacuerdo importante entre los comentaristas es el que tiene que ver con el capítulo 5. Tradicionalmente se ha interpretando como una parte que presentaba los resultados de la justificación y que por tanto pertenecía a la sección compuesta por 3:12–4:25.11 Entre comentaristas recientes, la tendencia la sido verlo como una introducción al proceso de la santificación hacia la glorificación que encontramos en los capítulos 6–8.12 Sin duda alguna, el capítulo es una transición, e incluso sería posible hacer la división entre las dos subsecciones principales después de 5:11,13 pero la división tradicional sigue pareciendo la opción más preferible.14 El esquema que seguiremos es el siguiente:

I. Introducción (1:1–15)

A. Saludos (1:1–7)

B. Acción de gracias (1:8–15)

II. La exposición teológica del evangelio (1:16–11:36)

A. La tesis de la carta: la justicia por la fe para los judíos y los gentiles (1:16–17)

B. El pecado universal de la humanidad (1:18–3:20)

1. Los pecados característicos de los gentiles (1:18–32)

2. Evitando la satisfacción de los judíos (2:1–3:8)

3. Las Escrituras respaldan que toda la humanidad ha pecado (3:9–20)

C. La justificación por la fe (3:21–5:21)

1. Elaboración de la tesis (3:21–31)

2. El ejemplo de Abraham (4:1–25)

3. Los resultados de la justificación (5:1–21)

D. La santificación por medio del Espíritu (6:1–8:39)

1. Libertad del pecado (6:1–23)

2. Libertad de la ley (7:1–25)

3. Libertad de la muerte (8:1–39)

E. El estatus de Israel (9:1–11:36)

1. La frecuente desobediencia de Israel y sus consecuencias (9:1–29)

2. El error, y cómo remediarlo (9:30–10:21)

3. El futuro de Israel (11:1–36)

III. Las implicaciones éticas del evangelio (12:1–15:13)

A. El principio básico (12:1–2)

B. El uso de tus dones (12:3–8)

C. El uso de los dones en amor (12:9–13:14)

D. La tolerancia cristiana (14:1–15:13)

IV. Conclusión (15:14–16:27)

A. Planes de viaje (15:14–33)



B. Saludos finales (16:1–27)

COMENTARIO


INTRODUCCIÓN (1:1–15)

Saludos (1:1–7). Hemos dicho que ésta es la carta más detallada y teológica de Pablo, y coincidiendo con eso, el apóstol la empieza con una sección de saludos más rica y más completa que las de las demás cartas. En los saludos incluye información importante sobre su Maestro (Jesús como hombre y como Dios, vv. 3–4), su misión (el apóstol del mundo gentil, cuya capital es Roma, v. 5a) y su mensaje («la obediencia que viene de la fe», 5b, una declaración clave para entender lo que más adelante enseñará sobre las buenas obras).15 También anticipa la instrucción más completa que hará sobre la relación entre la ley y el evangelio (la primera predijo el segundo, v. 2) y la importancia de la resurrección. Jesús no se convirtió en un ser divino después de resucitar de los muertos (la perspectiva conocida como adopcionismo), sino que fue designado «Hijo de Dios en poder» (así es el orden de las palabras en el texto griego; v. 4) por la resurrección. Su victoria sobre la tumba mostró su poder y su divinidad (su condición como Hijo de Dios) de un modo que su encarnación no había mostrado. La descripción que ofrece este párrafo introductorio, donde se nos habla de Dios Hijo que anuncia las buenas nuevas de salvación («el evangelio de Dios») y que además es rey («descendiente de David»), debió de caer como un desafío al Emperador, que se creía dios y rey.16

Acción de gracias (1:8–15). La acostumbrada oración de gratitud apenas guarda la forma de una oración (tan solo en el v. 8 y 10b). Su gratitud porque la fe de los romanos está llegando a todo el Imperio le lleva de inmediato a explicar su propio llamamiento a predicar por todo el mundo gentil y su deseo de ir a Roma para cumplir con ese objetivo (vv. 9–15). También anuncia que él y la iglesia se pueden animar mutuamente (vv. 11–12), ánimo que podría incluir el apoyo económico para su viaje a Occidente (15:24). No podemos saber qué ha impedido que Pablo fuera a Roma antes (1:13–14); quizá tan solo las necesidades de las iglesias que había establecido más al Este. No obstante, consciente de que Roma es el centro del mundo gentil, no estará contento hasta que pueda predicar allí también (v. 15). Aunque el versículo 14 nos recuerda que en cuanto a la evangelización, no se olvida de sus compatriotas judíos. Las referencias a «cultos» e «incultos» o «instruidos» e «ignorantes» nos recuerdan a las etiquetas que aparecen en 1a Corintios 1:20–25. A diferencia de las oraciones de las otras cartas, esta «oración» / transición al cuerpo de la carta no sirve tanto para introducir temas clave de la epístola, sino más bien para establecer una relación afectuosa con una congregación a la que Pablo aún no conoce.17

LA EXPOSICIÓN TEOLÓGICA DEL EVANGELIO (1:16–11:36)

La tesis de la carta: la justicia por la fe para los judíos y los gentiles (1:16–17). En dos versículos muy breves Pablo presenta la esencia del evangelio. A diferencia del nacionalismo judío típico de la época, su mensaje está dirigido a todos los grupos étnicos, pero teniendo en cuenta que los judíos son el pueblo escogido por Dios y que deben ser los primeros en tener la oportunidad para responder (v. 16). A diferencia del énfasis típicamente judío en las obras de la ley, Pablo define la justicia o rectitud como algo que Dios da y que solo se recibe por la fe (v. 17). La reivindicación de Martín Lutero en época de la Reforma Protestante incluía el reconocimiento de que «la justicia de Dios» no solo hacía referencia a un atributo de Dios, sino que también era un don que Él concedía a los que creían (cf. 3:22). No obstante, la «fe» en la cita de Habacuc (v. 17b; cf. Hab 2:4) también implica «fidelidad», por lo que las palabras de Pablo no quitan valor a las buenas obras como respuesta adecuada ante el regalo de Dios (recuérdese 1:5).18

El pecado universal de la humanidad (1:18–3:20). Antes de poder apreciar el valor de la salvación, uno tiene que entender y reconocer que necesita un Salvador. Por tanto, aunque Pablo tiene mucho más que decir sobre los conceptos que aparecen en los versículos 16–17 (ver esp. 3:21–31), en primer lugar tiene que dejar claro el hecho de que todos los seres humanos, sin Jesús, están espiritualmente muertos en sus pecados. La maravillosa promesa de que la justicia de Dios está siendo revelada se debe contrarrestar con el hecho soberano de que su ira también está siendo revelada contra todo pecado, y por tanto contra toda persona que se ha negado a reconocer al verdadero Dios del Universo y a aceptar el perdón de sus pecados (v. 18).

Los pecados característicos de los gentiles (1:18–32). Pablo primero demuestra su idea hablando del mundo gentil. El catálogo de pecados que aparece en esta sección se acerca mucho a la percepción típica judía de las trasgresiones de la cultura grecorromana19 (las cuales, claro está, los judíos que no valoraban su tradición imitaban de forma ocasional).20 Los versículos 18–20 argumentan que también los que no tienen la ley judía deben rendir cuentas por sus pecados porque conocen la verdad de Dios a través de lo que los teólogos han llamado la revelación general.21 Pueden saber que Dios existe por el orden y el diseño de la creación (lo que los filósofos de hoy llaman el argumento teológico a favor de la existencia de Dios). Eso no significa que todo el mundo reconoce a Dios, porque la humanidad por causa de su maldad ha suprimido esa verdad. Pero la lógica resulta convincente incluso entre los incrédulos, por lo que el juicio de Dios sigue siendo justo.22

Los versículos 21–23 revelan la esencia de la rebelión humana como idolatría. A lo largo de la historia, no todos los idólatras han adorado réplicas literales de animales o personas (como en el v. 23). Pero toda la idolatría tiene que ver con la adoración de cosas creadas en lugar de la adoración al Creador (v. 25). En tres ocasiones, Pablo describe que la respuesta de Dios es entregar a esa gente a sus deseos pecaminosos (vv. 24, 26, 28), una elaboración de cómo Dios revela su ira. Como C. S. Lewis expresó de forma memorable: «Al final solo hay dos tipos de persona: las que dicen a Dios “que se haga tu voluntad”; y aquellas a las que Dios dice…“que se haga tu voluntad”».23 La ira de Dios no es la rabia vengativa que a menudo asociamos con la ira o el enfado humano, sino la expresión justa de su amor que no viola la libre elección de las personas cuando éstas eligen el mal y no se arrepienten de ello.

La idolatría normalmente lleva a la inmoralidad, sobre todo en el terreno sexual. Por tanto, no sorprende que Pablo presente el pecado sexual como la «expresión por excelencia» de la rebelión humana (vv. 24–27). Curiosamente, los pecados heterosexuales y homosexuales se mencionan por igual (vv. 24, 26–27), y ninguno de ellos se describe como peor que el otro. Dada la situación actual en la que la relación homosexual está bien vista, los versículos 26–27 se han estudiado muy a fondo. Numerosos escritores han dicho que aquí solo se está haciendo referencia a algunas formas de la práctica homosexual, como por ejemplo la «prostitución sagrada» que se llevaba a cabo en algunos templos grecorromanos y la pederastia (la relación de un adulto con chicos adolescentes común entre los grecorromanos). Pero, aunque en otros pasajes bíblicos se usan términos que son más precisos, aquí la terminología es demasiado general. Pablo está hablando simplemente de deseos deshonrosos (NVI: «pasiones vergonzosas»), uso (o relación) natural y uso vergonzoso (NVI: «actos indecentes»).

Algunos han argumentado que, para el homosexual, las «relaciones naturales» hacen referencia a personas del mismo sexo; para ellos, lo que sería contra natura es la conducta heterosexual. Pero eso es interpretar el vocabulario antiguo a través de un sesgo moderno. La mayoría de la conducta homosexual en tiempos de Pablo debería describirse como bisexual, dado que los hombres que tenían relaciones con chicos normalmente las tenían por un breve periodo de tiempo, previo al matrimonio heterosexual, mientras que las prostitutas prestaban sus servicios según las preferencias de los «adoradores», fueran del sexo que fueran. Además, el término que aquí traducimos por «natural» (gr. phusis), en la literatura paulina siempre significa, casi sin excepción y debido a su trasfondo judío, «la forma en la que Dios creó las cosas»; y la literatura veterotestamentaria y la intertestamentaria judía estaban de acuerdo en que la homosexualidad violaba el orden creado. Una exégesis responsable no tiene más elección que concluir que las relaciones sexuales gay y lesbianas siempre contravienen la voluntad de Dios.24

No obstante, no podemos quedarnos con los árboles y perder de vista el bosque. La idea general de esta sección no es confeccionar una jerarquía de pecados ordenándolos de mayor a menor, sino demostrar que todos han pecado. Los versículos 29–31 cubren todas las áreas de la maldad humana, incluyendo transgresiones «leves» como la avaricia, la calumnia y la arrogancia. No hay nadie que pueda leer esta «lista de vicios» y creerse que puede empezar a señalar a otros; en la vida de todas las personas hay suficiente trabajo que hacer. En el mundo occidental contemporáneo en el que muchos evangélicos tienen como prioridad combatir el estilo de vida gay, los cristianos deberíamos dedicar más energía mostrando el amor de Cristo a aquellos que se sienten rechazados y odiados. Jesús se relacionó con los pecadores transmitiendo amor y compasión, y una clara opinión sobre su conducta, y esas dos actitudes son las que deberían caracterizar también nuestras relaciones.

El versículo 32 cierra esta sección con una razón más por la que los pecadores deben rendir cuentas ante Dios: todas las personas tienen una conciencia moral y saben que la violan. Los filósofos han llamado a esta realidad el argumento moral de la existencia de Dios. O como Mark Twain dijo: ¡los seres humanos son los únicos animales que se sonrojan! Los antropólogos han demostrado que la lista de conductas malvadas no es igual en todas las culturas. Pero eso no es lo que Pablo está discutiendo. Según el apóstol, todos los grupos étnicos que ha habido creen que algunas acciones son malvadas (de ahí la expresión «tales cosas», que no es específica sino abierta). Pero las ideologías ateas no tienen una explicación satisfactoria para describir la forma en la que unas criaturas amorales han evolucionado hasta convertirse en seres con un profundo sentido del bien y del mal. La única explicación posible es que exista un Creador que ha creado una vida a su propia imagen a la que ha infundido esos valores.25



Evitando la satisfacción de los judíos (2:1–3:8). Los judíos cristianos en Roma seguro que estaban completamente de acuerdo con todo lo que Pablo había escrito hasta ahora. Sí, muchos gentiles se comportan exactamente como Pablo ha descrito, debían pensar en su interior. Pero de repente el apóstol les confronta de forma directa. En esta sección deja claro que los judíos son igualmente culpables de violar la ley que Dios les ha dado, y por lo tanto también son pecadores y también deben rendir cuentas ante Dios. No está del todo claro si Pablo ya está hablando explícitamente de los judíos en el versículo 1, dado que se está dirigiendo solamente a los que juzgan a los demás. Pero cuando llegamos al versículo 17 es evidente que el apóstol está contrastando las actitudes y la conducta de los judíos con las de los gentiles. Sea como sea, la cuestión es que aquellos que han tenido acceso a la voluntad revelada de Dios no tienen más privilegios que los demás una vez violan dicha voluntad. Y en 3:9–20, Pablo aclara que tarde o temprano todas las personas fracasan en su intento por cumplir la porción de ley divina que sí han entendido. Por tanto, todo juicio que emitamos juega en nuestra contra, pues en última instancia nadie va a escapar del juicio de Dios (2:1–4).26

Los versículos 2:5–16 a primera vista parecen no encajar en la argumentación. La idea central sigue siendo la misma que en 1:18–32: todos pecan y merecen condenación (v. 12). Pero en los versículos 6–11 y 13–16 parece que Pablo cree que algunas personas pueden alcanzar la vida eterna haciendo el bien, mientras que los que andan por caminos de maldad son rechazados por Dios. La misma tensión vuelve a aparecer en los versículos 17–29. Los versículos 17–24 reiteran la hipocresía de condenar a los que incumplen la ley, dado que no hay quien la cumpla de forma perfecta. Pero luego los versículos 25–29 de nuevo parecen apuntar a que hay dos categorías de personas: los que guardan la ley, y los que no guardan la ley. ¿Cómo explicamos esta aparente anomalía?

A lo largo de la historia de la iglesia ha habido tres acercamientos a esta cuestión. (1) Pablo está hablando de forma hipotética; de hecho, no hay nadie que cumpla la ley de forma perfecta, por lo que nadie alcanza la salvación por las obras de la ley (p. ej., Martín Lutero). (2) Los que «perseverando en las buenas obras, buscan gloria, honor e inmortalidad» (v. 7) reciben vida eterna, son cristianos cuyas buenas obras demuestran su fe en Jesús (p. ej, Agustín de Hipona). (3) Se trata de los judíos antes del inicio del cristianismo que, aunque seguían el pacto mosaico, no creían que sus buenas obras eran las que les abrían el camino a Dios. Reconocían su pecaminosidad y ofrecían los sacrificios establecidos para recibir el perdón de Dios, confiando en que Él les iba a conceder dicho perdón (p. ej., John Wesley).

La primera de esas tres opciones constituye una de las principales verdades cristianas, pero es poco probable que sea eso lo que Pablo quiere decir aquí. Después de todo, en los versículos 27 y 29 dice de forma explícita que los que están obedeciendo la ley, aunque sean incircuncisos, son judíos interiormente, llenos del Espíritu Santo. Esta hipótesis suena como algo muy probable. La segunda opción encaja a la perfección con los versículos 25–29, pero no encaja con 2:14, donde los gentiles «que no tienen la ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige».27 Los cristianos no obedecen la ley por una capacidad innata; y, una vez se convierten, tienen la ley. La tercera posición es la que mejor encaja con todo el contexto, puesto que 1:18–3:20 está intentando demostrar que todos han pecado antes de la venida de Cristo (cf. la transición de 3:20 a 3:21). En esta sección no hay otros versículos que sugieran que Pablo ya ha empezado a referirse a los que han aceptado la salvación que hay en Jesús. Y en tiempos del Antiguo Testamento ya había judíos auténticos y judíos falsos, en función de si el Espíritu de Dios había obrado en sus vidas o no.

Pero entonces, ¿qué ocurre con los incircuncisos de los versículos 26–27? ¿Y qué de los gentiles que no tienen la ley de los que habla el versículo 14? Ese grupo debía incluir, al menos, a los no judíos de tiempos pre–cristianos que adoraban al Dios de Israel aunque no conocían la revelación de Dios a Abraham y a sus descendientes. Pensamos, por ejemplo, en Melquisedeq, Job y Naamán.

El destino de aquellos que no han escuchado el evangelio es un interrogante teológico que ha desvelado a un sinfín de cristianos a lo largo de toda la historia de la iglesia. Entre los cristianos evangélicos no ha surgido una posición ortodoxa.28 Algunos han argumentado que dado que todos han pecado y que la pena por el pecado es el castigo eterno, los que no oyen el evangelio quedan perdidos de forma automática; otros, que Dios se puede manifestar de forma más directa a algunas personas que le buscan; y otros, que Dios juzgará a la gente según la luz que hayan recibido. El texto que suelen citar los que defienden esta última idea es Romanos 2:14–16. Sir Norman Anderson, que durante años fue el erudito evangélico más prominente en el campo de las religiones del mundo, escribió:

¿No podría esto llevarnos hacia la solución del problema de las personas de otras religiones que nunca han oído, o que nunca han oído con entendimiento, del Salvador? Claro está que no pueden ganar la salvación a través de su devoción religiosa o de sus logros morales, por grandes que estos sean, pues el Nuevo Testamento deja claro que nadie puede ganarse la salvación. ¿Pero qué ocurre si el Espíritu de Dios les convence, como Él solo puede hacerlo, de parte de su pecado y necesidad; y qué ocurre si les permite, en su oscuridad, que de algún modo se entreguen a la misericordia de Dios y clamen pidiéndole su perdón y la salvación? ¿No serán entonces aceptados y perdonados en el único Salvador?29

Sin embargo, aun si Anderson tuviera razón, el estudio de las principales ideologías no cristianas del mundo nos demuestra que no hay mucha gente que vaya a seguir ese camino; además, no tenemos modo alguno de saber si eso se da o no, por lo que la Gran Comisión sigue siendo tan urgente como siempre. De hecho, es precisamente la evangelización (dado el número de personas que rechazan el cristianismo porque creen que tienen que aceptar la enseñanza aparentemente injusta de que Dios condenará a las personas que no acepten un mensaje del que nunca han oído) la que hace que sea crucial que todos los creyentes estudien y traten este tema de forma cuidadosa y que sean capaces de dar razones por las que adoptan la posición que adoptan.30

Después de destacar que los judíos son tan culpables como los gentiles, Pablo se anticipa y trata una posible objeción. Entonces, ¿ya no hay ninguna ventaja por ser judío? Claro que las hay. La cultura judía, centrada en las Escrituras judías, es para muchas el instrumento que les lleva a la fe (vv. 2–4). Los que no tienen fe ensalzan de forma inconsciente la gracia de Dios que salva a los que sí tienen fe, aunque eso no justifica el pecar de forma deliberada (vv. 5–9). Pablo desarrolla esta idea en 5:20–6:4, quizá porque sabía que algunos estaban adoptando ese razonamiento.

Las Escrituras respaldan que toda la humanidad ha pecado (3:9–20). El apóstol cierra su defensa de que tanto los gentiles como los judíos han pecado y están separados de la gloria de Dios citando toda una artillería de textos del Antiguo Testamento. De nuevo, como ya vimos al comentar Gálatas 3, eso no significa que la gente del judaísmo pre–cristiano no fuera salva. Todo el sistema de sacrificios fue creado para ofrecer el perdón de pecados de forma temporal. Lo que significa es que antes de la llegada de Jesús, el pueblo de Dios conocía su situación y sabía que la única forma de reconciliarse con Dios era a través de los medios que Él ofrecía. No había nadie que cumpliera la ley de forma perfecta, por lo que nadie podía salvarse por las obras de la ley (v. 20). La salvación, incluso en tiempos del Antiguo Testamento, venía a través de la fe en las promesas de Dios (recuérdese Gá 3:6–7).31

La justificación por la fe (3:21–5:21). Elaboración de la tesis (3:21–31). Sin embargo, con la venida de Cristo, Dios ha provisto de una solución permanente y definitiva para el problema del pecado de la humanidad. De nuevo como en Gálatas, Pablo resume esta solución como la justificación por la fe. Los versículos 3:21–31 recogen de forma condensada este principio clave. La justicia de Dios, imputada a los creyentes, está a nuestro alcance solo a través de la propiciación de Cristo. El creyente se la puede apropiar a través de la fe en Jesús,32 y no a través de las obras de la ley; aunque los cristianos no rechazan las Escrituras hebreas porque éstas apuntan a las verdades teológicas que acabamos de mencionar y porque una vida de fe supone el cumplimiento del significado de la ley en la dispensación cristiana (vv. 21–22, 27–31). El problema del pecado es que nos descalifica ante la gloria de Dios, por lo que ya no podemos estar en su presencia (v. 23). Por eso, necesitamos que sea Dios el que abra el camino a la salvación. Por su misericordia, eso es lo que ha hecho al enviar a Jesús y, a la vez, también ha demostrado su justicia porque continúa perdonando los pecados pero para ello ha realizado un sacrificio definitivo y completo (v. 24–26).

Ya hemos visto que la «justificación» como metáfora de nuestra salvación proviene del ámbito jurídico, haciendo referencia a un culpable que es declarado «no culpable». Aquí Pablo introduce dos metáforas más para explicar otras dos dimensiones del proceso. «redención» (v. 24) es una metáfora comercial, que se usaba sobre todo para describir el precio que se pagaba para comprar la libertad de un esclavo. «Propiciación» (v. 25; «expiación» en la NVI) era una metáfora religiosa, relacionada con los sacrificios que se hacían para aplacar la ira de Dios tanto en el templo judío como en el grecorromano. Algunos han intentado limitar este término (gr. hilasterion) traduciéndolo por «expiación», que simplemente hace mención al perdón de los pecados, pero eso es captar solamente la mitad de su significado. Aunque en el texto de la NVI aparece «expiación», en la nota al pie añade acertadamente que literalmente significa «propiciación» (desviaría su ira, quitando el pecado). Nuestras transgresiones no solo nos separan de Dios; ¡también provocan su ira!33 El término hilasterion también nos trae a la memoria el cerramiento del arca del pacto o propiciatorio, que se rociaba con la sangre del sacrificio, convirtiéndose así en un símbolo de la propiciación de los pecados.34



El ejemplo de Abraham (4:1–25). El capítulo 4 presenta una de las principales objeciones que los judíos tendrían ante el planteamiento de Pablo (de nuevo, recuérdese Gálatas 3): entonces, ¿qué pasa con Abraham? El fundador de Israel, ¿no fue salvo por sus obras, la mayor de las cuales fue estar dispuesto a ofrecer a su hijo único Isaac sobre el altar? (Gn 22:15–18)? Después de todo, la mishná opinaría posteriormente que «Abraham nuestro padre cumplió toda la ley antes de que ésta nos fuera dada» (Kidd. 4:14). Y 1a Macabeos 2:52 ya había preguntado: «¿Acaso Abraham no fue hallado fiel en la prueba y por eso Dios lo contó entre los justos?». La respuesta de Pablo obliga a sus lectores a remontarse a una época aún más antigua, cuando Dios declaró justo a Abraham porque éste tuvo fe (Ro 4:3, citando Gn 15:6). Mientras que el término «justificado» o «declarar justo» proviene del ámbito jurídico, el término «contar como» proviene del ámbito comercial, pues se usaba en los registros para acreditarle a alguien una suma concreta de dinero.35 Podríamos decir que lo que se anotó en el libro de contabilidad espiritual de Abraham no fueron sus obras, sino su fe. Ciertamente, la disposición de ofrecer a Isaac fue una enorme muestra de fe (cf. Heb 11:17–19), pero aquí Pablo apunta a otro suceso crucial: creyó en la promesa divina de que él y Sara, a pesar de su avanzada edad, tendrían un niño (Ro 4:18–22; cf. Gn 18:1–5).36 Además, Abraham también fue justificado por la fe antes de su circuncisión (Ro 4:1–12; cf. Gn 17), por lo que él ya apunta a que la salvación es tanto para los circuncisos como para los incircuncisos (Ro 4:13–25).37

Como consecuencia, ni Abraham ni ninguna otra persona de fe tiene de qué gloriarse delante de Dios (v. 2).38 Aunque la mayoría de textos paulinos que explican que las buenas obras no salvan tienen en mente los mandamientos de la ley mosaica, aquí encontramos un principio más general: al que trabaja, su salario no se le da como un regalo, sino como una obligación. Pero al que no trabaja sino que cree en Dios que justifica al malvado, «se le toma en cuenta esa fe como justicia» (v. 4). En todas las épocas y en todo lugar, los seres humanos intentan agradar a Dios con su comportamiento siguiendo otras fórmulas similares o diferentes a la ley de Moisés. Sea como sea, cualquier intento es en vano.39 Es cierto que los que reciben la revelación especial en las Escrituras son más responsables ante Dios cuando la desobedecen que aquellos que no la conocen. El término «transgresiones» hace referencia a la violación consciente de una norma conocida, por lo que cuando el versículo 15 afirma «donde no hay ley, tampoco hay trasgresión», Pablo quiere decir que los que no tienen la Torá pecan, pero sin ser conscientes de que se están rebelando contra ella. Pero, de todos modos, su conocimiento de la revelación general (recuérdese 1:18–20) les hace responsables y también estar sujetos al castigo que entró en el mundo (cf. 5:14).



Los resultados de la justificación (5:1–21). Sin embargo, los que imitan a Abraham y se salvan por gracia a través de la fe pueden experimentar paz, gozo y esperanza (vv. 1–5). Estos atributos no deben verse como meras emociones subjetivas, sino como características objetivas de nuestro nuevo estado como personas que han sido reconciliadas con Dios a través de Cristo (v. 2). Seguimos experimentando aflicciones en esta vida; pero cuando vemos que pueden servir para hacernos madurar, podemos verlas como parte del plan bondadoso de Dios para nosotros (vv. 3–5). ¡Es increíble que Cristo se sacrificara muriendo por nosotros! ¿Cuántas veces alguien muere de forma voluntaria por alguien? ¿Cuántas veces alguien muere por sus enemigos? (vv. 6–8, 10a). Pero si Jesús pasó por la agonía de la crucifixión cuando lo único que merecíamos era la ira de Dios, ¡la vida con Él, aquí y en la era por venir, sobrepasará todas nuestras expectativas!40 Robert Mollet resume la secuencia y las implicaciones personales de todos los principales conceptos que aparecen en este texto: «La gracia representa que Dios me acepta. La fe representa que yo acepto que Dios me acepta. La paz es aceptarme a mí mismo».41

Esta paz, objetiva y subjetiva que proviene de la salvación está al alcance de toda la humanidad porque del mismo modo que el pecado de Adán derivó en la muerte espiritual de todas las personas, la muerte de Cristo hace posible que todas las personas puedan volver a tener vida espiritual (vv. 12–21). El versículo 12 ha sido objeto de numerosos debates sobre la naturaleza del «pecado original» (sobre por qué la trasgresión de la primera pareja de seres humanos ha afectado al resto de la humanidad y continúa afectándola hasta el día de hoy).42 La Vulgata latina, la traducción de la Biblia utilizada en la misa de la Iglesia Católica durante más de un milenio, traducía el término eph’ho que aparece al principio de la última proposición de este versículo con una expresión que significa «en quien». De ahí, unos hablaban de la posición representativa o «federal» de Cristo (por la cual Dios determinó que trataría a todas las personas según la conducta de Adán), y otros hablaban de una transmisión del pecado más «realista» (de algún modo, todos los descendientes de Abraham estaban presentes en su cuerpo; cf. Heb 7:10). Pero lo más probable es que la mejor traducción de la expresión griega en cuestión sea «porque» (como en la NVI).43

Por tanto, este versículo afirma dos verdades complementarias: debido a la desobediencia inicial de Adán el pecado se extendió a todas las personas, y todas las personas de forma voluntaria eligen pecar. La relación entre estas dos verdades no tiene una explicación clara, aunque con el conocimiento de la genética que tenemos hoy en día es más fácil concebir que el progenitor de la raza humana transmitiera sus tendencias conductuales.44. A su vez, los versículos 13–14 podrían sugerir que los que, por la razón que sea (edad, incompetencia mental, etc.), no eligen de forma consciente rechazar a Dios y sus mandamientos no serán juzgados por sus pecados del mismo modo. Morirán físicamente, pero quizá no tendrán que experimentar la muerte espiritual en el infierno. Aquí es donde surge la idea de una «edad responsable», la idea de que los seres humanos que no llegan a la madurez intelectual necesaria para ser conscientes de su rebeldía serán salvos. Pero hemos de admitir que ésta no es una doctrina explícita de las Escrituras; como mucho, tan solo es una inferencia lógica de textos como éste.45

Sin embargo, el interés principal de Pablo en los versículos 12–21 no es explicar la naturaleza del pecado, sino transmitir lo maravillosa que es la salvación. Por tanto, los versículos 15–21 establecen un contraste entre el pecado de Adán y la salvación que hay en Cristo. En ambos casos, el proceso empezó por la acción de un solo hombre: sus acciones afectaron a toda la raza humana, y una sola acción fue lo que desencadenó todo lo que vendría a continuación. Por otro lado, la trasgresión de Adán trajo pecado y muerte, mientras que la crucifixión de Cristo ofrece salvación y vida. Con Adán, un solo pecado fue el causante de todo el problema, mientras que la salvación de Cristo fue la respuesta a todos los pecados acumulados por la humanidad hasta el día de hoy. Por último, el pecado original llevó a todos los que lo imitaron a la condenación definitiva, mientras que la obra de Cristo en la cruz simplemente ofrece la oportunidad de la salvación a toda la humanidad. Son las personas las que deben decidir qué hacen con esa oferta; y, para obtener la salvación, deben aceptar la oferta a través de la fe en Jesús.

Hay gente que cuestiona esta última idea, y lo hace basándose en el versículo 18. El texto griego dice literalmente: «En consecuencia, como por uno [vino] la trasgresión sobre todos los hombres que lleva a la condenación, de la misma manera por uno [vino] un acto de justicia sobre todas las personas que lleva a la justificación de vida». Pero el versículo 17 acaba de dejar claro que la vida se hereda recibiendo «la gracia abundante y el don de la justicia de Dios», no solo por el hecho de pertenecer a la raza humana. Así que el sentido del versículo 18 tiene que ser que la propiciación de Cristo da a todas las personas la posibilidad de tener vida. El versículo 19 parece confirmar esta interpretación porque deja de usar «todos» y usa «muchos». Es verdad que todos pecaron, y ciertamente los pecadores son «muchos»; pero no todos serán salvos, sino solo «muchos» (es decir, todos los creyentes).46

Los versículos 5:20–21 preparan al lector para el tema de la santificación que se extiende a los capítulos 6, 7 y 8. Como en Gálatas 3:19–20, Pablo explica que la entrega de la ley mosaica hizo aumentar la cantidad de trasgresiones conscientes y deliberadas, haciendo relucir de forma aún más clara la necesidad que la humanidad tenía de un Salvador. Como en Romanos 3:5–8, esto podría llevar a algunos a pensar que para que haya más gracia de Dios, deben pecar mucho (6:1). Pero, esa afirmación pierde de vista el hecho de que los creyentes han muerto al pecado. Han recibido una nueva naturaleza que les lleva a querer hacer lo que le agrada (v. 2). Pero, llegado este punto, ya nos hemos adentrado en el tema que Pablo trata a continuación.




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