8 de pentecostés a patmos una introducción a los libros de hechos a apocalipsis


EPÍSTOLA A LOS HEBREOS: LA SUPREMACÍA DE CRISTO



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EPÍSTOLA A LOS HEBREOS: LA SUPREMACÍA DE CRISTO

INTRODUCCIÓN


GÉNERO

A pesar del título de epístola que tradicionalmente se le ha dado, solo el final de este libro se parece a una carta. Comienza con un prólogo teológico de alto nivel (1:1–4), mientras que intercala doctrina y ética a lo largo del resto del documento, en distintas divisiones. El autor describe la obra como «estas palabras de exhortación» (13:22), expresión que solo encontramos una vez más en el Nuevo Testamento, en Hechos 13:5, donde se refiere a un sermón. Lo mismo se aplica a su uso en la obra cristiana extrabíblica conocida como las Constituciones Apostólicas (8:5), del siglo cuarto. Por tanto, es mejor pensar en Hebreos como la forma escrita (o sustituta) de un mensaje predicado.1



DESTINATARIOS

El público original del mensaje se ha identificado tradicionalmente como uno o más grupos de judíos cristianos; de ahí el título «a los hebreos». No se le dio ningún otro título al libro en la historia cristiana temprana y el contenido de la mayor parte del texto encaja en esa identificación. El documento está lleno de citas e imágenes del Antiguo Testamento, y está diseñado para demostrar la superioridad de Cristo sobre cualquier otra figura clave o institución judías.

Por supuesto, la frecuencia de estos rasgos en algunas de las cartas de Pablo dirigidas a las comunidades donde predominaban los cristianos gentiles muestra que también se habrían tenido en cuenta otras clases de destinatarios. Algunos expertos modernos incluso han defendido una orientación más gentil en el autor o su audiencia (o en ambos), señalando de modo particular un método de razonamiento que parece más propio del filósofo griego Platón o del judío helenista Filón, que mezclaba el pensamiento judío con la filosofía griega con el propósito de dejar en mejor lugar al judaísmo entre los gentiles. Quizás lo más digno de destacar a este respecto es la comparación entre el tabernáculo terrenal y el celestial, en 8:1–6, con paralelismos en la famosa alegoría platónica de la caverna, en la que las realidades terrenales no son sino sombras de sustancias celestiales. También se ha argumentado en ocasiones que pasajes como 3:12, que advierte en contra de alejarse «del Dios vivo», o 6:1, acerca de los «fundamentos» y las «obras que conducen a la muerte», no son expresiones que hubiera usado un autor judío (ni un autor gentil que aprecia ser judaísmo como preparación para el cristianismo) para describir a los que siguen el ju-daísmo no cristiano.2

Sin embargo, a partir del descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto después de la Segunda Guerra Mundial, el péndulo ha regresado al otro extremo entre la mayoría de expertos, que ahora ven Hebreos a la luz del trasfondo judío. Algunos hasta han encontrado similitudes distintivas entre aquellos escritos esenios y la epístola. Por ejemplo, los miembros de la secta de Qumrán esperaban a un Mesías tanto sacerdotal como regio, y Hebreos es el único documento del Nuevo Testamento que desarrolla el tema de Cristo como sumo sacerdote. Hay un documento del Qumrán, 11QMelquisedec, que identifica al Mesías sacerdotal con Melquisedec, sacerdote de Salem en la época de Abraham (Gn 14:18–20). En otra parte de los Rollos del Mar Muerto, Melquisedec aparece como una figura ensalzada, incluso como el arcángel Miguel. Entretanto, Hebreos 7 desarrolla extensamente una comparación entre Jesús y Melquisedec, cuando ningún otro documento del Nuevo Testamento se refiere a esta poco conocida figura del Antiguo Testamento.

El fundador de Qumrán, conocido simplemente como «el Maestro de Justicia», se comparaba reiteradamente con un profeta como Moisés, y Hebreos también compara a Jesús y Moisés (sobre todo 3:1–6), aunque dicha comparación no se da únicamente en esta carta. Por último, Hebreos 6:2 presenta una extraña referencia a «bautismos» en plural, que podría encajar con las abluciones diarias que se practicaban en Qumrán.3 Al mismo tiempo, otros escritos judíos que contemplan un mesías sacerdotal hablan de Melquisedec o del profeta escatológico, o describen múltiples bautismos, de modo que ninguno de estos argumentos es una prueba concluyente.

Tal vez la más equilibrada conclusión sea dar cabida a varias posibilidades. Lo más probable parece ser una composición mayormente judeocristiana de los destinatarios originales. Pero bien puede haber habido creyentes gentiles entremezclados. Y, entre los del trasfondo judío, algunos fácilmente pudieran proceder de raíces sectarias, como las estrechamente unidas comunidades de los esenios.4 Cuanto más temprana sea la fecha (véase más abajo), más probable es que los lectores fuesen predominantemente, o incluso de manera exclusiva, judíos. Cuanto más tardía sea la fecha, más probable es que los rasgos distintivos judíos de la carta no determinen necesariamente la composición de los destinatarios.



AUTOR

El autor de esta carta es desconocido. Los manuscritos antiguos no se las atribuyen a nadie, ni en el texto de la epístola misma, ni en ninguna anotación al margen ni sobrescrito. Las anotaciones de algunas ediciones de la versión King James que se refieren a Pablo como autor no se basan en ninguno de los manuscritos más antiguos y, por tanto, no deberían formar parte de lo que creen los cristianos como palabras inspiradas por Dios.5 La autoridad paulina no era más que una convicción común en la Edad Media que transmitieron los traductores de la versión King James a partir de varios manuscritos tardíos que habían añadido esa referencia al final de la carta. Más bien, los varios padres de la iglesia de los primeros siglos que atribuyeron la carta a Pablo lo hicieron sobre todo para apoyar sus convicciones de que la carta poseía autoridad apostólica, no porque tuviesen verdadera evidencia de que Pablo la escribiese. De hecho, el testimonio artístico más antiguo se presenta muy dividido en su opinión.

Además de Pablo, otros candidatos a autor han sido Lucas (basándose en los supuestos paralelismos estilísticos entre sus escritos), Bernabé (que era levita, lo que justifica el interés por el sacerdocio y la exhortación y recuerda el significado de su apodo en Hechos 4:36), y Clemente de Roma (basándose en las similitudes con su última carta, conocida como Primera de Clemente). Los escritores católicos latinos fueron mucho más tardíos que los ortodoxos griegos incluso para contemplar la posibilidad de la autoría Paulina, en parte debido a su oposición a su supuesta línea dura contra los apóstatas. Las primeras colecciones de libros del Nuevo Testamento nos presentan Hebreos insertado en posiciones muy diferentes, dentro y después de las cartas reconocidas como paulinas. La propuesta protestante más común, popularizada primero por Martín Lutero en el siglo XVI, atribuye la autoría a Apolos, basándose en su reputación de elocuencia y en su gran conocimiento del Antiguo Testamento (Hch 18:24–28) y en su formación en Alejandría, con su «escuela» de interpretación exegética similar a la que encontramos en esta carta. Hasta los paralelismos con Qumrán los podría haber adquirido en Alejandría, porque allí había una comunidad esenia.

Otros han sugerido, en los últimos tres siglos de erudición «moderna», a Silas, a Felipe e incluso a Priscila. Hay algunos parecidos entre Hebreos y 1 Pedro, y se ha considerado que Silas fue uno de los amanuenses que contribuyó al buen estilo griego de la carta (1P 5:12). Felipe, el diácono, fue uno de los dirigentes judeocristianos helenistas originales, cuyo pensamiento pudo haber reflejado el de Esteban y, así, haber sido más radical y haber estado más dispuesto a abrazar filosofía grecorromana similar a algunas lecturas de Hebreos. Priscila, por último, se ha sugerido para justificar el anonimato de la carta, puesto que en aquellos tiempos una mujer habría carecido de la credibilidad necesaria si hubiese escrito en su propio nombre. Sin embargo, 11:32 descarta esta última opción, a menos que se trate de una muy sutil ficción, puesto que emplea un participio masculino complementando al «yo» que se refiere al autor.

Es justo decir que Pablo, no obstante, sigue siendo la opción menos probable, por cuatro razones principales. (1) Ninguna otra carta de Pablo es anónima, y 2 Tesalonicenses 3:17 sugiere que Pablo ponía su nombre en todas sus cartas. (2) El estilo y la forma del argumento son completamente diferentes de todas las demás cartas de Pablo, incluyendo las que son objeto de discusión, y tales diferencias evidencian ser mucho mayores que las diferencias existentes entre las cartas de autoría paulina indiscutible y las epístolas llamadas deuteropaulinas. (3) Hebreos 2:3 muestra que el autor recibió el evangelio de segunda mano, no por un encuentro directo con el Señor resucitado. Finalmente, (4) ninguna de las otras cartas atribuidas a Pablo fue nunca objeto de debate en las discusiones antiguas acerca del canon del Nuevo Testamento, y Hebreos sí lo fue, precisamente debido a que estaba sin resolver la cuestión de la autoría.

Ya en torno al año 200 d.C., Orígenes declaró que solo Dios sabía quién había escrito esta carta, y esa conclusión sigue siendo la más segura.6 Pero todas las sugerencias, antiguas y modernas, mantienen un vínculo con Pablo, puesto que hay algunos toques muy paulinos aquí y allá, y cualquiera de esas propuestas sería adecuada para establecer la autoridad apostólica. La apostolicidad no significaba que un libro hubiese sido escrito por uno de los doce seguidores más cercanos de Jesús; de ser así, Marcos y Lucas hubieran quedado excluidos (y Pablo también, estrictamente hablando, aunque se llamaba apóstol en el sentido más amplio del término; véase más arriba, p. 221). Más bien significaba que el autor tenía un vínculo con uno de los apóstoles y escribió en el periodo de tiempo en el que todavía vivían uno o más de los apóstoles.7



LUGAR Y FECHA

La yuxtaposición de Romanos y Hebreos en algunas secuencias canónicas antiguas se explica mejor si se creía que la carta estaba dirigida a los cristianos de Roma. El hecho de que Clemente conociera la carta, en los años 90, concuerda con esta convicción. Hebreos 13:24 encaja también con esta creencia, dado que el autor envía saludos de «los de Italia». Aunque esto podría significar que el autor está en Italia escribiendo a otro lugar, y a lo largo de la historia de la iglesia se ha sugerido periódicamente ese lugar como Jerusalén y Alejandría,8 habría sido un poco extraño referirse a todos los cristianos de la enorme provincia romana saludando a una congregación específica. Lo más natural es que ese saludo lo formularse así alguien que escribiera a Roma desde otra parte, en compañía de un puñado de cristianos italianos, conocidos por los destinatarios.9

Las referencias a Hebreos de 1 Clemente (véase sobre todo 36:1–5) y a Timoteo de Hebreos 13:23 imponen una fecha del siglo primero para esta carta. Las discusiones acerca de si es anterior o posterior al 70 d.C. suelen basarse en la ausencia de referencias a la destrucción del templo y al uso del presente cuando se refiere al sistema sacrificial. Pero, aunque ambos argumentos podían apoyar la fecha más temprana, el primero es un argumento de silencio y el segundo fenómeno encuentra paralelos en muchos textos rabínicos de siglos posteriores. Además, el mayor interés que tiene en los rituales del tabernáculo, previos incluso a la construcción del templo de Salomón, podría reflejar el reconocimiento de que los sacrificios literales del templo de Jerusalén ya no eran posibles. El aparentemente duro ataque contra el sacerdocio de esta carta podría también interpretarse de dos maneras: como la polémica entre dos comunidades vivas que debaten entre sí, o como la retórica de una era en la que el oponente de uno ya no está para defenderse. Lo mismo se puede decir de 8:13. La primera mitad del versículo podría sugerir una fecha posterior al año 70, al decir que el primer pacto de Dios es «obsoleto», mientras que la segunda mitad puede sugerir una redacción posterior al 70, porque «lo que se vuelve obsoleto y envejece ya está por desaparecer» (pero al parecer todavía no ha sucedido).10

Pero es más determinante 12:4. Aquí, el autor declara: «En la lucha que ustedes libran contra el pecado, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre». Esto parece ser una referencia al hecho de que ninguno de los destinatarios había sido aún martirizado por su fe cristiana, aunque la persecución iba en aumento. En otras palabras, la lucha contra el pecado es la respuesta de la comunidad al pecado de la persecución; ¡pocos pecados que los propios individuos puedan cometer conducen al derramamiento de su propia sangre en caso de resistir demasiado! Si estos creyentes viviesen en Roma, ya hubiesen empezado a sufrir martirio durante la persecución de Nerón dentro y en los alrededores de la capital imperial, ya desde el año 64 a.C. la referencia a la previa confiscación de sus propiedades en 10:32–34 encajaría bien con la expulsión que Claudio impuso a los judíos de Roma en el 49, rescindida en el 54, a su muerte. Al combinar todos estos datos, la posibilidad más convincente para la fecha y procedencia nos muestra al autor escribiendo a una o más iglesias domésticas grandes de judíos cristianos de Roma (más que a toda la iglesia de la ciudad) justo antes del 64 a.C.11



ESTRUCTURA Y TEMA

La «gran idea» de esta epístola subraya la supremacía de Jesús como Mesías por encima de todas las otras cosas judías, presumiblemente para desalentar a esos cristianos judíos profesantes en su intención de regresar a una forma de judaísmo que tuviera menos de cristiana para así escapar a la creciente amenaza de persecución y martirio de los tiempos de Nerón.12 En cada sección principal del cuerpo de la carta se compara a Cristo con un individuo o institución diferente, alternando entre afirmaciones teológicas e implicaciones éticas, para advertir contra el castigo eterno que trae la apostasía en su totalidad.13 Por tanto, la cristología y la soteriología constituyen las dos preocupaciones teológicas principales del autor, de modo que el esquema resultante será algo así:

I. Prólogo (1:1–4)

II. La tesis central: Afirmación de la supremacía de Cristo (1:5–12:29)

A. Por encima de los ángeles (1:5–2:18)

1. En soberanía (1:5–14)

2. Primera advertencia resultante (2:1–4)

3. El sufrimiento (2:5–18)

B. Por encima de Moisés (3:1–4:13)

1. Siervo frente a hijo (3:1–6)

2. Segunda advertencia resultante (3:7–4:13)

C. Por encima de los demás sacerdotes (4:14–7:28)

1. La exhortación fundamental (4:14–16)

2. Comparaciones con Aarón y Melquisedec (5:1–10)

3. Tercera advertencia resultante (5:11–6:12)

4. Comparaciones con Leví y Melquisedec (6:13–7:28)

D. Por encima del antiguo pacto (8:1–10:39)

1. Obsolescencia del pacto mosaico (8:1–10:18)

2. Cuarta advertencia resultante (10:19–39)

E. Por encima de los anteriores «héroes de la fe» (11:1–12:29)

1. La nube de testigos (11:1–12:13)

2. Quinta advertencia resultante (12:14–29)

III. Exhortaciones de conclusión (13:1–21)

IV. Conclusión de la carta (13:22–25)





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