A través del puente. Buenos Aires, Emecé, 1960



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Graham Greene,

Hermano

En A través del puente. Buenos Aires, Emecé, 1960.


Primero aparecieron los comunistas. Serían diez o doce; avanzaban rápidamente por el boulevard que corre de Combat a Ménilmontant; un joven y una muchacha iban un poco retrasados, porque el muchacho tenía una pierna herida, y la muchacha lo ayudaba a andar. Parecían impacientes, acosados, desesperados, como el que quiere alcanzar un tren y al mismo tiempo sabe íntimamente que ya es demasiado tarde para alcanzarlo.

El propietario del café los vio venir, aunque estaban bastante lejos aún; en esa época, los faroles todavía funcionaban (más tarde las balas inutilizaron las bombitas y dejaron en tinieblas toda esa zona de París), y el grupo se destacaba nítidamente sobre el amplio y desierto boulevard. Desde la caída del sol, sólo un cliente había entrado en el café, y poco después se oyeron disparos en dirección de Combat; hacía varias horas que la estación del subterráneo estaba cerrada, y sin embargo algo obstinado e invencible en el carácter del propietario le impedía bajar las persianas; quizá fuera avaricia; él mismo no podía decir qué era, mientras apoyaba su ancha frente amarillas contra la vidriera y miraba a todos lados, avenida abajo y avenida arriba.

Pero cuando divisó el grupo y la prisa con que venían comenzó inmediatamente a cerrar el café. Antes puso sobre aviso al único cliente, que practicaba carambolas en el billar, girando y girando en torno a la mesa, frunciendo el ceño y atusándose los finos bigotes entre tiro y tiro; bajo las luces bajas y difusas, su cara parecía verdosa.

-Vienen los rojos – le dijo el dueño-; le conviene irse. Voy a bajar las persianas.

-No me interrumpa. No se meterán conmigo – replicó el cliente-. Este es un tiro difícil. La colorada está detrás de la blanca. Tengo que hacerla girar.

Tiró las bolas directamente dentro de una de las bolsas esquineras.

-Ya sabía que con eso no podía hacer nada – dijo el dueño, meneando la cabeza calva-. Sería mejor que se fuera a casa. Ayúdeme primero con las persianas. Le dije a mi mujer que se fuera.

El cliente se volvió hacia él, maliciosamente, mientras hacía girar el taco con los dedos.

-Usted habló y me arruinó el tiro. Tendrá motivos para estar asustado, no lo dudo. Pero yo soy pobre. Estoy a salvo. No pienso moverme de aquí.- Se dirigió hacia su chaqueta y sacó un cigarro de hoja. -Tráigame una cerveza.

Siguió girando en torno de la mesa en puntas de pie; las bolas repiqueteaban al chocar entre sí; senil e irritado, el dueño volvió al mostrador. No trajo la cerveza, y comenzó en cambio a cerrar las persianas; sus movimientos eran lentos y torpes. Mucho antes de que terminara, los comunistas estaban frente al local.

Interrumpió su tarea y los miró con furtivo desagrado. Temía que el ruido de las persianas les llamara la atención. Si me quedo muy quieto y callado, pensó, quizá sigan de largo, y recordó con malicioso placer la barricada de la policía de la Place de la République. Eso los liquidará. Mientras tanto, debía permanecer muy quieto, muy callado, y sintió una especie de cálida satisfacción ante la idea de que la experiencia mundana le indicara justamente la actitud más apropiada a su naturaleza. Se quedó mirando a través de las persianas, amarillo, obeso, cauto, mientras oía las bolas de billar que chocaban en la habitación contigua; miraba al joven que se acercaba renqueando por la calle, apoyado en el brazo de la muchacha, y a sus compañeros que se detenían y miraban con expresión dubitativa hacia Combat.

Pero cuando entraron en el café, él ya estaba detrás del mostrador sonriendo e inclinándose ante ellos, sin perder detalle; advirtió que habían dividido sus fuerzas y que seis de ellos se habían echado a correr de vuelta por donde habían venido.

El joven se sentó en un rincón oscuro, junto a la escalera del sótano, y los otros permanecieron junto a la puerta, esperando que algo ocurriera. El dueño experimentó una curiosa sensación al pensar que se quedaban así en el café, sin pedir que les sirvieran nada, sabiendo a qué atenerse, mientras él, el dueño, no sabía nada, no comprendía nada. Por fin la muchacha pidió coñac, alejándose de los demás y acercándose al mostrador; cuando se lo sirvió, cuidando de verter una cantidad correcta, pero no generosa, ella se lo llevó simplemente al hombre del rincón y se lo acercó a los labios.

-Tres francos – dijo el dueño. Ella tomó el vaso y probó un poco y lo hizo girar de manera que los labios del hombre tocaran el mismo lugar. Luego se arrodilló y apoyó su frente contra la frente del hombre y así quedaron.

-Tres francos – repitió el dueño, pero no logró que su voz fuera imperiosa. En su rincón, el hombre ya no era visible; sólo se distinguía la espalda de la joven, delgada y desaliñada. , con un vestido negra de tela de algodón; estaba de rodillas, inclinada hacia adelante para apoyarse en la frente del hombre. El dueño se sentía desconcertado por la presencia de los cuatro individuos junto a la puerta, por su certeza de que eran rojos que no respetaban la propiedad privada, que se beberían sus vinos y se irían sin pagar; que violarían a sus mujeres (“sus mujeres” era su esposa, y ahora no estaba en casa), que asaltarían su banco, que lo asesinarían con la misma facilidad con que lo miraban. Amedrentado, prefirió dar por perdidos sus tres francos antes que seguir llamando la atención.

Luego ocurrió lo peor que podía esperar.

Uno de los hombres de la puerta se acercó al mostrador y le ordenó que sirviera cuatro vasos de coñac.

-Sí, sí – dijo el dueño, maniobrando torpemente con el corcho; implorando secretamente a la Virgen que le mandara un ángel, que le mandara la policía, que le mandara los Garde Mobiles, ahora, inmediatamente, antes de que saliera el corcho-. Son doce francos.

- Oh, no – dijo el hombre-, aquí somos todos camaradas. Repartimos todo por partes iguales. Oiga – agregó con aire burlón y serio, apoyándose sobre el mostrador-, todo lo que tenemos es tan suyo como nuestro, camarada – y dando un paso hacia atrás se exhibió ante el dueño para que eligiera entre su raída corbata, sus gastados pantalones, sus rasgos macilentos-. Y de eso se deduce, camarada, que todo lo que usted tiene es nuestro. Por lo tanto, cuatro coñacs. A repartirse por partes iguales.

-Por supuesto – dijo el dueño-, sólo estaba bromeando- y permaneció con la botella en la mano mientras los cuatro vasos tintineaban sobre el mostrador.-. Una ametralladora del lado de Combat- dijo sonriendo al ver que por un instante los hombres olvidaban su coñac y se acercaban nerviosamente a la puerta.

“Pronto me veré libre de ellos”, pensó.

-¿Una ametralladora?- preguntó incrédulamente el rojo-. ¿Ahora emplean ametralladoras?

-Bueno- dijo el dueño, animado por esta señal de que los Gardes Mobiles no podían estar lejos-, no me negarán que también ustedes están armados – y se inclinó sobre el mostrador de una manera casi paternal-. Después de todo, bien saben que las ideas de ustedes no prosperarán en Francia. El amor libre…

-¿Quién habla de amor libre?- dijo el rojo.

El propietario se encogió de hombros y señaló el rincón con la cabeza. La muchacha estaba arrodillada, con la cabeza sobre el hombro del hombre, de espaldas al salón. Estaban muy callados, y el vaso de coñac había quedado en el suelo, a su lado. La muchacha tenía la boina echada hacia atrás y una media rota y remendada desde la rodilla hasta el tobillo.

-¿Qué, esos dos? No son enamorados.

-Yo hubiera creído, de acuerdo con mis viejas ideas burguesas…

-Es su hermano- dijo el rojo.

Los hombres se acercaron al mostrador y se rieron de él, pero sin hacer ruido, como si en la casa hubiera un enfermo o alguien durmiendo. Todo el tiempo escuchaban, trataban de oír algo. Mirando entre sus hombros, el dueño veía el boulevard, veía la esquina del Faubourg du Temple.

-¿Qué esperan?

-Amigos – dijo el rojo. Hizo un gesto con la mano abierta como significando: ya ve, nos repartimos todo por partes iguales; no tenemos secretos con usted.

Algo se movió en la esquina del Faubourg du Temple.

-Cuatro coñacs más – dijo el rojo.

-¿Y esos dos? – preguntó el dueño.

-Déjelos en paz. Ya se las arreglarán. Están cansados.

¡Qué cansados estaban! La caminata por el boulevard desde Ménimontant no podía explicar semejante cansancio. Parecían venir de más lejos, haber soportado muchas más tribulaciones que sus compañeros. Estaban más demacrados; parecían infinitamente más desesperanzados, allí sentados en su rincón oscuro, lejos de la charla amistosa, de las voces amigas y desesperadas que confundían la mente del dueño hasta el punto de llegar a creerse por momentos un huésped que atendía a sus visitas.

Sonrió y les dirigió una broma de color subido; pero no parecieron comprender. Quizá debía compadecerlos porque no compartían la camaradería junto al mostrador; quizá debía envidiarles su más profunda camaradería. El dueño recordó, sin ningún motivo, los árboles desnudos y grises de las Tullerías, como una serie de signos de admiración trazados sobre el cielo invernal. Perplejo, desintegrado, perdido todo punto de apoyo, miraba abstraídamente por la puerta hacia el Faubourg.

Era como si hiciera mucho tiempo que no se veían y pronto debieran despedirse. Apenas consciente de lo que hacía, llenó los cuatro vasos de coñac. Los hombres tendieron sus dedos curtidos y romos hacia los vasos.

-Esperen – dijo-; tengo algo mejor que esto.

Luego se interrumpió, consciente de lo que ocurría en el boulevard. Las luces de la calle se reflejaban sobre azulados cascos de acero; los Gardes Mobiles se alineaban en la entrada del Faubourg, y una ametralladora apuntaba directamente hacia las vidrieras del café.

“Entonces – pensó el dueño – mis plegarias fueron oídas. Ahora debo representar mi papel; no mirar, no avisarles y salvarme. ¿Habrán rodeado la puerta lateral?”

-Voy a buscar la otra botella. Verdadero coñac Napoleón. A repartirse todo por partes iguales.

Mientras abría la escotilla de entrada del mostrador y salía del interior, sintió una extraña carencia de toda sensación de triunfo. Trató de no ir demasiado rápidamente al salón de billar. Nada de lo que hiciera debía servirles de aviso; trató de darse ánimos, pensando que cada paso que daba era un golpe a favor de Francia, de su café, de sus ahorros. Tuvo que pasar por encima del pie de la muchacha; estaba dormida. Advirtió los salientes homóplatos que emergían a través del tejido de algodón; alzó la vista y encontró la mirada de su hermano, llena de dolor y desesperación.

Se detuvo. Descubrió que no podía pasar sin decir una palabra. Como si fuera necesario dar explicaciones, como si el suyo fuera el bando equivocado. Con falsa cordialidad, agitó el tirabuzón que tenía en la mano ante la cara del joven.

-¿Otro coñac, eh?

-Es inútil que les hable – dijo el rojo-. Son alemanes. No entienden una palabra.

-¿Alemanes?

-Por eso tiene la pierna así. Viene de un campo de concentración.

El dueño pensó que debía apresurarse, que era mejor irse, que el fin se acercaba; pero la desesperación del muchacho lo desconcertaba.

-¿Qué vino a hacer aquí?

Nadie le contestó. Como si su pregunta fuera tan necia que no requiriera respuesta. Con la cabeza hundida sobre el pecho, el dueño pasó de largo y la muchacha siguió durmiendo. El hombre se sentía como un forastero que sale de una habitación donde todos los demás son amigos. Un alemán. No entienden una palabra; y ascendiendo, ascendiendo a través de la pesada oscuridad de su mente, a través de la avaricia y el dudoso triunfo, unas cuantas palabras alemana que recordaba de otro tiempo surgieron como espías en su conciencia: un verso de Loreley aprendido en la escuela; kamerad con sus sugerencias bélicas de temor y rendición, e inesperadamente, Dios sabe por qué, la frase mein bruder. Abrió la puerta del salón de billar y la cerró detrás de s´; luego hizo girar suavemente la llave de la cerradura.

-Carmabola con obstáculo – explicó el cliente, y se agachó sobre la vasta mesa verde; mientras apuntaba, arrugando sus ojos estrechos y ladinos, el tiroteo comenzó. Dos andanadas y un estrépito de vidrios rotos entre ambas.. La muchacha gritó algo, pero no era ninguna de las palabras que él conocía. Luego se oyeron pasos que corrían; la escotilla del mostrador resonó. El dueño se sentó en el borde de la mesa; escuchó y escuchó, esperando otros ruidos; pero solo el silencio entraba por debajo de la puerta, a través de la cerradura.

-¿no terminará nunca este disparate? – dijo el cliente-. Me voy a casa.

-Espere- dijo el dueño-, espere.

Escuchaba las voces y los pasos en la habitación contigua, voces que no reconocía. Luego llegó un automóvil y se fue. Alguien tocó la falleba de la puerta.

-¿Quién es? – preguntó el dueño.

-¿Quién es usted? Abra esa puerta.

-¡Ah!- dijo con alivio el cliente-, la policía. ¿Dónde estábamos? Carambola con obstáculos.

Frotó el taco con tiza. El dueño abrió la puerta. Sí, eran los Gardes Mobiles: estaba a salvo, aunque le habían roto los vidrios. Los rojos habían desaparecido sin dejar señales de su paso. Miró la escotilla del mostrador levantada, las bombitas eléctricas destrozadas, la botella rota que goteaba detrás del mostrador. El café estaba lleno de hombres; con una extraña sensación de alivio, recordó que no había tenido tiempo de cerrar con llave la puerta lateral.

-¿Usted es el dueño? – preguntó el oficial-. Una cerveza para cada uno de estos hombres y un coñac para mí. Rápido.

El dueño calculó: “Nueve francos con cincuenta”, y miró atentamente las monedas que repiqueteaban sobre el mostrador.

-Ya ve- dijo el oficial con voz significativa-, nosotros pagamos – y señaló con la cabeza la puerta lateral-. Los otros, ¿le pagaron?

“No”, admitió el dueño, no le habían pagado; pero mientras contaba las monedas y las deslizaba dentro del cajón, se descubrió repitiendo silenciosamente la orden del oficial: “Una cerveza para cada uno de esos hombres”. Los otros, admitió, no eran tan mezquinos en cuanto a bebidas. Habían pedido cuatro coñacs. Pero es claro que no le habían pagado.

-¿Y mis vidrieras? – se quejó de pronto con súbita aspereza-. ¿Qué me dice de las vidrieras?

-No se preocupe- dijo el oficial-; el gobierno se lo pagará. No tiene más que enviar la cuenta. Y dese prisa con mi coñac. No tengo tiempo para charlas.

-Usted mismo puede ver – insistió el dueño -cómo me han roto las botellas. ¿Quién me las pagará?

-Le pagarán todo – dijo el oficial.

-Y ahora tengo que ir al sótano a buscar otras.

Le irritaba la repetición de la palabra pagar. “Entran en mi café, pensó, me rompen las vidrieras, me dan órdenes y creen que todo se arregla con pagar, pagar, pagar.” De pronto pensó que estos eran los intrusos.

-Rápido – dijo el oficial, y se volvió para retar a uno de los hombres que había

apoyado el fusil sobre el mostrador.

En el primer peldaño de la escalera del sótano el dueño se detuvo. La escalera estaba a oscuras, pero la luz del local le permitía distinguir apenas un cuerpo caído a mitad del camino. Comenzó a temblar violentamente , y tardó algunos segundos en encender un fósforo. El joven alemán yacía cabeza abajo; la sangre había goteado desde su cabeza hasta el escalón de abajo. Tenía los ojos abiertos y miraba fijamente al dueño con la antigua y desesperada expresión de cuando vivía. El dueño no quería creer que estuviera muerto. Kamerad, le dijo mientras se agachaba; el fósforo le quemó los dedos y se apagó; trató de recordar alguna frase en alemán, pero solo podía recordar una, mein bruder. Repentinamente se volvió y subió corriéndola escalera; agitó la caja de fósforos frente a la cara del oficial, y exclamó con voz baja e histérica, a él y a sus hombres, al cliente que se agachaba bajo la pantalla verde:

-Cochons! Cochons!

-¿Qué pasa? ¿Qué pasa?- exclamó el oficial-. ¿Qué dijo? ¿Qué era su hermano? Es imposible – y frunció incrédulamente el ceño mientras hacía sonar unas monedas en su bolsillo.


(1936)


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