Adelia gloria pérez



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ADELIA GLORIA PÉREZ

(EL CORAZÓN DEL HOGAR)


Adelia Gloria Pérez, mi madre, hija de José Pedro Pérez y de María Adelaida Rivas, nació el 15 de enero de 1941 en la ciudad de Buenos Aires. Pasó su infancia en el barrio de Balvanera.

El contexto laboral de Argentina a principios del gobierno peronista puso en vigencia una serie de leyes laborales y de la seguridad social que habían sido promulgadas durante la década de los treinta, pero que no habían sido implementadas, como, por ejemplo, la que fijaba una jornada laboral diaria máxima de ocho horas, la de seguros por accidentes de trabajo, la del pago de las horas suplementarias y la referente a las condiciones sanitarias en el lugar de trabajo. También se sancionaron leyes que consagraron la jubilación, el sueldo anual complementario, las vacaciones anuales pagadas, la licencia por enfermedad de hasta seis meses, los beneficios por fallecimiento, los seguros por supervivencia y los subsidios de asistencia a la familia. Por otro lado, se crearon tribunales de trabajo para entender en las demandas laborales.

Corrían los años cincuenta, mi madre había terminado sus estudios primarios anticipadamente. Esta situación no le permitía continuar con los estudios secundarios, pues no tenía la edad requerida para comenzar ese nivel.

Esta situación trajo como consecuencia que mi madre comenzara a trabajar.

En principio, los planes de mi abuela eran que trabajara hasta cumplir la edad de trece años para continuar estudiando, pero, lamentablemente, esta interrupción para aquella niña tan temperamental fue definitoria para que comenzara una etapa nueva en su vida, el trabajo, y se cerrara definitivamente la de los estudios.

Su primer trabajo fue como dependienta en una librería del barrio de Balvanera. El local estaba ubicado sobre la Avenida Rivadavia, al 2900, y trabajaba cuatro horas, porque la legislación laboral así lo estipulaba. Este comercio estaba atendido por mi madre y la dueña del local, una señora alemana a la que mi madre aprendió a querer con especial cariño por las horas compartidas. Al cumplir la mayoría de edad, pasó brevemente por la compañía Zapatos Grimoldi. Allí su tarea fue de operaria, específicamente su cometido era colocar a los calzados los cordones y disponerlos en sus cajas. La fábrica de zapatos estaba ubicada a unas cuadras de la casa de mi mamá. Allí comenzó a cumplir las ocho horas laborales.



Avenida Rivadavia (Foto: Colección Aquilino González Podestá)

Fiel a sus ambiciones, comenzó con una búsqueda laboral que estuviera a la altura de sus capacidades y fue así que consiguió un puesto como administrativa en una oficina de la compañía Círculo de Lectores, ubicada en el microcentro porteño. Las tareas que desarrollaba eran administrativas; por la tarde y por la mañana timbraba lo correspondencia que, posteriormente, era enviada al correo argentino

El fruto del trabajo le recompensó desde temprana edad, permitiéndose caprichos, pues la situación económica de mis abuelos era cómoda y no tenían necesidad de la ayuda de mi madre.

El esfuerzo interrumpido de horas de trabajo y el deseo de convertirse en un ama de casa, con el casamiento con mi padre, Vicente Raúl Anido, se hizo realidad. Mi madre siempre me comentaba el sufrimiento por la ausencia de su madre en casa debido al trabajo de mi abuela, y que ella aspiraba a dedicarse a su familia y a su casa, para que nosotros no viviéramos la experiencia que tanto le dolió a ella.

Eran tiempos de cambio: su vida daría un giro de 90 grados. De estar gran parte del día fuera de casa, comienza a estar absorbida por todas las tareas que le demandaría su hogar. A lo largo de su vida se dedicó a estar en casa, formar un hogar con el cual siempre soñó, como decía un famoso locutor argentino, Luis Gariboti, mi madre se trasformó en una gerente de familia. Administró la casa, educó a sus hijos y cuidó de mi padre, de forma que se hizo cargo de todas las tareas hogareñas pensando en nuestro futuro.

Este trabajo le dio una recompensa inmensa: le regaló inolvidables momentos de felicidad. La satisfacción por el logro personal que, aunque no estuviera acompañado de retribución económica, ha generado respeto y reconocimiento por cada uno de sus hijos y su esposo.

Cuando escribía este trabajo, recordaba los momentos vividos juntas y en familia. Como hijas hemos tomado caminos diferentes las dos mujeres: mi hermana mayor, Silvina, comenzó a trabajar inmediatamente después de terminar el ciclo secundario y, hasta el día de hoy, continúa con ese ritmo, repartida entre la crianza de sus dos hijas y su trabajo; por mi parte, he decidido, al casarme, quedarme en casa y hacer la misma tarea de mi mamá, auque no descuide mis estudios y compagine mis tiempos para dedicarme a ellos y a mi familia. Creo que todos los extremos son malos, debemos encontrar el equilibrio: como madre, haber estado junto a mis hijos durante sus más importantes años y, como mujer, capacitarme para satisfacer otras áreas de mi vida, un abanico necesario para vivir sanamente durante este largo camino…, la vida.

Este trabajo que he realizado tiene una connotación especial para mi vida, pues, mientras lo elaboraba, mi madre partió para descansar junto a Dios.

Le dedico con todo mi amor esta memoria.





Adelia Gloria Pérez (el corazón del hogar) Karina Anido


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