8 de pentecostés a patmos una introducción a los libros de hechos a apocalipsis



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COMENTARIO


PRÓLOGO (1:1–4)

Hebreos comienza con un párrafo que contiene una de las cristologías más elevadas de todo el Nuevo Testamento. En contraste con las variadas y reiteradas comunicaciones de parte de Dios en tiempos pasados, Jesús se ha convertido en su decisiva revelación a la humanidad «en estos días finales» (vv. 1–2a), otro recordatorio de cómo los escritores del Nuevo Testamento entendían que los tiempos finales habían comenzado con la primera venida de Cristo. Difícilmente se puede considerar a Jesús como profeta de los antiguos, que es el verdadero Hijo de Dios. Su carácter de Hijo se define por las acciones que se cuentan de él en el resto del prólogo. Aquí no hay un énfasis en la subordinación o la inferioridad, como suele pasar con los hijos terrenales, sino en una exacta equivalencia entre Dios y Cristo. Jesús hereda el Universo, que de hecho es creación de Dios por medio de él (v. 2b). Él es la imagen de su Padre y sostiene de manera providencial el Cosmos en todo momento (v. 3a). Y, lo más significativo para la humanidad, ofreció el sacrificio expiatorio por el problema de nuestro pecado, después de lo cual fue de nuevo exaltado y se reunió con su Padre en la posición más allegada posible a Dios mismo (v. 3b). Si había alguno que antes dudase de que fuese superior incluso al más exaltado de los ángeles, ¡este «curriculum» debería dejar las cosas claras de una vez para siempre!14 El versículo 4 enlaza por tanto con la primera comparación principal que el autor quiere desarrollar, es decir, entre Cristo y los ángeles.



LA TESIS CENTRAL: AFIRMACIÓN DE LA SUPREMACÍA DE CRISTO (1:5–12:29)

Por encima de los ángeles (1:5–2:18) En Soberanía (1:5–14). Jesús es superior al orden de los seres que en el pensamiento judío eran los únicos que estaban cerca de Dios: los ángeles. Él es superior, primero con respecto a su Soberanía. Hebreos defiende esta afirmación por medio de siete citas del Antiguo Testamento, seis tomadas para referirse a Cristo y una a los ángeles. Cuando uno busca en estos pasajes, no siempre es fácil ver cómo interpretarlos igual que hizo el autor. En algunos casos, al menos hay algunos comentaristas judíos que ya los habían tomado como textos mesiánicos. Segundo de Samuel 7:14, citado en Hebreos 1:5b, es el menos controvertido. La promesa de Natán a David de crear un reino eterno de su descendencia todavía no se había cumplido, de modo que muchos judíos entendían que esta profecía tenía que ver con el Mesías (cf. esp. 4QFlor 10:11, 18–19, que ya había vinculado este texto con el siguiente que cita Hebreos).15 Mientras que Salmos 2:7, citado en el versículo 5a, puede referirse al hombre mortal, su Soberanía universal descrita a lo largo del salmo, si no es una hipérbole retórica, sugiere con toda naturalidad a alguien más grande. Al menos los Salmos de Salomón 17:21–18:7 ya habían determinado eso. Salmos 45:6–7, citado en los versículos 8 a 9, plantea el problema de dirigirse a Dios y después hablar de un segundo individuo llamado «Dios, tu Dios» (RVR95). De nuevo, el vocativo inicial podría deberse a un lenguaje exagerado aplicado al monarca ungido de Dios en Israel, pero pudieron tomar el texto como una descripción del Mesías (cf. Targum Ps. Jonathan 45:2).16

El precedente para tomar el Salmo 110:1, citado en el versículo 13, como mesiánico nos viene del propio Jesús (Mr 12:35–37 y paralelos). Ahí Cristo pregunta a la gente congregada en el templo, básicamente, quién es el otro «Señor» que le habla a «mi Señor». Jesús acepta la tradición judía y la inscripción salmódica tal cual, con David como autor de este salmo. No hay señores meramente humanos por encima de David, de modo que la figura exaltada en medio de Yahvé y el rey tiene que ser el Mesías.17 Puede funcionar una lógica similar en el uso del Salmo 102:25–27 en Hebreos 1:10–12. En la Septuaginta, las consonantes están revocalizadas, de modo que nos encontramos una vez más con Dios dirigiéndose a Dios.18 La cita más extraña, a primera vista, es la forma de Deuteronomio 32:43 usada en Hebreos 1:6. Esta cláusula ni siquiera aparece en el MT, solo en la Septuaginta, aunque con el descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto ha aparecido una versión hebrea (4Q Deut 32). Incluso en ese caso no hay manera de identificar más de una figura divina en el pasaje o en su contexto inmediato, y esa figura es con toda claridad Yahvé. Pero está proporcionando expiación, y la idea de un mesías rescatando al pueblo de Dios no resulta extraña en las Escrituras hebreas (véase esp. Is 52:13–53:12).19 Una vez convencidos los discípulos de Jesús de que su resurrección había vindicado sus afirmaciones de que su crucifixión servía para expiar los pecados de la humanidad, habría sido natural para ellos asumir que tenía en mente los textos del Antiguo Testamento que profetizan la redención de Dios para la humanidad.20



El único texto en que solo intervienen los ángeles (Heb 1:7) cita Salmos 104:4. Mientras el término traducido aquí como ángeles se refiere en un sentido más natural a «vientos» (pneumata), la traducción anterior no es imposible, sobre todo partiendo de que pneumata también significa con frecuencia «espíritus». Y a los ángeles se los solía ver como espíritus (cf. v. 14).21 Así pues, si algunos se veían tentados a buscar en el judaísmo un refugio ante la persecución, pensando que los ángeles podían salvarlos, o fascinados por los escritos apocalípticos intertestamentarios que atribuían gran poder y majestad a las huestes angélicas, Hebreos los llama a abandonar tan necias ideas.22.

Primera advertencia resultante (2:1–4). De lo anterior se desprende con naturalidad el primero de los cinco pasajes de advertencia de Hebreos. El mensaje del evangelio que predicó Jesús exige toda nuestra atención, para que no empecemos a desviarnos, aunque sea lenta o imperceptiblemente (v. 1). El verbo que se usa aquí (parareo) también se podía usar para referirse a un anillo que se cae del dedo sin que uno se dé cuenta.23 Después de todo, la ley mosaica, que en la tradición judía se creía dada con la mediación de ángeles (recuérdese más arriba, en Hch 7:53 y Gá 3:19), tenía un listado de castigos para todas las violaciones (v. 2). ¿Cuánto mayor juicio nos espera si ignoramos el mensaje en que interviene la mediación de uno mayor que los ángeles (v. 3a)? El problema de si el autor de Hebreos creía que un verdadero cristiano podía perder o quedarse sin su salvación condiciona cada uno de los pasajes de advertencia, y lo exploraremos con más detalle más adelante, al estudiar 6:4–8. Aquí, el escritor concluye la advertencia más corta de las cinco poniendo el acento sobre las razones para continuar creyendo en el mensaje de Jesús. Estos cristianos lo aprendieron de aquellos que habían oído directamente a Cristo, mientras Dios confirmaba su verdad con señales milagrosas y otros dones espirituales (vv. 3b–4).24

En el sufrimiento (2:5–18). Más extraordinaria incluso que la superioridad del Mesías sobre los ángeles en cuanto a Soberanía, es su superioridad en cuanto al sufrimiento. Está claro que esta era, de lejos, la característica menos esperada de su «descripción del cargo». Hebreos empieza esta sección recordando a los oyentes que Dios confirió inicialmente la tarea de sojuzgar la tierra a los hombres (no a los ángeles), como los únicos que portaban su imagen (Gn 1:27–28). Salmos 8:4–8 repasaría más tarde estas verdades en un majestuoso poema, expresando la maravilla de que Dios hubiese otorgado a tan frágiles criaturas una responsabilidad tan noble (Heb 2:5–8a).25 Pero, debido al pecado originado con la caída de la humanidad, la creación no está adecuadamente sujeta a los hombres y mujeres mortales (v. 8b). Más bien, el Mesías nacido «un poco inferior a los ángeles», como los hombres, tuvo que morir por nuestros pecados (v. 9) para comenzar el proceso de restaurarnos a nuestro legítimo papel en el Cosmos. El versículo 10 describe esa muerte como algo que le «perfeccionará mediante el sufrimiento». El Hijo de Dios ya era perfecto en todo su ser, pero no experimentó todos los estadios de la vida humana hasta que murió. Así que entonces adquirió también un tipo de perfección adicional, una perfección que algunos entienden como cumplimiento, consumación o consagración (basándose en el significado de teleioo).26 Esta experiencia le faculta más aún para identificarse con los demás hombres, que tarde o temprano tienen que morir, y en particular con los creyentes, que resucitarán y serán exaltados con él después de morir (v. 11). Hay tres citas más del Antiguo Testamento que respaldan estas maravillosas verdades (vv. 12–13).27

Los versículos 14–18 explican otras dos implicaciones de la muerte de Cristo. Primero, Jesús ha conquistado la muerte y, por tanto, el dominio del diablo, para liberar a todos los que habían sido tomados cautivos por este. Este aspecto de la obra de Cristo ha llegado a conocerse como la visión «clásica» de la expiación. El miedo a la muerte era algo muy extendido en las religiones del antiguo mundo mediterráneo,28 aunque la mayoría no atribuían directamente dicho temor a la actividad de Satanás. Sin embargo, los judíos y los cristianos compartían la creencia en que Satanás era su causa indirecta. Segundo, al aceptar la responsabilidad de una plena humanidad y susceptibilidad ante la tentación, no solo hizo una completa provisión para el perdón del pecado, sino que ahora conoce íntimamente lo que es ser tentado para pecar (véase esp. Mt 4:1–11 y paral.).



Por encima de Moisés (3:1–4:13). Siervo frente a hijo (3:1–6). La segunda comparación principal en Hebreos subraya la superioridad de Cristo frente al gran legislador de Israel, Moisés. En este párrafo se comparan sus diferencias con las que existen entre un criado y un hijo. Ambos fueron fieles a su misión, la de dirigir a sus seguidores o «casas» (vv. 1–2). Pero Moisés fue fiel en su casa, mientras que Cristo fue el constructor de la casa, es decir, el Creador (vv. 3–6). Esto es así tanto si uno toma «casa» en el sentido de «familia» como en el de «dinastía», y ambos pueden ser los sentidos originales.29 Jesús también fue un mensajero («apóstol») enviado celestial y sumo sacerdote (v. 1), así como el Hijo de Dios (v. 6), mientras que Moisés fue únicamente un siervo (v. 5; basándose en Nm 12:7). Los hijos pueden heredar sobre la casa una autoridad que no está al alcance de los siervos. Por tanto, los cristianos profesantes no deberían creer que el reverenciar a Moisés antes que a Jesús les aportaría a la herencia espiritual que podían desear.30

Segunda advertencia resultante (3:7–4:13). Vuelve a surgir la lógica de 2:1–3. Los israelitas, carentes de fe, fueron severamente castigados en tiempos de Moisés, de modo que a los que endurecen sus corazones contra el evangelio, anunciado por un mensajero muy superior, solo les cabe esperar una retribución más terrible (3:7–19). La preocupación del autor, que algunos de la comunidad judeocristiana de Roma pudieran cometer apostasía, le recuerda las advertencias del Salmo 95:7–11 a los israelitas para que no se revelaran contra Dios igual que hicieron sus antepasados durante la peregrinación en el desierto (vv. 7–11, 15). Le tocaba hondo la utilización en ese salmo de la palabra «hoy», que pone de manifiesto la perenne preocupación de Dios por que su pueblo no se aparte. Pero también sabe que se acerca un día de juicio en el que será demasiado tarde para arrepentirse, así que advierte a sus oyentes para que se animen unos a otros a ser fieles «mientras dure ese «hoy”» (v. 13).31

El lenguaje del versículo 14 no dirime la discusión entre calvinistas y arminianos acerca de lo que los reformadores llamaron la perseverancia de los santos. Ambos bandos estarían de acuerdo en que la manera de determinar quiénes son los verdaderos santos o creyentes es ver quién persevera hasta el fin.32 Pero, como en los días de Moisés, y también como en el siglo primero, y se puede decir que como en todas las edades en la historia humana, muchos que abandonaron la fe han sido activos en la comunidad del pueblo de Dios y, vistos desde fuera, han dado, por lo menos, toda la apariencia de ser verdaderos creyentes. Pero si mueren en desobediencia e incredulidad están perdidos (vv. 16–19).

Sin embargo, en 4:1–3a se puede ver cómo el péndulo va más hacia la dirección de la interpretación calvinista. Aquí, el lenguaje del autor no sugiere de una manera muy natural a alguien que ha creído de verdad. El escritor parece más bien preocupado de que nadie «parezca quedarse atrás» en cuanto a la promesa de entrar en su reposo (v. 1). Asimismo, en el versículo 2, el problema de la generación rebelde de israelitas en el desierto fue que no «unieron» o combinaron el oír la palabra de Dios «con la fe». En otros manuscritos leemos: «porque no participaron en la fe de los que obedecieron», pero, sea como sea, la cuestión parece ser que nunca experimentaron la plena fe salvadora.33 Por tanto, Dios declara mediante juramento que jamás entrarán en su reposo celestial, mientras que «En tal reposo entramos los que somos creyentes» (v. 3 a).

El autor de Hebreos desarrolla ahora el concepto de «reposo» en varias etapas (vv. 3b–11). Partiendo de los relatos de la creación, se nos enseña que Dios reposó en el séptimo día (Gn 2:2). Esto podría haber sido todo lo que la Escritura dijera sobre el tema (vv. 3b–4). Sin embargo, mucho más adelante, Josué conduciría a los israelitas a la Tierra Prometida, en la que Dios les iba a proporcionar descanso de sus enemigos (v. 8). Aún más tarde, en el Salmo 95, seguiría ofreciendo descanso a aquellos que están en una correcta relación con Dios (vv. 5–7), y nuestro escritor reconoce con razón que no ha ocurrido nada desde entonces que reste validez a este ofrecimiento. Por consiguiente, lo adecuado es hablar de personas que se convierten en cristianos al entrar en el reposo de Dios, una especie de descanso sabático que no está ligado a un día concreto de la semana ni a una frecuencia de celebración, sino que prosigue sin fin, incluso hasta la era venidera. Deberíamos mover cielo y tierra, por así decirlo, para asegurar que disfrutamos de esta increíble experiencia (vv. 9–11).34




O bien, si las amenazas son mejor motivación que la recompensa, se nos recuerda el juicio de Dios que tenemos por delante y se nos asegura que nada de lo que hagamos escapará a él (vv. 12–13). La «palabra de Dios» no es la Escritura en este contexto, sino el dictamen divino del juicio o la absolución de una persona sobre la base de la ausencia o presencia de fe. Puesto que el conocimiento de Dios sigue abarcándolo todo, sus opiniones y veredictos penetran incluso en las partes del ser humano que solemos considerar inseparables.35 El versículo 12 no apoya la división tricotómica de la persona humana en cuerpo, alma y espíritu; si aquí tuviéramos que separar alma y espíritu, ¡tendríamos que defender una división séxtuple de alma, espíritu, médula, huesos, pensamientos y actitudes! Aquí no se trata de una cuestión antropológica, sino escatológica.36

A las advertencias de 3:7–4:13 le sigue una serie de corolarios teológicos. Primero, el escritor no está mirando hacia adelante, a un retorno literal de los judíos a la tierra de Israel, sino que ve que las promesas del Antiguo Testamento sobre el reposo en la tierra se cumplen en sentido espiritual cuando los hombres y mujeres se vuelven a Cristo.37 Segundo, la observancia del sábado ya no consiste exactamente en dejar de trabajar un día de cada siete, sino en descansar en Cristo a lo largo de la vida cristiana (cf. Mt 11:28–30).38 Tercero, entre ambos testamentos hay tanto continuidad como discontinuidad. Hebreos puede hablar de los israelitas en el desierto como personas a quienes se les predicó «la buena noticia» (4:2a), sin que eso implicara que conocieran todos los detalles que no se rebelaron sino en los tiempos del Nuevo Testamento.39



Por encima de los demás sacerdotes (4:14–7:28). La exhortación fundamental (4:14–16). La tercera comparación de Hebreos se presenta como la más extensa de todas. Aquí, el autor demuestra la superioridad de Cristo por encima del todo el sistema sacerdotal del Antiguo Testamento. Estos tres versículos dan comienzo a esta sección con las implicaciones de lo que van a demostrar: El sacerdocio supremo de Jesús no es ni temporal ni meramente humano, para que pudiera ofrecer a sus seguidores acceso al mismísimo santuario del trono de Dios, identificándose con todo tipo de flaqueza que experimentamos. Por eso deben mantenerse firmes en su profesión de fe, orar a Dios por todas sus necesidades y esperar de él misericordia y gracia. La expresión «ha atravesado los cielos» probablemente utiliza las mismas imágenes, escalonadas, que ya hemos visto en 2 Corintios 12:2 y Efesios 2:2.40 La absoluta ausencia de pecado en Cristo, pese a experimentar todo tipo de tentaciones humanas, se enseña con claridad en el versículo 15: «uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado». Pero, dado que cualquier otro hombre tenía la capacidad de pecar al ser tentado, Jesús también tuvo que haber sido «pecable» (capaz de pecar).

Con frecuencia, gran parte de la teología cristiana ha negado una u otra de estas proposiciones. Los conservadores tendían a decir que Jesús, incluso en su naturaleza humana, nunca pudo haber pecado, en cuyo caso su tentación no era como la nuestra. Los liberales niegan a menudo que Cristo fuese sin pecado, en cuyo caso su muerte no podría ser sustitutoria de la nuestra; estaría muriendo por sus propios pecados. Millard Erickson capta el correcto equilibrio al afirmar tanto el carácter sin pecado de Jesús como su capacidad para aplicar, añadiendo que «aunque pudo haber pecado, estaba claro que no lo iba a hacer».41 Esto proporciona a los creyentes una gran seguridad en cuanto a la capacidad de Jesús para identificarse con nosotros. Después de todo, «el Único sin pecado conoce la fuerza de la tentación de una manera que ignoramos los que pecamos. Nosotros nos rendimos antes de que la tentación haya mostrado todo su poder; solo el que no se rinde conoce toda la fuerza de ella».42



Comparaciones con Aarón y Melquisedec (5:1–10). El texto de 5:1–10 nos trae la primera de dos secciones que comparan y contrastan el sacerdocio de Jesús con la institución correspondiente en el Antiguo Testamento, administrada por los descendientes de Leví por la línea de Aarón, y asemejándolo finalmente con el sacerdocio de Melquisedec (cf. también 6:13–7:28).43 Aquí se dirige el foco primero al sacerdocio aarónico; después se elabora la relación con el de Melquisedec. Los versículos 1–4 mencionan tres características de los sacerdotes judíos: (1) estos hombres representan a todo el pueblo cuando ofrecen los sacrificios de expiación por el pecado (v. 1); (2) tratan con gentileza a los demás pecadores porque ellos están sujetos a parejas flaquezas (vv. 2–3); y (3) no se nombran a sí mismos, sino que Dios los escoge (v. 4).44

A continuación, Hebreos presenta a Cristo cumpliendo con esos tres criterios, pero en orden inverso (vv. 5–10). Jesús no se puso en el cargo; Dios lo seleccionó para ello (vv. 5–6). Una vez más, el Salmo 2:7 lo apoya, pero también el Salmo 110:4, que se expondrá más extensamente en el capítulo 7. Jesús estaba sujeto a las debilidades del ser humano, no como pecaminoso, pero sí hasta el punto de tener que aprender por medio de la experiencia como hombre lo que significa ser obediente (vv. 7–9a).45 Aquí nuestro autor alude a la historia de Getsemaní (Mr 14:32–42 y paralelos), en la que Cristo demuestra su profunda humanidad al desear de corazón no tener que pasar por la cruz, que es lo que cualquier otra persona en su sano juicio habría deseado. Pero se sometió a la voluntad de Dios cuando quedó claro que no había otra manera. El final del versículo 7 ha desconcertado a muchos lectores cuando afirma que «fue escuchado por su reverente sumisión», como si Dios hubiese accedido finalmente a evitarle la crucifixión. Pero entonces carecerían de sentido todas las referencias del libro a su muerte expiatoria. Lo más probable es que se refiera a que Dios renovó su promesa a Jesús de resucitarle después de su muerte y de confirmar su misión.46 Finalmente, el sacrificio de Jesús trajo salvación para todos lo que le siguieron (vv. 9b–10).



Tercera advertencia resultante (5:11–6:12). Aquí tenemos la advertencia central de esta carta, no solo por ser la tercera de cinco, sino también por ser teológicamente como un eje. En 5:11–6:3 se lamenta la inmadurez moral y doctrinal de los lectores; deberían haber progresado más en la vida cristiana a estas alturas. Deberían ya estar enseñando a otros, pero en vez de eso tenían que volver a aprender lo básico del evangelio. En lugar de comer carne espiritual, como adultos, tienen que seguir bebiendo leche espiritual, como niños.47 El hecho de que algunos estén considerando seriamente retroceder de vuelta al judaísmo (y de que otros ya lo hubieran hecho) pone de manifiesto que no entendían la fuente exclusiva de la verdadera justicia y no podían distinguir cuál era el único camino en la vida que conduce a la dicha eterna (5:11–14). Pero el escritor de Hebreos quiere hacerles avanzar al siguiente nivel, para no tener que estar más repasando las verdades cristianas fundamentales. Entre ellas está el arrepentimiento y la fe en lugar de las obras de la ley como medios de salvación; el bautismo cristiano en lugar del judío;48 y la oportunidad de ver por delante la vida de resurrección en lugar del juicio eterno (6:1–3).

En 6:4–12 se enfatiza, por tanto, la imposibilidad de arrepentirse después de haber cometido apostasía con todas las letras. Puede que no haya otro pasaje en las Escrituras que apoye tanto la posición de los que creen que los verdaderos cristianos pueden renunciar a su fe y perderse.49 Algunos han visto este pasaje como una advertencia meramente hipotética, pero el tono parece demasiado serio para eso. Otros han tomado las advertencias del autor como referencias a la pérdida de la recompensa en el cielo, no a la pérdida de la salvación, pero las imágenes de los versículos 7–8 señalan el peligro final del infierno.50 Sin duda, parte de la dificultad surge del hecho de que los lectores son judíos cristianos que viven en un tiempo y un lugar en los que los límites entre el judaísmo cristiano y el no cristiano estaban mucho menos claros que en épocas posteriores de la historia de la iglesia. Aunque los verbos de los versículos 4–5 («iluminados», «saboreado», «tenido parte») suenan como si se refiriera a verdaderos creyentes, hay paralelos tanto dentro como fuera de la Biblia que muestran que pueden describir a personas que únicamente tienen una estrecha relación con algo, sin haberlo adoptado plenamente.



De forma parecida, la expresión «ser traídos de vuelta al arrepentimiento» [NVI: que renueve su arrepentimiento] puede referirse a ser llevado de nuevo a las puertas de la salvación. No es tan descabellado como muchos comentaristas sugieren el hecho de que el autor de Hebreos temiese que al menos algunos de su congregación no habían tenido un compromiso con Cristo del nivel suficiente como para garantizar su perseverancia durante una persecución sin precedentes.51 Las palabras elegidas en 2:3; 3:19; 4:2; 10:39 y 12:25 apuntan, al menos, a la posibilidad de que el escritor habría argumentado que los que renuncian a su fe en Cristo de manera tan flagrante y sin arrepentimiento nunca fueron verdaderamente salvos.52

Pero adoptemos la perspectiva que adoptemos, es importante reconocer que Calvino y Arminio estaban de acuerdo en que Hebreos no ofrece esperanza eterna para los que repudian a Cristo y no cambian de parecer al respecto en esta vida. Los dos reformadores discrepan acerca de lo que tal conducta pone de manifiesto en lo referente a la vida previa de esas personas, pero coinciden en cuanto a su destino eterno. Al mismo tiempo, otros textos que hablan de este «pecado imperdonable» (Mr 3:29 y paral.) dejan claro que tales personas se oponen de manera implacable a Dios. La Escritura nunca dibuja un escenario en el que se le rechace el perdón a alguien que quiere arrepentirse. Además, justo después de la terrible advertencia de los versículos 4–8, en 9–12 procede a expresar la continua confianza del autor en al menos la mayoría de las personas de su congregación. Él cree que las actitudes y conducta de ellos en el pasado ponen de relieve que de verdad son salvos, y se limita a animarles a seguir adelante cueste lo que cueste conforme los tiempos se van poniendo más difíciles. Después de todo, la doctrina de la Reforma acerca de la perseverancia de los santos quiere decir que todos los que perseveran se muestran como santos genuinos. «Una vez salvo, salvo para siempre» puede expresar una verdad cristiana con cierta simplicidad, pero a menudo la única manera de determinar quién era salvo era ver quién permaneció salvo.53 Por mucho optimismo que el autor de Hebreos albergue acerca de la mayoría, quiere estar seguro de que «cada uno» de ellos muestra la misma solicitud (v. 11), con lo que sugiere que no tiene tanta confianza en cuanto al estado actual de una minoría de los destinatarios.

Comparaciones con Leví y Melquisedec (6:13–7:28). Nuestro autor regresa a sus comparaciones entre el sacerdocio de Jesús y los de Aarón y Melquisedec, aunque en esta ocasión se centra más en Leví, el patriarca de quien descendían los sacerdotes judíos, de siglos antes que Aarón. También desarrolla con detalle las analogías entre Jesús y Melquisedec que hasta ahora solo había sugerido. El pasaje de 6:13–20 recoge del optimismo de los versículos 9–12 y de la promesa de la herencia para los creyentes (v. 12) para subrayar que podemos confiar absolutamente en que Dios cumplirá todas sus promesas. Igual que los hombres juran para certificar sus compromisos, Dios mismo juró que bendeciría a Abraham y su descendencia (Gn 22:17), juramento a partir del cual se desarrolla todo el plan de salvación (vv. 13–15). Las personas, por supuesto, juran por algún poder superior, mientras que Dios no podría hacer eso, por no haber ningún poder por encima del suyo. ¡Así que juró por sí mismo!

Si combinamos el juramento (la fiabilidad de Dios) con el carácter de la persona que pronuncia el juramento (su inmutabilidad o infalibilidad), tendremos «dos realidades inmutables» (v. 18) que garantizan que su propósito se llevará a cabo.54 Todo esto debería servir de gran ánimo para los creyentes, para que siguieran confiando en Jesús incluso en días cada vez más difíciles, sobre todo recordando la crucifixión expiatoria de Cristo, la cual cumplió de modo perfecto la misma función que la obra que realizaba el sumo sacerdote el Día de la Expiación, cuando entraba en el Lugar Santísimo (vv. 17–20).

El capítulo 7 pone por fin delante el concepto de Jesús como eterno sumo sacerdote según el orden de Melquisedec. Obviamente, por la vía de su linaje como hombre, no habría estado capacitado para ser ni siquiera un sacerdote normal, porque descendía de la tribu de Judá, no de la de Leví. Pero Melquisedec representaba una manera diferente de hacerse sacerdote. Los versículos 1–10 señalan la superioridad de este sacerdocio de Melquisedec.55 Este casi desconocido líder religioso de la otrora ciudad pagana, la cananita Salén (de donde surgió Jerusalén) tenía de alguna manera un conocimiento del «Dios Altísimo», el Dios de Abraham (v. 1a).56 Abraham, por su parte, reconoció su lugar subordinado ante este sacerdote entregándole los diezmos del botín de la batalla (vv. 1b–2a; recuérdese Gn 14:18–20). Tanto el nombre de Melquisedec como la ciudad en que realizaba su ministerio tienen significados que Hebreos considera indicadores significativos de su papel único (v. 2b).

Lo más contundente es cómo describe su sacerdocio como eterno: sin madre, padre, genealogía ni comienzo o final de su vida, se presenta como sacerdote para siempre «a semejanza del hijo de Dios» (v. 3). La expresión «a semejanza» elimina la posibilidad de que el autor de Hebreos pensara que Melquisedec era Cristo preencarnado; más bien estaba trazando una analogía entre ambos personajes.57 La primera parte de este versículo debería probablemente interpretarse: «sin registro de padre ni madre, sin registro de genealogía», y así el resto (cf. GNB). Lo que importa aquí no es que Melquisedec no tuviera padres o no llegase a morir, sino que su sacerdocio no procedía de credenciales ancestrales ni pasaba a los descendientes.58 Conforme a este modelo, también a Cristo podríamos considerarlo sumo sacerdote.



Pero si Jesús está al menos en el mismo nivel que Melquisedec, es superior a todo el sacerdocio del Antiguo Testamento. Los versículos 4–10 establecen esta idea mediante un argumento algo complicado que se puede reformular así: Al dar su diezmo a Melquisedec, Abraham puso de manifiesto su papel de subordinado ante él. Pero el sacerdocio del Antiguo Testamento venía de los descendientes de Leví, uno de los tataranietos de Abraham. Así, del mismo modo, los sacerdotes levíticos tienen que estar subordinados a Melquisedec y a cualquier otro sacerdote de su orden. Entonces, si Jesús es sacerdote del orden de Melquisedec, el sacerdocio levítico está también subordinado a Jesús.59

El resto del capítulo despliega un segundo argumento para demostrar la inferioridad de los sacerdotes judíos. El hecho de que en el Salmo 110:4 se use un segundo modelo, el de Melquisedec, para describir al Mesías, pone de relieve que los sacerdotes de la tribu de Leví dejaban bastante que desear (vv. 11–28). Por supuesto, el Salmo 110 es el que demuestra también la superioridad del Mesías ante los Reyes de Israel (v. 1, citado en Heb 1:13).60 Hebreos 7:11 establece la afirmación básica; los versículos 12–17 simplemente la desarrollan y reiteran la lógica que está implícita en los versículos 4–10. ¿Pero qué es lo que estaba mal en el antiguo sacerdocio y en la ley que lo prescribía? Lo primero, no podía perfeccionar por completo a las personas y, en consecuencia, se podría considerar también inútil, porque a la presencia de Dios únicamente pueden acceder los que son justos y santos a la perfección (vv. 18–19). En segundo lugar, no se instituyó con el tipo de juramento que se encuentra en Salmos 110:4 relativo al sacerdocio de Melquisedec, así que su garantía no es igual de solemne (vv. 20–22). En tercer lugar, sus sacerdotes, al ser mortales, morían y debían ser reemplazados, mientras que el sacerdocio de Jesús es permanente (vv. 23–24). En cuarto lugar, como resultado, Jesús proporciona una salvación completa y eterna a sus seguidores, intercediendo siempre por ellos desde el cielo,61 cosa que, de alguna forma temporal, los sacerdotes terrenales jamás podrían hacer (v. 25). En quinto lugar, el sacerdocio del Antiguo Testamento era oficiado por personas con pecado, que en un sentido cualitativo no eran diferentes de aquellos por quienes ofrecían sus sacrificios. Por su parte, Jesús era totalmente santo y sin pecado (vv. 26, 27b–28a). Por último, a diferencia de los sacrificios regulados en la Torá, que debían repetirse a diario, el sacrificio de Jesús fue una vez para siempre, eficaz a la perfección y sin necesidad de ser repetido (vv. 27a, 28b).



Por encima del antiguo pacto (8:1–10:39). Obsolescencia del pacto mosaico (8:1–10:18).62 Partiendo de la comparación de los dos sacerdocios, se sigue con naturalidad el paso de comparar el viejo pacto y el nuevo. Jeremías había profetizado sobre un nuevo pacto (Jer 31:31–34), Jesús había aplicado la expresión de Jeremías al vino de la Última Cena que simbolizaba su muerte con derramamiento de sangre (Lc 22:20), y ahora Hebreos desarrolla una conclusión que va más allá: el pacto mosaico tiene que ser viejo y estar al borde de la desaparición (8:13).63 De hecho, el escritor establece dos puntos principales a lo largo de estos tres capítulos: (1) el tabernáculo del Antiguo Testamento prefiguraba una forma de adoración superior, más celestial;64 y (2) la legislación mosaica había dado paso a una ética superior, más interiorizada.65 El capítulo 8 presenta estos dos énfasis. Los versículos 1–5 describen el significado tipológico del tabernáculo, empleando un «dualismo cosmológico» entre tierra y cielo, mientras que los versículos 6–13 citan la profecía sobre la necesidad de un nuevo pacto, empleando un «dualismo escatológico» entre la vieja edad y la nueva.


Dado que los sacerdotes terrenales servían en un santuario literal, físico, nunca recibieron una exaltación semejante a la de Cristo, quien regresó a la diestra de Dios, en lo que cabría concebir como un santuario celestial (vv. 1–5). Igual que Platón y Filón, el autor de Hebreos conceptualiza los objetos terrenales como meras copias, como sombras de las realidades celestiales y, por tanto, como inferiores a ellas. Pero su más directa inspiración procede de Éxodo 25:40, donde se ordenaba a los israelitas construir su santuario exactamente conforme al modelo que Dios le dio a Moisés en el monte Sinaí, un modelo que se interpreta como correspondencia con aquellas realidades celestiales (v. 5b).66 Tal vez sea por esto por lo que el escritor elige comparar el tabernáculo, y no el templo, con su contraparte celestial, puesto que no hay otro texto que establezca de manera tan explícita una conexión entre el templo postrero de Jerusalén y alguna entidad que se corresponda en el lugar del trono de Dios.

Pero, igual que con el sacerdocio, se nos lleva a la conclusión de que una copia imperfecta tiene que dar paso a otra mejor. Dado que las instrucciones para el tabernáculo las encontramos en la ley, por medio de la cual Dios estableció su pacto con Moisés, es lógico esperar un nuevo pacto en el que tengamos las provisiones que Jesús inaugura para el ministerio, más perfectas (vv. 6–13). Los versículos 6–7 presentan con exactitud esta idea. Los versículos 8–12 presentan después la más larga cita del Antiguo Testamento en el Nuevo: la profecía de Jeremías sobre el nuevo pacto. El pacto sigue siendo con la casa de Israel (v. 8), aunque está claro que para Hebreos el verdadero Israel es, como lo era para Pablo, la multiétnica iglesia de Jesucristo, junto con los creyentes del Antiguo Testamento (véase especialmente 11:40). Pero éste no resultará en el mismo tipo de incredulidad que manifestó Israel (v. 9; otra buena razón para creer que Hebreos no afirma la posibilidad de la apostasía entre los cristianos genuinos). En lugar de ello, en su momento producirá una ética completamente interiorizada (v. 10), que es justo lo que la enseñanza moral de Jesús solía promover. El nuevo pacto tampoco exigirá el mismo tipo de clase sacerdotal elitista de intermediarios que ofrezcan instrucción religiosa, puesto que el pueblo de Dios disfrutará de una relación con él sin estorbo (v. 11).67

Por encima de todo, este pacto traerá el completo y final perdón de los pecados (v. 12). Tomado aisladamente, el versículo 13 podría considerarse una afirmación de la absoluta discontinuidad entre el pacto antiguo y el nuevo, pero el lenguaje usado en 10:1 («La ley es solo una sombra de los bienes venideros»), es una reminiscencia de Colosenses 2:17 que sugiere que Hebreos sigue el mismo esquema de promesa–cumplimiento que el resto del Nuevo Testamento.68

El capítulo 9 elabora las dos tesis presentadas en el capítulo ocho. Los versículos 1–14 comparan los tabernáculos terrenal y celestial. El punto principal de ese texto es que ni siquiera los lugares y prácticas más santos de la religión judía, descritos prolijamente en los versículos 1–10, podían proporcionar lo que Cristo proveía: salvación definitiva y completa (vv. 11–14). La detallada descripción del mobiliario del tabernáculo (vv. 1–5a; v. 5b)69 y de su ritual (vv. 6–10) podría sugerir que los lectores no estaban tan familiarizados con esos detalles como se esperaría de un típico judío. Seguramente, el escritor está enfatizando de nuevo cada detalle con la cuidadosa atención que ponían en ello los israelitas. Pese a la larga historia de alegorización cristiana de todos estos elementos, en el texto en sí no hay nada que nos dirija en tal dirección.70 Más bien, todo ello está al servicio del clímax de los versículos 8–10, según el cual, pese a todo su elaborado cuidado, la eficacia de tales sacrificios era temporal e incompleta, en espera de la llegada de un nuevo orden de cosas.

La muerte sacrificial de Cristo, por otro lado, provee una expiación por el pecado permanente y completa, en tanto que su exaltación y retorno a la diestra de su Padre lo llevó a un santuario celestial análogo al tabernáculo terrenal, pero sin sus imperfecciones (vv. 11–14). Mediante el ofrecimiento de su sangre plenamente humana, quedó perfectamente cualificado como representante de los hombres, algo que los sacrificios y sangre de animales nunca pudieron llevar a cabo. No estamos diciendo que los fieles judíos que estaban bajo el pacto mosaico percibieran que sus pecados no eran tratados de la forma debida, simplemente que la repetición de las ceremonias le recordaba al pueblo que los nuevos pecados requerían nuevos sacrificios.71 El versículo 15 establece un puente hacia la siguiente subsección de 8:1–10:19. El autor ha concluido su argumentación sobre los dos tabernáculos y regresa al contraste entre los pactos, entrelazando expresiones relativas a la herencia y rescate que ella había usado antes. Pero su objetivo primordial al reintroducir la terminología pactual es establecer el escenario adecuado para un juego de palabras con el término griego diatheke, que tanto podía significar «pacto» como «testamento».72 Por tanto, en los versículos 16–17 hace un quiebro hacia el segundo de esos significados para sacar partido al hecho de que uno recibe la herencia estipulada en un testamento únicamente cuando el testador fallece. De modo similar, el pacto/testamento mosaico exigía las muertes de animales para practicarse, y una parte central de las ceremonias que simbolizaban el perdón de pecados consistía en la aspersión de su sangre (vv. 18–22). Si nos remontamos a Levítico 17:11, al principio de que la vida de la criatura está en su sangre, judíos y cristianos coincidían en la creencia de que el requisito para la expiación era una muerte, con derramamiento real de sangre.

Por lo tanto, nuestro autor repite con intención enfática dos puntos que ya había expuesto acerca del superior sacrificio de Cristo (vv. 23–28). Tal sacrificio constituiría el anticipo celestial del ritual terreno (vv. 23–24), y se realizó una vez para siempre (vv. 25–28). Este último punto conduce a dos corolarios. Primero, si la muerte de Jesús proporcionó expiación completa y definitiva, «el fin de los tiempos» tenía que haber llegado (v. 25b). ¡Vemos de nuevo a los cristianos del primer siglo creyendo que vivían en los últimos tiempos! Segundo, a diferencia de la situación durante el pacto mosaico, ya no habrá más oportunidades para evitar el juicio, porque ya no hay provisión adicional que se pueda presentar para la salvación. Por tanto, el versículo 27 es uno de los textos más importantes de la Escritura para refutar toda teología de «segunda oportunidad tras la muerte». Mientras la persona vive, siempre puede arrepentirse y volver a Cristo. Pero, una vez muere, sus decisiones no tienen vuelta atrás y todo lo que le queda es presentarse ante Dios en el día del juicio. Entonces, aquellos, pero solo aquellos, que hayan creído durante esta vida pueden esperar la salvación (v. 28).73

Sin duda, el escritor de Hebreos se dio cuenta de la dificultad de inculcar todos estos nuevos conceptos comparativos a los cristianos que eran judíos acérrimos, así que reitera las imperfecciones del viejo sistema sacrificial (10:1–10) y las perfecciones del nuevo pacto (vv. 11–18) una última vez. La ley no constituía más que una sombra transitoria de las venideras realidades permanentes, porque los sacrificios tenían que repetirse cada día, cada estación y cada año (vv. 1–4). El versículo 2 no quiere decir que los fieles judíos siguieran sintiéndose culpables en cuanto a los pecados por los que ya habían ofrecido sacrificios, sino que tenían que reconocer que habrían de seguir ofreciendo sacrificios para cada nueva serie de pecados. Los versículos 5–7 proporcionan apoyo escritural (Sal 40:6–8) para el argumento del autor. Cristo no vino al mundo para ofrecer el tipo de sacrificios que mandaba Levítico, sino para llevar a cabo la voluntad de Dios ofreciéndose él mismo en su cuerpo (cf. vv. 8–10).74

El hecho de que los sacrificios temporales del Antiguo Testamento diesen paso al sacrificio perfecto de Jesús nos conduce a otra preciosa verdad: su pueblo está ahora embarcado en el viaje de ser hecho santo, aunque solo llegue a su destino en la vida venidera. Después de todo, el propio Cristo tiene que esperar hasta su retorno a la tierra para ver a sus enemigos completamente derrotados (vv. 11–14). Jeremías también había predicho este proceso en la determinación de Dios de declarar a los creyentes legalmente libres de culpa (v. 17; citando 31:34) y de empezar a hacerlos en la práctica más obedientes (v. 16; citando 31:33). Emparedado entre estas citas tenemos otro recordatorio de que el Espíritu de Dios da testimonio a través de la Escritura (v. 15) y lo opuesto de una afirmación anterior. Si un sacrificio hecho una vez para siempre crea perdón completo, el pleno perdón a su vez pone de manifiesto que no hay ya necesidad de más sacrificios (v. 18).75



Cuarta advertencia resultante (10:19–39). Si ningún otro sistema religioso, ni siquiera el judaísmo precristiano, tenía provisión completa para la expiación del pecado, el abandonar el camino cristiano jamás podría ser la elección correcta, para nadie, por sombrías que se presentasen las circunstancias. Los versículos 19–39 presentan, pues, una llamada urgente a la perseverancia. Hay que recibir adecuadamente los inmensos privilegios del nuevo pacto (19–25) aprovechando el nuevo acceso, íntimo, que tenemos a Dios gracias a la sangre de Cristo, que nos purifica por completo, no como los rituales de inmersión judíos (vv. 19–22), siendo fieles a nuestras profesiones de fe de esperanza de Jesús (v. 23) y practicando la adoración y la comunión en el cuerpo, animándonos unos a otros para el amor y las buenas obras (vv. 24–25). Si, incluso bajo creciente persecución, el autor de Hebreos insistía en que los cristianos «no dejemos de congregarnos» (v. 25a), cuánta mayor desgracia será ver a los creyentes que están en situaciones menos peligrosas pensando que pueden caminar solos en su vida cristiana o considerar que las reuniones con sus hermanos creyentes son algo informal, una opción que solo se contempla si no interfiere en nuestras agendas.76

Valiéndose del contraste, los versículos 26–29 retratan las calamitosas consecuencias de desdeñar los privilegios del nuevo pacto. Estos versículos contienen el lenguaje «de juicio» más duro del Nuevo Testamento.77 Los comentaristas interpretan normalmente los versículos 26–31 de manera que coincida con su modo de entender 6:4–6. Desde luego, una lectura superficial del texto favorece la creencia arminiana en la posibilidad de perder (o repudiar) la salvación. Pero insistimos, «recibir el conocimiento de la verdad» (v. 26) no implica necesariamente que alguien haya actuado en la verdad por haber confiado de una manera auténtica en Cristo; ni «pisotear al Hijo de Dios» o insultar «al Espíritu de la gracia» (v. 29) tienen que describir algo que exclusivamente un cristiano pueda hacer.

La cláusula más difícil de tratar desde una perspectiva calvinista dice: «que ha profanado la sangre del pacto por la cual había sido santificado». Pero «santificación» no siempre significa crecimiento en la vida cristiana, como suele significar en Pablo, sino que puede referirse simplemente a un «poner aparte» de algún tipo. En 9:13, está claro que se usa únicamente con el sentido de la limpieza externa, y puede que sea así como lo esté usando el autor aquí también.78 Pero, como en el caso de 6:4–8, la cuestión final no es si una persona era o no cristiana antes de rechazar la fe. De cualquier modo, calvinistas y arminianos coinciden en que tal persona está perdida. La idea principal de este párrafo es que el juicio eterno es tan terrible que deberíamos evitarlo a toda costa (vv. 27–28, 30–31).79

Los versículos 32–39 dan el toque final a esta sección. Igual que el escritor aclaraba sus amenazas de 6:1–8 con su esperanza de que sus lectores perseverasen y demostrasen ser verdaderamente salvos, también aquí templa sus terribles advertencias con elogios por la fidelidad de estos cristianos judíos después de que, unos quince años antes, el edicto de Claudio los expulsase de Roma y confiscase sus propiedades (vv. 32–34; recuérdese más arriba, p. 469). Como resultado, puede animar a sus oyentes a perseverar de nuevo, recordándoles también que, después de un periodo de tiempo que puede considerarse corto en comparación con la perspectiva eterna, Cristo regresará para juzgar a sus opresores y para conducir a sus seguidores a una dicha gloriosa y para siempre (vv. 35–39). El argumento se remata con una cita de Habacuc (2:3–4).



Por encima de los anteriores «héroes de la fe» (11:1–12:29). La nube de testigos (11:1–12:13). El capítulo 10 termina recordando a los lectores el principio de vivir por fe, de modo que es lógico que derive a una explicación y series de ilustraciones de dicha fe. A lo largo de la mayor parte del capítulo 11, uno puede imaginar que el autor ha acabado de presentar su argumentación acerca de la supremacía de Jesús. Pero en su discurso comenta con frecuencia acerca de cómo aquellos modelos de la fe no recibieron en esta vida todo lo que Dios les había prometido (véase especialmente vv. 13–16). Por medio de los versículos 35–38a, presenta una lista de categorías de personas cuya experiencia en esta tierra fue francamente miserable a pesar de su fe (v. 39). ¿Y por qué fue así? El versículo 40 nos da la respuesta: «Esto sucedió para que ellos no llegaran a la meta sin nosotros, pues Dios nos había preparado algo mejor». En otras palabras, la comunidad de la fe no estaría completa hasta después de que Jesús hubiese cumplido su misión, de manera que sus seguidores pudiesen estar incluidos en esa comunidad junto con los creyentes de épocas anteriores. Así que, después de todo, se sigue con el tema de la superioridad de Jesús.

EL SUPERIOR SACERDOCIO DE CRISTO
(SEGÚN HEBREOS)
Sacerdocio Levítico
Sacerdocio de Jesús
Muchos

uno


finito

eterno


prefiguraba la salvación

lleva a cabo la salvación

ofrecido por pecadores y por sus propios pecados,

ofrecido por uno sin pecado, no por su pecado

repetido

una vez para siempre

bajo el temporal antiguo pacto

bajo el permanente nuevo pacto

en santuario terrenal

en santuario celestial

impedimentos para el acceso a Dios

intimidad con Dios

sangre de toros y chivos

su propia sangre

limpieza externa

limpieza interior

conciencia que sigue culpable

pleno perdón

sacrificio incompleto para una santificación incompleta

sacrificio perfecto para perfecta santificación

Antes de empezar lo que con frecuencia se ha llamado el «pasar lista» a los santos del Antiguo Testamento, nuestro autor nos da una importante definición de la fe (v. 1). La versión King James traduce de una manera muy literal: «La fe es la sustancia de las cosas esperadas, la evidencia de las cosas no vistas» [La Reina Valera 1909 traduce «la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven», N del T]. Pero, ¿qué significa eso? La traducción de la NIV es más fácil de entender, pero menos realista: «estar seguros de lo que esperamos y tener la certeza de lo que no vemos» [La NVI lo presenta así: «La fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve» N del T]. La certeza, por definición, excluye cualquier duda, ¡y no hay creyente que camine mucho sin que le asalten varias dudas! Lo que expone el autor es más bien que la fe sustituye a la experiencia práctica de las cosas que están por venir para mostrar que hay razón para creer que un día sucederán, sobre todo cuando la realidad presente parece contradecir tal esperanza. Dicho con más sencillez, la fe significa creer en las promesas de Dios acerca del futuro a pesar de las apariencias del presente.80 El Antiguo Testamento aporta numerosos ejemplos (v. 2).

Los versículos 3–38 proceden, pues, a liberar un aluvión de ejemplos de este tipo de fe en la historia judía.81 La serie comienza con el acto de Dios de crear el Universo a partir de la nada, un ejemplo perfecto de Alguien que confió en que algo que no se veía en un momento podía venir a la existencia en el siguiente, por su mandato (v. 3).82 Mucho antes de escribirse Hebreos, los judíos habían discutido acerca de qué hizo que el sacrificio de Abel fuese aceptable a Dios y el de Caín no (Gn 4:3–7). Sin entrar en la discusión, nuestro escritor afirma simplemente que Abel de alguna manera confiaba más en Dios y así le llevó una ofrenda más aceptable (v. 4).83 Menos aún sabemos sobre la vida de Enoc, salvo que Dios lo «sacó» de este mundo al cielo sin pasar por la muerte, porque «anduvo fielmente con Dios». De un modo razonable, Hebreos interpreta este andar como una vida de fe (v. 5). Antes de pasar a la ilustración, el autor generaliza subrayando que la fe es un requisito previo para todo el que quiera agradar a Dios, y que será recompensada por él (v. 6).

El siguiente grupo de ejemplos resulta más fácil de entender. Está claro que Noé usó de una fe asombrosa para construir un arca en tierra seca en preparación para un diluvio de una magnitud hasta entonces desconocida en la tierra (v. 7; cf. Gn 6.13–7.1). Abraham manifestó tener una fe fuerte al seguir el llamamiento de Dios de dejar su hogar y viajar a un país lejano, cuya localización todavía no conocía, y para vivir como extranjero en tierra extraña incluso después de llegar a ella, como hicieron también sus hijos y nietos (vv. 8; cf. Gn 12.1–9). Tal vez más destacable todavía sea su disposición a creer que Dios iba a capacitar a su esposa y a él para concebir un hijo con noventa y cien años respectivamente, y que Dios levantaría de ese hijo descendientes suficientes como para poblar toda la tierra de Canaán (vv. 11–12; cf. Gn 18:1–10, 16–19; 21:1–5). Pero, por supuesto, ninguno de los patriarcas viviría para ver suceder todo eso (v. 13). Aunque podían creer que Dios cumpliría sus promesas mucho después de morir ellos, su esperanza personal tenía que estar puesta en algún tipo de vida con Dios después de la muerte (vv. 10, 14–16).84 ¿Qué, si no, podría haber motivado a Abraham a obedecer el aparentemente absurdo mandamiento de sacrificar a su hijo único Isaac, heredero de la promesa, salvo la fe en que Dios podía levantarlo de los muertos y así seguir adelante para cumplir su plan para la historia humana (vv. 17–19; cf. Gn 22:1–19)?

El escritor de Hebreos sigue adelante con ejemplos más breves de la fe en las vidas de Isaac, Jacob y José. Isaac tuvo que confiar que Rebeca había escuchado de veras la voz de Dios cuando se le dijo que el menor de sus mellizos heredaría las bendiciones de Dios (v. 20; Gn 25.23). Jacob necesitó incluso más discernimiento al final de su vida mientras repartía las distintas bendiciones de Dios entre sus doce hijos (v. 21, Gn 49:1–28).85 Está claro que José creyó en esperanza contra esperanza cuando insistió en que llevaran sus huesos a la Tierra Prometida, a pesar de que eso no ocurriría sino cuatrocientos años después (v. 22, Gn 50:25).

El segundo personaje en el que nuestro autor profundiza con más detalle es Moisés.

Sus padres ejercieron una gran fe al desafiar el edicto de Faraón que mandaba matar a todos los israelitas varones recién nacidos y vieron cómo Dios colocó milagrosamente al niño en la propia casa de Faraón (v. 23, Éx 1:15–2:10). El mismo Moisés rechazó todas las comodidades de la distinguida familia que lo crió, para identificarse con su pueblo, a pesar de que eso significó abandonar Egipto después de haber matado a un egipcio que estaba golpeando a un compatriota hebreo (vv. 24–27; Éx 2:11–25). Fuerte tuvo que ser la fe que necesitó para creer que Dios no iba a destruir a los primogénitos hebreos junto con los egipcios, que la huida de Egipto conduciría en realidad al pueblo a la libertad y que el mar Rojo86 se abriría en dos cuando el pueblo empezase a caminar en él y que no se los tragaría como después sí pasó con sus perseguidores (vv. 28–29, Éx 11–14).87

De forma mucho más rápida, se nos recuerda la fe de Josué y de los israelitas que marcharon alrededor de Jericó durante siete días, esperando que Dios derribara sus murallas (v. 30; Jos 6). La prostituta Rahab creyó que Dios estaba con los hebreos invasores y que ellos podrían protegerla, aunque para ella supusiera desafiar a sus dirigentes al recibir a los espías hebreos y mentir acerca de adónde se habían ido (v. 31; Jos 2). Nuestro autor es consciente de que podría alargarse más, pero piensa que ya ha establecido su tesis de manera adecuada. Así que se limita a nombrar media docena de personajes, menciona los profetas como grupo, da un resumen de algunas de sus hazañas y hace especial mención de aquellas madres cuyos hijos fueron resucitados por Elías y Eliseo (vv. 32–35a). Pero de pronto se va al otro extremo. Algunas personas que también estaban llenas de fe experimentaron únicamente persecución, sufrimiento y tortura, sin disfrutar siquiera los anticipos de las promesas de Dios con los cuales habían sido bendecidos la mayoría de sus contemporáneos en Israel (vv. 35–38).88 Incluso estos últimos vemos claramente que solo recibieron una pequeña parte de la herencia que esperaban (v. 39).

¿Por que retrasaría Dios el proceso durante tantos siglos? Para expresarlo de manera sencilla, el Mesías aún no había venido y, por tanto, el nuevo pacto, que traería todas las bendiciones mayores que tanto ha destacado Hebreos, todavía no se había inaugurado. En otras palabras, Dios sabía que un número inmensamente mayor de personas llegaría a ser creyente durante esa edad postrera, y quería que naciesen y tuviesen una oportunidad de formar parte de su «familia eterna». Las palabras de 11:40 deberían humillar a todos los cristianos contemporáneos y hacerles estar profundamente agradecidos por la maravillosa gracia de Dios que esperó tanto tiempo para que ellos pudieran estar incluidos como herederos de sus increíbles promesas.89 Además, la plena vida de resurrección para todo el pueblo de Dios de los periodos de ambos pactos solo se haría posible a través de la muerte y resurrección del Mesías.90

Con la inspiración que les daban todos estos modelos, lo más seguro es que los cristianos a quienes se escribió Hebreos pudieron «aguantar el tirón» un poco más y soportar cualquier persecución que Roma pudiese emprender (12:1–13). El versículo 1 presenta a los héroes del capítulo 11 como «una multitud tan grande de testigos» que rodea a todos estos cristianos judíos, quizás jaleándolos como los espectadores en el estadio, pero seguro que sirviéndoles de inspiración con el testimonio de sus vidas. Sin embargo, mucha mayor importancia tiene el modelo del propio Jesucristo, quien estuvo dispuesto a sufrir hasta la agonía y la afrenta de la crucifixión por nosotros. Puesto que le ha sido devuelto su trono junto a Yahvé, puede capacitar a todos aquellos que ponen su mirada exclusivamente en él para que resistan cualquier hostilidad que pueda presentarse en su camino. Al ser tanto iniciador o pionero como consumador o perfeccionador de nuestra fe, Él ve el proceso de nuestra preservación de principio a fin (vv. 2–3).91 Y Hebreos recuerda a sus oyentes que, hasta el momento, en su comunidad nadie ha sido martirizado todavía (v. 4).

Lo que es más, Dios puede usar el sufrimiento de los creyentes, incluso cuando son sus enemigos los que en principio lo causan, para disciplinar y preparar a sus hijos espirituales (vv. 5–13).92 En Proverbios 3:11–12 se nos enseña eso mismo cientos de años antes (vv. 5–6), pero también la experiencia normal de los padres biológicos y sus hijos refuerza esta verdad (vv. 7–11).93 Por supuesto, las analogías entre la conducta humana y la divina se vienen abajo tarde o temprano. La disciplina humana se vuelve a veces abusiva, ¡pero lo que afirma nuestro autor no es que Dios tenga que ver con el maltrato infantil! Si bien la disciplina moderada que se equilibra con amor puede criar a los hijos biológicos para que tengan una buena conducta, ¡cuánto más deberíamos creer que Dios puede usar las adversidades para hacernos más santos, a nosotros que somos sus hijos espirituales! Por consiguiente, deberíamos ejercitar nuestras piernas espirituales para ser fortalecidos de manera que corramos la carrera a la que hemos sido llamados (vv. 12–13).



Quinta advertencia resultante (12:14–29). Por última vez, Hebreos pronuncia una de sus solemnes advertencias contra rechazar el plan de salvación de Dios. Emparedada entre una breve exhortación positiva en el versículo 14 y un llamamiento final a adorar a Dios con acción de gracias y reverencia, en los versículos 28–29, tenemos una severa amonestación para no perdernos las maravillosas bendiciones del nuevo pacto y sufrir los horrores del castigo eterno (vv. 15–27). La amargura puede apartar a las personas de Dios, así que hay que evitarla (v. 15). Lo mismo con la inmoralidad sexual, no porque sea un pecado imperdonable, sino porque hay tanta gente que desea vivir de una manera contraria a los patrones de Dios (sin reconocer que incluso en esta vida no consiguen al final más que hacerse daño ellos mismos y a los demás en ese proceso) que fracasan en cuanto a llegar a ser sus seguidores (v. 16a). Pero todo rechazo total a la voluntad de Dios, como el de Esaú al vender su primogenitura (Gn 25:29–34), revelará ser igualmente desastroso (vv. 16b–17; cf. Gn 27:30–40).94

Resulta muy irónico todo esto, porque lo que se ofrece a la humanidad en la era del nuevo pacto no es un terrorífico monte santo (el Sinaí) que no se puede ni tocar, como en la entrega del pacto mosaico (vv. 18–21; cf. Éx 19:12–13; Dt 9:19). En lugar de eso, Dios invita al pueblo a acercarse al arquetipo celestial del monte del templo de Jerusalén (el de Sión) sin temor, y a unirse a la alegre congregación de todos los creyentes de cada edad de la historia en la presencia de Cristo y de todos los santos ángeles (22–24).95 ¿Quién podría querer rechazar tan increíble oferta? Pero las personas la rechazan, y entonces hay que alertarles de lo que también ha prometido Dios Todopoderoso: la disolución del Cosmos tal como lo conocemos, seguida de nuevos cielos y nueva tierra para los redimidos y el lago de fuego (o infierno) para todos los demás (vv. 25–27; cf. Hag 2:6 para las imágenes usadas y Ap 21–22 para el desarrollo).



EXHORTACIONES DE CONCLUSIÓN (13:1–21)

Aunque el escritor de Hebreos ha salpicado de exhortaciones y advertencias a lo largo de su epístola, ahora reúne una serie de amonestaciones más conforme al patrón de como lo hace Pablo en sus cartas. Los versículos 1–6 parecen estar unidos en torno al tema del amor, una responsabilidad que siempre es crucial, pero especialmente cuando una comunidad está sufriendo persecución.96 Los creyentes deberían tratarse con amor familiar (v. 1), pero también mostrar hospitalidad a los extranjeros, en particular cuando no se sabe quiénes son. Puede que resulten ser portadores de buenas noticias, como en Génesis 18–19 (v. 2). Al aplicar la Regla de Oro (Mt 7:12), los cristianos deberían amar y, por tanto, ayudar a sus hermanos y hermanas espirituales que están en prisión por causa de su fe, tal como a ellos mismos les gustaría ser amados y recibir ayuda si se encontrasen en la cárcel (v. 3). El amor a la esposa exige exclusividad en las relaciones sexuales (v. 4), mientras que el verdadero contentamiento entre las cambiantes circunstancias de la vida requiere de los creyentes que no amen el dinero. Si Dios jamás va a abandonarlos, no tiene demasiada importancia cuántas propiedades les quedan (v. 5). Además, no deben tener miedo a la persecución, ni siquiera al martirio, puesto que el Señor los ayudará en esos trances y los llevará seguros a la gloria posterior (v. 6).

Los versículos 7–17 se podrían reunir fácilmente bajo el tema de buenos o malos dirigentes.97 Los versículos 7–8 y el 17 recomiendan a los buenos líderes, usando el término más extenso con que el Nuevo Testamento se refiere a tales personas (hegemenoi; del verbo traducible como «gobernar»), de modo que no se tiene en mente ningún cargo en particular de la iglesia.98 Los cristianos deben recordar a sus antiguos líderes, que les enseñaron la Palabra de Dios, pero que también la vivieron, incluso cuando eso les costó dificultades y quizás hasta la muerte. El mismo Jesús que promete ayuda presente acudió en su ayuda, también, y con el mismo poder fortalecerá también a los creyentes futuros (vv. 7–8).99 Tales personas merecen la cooperación y respeto de aquellos sobre los que tienen autoridad, sobre todo porque ellos tienen que dar cuenta a Dios del liderazgo que han ejercido sobre esas personas (v. 17).

Las palabras aquí traducidas como «obedezcan» (de peitho) y «sométanse» (de hupeiko) no son las mismas que se usan en los códigos domésticos de Colosenses y Efesios. De hecho, «obedecer» puede ser una traducción demasiado fuerte de un verbo que en voz pasiva (la aquí usada) puede también significar «ser persuadido», «prestar atención a», «escuchar a» o «ser un seguidor de».100 Por otra parte, «someterse» es la traducción normal del segundo verbo, lo que nos recuerda que el pueblo de Dios debe subordinarse de manera voluntaria a sus dirigentes, hombres o mujeres, no solo a los que tienen funciones o cargos reservados a los varones. Aquí podemos distinguir implicaciones mayores de la sumisión mutua que se ordena en Efesios 5:21.

Entre medio de este inciso aparece la advertencia de no seguir las falsas enseñanzas que quieren hacer retroceder a estas congregaciones hasta el judaísmo puro y duro (vv. 9–16).101 Tienen que permanecer firmes en la gracia de Dios, no confiando en las leyes dietéticas judías ni en las festividades del calendario, porque todo eso se ha cumplido en Cristo (vv. 9–10). Una vez más, el autor les recuerda que todo esto es resultado del sacrificio final y permanente de Jesús en la cruz, que tuvo lugar «fuera de la puerta de la ciudad», es decir, de Jerusalén (vv. 11–12). Aunque ello implique que les suceda lo mismo, los cristianos tienen que estar preparados para aceptar todo oprobio que resulte de su fe, porque saben que este mundo no es su verdadero hogar (vv. 13–14).102 Deben ofrecer sacrificios, pero no los de ofrendas quemadas u holocaustos. Más bien ofrecen un sacrificio metafórico de alabanza, de reconocimiento de su Dios, incluso cuando eso les cueste un precio, y de tratar con bondad a los demás, incluso cuando reciben maltrato (vv. 15–16).

Conforme la carta se acerca a su final, se nos muestra por primera vez que puede haber uno o más coautores de la epístola. El versículo 18 cambia a la primera persona del plural, aunque no tiene por qué referirse a nadie más que al autor y a «los de Italia» que le acompañan (cf. v. 24). Se vuelve a la forma del singular en el versículo 19, lo que en cualquier caso sugiere un autor primario, que desea que oren para que pueda vivir de manera honrada y pueda ver pronto a sus congregaciones en Roma. Los versículos 20–21 llevan esta sección a su fin con una hermosa doxología, elaborada a la perfección para sus circunstancias. El Dios a quien se invoca es Aquel que estableció el eterno nuevo pacto por medio de Jesús, el Buen Pastor, quien murió por los pecados de la humanidad y fue resucitado por su Padre. Por tanto, ahora puede capacitar a sus seguidores para llevar a cabo la voluntad de Dios y agradarle en cada paso de su vida (vv. 20–21).



CONCLUSIÓN DE LA CARTA (13:22–25)

Aunque leer la carta, como si fuera un sermón, costaría más o menos una hora, sigue siendo breve (v. 22), al menos en comparación con algunas antiguas oraciones.103 Al parecer, Timoteo había sido encarcelado, pero lo habían soltado recientemente y, si se reunía con el autor, irían juntos a Roma (v. 23). Por último, nuestro escritor saluda de nuevo a todos los destinatarios, señalando particularmente a los dirigentes durante estos tiempos difíciles y promulgando su gracia sobre todos los creyentes de sus congregaciones (vv. 24–25).





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