8 de pentecostés a patmos una introducción a los libros de hechos a apocalipsis



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PREGUNTAS


1. Compara y contrasta los milagros y los sermones de Hechos 2 y 3.
2. ¿Cuáles son las observaciones exegéticas más importantes del conflicto entre la iglesia y el Sanedrín en Hechos 4:1–31?
3. ¿Qué más aprendemos en Hechos 4:32–35 sobre la vida comunitaria de la iglesia primitiva?
4. ¿Cómo podemos explicar el juicio y la severidad de Dios con Ananías y Safira?
5. Comenta sobre la naturaleza del consejo de Gamaliel y sobre la exactitud histórica.
6. ¿Quiénes eran los hebreos y los helenistas? ¿Cuál era el problema que había entre ellos? ¿Cómo se solucionó? De dicha resolución, ¿qué principios podemos extraer para la iglesia de hoy?
La iglesia en Judea, Galilea y Samaria (6:8–9:31). El ministerio y martirio de Esteban (6:8–8:3). Esta segunda parte presenta a una iglesia que empieza a extenderse más allá de Jerusalén. El empuje inicial viene del ministerio y el martirio de Esteban, uno de los primeros «diáconos». Como habla de forma poderosa y hace milagros, atrae la atención y la censura de las autoridades (vv. 8–14). Le acusan de blasfemar contra Moisés y Dios, y de intentar cambiar las costumbres que Moisés dejó (vv. 11, 13). En otras palabras, creen que Esteban está enseñando a la gente a violar la ley. En segundo lugar, insisten en que no para de hablar en contra de «este lugar santo» (vv. 13–14), que muy probablemente no solo se refiera al templo, sino a toda la tierra de Israel. Aunque Lucas dice que esas acusaciones son falsas, sin duda contienen al menos media verdad; «falsas más en cuanto al matiz y al grado, y no tanto en cuanto al tipo».84

El juicio de Esteban ante Caifás probablemente tiene lugar unos dos años antes de la crucifixión de Cristo (recuérdese nuestra discusión sobre la cronología). A primera vista, su defensa (7:2–53) parece más bien la de un filibustero moderno, mientras enumera ante el Consejo los detalles más importantes y por todos conocidos de la historia bíblica. ¿Realmente esperaba que olvidaran la pregunta que le habían hecho? Si nos fijamos de forma más detallada, vemos claramente que Esteban selecciona y estructura muy bien su respuesta. Lucas sabe abreviar los discursos extensos, por lo que el espacio que dedica a éste en concreto muestra la importancia que tiene para él, pues sirve para ilustrar la transición de una iglesia exclusivamente judía y ubicada en Jerusalén, a un movimiento más helenista y geográficamente más diverso.85 La defensa de Esteban hace referencia, a su vez, a los tres cargos de los que se le acusan. En los versículos 2–18 explica que todos los patriarcas sirvieron a Dios de forma fiel, pero que ninguno de ellos heredó de forma completa la tierra prometida.86 En los versículos 18–43, revisa de forma más detallada momentos clave de la vida de Moisés, centrándose particularmente en que Moisés mismo predijo la venida de un profeta como él (el Mesías) al que el pueblo debía seguir (v. 37; citando Dt 18:15). Jesús era ese profeta; por tanto, los judíos deberían escucharle. Así, el mensaje de Esteban es el verdadero cumplimiento de la ley. En cuanto al templo, los versículos 44–50 dejan claro que no era el templo lo que representaba el plan inicial de Dios para su pueblo, sino el tabernáculo. Los israelitas habían rechazado aquel plan, pidiéndole a Dios un templo como los de las otras naciones. Uno de los peligros de un templo estático, a diferencia del tabernáculo transportable, era que el pueblo podría empezar a pensar que Dios estaba limitado a un lugar concreto; por eso Esteban cita Isaías 66:1–2 y 49–50.

La «visión panorámica del Antiguo Testamento» que Estaban hace nos demuestra que son los judíos incrédulos los que han desobedecido a Dios de una forma constante. Él no ha violado la Ley, pero ellos sí lo han hecho, y el trato que ahora le están dando concuerda con ese patrón repetido a lo largo de la historia (vv. 51–53). Ben Witherington describe este discurso como un modelo ejemplar de resistencia no violenta.87 También parece reflejar una comprensión más radical de esa religión incipiente, más radical que la de los mismos apóstoles. Los seguidores de Jesús avanzan y se emancipan del judaísmo, algo que en los principios nunca hubieran imaginado.

Lejos de quedar convencidos, los líderes judíos se enfurecen y empiezan a apedrear a Esteban (7:54–8:3). Bajo la ley romana, en una situación como aquella no tenían el derecho de llevar a cabo una sentencia de muerte (Juan 18:31), pero el relato parece apuntar a que estamos ante la acción de una turba violenta indiferente a las restricciones legales. Además, Esteban los ha provocado aún más mirando al cielo y diciendo que había visto la gloria de Dios y a Jesús, el Hijo del Hombre, a la derecha del Padre (vv. 55–56).88 Curiosamente, éste es el único lugar fuera de los Evangelios en el que aparece el título «Hijo del Hombre».89 Mientras lo están apedreando, Esteban imita a su Señor orando y pidiendo a Jesús que reciba su espíritu y que no tenga en cuenta el pecado de sus asesinos (vv. 59–60; cf. Lc 23:34, 46).


ESTEBAN (HECHOS 6–7)



En este momento, Lucas nos recuerda otra vez la presencia de Saulo, un recurso para preparar a los lectores e introducir a un personaje que tendrá un papel muy importante más adelante (8:1). Uno podría pensar que lo normal sería que este primer martirio hubiera frenado la predicación de la palabra, pero lo que ocurrió fue precisamente todo lo contrario. Como diría Tertuliano más de un siglo después, la sangre de los mártires normalmente se convierte en la semilla de la iglesia (Apología 50). Aunque en 8:1 Lucas dice que «todos se dispersaron, excepto los apóstoles», lo más probable es que use «los apóstoles» como representantes de los hebreos en general.90 Si Esteban, como representante de los helenistas, tenía una comprensión más radical de la forma en la que seguir a Jesús se distanciaba de la ley judía, es probable que las autoridades fueran más intolerantes con él que con los cristianos hebreos, que en este momento aún seguían la ley. Eso también podría explicar la rabia de Saulo y la persecución de la iglesia (v. 3), que a la vez será el escenario en el que tendrá lugar su dramática conversión.

El ministerio de Felipe el Evangelista (8:4–40). El capítulo 8 deja atrás a Esteban y centra su atención en Felipe, otro de los siete líderes de entre los helenistas. Aquí Lucas relata dos episodios por los que este «diácono» pasa a ser conocido como un evangelista (no se debe confundir con el apóstol que lleva el mismo nombre). En los versículos 4–25 leemos sobre el encuentro de Felipe con un grupo de samaritanos y su cabecilla Simón. Este suceso ha suscitado numerosos debates teológicos, así que lo comentaremos de forma breve. Pero, de todos modos, no debemos perder de vista la idea central que Lucas quiere transmitir: el evangelio sale de Jerusalén, incluso de Judea, y llega a Samaria, la provincia habitada principalmente por descendientes de los matrimonios entre judíos y gentiles que habían tenido lugar siglos antes. Los samaritanos eran una raza contaminada, por lo que los judíos los odiaban más que a cualquier otra raza. En Cristo, todas estas barreras humanas se vienen abajo.91

Pero, ¿qué decir de Simón? En el versículo 13 se nos dice que cree, pero aun así intenta comprar el poder del Espíritu Santo, por lo que Pedro lo reprende duramente (vv. 18–23). La tradición temprana de la iglesia refleja una convicción casi unánime de que Simón no fue salvo (ver esp. Ireneo, Contra las herejías 1:23; Justino Mártir, Apología 1:26), y la secta gnóstica afirma que sus orígenes están asociados a este hombre (aunque no hay ninguna evidencia de ello).92 La dura reacción de Pedro parece sugerir que el apóstol no creía que Simón se hubiera convertido. De hecho, el versículo 20 dice más literalmente, como vemos en la paráfrasis de J. B. Phillips: «¡Al infierno tú y tu dinero!». Lo mismo se puede inferir de las palabras que siguen, cuando Pedro le dice «no tienes parte en este ministerio». Los que creen que los cristianos pueden perder la salvación suelen decir que eso es lo que ocurrió en el caso de Simón. Y los que afirman la «seguridad eterna» argumentan que al principio su fe fue una fe superficial, más asociada al asombro ante la persona de Felipe y su mensaje, que a un verdadero compromiso (v. 13).

Hay dos observaciones lingüísticas que parecen respaldar esta última interpretación. El término griego que traducimos en el v. 13 por «asombrado», es el mismo término que aparece en el v. 11, donde se traduce por «deslumbrados». Pero ese asombro de los samaritanos ante los prodigios de Simón no significa necesariamente que le hubieran prometido lealtad. En segundo lugar, tanto los samaritanos como Simón «creyeron a Felipe» (v. 12). La expresión más normal en el Nuevo Testamento para referirse a la fe que salva es «creer en Jesús». Por ello, parece ser que se nos está hablando de una «fe» inferior a la verdadera confianza en el Señor.93

Y una cuestión exegética más compleja sería la aparente tardanza del Espíritu Santo. ¿Por qué no es derramado sobre los samaritanos cuando creen y son bautizados? ¿Por qué no viene sobre ellos hasta que Pedro y Juan llegan de Jerusalén? Históricamente, los católicos romanos y algunos protestantes han usado este intervalo en el tiempo para justificar el bautismo de los niños y la confirmación en la adolescencia. ¡Pero en este pasaje no aparece nada sobre esos ritos! Y los pentecostales lo suelen citar como ejemplo de una «segunda bendición» o «segunda experiencia». Pero si el Espíritu aún no había descendido sobre ellos, ¡entonces en este texto no tenemos otra cosa que una «primera experiencia»! Muchos protestantes, y de ellos probablemente la mayoría de evangélicos, tienen claro que este pasaje no se puede tomar como un patrón normativo, pues se trata de aquella situación única en la que el evangelio llegó a los samaritanos. Sin el respaldo del liderazgo de la iglesia y, más generalmente, de los judeocristianos hebraicos, la reconciliación entre los judíos y los samaritanos en círculos cristianos quizá nunca se hubiera dado.

Por otro lado, hay otras dos pequeñas observaciones lingüísticas que parecen sugerir un acercamiento diferente. Si tenemos en cuenta la interpretación de «Simón creyó a Felipe» que mencionamos anteriormente, tendríamos que decir que, cuando los samaritanos se bautizaron con agua, aún no se habían convertido de verdad. Además, el orden de las palabras en el versículo 16 («solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús») sugiere que lo que ahí se está contrastando es la acción de ser bautizado en el nombre de Jesús, y cualquier otra acción dirigida a Jesús (como por ejemplo, la de creer).94 Por tanto, si los samaritanos no habían creído hasta la llegada de Pedro y Juan, entonces no hay ningún conflicto con el patrón de Pentecostés que observamos anteriormente.

El otro episodio del capítulo 8, en el que también aparece Felipe, se describe de forma más breve. Los versículos 26–40 describen el encuentro con un etíope eunuco, oficial de la realeza que había sido castrado para que fuera un guarda fiable de las mujeres del harén. De nuevo, la idea principal de Lucas es describir cómo el evangelio llega a grupos a los que el judaísmo había marginado (ver Dt 23:1, pero cf. Is 56:3–8).95 Como etíope, lo más probable es que este hombre fuera negro.96 También, es probable que fuera un hombre temeroso de Dios, un gentil que había llegado a creer en el Dios de Israel. Está leyendo el rollo de Isaías, y tiene preguntas sobre el siervo sufriente. Felipe le explica que esa profecía se ha cumplido en Jesús. Parece ser que la mayoría de los judíos en el primer siglo interpretaban que Isaías 52–53 se refería al pueblo de Israel. Aunque hay muy poca evidencia de que antes del cristianismo este texto se interpretara en clave mesiánica,97 queda claro que así es como los cristianos lo entendieron desde el principio. También aparece una cuestión más secundaria, que sería la estrecha correlación entre la fe (que el v. 35 presupone) y el bautismo de agua. En los vv. 38–39 se explica que Felipe y el etíope entraron en el agua, y luego salieron, lo que parece sugerir que lo que allí tuvo lugar fue un bautismo por inmersión, aunque también podría haber sido por efusión (la persona entra en el agua pero no se sumerge, sino que se le rocía con agua).98



La conversión de Saulo (9:1–31). La parte final de esta segunda sección es Hechos 9:1–31, pasaje que describe la conversión de Saulo. Los cristianos lo conocemos mejor por Pablo, y a menudo damos por sentado que empezó a llamarse así después de su conversion, pero Hechos no empieza a usar el nuevo nombre hasta 13:9, cuando empieza su ministerio entre los gentiles de forma más seria. De hecho, los ciudadanos romanos tenían tres nombres y, si eran judíos, solían tener también un nombre judío. Por tanto, «Pablo» (que proviene de una palabra latina que significa «pequeño») debía de ser uno de sus nombres romanos, aunque no sabemos nada de los otros dos.99 El contexto familiar de Pablo y la educación que recibió le dieron una formación excelente y única para ministrar tanto a judíos, a griegos como a romanos. Era ciudadano romano de nacimiento, estatus heradado de ambos o, al menos, de uno de sus padres (22:28). Creció en Tarso (9:11), que en el mundo mediterráneo del siglo I era la tercera ciudad de la cultura griega y la vida intelectual (después de Atenas y Alejandría). Por último, sus estudios bajo Gamaliel en Jerusalén para ser fariseo y rabino (22:3, 6) le inculcaron la religión judía ancestral. Esta educación formal debió tener lugar entre los doce y los dieciocho años, aunque no sabemos si la completó o si llegó a ser ordenado de manera formal (ver más adelante, en el comentario de 26:10). La persecución de la secta conocida como «el Camino»100 no encaja con el espíritu liberal de su maestro Gamaliel (ver más arriba, p. 33), pero con frecuencia los estudiantes se alejan de los caminos de sus maestros.

Probablemente, Saulo estaba convencido de que este grupo «apóstata» de seguidores de Jesús era la causa por la que Dios no estaba bendiciendo a los judíos, y la causa por la que no llegaba la era mesiánica (que no podía haber llegado con Jesús porque, como murió crucificado como un criminal, era hombre maldito; Dt 21:23). Por tanto, la exterminación de dicha secta debía estar de acuerdo con la voluntad de Dios. En un sentido, la actitud de Pablo encajaría con la de los grupos extremistas que hay en Oriente Medio en la actualidad; de ahí que N. T. Wright le compara con algunos de los terroristas modernos.101 Aunque su conversión tirará por tierra su teología, su celo por sus convicciones quedará intacto.

Una de las formas en las que Lucas transmite la importancia de la conversión de Saulo102 es incluyendo tres narraciones de la misma: no solo aparece en el capítulo 9, sino que volverá a aparecer en los capítulos 22 y 26. Si comparamos los tres relatos encontramos pequeñas diferencias, relacionadas sobre todo con los oyentes y la ocasión en particular,103 pero todas dan fe del cambio dramático en la vida de Saulo. No es una exageración decir que los pilares fundamentales de la nueva teología de Pablo debieron aparecer al reflexionar sobre el suceso en el camino a Damasco. Obviamente, su cristología cambió, pues ahora reconocía a Jesús como el Mesías. Pero eso significó una transformación de su sotereología: la salvación ya no es por las obras de la ley, sino por la fe en Jesús. Del mismo modo, si el Mesías había llegado, la era mesiánica había empezado, y la escatología de Saulo ya no era la de antes. Por último, su eclesiología también dio un vuelco, pues los judíos ya no eran los únicos escogidos por Dios: ahora esa categoría incluía a todos los seguidores de Cristo, fuera cual fuera su procedencia o trasfondo racial.104

Desde que Martín Lutero empezó la Reforma Protestante al principio del siglo XVI, la comprensión popular de la conversión de Pablo dice que él, como Lutero, llevaba tiempo intentando observar la ley, sin conseguirlo. Por eso Saulo estaba psicológicamente listo para el dramático cambio que experimentó. El texto que se suele usar para respaldar esta interpretación es Romanos 7:14–25, pero más adelante veremos una lectura más lógica de estos versículos (p. 291). Gálatas 1:14 y Filipenses 2:4–6 sugieren que Saulo se consideraba un judío maduro e intachable, que agradaba a Dios y que obedecía su voluntad mejor que muchos otros. De hecho, Dios tuvo que intervenir de aquella forma dramática y sobrenatural debido a ese celo ciego de Saulo.105

Ciego temporalmente, Pablo siguió las prácticas de los fariseos orando y ayunando (v. 9). Le llevaron a la casa de un creyente de Damasco llamado Ananías (¡que no se debe confundir con el hombre que murió en el capítulo 5!). En ese momento tiene lugar su curación tanto física como espiritual (vv. 10–19). El Señor le revela a Ananías que Pablo será el primer misionero a los gentiles, pero que su importancia le acarreará grandes sufrimientos (vv. 15–16). Una vez Pablo recibe todas esas instrucciones, es bautizado (v. 18) y, como en Pentecostés, recibió el Espíritu Santo. El bautismo va acompañado de la imposición de manos, pero es interesante ver que la ceremonia no está dirigida por ningún apóstol o líder de la iglesia. Las Escrituras no especifican quién debe bautizar (o servir la cena del Señor). Los pentecostales a veces diferencian entre la conversión de Saulo y la posterior recepción del Espíritu; pero solo pasan tres días, y lo más probable es que a Saulo le fuera necesario escuchar la enseñanza de Ananías antes de hacer tomar un compromiso firme con Cristo.106

A diferencia de alguna historia de la iglesia que ha insistido en que los nuevos conversos pasaban por un largo periodo de capacitación antes de empezar a proclamar sus convicciones, Saulo empieza a predicar a sus compatriotas judíos casi de inmediato (vv. 20–22). De hecho, los nuevos creyentes normalmente tienen sus mejores oportunidades de hablar de su fe a sus amigos y familiares justo después de su conversión, antes de introducirse de lleno en la cultura cristiana y, tristemente, quedarse con muy pocos amigos no cristianos. Vemos que Saulo pasó «muchos días» (v. 23) predicando el evangelio, periodo que, según Gálatas 1:18, duró tres años. Pero lo que a Lucas le importa es dejar claro el cambio radical de Saulo tanto en creencias como en comportamiento, y pasar al siguiente capítulo en Jerusalén, donde le vimos por primera vez. Pero ahora es la antítesis de lo que había sido. El relato de 9:1–31 presenta de forma completa a Saulo, llamado Pablo, el que se convertirá en el personaje principal de los capítulos 13–28.





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