A merced de su amor Kate Walker 18º Serie Multiautor Amantes latinos a merced de su amor (2008) Título Original



Descargar 392.02 Kb.
Página1/5
Fecha de conversión03.07.2017
Tamaño392.02 Kb.
  1   2   3   4   5


A merced de su amor

Kate Walker

18º Serie Multiautor Amantes latinos



A merced de su amor (2008)

Título Original: Spanish billionaire, innocent wife (2008)

Serie: 18º Serie Multiautor Amantes latinos

Editorial: Harlequín Ibérica

Sello / Colección: Bianca 1854

Género: Contemporáneo

Protagonistas: Raúl Márquez y Alannah Redfern

Argumento:

El destino había vuelto a reunirlos… y el orgulloso español iba a encargarse de que ella pagara por sus errores.

El millonario Raúl Márquez había deseado a Alannah Redfern desde el mismo momento en que la había visto. Esa combinación única de pasión y pureza lo había conquistado… y Raúl estaba acostumbrado a conseguir todo aquello que deseaba.

Dos años después de que ella lo abandonara sin darle la menor explicación, Raúl estaba convencido de que Alannah ya no era la muchacha inocente de antes. Hasta que una noche de pasión le demostró lo contrario.

Capítulo 1

Las manecillas del reloj no parecían haberse movido ni una vez en el tiempo que llevaba allí sentada. Alannah habría jurado que cada vez que miraba el gran círculo blanco que colgaba de la pared verde que tenía enfrente, las manecillas estaban en la misma posición que la última vez, como si se burlaran del tictac audible de los minutos que pasaban.

Se sentía como si llevara allí toda la tarde, casi toda la vida. Sin embargo, el tiempo parecía haber dejado de transcurrir desde que llegó y se sentó en el gastado sillón que había en el centro de la habitación.

Desde ahí podía ver la puerta. Podía ver a cualquiera que se acercara a través del cristal translúcido, y estar preparada si se abría la puerta y entraba el hombre a quien esperaba.

Alannah admitió para sí que, en realidad, más que esperarlo, temía verlo. Sus ojos verdes se nublaron.

Sacudió la cabeza y la coleta bermeja botó sobre sus hombros; algunos mechones se escaparon de la goma negra que se había puesto esa mañana, antes de salir de casa. Se frotó los ojos con el dorso de la mano, en un vano intento de alejar el cansancio y la aprensión que la atenazaban.

Sabía que estaba pálida y desvaída. El estrés y la tristeza de los últimos días había borrado todo atisbo de rosa de sus mejillas, las lágrimas habían apagado el brillo de sus ojos y sus finos rasgos reflejaban la tensión de la semana de pesadilla a la que se había enfrentado. Los vaqueros y la camiseta negra de manga larga que se había puesto, por no pensar, no mejoraban su aspecto. Hacían que su piel pareciera aún más mortecina y apagada. No había tenido tiempo ni ganas de añadir un poco de color artificial maquillándose antes de dejar su piso. La necesidad de saber que su madre estaba acomodada en casa de su tía, sedada para sobrellevar el disgusto, le había parecido mucho más importante que su imagen personal.

Además, daba igual. Al hombre que había ido a ver no le importaría un comino ni su apariencia ni su vestimenta. No desearía verla allí, para empezar, y lo disgustaría aún más cuando oyera lo que tenía que decirle.

—Por supuesto, señor Márquez…

Un súbito ajetreo en el pasillo la alertó, y oír el bien conocido nombre confirmó sus sospechas. Aunque no le habría hecho falta. Dondequiera que aparecía Raúl Márquez, todo se convertía en ajetreo y actividad. Incluso el aire que lo rodeaba parecía revitalizarse, agitarse de una manera que dejaba al resto de los mortales sin aliento en esa atmósfera súbitamente enrarecida.

Una vez ella había formado parte de esa atmósfera, arrastrada por el torbellino de energía y poder que originaba don Raúl Márquez a su paso por la vida, con la arrogante cabeza oscura bien alta, los ojos dorados resplandecientes. Pero ya no. No desde que había huido de ese mundo y todo lo que conllevaba.

Y estaba mejor lejos de él.

Era un mundo de poder y dinero, sí, pero también había habido fría decepción y gélida manipulación. Don Raúl Márquez tomaba lo que quería de las personas, de las mujeres, y las utilizaba para satisfacer sus propios deseos, sin pensar en sus sentimientos. A ella se lo había hecho. Y también la había echado, no lo dudaba. Una vez hubiera conseguido su propósito, la habría descartado, sin más suerte para su vulnerable corazón, antes de que las estúpidas emociones que se había permitido sentir se asentaran en su espíritu hasta el punto de poder librarse de ella, había descubierto la verdad sobre su relación. Y esa verdad la había liberado. La había llevado a huir tan rápido y tan lejos como pudo, sin mirar atrás y deseando no ver a Raúl Márquez nunca más.

Así habría deseado seguir. Excepto que no tenía opción. Ninguna. Tenía que enfrentarse a Raúl Márquez de nuevo. Y decirle cosas que estaba segura de que no querría oír.

—Por favor, espere aquí…

Una mano abrió la puerta y Alannah habría jurado que notó un remolino de aire; una voz masculina murmuró una palabra de agradecimiento, aunque con tono impaciente.

Alannah comprendió con irritación que, instintivamente, se había llevado una mano al cabello y se había estirado la camiseta. Se obligó a estarse quieta. No quería que pensara que quería mejorar su apariencia por él; o que le importaba lo que pensara de ella. En otro tiempo podría haberle importado, podría haber deseado más que nada en el mundo que la mirase y sonriera con deseo en los ojos; pero eso era el pasado. En ese momento, deseo era lo último que deseaba que él sintiera, así que daba igual que tuviera un aspecto tan descuidado como el de un pilludo de cualquier pueblecito del vasto feudo de su familia.

—Me ocuparé de solucionar eso ahora mismo.

—Gracias —dijo la voz de nuevo. Alannah se estremeció. Pero no iba a permitirse sentir nada. No tras todo lo que había sucedido.

Lo oyó entrar en la habitación, percibió su presencia en la atmósfera, pero no se atrevió a alzar la cabeza y mirarlo. El súbito escalofrío que recorrió su cuerpo tensó aún más sus desquiciados nervios, transformó su aprensión en algo muy parecido al dolor físico. Necesitó toda su fuerza para controlarlo, y por eso siguió con la mirada fija en el dibujo verde y gris de la alfombra que había a sus pies.

—¡Perdón!

El había percibido su presencia silenciosa y vio, de reojo, cómo el cuerpo alto y esbelto se tensaba. No podía ver su rostro, pero algo en su inmovilidad, en su silencio, le indicó que su expresión estaba cambiando, pasando de bienvenida cortés a comprensión, a inquietud. A…

—¿Alannah?

Ella había olvidado cuánto la afectaba la manera en que decía su nombre. El tono grave y cómo el sonido de su voz parecía rodearla como un humo cálido y perfumado que llegaba hasta su corazón.

—¿Alannah?

Tenía que mirarlo, no tenía otra opción. O eso, o dejarle adivinar hasta qué punto la afectaba.

Lo cierto era que incluso a ella misma le había sorprendido su reacción. Se había dicho que podía hacerlo. Que podía verlo cara a cara, decirle lo que debía saber y luego irse, regresar a la nueva vida que se había creado desde que lo abandonó. Estaba lejos de él, libre, y nada cambiaría eso. No volvería atrás.

Pero el suave sonido de su nombre había puesto en peligro su convicción, qué, pero estaba segura de una cosa: no quería que él se diera cuenta. —Hola, Raúl. No fue capaz de decir otra cosa. Se dijo que tenía que mirarlo ya, para que no pensara que rehusaba su mirada a propósito. Alzó la cabeza, y se enfrentó a sus ojos color bronce.

Le pareció más grande. O, más bien, había olvidado lo alto, fuerte e imponente que era. Y el paso del tiempo sólo había incrementado el impacto que suponía verlo entrar a una habitación. Deseó no estar sentada. Se sentía incómodamente vulnerable viendo a Raúl alzarse ante ella como una torre amenazadora.

En los dos años que habían transcurrido, él había pasado de ser un hombre joven a un macho maduro y dinámico. Su estructura parecía haberse consolidado y tensado. El paso del tiempo era aún más pronunciado en su rostro. Los pómulos altos y oblicuos habían adquirido más relieve con las finas arrugas que rodeaban sus ojos y boca. Sus cejas parecían más espesas y oscuras y, a ambos lados de su nariz recta, los ojos color bronce ardían como oro fundido, clavados en su rostro.

A diferencia de ella, estaba inmaculadamente vestido con una camisa blanca y un elegante traje gris acero que colgaba de sus anchos hombros y estrechas caderas como si fuera una segunda piel. Ella pensó, con amargura, que el atuendo era puro don Raúl Márquez. El Raúl que había conocido en el pasado. Un hombre al que casi nunca había visto con ropa informal y de relax. Y su mente tampoco debía de haber cambiado: siempre centrada en los negocios, en el trabajo, en hacer dinero. Cuando no estaba trabajando, dedicaba toda su atención a la única otra cosa que le importaba: el ducado de los Márquez y las tierras que poseían.

—Buenas tardes, Alannah —fue un saludo rígido, acompañado de una arrogante inclinación de cabeza que provocó en ella un pinchazo de indignación.

«Ha pasado mucho tiempo», estuvo a punto de decir ella, pero se tragó las palabras. No eran apropiadas y a él no le gustarían.

—¿Qué haces aquí?

El tono duro y exigente le borró todos sus pensamientos y se puso en pie rápidamente.

—Lo mismo que tú, supongo. Esto es un hospital.

—Pero yo…

De repente la comprensión afloró a su mirada y los ojos ardientes dejaron de quemarle la piel. Ella tragó saliva.

—¿Hay alguien enfermo? —preguntó seco—. Un miembro de tu familia…

—Mi hermano —consiguió decir Alannah, asintiendo con vigor, temiendo que él viera el brillo de las lágrimas que intentaba evitar. Antes o después tendría que decir la verdad, pero nadie podía culparla por tomarse algo de tiempo para tomar aire, reunir el coraje necesario.

Y más siendo él su interlocutor.

—¿Es grave?

Vio otro cambio en su expresión que casi la derrotó, robándole las fuerzas que había reunido. Su mirada de comprensión y simpatía parecía tan genuina que casi fue un golpe emocional y físico. Tuvo que apoyarse en el brazo del sillón para no perder el equilibrio. Parecía que realmente le importara, aunque ella sabía que no era más que una máscara de cortesía, de conveniencia social. Una máscara que desaparecería en cuanto le explicara los detalles.

—Más que grave.

Debería haberle dicho que era lo peor. Pero admitir lo ocurrido la llevaría a admitir muchas otras cosas y complicaciones.

—Lo lamento.

Raúl lo dijo automáticamente, y aunque sabía que había sonado frío, distante y abrupto, no tenía la energía ni la concentración para mejorarlo. No era que no sintiera compasión por su hermano enfermo, pero Alannah era la última persona a la que necesitaba ver al final de un día tan largo y terrible. De hecho, era la última persona a la que quería ver en ese o en cualquier otro momento.

Cuando se alejó de su vida, veinticinco meses antes, se había alegrado de verla partir. Mucho. No le habría importado no volver a verla nunca más. Había permitido que se metiera bajo su piel como no había hecho ninguna mujer. Había estado muy cerca de desear pasar el resto de su vida con ella. Incluso había llegado al punto de proponerle matrimonio.

Pero ella se había reído en su cara.

—¿Por qué iba a querer casarme contigo? —le había dicho con un desdén que también mostraban sus ojos y la sonrisa burlona de sus labios—. No estoy en esta relación para eso. Es por diversión, y que seas tan rico ayuda mucho. Pero si estás pensando en algo permanente, ¡olvídalo! Eso no ocurrirá.

Y entonces le había dicho que ya había conocido a otra persona. La herida que había sufrido su orgullo aún escocía y su presencia allí sólo había servido para arrancar la costra que empezaba a cerrarla. Ver a Alannah era lo único que podía hacerle olvidar por un instante el motivo de su presencia allí.

Y no quería olvidarlo. Desearía haber podido borrar ese motivo, pero era imposible. Y si lo apartaba de su mente un segundo, inevitablemente tendría que pasar por la agonía de recordarlo de nuevo.

—Lo lamento —repitió. Incluso a pesar de la furia y el odio que habían llenado su mente desde que ella lo dejó, si lo estaba pasando la cuarta parte de mal que él en esos momentos, lo humano era sentir compasión ante otra persona que se enfrentaba al horror.

—Gracias.

Sonaba tan desconcentrada como él, pero era lógico si su hermano estaba muy grave. Además, eso explicaba su aspecto. No había querido volver a ver a Alannah Redfern, pero ya que la tenía ante sí no podía desviar la mirada.

Parecía un pálido reflejo de sí misma. Era como si alguien la hubiera pintado con acuarelas desvaídas de tonos pastel, o hubiera dejado una foto suya al sol hasta que perdiera su brillantez y quedara sólo un esbozo de lo que había habido antes.

Siempre que la imagen de Alannah había invadido su mente, y lo había hecho a su pesar, el recuerdo estaba lleno de color y vivido, de un rostro animado, sonrisa amplia y brillantes ojos verdes.

Pero en ese momento incluso los ojos parecían apagados. El verde vivo que recordaba tenía el tono del mar en un triste día invernal. La piel que sido pálida y cremosa tenía un tono ceniciento y parecía pegarse, tensa, a los finos huesos de su rostro.

También parecía haber perdido peso. Las incitantes curvas que recordaba, demasiado bien, ya no lo eran. Parecía casi frágil. Las largas pestañas que enmarcaban los ojos almendrados parecían salpicados de… lágrimas.

Ver lágrimas allí, en el ala de cuidados intensivos de un hospital, no era nada bueno. Consciente de la terrible noticia que aún le quemaba la mente y el corazón, supo que su propio rostro probablemente reflejara la palidez y las ojeras que veía en el de ella.

—¿Alannah?

Si la mirada compasiva de antes casi la había derrumbado, el nuevo cambio de tono de voz y expresión le hizo sentir que el suelo se hundía bajo sus pies. Era justo lo que necesitaba, y también lo que más había temido. Su debilidad interior anhelaba ese consuelo y apoyo, aunque sabía que no podía aceptarlo, permitirse el respiro que le daría su fuerza ni aceptar su ayuda. Porque aún tenía que decirle la verdad, y sabía que una vez hubiera sentido ese apoyo, siquiera un segundo, la desgajaría en pedazos volverlo a perder.

Así que se obligó a rechazar la tentación que la había envuelto y, comprendiendo que había avanzado hacia él instintivamente, dio dos pasos atrás. Sintió el pinchazo de dolor en el corazón y en todo el cuerpo mientras se distanciaba y simulaba que su intención había sido ir hacia la bandeja de bebidas.

—¿Quieres café? Es bastante malo pero…

No sabía ni lo que decía. ¡Le ofrecía café para seguidamente decirle que estaba malo! Sonaba como si… No sabía cómo, sólo sabía que eso demostraba su nerviosismo y alertaría a Raúl sobre el hecho de que algo iba muy mal.

Y si empezaba a hacer preguntas… Se le encogió el estómago y el ritmo de su corazón se disparó.

—… café, gracias.

Eso le pareció oír que decía Raúl, pero nublado por el atronador latir de la sangre en sus venas. Descubrió que, por más que lo deseara, no podía dejar de parlotear. Era como si alguien le hubiera retirado una mordaza que la había mantenido muda durante días y las palabras brotaran como una cascada, sin darle tiempo a pensar en si quería decirlas o no.

—Intentan que esto resulte cómodo, un poco hogareño para las familias y amigos que vienen de visita o esperan noticias, pero claro, no es posible, ¿verdad? Es decir, ¿quién querría sentirse como en casa en la sala de espera de una unidad de cuidados intensivos?

El vaso de plástico que sostenía bajo la espita de la cafetera se agitó con el temblor de su mano. Lo apretó más y sólo consiguió romper el frágil material.

—¡Maldita sea!

Dolorosamente consciente de cómo la observaba Raúl, un espectador alto, moreno, silencioso y vigilante, consciente de cada uno de sus movimientos, tiró el vaso rápido, sin preocuparse de que no cayera en la papelera de metal gris, y alcanzó otro.

—¿Y quién podría estar cómodo aquí? Es decir…

Soltó un gritito de frustración cuando la presión excesiva en la espita de la cafetera hizo que el vaso se llenara demasiado rápido y se desbordara.

—¡Oh, maldición!

Sabía que debía soltar el vaso, e intentó encontrar un hueco en la bandeja de metal, pero las amargas lágrimas que le quemaban los ojos por fin empezaron a fluir, nublando su vista por completo. Se quedó inmóvil, incapaz de decidir qué hacer.

—Alannah… —la voz de Raúl sonó muy suave.

Dos grandes manos de largos dedos aparecieron ante sus ojos. Una sujetó su muñeca, estabilizándola, mientras la otra le quitaba el vaso de plástico desbordante de café y lo colocaba sobre la bandeja. El calor de su cuerpo la rodeó, el aroma levemente almizclado de su piel aguijoneó su sentido y supo que, si daba medio paso hacia atrás, chocaría con él, sentiría su fuerte y musculoso pecho apoyándola.

—Veamos —dijo él—, ¿vas a decirme a qué se debe todo esto?

—Querías café…

Se preguntó si su voz revelaba lo cerca del abismo que se encontraba. Sin duda él notaría su aspereza, como si hubiera perdido el control ya no de las palabras, si no también de sí misma.

—No quería café, he bebido suficiente para hundir un barco. Y menos aún quiero eso…

Agitó la mano con desdén, indicando el vaso lleno de un líquido oscuro y poco apetecible.

—Pero dijiste…

Ella sintió una nueva oleada de pánico al ver que perdía la defensa de hacer algo, cualquier cosa, que la librase de mirarlo y, peor aún, de evitar que él viera su rostro y captara el trágico secreto que aún no se sentía capaz de revelarle.

Se preguntó si realmente él había dicho que no quería café, pero su desesperación por alejarse de él la había llevado a escuchar lo contrario.

—No quieres café… —musitó, obligándose a hablar.

—Nada de café —afirmó Raúl. Ella se estremeció al sentir la calidez de su aliento en la mejilla.

Era como si cada poro de su piel sintiera un cosquilleo. El amargo sabor de la tristeza y la pérdida se combinó brutalmente con la crueldad de saber que dos años antes, en una situación como ésa, Raúl habría sido la primera persona a la que habría buscado, la persona que había sabido, o al menos creído, que estaría allí para ayudarla, apoyarla y ofrecerle su fuerza mental y física para sobrellevar la situación.

Habría corrido a sus brazos como un pajarillo en busca del nido, volando a su seguridad, pensando que allí estaría a salvo, en su hogar, y para siempre. Pero la cruda realidad le había enseñado que esa sensación de seguridad haba sido falsa, increíble, una ilusión. La verdad era que ese santuario había sido el peor sitio en el que estar, al menos emocionalmente. El mundo real, con todos sus males y amarguras, era mejor.

—Y ahora…

Aún perdida en sus tristes reflexiones, Alannah no pudo resistirse cuando la mano que agarraba su muñeca se tensó y la hizo darse la vuelta.

Estaba aún más cerca de él de lo que había creído. Casi contra su pecho, con la nariz a la altura del botón superior de su camisa y mirando directamente la piel bronceada de su cuello, los músculos que se tensaban y relajaban cuando tragaba saliva.

—Ahora vas a decirme a qué viene todo esto.

—¿Todo…?

Los pulmones de Alannah se vaciaron de golpe cuando Raúl puso los dedos bajo su barbilla y la alzó, de manera que sus ojos tuvieron que enfrentarse a la quemazón de los de él.

—Y antes de que digas: «¿Todo qué?», y afirmes que no ocurre nada malo, te aviso que no voy a creerte.

Ella se preguntó cómo había sabido con tanta precisión lo que iba a decir. Por lo visto había aprendido a leer el pensamiento.

—¿Por qué no?

Él bajó la cabeza y, por un segundo, ella pensó que iba a tocarla, que apoyaría su frente en la suya, como había sido su costumbre hacer afectuosamente cuando estaban juntos. La idea hizo su corazón se contrajera de pánico y su pulso adquiriera un ritmo frenético. Pero él se detuvo a unos centímetros del contacto, puso las manos sobre sus hombros y la sujetó de modo que no pudiera moverse.

—Porque te conozco y sé cómo te comportas…

—¡Hace dos años que no me ves!

—Dos años no es tanto tiempo, y con alguien como tú, nunca lo olvidaría.

«Nunca lo olvidaría». Ella se preguntó cómo interpretar eso. Si hubiera tenido la mente más despejada, podría haber interpretado cómo había dicho Raúl las palabras, pero sus pensamientos seguían siendo un torbellino de tristeza y confusión, así que el momento pasó y volvió a ser consciente de los ojos abrasadores que escrutaban su rostro.

Raúl no le dio tiempo a pensar más.

—Sé que, por más que intentes ocultarlo, estás hecha pedazos por dentro. Hablas y te mueves como un robot, pero un robot al menos diría cosas con sentido y tú no lo haces. Y esto…

Pasó la yema del dedo por las sombras oscuras bajo sus ojos y por las arrugas que el dolor y tensión habían dibujado en su rostro.

—Esto te delata. ¿Qué ocurre, Alannah? ¿Qué le ha pasado a Chris?

Era otra sorpresa que ella no esperaba. Echó la cabeza hacia a tras y sus ojos se agrandaron.

—Chris… ¿Recuerdas el nombre de mi hermano?

—Lo recuerdo todo —dijo Raúl, con un tono de voz que descendió como una corriente eléctrica por su espalda, llevándose con ella un poco más del control que tanto le había costado reunir—. ¿Vas a decirme qué ha ocurrido? ¿Qué tiene Chris?

Atrapada por el ardor de sus increíbles ojos, como un conejo ante los faros de un automóvil, Alannah sintió que su control se evaporaba, dejándola temblorosa y desconsolada, una sensación que empeoró al sentir cómo las manos de Raúl se tensaban sobre sus hombros y unos dedos duros se clavaban en su piel bajo la camiseta negra.

—Dímelo —fue una orden, una que ella sabía que sería peligroso desobedecer. Sólo la verdad podría satisfacerlo, y si le ocultaba algo, lo notaría.

—Chris…


Buscó una forma de decirlo, pero no había otra que la dura y fría realidad que había estado intentando absorber, aceptar y soportar durante las últimas veinticuatro horas.

—Mi hermano… Chris se ha ido… ha muerto.

Y cuado dijo esa última y terrible palabra, se derrumbó por completo y las lágrimas que había intentado controlar hasta ese momento la desbordaron. Sin fuerza ni ganas de luchar, se rindió a la tristeza, al dolor y a los estremecedores sollozos que la asolaron.

Cegada por las lágrimas, sintió cómo los fuertes brazos de Raúl la rodeaban y apretaban contra sí. Sumida en la oscuridad y desazón de su pérdida no pudo dilucidar si ese gesto era el más maravilloso y bienvenido del mundo, o si era lo más peor y más peligroso que podría haberle ocurrido.

Sólo sabía que bajo sus mejillas empapadas y la súbita debilidad de su cuerpo, sentía la fuerza y el apoyo que necesitaba, así que hundió el rostro húmedo en la chaqueta de Raúl y lloró con toda la fuerza de su corazón.

Capítulo 2

Mientras miraba las luces de las casas que su coche dejaba atrás a toda velocidad, Raúl se dijo, furioso, que no debería haberla tocado. ¡No debería haberla tocado, en ningún caso! Debería haber sabido adonde lo conduciría eso.

Maldito fuera, por su estupidez. Debería haberlo sabido.

Había intentado convencerse de que dos años eran mucho tiempo. Se había dicho que, durante las dos docenas de meses transcurridos desde que ella se alejara de su vida sin mirar atrás, había conseguido olvidarla, sacársela de la cabeza.

«¡Olvidarla! ¡Ja!».

—¿Qué?


Sin darse cuenta, había dejado que la breve y amarga carcajada escapase de sus labios y la mujer que estaba sentada a su lado en el asiento trasero del coche había emergido brevemente del silencio en el que se había sumido tras su estallido de dolor. Había alzado la cabeza hacia él y sus ojos eran como oscuras lagunas en un rostro blanco como la nieve.

—Nada… —agitó la mano con indiferencia y ella volvió a sumirse en el silencio y en sus oscuros pensamientos.

¿Qué hacía allí con ella? ¿Cómo había terminado escoltándola a su casa cuando ya sabía que había cometido uno de los peores errores de su vida al rodearla con sus brazos? Aún le ardían los dedos en los lugares en los que había tocado su piel, su nariz aún estaba impregnada del aroma de su cabello y de su cuerpo, de una manera que le recordaba dolorosamente las largas e inquietantes noches de frustración sexual que había sufrido las semanas siguientes a su partida. Noches que lo habían llevado a buscar la compañía de otra mujer, cualquier mujer, y a descubrir que estar con otra persona hacía que se sintiera aún peor, acumulando insatisfacción sobre insatisfacción, hasta que creyó que ardería en llamas.

Era lo último que debía estar sintiendo en ese momento. Lo último en lo que deseaba pensar. Sin embargo, un solo contacto lo había devuelto al punto de partida. La había tenido un momento en sus brazos y era como si ella nunca lo hubiera abandonado.

Pero no podía haber hecho otra cosa. Cuando ella se había derrumbado así ante él, casi lanzándose a sus brazos, sólo una bestia podría haberla rechazado.

Y más sabiendo exactamente por lo que estaba pasando, por la crudeza del dolor y la sensación de incredulidad que impedía aceptar la realidad.

«Lorena».

El adorado nombre fue como una cuchillada que atravesara su mente y tubo que cerrar los párpados ante el ardor que le quemaba los ojos. Nunca podría borrar de su mente el momento en el que había tenido que identificar el cuerpo de su hermana, frío y rígido.

Con ese momento grabado a fuego en su mente, sabiendo que Alannah estaba pasando por algo similar, había sido imposible rechazarla.

—Gracias por llevarme a casa.

Alannah, que por fin había emergido de su silencio, parecía obligarse a mantener una conversación. Raúl percibió el esfuerzo que le costaba hablar, la monotonía plana de su voz.

—Has sido muy amable.

Él rechazó sus palabras con un ademán brusco.

—No es nada —dijo, incapaz de que su voz sonara distinta de un hosco gruñido. Ella apretó la chaqueta alrededor de su cuerpo, como si tuviera frío.

—Podría haber vuelto en autobús.

Entonces fue la voz de ella la que sonó fría. El último atisbo de la mujer que había sollozado en sus brazos había desaparecido para ser sustituido por una mujer serena, fría y distante. Él casi sintió los témpanos de hielo que se formaban en el interior del coche. Probablemente, igual que él, se arrepentía de haber cedido al impulso de llorar en sus brazos. Él no debía hacerse ilusiones al respecto. Había estado al borde del abismo cuando él entró en la sala de espera, y era la única persona disponible. No dudaba que ella habría elegido a cualquier otra para desahogarse, si hubiera tenido la oportunidad.

—¿Con este tiempo?

Señaló la lluvia que se estrellaba contra las ventanillas del coche; el ruido del limpiaparabrisas y de las ruedas surcando enormes charcos de agua casi apagó sus palabras.

—Habrías estado empapada antes de llegar a la parada de autobús. Además, Carlos me esperaba para llevarme a la ciudad y, encima, tu piso está de camino al hotel.

Además, él no había estado dispuesto a dejarla sola en una noche como ésa y en el estado en que se encontraba. Aunque finalmente sus terribles sollozos se habían apaciguado hasta convertirse en un silencio jadeante, su frágil cuerpo había seguido temblando en sus brazos y las lágrimas reluciendo en sus ojos.

—Lo he hecho antes.

—Estoy seguro de que sí, pero no había necesidad esta noche, estando mi coche disponible.

Se preguntó qué habría hecho ella si le dijera que entendía perfectamente lo que estaba sintiendo. Que él estaba pasando por la misma odiosa experiencia y que por eso no había podido permitir que se enfrentara sola al corto viaje de vuelta a casa.

Al recordar de repente por qué estaba utilizando su compañía para evitar sus propios y oscuros pensamientos, por qué necesitaba su presencia para llenar el vacío que él mismo sentía, sacudió la cabeza para despejarla de imágenes terribles e indeseadas.

—¡Podría haberme apañado!

El tono de voz de Alannah le indicó que ella había visto y malinterpretado el brusco movimiento de cabeza.

—¡No siempre soy tan débil! Suelo poder con todo, es sólo que esta noche las cosas… me superaron.

—Créeme, lo entiendo. ¿Pero no había nadie más que pudiera haber estado allí contigo? ¿Tu madre?

—Créeme, mi madre está mucho peor que yo.

Su voz sonó grave y miraba por la ventana, como si estuviera interesada en los coches que pasaban.

—Va en contra de las leyes naturales que una madre se entere de la muerte prematura de un hijo, y apenas empezaba a recuperarse de la muerte de mi padre. Está destrozada… no duerme, no come.

Movió la cabeza y apretó los labios, luchando, como él sabía bien, contra las lágrimas.

—Sólo lo soporta gracias a los sedantes que le ha recetado el médico. Al menos esta noche han podido con ella. Pero es incapaz de hacer nada práctico. Soy yo quien ha tenido que ocuparse de todo.

Raúl reconoció demasiado bien el deje de impotencia de esa última frase. El recuerdo de su imagen en el hospital, perdida y sola, sin nadie que la ayudara, sin apoyo, sin compañía, le provocó una oleada de fría ira.

—¿Y dónde diablos estaba él?.

Eso hizo que ella alzara la cabeza y sus ojos entornados se encontraron con los de él.

—Dónde estaba… ¿quién?

—El hombre de tu vida…

El hombre por quien ella lo había dejado.

—Tu amante, tu novio, lo que sea que lo llames.

—Ah…

El cerebro embotado de Alannah reaccionó con lentitud. Estaba hablando del hombre por quien había alegado dejarlo. Un hombre que no había existido entonces y seguía sin existir. Se lo había inventado, y nunca había encontrado a nadie que tuviera la más mínima oportunidad de hacer realidad esa alegación. Habría sido imposible dejar entrar a un hombre nuevo en su vida cuando aún no se había recuperado totalmente del anterior.



Lo había intentado. Desde que había descubierto lo que Raúl quería de ella en realidad y se había visto obligada a reconocer que sus sueños de ser amada y adorada hasta el fin de sus días no eran más que eso, sueños e ilusiones vanas, había intentado dar la vuelta a su vida y seguir adelante sin contar con un futuro feliz que incluyera a Raúl Márquez.

Pero no había tenido éxito. Las pocas citas que había tenido habían sido un fracaso; ningún hombre le suscitaba ni siquiera un atisbo del interés y la excitación que había provocado Raúl con su mera existencia. Así que había decidido concentrarse en su carrera y borrar de su mente cualquier pensamiento romántico. También le habría gustado borrar a Raúl de su cabeza, pero el romance de su hermano mayor había hecho que eso fuera imposible.

Y la trágica conclusión de ese romance había llevado a Raúl de vuelta a su vida. Sintió un pinchazo de dolor y angustia. Se preguntó si alguna vez podría pensar en Chris sin sentir una oleada de angustia y la quemazón de las lágrimas en los ojos.

—Bueno, por lo menos no te has lanzado a defenderlo con una excusa.

Raúl había malinterpretado la razón de su silencio, pensando que se debía a la pregunta sobre su supuesto nuevo compañero.

—No hace falta ninguna excusa —le lanzó ella, sin detenerse a pensar si era conveniente decir eso.

—¿No? Si fueras mía, no te dejaría ocuparte de todo esto sola. Estaría a tu lado, cada momento del día.

—Pero no soy tuya, ¿verdad Raúl?

Nunca había sido suya de verdad. No en la manera que más había deseado y anhelado serlo. Él la había visto como suya, por supuesto. En su cabeza había sido su mujer, su posesión, para hacer con ella lo que quisiera. Como él nunca había tenido pensamientos de amor, nunca había considerado que ella podía necesitar más que lo poco que él estaba dispuesto a ofrecerle.

Alannah no se podía permitir pensar en cuánto significaría tener un hombre como él, poderoso, determinado y capaz, a su lado en esos días oscuros y llenos de desesperación. Un hombre que la ayudaría y apoyaría. Que utilizaría su fuerza para allanarle el camino lo más posible. Ni siquiera tenía sentido soñar con ello. Ese hombre nunca sería Raúl, ella se había asegurado de eso con sus acciones dos años antes. Era aún más ridículo, más destructor para su alma, pensar que quizá como esposo habría asumido esa función de apoyo. Pero él nunca habría sido el esposo que había soñado tener.

Y la horrible verdad era que, si se hubiese casado con él, la tragedia de ese fin de semana no habría tenido lugar y ella no sentiría esa desesperada necesidad de apoyo.

—No todo el mundo es un millonario que puede estar donde quiere y cuando quiere, sin pensarlo más —los recuerdos tiñeron su voz de amargura—. Alguien que no tiene problemas para tomarse tiempo libre en el trabajo o dejar otros compromisos…

La voz de su conciencia le recordó la razón de que Raúl estuviera allí, por qué había tenido que dejarlo todo y volar a Inglaterra… se le hizo un nudo en la garganta y se tragó sus palabras. Ya debería haberle contado la verdad de lo ocurrido. Por eso lo había estado esperando en el hospital. Había ido a decírselo; a asegurarse de que no se enterara por otras personas. Era ella quien debía decírselo.

Sin embargo, lo había embarullado todo. Cuando intentó hablar de Chris se había derrumbado, roto en pedazos, y todo había quedado sin ser dicho.

No podía decírselo en ese momento. No en la oscuridad del coche, con el chofer al volante y el cristal de separación con los pasajeros abierto; el conductor oiría cada palabra que dijese.

—Entonces, ¿ese nuevo hombre tuyo está trabajando?

Ella no podía contestar a eso sin mentir, así que optó por dar una respuesta ambigua que rezó por que lo satisficiera y la librase de decir la verdad.

—¿Nuevo? Han pasado dos años.

—Tanto tiempo… y aun así no llevas anillo.

Lo dijo con voz suave, casi un murmullo en el silencio, y Alannah se sorprendió con la reacción instintiva de poner la mano derecha sobre la izquierda, ocultando el dedo sin anillo. No sabía por qué había hecho eso, pero algo en la voz de Raúl le había provocado un desagradable escalofrío que la llevó a removerse en el asiento, inquieta.

—Eso no es necesario.

De nuevo, evitó la respuesta real. El anillo no era necesario porque no habían ningún hombre, nuevo o antiguo, en su vida.

—Ah, entiendo. ¿Tal vez ése fue mi error?

—¿Error? —Alannah parpadeó, confusa. Raúl Márquez nunca admitía sus errores.

—¿Mi enfoque fue demasiado convencional? Deberías haberme dicho que no te interesaba casarte.

—¡No me interesaba casarme contigo!

Deseó que fuera tan convincente como había hecho que sonara. La amarga realidad era que el corazón estuvo a punto de estallarle de júbilo cuando le propuso matrimonio. Con veintiún años, inocente e ingenua, no había pensado ni un segundo que ese hombre tan devastadoramente sexy pudiera tener más motivo para casarse que el de estar locamente enamorado de ella, igual que ella lo estaba de él.

No se había planteado que un sofisticado hombre de mundo como Raúl pudiera tener otras razones más pragmáticas para desear una boda. Razones que hacían que su inocencia, sexual al menos, y sus antecedentes familiares fueran mucho más importantes que cualquier sentimiento que ella pudiera tener.

—En realidad, fue mucho mejor que rompiéramos cuando lo hicimos —dijo ella, tanto para librarse de sus pensamientos como para llenar el incómodo silencio que se había producido—. Ya conoces el dicho «… mira lo que haces».

—Sí, pero ese dicho empieza: «Antes que te cases…» —dijo Raúl, burlón—. Ni siquiera nos acercamos a eso.

—Y deberíamos dar las gracias por ello. Si nos hubiéramos casado, habría sido un desastre.

—¿Eso crees?

—Sin duda —afirmó ella, irritada por el tono escéptico de la pregunta—. ¿No estás de acuerdo?

El silencio que siguió resultó desconcertante.

Se volvió hacia él confusa y captó una mirada en sus ojos que tardó unos momentos en interpretar. A su pesar, el corazón le dio un salto en el pecho, y la sangre palpitó en sus venas.

Pensó que él sólo tendría que moverse unos centímetros, girar en el asiento y estaría de cara a ella, con la cabeza más alta. Después sólo tendría que bajar la arrogante cabeza morena y aplastar sus labios con el beso que era obvio deseaba robarle. Ese beso que prometía el brillo de sus ojos y su bella y dura boca.

El beso que ella anhelaba recibir.

Comprender eso fue como recibir un puñetazo en el estómago; se quedó sin aliento.

Quería que Raúl la besara. Lo deseaba tanto que era como un alarido resonando en su cabeza. Un grito de necesidad que luchaba contra otro de rechazo y advertencia. Eso no tendría sentido. No sólo sería una estupidez, también implicaría un peligro infernal. Debería estar corriendo, alejándose de Raúl tan rápido como le permitieran las piernas. No allí sentada, imaginando, esperando, anhelando…

—Raúl… —dijo, intentando que sonara como una advertencia, un intento de disuasión. Pero tenía tan poco control sobre su lengua que la palabra sonó sensual, incitante y provocativa, aunque buscaba lo contrario.

—Alannah… —murmuró Raúl, con un tono de voz equiparable al de ella. El ronco ronroneo pareció enroscarse alrededor de su cabeza como una espiral de humo perfumado que la embriagó. Ella entreabrió los labios y dejó escapar un suspiro jadeante.

Los relucientes ojos de él la escrutaban, y ella vio que, durante un instante, su boca se curvaba con una sonrisa diminuta. Observaba su boca entreabierta. Ella se quedó paralizada mientras su morena cabeza se ladeaba hacia un lado, descendía…

Y se detenía de repente cuando el coche se acercó a la acera y se detuvo suavemente ante la puerta principal del edificio en el que estaba su piso. El conductor dijo algo que sonó a «Aquí estamos», rompiendo el tenso silencio que los atenazaba a ambos…

Raúl siguió inmóvil. Seguía teniendo la mirada fija en sus labios, una mirada tan intensa que ella casi sintió que le quemaba la delicada piel y los resecaba, hasta el punto de que tuvo que pasarse la lengua por los labios para aliviar la incomodidad.

Estuvo a punto de soltar un gruñido, pero no sabía si de alivio o de decepción, cuando ese leve movimiento de su lengua rompió el hechizo. Raúl alzó la cabeza, sus ojos se encontraron un instante y luego desvió la mirada hacia la calle empapada por la lluvia.

—Ésta es mi parada —consiguió decir Alannah, con voz forzada—. Aquí me bajo.

Si esperaba respuesta, no la recibió. En vez de eso, Raúl se inclinó sobre ella y abrió la puerta, dejando entrar una oleada de aire frío y húmedo. Después se recostó, obviamente esperando que saliera del coche lo antes posible; o al menos eso parecía indicar su expresión.

—Gracias por traerme.

—De nada —dijo él, pero sonó como si hubiera supuesto un gran esfuerzo.

El brusco cambio de fiera sensualidad a frío distanciamiento resultó tan desconcertante que Alannah empezó a temblar, sin poder evitarlo. Había estado segura de que…, sin embargo ese cambio de humor la obligó a preguntarse si había estado imaginando cosas, engañándose del todo.

Salió del coche rápidamente, sin ninguna elegancia. Cuando puso el pie en la acera y sintió el azote del viento y la lluvia, recordó de repente por qué había ido a ver a Raúl. La razón de haber estado en el hospital.

Había ido para contarle toda la verdad sobre el terrible accidente que le había arrancado la vida a Chris, y ni siquiera había empezado. Había dejado que el tiempo pasara, atrapada por los recuerdos del pasado, pensando en todo menos en lo que debía.

En lo que debería haberle contado.

Lo que aún tenía que contarle.

No podía permitir que otra persona le diera la noticia; que lo descubriera de otro modo. Sólo ella podía contarle todo lo que había ocurrido, y su obligación era que escuchara la historia verdadera. Era lo último que podía hacer por su hermano, la única manera de preservar el recuerdo de Chris.

Pero no podía darse la vuelta y soltarlo sin más, apoyada en la puerta, donde el chofer y cualquier viandante podrían oírla.

No podía hacer eso, ni siquiera al Señor Sin Corazón Raúl Márquez. Dadas las circunstancias, le debía algo más.

Así que hizo acopio de todas sus fuerza, inspiró profundamente y se inclinó hacia el coche.

—No hace falta que nos despidamos así, ¿no crees? ¿Te gustaría entrar… a tomar un café?

Supo que había formulado mal la frase en cuanto acabó de decirla, pero cuando resonó en el silencio de la noche, le pareció horrible. Se sintió aún peor al ver cómo cambiaba el rostro de Raúl: sus ojos se estrecharon y su boca se convirtió en una fina y tensa línea.

—¿Café? —repitió, haciendo que la palabra sonara como una maldición, como si fuera una bebida alienígena para él.

—Bueno, al final no bebiste nada en el hospital… —apuntó ella nerviosa, sin ver que eso hiciera cambiar su expresión distante.

Iba a rechazarla, su corazón lo intuía. Estaba a punto de alzar la mano con un gesto negativo y ordenarle a Carlos que siguiera conduciendo, para después cerrarle la puerta en las narices. Si hacía eso, no tenía forma de volver a ponerse en contacto con él. Al fin y al cabo, por eso había ido a esperarlo al hospital.

—Por favor… —añadió rápidamente—. No hace falta que sea mucho tiempo. Sólo quiero darte las gracias…

—No son necesarias.

Pero titubeó un momento y la miró a los ojos. Ella se echó hacia atrás como si su la mirada escrutadora fuera tan peligrosa como la punta de una flecha envenenada. Se preguntó qué estaría pasando por esa mente fría y calculadora.

Bruscamente, él se inclinó hacia delante y dio una orden en español al chofer, que lo miró y asintió.

—¿Qué…? —empezó Alannah. Calló al ver una mano fuerte y morena desabrochar el cinturón de seguridad y echarlo a un lado.

—Media hora —dijo él, echando un vistazo al reloj de oro que lucía en la muñeca—. Vuelve a las nueve —le dijo a Carlos en inglés; Alannah supuso que lo hacía para que quedara claro—. Y no te retrases.

Alannah se preguntó si era tan imprescindible demostrar que no tenía tiempo para ella y que deseaba dejar su compañía lo antes posible. Pero al menos iba a acompañarla. Una vez estuvieran en su piso, en privado, le diría lo que tenía que decir rápidamente. Así con esa obligación cumplida, podría relajarse al fin.

Y Raúl volvería a salir de su vida y la dejaría en paz.

Se dijo que eso era lo que más deseaba en el mundo, negándose a admitir que el pensamiento le provocaba una intensa sensación de vacío.

De momento, ya tenía bastante con pensar en lo que tenía por delante y con enfrentarse a la apocalíptica tormenta que estallaría cuando Raúl conociera la verdad.

Si era capaz de superar los treinta minutos siguientes, podría volver a tomar las riendas de su vida.


  1   2   3   4   5


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal