A first spanish reader



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The Project Gutenberg EBook of A First Spanish Reader by Erwin W. Roessler and Alfred Remy
This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net
Title: A First Spanish Reader

Author: Erwin W. Roessler and Alfred Remy

Release Date: March 13, 2005 [EBook #15353]

Language: English and Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK A FIRST SPANISH READER ***

Produced by John Hagerson, Kevin Handy, Renald Levesque and the Online Distributed Proofreading Team.

A
FIRST
SPANISH READER


WITH QUESTIONS AND VOCABULARY

BY

ERWIN W. ROESSLER, PH.D.

CHAIRMAN OF THE MODERN LANGUAGE DEPARTMENT
HIGH SCHOOL OF COMMERCE, NEW YORK, N.Y.


AND

ALFRED REMY, A.M.

HIGH SCHOOL OF COMMERCE, NEW YORK, N.Y.

Pen Drawings by CLARENCE ROWS

AMERICAN BOOK COMPANY
NEW YORK CINCINNATI CHICAGO

This Reader is the outgrowth of a desire for a textbook that combines simplicity with variety. To make it available for use almost at the very beginning of the Spanish course only the present tense has been employed in the first twenty-three selections and difficult constructions have been consistently avoided.

With one or two exceptions, many changes have been made in the selections taken from Spanish authors in order to adapt them to the needs of the beginner. The greater part of the reading material, however, is either original or adapted from other languages. The questions are intended to aid the pupil in the preparation of his lessons. Teachers may alter or amplify these questions as they see fit.

Suggestions as to the method of treating the text may seem impertinent to some. The authors however merely wish to suggest a method which they have successfully employed:

I. Regular preparation of the advance lesson should be made as follows:

a. Reading of the text by the teacher, a sentence at a time. Each sentence to be translated by a pupil after the new words have been explained by the teacher, in Spanish if possible.

b. A second reading by the teacher, followed by chorus reading of the class.

II. At home the pupil should read the text aloud several times and copy the text once or twice, then study it carefully.

III. In the recitation, translation should be reduced to a minimum, thus allowing a maximum of time for conversation based upon the text. There should also be considerable blackboard work consisting of the questions and answers that were given orally. Repetition of answers by the entire class as well as chorus reading are also profitable. After the reading selection has been thoroughly mastered, oral and written résumés should be given by the pupils.

The authors wish to thank the firm of A. P. Schmidt of Boston for permission to reprint the songs Bolero and Me gustan Todas. They are especially indebted to Dr. Manuel Barranco for many valuable suggestions and for assistance in proof reading.

ERWIN W. ROESSLEE ALFRED REMY

(original )CONTENTS

1. La Escuela 2. El Discípulo 3. La Sala de Clase. (I) 4. La Sala de Clase. (II)

5. El Discípulo en la Escuela 6. Una Lección de Español 7. Una Lección de Geografía

8. La Familia 9. Las Monedas de los Estados Unidos 10. Las Monedas de España

11. El Año y los Meses 12. Los Días de la Semana 13. La Casa

14. Proverbios. (I) 15. El Invierno 16. La Primavera 17. El Verano

18. El Otoño 19. El Cuerpo Humano 20. Méjico 21. Frases de Cortesía

22. Los Recreos 23. Una Visita 24. El Teatro 25. Los Órganos del Cuerpo Humano

26. El Brasil 27. Los Pobres Sastres 28. Tres Palabras

29. Anuncio del Estreno de una Ópera 30. Un Portero Exacto 31. Una Pierna

32. ¿Qué dice David? 33. El Canal de Suez 34. Dura Suerte

35. El Muchacho Inteligente 36. El Criado Erudito 37. Concepto Falso

38. Chile 39. Los Cuatro Hermanos 40. Adivinanzas. (I) 41. Argentina

42. El Barbero de la Coruña 43. El Perro del Ventrílocuo 44. El Canal de Panamá

45. Proverbios. (II) 46. El Competidor 47. El Estudiante de Salamanca

48. Adivinanzas. (II) 49. Cuba 50. El Tonto 51. El Peral

52. El Estudiante Juicioso 53. Proverbios. (III) 54. El Espejo de Matsuyama

55. Los Zapatos de Tamburí 56. La Portería del Cielo

POESÍAS


57. Refranes en Verso 58. El Papagayo, el Tordo y la Marica (Iriarte)

59. La Abeja y los Zánganos (Iriarte) 60. Los Huevos (Iriarte)

61. La Rana y la Gallina (Iriarte) 62. El Asno y su Amo (Iriarte)

63. La Víbora y la Sanguijuela (Iriarte)

CANCIONES



64. Me gustan Todas (Spanish Folksong) 65. Bolero (Spanish Folksong)

66. Himno Nacional de España. Manuel Fenollosa 67. Himno Nacional de Méjico. Jaime Nuñó

68. Himno Nacional de Guatemala. Rafael Alvarez

PREGUNTAS

VOCABULARIO

19. EL CUERPO HUMANO

El cuerpo humano se compone de tres partes principales que son la cabeza, el tronco y las extremidades. La cabeza es la parte más importante. La cabeza tiene dos partes, la cara y el cráneo. La cara es la parte anterior de la cabeza. En la cara tenemos la frente, la nariz, la boca, la barba, los ojos, las orejas y las mejillas.

La frente es ancha o angosta. La nariz es recta o curva. La boca es grande o pequeña. Los labios son gruesos o delgados. Los ojos son negros, azules, pardos o grises.

Con los ojos vemos todas las gentes y los objetos. Con los oídos oímos la voz humana y todos los sonidos. La oreja es la parte externa del órgano del oído. ¿Ha visto Vd. las orejas de un burro?

Tengo mejillas rojas porque estoy bueno. Los que están malos de salud tienen las mejillas pálidas.

Entre la cabeza y el tronco está el cuello. El corazón, los pulmones y el estómago están en el tronco. Los brazos y las piernas se llaman las extremidades. Los brazos son las extremidades superiores y las piernas son las extremidades inferiores. El codo está a la mitad del brazo.

La mano tiene cinco dedos. El dedo más grueso se llama pulgar. Cada pie tiene también cinco dedos. La rodilla está a la mitad de la pierna. Con las manos trabajamos. Comemos también con las manos. ¿Qué otra cosa hacemos con las manos?

Las piernas y los pies sirven para andar. Ellos sostienen al cuerpo. ¿Dónde está la lengua? ¿Dónde están los dientes? ¿Cuántos dientes tenemos? ¿Para qué sirven los dientes? Para morder y masticar. ¿Para qué sirve la lengua? ¿Qué tenemos en la cabeza? ¿Con qué está cubierta la cabeza? Con los cabellos.


.



25. LOS ÓRGANOS DEL CUERPO HUMANO

Una vez los obreros o ciudadanos pobres de la ciudad de Roma se rebelaron contra los ricos. Su queja era, que mientras que ellos trabajaban siempre y pagaban los impuestos, los ciudadanos ricos de la clase noble nunca trabajaban, y su única ocupación era la de mandar y gobernar. Muy descontentos, resolvieron los obreros abandonar a Roma e irse a un monte cercano, jurando no volver a la ciudad.

Entonces los nobles enviaron a un sabio romano para convencer a los obreros de que debían regresar a la ciudad. El sabio habló a los obreros de esta manera:

Una vez los órganos del cuerpo humano se rebelaron contra el estómago, y muy indignados le dijeron:

—Nosotros trabajamos siempre mientras que tú nunca trabajas.

Los pies se quejaron de que ellos tenían que llevar al cuerpo y andar por todas partes; los ojos se quejaron de que ellos tenían que ver siempre todas las cosas y vigilar constantemente. Las manos dijeron:

—¿Por qué debemos de estar siempre trabajando si tú descansas?

Y la boca gruñó:

—Toda mi vida he sido una tonta. He masticado todas tus viandas, mientras que tú no has hecho más que recibirlas ya preparadas. Busca otra boca.

De esta manera hablaron todos los órganos del cuerpo humano, resolviendo no trabajar más para el estómago.

Pronto, con gran sorpresa, empezaron a sentir el efecto de su rebelión. Los pies se sentían débiles, los ojos se obscurecían y no podían ver, las manos se ponían débiles; y, en fin, todo el cuerpo se iba debilitando, porque el estómago, no habiendo recibido viandas, no podía enviar alimentos y fuerzas a los órganos.

Entonces comprendieron los órganos que habían sido muy necios. Ahora entendían claramente que el estómago también trabajaba y servía a todos, y muy arrepentidos principiaron todos a trabajar nuevamente.

Los obreros romanos oyeron esta parábola y comprendieron su significado, regresando muy contentos a la ciudad a trabajar de nuevo.

Los nobles fueron más prudentes después de esto, y dieron a los obreros mejor paga y mejor trato.



30. UN PORTERO EXACTO

Una señora dió orden un día a su portero:

—Di a todas personas que no estoy en casa.

Por la noche, al referirle el portero los nombres de las personas que habían estado a la puerta, pronunció el de la hermana de la señora, y entonces la señora dijo:

—Ya te he dicho que para mi hermana siempre estoy en casa, hombre; debiste haberla dejado entrar.

Al día siguiente salió la señora a hacer unas visitas, y poco después llega su hermana.

—¿Está tu señora en casa?—le pregunta al portero.

—Sí, señora,—contesta éste.

Sube la señora, y busca en balde por todas partes a su hermana. Vuelve a bajar, y le dice al portero:

—Mi hermana debe de haber salido, porque no la he hallado.

—Sí, señora, ha salido, pero me dijo anoche que para Vd. siempre estaba en casa.

32. ¿QUÉ DICE DAVID?

Un obispo tenía un criado vizcaíno. Dijóle una vez:—Vaya Vd. al carnicero que se llama David y compre al fiado carne para mañana. Después de haber comprado Vd. la carne vaya Vd. a la iglesia, por ser domingo.

Predicando en la iglesia el obispo citaba autoridades de profetas en el sermón, diciendo:—Dice Isaías, profeta...; dice Jeremías, profeta...;—y mirando entonces hacia donde estaba su criado, dijo con énfasis prosiguiendo su sermón:—Pero, ¿qué dice David?

El vizcaíno, su criado, pensando que a él le hablaba el obispo, respondió muy alto:—David dice: 'No daré carne al obispo si primero no paga.'


36. EL CRIADO ERUDITO

Varios amigos, un militar, un poeta, un cura, un usurero y un pintor, estaban de sobremesa discurriendo acerca del valor relativo de algunos grandes hombres. El criado de la fonda los escuchaba encantado.

—Propongo un brindis,—dijo el militar,—por el primer hombre del mundo, por Alejandro Magno.

—¡Protesto!—exclamó el poeta;—el primer hombre del mundo fué Byron!

—¡Profano!—dijo el cura;—el primer hombre del mundo fué San Ignacio de Loyola.

—Proclamo,—chilló el usurero,—por primer hombre del mundo a Malthus.

—¡Protervo!—vociferó el pintor;—el primer hombre del mundo fué Miguel Ángel.

—¡Pobres señores!—se permitió decir el criado de la fonda.—El primer hombre del mundo fué Adán.

Este despropósito cayó tan en gracia a los amigos, que al acabar de reír ya no se acordaron de su discusión, ni de dar propina al Criado.




39. LOS CUATRO HERMANOS

Un zapatero tenía cuatro hijos que deseando buscar su fortuna por el mundo, dijeron un día a su padre:

—Padre, somos mayores de edad y deseamos viajar por el mundo y buscar fortuna.

—Muy bien,—dijo el zapatero y dio a cada uno de sus hijos un caballo y cien duros para la jornada. Los jóvenes, muy contentos, se despidieron de su padre y partieron en busca de fortuna.

Caminaron los hermanos algún tiempo y al llegar a una encrucijada, donde partían cuatro caminos, el hermano mayor dijo:

—Hermanos míos, separémonos; cada uno tome un camino, busque su fortuna y después de un año nos reuniremos otra vez aquí.

Los cuatro caminos conducían a cuatro ciudades muy hermosas, adonde llegaron los hermanos y cada uno en su ciudad buscó quehacer inmediatamente. El hermano mayor aprendió a zapatero, el segundo estudió para astrólogo, el tercero se convirtió en un buen cazador y el hermano menor se hizo ladrón.

Después de un año los cuatro hermanos se reunieron de nuevo en la encrucijada.

—Gracias a Dios,—dijo el hermano mayor,—todos estamos sanos y salvos y cada uno ha aprendido a hacer algo.

Y juntos regresaron a casa. El padre se puso muy contento al verlos llegar y pidió a sus hijos que le contaran sus aventuras.

Julio, el hijo mayor, dijo que había estado en Toledo y que había aprendido el oficio de zapatero.

—Muy bien,—dijo su padre, es un oficio honrado.

—Pero yo no soy un zapatero vulgar, respondió Julio,—remiendo a la perfección, y no tengo más que decir estas palabras: '¡Remiéndate!' y las cosas viejas quedan como nuevas.

El padre, dudando lo que decía su hijo, le dió un par de zapatos viejos. Julio tomó los zapatos, los puso en frente y dijo: '¡Remiéndate!' Al instante los zapatos se convirtieron en otros relucientes y casi nuevos. El atónito padre exclamó:—¡Excelente, has aprendido más en Toledo que en la escuela!

Entonces el viejo zapatero preguntó a su segundo hijo, Ramón:—Y tú, Ramón ¿qué has aprendido?—Padre mío, estuve en Madrid y estudié para astrólogo y soy un astrólogo extra-ordinario. No hago más que ver al cielo para saber inmediatamente lo que sucede sobre la tierra.

—¡Maravilloso!—exclamó el padre y dirigiéndose a su tercer hijo Enrique, dijo:—¿Qué oficio has aprendido, Enrique?—Soy cazador, pero un cazador sorprendente. Cuando veo a un animal no hago más que decir: '¡Muérete!' y el animal se muere en seguida.

El padre viendo una ardilla le dijo:—Mata aquella ardilla y creeré lo que dices.—Enrique dijo: '¡Muérete!' y la pobre ardilla cayó muerta. Por fin el zapatero preguntó a su hijo menor Felipe:—¿Qué oficio has aprendido tú?—He aprendido a robar,—respondió Felipe;—pero no soy un ladrón ordinario; no hago más que pensar en la cosa que deseo tener, y esta cosa viene por sí mismo a mis manos.

Como el padre quería ver la ardilla muerta por Enrique, dijo al astrólogo:—¿Dónde está la ardilla?—Debajo de aquel árbol,—respondió Ramón. En seguida Felipe, el ladrón, pensó en la ardilla y ésta apareció al instante sobre la mesa.

El viejo zapatero estaba muy contento y orgulloso de las habilidades de sus hijos. Un día los cuatro hermanos supieron que la princesa Eulalia, la única hija del rey, se había perdido. El rey ofreció su reino y la mano de su hija al caballero que pudiese hallarla y traerla al palacio. Los hermanos fueron al palacio, y dijeron al rey que ellos podían hallar a la princesa. El rey muy contento les repitió su promesa.

Durante la noche el astrólogo miró al cielo y vio en una isla lejana a la princesa, a quien un dragón tenía prisionera. Los cuatro hermanos después de un viaje penoso y largo llegaron a la isla. Cuando el ladrón vio a la princesa que se paseaba por la playa, exclamó:

—¡Deseo a la princesa en nuestro barco!—e inmediatamente la princesa estuvo en el barco; pero como el dragón vio esto, con rugido terrible se precipitó sobre el barco. El cazador exclamó al instante: '¡Muérete!' y el dragón cayó muerto en el agua. Al caer el dragón chocó con el barco y casi lo hizo pedazos, y cuando ya se hundía el barco, el zapatero dijo: '¡Remiéndate!' y el barco fue remendado.

Apenas regresaron al reino, empezaron los hermanos a altercar entre sí.

—Yo he hallado a la princesa,—dijo el astrólogo,—por lo tanto debe ser mi esposa.

—De ninguna manera,—respondió el ladrón,—la mano de la princesa es mía, porque yo se la robé al dragón.

—¡Necios!—exclamó el cazador,—yo debo ser el marido de la princesa porque yo maté al dragón,—a lo que el zapatero replicó coléricamente:

—La princesa debe ser esposa mía, porque yo remendé el barco y sin mi ayuda todos Vds. estarían muertos.

Después de mucha discusión, y sin poder arreglar nada, los hermanos decidieron ir a ver al rey a su palacio.

—Señor,—le dijeron,—Vuestra Majestad decida quien de nosotros debe casarse con la princesa.

—Muy bien,—dijo el rey,—la cuestión es muy simple; he prometido la princesa al caballero que la encontrase. Por lo tanto ella debe casarse con el astrólogo. Pero como cada uno de Vds. ayudó a la salvación de ella, cada uno debe recibir la cuarta parte de mi reino.

Los hermanos, muy satisfechos con esta distribución, vivieron felices en sus reinos. Cada vez que nacía un príncipe o una princesa los tres solteros aumentaban los impuestos para comprar magníficos regalos para el recién nacido.


42. EL BARBERO DE LA CORUÑA

Un día llegó a una fonda de la Coruña un forastero de gran talle, corpulento y fuerte, con centellantes ojos negros y rostro cubierto de larga y espesa barba. Su vestido negro añadía algo de siniestro a su apariencia.

—¡Posadero!—gritó en voz alta,—tengo mucha hambre y me estoy muriendo de sed. Tráigame algo que comer y una botella de vino. ¡Pronto!

El posadero, medio espantado, corrió a la cocina, y pocos minutos después sirvió una buena comida y una botella de vino al extranjero. Este se sentó a la mesa y comió y bebió con tanto gusto que en menos de diez minutos había devorado todo.

Una vez terminada su comida, preguntó al posadero:—- ¿Hay en este pueblo un buen barbero que pueda afeitarme?

—Ciertamente, señor,—contestó el posadero, y llamó al barbero que vivía no lejos de la fonda.

Con su estuche en una mano y el sombrero en la otra, entró el barbero, y haciendo una profunda reverencia preguntó:—¿En qué puedo servir a Vd., señor?

—Aféiteme Vd.,—gritó el forastero con voz de trueno.—Pero le advierto que tengo la piel muy delicada. Si no me corta le daré cinco pesetas, pero si me corta le mataré sin piedad. Ya he matado más de un barbero por esa causa; ¡con que tenga cuidado!—añadió por vía de explicación.

El pobre barbero que se había espantado al oír la aterradora voz de su cliente, ahora temblaba como la hoja de un árbol agitada por el viento otoñal.

El terrible hombre había sacado del bolsillo de su levita un grande y afilado cuchillo y lo había puesto sobre la mesa. Era muy claro que la cosa no era para bromas.

—Perdone Vd., señor,—dijo el barbero con voz trémula,—yo soy viejo y me tiembla la mano un poco, pero voy a enviar a Vd. a mi ayudante, que es joven. Puede Vd. fiarse de su habilidad.

Diciendo esto, salió casi corriendo de la fonda. Cuando estuvo fuera, dando gracias a Dios de haber escapado, decía para sí:—Ese hombre es malo como un demonio; no quiero tener negocios con él. Tengo una esposa y ocho niños y debo pensar en ellos. Es mejor que venga mi ayudante.

A los diez minutos se presentó el ayudante en la fonda.—Mi maestro me ordenó que viniera aquí para...—Sí, su maestro dice que es Vd. un hombre hábil y espero que tenga razón,—le interrumpió el forastero con voz ronca.—Le advierto que tengo la piel muy delicada. Si me afeita sin cortarme le daré cinco pesetas, pero si me corta, le mataré con este cuchillo tan cierto como mi barba es negra.

Al oír esto el ayudante palideció un poco, pero recobrando el ánimo replicó:—Ciertamente, señor, soy muy hábil y tengo una mano muy segura. Tendría mucho gusto en afeitarlo, pero Vd. tiene una barba muy espesa y necesito una navaja muy afilada. Desgraciadamente no tengo ninguna en mi estuche ahora, pero afortunadamente el aprendiz afiló sus navajas esta misma mañana. Le voy hacer venir al instante.

Con esto escapó precipitadamente diciendo para sí:—¡Cáspita! ¡Ese barbón se parece al mismísimo diablo! Lo que es a mí, no me mata. Que vaya el aprendiz, que es joven. Aquí tiene una buena ocasión de aprender algo. Por fin vino el aprendiz. Era un muchacho de unos diez y seis años, con ojos vivos y cara inteligente.

—¡Ola!—gritó el forastero, soltando una carcajada que hizo retemblar las paredes.

—¿Te atreves tú a afeitarme? Pues bien, muchacho. ¡Mira! Aquí tienes esta pieza de oro y este cuchillo. La moneda de oro vale cinco pesetas y será tuya si me afeitas sin cortarme; pero como eso no es muy fácil, porque tengo la piel muy delicada, te advierto que si me cortas te mataré con este cuchillo.

Y miró al pobre aprendiz con unos ojos que parecían salir chispas centellantes.

Mientras tanto, el muchacho reflexionaba de esta manera:—¡Cinco pesetas! Eso es más de lo que gano en seis meses. Con esa suma me puedo comprar un traje nuevo para la feria y, además, un nuevo estuche. Con que me voy a atrever. Si este bruto mueve el rostro y lo corto, ya sé lo que debo hacer.

Con gran calma saca todo lo necesario de su estuche; sienta al forastero en una silla, y sin el menor miedo pero con mucho cuidado termina el muchacho felizmente la operación.

—Aquí tienes tu dinero,—dijo el terrible matasiete.—¡Chispas, niño! tú tienes más valor que tu maestro y su asistente, y a la verdad mereces el oro. Pero dime: ¿no tenías miedo?

—¿Miedo? ¿Por qué? Vd. estaba enteramente en mi poder. Tenía yo las manos y mi más afilada navaja en la garganta de Vd. Supongamos que Vd. se mueve y yo le corto. Vd. intenta asir el cuchillo para matarme. Yo lo impido y con una sola tajada lo deguello. Eso es todo. ¿Entiende Vd. ahora?

Esta vez fue el forastero el que se puso pálido.



43. EL PERRO DEL VENTRÍLOCUO

Entró una vez en una fonda un ventrílocuo acompañado de su hermoso y muy inteligente perro. Se sentó a una mesa, llamó al mozo y dijo:

—Tráigame Vd. un biftec.

Estaba ya al punto de irse el mozo para ejecutar la orden, cuando se detuvo pasmado. Oyó distintamente que dijo el perro:

—Tráigame a mí también un biftec.

Estaba sentado a la misma mesa en frente al ventrílocuo un ricazo que tenía más dinero que inteligencia. Éste dejó caer el tenedor y el cuchillo y miró al perro maravilloso. Mientras tanto había vuelto el mozo. Puso un biftec sobre la mesa delante del dueño, y el otro en el suelo delante del perro. Sin hacer caso del asombro general, hombre y perro comieron con buen apetito. Después dijo el dueño:

—Mozo, tráigame Vd. un vaso de vino.—Y añadió el perro:—Tráigame a mí un vaso de agua.

En esto todos en la sala cesaron de comer, y se pusieron a observar esta escena extraordinaria. Volviéndose al ventrílocuo preguntó el ricazo:

—¿Quiere Vd. vender este perro? Nunca he visto animal tan inteligente.

Pero el amo contestó:

—Este perro no se vende. Es mi mejor amigo, y no podemos vivir el uno sin el otro.

Apenas hubo concluido éste, cuando dijo el perro:

—Es verdad lo que dice mi amo. No quiero que me venda.

Entonces el ricazo sacó la bolsa, y poniendo sobre la mesa un billete de quinientos duros sin decir palabra, dirigió al ventrílocuo una mirada interrogativa.

—A fe mía,—dijo éste,—esto ya es otro cantar. Veo ahora que puede hablar también el dinero. Es de Vd. el perro.

Después de haber concluido la comida el ricazo, muy alegre y ufano, partió con el animal, que al momento de salir pronunció con voz casi ahogada de disgusto y de cólera estas palabras:

—Miserable, me ha vendido Vd. Pero juro por todos los santos, que en toda mi vida no diré otra palabra.

54. EL ESPEJO DE MATSUYAMA

Mucho tiempo há vivían dos jóvenes esposos en lugar muy apartado y rústico. Tenían una hija y ambos la amaban de todo corazón. No diré los nombres de marido y mujer, pero diré que el sitio en que vivían se llamaba Matsuyama, en la provincia de Echigo.

Cuando la niña era aún muy pequeñita, el padre se vió obligado a ir a la gran ciudad, capital del Imperio. Como era tan lejos, ni la madre ni la niña podrían acompañarle, y él se fué solo, despidiéndose de ellas y prometiendo traerles, a la vuelta, muy lindos regalos. La madre no había ido nunca más allá de la cercana aldea, y así no podía desechar cierto temor al considerar que su marido emprendía tan largo viaje; pero al mismo tiempo sentía orgullosa satisfacción de que fuese él, por todos aquellos contornos, el primer hombre que iba a la rica ciudad, donde el rey y los magnates habitaban, y donde había que ver tantos primores y maravillas.

En fin, cuando supo la mujer que volvía su marido, vistió a la niña de gala, lo mejor que pudo, y ella se vistió un precioso traje azul que sabía que a él le gustaba en extremo.

Gran fué el contento de esta buena mujer cuando vió al marido volver a casa sano y salvo. La chiquitina daba palmadas y sonreía con deleite al ver los juguetes que su padre le trajo. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante la peregrinación, y en la capital misma.

—A ti—dijo a su mujer—te he traido un objeto de extraño mérito; se llama espejo. Mírale y dime que ves dentro.

Le dió entónces una cajita chata, de madera blanca, donde, cuando la abrió ella, encontró un disco de metal. Por un lado era blanco como plata mate, con adornos en realce de pájaros y flores, y por el otro, brillante y pulido como cristal. Allí miró la joven esposa con placer y asombro, porque desde su profundidad vió que la miraba, con labios entreabiertos y ojos animados, un rostro que alegre sonreía.

—¿Qué ves?—preguntó el marido encantado del pasmo de ella y muy ufano de mostrar que había aprendido algo durante su ausencia.

—Veo a una linda moza, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva ¡caso extraño! un vestido azul, exactamente como el mío.

—Tonta, es tu propia cara la que ves,—le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabía.—Ese redondel de metal se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hayamos visto hasta hoy.

Encantada la mujer con el presente, pasó algunos días mirándose a cada momento, porque, como ya dije, era la primera vez que había visto un espejo, y por consiguiente, la imagen de su linda cara. Consideró, con todo, que tan prodigiosa alhaja tenía sobrado precio para uso de diario, y la guardó en su cajita y la ocultó con cuidado entre sus mas estimados tesoros.

Pasaron años, y marido y mujer vivían aún muy dichosos. El hechizo de su vida era la niña, que iba creciendo y era el vivo retrato de su madre, y tan cariñosa y buena que todos la amaban. Pensando la madre en su propia pasajera vanidad, al verse tan bonita, conservó escondido el espejo, pensando que su uso pudiera engreír a la niña. Como no hablaba nunca del espejo, el padre le olvidó del todo. De esta suerte se crió la muchacha tan sencilla y candorosa como había sido su madre, ignorando su propia hermosura, y que la reflejaba el espejo.

Pero llegó un día en que sobrevino tremendo infortunio para esta familia hasta entonces tan dichosa. La excelente y amorosa madre cayó enferma, y aunque la hija la cuidó con tierno afecto y solícito desvelo, se fué empeorando cada vez más, hasta que no quedó esperanza, sino la muerte.

Cuando conoció ella que pronto debía abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste, afligiéndose por los que dejaba en la tierra y sobre todo por la niña.

La llamó, pues, y le dijo:

—Querida hija mía, ya ves que estoy muy enferma y que pronto voy a morir y a dejaros solos a ti y a tu amado padre. Cuando yo desaparezca, prométeme que mirarás en el espejo, todos los días al despertar y al acostarte. En él me verás y conocerás que estoy siempre velando por ti.

Dichas estas palabras, le mostró el sitio donde estaba oculto el espejo. La niña prometió con lágrimas lo que su madre pedía, y ésta, tranquila y resignada, expiró a poco.

En adelante, la obediente y virtuosa niña jamás olvidó el precepto materno, y cada mañana y cada tarde tomaba el espejo del lugar en que estaba oculto, y miraba en él, por largo rato e intensamente. Allí veía la cara de su perdida madre, brillante y sonriendo. No estaba pálida y enferma como en sus últimos días, sino hermosa y joven. A ella confiaba de noche sus disgustos y penas del día, y en ella, al despertar, buscaba aliento y cariño para cumplir con sus deberes.

De esta manera vivió la niña, como vigilada por su madre, procurando complacerla en todo como cuando vivía, y cuidando siempre de no hacer cosa alguna que pudiera afligirla o enojarla. Su más puro contento era mirar en el espejo y poder decir:

—Madre, hoy he sido como tú quieres que yo sea.

Advirtió el padre, al cabo, que la niña miraba sin falta en el espejo, cada mañana y cada noche, y parecía que conversaba con él. Entonces le preguntó la causa de tan extraña conducta.

La niña contestó:

—Padre, yo miro todos los días en el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.

Le refirió además el deseo de su madre moribunda y que ella nunca había dejado de cumplirle.

Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa obediencia, virtió él lágrimas de piedad y de afecto, y nunca tuvo corazón para descubrir a su hija que la imagen que veía en el espejo era el trasunto de su propia dulce figura, que el poderoso y blando lazo del amor filial hacía cada vez más semejante a la de su difunta madre.


56. LA PORTERÍA DEL CIELO

El tío Paciencia era un pobre zapatero que vivía y trabajaba en un portal de Madrid. Cuando era aprendiz asistía un día a una conversación entre su maestro y un parroquiano, en la cual éste mantenía que todos los hombres eran iguales. Después de pensar largo rato el aprendiz, al fin preguntó al maestro, si era verdad lo que había oído decir.

—No lo creas,—repuso éste.—Sólo en el cielo son iguales los hombres.

Se acordaba de esta máxima toda su vida, consolándose de sus penas y privaciones con la esperanza de ir al cielo y gozar allá de la igualdad que nunca encontraba en la tierra. En toda adversidad solía decir:—Paciencia, en el cielo seremos todos iguales.—A esto se debía el apodo con que era conocido, y todos ignoraban su verdadero nombre.

En el piso principal de la casa, cuyo portal ocupaba el pobre zapatero, vivía un marqués muy rico, bueno y caritativo. Cada vez que este señor salía en coche de cuatro caballos decía para sí el tío Paciencia:

—Cuando encuentre a vuecencia en el cielo, le diré: 'Amiguito, aquí todos somos iguales'. Pero no era sólo el marqués el que le hacía sentir que en la tierra no fuesen iguales todos los hombres, pues hasta sus amigos más íntimos pretendían diferenciarse de él. Estos amigos eran el tío Mamerto y el tío Macario.

Mamerto tenía una afición bárbara por los toros; y una vez, cuando se estableció una escuela de tauromaquia, estuvo a punto de ser nombrado profesor. Este precedente le hacía considerarse superior al tío Paciencia, quien reconocía esta superioridad y se consolaba con la máxima sabida. Macario era muy feo; pero, no obstante, se había casado con una muchacha muy guapa. Por razones que ignoramos había salido muy mal este matrimonio, y cuando al cabo de veinte años de peloteras murió la mujer, el buen hombre se quedó como en la gloria. Pero poco tiempo después se encalabrinó con otra muchacha muy linda también, y se casó otra vez a pesar de las protestas del tío Paciencia, que consideraba esto una enorme tontería. Como el tío Paciencia nunca había conseguido que las mujeres le amasen, mientras habían amado a pares al tío Macario, éste creía tener cierta superioridad sobre su amigo. El tío Paciencia la reconocía y se consolaba con la máxima que ya sabemos. Un día cuando llovía a cántaros Mamerto quiso asistir a una corrida de toros. El tío Paciencia trató de quitárselo de la cabeza, pero en vano. Al volver a casa Mamerto fué obligado a meterse a la cama a causa de un tabardillo, que al día siguiente se le llevó al otro mundo. Aquel mismo día estaba muy malo el tío Macario de resultas de un sofocón que le había aplicado su mujer. Gracias al tratamiento de su segunda mujer el pobre hombre no podía resistir grandes sustos, y la inesperada noticia de la muerte de su amigo le causó tal sobresalto que expiró casi al instante.

Extrañando que en todo el día no hubiese visto a sus dos amigos el tío Paciencia al anochecer fué a buscarlos. La terrible noticia de la muerte de los dos fué para él como un escopetazo, y aquella misma noche se fué, tras sus amigos tomando el camino del otro mundo.

A la mañana siguiente el ayuda de cámara del marqués entró con el chocolate, y tuvo la imprudencia de decir a éste que el zapatero del portal había muerto al saber que habían espirado casi de repente dos amigos suyos. Como el marqués era un señor muy aprensivo, y como por aquellos días se temía que hubiese cólera en Madrid, se asustó tanto que pocas horas después era cadáver, con gran sentimiento de los pobres del barrio.

El tío Paciencia emprendió el camino del cielo muy contento con la esperanza de gozar eternamente de la gloria, de vivir en el mundo donde todos los hombres eran iguales, de encontrar allí a sus queridos amigos Mamerto y Macario, y de esperar la llegada del marqués para tener con él la anhelada conversación que ya se había repetido para sí mil veces durante su vida. En cuanto a Mamerto no dejaba de tener unas dudillas, porque se acordó de que éste durante la vida había dicho más de una vez:—Por una corrida de toros dejo yo la gloria eterna.

Fué interrumpido en estas reflexiones el tío Paciencia viendo venir del cielo un hombre que daba muestras de la mayor desesperación. Se detuvo pasmado al reconocer a su amigo.

—¿Qué te pasa, hombre?—preguntó al tío Mamerto.

—¿Qué diablo me ha de pasar? Me han cerrado para siempre las puertas del cielo.

—Pero ¿cómo ha sido eso, hombre? Habrá sido por tu pícara afición a los toros.

—Algo ha habido de eso. Escucha. Llegué a la portería del cielo y encontré allí un gran número de personas que aguardaban para entregar el pasaporte para el otro mundo. El portero que revisaba los papeles gastaba mucho tiempo con preguntas y respuestas antes de permitir la entrada. Al oír que rehusó la entrada a un pobre diablo por haber sido demasiado aficionado a los toros, comprendí que ya no había esperanza para mí. Entonces me mezclé entre la gente, aguardando una ocasión para colarme dentro sin que me viera el portero. A los pocos momentos da éste una media vuelta, y ¡zas! me cuelo en el cielo. Daba yo ya las gracias a Dios por haberlo hecho, porque dentro estaba uno como en la gloria. De repente le da la gana al portero de contar los que estaban en la portería, y nota que le falta uno.

—Uno me falta,—grita hecho un solimán.

—Y apuesto una oreja a que es ese madrileño.—Entonces veo que llama a unos músicos que había alrededor de Santa Cecilia, y ellos pasan a la portería. Algunos minutos más tarde oigo que tocan "salida de toros", y yo, bruto de mí, olvidando todo y creyendo que hay corrida de toros en la portería, salgo como una saeta a verla. El portero, soltando la carcajada, me dió con la puerta en los hocicos, diciéndome:—Vaya Vd. al infierno, que afición a los toros como la de Vd. no tiene perdón de Dios.

Ambos continuaron su camino; el tío Paciencia el del cielo, que era cuesta arriba, y el tío Mamerto el del infierno, que era cuesta abajo.

No había andado largo rato cuando tropezó con el tío Macario, que venía también del cielo y marchaba con la cabeza baja. Los dos amigos se abrazaron conmovidos.

—¿Tú por aquí, Paciencia?—dijo el tío Macario.—¿Adonde vas?

—¿Adonde he de ir? Al cielo.

—Difícil será que entres.

—¿Porqué?

—Porque es muy difícil entrar allí.

—¿Y cuál es la dificultad?

—Escucha, y verás. Llegamos otro y yo a la puerta, llamamos, y sale el portero.—¿Qué quieren Vds.? nos pregunta.—¿Qué hemos de querer sino entrar?—contestamos.—¿Es Vd. casado o soltero?—pregunta el portero a mi camarada.—Casado, contesta él.—Pues pase Vd., que basta ya esta penitencia para ganar el cielo, por gordos que sean los pecados que se hayan cometido.—Estuve yo para colarme dentro detrás de mi compañero, pero el portero, deteniéndome por la oreja, me pregunta:—¿Es Vd. casado o soltero?—Casado, dos veces.—¿Dos veces?—Sí, señor, dos veces.—Pues vaya Vd. al limbo, que en el cielo no entran tontos como Vd.

Cada uno seguía su camino. Al fin el tío Paciencia divisó las puertas del cielo, y se estremeció de alegría, considerando que estaba ya a medio kilómetro del mundo donde todos los hombres eran iguales. Cuando llegó a la portería vió que no había en ella un alma. Fué a la puerta y dió un aldabazo muy moderado. Apareció en un ventanillo al lado de la puerta el portero que preguntó:—¿Qué quiere Vd.?

—Buenos días, señor—contestó el tío Paciencia con la mayor humildad, quitándose el sombrero—quisiera entrar en el cielo, donde, según he oído decir, todos los hombres son iguales.

—Siéntese Vd. en ese banco, y espere a que venga más gente. No vale la pena el abrir esta pesada puerta por un solo individuo.

El portero cerró el ventanillo, y el tío Paciencia se sentó en el banco. No estuvo allí mucho tiempo cuando oyó un escandaloso aldabazo. Dirigiendo los ojos en la dirección del ruido Paciencia reconoció a su vecino, el marqués. Al mismo tiempo se oyó desde adentro el portero que gritó con voz de trueno:—¡Hola! ¡Hola! ¿Quién es este bárbaro que está derribando la puerta?

—El excelentísimo señor marqués de la Pelusilla, grande de España de primera clase, caballero de las órdenes de Alcántara, de Calatrava, de Montesa y de la Toisón, miembro de la cofradía del cordón de San Francisco, senador del reino, etc., etc.

Al oír esto el portero abrió de par en par la puerta, quebrándose el espinazo a fuerza de reverencias y exclamando:—Ilustrísima vuecelencia, tenga Vd. la bondad de perdonarme si le he hecho esperar un poco, que yo ignoraba que era Vd. Ya hemos recibido noticia de la llegada de su excelencia. Pase, vuecelencia, señor marqués, y verá que todo se ha preparado para el recibimiento del caballero más ilustre, piadoso, distinguido y rico de España.

En el centro del cielo se veía la orquesta celeste de ángeles bajo la dirección del arcángel Gabriel. Detrás de ellos estaba colocado un coro de vírgenes todas vestidas de blanco y con coronas de flores. Al lado izquierdo se hallaba un órgano teniendo cañones de oro, delante del cual estaba sentada la Santa Cecilia. Al lado derecho estaba el rey David con una arpa de oro. En una plataforma estaban los célebres músicos que habían destrozado las murallas de Jericó, hace ya muchos Siglos.

Al primer paso que dió el marqués entonaron éstos una fanfarria que demostraba claramente que no había desmejorado su arte. Casi al mismo instante, luego que el marqués hubo atravesado el umbral, fue cerrada la puerta, y el pobre tío Paciencia no pudo ver nada más. Pero oía harmonías tales como jamás había oído en la tierra.

El tío Paciencia se quedó en su banco cavilando y ponderando todo lo que acababa de ver y oír.—¡Zapatazos!—dijo para sí.—He pasado toda mi vida sufriendo con santa paciencia todos los trabajos y humillaciones de la tierra, creyendo que en el cielo todos los hombres serían iguales. ¿Y qué me sucede? Aquí, a la puerta del cielo he de presenciar la prueba más irritante de desigualdad.

La abierta del ventanillo sacó al tío Paciencia 25 de sus cavilaciones.—¡Calla!—exclamó el portero, reparando en el tío Paciencia.—¿Qué hace Vd. ahí, hombre?—Señor,—contestó humildemente éste,—estaba esperando...—¿Porqué no ha llamado Vd., santo varón?—Ya ve Vd., como uno es un pobre zapatero...—¡Qué habla Vd. de pobre zapatero, hombre! En el cielo todos los hombres son iguales.—¿De veras?—exclamó el tío Paciencia, dando un salto de alegría.—Y muy de veras. Categorías, clases, grados, órdenes, todo eso se queda para la tierra. Pase Vd. adentro.

El portero abrió, no toda la puerta como cuando entró el marqués, sino lo justo para que pudiera entrar un hombre. Entró el tío Paciencia, y se detuvo sorprendido. No había ni orquesta ni coro ni músicos. El portero, que adivinó la causa de esta penosa extrañeza, se apresuró a desvanecerla.

—¿Qué es eso, hombre, que se ha quedado Vd. como imagen de piedra?—¿No me ha dicho Vd. que en el cielo todos los hombres son iguales?—Sí, señor, y he dicho la verdad.—Y entonces, como el marqués...—¡Hombre! no hable Vd. disparates. ¿No ha leído Vd. en la Sagrada Escritura que más fácil es que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el cielo? Zapateros, sastres, herreros, labradores, mendigos, majaderos, tunantes, éstos llegan aquí a todas horas, y no tenemos por novedad su llegada. Pero se pasan siglos enteros sin que veamos a un señor como el que ha llegado hoy. En tal caso es preciso que echemos la casa por la ventana.

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