8 de pentecostés a patmos una introducción a los libros de hechos a apocalipsis


PARTE 3 OTROS ESCRITOS DEL NUEVO TESTAMENTO



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PARTE 3
OTROS ESCRITOS DEL NUEVO TESTAMENTO

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LA EPÍSTOLA DE SANTIAGO: «LA FE SIN OBRAS ESTÁ MUERTA»

INTRODUCCIÓN


AUTORÍA

La tradición de la iglesia primitiva (p.ej., Orígenes, Jerónimo, Agustín y el Concilio de Cartago) apoya con fuerza la identificación del autor de este libro con Santiago, el hermano (hermanastro)1 de Jesús. Hay tres o cuatro hombres llamados de esa manera en el Nuevo Testamento, pero hay buenas razones para descartar a los otros. Santiago apóstol, hermano de Juan e hijo de Zebedeo, fue martirizado por Herodes Agripa I en el año 44 d.C. (véase Hch 12:1–2), probablemente en un momento demasiado temprano del desarrollo de la iglesia para haber escrito esta carta. El otro apóstol llamado Santiago, el hijo de Alfeo, nunca alcanzó una posición prominente en la iglesia primitiva, hasta donde sabemos. Santiago el menor (o «el pequeño»), mencionado solo como uno de los hijos de una de las María presentes en la crucifixión y ante la tumba vacía, bien puede ser la misma persona que el hijo de Alfeo. Pero se trata de otro individuo, no sabemos nada de él.

Santiago, el hermano de Jesús (Mr 6:3 y par.), sin embargo, llegó a ser un líder influyente entre los ancianos de Jerusalén (Hch 12–17) y con el tiempo la cabeza de la iglesia cristiana allí, al menos en torno al año 49 (Hch 15:13). Al parecer, todavía mantenía esa posición en torno al año 57, cuando Pablo regresó a Jerusalén después de su tercer viaje misionero. La mayoría ha creído que este Santiago no se convirtió en seguidor de Jesucristo hasta después de la crucifixión, basándose en la actitud de Jesús hacia su familia nuclear en Marcos 3:31–34 y paralelos, y en el escepticismo de sus hermanos respecto a él en Juan 7:1–5. Por supuesto, es posible, conforme se desarrollaban los acontecimientos que llevarían a Cristo a la cruz, que Santiago empezase a cambiar su actitud,2 pero el hecho de que Jesús lo escoja para una aparición especial de resurrección (1Co 15:7) sugiere que puede haberse convertido en creyente en ese momento.

Como veremos más adelante, este mismo Santiago es probablemente el hermano de Judas, autor del penúltimo libro del Nuevo Testamento (Jud 1; cf. Mr 6:3). La tradición cristiana temprana le describe de manera uniforme como un hombre muy piadoso, muy entregado a la oración y a una profunda expresión judía de la fe cristiana.3 Lo que parece ser el descubrimiento de su osario en Jerusalén a principios del siglo XXI4 ha reavivado el interés internacional en una figura que tuvo bastante influencia en el cristianismo primitivo, pero que ha pasado, en comparación, desapercibido en los siglos posteriores.



La crítica moderna ha argumentado con frecuencia que esta carta es seudónima, aunque no tanto como en el caso de Efesios o de las epístolas pastorales.5 Las razones para rechazar a Santiago como autor se incluyen en su mayor parte en estos dos epígrafes.

Primero, se alega que su estilo griego es demasiado bueno para un hijo de carpintero, sin formación, que lo escribe como su segunda lengua. Sin embargo, más de trescientos años de influencia helenística en Israel, junto al posible uso que Santiago hiciera de un amanuense que mejorase su estilo, hacen difícil afirmar qué es lo que podría o no haber escrito un judío galileo trabajador de la construcción.6 Añádase la posibilidad de un redactor posterior que realizase mejoras similares y la alegación pierde casi todo su valor.

Segundo, se afirma que la enseñanza de Santiago es demasiado judía; es decir, que no hay suficiente material distintivamente cristiano en la epístola. Si sacamos las dos breves referencias a Jesús en 1:1 y 2:1, parece que es poco lo que no pudiera haber escrito un autor judío no cristiano. Se menciona a la audiencia como las doce tribus (de Israel; 1:1), se puede llamar sinagogas a sus congregaciones (NVI «el lugar donde se reúnen»; 2:2), y no hay referencia al Espíritu Santo en toda la carta (véase, sin embargo, la nota a 4:5 en NVI). De hecho, se ha argumentado que la sabiduría, casi personificada, toma el papel del Espíritu, tal como parece hacer, al menos en parte, en Proverbios y otra literatura sapiencial judía tardía.7

Pero ese toque judío inicial en la carta es justo lo que cabría esperar al tratarse de una carta escrita a los creyentes judíos en las primeras décadas del incipiente movimiento. Santiago puede distinguirse de los otros documentos del Nuevo Testamento precisamente porque no tenemos otros ejemplos de literatura cristiana temprana de este período y rama de la iglesia. Al mismo tiempo, la carta está salpicada de alusiones a la enseñanza de Jesús, sobre todo del Sermón del Monte, de manera que no se debe cuestionar su pedigrí cristiano.8 Resulta irónico, pero las consideraciones sobre la carta como demasiado griega o demasiado judía, ¡está claro que se invalidan entre sí!9



FECHA

Si la carta es auténtica, no seudónima, hay que datarla antes del martirio de Santiago, el hermano de Jesús, en torno al 62 a.C. (véase Josefo, Antigüedades 20.9.11). El problema teológico más enojoso de esta epístola a lo largo de la historia cristiana tal vez haya sido su relación con los escritos de Pablo. La enseñanza de Santiago, de que la fe necesita ser complementada con obras ¿contradice la insistencia de Pablo en que la salvación es por gracia a través de la fe y aparte de las obras humanas? Más adelante discutiremos esta cuestión (pp. 542–544); lo relevante aquí es el tema de si Santiago está respondiendo conscientemente a Pablo, o tal vez a una malinterpretación que se hace de Pablo. Si es así, es probable que se necesite suficiente tiempo para que hayan circulado las cartas de Pablo y tengamos que contemplar una fecha cercana al final de la vida de Santiago, probablemente a principios de la década de los 60.10 Si escribe con independencia de Pablo, posiblemente redactó su epístola entre los años 44 y 49. Antes de la salida de Pedro de Jerusalén en el año 44, es posible que Santiago no tuviese suficiente autoridad o reputación para enviar una carta de esta naturaleza, mientras que después de Concilio Apostólico del 49 ya podía conocer la enseñanza de Pablo lo suficiente como para no escribir con independencia de ella.11

Muchos comentaristas, escépticos en cuanto a la autoría de Santiago, sitúan esta epístola en el último tercio del primer siglo.12 Quienes piensan que el hermano de Jesús escribió la carta, casi todos los evangélicos, se reparten de manera bastante uniforme entre las fechas temprana y tardía, aunque los últimos estudios eruditos favorecen cada vez más una fecha temprana. Aunque no parece probable una discusión directa entre Santiago y Pablo, es bastante plausible que las facciones antinómicas que Pablo tiene que tratar en varias de sus cartas podían haber distorsionado su énfasis en la fe frente a las obras de la ley y haber afirmado que la buena conducta era algo opcional para los creyentes cristianos. Entonces Santiago habría tenido que refutar contundentemente esa distorsión. Por otro lado, de ser ése el caso, uno se pregunta si no debería haber clarificado mejor sus términos, para que su refutación sonase menos a discrepancia categórica. También se puede argumentar que la disputa en que se hallan envueltos los lectores de Santiago, especialmente en 4:1–4, indica una fecha justo antes de la muerte de Santiago, a medida que el abuso romano se hacía más insoportable.

Pero es probablemente mejor optar por la fecha temprana, cuando Santiago no podía saber aún cómo se expresaba Pablo en sus cartas. La epístola de Santiago, dirigida solo a judíos cristianos, es muy probable que no tuviese una circulación tan amplia alrededor del Imperio como la que tuvieron las cartas de Pablo, y no hay razón para que Santiago debiese reproducir exactamente las palabras de su carta en el Concilio Apostólico. Así, es más fácil concebir que Pablo escribiese antes que Santiago, pero sin conocer la aparente discordia que sus palabras generarían.13 Si Santiago se escribió en la segunda mitad de la década de los 40, es casi seguro el más antiguo de los documentos del Nuevo Testamento, o cristianos en general, que conocemos.

AUDIENCIA Y CONTEXTO

La «lluvia temprana y tardía» de 5:7 (NVI: «las temporadas de lluvia») es característica solo de la mitad oriental del Imperio Romano y encaja mejor en el clima de Israel o Siria y la parte más oriental del mar Mediterráneo. El comentario de no creyentes ricos que oprimen a cristianos pobres (2:6–7) en un contexto agrícola (5:1–6) encaja con la práctica de muchos hacendados judíos (y algunos romanos) que poseían extensas granjas en Palestina y Siria y contaban con lo que podríamos llamar obreros inmigrantes para su labor, muchos de los cuales solían ser tratados de forma injusta. Dado el tono uniformemente judío de la carta, no hay razón para no tomar la referencia a las «doce tribus que se hallan dispersas por el mundo» de 1:1 de manera totalmente literal, y entender que la audiencia de Santiago constaba en su mayor parte de jornaleros judíos cristianos, probablemente de Siria, de un indeterminado número de congregaciones locales. Dada la tensión que había en la iglesia primitiva entre judíos cristianos y no cristianos, esa marginación podría haberse acentuado en el caso de estos jornaleros que afirmaban ser judíos y cristianos.14 Es posible contemplar la Diaspora en este versículo (que en la NVI vemos tras la palabra «dispersas») como la dispersión de los judíos creyentes después de la lapidación de Esteban (Hch 8:1), en cuyo caso algunos de los destinatarios podían haber permanecido dentro de Israel. Pero el uso más habitual de «diáspora» en el siglo primero se aplicaba a la expresión de los judíos que vivían fuera de su tierra.



GÉNERO Y ESTRUCTURA

Un análisis bastante diferente a Santiago lo analiza como una «carta apostólica» o «encíclica» para toda la Diáspora.15 Desde esta perspectiva, Santiago tenía autoridad para dirigirse a los judíos cristianos de todo el Imperio Romano, y así lo hizo en este documento. Sin embargo, este punto de vista corre el riesgo de «atajar el texto», como lo describe Elsa Támez,16 al no explicar de manera adecuada los detalles específicos de su situación que vemos en la carta y que no podían aplicarse a todos los judíos creyentes de la época, y al enmudecer el estridente clamor de castigo contra los opresores y de liberación para los oprimidos. Y ninguna de las demás epístolas del Nuevo Testamento insinúa siquiera la influencia de Santiago en una amplia franja del Imperio; ni siquiera el mucho más extenso y bien establecido liderazgo judío ejerció tanto poder (recuérdese Hch 28:21).

Una antigua escuela de pensamiento de la crítica de la forma, relacionada sobre todo con Martin Dibelius, consideraba Santiago como la analogía del Nuevo Testamento más cercana al Antiguo y a la literatura sapiencial judía intertestamentaria y asumía, por tanto, como en Proverbios o Eclesiástico, que no tenía que presentar una estructura con mucha cohesión. Esta perspectiva veía Santiago como una compilación de algunos dichos de Jesús, proverbios, mini homilías y sus propios pensamientos en un grupo de pequeños pasajes unificados sin ningún esquema global dominante. Estaba claro que en ciertos lugares Santiago pasaba de un texto a otro con «palabras guía», términos de un versículo que se repetían (o aludían mediante sinónimos) en el siguiente y generaban así otro pensamiento. Por ejemplo, en 1:2, «pruebas» tiene su eco en la «prueba» del versículo 3. «Constancia» enlaza los versículos 3 y 4. «Sin que les falte nada», en el versículo 4, nos lleva a «les falta», del 5. «Pedir» conecta los versículos 5 y 6a, mientras que «dudar» aparece en 6a, 6b y 7. No se pueden encontrar palabras guía para cada versículo de la carta, pero hay una llamativa cantidad de ejemplos más, de modo que se puede entender por qué muchos percibieron el modo narrativo de Santiago más como un «monólogo interior».17


En fechas más recientes, este análisis se ha visto ampliamente rechazado a favor de uno que contempla a Santiago como un resuelto teólogo que tenía una estructura global en mente (igual que la crítica de la forma en los estudios sobre los Evangelios ha dado en gran medida paso a la crítica literaria y de la redacción). Por desgracia, no existe un amplio acuerdo en cuanto al bosquejo preciso. Si embargo, resultan prometedoras varias propuestas de una estructura quiástica extendida. Aquí vamos a adoptar, con modificaciones menores, una que ha llegado a ser bien conocida gracias al comentario de Peter Davids. En él, el capítulo 1 presenta los tres temas clave del libro dos veces y de manera rápida.18 Después, los capítulos 2–5 elaboran cada uno de esos temas en orden inverso, con una breve conclusión al final. Fuera o no la intención de Santiago algo tan exacto, este tipo de esquema tiene el mérito de poner de relieve con precisión los tres temas capitales de la carta. Si está bien encaminado, sugiere que el tema central de la riqueza y la pobreza es el más importante de los tres, ¡una cuestión que suele pasar desapercibida en los (ricos) hemisferios del Norte y de Occidente!

I. Saludo (1:1)

II. Enunciación de los tres temas clave (1:2–11)

A. Pruebas en la vida cristiana (1:2–4)

B. Sabiduría (1:5–8)

C. Riqueza y pobreza (1:9–11)

III. Reafirmación de los tres temas (1:12–27)

A. Pruebas/tentaciones en relación con Dios (1:12–18)

B. Sabiduría en el ámbito del habla (1:19–26)

C. Los que no tienen nada y la responsabilidad de los que sí tienen (1:27)

IV. Los tres temas ampliados (2:1–5:18)

A. Riqueza y pobreza (2:1–26)

1. Condena del favoritismo (2:1–13)

2. El problema de la fe sin obras (2:14–26)

B. La sabiduría y el habla (3:1–4:17)

1. Los peligros de la lengua (3:1–12)

2. La sabiduría espiritual frente a la no espiritual (3:13–18)

3. Ilustración de las dos clases de sabiduría: violencia frente a humildad (4:1–12)

4. El habla jactanciosa (4:13–17)

C. Pruebas y tentaciones (5:1–18)

1. Persecución externa (5:1–6)

2. Una repuesta paciente (5:7–12)

3. La enfermedad (5:13–18)

V. Cierre (5:19–20)





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