8 de pentecostés a patmos una introducción a los libros de hechos a apocalipsis


La santificación por medio del Espíritu (6:1–8:39)



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La santificación por medio del Espíritu (6:1–8:39). Libertad del pecado (6:1–23). Dado que ahora Dios ya no nos ve como pecadores (justificación), durante el transcurso de nuestra vida deberíamos crecer en santidad (santificación).47 Pablo desarrolla esta idea en tres fases, una por capítulo, que podríamos titular de la siguiente forma: «libertad del pecado» (capítulo 6), «libertad de la ley» (capítulo 7) y «libertad de la muerte» (capítulo 8).48

Como ya hemos visto, el capítulo 6 empieza con una transición que lo relaciona con el material anterior. Además, Pablo prevé una posible respuesta a lo que acaba de decir, y procede a responder. La abundancia de la desobediencia ha llevado a la sobreabundancia de la gracia. Pero la gracia no ha sido ideada para darnos permiso para pecar (vv. 1–2). Los cristianos han sido librados del pecado, primero a través de la unión con Cristo, como simboliza el bautismo (vv. 2–11) y segundo a través de la lealtad a un nuevo Señor (vv. 12–23). Los versículos 2–11 no enseñan la regeneración por bautismal (salvación a través del bautismo) porque 1a Corintios 10:1–12 explica que un «bautismo» no nos garantiza una relación personal con Dios. Lo que Romanos 6:3–11 hace es mostrar la estrecha relación que había en tiempos neotestamentarios entre la profesión de fe y el bautismo. Las referencias al bautismo en este pasaje podrían verse como una metonimia (una figura retórica que consiste en usar un concepto para referirse a otro concepto con el que tiene algo que ver; p. ej. referirse a una bandera para referirse al país que dicha bandera representa).49




C. E. B. Cranfield explica acertadamente que hay cuatro sentidos en los que los creyentes han muerto al pecado: el sentido jurídico (Dios ya no nos ve como pecadores), el sentido bautismal (los creyentes ratifican que aceptan la obra que Dios ha hecho en beneficio de ellos), el sentido moral (son llamados a dejar de pecar en esta vida, y de forma progresiva reciben la capacidad de dejar de pecar), y el sentido escatológico (en la vida venidera ya no pecarán más).50

Aquellos que enfatizan en exceso la primera mitad de Romanos 6 y aseguran que los creyentes ya no tienen una vieja naturaleza pecaminosa en esta vida, deberían fijarse en la segunda parte del capítulo, donde se insta a los cristianos a morir al pecado una y otra vez (vv. 12–23). ¡Estos mandatos no tendrían ningún sentido si no hubiera la posibilidad de que los creyentes los desobedecieran! Pablo incluso les advierte diciendo que podrían volver a ser esclavos del pecado. Entonces, ¿qué quiere decir que nuestra vieja naturaleza ha sido crucificada con Cristo (v. 6) y que hemos sido liberados del pecado (v. 18)? Quiere decir lo siguiente: antes no teníamos otra elección que servir al pecado como nuestro señor. Ahora tenemos elección, y somos llamados a elegir de forma acertada.51 Esto tiene que ver con la relación que hay en los escritos paulinos entre la Teología y la Ética, que en muchas ocasiones se ha descrito como el indicativo que lleva al imperativo. Nuestra naturaleza pecaminosa no queda erradicada cuando nos hacemos cristianos, y por eso debemos esforzarnos cada día para llegar a ser lo que ya somos a los ojos de Dios. Del mismo modo, aunque nuestro nuevo señor es Cristo, debemos seguir haciéndolo nuestro señor día a día (vv. 12–14, 17–18, 22).52



Libertad de la ley (7:1–25). Romanos 7 describe la libertad de la ley de la que los cristianos disfrutan. La ley, aparte del rol de apuntar a Cristo (recuérdese el comentario de Gálatas 5–6), solo está al servicio del pecado. Este capítulo se divide en tres partes. En primer lugar, estar bajo la ley es como un voto matrimonial: es vigente hasta que una de las partes muere (vv. 1–6). El periodo de tiempo en el que el pacto de Abraham estuvo en vigor acabó con la muerte y resurrección de Jesús. Ahora, el Espíritu Santo vive de forma permanente en todos los creyentes, dándoles poder para vencer a su naturaleza pecaminosa y llevándoles a crecer en santidad, que es diferente a la obediencia literal de las 613 ordenanzas de la Torá (vv. 4–6).

En segundo lugar, hubo un tiempo anterior a la entrega de la ley cuando no había un conocimiento explícito del pecado como violación de la ley, pero hace mucho que eso dejó de ser así (vv. 7–11). «En otro tiempo yo tenía vida aparte de la ley; pero cuando vino el mandamiento, cobró vida el pecado y yo morí» (v. 9). Los comentaristas se preguntan si Pablo está hablando como un judío típico y está pensando en Moisés cuando recibió la ley en el monte Sinaí, o si se está refiriendo a Adán y Eva en el jardín del Edén y a su trasgresión de la primera ley que Dios dio a la humanidad. Incluso podría estar haciendo referencia a la ceremonia de los doce o trece años, la versión antiguo de la bar mitzvá, cuando él decidió tomar el «yugo de la Torá».53 Una vez que los humanos se dan cuenta de que algunas conductas violan los patrones santos y justos de Dios, más deseos tienen de hacer lo que le ofende. Por tanto, aunque la ley no es mala en sí misma, Pablo dice que el pecado se personifica como el poder que la utiliza y la hace producir muerte en lugar de vida (vv. 10–12).

En tercer lugar, una vez la era de la ley ha terminado, en Cristo tenemos una gran libertad; no obstante, la vieja y la nueva naturaleza del creyente batallan entre sí (vv. 14–25). Esta última sección es con diferencia la más controvertida del capítulo, quizá de toda la epístola. Aproximadamente la mitad de comentaristas la ve como la reinterpretación cristiana que Pablo hace de su vida bajo la ley, y la otra mitad la ve como su experiencia cristiana del momento en el que escribe; y en ambos casos el apóstol estaría hablando como representante de los que están en su misma situación. A su vez, los estudiosos que ven en este pasaje al Pablo pre–cristiano se dividen en dos: los que creen que Pablo está hablando desde una perspectiva claramente judía, y los que creen que está representando a la humanidad caída en general. El problema más grande de esta última posición es que resulta difícil imaginar a un gentil incrédulo sufriendo por haber desobedecido la ley de Moisés (v. 22). El argumento más serio que se ha usado para decir que el Pablo que aquí habla no es el Pablo cristiano es que, aunque los creyentes luchan con el pecado, no son esclavos de su naturaleza pecaminosa (vv. 14, 25b). Pero ya hemos visto en 6:12–23 que también los cristianos tenemos que elegir a quién o a qué servir. Ya rechazamos (ver p. 289) la afirmación de que los creyentes ya no tenemos una naturaleza pecaminosa, refutación que el Pablo que habla en esta sección es el Pablo cristiano.54

De hecho, son varios los argumentos a favor de que estos versículos describen la lucha que todos los cristianos experimentan en un momento u otro. (1) En los versículos 7–13 y 14–25 tenemos un cambio en los tiempos verbales, que pasan de tiempo pasado a tiempo presente. (2) La secuencia de las dos partes del versículo 25 sugiere que la tensión continúa después de la salvación. En primer lugar, Pablo alaba de Dios por rescatarnos en Cristo, y luego describe la tensión entre servir a la ley y servir al pecado. (3) Por lo general, la tensión entre lo que las personas deberían hacer y lo que realmente hacen es realmente notable solo cuando éstas reciben el Espíritu y comprenden de forma plena la absoluta santidad de Dios y el grado de su propia depravación.55 (4) Gálatas 5:17 también deja claro, en un contexto en el que Pablo está dirigiéndose a los creyentes, que los deseos de la naturaleza pecaminosa están en conflicto con el Espíritu. (5) El versículo 10 del capítulo 8 es un resumen perfecto: «Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el Espíritu que está en vosotros es vida a causa de la justicia».56

Si adoptamos esta posición sobre los versículos 14–25, las implicaciones pastorales son realmente profundas. A menudo, personas que para los de fuera parecen cristianas, y que claramente muestran el fruto del Espíritu, dudan de su propia salvación debido a conciencias particularmente sensibles que recuerdan constantemente lo lejos que están de la perfección que agrada a Dios. Sus amigos cristianos les pueden ayudar recordándoles que la discrepancia entre sus deseos y su conducta que les atormenta no provocaría esa agonía en una persona no creyente que no está comprometida con los caminos de Dios. De hecho, ¡la tensión que experimentan es un testimonio de que su fe cristiana es genuina!57

Libertad de la muerte (8:1–39). El capítulo 8 cierra la primera mitad de esta epístola hablando claramente de la libertad de la condenación y, por tanto, de la muerte espiritual que el creyente tiene. Pablo presenta cinco ideas principales, y tenemos así cinco secciones.

En primer lugar, aunque los cristianos experimentan la lucha entre el pecado y la justicia, a través del Espíritu se puede obtener una victoria considerable sobre el pecado (vv. 1–11). Del mismo modo en que no podemos sobrevalorar nuestro avance en la santificación, tampoco podemos contentarnos si vemos que nuestro crecimiento en santidad no es continuo ni visible. La obra propiciatoria de Cristo en la cruz no fue solo para darnos nueva vida en un mundo venidero, sino para que en este mundo pudiéramos tener una nueva libertad que nos permite vivir como Dios quiere que vivamos, que es el estilo de vida más beneficioso para nosotros.

Para conseguirlo, Dios envió a su Hijo «en condición semejante a nuestra condición de pecadores, para que se ofreciera en sacrificio por el pecado. Así condenó Dios al pecado en la naturaleza humana» (v. 3b). Esta parte del versículo 3 es, quizá, el fragmento más difícil de traducir de todo el capítulo; literalmente, dice: «en semejanza a la carne pecaminosa y con respecto al pecado, condenó al pecado en la carne». Algunos han argumentado que Pablo creía que Jesús sí tenía una naturaleza pecaminosa; lo que ocurre es que nunca sucumbió a ella, por lo que nunca cometió acciones pecaminosas concretas. Pero es significativo ver que Pablo no usa el término «imagen», sino que usa «semejanza». Aunque es cierto que estas dos palabras pueden ser sinónimas, en este contexto tiene más sentido pensar que se está hablando de «semejanza» o «parecido». Después de todo, la «semejanza» de Adán y Eva siguió siendo la misma después de la caída. Así, podríamos describir a un ser humano sin pecado como alguien «semejante» a un ser humano pecador, y viceversa. Aunque es más difícil aceptar la posición de que Cristo era «impecable», que no existía la posibilidad de que pecara. Eso supondría que las tentaciones por las que pasó no eran más que una farsa. Así que lo mejor es optar por una posición intermedia: como Adán y Eva antes de la caída, Cristo no tenía una naturaleza pecaminosa aunque sí tenía la posibilidad de pecar, si así lo hubiera elegido. Pero, a diferencia de la primera pareja, Cristo nunca sucumbió a la tentación cayendo en el pecado y por tanto nunca llegó a tener una naturaleza pecaminosa.58



En segundo lugar, el Espíritu no solo obra justicia en nosotros, sino que nos hace hijos de Dios; Dios nos adopta y nos concede todos los derechos que le corresponden a un heredero (vv. 12–17). Como en Gálatas 4:5–7, vemos que nuestra adopción nos sitúa en una relación íntima con nuestro Padre celestial, que nos permite dirigirnos a Él haciendo uso de un término que expresa familiaridad y estrecha cercanía (el término arameo Abba equivale a decir «papá» o «papaíto»). Y esto también es obra del Espíritu Santo.

En tercer lugar, la unidad con Cristo produce sufrimientos, pero éstos palidecen cuando se comparan con la gloria futura de toda la creación (vv. 18–25). El versículo 18 contiene, junto a 2a Corintios 4:17, una de las perspectivas sobre el sufrimiento humano más extraordinaria de toda la historia. Las aflicciones por las que Pablo ha pasado hacen que el apóstol no minimice el alcance del mal, pero también deja claro que cuando lo compara con la grandeza y la permanencia de los nuevos cielos y la nueva tierra y de sus habitantes glorificados, está seguro de que un día podrá mirar atrás y ver los momentos horribles de su vida como una nube, que aunque oscura, ya pasó. Los versículos 99–22 bis recuerdan que, metafóricamente hablando, todo el Universo gime bajo la corrupción a la que ha sido sometido y anhela el día de su regeneración. El pecado del hombre dio entrada al caos de todo el cosmos, y la enemistad entre la «naturaleza» y la voluntad humana continuará hasta la redención final de todas las cosas. Estas observaciones son importantes a la hora de construir una teodicea, una respuesta al problema del mal. Los desastres «naturales» son resultado de la caída, tanto como lo es el pecado, por lo que no podemos esperar que Dios va a librar a los cristianos del sufrimiento en esta vida, del mismo modo que no pensamos que vamos a lograr un estado de perfección sin pecado a este lado de la eternidad.59

En cuarto lugar, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, incluso cuando no sabemos cómo orar (vv. 26–27). Del mismo modo en que la creación gime de forma figurada mientras aguarda el momento de su redención (v. 26), los creyentes aguardan (y a veces gimen de forma literal) el día en el que todo su sufrimiento cesará (v. 27). Nuestro estado caído muchas veces no nos permite comprender cómo orar, precisamente porque no conocemos la voluntad de Dios en diferentes situaciones. Así que Pablo nos asegura que el Espíritu, que conoce la mente de Dios, intercede por nosotros en esos momentos. Algunos comentaristas han dicho que la palabra «gime» apunta a hablar en lenguas, otra forma de lenguaje divino que sobrepasa la cognición humana (recuérdese p. 223), pero es muy poco probable que podamos hablar con exactitud de una manifestación de este ministerio.60

En quinto lugar, los creyentes pueden estar seguros de que no hay nada en la creación que les pueda separar del amor de Dios en Cristo porque el proceso de salvación que Dios ha iniciado viene con la garantía de que continuará hasta que se haya completado (vv. 28–29). Esta sección empieza con una de las promesas más famosas de la Biblia; sin embargo, en muchas ocasiones no se traduce de forma adecuada. El énfasis adecuado es el siguiente: «En todas las cosas Dios obra para el bien de los que le aman». Es decir, no todas las cosas son para bien. Algunas cosas son horribles y contrarias a los propósitos de Dios, pero sin embargo Dios obra en medio de ellas, sacando algo bueno incluso cuando el mal prevalece.61

Los versículos 29–30 contienen el famoso ordo salutis de Pablo («orden de la salvación»), que empieza con la presciencia o conocimiento previo de Dios y acaba con la glorificación del creyente. La mayoría de los arminianos ven esta presciencia como la explicación de la predestinación que aparece acto seguido, sin embargo eso convierte la salvación en un logro humano, en lugar de divino (es decir, que Dios tan solo conoce la respuesta que cada persona, haciendo uso de su libertad, va a dar). La mayoría de los calvinistas dicen que la presciencia que aquí se menciona tiene el sentido veterotestamentario que normalmente se asocia al verbo hebreo yada’ (saber) de elección, pero la palabra griega que se usa en este texto (proginosko) no suele tener ese sentido, ni siquiera en la Septuaginta. Por lo que es necesario buscar una posición intermedia: Dios inició los planes para dar a aquellos que le iban a aceptar el estado de hijos.62

Así que Dios sabe de antemano la respuesta libre que toda persona creada va a dar ante el evangelio (presciencia). Escoge crear una lista o grupo de entre esas personas y en ese sentido determina que sus destinos se corresponderán con sus elecciones (predestinación).63 Entonces el Espíritu Santo empieza a obrar en los corazones de los que Dios sabe que responderán con fe, y éstos de forma libre aceptan a Jesucristo (llamamiento). Cuando le aceptan, son declarados justos delante de Dios (justificación). Por último, Dios les promete que a la experiencia presente con Él le sucederá la resurrección corporal (glorificación). Dado que este futuro está garantizado, Pablo utiliza el tiempo verbal aoristo o pasado. La cantidad de gente que Dios conoce de antemano se corresponde con la cantidad de gente que Dios predestina, con la cantidad de gente que Dios llama, con la cantidad de gente que justifica, y con la cantidad de gente que glorifica. Por tanto, podemos estar seguros de que nada va a frustrar los propósitos salvíficos de Dios (vv. 31–39). Los versículos 38–39 contienen quizá la afirmación más potente de todas las Escrituras sobre la seguridad que el creyente tiene en Cristo.64 El hecho de que las personas que están en la cadena que va del conocimiento previo a la glorificación siguen siendo las mismas durante todo el proceso tira por tierra la afirmación de que los creyentes pueden salirse de forma voluntaria de dicho proceso. Lógicamente, ningún cristiano verdadero querría hacerlo.65


El estatus de Israel (9:1–11:36). La frecuente desobediencia de Israel y sus consecuencias (9:1–29). Pablo ya ha completado su apartado doctrinal. Ha analizado la situación del ser humano desde el pecado, pasando por la justificación y la santificación, hasta la glorificación. Ahora se centra en responder a una objeción que con toda seguridad estaba en la mente de sus lectores, tanto judíos como gentiles. Si este evangelio realmente es el cumplimiento de aquello que Israel esperaba, ¿por qué tantos judíos lo han rechazado? Pablo da tres respuestas: (1) Encaja con la frecuente desobediencia de los israelitas a lo largo de todo el Antiguo Testamento (9:1–29); (2) Han tratado la ley como un medio para alcanzar la justicia, en lugar de vivir por fe (9:30–10:21); (3) Es solo un rechazo temporal, que prepara el camino para el momento en el que habrá un aumento de la fe entre los judíos (11:1–36).

Pablo empieza la primera de estas tres respuestas hablando de su dolor y de su identificación con sus compatriotas judíos (9:1–5). Si fuera posible, ¡preferiría ser maldecido por el bien de sus hermanos! (v. 3). Este sentimiento es totalmente opuesto al antisemitismo que en muchas ocasiones ha caracterizado a la iglesia gentil. Pablo también enumera las ventajas de ser judíos (recuérdese 3:1–4), una de las cuales es que el Mesías nació en medio de ellos. Aquí tenemos de forma explícita una afirmación poco habitual en el Nuevo Testamento: Jesús es Dios mismo (v. 5).66



Pablo continúa recordando que a lo largo de todo el Antiguo Testamento el verdadero pueblo de Dios está formado solo por un remanente de los descendientes de Abraham escogidos por gracia (vv. 6–29, ver esp. vv. 27–29). Para ello, cuenta cómo la promesa pasó solo a través de uno de los dos hijos de Abraham, Isaac, y solo a través de uno de los dos hijos de Isaac, Jacob (vv. 6–13). Lo más probable es que el apóstol no esté hablando aquí sobre la elección para salvación eterna o para condenación eterna, sino sobre la forma en la que Dios iba a trazar su plan para la humanidad en esta vida. Después de todo, la reconciliación de Esaú con Jacob (Gn 33) sugiere que Esaú volvió a hacer las paces con Dios. A esta idea la podemos llamar «elección colectiva y temporal».67


Los versículos 14–29 responden a la posible objeción «¿es eso justo?». Básicamente, Pablo ofrece cuatro respuestas.

En primer lugar, fue justo en el contexto de Moisés y el faraón (vv. 14–18). De nuevo, Pablo no está hablando sobre la elección para un destino eterno; el libro de Éxodo no nos dice cuál fue la reacción del faraón ante la tragedia final (la pérdida de su ejército) después de los numerosos «arrepentimientos» anteriores. Pablo dice que Dios le endureció el corazón como respuesta a que el faraón mismo había endurecido su corazón (recuérdese la secuencia de los acontecimientos en Ro 1:18–32) con un propósito temporal e incluso misericordioso, es decir, la salvación de Israel.68

En segundo lugar, las elecciones de Dios son justas porque Dios es Creador y puede hacer vasijas para fines especiales y para fines ordinarios (vv. 19–21). Pero éstas no son categorías irrevocables porque en 2a Timoteo 2:20–21 se usa el mismo simbolismo y, sin embargo, se habla de los que se mantienen limpios de propósitos innobles (por la fe en Cristo) y son salvos. Una vez más, parece que Pablo está hablando de una elección para unos roles concretos durante las diversas etapas en la vida temporal del creyente.

En tercer lugar, cuando Dios predestina para salvación, estamos ante lo que los teólogos llaman predestinación positiva, diferente a la doble predestinación (vv. 22–23). En esta sección hemos llegado claramente a la era del Nuevo Testamento, y Pablo está hablando de los que han sido llamados para formar la iglesia cristiana, así que imaginamos que el apóstol no solo tiene en mente propósitos temporales. Pero la asimetría entre los versículos 22 y 23 es sorprendente: (a) Dios prepara las vasijas de misericordia, pero las vasijas de ira simplemente están «preparadas» (de hecho, el texto griego se puede traducir por «se preparan a sí mismas») para destrucción; y (b) las vasijas de misericordia están preparadas «de antemano», mientras que cuando habla de las vasijas de ira no aparece un complemento de tiempo de ese tipo.69

Para los que argumentan que la única posición lógica y coherente es o bien la doble predestinación (tanto para salvación como para condenación) o la ausencia de predestinación (en el sentido tradicional: la acción por la que Dios elige a las personas para sus destinos eternos), diremos lo siguiente: (1) No podemos esperar que nuestras mentes caídas y finitas siempre comprendan la forma de obrar de Dios, pero no se puede demostrar que la idea de la predestinación positiva se contradiga a sí misma. (2) Es la enseñanza que encontramos a lo largo de todas las Escrituras, pues en la Biblia la salvación de los creyentes se debe únicamente a la gracia de Dios, mientras que los que son condenados son juzgados según sus obras, de las que son completamente responsables. (3) La experiencia humana nos respalda: los que han creído se han encontrado en circunstancias que se les escapaban, circunstancias que les han llevado a estar abiertos a la fe en Cristo, mientras que los que no han creído no apelan a un poder coercitivo que, en contra de su voluntad, les ha impedido creer.70



En cuarto lugar, la elección de Dios es justa porque permite que los gentiles también puedan ser salvos, igual que a los judíos (vv. 24–29). Si Dios hubiera preservado al pueblo judío como la única nación escogida, ¡eso sí habría sido injusto! Sobre todo porque en muy pocas ocasiones a lo largo de toda su historia habían llevado la Palabra de Dios a otros grupos étnicos, a pesar de que Dios los había llamado para bendecir a todas las naciones de la tierra (Gn 12:3).71

El error, y cómo remediarlo (9:30–10:21). ¿Qué hizo que los israelitas se desviaran? En resumidas cuentas, fue su mal uso o mala interpretación de la revelación del Antiguo Testamento (9:30–10:13). No entendieron que aun teniendo la ley, la justicia venía por la fe y no por la obediencia a la Torá (9:30–33). Recuérdese el uso programático de Habacuc 2:4 que Pablo ya ha hecho en Romanos 1:17. Tampoco supieron ver que el fin de la ley era Cristo (10:1–4).72 Como en Gálatas 3:10–14, Pablo cita el Antiguo Testamento «contra sí mismo» para mostrar cuál es la forma adecuada y cuál es la forma errónea de responder ante él (10:5–8).73 Ahora, con la venida de Cristo, la lectura de las Escrituras hebreas debe llevar al lector a confesar a Jesús como Dios y Señor, tal como ha quedado confirmado en la resurrección (vv. 9–10). Aquí tenemos quizá la expresión más fundamental, y quizá la más temprana, de lo que la fe cristiana es. Y esta fe está al alcance tanto de judíos como gentiles, en igualdad de condiciones (vv. 11–13).

No obstante, seguro que después de leer esto, muchos seguían pensando que Dios es injusto. Aunque la primera generación de cristianos hizo un gran esfuerzo misionero, ¿se puede decir que todos tuvieron una oportunidad de responder a la revelación de Dios? Los cuatro versículos siguientes subrayan la necesidad de que los cristianos continúen esparciendo la Palabra para que más personas puedan creer (vv. 14–17). Pero entonces Pablo plantea «¿Acaso no oyeron?»; a lo que enseguida responde exclamando «¡Claro que sí!» y citando el Salmo 19:4, que describe la revelación general de Dios a toda la humanidad a través de su creación (v. 18). Como en Romanos 1:19–20, toda la humanidad es responsable ante Dios porque todos pueden ver el increíble diseño que hay detrás de todo el Universo.74 Puede que Pablo también aplique este salmo en un sentido representativo a la extensión del evangelio por todo el mundo conocido en su época (que más o menos coincide con el Imperio Romano), a la luz de sus palabras en 15:19 y al conocimiento que tenía de la obra de otros evangelistas. Pero muchos de los que han escuchado han sido obstinados, sobre todo entre los judíos, mientras que, de forma inesperada, muchos gentiles están respondiendo de forma positiva (vv. 19–21).



El futuro de Israel (11:1–36). Entonces, ¿a Israel le espera un futuro gris y sin esperanza? De ningún modo. En primer lugar, Pablo habla de una esperanza presente. Muchos judíos ya han creído en Jesús (11:1–10). Si Pablo ha podido, ¡cualquiera puede! (v. 1). Los creyentes de Roma no deben pensar que son pocos, igual que el Señor le dijo a Elías en su tiempo (v. 2–6; cf. 1 Re. 19:10–18). Pero también hay una esperanza futura mayor. Llegará el día en que más judíos creerán, movidos a los celos al ver cómo los gentiles abrazan la fe (11:11–24). Aquí Pablo desarrolla su famosa metáfora del olivo, comparando a los judíos con las ramas naturales y a los gentiles con las ramas injertadas.75 Los versículos 20–22 dejan claro que el texto no está prometiendo algo que se logra de forma automática simplemente por el hecho de ser judío. Esa promesa no es para los que persisten en su incredulidad. Pero los versículos 23–24 dejan abierta la posibilidad de que los judíos puedan volver a ser injertados. Cuando «haya entrado la totalidad de los gentiles», es decir, cuando todos los no judíos a los que Dios conoció de antemano y predestinó para salvación hayan creído, entonces «todo Israel será salvo» (v. 26). Dicho de otro modo, cuando lleguemos al final de la era de la iglesia, cuando el «redentor» (el Mesías) venga de Sión (v.26b; la Segunda Venida de Cristo), un gran número de judíos pondrán su confianza en Jesús.76

En relación a este acontecimiento, aún hay muchas preguntas sin respuesta. ¿Cuándo ocurrirá exactamente? ¿Será gracias a la predicación de los cristianos, o será algo más sobrenatural? ¿Y a cuánta gente se refiere la palabra «todo»? No lo sabemos. No obstante, podemos hacer alguna deducción. Parece lógico decir que «todo» no se puede referir a todas las personas judías que estén vivas en ese momento; el Talmud contiene una frase similar en la que se afirma que «todos los israelitas heredan el reino», pero el contexto inmediato descalifica a todos los pecadores que no se arrepientan (b. San. 10). Ni en Romanos ni en ningún lugar del Nuevo Testamento se dice que antes de que ese gran día de fe llegue los judíos habrán recuperado la tierra de Israel. Los textos veterotestamentarios que prometen el regreso a la tierra (esp. Ez 37) y la reconstrucción del templo (caps. 40–48) son muy difíciles de interpretar desde una perspectiva neotestamentaria. Algunos creen que el rechazo de Jesús por parte de los judíos ha supuesto la pérdida de esa promesa. Otros espiritualizan el pasaje diciendo que es una referencia al cielo. Lo más probable es que se cumplirá de forma literal en el milenio, o de forma metafórica en el cielo nuevo y en la tierra nueva (o ambas cosas).77

Hay que recordar que, aun en el caso de interpretar que esta promesa incluye una repatriación del pueblo judío a Israel anterior a la Segunda Venida de Cristo, los textos bíblicos dejan claro que eso solo ocurrirá cuando el pueblo de nuevo siga a Dios con devoción sincera. Por tanto, aunque el hecho de que el pueblo judío vuelve a existir desde hace casi sesenta años como la nación independiente de Israel puede animar a muchos, este estado no refleja el cumplimiento de ninguna profecía bíblica. Una gran mayoría de los judíos de Israel es completamente secular; el judaísmo ortodoxo representa un porcentaje muy pequeño del total de la población. Como mucho, el estado actual de Israel podría ser el preludio del cumplimiento de la profecía; aunque, sinceramente, y como hemos dicho antes, puede que no tenga nada que ver. Aún haciendo una interpretación literal de Ezequiel 37, los judíos podrían ser expulsados de la tierra una o más veces antes del establecimiento definitivo y el cumplimiento de la Escritura. Por tanto, es peligroso que los cristianos respalden a ciegas la política actual de Israel, que no se atrevan a ser críticos, sobre todo cuando Israel viola los principios de justicia que se establecen en las Escrituras hebreas. Parece que hacer justicia tanto a los palestinos como a los judíos es misión imposible, pero la ética cristiana exige que trabajemos para encontrar una solución que trate de forma justa tanto a los unos como a los otros.78

Existe una interpretación alternativa que consiste en entender la partícula houtos que aparece al principio del versículo 26 como una partícula lógica, y no como una partícula cronológica. En lugar de entender que la salvación de «todo Israel» ocurre después de que la totalidad de los gentiles haya creído, esta interpretación traduciría «y de esta manera todo Israel será salvo». Y «todo Israel» lo entiende como la suma total de los hijos de Dios a lo largo de toda la historia, del mismo modo que «el Israel de Dios» en Gálatas 6:16 puede ser una referencia a todos los creyentes. Dicho de otro modo, los creyentes judíos del pasado y del presente junto con los gentiles que hayan creído en Jesús formarán el pueblo completo de Dios.79 Por otro lado, houtos puede significar «entonces», y en Romanos 9–11 todas las demás referencias a los judíos se refieren de forma literal al pueblo judío, así que a falta de evidencias contextuales claras que la respalden, esta interpretación alternativa resulta muy poco probable.80




Y hay que decir que ninguna de las interpretaciones que se han mencionado respalda la «teoría de los dos pactos», que dice que los judíos en la actualidad pueden ser salvos aunque no crean en Jesús como el Mesías, si al menos siguen fielmente el pacto mosaico. Precisamente, la idea que Pablo intenta transmitir en 1:18–3:20 es que nadie se ha salvado de ese modo. Y el sistema de sacrificios que era el medio de perdón en el antiguo pacto ahora ha sido sustituido por el sacrificio definitivo de Cristo, el sacrificio del nuevo pacto que fue una vez y para siempre.81 Así, no es de sorprender que Pablo complete esta larga sección teológica con una doxología de alabanza a Dios por sus caminos impenetrables (vv. 33–36).

LAS IMPLICACIONES ÉTICAS DEL EVANGELIO (12:1–15:13)

El principio básico (12:1–2). Del mismo modo en que la sección doctrinal de Pablo sigue una estructura claramente sistemática, en su material exhortativo también hace uso de una secuencia lógica. A la luz de este maravilloso plan de salvación, ¿cómo quiere Dios que los creyentes vivan? En primer lugar, el principio básico aplicable a todos los cristianos es la transformación del cuerpo y de la mente. Cuando pensamos en el tema de la voluntad de Dios para nuestras vidas, normalmente pasamos inmediatamente a cuestiones concretas como con quién casarse, dónde vivir, a qué profesión dedicarse, etc. Sin embargo, como vimos al hablar de 1a Tesalonicenses 4:3–8, el elemento fundamental en cuanto a la voluntad de Dios en las Escrituras es vivir de acuerdo a la moral de Dios. Una vez hemos rechazado los deseos que no agradan a Dios y las conductas de la humanidad caída, y nos hemos comprometido a dejar que el Espíritu Santo transforme nuestras vidas, podemos pedirle a Dios una guía más específica. Cuando esa transformación afecta tanto a nuestros cuerpos (v. 1) como a nuestras mentes (v. 2), hemos rendido todo nuestro yo, toda nuestra vida, a la voluntad de Dios,82 y entonces agradamos a Dios con nuestra adoración. El adjetivo del versículo 2 que traducimos por «adoración espiritual» (logikos) engloba los siguientes significados: lógico, racional, espiritual y de adoración; pero, al parecer, su sentido más claro es «razonable».83

El uso de tus dones (12:3–8). El siguiente paso que cada persona tiene que dar es descubrir su combinación única de dones espirituales y usarlos con todas sus energías para el crecimiento del cuerpo de Cristo. Sobre el tema de los dones espirituales, véase el apartado sobre 1a Corintios 12. Aquí en Romanos el énfasis está en hacer una evaluación adecuada sobre los dones que Dios nos ha dado, no cayendo ni en sobrevalorar ni en infravalorar nuestras habilidades y nuestro llamamiento. Una vez más, Pablo destaca la diversidad de dones y la importancia de que todos los creyentes sean honestos sobre lo que Dios ha hecho y está haciendo en sus vidas, en lugar de intentar ser alguien que no son (o animar a los demás a que les imiten).

El uso de los dones en amor (12:9–13:14). Esta siguiente lista de mandatos se ha visto, en muchas ocasiones, como un anexo de ideas sueltas. Pero empieza haciendo referencia al amor (12:9a), y la última parte cierra esta sección con un llamamiento al amor a la luz de que el fin está cerca (13:8–14). En medio, las palabras sobre bendecir y hacer bien a los enemigos nos insta claramente a que les mostremos amor (12:14–21), mientras que 13:1–7 supone un equilibrio con el material anterior, pues deja claro que los gobiernos tienen la responsabilidad de ejercer la fuerza en caso de ser necesario. Así que es lógico pensar que el amor es el hilo conductor que Pablo tenía en mente cuando escribió toda esta sección.84 Cuando uno recuerda que el capítulo 13 de 1a Corintios, una preciosa rapsodia al amor, aparece justo después de un capítulo dedicado a los dones espirituales, le resulta normal que en Romanos el apóstol también les recuerde a sus lectores que deben ejercer sus dones en el contexto del amor.85

Los versículos 12:9–13 sugieren que el amor es algo que hay que trabajar; fijémonos en las expresiones que usa: «aferraos», «sed devotos en el amor», «nunca dejéis de ser diligentes», «servid con fervor». Los versículos 14–21 desarrollan más la idea de amar a los enemigos. Está claro que Pablo aquí está haciendo referencia a la enseñanza de Jesús (cf. Lc 6:35).86 No niega la aplicación de la ley, pues en 13:1–7 insiste en que el gobierno debe castigar a los que hacen lo malo. Pero sí prohíbe la venganza y anima a la iglesia, como comunidad contracultural, a crear modelos positivos de acción pacificadora.87 Los egipcios practicaban un rito que consistía en caminar con un plato de carbón y cenizas sobre la cabeza delante de todo el mundo como acto de penitencia, y quizá eso nos ayuda a entender el versículo 20, donde habla de «amontonar ascuas de fuego sobre la cabeza del enemigo». La cuestión es que cuando la persona atacada responde con bien en lugar de tomarse la justicia por su mano, avergüenza al que le ha atacado.88

La instrucción del Nuevo Testamento sobre este tema contrasta con la del Antiguo Testamento. Aunque Pablo cita Proverbios 25:21–22 para respaldar sus mandatos, este pasaje difiere de casi toda la demás enseñanza veterotestamentaria sobre cómo tratar a los enemigos.89 De hecho, no fue hasta el periodo intertestamentario «que se prohibió tomarse la justicia por la mano, basándose en que Dios es el único que puede hacer venganza».90 Incluso entonces, la aplicación de ellos se limitaba principalmente a las disputas dentro de la comunidad judía. Sea cual sea nuestra posición en el debate sobre la pena capital y las guerras (ver más abajo), los cristianos deberíamos estar de acuerdo en que el mundo debería poder ver a la iglesia como una institución que promueve la reconciliación y provee de ayuda humanitaria en medio de cualquier situación de violencia humana. Tristemente, al menos entre algunos cristianos conservadores, la separación entre la iglesia y el Estado en cuanto a estos temas es prácticamente inexistente.

Los versículos 13:1–7 se centran en el tema de las autoridades. Si lo tomamos de forma aislada, este pasaje puede resultar bastante chocante. ¿Quiere decir Pablo que los cristianos tienen que obedecer cualquier orden, aunque sea inmoral e idólatra, del Emperador o cualquier magistrado local? Como judío culto que era, Pablo conocía los ejemplos del Antiguo Testamento en los que Dios aprobó la desobediencia a las autoridades (p. ej., las mujeres de los israelitas que no obedecieron la orden del faraón de matar a los bebés, o la desobediencia de Daniel cuando no adoró la estatua de Nabucodonosor). Del mismo modo, seguro que conocía el episodio en el que Pedro había preferido obedecer a Dios antes que a las autoridades humanas del Sanedrín (ver arriba, p. 42). Más adelante en el Nuevo Testamento (Ap 13), el gobierno del final de los tiempos, el gobierno del Anticristo, no se describe una autoridad inspirada por Dios, sino como una autoridad demoníaca. Uno incluso se pregunta si Pablo habría escrito lo mismo en el 64 d.C., tan solo siete años después, año en el que Nerón inició la primera persecución imperial de los cristianos.

Para resolver esta cuestión, debemos tener en cuenta algunas consideraciones exegéticas. En primer lugar, someterse a alguien no siempre implica obedecer a ese alguien. Uno puede elegir desobedecer la orden de una autoridad humana si viola las leyes de Dios, pero puede decidir hacerlo con un espíritu pacífico y manso, y así mostrar un cierto respeto por el cargo de la autoridad en cuestión.91 En segundo lugar, es posible interpretar la expresión «autoridades públicas» del v. 1 (literalmente, «las autoridades que te superan») como aquellos que son superiores moralmente, por lo que no estaría sugiriendo un sometimiento a los gobernantes que hacen lo malo.92 En tercer lugar, las dos veces que el verbo «rebelarse» aparece en el versículo 2 (traducido en la NVI por «oponerse» y «rebelarse»), lo hace en forma de participio presente e indicativo perfecto, sugiriendo así una acción continua. Pablo no está descartando las protestas breves contra la injusticia, pero sí «la rebelión persistente».93

En cuarto lugar, los versículos 3–4 reflejan las dos funciones principales del gobierno en tiempos del Imperio Romano: recompensar (o dar aclamación pública) a los que hacen lo bueno y castigar a los que hacen lo malo. La expresión «hacer lo bueno» del versículo 3 puede tener el sentido más limitado de hacer lo bueno con el dinero y las posesiones materiales que uno tiene.94 Entonces, podría ser que Pablo solo estuviera hablando de someterse a los gobiernos mientras éstos realicen de forma adecuada esas dos tareas. (Aunque el versículo 4 se ha usado con frecuencia para defender la pena capital, los romanos no usaban la espada para ejecutar, así que quizá este pasaje es totalmente irrelevante para el debate sobre la pena de muerte95). En quinto lugar, todo este pasaje juega un papel subversivo cuando uno se da cuenta de que los emperadores no habrían creído que estaban sirviendo a Yahvé, el Dios de los judíos o cristianos. Por último, la mención especial del pago de impuestos (vv. 6–7) tendría que ver con el contento social del momento que propició en el año 58 d.C. la revuelta por los impuestos del Imperio, y reflejaría el deseo de Pablo de que los cristianos no sean vistos como «alborotadores e instigadores a la violencia».96 La referencia a la conciencia que aparece en el versículo 5 nos recuerda que en última instancia, en una situación en que las autoridades le piden a un creyente que comprometa su fe, el creyente debe obedecer a Dios según Él le guíe en ese momento; pero, haga lo que haga, siempre deberá hacerlo buscando minimizar el impacto negativo de su acción sobre el avance del evangelio, y aceptando las consecuencias.97

Los versículos 13:8–10 vuelven de forma explícita al tema del amor. El versículo 8 «no prohíbe al cristiano endeudarse, sino que le obliga a devolver cualquier deuda lo antes posible y según los términos del contrato».98 Como en Gálatas 5:14, actuar con amor en todos los contextos es cumplir la ley (vv. 9–10). Una conducta así no lleva a la famosa «ética de situación» de la década de 1960, que negaba todos los absolutos bíblicos porque se creía que siempre había alguna situación en la que el amor llevaba al incumplimiento de un mandato bíblico.99 Una conducta así, de hecho, reconoce que los principios fundamentales (como los mandamientos citados en el versículo 9) nos enseñan a aplicar el amor en toda situación. Y la demostración de ese amor se ha convertido en algo urgente porque el fin de los tiempos está cada vez más cerca (vv. 11–14).



La tolerancia cristiana (14:1–15:13). La última sección del material exhortativo de Pablo es el escalón final para llegar a comprender la voluntad de Dios. El amor lleva de forma natural a la tolerancia cristiana. Aquí, Pablo habla de temas similares a los de 1a Corintios 8–10, aunque quizá más centrado en las divisiones entre los judeocristianos que aún seguían la dieta kosher y los creyentes gentiles que tenían la libertad de comer de todo. Cada grupo es libre de actuar según lo sienta, pero ninguno tiene el derecho de menospreciar al otro.100

El párrafo introductorio (14:1–4) también indica que estamos ante una situación un tanto distinta a la de Corinto. Algunos miembros de la iglesia en Roma «solo comen verduras», mientras otros comen «de todo» (vv. 2–3). Ninguna de estas expresiones es completamente literal. Estos versículos hablan del vegetariano, que no comía carne porque no era fácil encontrar carne preparada según las normas kosher, y de la persona que no observaba ninguna norma alimenticia.101 Ninguno de los grupos puede juzgar al otro porque en Cristo ni comer ni abstenerse de ciertos alimentos es una cuestión moral porque, en última instancia, Dios es el juez de todos (cf. también vv. 9–12; recuérdese Marcos 7:19b). Y lo mismo ocurre con los días de guardar. En el judaísmo, había que guardar el sabbat semanal, las festividades mensuales de luna nueva, y las festividades anuales en Jerusalén. Siempre que uno siga su propia conciencia y dedique lo que hace al Señor, tanto celebrar festividades como no participar de ellas será aceptable (vv. 5–8).

Al mismo tiempo, los cristianos deben usar su libertad con el amor que se preocupa de no ser de piedra de tropiezo para otros creyentes, incitándoles a practicar algo moralmente neutral pero que viola sus conciencias (vv. 13b, 14–15). De nuevo, lo más probable es que las palabras «tropiezo» y «obstáculo» hagan referencia a conductas que no solo ofendían a los demás, sino que realmente podían «hacerles caer».102 E incluso en esta sección sobre abstenerse de forma voluntaria, Pablo vuelve a su énfasis inicial en los versículos 13a, 14a y 16–17. Aunque algunas versiones contienen que «no hay comida que sea impura en sí misma» (14b), la traducción más literal es «no hay nada impuro en sí mismo». Dado que Pablo ha hablado tanto de comida como de días de guardar, probablemente está generalizando y refiriéndose a todas las prácticas moralmente neutrales. Pero, claro está, ¡no podemos generalizar hasta el punto de pensar que Pablo haría la vista gorda ante algo inherentemente pecaminoso! En el versículo 17 añade la bebida como una cuestión no moral (y en el v. 21 habla específicamente del vino), diferenciando entre los que se preocupan por lo que ellos y los demás comen o beben o dejan de comer o beber, y los que agradan a Dios centrándose en la «justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo».

Los versículos 19–23 básicamente repiten los mismos temas, enfatizando así su importancia. Los creyentes de Roma deben poner en práctica aquello que les edifica, en lugar de llevar a los hermanos a pecar de hecho o contra sus conciencias («todo lo que no se hace por convicción», v. 23b). Los versículos 15:1–6 reiteran estos conceptos una vez más, esta vez apelando también al modelo de Cristo, que sirvió a los demás antes que a sí mismo (v. 3 a), y a que lo hagan para glorificar al Padre (v. 6). De forma concreta, Pablo cita el Salmo 69:9 y lo aplica de forma tipológica a Jesús. Como en 1a Corintios 10:6, justifica ese procedimiento diciendo que todo el Antiguo Testamento «se escribió para enseñarnos» (v. 4), es decir, a nosotros, los que vivimos en la era del Nuevo Testamento en la que las increíbles promesas de Dios empiezan a alcanzar su cumplimiento.

Las palabras finales sobre este tema sirven también para cerrar bien esta sección, mencionando de nuevo la libertad y la aceptación mutua. De ese modo se apartan los obstáculos innecesarios que impiden que los gentiles lleguen a la fe, que es la pasión y la misión de Pablo (vv. 7–9a). Así que cita no menos de cuatro textos de las Escrituras para recordarles a los judíos cristianos «más débiles», a los que aún les preocupaba la observancia de la ley, la importancia de llevar el evangelio a los no judíos (vv. 9b–12).103 Entonces, el cuerpo de la carta concluye de forma muy apropiada: con una oración en la que Pablo pide a Dios que los romanos experimenten en medio de ellos las diversas señales del reino de Dios que se mencionaron en 14:17 (v. 13). Así, el debate de 14:1–15:13 sigue una estructura ABA: 14:1–12 enfatiza la libertad y la aceptación; 14:13–15:6 subraya la importancia de no ser tropiezo; y 15:7–13 vuelve a enfatizar la libertad y la aceptación.104 Como en 1a Corintios 8–10, Pablo está más preocupado por llegar al que aún no conoce a Cristo, que por quedar bien con creyentes legalistas y escrupulosos.

Una aplicación contemporánea debería considerar formas en las que equivocadamente marcamos distinciones como las que separaban a los judíos y los gentiles del siglo I. En la actualidad, algunos, en aras de la evangelización de los judíos y los musulmanes, animan a las personas que se convierten al cristianismo desde esos trasfondos (o incluso a aquellas que sirven entre personas de esos trasfondos) a que observen las leyes alimenticias de dichas religiones. Al hacerlo, cometen el mismo error que cometieron los romanos. La abstención voluntaria con el fin de ganar a otros es encomiable, pero imponerle a alguien este tipo de restricciones es comprometer la libertad que el evangelio promete. Recordando nuestra aplicación de Gálatas, diremos que hemos de ampliar nuestro horizonte para entender la forma en la que los principios que Pablo desarrolla en esta sección puede ayudarnos a reducir el racismo, nacionalismo y etnocentrismo que existe también en la iglesia de Jesucristo. Los grupos homogéneos de creyentes pueden ayudar a ganar a los perdidos, ¡pero no se atreven a enseñar sobre toda la vida cristiana posterior!105



CONCLUSIÓN (15:14–16:27)

Planes de viaje (15:14–33). Antes de que Pablo pase a los saludos finales más formales, habla de sus viajes recientes y de los futuros. Como en 1:8–15, Pablo usa la segunda breve sección de la carta para hablar, al principio, de su deseo de visitar Roma; en 15:14–33, Pablo regresa a este tema en la penúltima sección de la carta. Como vimos en la introducción (p. 272), es aquí donde encontramos mucha información sobre el trasfondo de la epístola. Además de las observaciones que hicimos allí, comentaremos algunos detalles más. Aunque Pablo no conoce la iglesia de Roma tan bien como las congregaciones que él mismo fundó, en general habla de ellos de forma optimista. Si algunos encuentran su forma de expresarse un tanto fuerte en alguna ocasión, es simplemente porque está profundamente comprometido con la extensión del evangelio en el mundo gentil, el corazón del cual es Roma (vv. 14–16). La idea de llevar el evangelio «por todas partes» es un principio que repite en más de una ocasión, principio que habla de ampliar el círculo de su predicación a territorio virgen cuando en los lugares cercanos ya existen iglesias que pueden subsistir por sí solas (vv. 17–22). Ahora la iglesia de Roma es la siguiente parada en su itinerario, una vez haya regresado a Jerusalén con la ofrenda para los judíos que están pasando necesidad, ofrenda que ya puede llevar, pues por fin ha recaudado suficiente.

Pablo aún no sabe de su futuro encarcelamiento en Roma, que le llevará a la capital en circunstancias insospechables y, al menos temporalmente, le impedirá continuar sus planes de viajar hacia el Oeste hasta España (vv. 23–29). Aún así, ya sabe que en Jerusalén no será fácil, pues es muy probable que los judíos no cristianos le reciban con hostilidad, y que la ofrenda no sea suficiente para aplacar a los judíos cristianos. Por ello, pide oración, para poder salir victorioso de ambas situaciones, y así, poder al final viajar a Roma (vv. 30–33).



Saludos finales (16:1–27). El capítulo 16 recoge el cierre más formal de esta epístola. Lo que sorprende, siendo que se trata de una iglesia que nunca ha visitado, es la cantidad de gente que Pablo saluda, mucha más que en cualquier otra epístola del Nuevo Testamento. Esta anomalía ha llevado a algunos eruditos a proponer que este capítulo debería ir al final de la epístola a los Efesios, iglesia en la que más tiempo pasó el apóstol. Después de todo, Efesios no tiene ningún saludo personal al final. Pero no poseemos evidencias textuales que respalden esa teoría, y existe una explicación mucho mejor para esa larga lista de nombres al final de Romanos. Como Pablo nunca ha estado en la iglesia de Roma, saluda a muchas personas con el objetivo de construir puentes con dicha congregación. Si entre todas ellas hay personas a las que ha conocido en sus viajes, resulta normal que las mencione, con la esperanza de que aún le tengan en buena consideración y encomienden tanto a él como su mensaje al resto de la congregación. Así es al menos con la primera pareja que menciona, Priscila y Aquila (ver Hechos 18:2). Y ya en el antiguo imperio, la expresión «todos los caminos llevan a Roma» tenía su razón de ser. Había mucha gente que emigraba de cualquier parte del Imperio a la capital. Así que tiene sentido pensar que las otras personas que Pablo saluda quizá estaban en la misma situación que la pareja mencionada en el versículo 3.

El final de esta carta está marcado también por la existencia de una serie de variantes textuales. Marción, el hereje de mediados del siglo II, tenía una copia de Romanos en la que no aparecían los capítulos 15 y16. Pero a Marción se le conoce por eliminar las partes del Nuevo Testamento que no le gustaban, así que el documento que nos ha quedado de él poco sirve para esclarecer la cuestión del texto original de Romanos. Sin embargo, es curioso que un número de manuscritos coloca la doxología de los versículos 25–27 después del capítulo 14, mientras que otros la colocan tanto después del capítulo 14 como al final de la carta, por lo que los estudiosos se preguntan si algunos escribas conocían otros textos en los que no aparecía el resto de estos dos últimos capítulos.106 Pero aunque ese fuera el caso, esos textos podrían haber sido los manipulados por Marción. Existe un manuscrito anterior que coloca la doxología después del capítulo 15; por otro lado, se ha encontrado un manuscrito muy tardío que no contiene 16:1–24. Aunque pueden resultar atractivas, estas evidencias no tienen el peso de las evidencias textuales que respaldan que la secuencia de capítulos que tenemos en las traducciones contemporáneas de la Biblia coincidan con el texto original de la epístola a los Romanos.

Pablo usa los versículos 1 y 2 del capítulo final para recomendar a los romanos a una mujer llamada Febe. Quizá fue ella la que llevó la carta desde Corinto a Roma, y Pablo la describe como una diakonos de la iglesia en Cencreas y una prostatis para muchas personas, incluyendo a Pablo mismo. Aunque muchas versiones de la Biblia traducen el primero de estos términos por «sierva», este término era el que se usaba para referirse a los diáconos, y en griego aún no se había creado la forma femenina de dicho sustantivo. Como se dice que Febe es diakonos de una iglesia concreta, lo más probable es que se esté haciendo referencia al cargo que ella ocupaba. Sobre el origen del diaconado, ver el comentario de Hechos 6:1–7. El segundo término griego que hemos mencionado se suele traducir por «patrón» o «patrona», indicando así que el tipo de ayuda que ofrecía era, sobre todo, de tipo económico. Al igual que las mujeres ricas que ofrecieron ese tipo de ayuda a Jesús y los doce (Lucas 8:1–3), Febe dio de forma generosa para el sustento de Pablo, proveyendo para llegar a donde él no llegaba con su trabajo como fabricante de tiendas y con las ofrendas que de forma ocasional recibía de las iglesias.107

En los versículos 3–16, Pablo saluda a veintiséis personas y a tres iglesias que se reunían en casa (cinco de las familias nombradas en los vv. 10–11 también son iglesias). La mayoría de los nombres son nombres gentiles, confirmando así lo que la mayoría de los estudiosos creen: que la iglesia de Roma estaba formada sobre todo por gentiles, y no tanto por cristianos de raza judía. Aunque está claro que algunas de las personas que Pablo menciona en el pasado podrían haber sido gentiles temerosos del Dios de los judíos. También, la mayoría de los nombres son nombres que proliferaban, sobre todo, entre los miembros de las clases sociales bajas: esclavos, libertos y artesanos.108 Y dieciséis de ellas reciben una mención por alguna cuestión especial. «No se trata de una típica lista de saludos. Es más bien un listado de reconocimiento y menciones honoríficas».109 De las veintiséis personas, nueve son mujeres, y varias de ellas han trabajado con Pablo «en el Señor». Se demuestra así lo valiosas que fueron para el ministerio del apóstol.

La mayoría de los nombres que Pablo menciona no aparecen en ninguna otra obra cristiana, por lo que no sabemos nada sobre ellos. Pero de dos de ellos sí podemos decir algo más. El versículo 7 hace referencia a dos parientes de Pablo que habían estado en la cárcel con él. Los describe como «destacados entre los apóstoles», que muchas veces se ha traducido por «destacados por los apóstoles». Pero lo que significa esta expresión es que esos dos personajes eran apóstoles.110 Algunas traducciones antiguas contienen Andrónico y Junias, pero el segundo nombre en griego es con casi toda seguridad nombre de mujer, por lo que la mejor traducción al castellano sería Junia. Podría tratarse de un matrimonio.111 Está claro que no eran parte de los doce, pero hemos de recordar que Pablo usa el término «apóstol» para referirse también a un don espiritual, similar a nuestro término contemporáneo de «misionero» o «fundador de iglesias» (ver arriba, p. 221).112

Aunque no parece que la iglesia en Roma se viera afectada por divisiones semejantes a las que vivió la iglesia de Corinto, Pablo sabe la facilidad con la que se puede caer en una situación así. Cualquiera podría haber alimentado las tensiones que había entre los judíos y los gentiles de la congregación, y haber causado una división. Así que, en los versículos 17–19, les pide que estén alertas. El versículo 20 recoge el saludo de la Gracia y la Paz de Dios, aunque para aquellos que se oponen a Cristo, el establecimiento de dicha paz significará su destrucción. Los versículos 21–23 recogen los saludos de personas que podrían haber estado con Pablo mientras escribía. Ya conocemos a Timoteo por el texto de Hechos 16 y las epístolas que Pablo le escribe. Algunos se han preguntado si Lucio es la misma persona que Lucas; pero lo más probable es que no sea así. Jasón podría ser el cristiano tesalonicense de Hechos 17:5–9, aunque era un nombre muy común. So(sí)pater y Gayo probablemente sean los delegados que llevaron la ofrenda a Judea, que se mencionan en Hechos 20:4.Y Erasto es con casi toda seguridad la persona que aparece en una inscripción en Corinto, descubierta por los arqueólogos (recuérdese p. 273). El nombre de Tercio no es importante porque sepamos quién es, sino porque es el único ejemplo claro de que Pablo utilizaba los servicios de un amanuense o escriba, como era la costumbre helena, para que escribiera las cartas que él le dictaba (recuérdese p. 119). Los versículos 25–27 cierran la epístola con otra estimulante doxología que además resume algunos de los temas clave de la epístola.





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