8 de pentecostés a patmos una introducción a los libros de hechos a apocalipsis



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COMENTARIO


SALUDO (1:1)

Poco hay que añadir aquí que no se haya presentado ya en nuestra introducción más arriba. Que Santiago no se identifique como apóstol encaja con nuestra identificación de este hombre. Algunos se extrañan de que no subraye sus lazos familiares con Jesús, pero, si no llegó a la fe durante la vida terrenal de su especial hermano, no se entiende tal reticencia.



ENUNCIACIÓN DE LOS TRES TEMAS CLAVE (1:2–11)

Pruebas en la vida cristiana (1:2–4). Santiago comienza con el tema de las pruebas, sin duda debido a la pobreza y a la opresión religiosa y socioeconómica que estaban experimentando sus destinatarios. Su primer mandamiento tal vez sea el más desafiante de toda la carta: «considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas» (v. 2). Por supuesto, la dicha que Santiago tiene en mente no puede ser una emoción, porque éstas no se pueden mandar (y «ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable» [Heb 12:11]). Más bien tiene que referirse a un profundamente asentado contentamiento que podemos elegir adoptar, que nace de la convicción de que Dios obra para nuestro bien en las circunstancias difíciles, llevándonos por el camino hacia la madurez (vv. 3–4).19 El hecho de que Santiago utilice los verbos «considerar» y «saber» demuestra aún más que está hablando de una postura mental más que de un sentimiento.

Sabiduría (1:5–8). Segundo, Santiago introduce el tema de la sabiduría. Puede que tenga en mente todavía el contexto de las pruebas, aunque sus principios no se limitan a ese contexto. Cuando necesitamos sabiduría, tenemos que pedírsela a Dios con fe, no dudando (vv. 5–6). El que duda es dipsychos, literalmente, «de doble alma» (v. 8), y no recibirá la sabiduría que reclama (v. 7). Este inusual término griego no aparece en la literatura precristiana que conocemos, así que es muy posible que lo acuñase Santiago.20 Vuelve a aparecer en 4:8, donde se refiere a alguien que no se compromete de todo corazón con Dios. Así pues, no hay aquí base para la teología del «decláralo y reclámalo» que pretende que Dios nos dará todo lo que pidamos si lo creemos con la fuerza suficiente. La cuestión para Santiago no es que tenemos que saber de antemano cómo será la respuesta a nuestras oraciones; más bien, debemos estar seguros de quién las responderá. Hemos de estar seguros de que confiamos en el Dios de Jesucristo, no en cualquier otro dios.21

Riqueza y pobreza (1:9–11). Tercero, Santiago introduce el tema de la riqueza y la pobreza, el problema específico responsable de provocar las pruebas que sufren los cristianos a quienes escribe. La cuestión exegética principal de estos versículos es si el pobre y el rico son «hermanos», es decir, compañeros cristianos. El término aparece de manera explícita solo en el versículo 9, donde se modifica con el adjetivo tapeinos. No es ése el término más común del Nuevo Testamento traducido como «humilde» y se refiere más probablemente a alguien en circunstancias «humildes» o incluso «humillantes». Estos cristianos deben estar agradecidos al menos por sus posesiones espirituales de valor eterno. Algunos comentaristas creen que los versículos 10–11 describen únicamente al rico no cristiano, pero eso exige que la amonestación que se les hace para que estén orgullosos de su humilde condición refleje una amarga ironía.

En otras palabras, lo que Santiago está mandando en realidad podría ser justo lo opuesto al sentido literal de sus palabras. Pero no hace eso en ninguna otra parte de la carta; más bien, los ejemplos más claros de su ironía significan exactamente lo que dicen (5:1–6). Por tanto, es mejor entender que el término «hermano» afecta a los comentarios de Santiago sobre el rico, en cuyo caso les está recordando la naturaleza temporal y transitoria de su riqueza. En lugar de jactarse de sus posesiones materiales, deberían gloriarse en su condición humilde y dependiente ante el Dios del Universo.22



REAFIRMACIÓN DE LOS TRES TEMAS (1:12–27)

Pruebas/tentaciones en relación con Dios (1:12–18). Santiago vuelve a empezar con el tema de las pruebas (v. 12), pero da inmediatamente un giro para hablar de la tentación (vv. 13–18). El mismo término griego peirasmos se puede traducir de un modo u otro en función del contexto. Un conjunto de circunstancias externas puede tanto ser una «prueba» que los creyentes asumen para que les ayude a madurar, como convertirse en seducción para pecar. Lo determinante es nuestra respuesta.23 Los que se muestran fieles bajo las pruebas recibirán la corona celestial, que es la vida eterna (v. 12). Los que caen en amargura o cualquier otro tipo de pecado no deben acusar a Dios, porque Él no causa el mal, e incluso cuando permite el mal lo hace para usarlo con un buen propósito (Ro 8:28). Además, cada creyente tiene el poder, por medio del Espíritu, de resistir las tentaciones (1Co 10:13). Por tanto, cuando los cristianos ceden ante las tentaciones, solo pueden acusarse a ellos mismos (vv. 13–14).24 Pero un pecado sin examinar puede tener desastrosas consecuencias y en el peor de los casos demuestra que determinada persona nunca fue realmente salva (v. 15). Es curioso que Santiago tampoco permite aquí a los creyentes acusar al diablo por los pecados de ellos, incluso aunque después él mismo muestra que lo sabe todo sobre los ataques del diablo (4:7).

Si Dios no causa el mal, todo lo que Él produce tiene que ser bueno y perfecto (vv. 16–17). Entre sus dones tiene preeminencia la regeneración que se produce por medio del mensaje del evangelio. Como en los escritos de Pablo, Santiago puede contemplar las conversiones de las personas a Cristo como los primeros frutos de una planta o un árbol que sirven como anticipo de la cosecha mucho mayor que se avecina (v. 18).25



Sabiduría en el ámbito del habla (1:19–26). Uno puede imaginar que esta sección realmente no trata en absoluto de la sabiduría; al menos no aparece aquí esa palabra. Pero cuando vemos el habla y la sabiduría yuxtapuestas en 3:1–12 y 13–18, sospechamos que en la mente de Santiago están vinculadas. El contenido de 1:19–26 describe el habla sabia. Si bien no se usan las propias palabras «sabio» o «sabiduría», estos versículos están claramente impregnados de las «obras hechas con la humildad que le da su sabiduría» (3:13). Los tres puntos principales de esta subsección aparecen en el versículo 19: debemos «estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y para enojarse». Los versículos 20–21 elaboran el razonamiento y se refieren a no alterarse con rapidez. La «palabra sembrada» (v. 21), como la «palabra de verdad» del versículo 18, se refiere al evangelio plantado en nosotros en el momento de nuestro nuevo nacimiento.26 Los versículos 22–25 desarrollan el tema de estar listo para oír. La cuestión para Santiago no es simplemente que escuchemos con atención lo que otros, sobre todo Dios, nos dicen, sino que después hagamos caso a su palabra.

Así como es absurdo que una persona que se ve algo inadecuado en la cara al mirarse al espejo y después se va sin prestar atención al problema, así también oír la palabra de Dios y al instante ignorarla resulta ridículo (vv. 22–24).27 Las personas sabias más bien obedecerán siempre «la ley perfecta que da libertad» (v. 25), es decir, el evangelio del cumplimiento de la Torá, precisamente porque ella libera y bendice de maneras que la ley del Antiguo Testamento no podía por sí sola.28 Finalmente, el versículo 26 amplifica el tema de ser lento para hablar. Tarde o temprano, los que hablan demasiado y demasiado pronto, sin escuchar con cuidado a los otros y a Dios, se meterán en problemas con lo que ellos mismos dicen (cf 3:1–12).29



Los que no tienen nada y la responsabilidad de los que sí tienen (1:27).

El versículo 27 reintroduce el tema de los desposeídos. El 26 termina con una referencia a la «religión» vana con un término (threskeia) que por lo general se refiere a los sistemas externos de rituales o de moralidad. Aquí Santiago contrapone esa vanidad con un paradigma de conducta piadosa que refleja un servicio cristiano aceptable. De ese modo, combina dos dimensiones de la religión cristiana que a menudo se han separado o hasta se han considerado in-compatibles.30 Por un lado, los creyentes nos tenemos que comprometer con las personas más necesitadas de nuestro mundo, lo que incluye a los que tienen más necesidad en lo físico y material, como solía ser el caso de las viudas y los huérfanos en las culturas de los tiempos bíblicos. Por otro lado, debemos apartarnos del pecado del mundo (¡no de los pecadores!) manteniéndonos moralmente puros en medio de la corrupción que nos rodea.



LOS TRES TEMAS AMPLIADOS (2:1–5:18)

Riqueza y pobreza (2:1–26). Condena del favoritismo (2:1–13).31 Santiago argumenta ahora su preocupación por la disparidad entre ricos y pobres. Empieza describiendo un caso de flagrante favoritismo con una persona rica y la discriminación contra una azotada por la pobreza (vv. 1–4). Todo esto tiene lugar en «el lugar donde se reúnen» (v. 2), pero el sustantivo griego que aquí se usa es synagoge o «sinagoga». En 5:14, Santiago usa la palabra normal para «iglesia» (ekklesia), así que es posible que aquí esté pensando en una clase de asamblea diferente. Dado que los judíos solían usar sus sinagogas como cortes donde decidir sobre disputas internas, sobre todo cuestiones relacionadas con la propiedad, resulta tentadora la sugerencia de que algo así esté ocurriendo en las congregaciones de Santiago (recuérdense también las órdenes de Pablo en 1Co 6:1–11). Incluso hay pasajes de la literatura rabínica que exigen atuendos idénticos en los procesos de tribunales (b. Sheb 31a; Deut. Rab. 5.6 sobre 16:19), lo cual podía hacer que las discrepancias aquí fueran mucho más duras. Más aún, buena parte del lenguaje de Santiago es de carácter judicial: destaca sobre todo «favoritismos», en el versículo 1, y «discriminación» y «juzgando», en el 4. Si se trata de un tribunal cristiano en lugar de una reunión normal de adoración, los litigantes son seguramente ambos cristianos, lo cual hace más evidente que Santiago podría estar contemplando a un cristiano rico, incluso aunque éste no esté tratando a los demás, ni esté él mismo siendo tratado, de manera adecuada.32

A continuación Santiago alimenta el razonamiento de su ataque contra el tipo de favoritismo que acaba de describir (vv. 5–7). Éste es precisamente el comportamiento que más sufrimiento ha causado a los cristianos pobres a los que se dirige. Los ricos hacendados no cristianos están arrastrando a los pobres jornaleros a los tribunales (v. 6), sin duda para obligarlos a saldar diversas deudas, un escenario común en el siglo primero, que a menudo daba con los morosos incapaces de pagar en prisión. Con sus palabras y acciones, estos ricos están blasfemando el propio nombre de Cristo (v. 7). Al mismo tiempo, el versículo 5 debe leerse en su integridad. Este texto no apoya la «opción preferencial por los pobres» de la teología de la liberación, que no tiene en cuenta la fe del individuo, más bien promete una completa herencia del reino para las personas pobres «quienes lo aman [a Dios]».33

Además, la propia ley condenaba el favoritismo (vv. 8–11). La «ley suprema» (que también puede referirse a «la ley del reino») incluye la segunda parte del doble mandamiento de amor de Jesús: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (v. 8; Lv 19:18), que con toda claridad se mantiene vigente también en la era del Nuevo Testamento.34 Si algunas personas protestan que han observado las otras leyes morales fundamentales de la Escritura, Santiago replica que basta con una sola transgresión para ser un transgresor de la ley (vv. 9–11). Afortunadamente, los cristianos no serán juzgados por la ley, o todos serían condenados. Más bien estarán en pie ante Dios el día del juicio, perdonados gracias a los méritos y la misericordia de Cristo (de nuevo, «la ley que da libertad»; v. 12). Como en la parábola de Jesús sobre el siervo que no perdonó a su compañero (Mt 18:23–35) e incluso en el contexto del propio Padrenuestro (Mt 6:9–15), quien ha experimentado la espléndida misericordia de Dios en Cristo mostrará, por definición, una misericordia similar hacia los demás.35 Los que nunca lo hacen puede que nunca hayan sido salvos, de modo que experimentarán juicio sin misericordia. Pero, para los creyentes, la misericordia inmerecida triunfa sobre el juicio merecido (v. 13).

El problema de la fe sin obras (2:14–26). Desde que Martín Lutero no supiera qué hacer con los versículos 18–26 y se atreviera a opinar que Santiago era una «epístola de paja» porque parecía contradecir el énfasis de Pablo en la salvación por la sola fe, se ha descuidado en gran medida el contexto de estos versículos. Esta subsección empieza en realidad con una ilustración de fe «sin obras» (vv. 14–17), que continúa desarrollando el tema del rico y el pobre. Santiago elabora otra ilustración extrema, aunque tanto aquí como en los versículos 1–4 pueden haber sido incidentes reales que le hubiesen contado o tuviese en mente. Esta vez, su descripción se ocupa de un cristiano que carece del alimento o el vestido necesarios y acude a otro creyente que está en condiciones de ayudar a su hermano o hermana, pero no hace nada en absoluto, aparte de expresarle buenos deseos (vv. 15–16).36 Este tipo de fe sin obras está muerta, es decir, no existe (v. 17). La pregunta retórica con la que empieza el párrafo («¿Acaso podrá salvarlo esa fe?») emplea la partícula griega me, lo que significa que la respuesta es «no».

Los versículos 18–26 anticipan y responden a una potencial objeción: ¿se pueden separar la fe y las obras? Santiago niega esa posibilidad (v. 18). Los demonios creen que Dios existe y que es el único Dios, pero ni le adoran ni, desde luego, son salvos (v. 19).37 Tiene la «fe por sí sola» que censura el versículo 17. En contraste, Abraham y Rahab demostraron en los tiempos del Antiguo Testamento su justicia, presentándose ante Dios con sus buenas obras (vv. 20–26). ¡Santiago llega incluso más lejos al deducir de tales ejemplos que las personas son justificadas por las obras (ex ergon) y no por la fe sola! No es de extrañar que muchos escépticos hayan planteado éste como uno de los ejemplos más claros de contradicción flagrante en la Escritura (recuérdense Ro 3:28 y 4:3). Pero debemos reconocer que Pablo y Santiago utilizan los términos «fe» y «obras» de modos diferentes. Tal como Joachim Jeremias expresó de manera memorable, Pablo habla de la fe cristiana (confianza en Cristo) y las obras judías (obediencia a la ley para la propia justificación), mientras que Santiago se ocupa aquí de la fe judía (puro monoteísmo) y las obras cristianas (buenas acciones que fluyen de la salvación).38 Los dos autores coinciden en que el verdadero compromiso con Cristo conducirá necesariamente a un estilo de vida transformado (Gá 5:6).39 Tal como expresó Agustín hace siglos, «Pablo dijo que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley, pero no sin las obras de las que habla Santiago» (De la vida cristiana, 13).40 Para ser más específicos, a la luz de Santiago 1:26–27, Santiago puede estar combatiendo que ciertos rituales en la vida y la adoración cristiana ocupen el lugar de las necesarias obras de misericordia (2:13) que definen la verdadera piedad.41




La sabiduría y el habla (3:1–4:17). Los peligros de la lengua (3:1–12). Santiago comienza este tratamiento ampliado del sabio hablar refiriéndose al poder y al potencial de influencia que tienen las palabras de las personas.42 Debido a la condición que se concedía a los rabinos en los círculos judíos, demasiados miembros de las congregaciones de Santiago podían haber estado aspirando a una función parecida de maestro en sus círculos judíos cristianos. De modo que Santiago advierte contra el hecho de que demasiados pretendan dicha posición, dado que conlleva una gran responsabilidad (v. 1) Uno puede disculparse por palabras poco afortunadas y ser perdonado, pero siempre dejará algo de daño sin reparar. Cuanto mayor es el ámbito de influencia del maestro, más puede confundir un error y dañar un pecado y, como todos seguimos siendo pecadores, tarde o temprano todo maestro tropieza (v. 2a).43

De hecho, la lengua desata un gran poder tanto para lo bueno como para lo malo, más generalmente, en su capacidad para tener dos vertientes, para lo cual es única (vv. 2–12). Los versículos 2b–5a comparan el poder de la diminuta lengua para afectar a la persona en su totalidad con la función de la brida en la boca del caballo o el timón de un barco. Los versículos 5b–8 vuelven al claro poder destructivo de la lengua. Un habla maliciosa o descuidada es como la chispa que incendia un bosque entero, con el potencial de corromper toda la vida de alguien tanto en esta vida como más allá (vv. 5b–6). En cada rama del reino animal hay ejemplares domesticables, pero la lengua humana, controlada por una criatura que se supone superior a los animales, ¡no se puede domar (vv. 7–8)! La ironía de Santiago crece en los versículos 9–12 lamentándose de cómo las personas pueden maldecir al prójimo y alabar a Dios con la misma boca. Pero todos los hombres, hasta los no redimidos, son creados a imagen de Dios como criaturas que Él valora de modo inconmensurable. Una vez más, la propia naturaleza refleja una coherencia mayor, porque las fuentes y los árboles frutales producen únicamente el fruto previsible.44



La sabiduría espiritual frente a la no espiritual (3:13–18). En estos versículos tenemos de nuevo el concepto de sabiduría, explícitamente, al ir Santiago del habla a la conducta más general. La sabiduría no espiritual, que procede del mundo, de la carne y del diablo (v. 15), se caracteriza por su egocentrismo (vv. 14, 16). La sabiduría espiritual, sin embargo, que viene de Dios, es por encima de todo pura (v. 17) y además llena de agraciados rasgos como la humildad, el carácter pacificador, la compasión, la sinceridad y otros semejantes, todos los cuales llevan a buenas obras que caracterizan a los verdaderos redimidos (vv. 13, 17–18).45

Ilustración de las dos clases de sabiduría: violencia frente a humildad (4:1–12). El egocentrismo característico de la sabiduría no espiritual lleva con facilidad a la violencia (vv. 1–6). En lugar de pedir a Dios por lo que necesitan, las personas se pelean por lo que quieren (vv. 1–2). Algunos eruditos fechan la carta de Santiago a principios de la década de los sesenta porque toman estos versículos en sentido literal y creen que en la iglesia se había infiltrado algo de la violencia propia del movimiento zelote.46 Pero el lenguaje puede ser metafórico, igual que lo emplearíamos hoy, para referirse a intensas divisiones o disputas en la iglesia. Por supuesto, una réplica natural a la línea de razonamiento de Santiago podría ser que los cristianos no siempre consiguen lo que quieren (o incluso necesitan) de Dios. Santiago tiene una doble respuesta en este contexto.

Primero, a veces es que simplemente no han pedido (v. 2b) o no lo han hecho suficiente tiempo (el uso del presente en griego puede sugerir acción continua). Segundo, a menudo piden con motivaciones erróneas y egoístas (v. 3). Esta última explicación es probable que sirva para más oraciones no respondidas de lo que quisiéramos admitir. Incluso peticiones aparentemente nobles, como por la salud (para que podamos servir mejor a Cristo), sana economía (para que podamos cuidar debidamente de nuestras familias) o un buen trabajo (para poder ejercer nuestros dones espirituales) pueden con demasiada facilidad manifestar una motivación basada en deseos más primarios y, en definitiva, egoístas, como el de sentirnos bien, poder comprar lo que queremos y obtener una buena reputación ante otros.

Los versículos 4–6 dejan perplejos a los oyentes de Santiago. ¿De verdad dice que los cristianos son (metafóricamente) adúlteros, que aman al mundo y aborrecen a Dios y se convierten en enemigos de Él? Tal vez solo una minoría en sus congregaciones cumple los requisitos y, como el autor de Hebreos (véase más adelante), no da por sentado que todos los que están en la iglesia son necesariamente salvos. Luke Johnson, sin embargo, ve 4:4 como equivalente al versículo tesis de toda la epístola,47 en cuyo caso Santiago no estaría necesariamente diciendo que cada uno de sus destinatarios está completamente apartado de Dios, tan solo que esas son las consecuencias lógicas de emprender un camino en esa dirección (1:15).

El versículo 5 deja claramente de manifiesto la dificultad de traducción, tal como muestran las dos (¡) variantes que aparecen en las notas de la NVI. ¿Es pneuma («espíritu») el sujeto o el objeto de ama/envidia? ¿Se refiere Santiago al Espíritu Santo o a un espíritu humano? Dado que epipotheo se usa siempre en el resto del Nuevo Testamento con connotaciones totalmente positivas de un celoso amor lleno de piedad, no siempre atribuible a un espíritu humano, y puesto que Dios es el único sujeto posible para «hizo morar», la manera más normal de entender el versículo 5b es «Dios ama celosamente al espíritu que él ha hecho morar en nosotros».48 Así, Santiago podría estar estableciendo un contraste entre el deseo de Dios para mantenernos cerca de Él y nuestra tendencia a la rebelión, y lo refuerza citando la Escritura. ¿Qué pasaje? Ningún texto del Antiguo Testamento dice eso (ni las otras posibles traducciones). Es probable que tenga en mente el tema más amplio del celo de Dios por su pueblo, como se refleja en textos como Éxodo 20:5; 34:14 y Zacarías 8:2.49

En lugar de pelear entre ellos o imitar la codicia y orgullo del mundo, los creyentes deben someterse a Dios y humillarse ante Él (4:7–10). Este párrafo desata un aluvión de mandamientos, a modo de staccato, que acentúan la seriedad de los mandatos de Santiago. Nadie se atrevería a afirmar que «el diablo me hizo hacer» en algún pecado en particular, porque él no fuerza a nadie. Solo pecamos cuando nos rendimos ante las tentaciones de Satanás en lugar de mantenernos cerca de Dios; si resistimos al diablo, huirá de nosotros (vv. 7–8a). En el versículo 8b, Santiago aplica el lenguaje de la pureza ritual del Antiguo Testamento al ámbito de la pureza moral.50 Sus mundanos oyentes deben dejar de burlarse de las normas de Dios y tienen que arrepentirse de su pecado (vv. 9–10).



Los versículos 11–12, a primera vista, parecen conectar más cómodamente con el material precedente, pero de hecho agrupan toda la sección sobre la sabiduría y el habla hasta aquí. En el contexto de las luchas principalmente verbales de los versículos 1–2, habría sido fácil dar una presentación negativa de los oponentes y denigrarlos. Pero hacerlo habría significado cometer falso testimonio contra ellos, violando uno de los mandamientos morales básicos del Antiguo Testamento (Éx 20:16) que se mantiene vigente en la época del Nuevo Testamento (Lc 18:20). Dicha conducta lo coloca implícitamente a uno como juez sobre los demás e incluso sobre la propia ley, cuando solo Dios puede ejercer de modo legítimo esa función. Esta es la «sabiduría» del mundo, de la carne y del diablo (3:15), que se manifiesta en pronunciado contraste con la sabiduría celestial que los cristianos han de mostrar (3:17), por medio de la cual aprenden a controlar la lengua (3:1–12).

El habla jactanciosa (4:13–17). La última subsección de esta parte de la carta de Santiago contrasta la planificación sabia con la necia (4:13–17). Los principios relevantes se ilustran con un ejemplo del pequeño comerciante de clase media del Imperio Romano, que tenía la posibilidad de transportar sus mercancías tanto fuera de la ciudad como cerca de casa. Hoy los llamaríamos vendedores ambulantes. Planificar un año entero por adelantado era bastante más de lo que la mayoría de habitantes del antiguo mundo mediterráneo gestionaba, dada su dependencia de las vicisitudes de las estaciones del año. Pero hasta la vida misma podría acabarse o cambiar drásticamente en un momento, así que cualquier afirmación confiada acerca de los días o meses venideros reflejaría una arrogante jactancia (vv. 13–14, 16).51 Pese a toda la tecnología que permite a la gente de hoy controlar su entorno de muchas maneras, este principio se mantiene intacto. La alternativa piadosa no es dejar de planificar, sino dejarle lugar a la voluntad del Señor para dar la vuelta a la nuestra (v. 15).52 El hecho de que Santiago podría haber esperado que sus lectores actuasen de esa manera refuerza nuestra convicción de que se trataba de cristianos y de que él reconoce que algunos creyentes podrían ser de condición medianamente acomodada. Este párrafo también da una tercera respuesta a la cuestión de por qué no siempre conseguimos lo que queremos de Dios (recuérdense vv. 2–3), porque sencillamente no es su voluntad.


Pruebas y tentaciones (5:1–18). Persecución externa (5:1–6). Al final, Santiago regresa al tema con el que comenzó la epístola. Primero, retoma las circunstancias específicas de la opresión en que se encuentra buena parte de su iglesia (5:1–12). Les asegura que quienes provocan sus pruebas —la explotación que sufren por parte de los ricos hacendados— serán juzgados severamente (vv. 1–6). Estas personas autoindulgentes son, con toda claridad, no cristianas, pero su vida de lujos e indiferente al clamor de los oprimidos presenta una fuerte advertencia para todos los que podrían actuar de modo similar aun mientras afirman ser creyentes. El versículo 1 empieza con el mismo apóstrofe literario que 4:13, pero eso no significa que tenga en perspectiva a la misma audiencia. En el primer pasaje, Santiago anima para una acción correctiva; aquí dice a los ricos impíos que lloren ante el juicio y la condenación venideros.53 Los versículos 2–3a podrían contener formas de tiempo perfecto con sentido profético a la luz de las formas de futuro del versículo 3b, pero tienen aún más sentido como verdaderas formas de pasado. Precisamente debido a que esas posesiones materiales son un excedente sin usar, se han podrido, corroído y apolillado.54

La negativa de los terratenientes a pagar salarios decentes y a tiempo a sus jornaleros se hace mucho más aborrecible en tanto que tienen recursos más que suficientes para hacerlo (vv. 4–5). Como en toda la Biblia, adquirir riquezas no es necesariamente malo, pero no dar generosamente de la propia riqueza siempre lo hace a uno culpable. El versículo 6 probablemente no se refiere a asesinato literal, sino judicial: condenar a prisión a los que no podían pagar las exageradas tasas o rentas con que a menudo se les gravaba. Con el tiempo, muchos podían morir en la cárcel.



Una respuesta paciente (5:7–12). A los cristianos les habría resultado fácil imitar a los sacerdotes y tratar de rebelarse o atacar a los opresores de algún modo. O bien, en la medida en que no podían desahogarse con sus propios hacendados, podrían al menos desfogar su furia y deshacerse de sus frustraciones unos contra otros. Santiago aconseja un método muy diferente (vv. 7–11).55 Por una parte, anima a su audiencia a mirar al futuro y recordar el inminente regreso de Cristo (vv. 7–9). Por mucho que parezca demorarse Cristo desde la perspectiva humana, su Segunda Venida y la vindicación de su pueblo ocurrirán muy pronto desde la perspectiva de la eternidad. La paciencia, semejante a la espera de un granjero que aguarda los dos períodos de lluvia que permitirán a la siembra de primavera y a la de otoño traer su cosecha en su debida estación, aportará en su momento ricos dividendos. Quejarse unos de otros solo trae el juicio de Dios sobre ellos.

Por otro lado, Santiago también manda a sus oyentes que miren al pasado y recuerden los ejemplos de la paciencia y perseverancia de los profetas y de Job (vv. 10–11). Pero Santiago no ha hecho oscilar el péndulo desde el extremo violento de los zelotes al extremo quietista de muchos esenios, que se apartaban de la sociedad y se limitaban a rogar a Dios que interviniese de modo sobrenatural para corregir los males del mundo.

Lo que llama la atención en cuanto a los profetas es cómo «hablaron en el nombre del Señor». Y la manera que los profetas tenían que enfrentarse a la injusticia de sus días era una denuncia contundente, aunque significase condenar la conducta del Rey. De modo similar, Job mantuvo persistentemente su inocencia de cualquier pecado tan grave como para justificar las horribles aflicciones que le vinieron. Y con el tiempo Dios le vindicó frente a sus consejeros, cuyas tradicionales explicaciones teológicas para el mal que sufría habían errado. Así, aunque Santiago evita la violencia, no se puede decir que apoye la pasividad; ¡el pueblo de Dios tiene la responsabilidad de expresarse enérgicamente contra la injusticia del mundo que hace que algunos sean más pobres para que los ricos sean más ricos!56

Mucho más que en el caso de 4:11–12, el versículo 5:12 parece en principio independiente de nada que venga antes o después de él. De hecho, puede haber una relación muy directa con la opresión descrita en 5:1–6. Entonces, como ahora, una de las tácticas más comunes para intentar evitar la bancarrota, el desahucio, o incluso castigos más graves, como la prisión, era prometer el pago en un futuro próximo si se daba al deudor un poco más de tiempo. En muchos casos, sin embargo, tales promesas eran poco realistas y constituían un compromiso temerario. Jurar hacer algo que uno va a ser incapaz de cumplir solo trae un mayor descrédito para uno mismo y para su organización, o incluso para Dios, en cuyo nombre se jura. Las personas deberían más bien desarrollar una reputación de ser dignos de confianza, para no tener que tomar medidas especiales a fin de convencer a otros de que van a hacer lo que dicen.57




La enfermedad (5:13–18). Tal vez más habituales que la persecución y el acoso externos son las pruebas procedentes de enfermedades físicas. Este pasaje es uno de los más importantes de la Escritura relativos a la adecuada respuesta ante la enfermedad severa o prolongada. Una vez más, Santiago manda orar con fe, en esta ocasión como el antídoto primordial para el sufrimiento. En estos seis versos se dan siete veces términos para la oración, un factor importante para recordar antes de enredarse en los detalles del ritual de la unción. Pero en situaciones bastante serias (aquí indicadas por el hecho de que el enfermo llama a los ancianos, que oran por él, lo que indica a alguien que está postrado en cama),58 también se aplica la unción con aceite. Algunas palabras de este pasaje pueden referirse tanto a la enfermedad y sanidad física como a la espiritual, lo que lleva a algunos intérpretes a pensar que solo se contempla la espiritual. Pero los versículos 15b–16 demuestran que solo algunas de esas enfermedades se deben al pecado (en cuyo caso se necesita la confesión), pero los rabinos solían usar el aceite para ungir de forma ceremonial a los enfermos en sentido físico, de modo que es mejor considerar que aquí se trata de enfermedad física.59 Otros han argumentado que la unción con aceite reflejaba una primitiva forma de medicina, pero el equivalente rabínico vuelve a sugerir otra opción, por no mencionar el hecho de que los antiguos sabían que el aceite solo podía ayudar en un limitado número de afecciones.

¿Qué hacemos entonces con el versículo 15a: «La oración de fe sanará al enfermo»? Debemos recordar que Santiago asume que ya hemos leído y tenemos en mente 4:15, donde la voluntad de Dios puede perfectamente dominar sobre la nuestra. Tal como hábilmente expresa Douglas Moo: «la fe que ejercemos al orar es fe en el Dios que, de forma soberana, cumple su voluntad … nuestra fe reconoce, explícita o implícitamente, los propósitos soberanos y providenciales de Dios».60 Obviamente, Santiago sabe que hasta las personas más piadosas del pueblo de Dios acaban muriendo, y muchos de enfermedades, de modo que 5:15 no debe interpretarse como la herejía de «riqueza y salud» en la que la única razón por la que un cristiano no se sana es la falta de fe. Al mismo tiempo, este pasaje no apoya el tradicional sacramento católico de la extrema unción o los santos óleos. Aunque algunos de los que convocan a sus ancianos pueden estar cerca de la muerte, nada sugiere que todos lo estén, y la cuestión en esta ceremonia es orar por curación, ¡no preparar para la muerte!

La unción con aceite debe también diferenciarse de los ministerios de quienes tienen el don de sanidad (1Co 12:30). Ninguno de los criterios para ser anciano incluía tener ese don. ¿Por qué entonces involucra a los ancianos? Posiblemente porque eran los responsables pastorales debidamente comisionados de la iglesia, y la ceremonia que se describe aquí se entiende como una manera de mantener al enfermo conectado con su congregación, mientras que los sanadores de fe solían tener un ministerio itinerante, débilmente conectados, en el mejor de los casos, con una asamblea local. Para que nadie dude del potencial de la ceremonia de unción y oración, Santiago recuerda a sus lectores cómo las oraciones de Elías detuvieron los cielos durante un año y medio y después inundaron de lluvia la tierra castigada por la sequía (vv. 17–18; cf. 1R 17–18).61

CIERRE (5:19–20)

El final comparativamente abrupto de Santiago nos recuerda que su carta no sigue el patrón de la forma epistolar helenística, sino que cae más en el género de la literatura sapiencial. De todos modos, estos versículos constituyen una conclusión apropiada, recordando a su audiencia una tarea clave de la vida cristiana: restaurar a los pecadores de su error y salvarlos de la muerte espiritual. La posición que uno tenga en el debate calvinista–arminiano sobre la perseverancia de los santos dictará normalmente su manera de evaluar la situación aquí descrita. «Se extravía de la verdad» traduce un verbo (planao) que puede significar extraviar, dirigir mal o engañar, y en voz pasiva, como aquí, extraviarse, equivocarse, desviarse o vagar. Nada de este pasaje resuelve el debate sobre si se trata de alguien que ha sido un cristiano auténtico (o incluso profesante) o no.



CUESTIONES ADICIONALES PARA EL REPASO

1. ¿Quiénes son los posibles autores de Santiago? ¿Cuál de ellos es el candidato más probable y por qué?


2. ¿A quién se escribió la epístola de Santiago y en qué año la dataríamos? ¿Cuál es la problemática que afecta a la fecha de la carta?
3. ¿Qué temas recurrentes proporcionan a la carta de Santiago su estructura? Resume la idea principal acerca de cada uno de los tres temas clave según se presentan a lo largo de la epístola.
4. ¿Cuál es la postura de Santiago en torno a la relación entre fe y obras en 2:14–26? ¿Cómo se puede armonizar su enseñanza con las de Pablo acerca de la relación entre las dos?
5. ¿Qué acciones caracterizan a alguien que ha recibido la sabiduría de Dios? ¿Qué acciones y comportamientos excluirá obligatoriamente la conducta cristiana?
6. Para Santiago, ¿qué relación hay entre salvación y mayordomía? ¿En qué se diferencia la posición de los cristianos estadounidenses del siglo XXI de la situación de la audiencia original de la carta? ¿Qué fragmentos de la carta de Santiago son más delicadas y desconcertantes para la iglesia norteamericana? ¿Por qué?
7. ¿Cómo responde Santiago ante las frustraciones de los creyentes al no conseguir lo que han estado pidiendo a Dios? ¿Qué razones da Santiago para la falta de respuesta a las oraciones? ¿Cómo cuadran esos motivos con el consejo de Santiago para orar por los enfermos? ¿Cuáles son algunas de las claves exegéticas que deben entenderse con referencia a la oración de fe por el enfermo en Santiago 5?




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