A mis compañeros viandantes en el camino de la filosofía Agradecimientos: Agradezco a fondecyt por la posibilidad que me brindó de la realización de la presente obra, dado que ella es fruto del Proyecto fondecyt, No



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Autorreflexión contemplativa

Partamos directamente por lo que nos dice Jaspers de cómo nos observamos en términos de la autorreflexión contemplativa:

“Nos vemos a nosotros mismos, nos engañamos acerca de nosotros mismos y nos valoramos a nosotros mismos. Pero, el sí-mismo que vemos no está ahí como un ser fijo, más bien vemos fenómenos particulares vivenciados, conexiones singulares, y ordenamos estas singularidades, más o menos conscientemente, en un esquema del sí-mismo como un todo. Muchos de estos esquemas del sí-mismo están a nuestra disposición, confundiéndolos con él sí-mismo real, que perfecta y totalmente nunca es objeto para nosotros, ya que se hace continuamente y permanece problemático. Podemos, en cualquier caso, llevar la confusión tan lejos que vivimos irreductiblemente para un tal esquema, que tenemos por nuestro sí-mismo real, por ejemplo, relativamente a nosotros como existencia burguesa, como una representación determinada de felicidad del sí-mismo, etc. La visión del sí-mismo lleva continuamente a engaños cuando el sí-mismo es visto hipotéticamente como un todo. Nuestro autoconocimiento es más bien una tarea infinita, la cual, además, apenas encuentra aclaración en contemplación meramente espectadora, a no ser que en experiencia emocionada, viviente. Además, las simplificaciones por medio de esquemas del sí-mismo conducen continuamente la autovisión a engaños. Los esquemas son ofrecidos por las fórmulas del lenguaje, por los tipos humanos, tal como éstos han sido presentados como figuras vistas por el arte y la psicología en el transcurso de los siglos, por la intelectualización que coloca en el lugar del sí-mismo experimentado una existencia conforme a principios y reglas formuladas, por lo que los demás piensan de nosotros y por lo que somos para nosotros mismos en el espejo de nuestro ambiente. Los engaños obtienen así su fuerza por el impulso de valorarse a sí mismo. La imagen del sí-mismo se estiliza para que se nos haga agradable, es omitido y olvidado lo que no cuadra, se transforma el pasado en una imagen correspondiente a partir del éxito y del último resultado. O al revés, el sí-mismo es visto de modo que tenga que ser menospreciado. Las oposiciones del autovalorarse en modo alguno tienen solamente su fundamentación en el objetivo auto-observarse, sino predominantemente en fuerzas que después, secundariamente, forman la imagen del sí-mismo. Así, hacen su efecto las oposiciones del creer-en-sí-mismo y del desconfiar-de-sí-mismo, del menosprecio-de-sí-mismo y del respeto ante sí” (PdW, p. 90-91).

Según podemos ver, la tarea del auto-conocimiento es infinita. Apenas nos aprehendemos al modo de una objetivación de nuestro yo y a la vez pretendemos percibirnos como un todo, nos equivocamos, nos autoengañamos. Esto recuerda algunas sentencias de Meister Eckart que dice en sus Tratados y sermones:

"Presta atención a ti mismo; y allí donde te encuentres a ti, allí renuncia a ti, esto es lo mejor de todo".28

"Pues, quien renuncia a su voluntad y a sí mismo, ha renunciado tan efectivamente a todas las cosas como si hubiera sido de su libre propiedad y él las hubiese poseído con pleno poder" (Tys, p. 89).

Como veíamos más arriba en las palabras del psiquiatra-filósofo, ese auto-engaño que se da en el auto-conocimiento, cuando uno se objetiva y pretende conocerse como un todo, se debe al poder de distintas esquematizaciones que hacemos de nuestro ser, las cuales están suscitadas por lo que normalmente pesa en la sociedad: el rol que jugamos, nuestros logros, nuestra reputación, en otras palabras, de acuerdo a lo que los otros ven de nosotros. Debido a ello hacemos un ajuste de nuestro ser, soliendo tener una imagen agradable y complaciente respecto de nosotros mismos, o tal vez, en el otro extremo, excesivamente auto-crítica y auto-flagelante. Por último, entran aquí también a tallar el creer en sí mismo o, al contrario, cierta desconfianza, como además el respeto o, por la contraparte, el menosprecio de nosotros mismos. Como podemos ver, está claro que con la autorreflexión contemplativa se juega algo decisivo que tanto puede enaltecer y potenciar nuestro desarrollo, como empequeñecernos y aplastarnos. En gran medida aquello que llamamos el “arte de vivir”, el modo como nos instalamos en el mundo, como nos relacionamos con los otros, está fuertemente determinado por esta contemplación reflexiva de sí.

Jaspers tiene en cuenta como esta auto-contemplación se da en el tiempo y está expuesta a modificaciones, frecuentemente incluso radicales. Y, junto con ello, destaca también como esa auto-contemplación se traduce en como nos apreciamos, y, por lo tanto, en auto-valoración. Recordemos a propósito de ello grandes obras de la literatura universal que tratan sobre esta auto-contemplación y lo que resulta de ella, como Resurrección de Tolstoi, que se refiere justamente a un individuo que se transforma radicalmente, el personaje Raskolnikov de Crimen y castigo de Dostoievsky, Julien Sorel de Rojo y negro de Stendhal, y hasta Martín Fierro, Facundo, o nuestro Martín Rivas, constituyen ejemplos de ello. En todo caso, podemos observar en estos ejemplos y modelos que en ello está en juego no solamente la autorreflexión contemplativa, sino activa, ya que se trata a la vez de un actuar sobre sí. Jaspers:

“En esta malla embrollada de la autorreflexión contemplativa se deja ver como actitud pura la contemplación tranquila, que se convierte en la base para sentimientos y acentos valorativos. Esta autocontemplación nunca tiene ante sí un sí-mismo acabado, pues el sí-mismo es un proceso infinito, sino que todo lo que ella ve sigue siendo problemático, es solamente médium del momento y de la situación. Y la autovaloración que se construye sobre ella no es generalizante, pues el hombre nunca se aprehende como totalidad y, por ello, tampoco aprehende su valor en general, sino que estas valoraciones se convierten en médium para autoactitudes activas” (PdW, p. 91).

Nuestro pensador, joven todavía, al escribir la Psicología de las concepciones de mundo, pone el dedo en la llaga al plantear críticamente cómo tendemos a objetivarnos y fijarnos de tal manera que, junto con ello, terminamos encapsulando nuestro ser, sin posibilitar una verdadera y real posible transformación. Jaspers destaca, a propósito de ello, que en la auto-contemplación y auto-análisis estamos ante una tarea infinita, y que constituye un descamino objetivarse a sí mismo como algo fijo y a su vez pretendiendo que uno se percibe a sí mismo como un todo:

“El sí mismo es percibido como dado – al fin y al cabo, se es así –29 o, precisamente al contrario, es percibido como algo que se deja hacer rápidamente a base de una representación ideal. En ambos casos, el hombre, sin obras y sin vivencia real inmediata, se toma ya a sí mismo en todo momento como objeto de contemplación, como “historia”, aún antes de que haya vivido. Acostumbrado a vivir en la fantasía, a vivir posibilidades, no es capaz de vivir inmediatamente en el instante, sino de gozarlo después que él, en reflexión consciente, ha conocido la situación y lo logrado en cuanto concordante con las posibilidades anticipadas en la fantasía. No vive de lo inmediato, sino de la comparación reflexiva, de la conciencia del cubrir lo efectivo con lo deseado, elucubrado y exigido. Se trata siempre de un vivenciar opaco, secundario, sabido de antemano y sólo confirmado, anticipado, mediato – por ello nunca sorpresivo, nunca revolucionario, conmovedor“ (PdW, p. 91-92).

Lo de mayor relevancia de las actitudes autorreflexivas, sean éstas contemplativas o activas, es que en ellas lo que está en juego es nuestro sí-mismo, quiénes somos, quiénes llegaremos a ser, qué hacer con nosotros mismos, en qué medida decisiones que tomamos y consecuentes acciones que emprendemos nos llevan por el camino de nuestra realización personal. Vistas de este modo, estas actitudes autorreflexivas se hacen presentes sobre todo cuando tendemos a olvidarlas, estando así simplemente volcados al mundo, a muchos quehaceres o muchos pasatiempos. Y precisamente en ese hacerse presentes son capaces de poner en cuestión quiénes somos, por qué somos como somos, por qué hemos llegado a ser quienes somos, por qué no actuamos suficientemente sobre nosotros mismos, por qué no somos capaces de cambiar, por qué tal vez estamos ya tan insensibles respecto de quiénes somos que actúa en nosotros un mecanismo perpetuo de autojustificación, por qué ya ni siquiera admitimos la posibilidad de que pudiéramos cambiar, aunque estemos haciendo crisis, por qué nuestro modo de ser se volvió simplemente una rutina que se hace demasiado cuesta arriba revertir.

Excurso
Llama la atención que Karl Jaspers relacione la formación del sí-mismo en el hombre con el sacrificio, en rigor, el auto-sacrificio – más adelante volveremos sobre este punto. Ello se debe no tanto a que parte de esa formación exige en determinadas circunstancias que nos abstengamos de distintas experiencias, de esto o lo otro, sino ante todo porque en esa formación podemos detenernos en una etapa y pretender haber alcanzado el sí-mismo, mas sucede que estas supuestas objetivaciones o esquematizaciones de él tienen que ser abandonadas, sacrificadas. En la Psicología de las concepciones de mundo se observa cómo la formación de sí-mismo donde tiene lugar es en particular en una naturaleza humana plástica, y con el fin de tratar sobre esto con mayor amplitud, traemos a continuación a colación la concepción del yo que desarrolla el pensador en una obra posterior – Filosofía – una de sus obras mayores (de 1931), más precisamente en los inicios de su II Parte, titulada “Esclarecimiento existencial”. Ahí se trata cómo el yo procura afirmarse en su mismidad, mas en ello tiende a quedar atrapado en esquemas y objetivaciones que poseen un tremendo poder, como en especial el cuerpo, la sociedad y los logros. En cada caso, ello da lugar respectivamente a un “yo-cuerpo”, un “yo-rol”, un “yo-logro”, un “yo-recuerdo” y hasta un “ser-así” (que tiene que ver con el carácter). Y, lo cierto es que por lo regular y por lo general nos vivimos de tal forma; es más, nos resulta suficiente, como que no hubiera necesidad de nada más.

Los esquemas que analiza Jaspers son los siguientes:


1.El cuerpo – un yo cuerpo (Körperich) -.30

2.La sociedad – un yo-rol (Rollenich)-.

3.Los logros – un yo-logro (Leistungsich) -.

4.El recuerdo – un yo-recuerdo (Erinnerungsich) -.

5.El carácter – un ser-así (Sosein)-.
Partamos con el yo-cuerpo.

Significativamente vivencio mi yo de acuerdo a mis estados corporales – me siento físicamente bien o mal – hasta tal punto que mi cuerpo se confunde con el yo. Mas, Jaspers muestra que puede suceder que mi cuerpo sea mutilado, incluso partes de mi cerebro, y yo sigo siendo yo (cfr. Ph. II, p. 28).


Vayamos ahora al segundo esquema: el yo-rol.

También puedo suponer que lo social es lo que me determina, lo que constituye mi yo y su mismidad. De alguna manera, soy entonces en función de los otros, tanto en el sentido de hacer algo por ellos, como que los otros me reconozcan, me aprecien, me aprueben o reprueben.

Puedo estimarme como lo que yo valgo en el contexto de la vida social. Mi función en la profesión, mis derechos y deberes se me imponen como mi ser. Mi acción sobre los otros arroja una imagen de mi ser. Esta imagen, que actúa retroactivamente sobre mí, se cierne sobre mí: estimo ser lo que soy para otros (ib.).

De esta manera, así como antes el cuerpo se apoderaba de mi ser, ahora es la sociedad – y aunque se trate de que estemos en enfrentamiento o rebeldía con respecto a la sociedad en que vivimos.


Ligado con la determinación del yo-rol, pero mereciendo un tratamiento aparte, se presenta un nuevo esquema que se impone sobre mi ser: los logros, y junto con ello, las realizaciones, las obras. Nos referimos a la constitución de un yo-logro.:

En la sociedad tengo valor a través de lo que logro. Éste es para mí un nuevo espejo de lo que soy. Lo que sucedió gracias a mí, lo que puedo contemplar como éxito y obra, o lo que tengo a la vista como fracaso y fallo me objetiva de cierta manera En el yo-logro puede coincidir el yo-conciencia con la conciencia de lo logrado (Ph. II, p. 31).


Cómo no reconocer el tremendo poder que tienen los tres esquemas analizados hasta aquí: el cuerpo, la sociedad y los logros. Los podemos ver al modo de tres constelaciones que gravitan sobre nuestro yo y acaban atrapándolo, haciéndonos creer que a fin de cuentas no somos más que lo que de ellos resulta y se configura.

Solemos estar y a veces por un tiempo muy prolongado sumidos en nuestro cuerpo, en sus afecciones, necesidades, demandas, hasta el punto que nuestro yo pareciera haber sido completamente succionado por él. Desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, y aun después durante el sueño el cuerpo es el que habla, plantea, reclama, exige, insiste, contradice, y demás. Nuestro yo se muestra como llevado por el oleaje incesante del cuerpo que nos lleva en una y otra dirección.

Mas, luego pretendemos rescatarnos de esta subsunción del yo en el cuerpo, asumiéndonos en nuestros roles sociales; entonces nos importa como repercute lo que hacemos y sobre todo lo que logramos, y desde luego que seamos reconocidos por ello, lo que no necesariamente tiene que expresarse en prestigio, sino en que haya retribución en el más amplio sentido, entre otros, también de carácter económico.

Habiendo entonces querido liberarnos del cuerpo ahora nuestro yo ha quedado nuevamente atrapado en un esquema. La promesa de liberación se tradujo en un nuevo cautiverio. Y así, tendremos que continuar con esta aventura del yo. Tal vez películas como “Cumbres borrascosas”, “Hombres notables”, “Barry Lyndon” de Stanley Kubrik, o en la literatura “Resurrección” de Tolstoi, “Crimen y castigo” de Dostoievsky, la vasta obra de Hermann Hesse, en particular su “Demian”, “Siddharta”, “El juego de abalorios”, “El lobo estepario”, “Narciso y Goldmundo” nos muestren esta aventura del yo en la búsqueda de sí mismo con meridiana claridad, profundidad y extraordinaria lucidez (y por supuesto habría que agregar el “Ulises” de James Joyce).


Así como hay esquemas que determinan el yo, como son los del cuerpo, de la sociedad y de los logros, el siguiente tiene que ver con el tiempo, a partir del cual se constituye un yo-recuerdo. Nuestra identidad está fuertemente dada así como identidad temporal, que se debe precisamente a la determinación del tiempo sobre nosotros. Es patente que las edades de la vida tienen que ver con particulares énfasis de cada etapa temporal: en la juventud actúa sobre todo el futuro, en la madurez el presente, y en la vejez el pasado.

Es comprensible que Jaspers reconozca únicamente la constitución de un yo-recuerdo, ya que ello encuentra un testimonio indesmentible en la vejez. En las otras edades de la vida, en cambio, como en la juventud lo que hay es simplemente una mayor relevancia que cobra el futuro, no dando ello lugar a la constitución de una suerte de “yo-futuro”, y lo mismo cabría decir de la madurez: tampoco allí se constituye propiamente un “yo-presente”. Jaspers:

"Lo que yo soy lo sé al fin y al cabo por mi pasado. Lo que he vivido, lo que he hecho y he pensado, lo que se me infringió, y como se me ayudó, todo esto determina en un recuerdo consciente o inconsciente mi conciencia actual del yo. A partir de ello tengo aprecio o menosprecio hacia mí, estoy acicateado por atracciones y repulsiones. Desde el pasado me habla lo presente, que por ello repelo o busco. Este yo-recuerdo, respecto del cual no se pregunta en un estado irreflexivo, es objetivado, como los otros aspectos del yo. Mi pasado se convierte en mi espejo; yo soy lo que fui" (Ph. II, p. 32).
Podríamos decir que los distintos esquemas y objetivaciones de nuestro yo que nos determinan, constituyen distintos modos como nos aparecemos. Ellos valen como apariencias, máscaras corpóreas, sociales o temporales. Pero, supuestamente tras esas apariencias hay un carácter, respecto del cual ellas son nada más que manifestación y puesta en escena:

"Constituye una de mis experiencias originarias que no soy meramente ahí y tampoco la posibilidad de todo lo que quisiera ser, sino que también me soy dado como un ser-así". (Ph. II, p. 33).

Mas, tampoco es suficiente la constitución de un yo-carácter, para cubrir con ello el yo-mismo buscado. No basta ser-así (sosein).

Con sorpresa y estupor, con espanto o con amor experimento a partir de mi hacer como yo soy; en una súbita reflexión puedo decirme a mí mismo: ¡entonces así eres tú! Experimento a diario que soy dependiente de mi ser propio, que no lo tengo absolutamente en las manos, con el que yo dirijo, ayudo, freno, que en cuanto a su ser-dado, con razón, es objeto de investigación psicológica, es decir, el ser que yo soy en mí mismo y que en el curso de mi vida se aparece: mi carácter (ib.).

De este modo, podemos observar que el psiquiatra-filósofo al tratar del yo, más bien lo que nos muestra es a un yo peregrino, una aventura del yo que dura la vida entera. Es el yo en busca de su mismidad que nunca podrá objetivar, ya que apenas lo haga, el proceso se habrá detenido, cuando en verdad esa supuesta mismidad del yo se revierte sobre su propia aventura, su andar, su peregrinaje, en otras palabras, que no seríamos sino ese peregrinaje. Somos homo viator, somos en proceso, somos una naturaleza eminentemente plástica y nuestra mismidad está en perpetua formación.
Si antes hemos hablado de esquemas y objetivaciones, nos podemos percatar que se ha hecho referencia a un término nuevo - lo dado (Gegebenheit). Se trata pues de que las determinaciones corporales, sociales, temporales y psicológicas (el carácter) de mi ser son al mismo tiempo eso meramente dado, y mi ser no se juega relativamente a ello, sino como posibilidad.

Nos encontramos aquí con la distinción capital entre ‘Dasein’ y ‘Existenz’. El Dasein se refiere a lo meramente dado en nosotros, y por cuanto ambos términos – Dasein y Existenz – significan ‘existencia’, al menos uno de ellos – en este caso el primero, el Dasein – no lo podemos traducir como tal; una posible traducción sería ‘ser-ahí’, entendiendo por tal algo muy semejante a cierta jerga juvenil chilena y que se expresa como ‘ser ahí no más’. Para nuestra sorpresa Jaspers usa la misma expresión para referirse a este modo de ser nuestro: “bloss da zu sein”, “ser nada más que ahí”. Pues bien, este ser-nada-más-que-ahí ya se reconoce claramente en la Psicología de las concepciones de mundo y en Filosofía se presenta como esquematización y objetivación del yo, que hemos analizado.

La Existenz, por el contrario, no es lo meramente dado en nosotros, nuestro ser-nada-más-que-ahí, sino la posibilidad, el poder-ser, pero entendiendo por tal nuestro ser asumido como posibilidad, no la posibilidad meramente lógica y azarosa que ocurra esto o lo otro. Pues bien, al mismo tiempo sucede que nuestro ser-sí-mismo no es otra cosa que precisamente este poder-ser asumido.

De este modo y según podemos observar, a la altura de Filosofía encontramos ya máximamente desarrollados los principales fundamentos de lo que habrá de constituir un giro radical en la historia de la filosofía, el cual está representado por la filosofía de la existencia (fundamentos que en la Psicología de las concepciones de mundo – de 1919 – estaban ya en ciernes). Ya hemos visto como ante todo el ser-sí-mismo en la Psicología se presenta siempre como en-proceso, y, por otra parte, no hay nada más allá de ese proceso.

En Filosofía, II, leemos:

Lo que yo sea como esto positivo: yo pues soy así; esto, sin embargo, no es algo tan dado como las cosas fuera de mí. Éstas están como lo absolutamente otro, no como ellas mismas para mí, en cambio yo soy en mi mismo el ser que hace, y por ello es, y se aparece como lo que al mismo tiempo puede ser él mismo, y que recién puede internalizar en su libertad. Por eso, algo se resiste en mí a reconocerme únicamente como al fin y al cabo así dado: que yo sea así lo asumo incluso como mi culpa.

Ello nos muestra como el sí-mismo trasciende a su vez ese mero ser-así, un mero ser-como-soy, como si eso pudiera tener un punto final. ¿Y qué hay entonces con ese sí-mismo? ¿No podemos decir nada de él, salvo que está en formación? En efecto, así es.
Autorreflexión activa

Con la autorreflexión activa sucede que no únicamente nos contemplamos, sino que nos queremos de una forma:

“En la autorreflexión activa, el hombre no sólo se ve a sí mismo, sino que se desea; no se toma simplemente como modo de ser dado, sino que tiene impulsos que contribuyen a actuar en el sí-mismo que nunca es definitivamente, sino que se hace constantemente. El hombre es para sí no sólo material de contemplación, sino que es material y artista al mismo tiempo. El conocerse a sí mismo no es solamente la comprobación de un ser, sino un proceso en el que el autoconocimiento es un médium del propio hacerse y sigue siendo tarea infinita” (PdW, p. 92).

Llama la atención que Jaspers plantee que esta autorreflexión activa se da a través de dos caminos (y habría que suponer: sólo estos dos): actitud gozadora y ascética: de un lado, gozar de las cosas y de otro lado abstenerse de ellas. Incluso la tercera de estas actitudes autorreflexivas, aquella llamada de la ‘autoconformación’ (Selbstgestaltung), significa no otra cosa que justamente una conformación o formación de sí mismo sobre la base de goce y abstención. Ello se explica desde el momento en que ese goce está siempre referido a nuestro sí-mismo posible, y es por lo tanto autogoce, como por la otra parte, la ascesis, junto con suponer a la vez un goce en la abstención, es también siempre auto-abstención.

Cabría argüir al respecto que en el caso hipotético de que ello efectivamente fuera así (que goce y abstención sean los únicos móviles de la formación de sí-mismo) lo que se echa de menos en el análisis jaspersiano es al menos una problematización de este asunto:

“En el límite de lo contemplativo está el mero volverse hacia sí mismo y el decir sí a la vivencia como tal en la actitud de goce. Su opuesto es el apartarse de sí en la actitud ascética. Pero en ambas puede anhelarse, por encima del fenómeno de la conciencia momentánea, un sí-mismo ideal, que ha de ser conformado primeramente por goce y ascesis. Así, goce y ascesis son elementos formales de la propia conformación” (PdW, p. 92).31

Goce
Probablemente lo decisivo en el análisis de esta actitud radica en los siguientes puntos:
1. El goce nunca está en una relación inmediata con la cosas de que se goza, sino mediata, ya que todo goce es en definitiva autogoce. Cabría agregar aquí que justamente por ello esta actitud puede ser autorreflexiva.
2.El goce equivale a una suerte de superestructura que se levanta sobre todas las cosas, ya que prácticamente de todo es posible gozar; hay quien goza no solamente de la buena comida, sino de comer sapos y culebras (tengamos en cuenta en ello las diferencias culturales que se presentan en el planeta respecto de hábitos alimenticios); hay quien goza del agua cálida y otro del agua fría para bañarse en el mar; hay quien goza de la visión de paisajes naturales, y otro de paisajes urbanos, etc. Y con certeza podemos gozar acaso tanto de lo que conocemos, como de lo que todavía no conocemos. De todo es posible gozar. Visto desde esta perspectiva, el goce suministra un élan, una exuberancia, un lujo, que induce a salir de nuestro taedium vitae.:

“El goce no es una actitud ante la cosa (esta actitud objetiva sería llena de placer o de displacer, mientras que la oposición al goce es la ascesis), sino ante la vivencia, también ante la vivencia de la cosa. Todo goce es, a fin de cuentas, autogoce. La conciencia se entrega a su objeto, y el goce está en la entrega, no en la cosa” (PdW, p. 92-93),

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