Adolfo Sánchez Vázquez: Un humanismo comprometido y poético. Axel Pérez Universidad Autónoma de Madrid



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Adolfo Sánchez Vázquez:

Un humanismo comprometido y poético.

Axel Pérez

Universidad Autónoma de Madrid


Hay pies que se niegan a marchar, y, sin embargo, marchan. Hay ojos que quieren cerrarse, y, sin embargo, se abren dolorosamente, con la mirada fija.1

(Adolfo Sánchez Vázquez en mi recuerdo)

Despedirse hoy de Adolfo Sánchez Vázquez (1915-2011) es dar cuenta del desgarro que supone todo destierro, no sólo para aquellos que lo viven de cerca, en sus propias carnes, sino también para las generaciones posteriores que vienen sintiendo que algo les falta, que parte de su tradición ha sido arrancada de la memoria. Pero cada paso forzado al exilio, cada lágrima derramada por un adiós abrupto, todo ello deja una huella que nadie puede borrar. Y es ahora cuando los jóvenes iniciamos un reencuentro con los grandes ausentes de nuestra reciente historia. Al igual que el jóven Sánchez Vázquez ante el asedio de su querida Málaga, nosotros también abrimos los ojos dolorosamente, para conocer y nunca olvidar sus palabras, pese a que su cálida voz ya no hará resonar ese compromiso que siempre demostró.

Es por ello que escribir sobre Sánchez Vázquez no puede ser una reflexión sobre su pensamiento y punto. La lectura de su obra no es cuestión de recorrer una serie de argumentaciones sin más. Antes bien, escribir y leer sobre este filósofo y poeta español es acompañarle por aquellos sangrantes caminos que dejaron tras de sí los exiliados a finales de 1939. Es narrar el Exilio, con mayúscula. Ese viaje tan difícil y penoso cobra vida en el humanismo que forjó en su madurez. Su pensamiento nunca recobró el optimismo entusiasmado que marcó su juventud. Y, sin embargo, nunca perdió el aliento de su compromiso. En sus propias palabras: “No es posible callar, ser indiferente o conformarse con este mundo que, por ello, tiene que ser criticado y combatido”.2 Aún en la distancia que marca su fallecimiento, aún en el silencio que impone la muerte, Sánchez Vázquez es un pensador que no enmudece, que no se queda sin palabras para aquellos que se esfuerzan por un mundo mejor. Su humanismo es hoy más que nunca una muestra del surco que ha dejado en la historia el pensamiento español. De ahí el valor de volver a visitar, al menos en unas pocas páginas, su pensamiento.

El destierro supone arrancar las raíces ya hundidas en la tierra. Es desgarrar al ser humano del lugar que le es propio, que de alguna manera le pertenece. Así, el exiliado siente una congoja que permanece a pesar del transcurso del tiempo, como “un desgarrón que no acaba de desgarrarse, una herida que no cicatriza”.3 Nunca un mero trasplantar de sitio, sino una pérdida de centro, un desamparo que permanece con los años: “Lo que el desterrado valora no es lo hallado, sino lo perdido; no el presente, sino el pasado que vivió y que ahora reaparece en sus sueños hecho futuro”.4 Es decir, el exilio hacia otras tierras no es un alivio, sino una prolongación dolorosa de la inestabilidad que produce toda dislocación. Se trata, pues, de la vivencia de un hombre que experimentó su destierro desde la profunda “indignación por la praxis humana vivida”.5 Esa misma situación vital es la que hubo de marcar la trayectoria de Sánchez Vázquez, quien nunca volvió a ver el mundo con los mismos ojos.6 Su filosofía arranca del anhelo de transformar la realidad, no desde el entusiasmo de quien cree en un progreso sin antagonismos ni trabas, sino desde el desengaño de un mundo injusto al que hay que hacer frente para no dejarlo caer en las más graves crueldades. Solamente una persona que siente sobre sus hombros las responsabilidad de todo un tiempo, de que hace falta algo más que palabras para moldear un mundo mejor, sólo una persona así podría establecer la praxis como la llave de todo su pensamiento. Dicho esto, queda por entender cómo se fue desarrollando ese pensamiento volcado en la transformación de la realidad.



El punto de partida se encuentra en los dos intereses que atraviesan la juventud de Sánchez Vázquez: El amor por la poesía y el compromiso político.7 Si bien nació en Algeciras en 1915, comenzó a escribir poesía durante sus años como joven estudiante de Bachillerato y Magisterio en Málaga. Su principal inspiración fue el poeta Emilio Prados. Llegó incluso a publicar un romance en la revista Octubre que fundó Rafael Alberti. Todo ello antes de haber cumplido siquiera los dieciocho años. Pero no sólo fue el inicio de una precaria carrera literaria, pues también se consolida el compromiso político de Sánchez Vázquez durante esta época. Ya en 1933 forma parte del “Bloque de Estudiantes Revolucionarios”, ingresando al cabo de unos años en las Juventudes Comunistas, gracias a un “creciente inconformismo” por el idealismo utópico que se difundía entre los grupos de jóvenes progresistas.8 Es interesante resaltar, a su vez, que aquella Málaga en la que pasó varios años fue la ciudad que brindó “el primer diputado comunista a las cortes de la República”.9 De hecho, en los años de preguerra, era habitual escuchar a la gente decir “Málaga, la roja”. Así, el inicio de su recorrido vital e intelectual está empapado por la poesía y la militancia política.

Qué duda cabe de que ese “creciente inconformismo” cobrará un papel muy importante en su obra de madurez, Filosofía de la praxis (1ª edición 1967). En ella se manifestará una fuerte crítica a los dogmatismos marxistas que se difundieron durante la instauración del estalinismo en la Unión Soviética. Falta decir que aún manteniendo un fuerte compromiso con las Juventudes Comunistas, Sánchez Vázquez siempre admitió que apenas tuvo acceso a textos marxistas para fundamentar su anhelo de transformar la sociedad. Su práctica carecía de una teoría establecida que la pudiese orientar. Y precisamente esta será otra de las claves para comprender su obra, pues la unidad entre teoría y praxis representa la base de su pensamiento. Se trata de una unidad marcada por sus convicciones políticas que nacen en sus años de juventud. Por ello la praxis preserva un lugar privilegiado frente a la teoría, aunque se encuentren unidas de manera indisoluble.

Volviendo a la relación entre poesía y compromiso político en Sánchez Vázquez, es menester no perderla de vista, pues subyace a toda su obra posterior e incluso bombea fuerza y vitalidad a su pensamiento. Su interés por la poesía se halla latente en su concepto de praxis creadora. Por otro lado, su compromiso político conduce a esa praxis creadora hacia la transformación de la sociedad. Poesía y compromiso se dirigen en una misma dirección, se entretejen para dar lugar a un humanismo forjado a través del destierro. Y es que su humanismo brota no solamente de la dialéctica entre la teoría y la praxis, sino también del fecundo vínculo entre su praxis política y su vocación de poeta. Como agudamente supo ver Ramón Xirau, “Sánchez Vázquez, filósofo de la praxis, es también, lo hemos visto, poeta. Y somos muchos los que sospechamos que ha continuando escribiendo poesía”.10

Otro acontecimiento imprescindible para comprender las preocupaciones que laten en la obra de nuestro autor es el impacto de la Guerra Civil, ya que participó de manera activa en el conflicto, llegando a combatir en el frente para el bando republicano. Todo comienza con la sublevación de Franco en 1936, año en el que Sánchez Vázquez se encuentra en Málaga. Meses más tarde, tras regresar de un congreso de las Juventudes Socialistas Unidas (organización que resultó de la fusión de las Juventudes Socialistas con las Juventudes Comunistas), la ciudad malagueña es sometida por las tropas franquistas. Léanse las siguientes palabras del joven filósofo al contemplar el éxodo espeluznante que se produjo en Málaga:


El sábado 6 de febrero el frente se había roto. El enemigo avanzó, desplegando sus mejores elementos. Al anochecer tomaba las alturas que dominaban Málaga. La noticia abrió un reguero de fuego en los corazones. Se encendieron miradas. Se agolpaban los puños, impacientes, a las puertas de los Sindicatos. Los primeros obuses en las calles de Málaga levantaron un muro de angustia.11
En este pasaje que redactó Sánchez Vázquez para la revista Hora de España se puede apreciar el primer paso de lo que años más tarde se convertirá en un destierro generalizado. Aquellas palabras que escribió arrancaron de su pecho un llanto y un desgarrón que le acompañarán el resto de su vida. El asedio de Málaga supuso su primer contacto con la dolorosa y amarga experiencia del exilio. La Guerra Civil fue, sin duda alguna, una interpelación a consolidar la praxis como clave del quehacer filosófico.

Si bien había iniciado sus estudios en la Universidad Central de Madrid, en la misma facultad donde las figuras de Ortega y Gasset y José Gaos lideraban a los jóvenes intelectuales de la época, Sánchez Vázquez optó por dejar sus estudios universitarios para aportar su talento a la causa republicana. Se comprometió a dirigir el periódico Ahora que difundían las Juventudes Socialistas Unidas. De hecho, fue Santiago Carrillo quien le ofreció tal oportunidad. Imaginemos al joven filósofo, a sus 21 años de edad, a la cabeza de un periódico con bastante tirada en los círculos socialistas. Su tarea era ofrecer la posición intelectual de las Juventudes ante los sucesos que estallaban en las calles y trincheras. Se ocupaba de articular la teoría que de alguna manera había de justificar la práctica que desarrollaban los socialistas por toda España. Aquí vuelve a asomar la unidad entre teoría y praxis que ya se ha sido mencionada y que hará eco en su obra de madurez.

Pues bien, en 1937 nuestro autor renuncia a su puesto en el periódico para poder trasladarse directamente al frente. Una vez más, la balanza que liga teoría y praxis siempre favorece la acción transformadora. No basta con teorizar. Hace falta tomar partida en la transformación del mundo tan injusto en el que nos encontramos inmersos. Baste con señalarse que Sánchez Vázquez intervino en la Batalla de Teruel. Otra anécdota que se deriva de su actuación en el frente fue la oportunidad que se le brindó para abastecer a la familia Machado durante los últimos meses de la guerra. A pesar de los grandes esfuerzos de muchos hombres y mujeres a lo largo del conflicto, la tragedia se avecinaba cada vez más cerca. La derrota de la causa republicana no pudo sentirse más que como una tragedia desgarradora. Ese sentimiento trágico lo llevó consigo durante toda una vida nuestro autor. Precisamente en aquellos pasajes de su obra en los que Sánchez Vázquez se enfrenta a la relación entre violencia y praxis, se hacen patentes las heridas no cicatrizadas de la Guerra Civil.



Desde el momento en que la guerra se torna una tragedia irremediable, su filosofía jamás albergará la ilusión de concebir la realidad al margen de la violencia que se hace presente una y otra vez a lo largo de la historia humana. La violencia es un hecho, está ahí aún cuando sabemos que pocas veces se halla justificada. Antes que pretender pensar el mundo sin tener en cuenta los posibles antagonismos que en él resultan, es preciso establecer los límites de toda violencia real.12 Para comprender más a fondo este asunto, hará falta ligarlo al concepto de praxis que aparece en Filosofía de la praxis. Se retrasa, pues, su análisis hasta llegar a ese momento en la obra de nuestro autor.

Finalmente, llega el Exilio. Tal vez lo característico de todo exilio es que nunca hay un camino establecido de antemano. Todo sucede de manera tan abrupta que el único camino del exiliado es aquel que traza con sus propios pasos. Tres meses tras cruzar la frontera en 1939, los desterrados se hallaban solos en Francia. La oferta del General Lázaro Cárdenas desde México fue un verdadero gesto de solidaridad con el exilio español. Incluso se estableció una Casa de España para que los intelectuales españoles pudiesen continuar su labor en México. No obstante, Sánchez Vázquez sintió el exilio como una verdadera escisión. Una escisión que perduró toda su vida. Aún así, México fue el lugar donde conoció a su mujer y estableció su familia. Es más, aquella tierra lejana fue el lugar donde sus ideas maduraron. Fue allí donde por fin tuvo acceso a las fuentes marxistas dentro de un contexto universitario propenso para articular y desarrollar sus preocupaciones.

Se doctoró por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1952, publicando una década más tarde su obra principal Filosofía de la praxis. Antes de presentar dicha obra, ya tuvo la oportunidad de publicar otro libro que fue muy bien recibido en países como Cuba. Se trata del libro Las ideas estéticas de Marx (1965). Nótese las fechas de ambas publicaciones, pues es muy interesante resaltar que la tarea crítica que lleva a cabo Sánchez Vázquez con respecto a los dogmatismos marxistas corre paralela al proyecto que también despliega la Escuela de Fráncfort. Theodor Adorno había publicado Dialektik der Aufklärung (1947) y Negative Dialektik (1966), mientras que otro destacado miembro de dicho grupo, Herbert Marcuse, también había escrito The one-dimensional man (1964). Estos dos pensadores alemanes también caminaron las sendas de los exiliados hacía el continente americano, si bien es cierto que bajo circunstancias muy diferentes a las de nuestro autor. Vistas desde esta óptica, las aportaciones de Sánchez Vázquez tienen un valor añadido. Este filósofo desterrado acometió una tarea autodidacta de depurar la tradición marxista, de volver a las fuentes para ofrecer una revisión crítica tal y como lo estaban haciendo los intelectuales del grupo de Fráncfort. Y todo ello desde sus propias experiencias vitales en el duro y trágico acontecimiento del exilio español. A este efecto también es importante subrayar el hecho de que los Manuscritos de 1844 del joven Marx no fueron publicados hasta 1932. Precisamente es en esos manuscritos donde aparecen una serie de elementos humanistas que brindan la oportunidad de una relectura de toda la tradición marxista. Fueron unos textos fundamentales tanto para los filósofos de Fráncfort como para Sánchez Vázquez.13 El acceso a esos manuscritos desde México abrió la posibilidad de la mencionada revisión crítica, proyecto que se inaugura en Las ideas estéticas de Marx y en Filosofía de la praxis. Llegados a este punto, merece la pena emprender un breve recorrido de esta última, deteniendo el estudio sobre varios momentos claves de la argumentación que brinda Sánchez Vázquez.

La motivación central de la obra es colocar y asentar la praxis en el centro del quehacer filosófico. Se trata de sacar a la luz ese concepto que se encuentra disperso a lo largo de la historia del pensamiento, pero que no ha recibido la atención debida.14 Si bien el concepto de praxis queda esbozado en algunas obras anteriores a la de nuestro autor, muchos otros filósofos han ignorado por completo el potencial que la praxis tiene respecto de la transformación del mundo. Así, pues, la primera mitad de Filosofía de la praxis se enmarca dentro de una búsqueda crítica de la praxis en varios autores dentro de la tradición marxista de pensamiento. Arrancando de Hegel y llegando hasta las aportaciones de Lenin, se ofrece una reconstrucción del despliegue histórico de la praxis. Ahora bien, la obra presta especial atención a Marx, llegando a estimar el pensamiento de este autor como una filosofía de la praxis. Tal y como señala Stefan Gandler, las “Tesis sobre Feuerbach” son fundamentales para comprender la articulación del pensamiento de Sánchez Vázquez, aunque conviene no perder de vista otros textos de Marx como los Manuscritos ya mencionados. Tampoco ha de olvidarse la importancia que tuvo la poesía en su vida. Por ello, cualquiera que sea la aproximación que se haga a la obra de un autor tan polifacético como Sánchez Vázquez, sería prudente no establecer reducciones innecesarias. Nos ha legado una obra tan rica en contenidos y temas que su estudio merece abordarse desde todos los distintos ángulos que nos brinda: Desde el papel de la praxis en su revisión crítica del marxismo, pasando por su preocupación por la estética, hasta llegar a sus meditaciones sobre el exilio, Sánchez Vázquez es un filósofo cuyos textos no dejan de sorprender.

Ahora bien, ¿qué es la praxis? La praxis es una actividad humana que se rige por la aspiración a realizar fines. Tal aspiración no se cumple simplemente con la conciencia, aunque no puede prescindir de ella. Hay una relación recíproca entre la conciencia que genera los fines que luego exigen su realización y la praxis que necesita de la conciencia para establecer esos fines o ideales a realizar.15 Además, el conocimiento del mundo se encuentra supeditado a alguna finalidad concreta, pues no hay tal cosa como un conocimiento por lujo.16 De ahí que ya en el concepto de la praxis haya una unidad entre la conciencia y los fines que la actividad humana necesita para ponerse en marcha. Nótese la insistencia en que la praxis es propia del ser humano. En la medida en que el ser humano tiene una conciencia capaz de generar ideales que se vuelcan sobre el mundo, solamente él puede llevar a cabo una actividad que pueda ser denominada como praxis. Según la materia sobre la que recaiga dicha actividad, se dará lugar a un tipo de praxis. A este efecto, Sánchez Vázquez distingue cuatro tipos de praxis: La praxis productiva, la praxis artística, la praxis experimental y la praxis política. Cada una de esas formas tiene sus rasgos particulares. Por ejemplo, la praxis productiva es lo que Marx denominó el trabajo. En esa praxis se pretende amoldar los objetos según los fines de la conciencia. Se trata de una tarea que humaniza a la naturaleza. Para Sánchez Vázquez, es la praxis fundamental, ya que es el medio por el cual el ser humano interactúa y transforma la realidad dada, a la vez que sobre sí mismo.17 Este rasgo es importante en tanto que es común a toda forma de praxis. Esto es, la praxis es una actividad que humaniza al mundo y al ser humano, transforma a la realidad entera, incluso a aquel que pone en marcha esa transformación.

Otro modo de delimitar el ámbito de la praxis es señalando las características distintivas de su antípoda, la teoría. Lo llamativo de la obra de Sánchez Vázquez es la insistencia en que la teoría no existe al margen de la praxis. De hecho, su afirmación es mucho más fuerte: La teoría existe en la medida en que aporta los fines para que el ser humano pueda cristalizarlos sobre el mundo. Dicho sin rodeos, la teoría es para la praxis.18 Ahora bien, no hay una identidad entre ambos procesos, pues la teoría nunca es una actividad. Por sí sola no trata de transformar, no es activa. Si bien hay una unidad indisoluble entre ambas partes, no por ello esa unidad termina en una identidad entre teoría y praxis. Esta última es el fundamento de la teoría y mantiene una cierta prioridad. Parece ser que Sánchez Vázquez invita al lector a meditar sobre la relación entre ambas partes en términos de dependencia y autonomía.19

Hay, sin embargo, una cuestión que queda por aclararse. ¿Cuál es el papel de la filosofía en esa relación asimétrica entre teoría y praxis? Es posible distinguir dos tipos de filosofías: Aquellas que se limitan a aceptar el mundo y aquellas que buscan cambiarlo. Pero ninguna de ellas pertenece a la praxis. Más bien, la filosofía como tal se encuentra en el ámbito de la teoría, aunque en la medida en que la práctica necesita de ella para realizar sus fines, una filosofía comprometida con la transformación de la realidad es imprescindible. La práctica transformadora no se aleja de la teoría, la presupone y la llena de contenido.20 Y la filosofía, a su vez, aumenta el contenido en la medida en que se vincula con la praxis. Así, esa filosofía comprometida en su lucha contra las injusticias del mundo es un eslabón entre la teoría y la praxis. Es un quicio sobre el cual gira la posibilidad de aunar ambas partes de cara a recaer sobre el mundo. Precisamente, esa articulación de alguna manera refleja la propia trayectoria vital de Sánchez Vázquez. Es la expresión de un hombre cuya vida se ha caracterizado por la preocupación por la acción comprometida y las bases teóricas que la subyacen.



Tal vez el momento más original de Filosofía de la praxis se encuentra en la distinción entre la praxis creadora y la praxis reiterativa, una distinción que aporta una nueva manera de entender toda la acción humana, desde el trabajo hasta los procesos revolucionarios. En tanto que plasma una serie de fines sobre una materia dada, la praxis humana es siempre creadora. Se vuelca sobre el mundo para humanizarlo, para amoldarlo a sus fines. Aquí es útil no perder de vista la orientación artística que late en esta manera de concebir la práctica humana. El ser humano es un ser creativo, pues su acción produce y genera cosas en el mundo según los ideales de su conciencia. Tanto la praxis creativa como la praxis reiterativa son en realidad dos niveles dentro de la acción humana. En todo caso, la distinción origina en el grado de creatividad que interviene en su realización.21

La praxis creativa responde a la necesidad intrínseca del ser humano que le lleva a crear e inventar, de generar novedades en el mundo. Es un proceso dinámico que se juega entre lo interior y lo exterior, entre lo subjetivo y objetivo.22 Los fines que proporciona la conciencia rara vez se ajustan al producto de la praxis. Y eso es así porque la creación supone un tira y afloja entre los ideales subjetivos y la resistencia de la materia. Durante todo el proceso creativo, la conciencia se encuentra volcada una y otra vez sobre la materia, ajustando sus fines para responder a la resistencia de la materia. En este vaivén se introduce un elemento de incertidumbre. El producto final nunca está dado de antemano, sino que emerge a medida que la praxis creativa se proyecta sobre la materia.

Y ahora es posible trasladar tal reflexión sobre la praxis creadora al ámbito de las revoluciones políticas. Éstas deben concebirse según el modelo creativo de la acción humana. Ya que todo proceso transformador es dinámico, así también las revoluciones deben llevarse a cabo teniendo en cuenta que los ideales que se pretenden plasmar sobre la sociedad han de ser revisados constantemente, buscando ajustarse a las resistencias que se presenten. No se trata de encasillar a la sociedad bajo unos fines estáticos. Antes bien, hay que asumir un papel activo durante todo el proceso revolucionario. Efectivamente, hay cierto grado de indeterminación inherente a ese proceso. Precisamente por ello cada revolución será única e irrepetible.23 No hay un modelo o ideal que sirva para todos los contextos, pues nunca es cuestión de repetir un conjunto de pautas sin más. Una verdadera revolución exige ante todo una praxis creadora.

El otro nivel de la praxis es aquella que resulta reiterativa. Ésta se caracteriza por carecer de los tres rasgos fundamentales de toda acción creativa, a saber, la unidad entre lo interior y lo exterior, el carácter dinámico y lo irrepetible del producto. La acción reiterativa simplemente pone en marcha una repetición sin acudir al vaivén entre lo subjetivo y objetivo. Es pura imitación, aplicando las pautas de una praxis previa como si se tratasen de leyes. No pretende ser dinámica, pues no se ajusta a la resistencia ofrecida por la materia. De ahí que tampoco genere una situación o contexto irrepetible. Busca reproducir el modelo o ideal lo más fielmente posible. En definitiva, la praxis reiterativa no es transformadora. Ello no quiere decir que se trate de una acción negativa. Puede revertir positivamente, ya que permite ampliar y ahondar lo establecido por medio de una praxis creadora.24 Como Sánchez Vázquez nos hace ver, es preciso encontrar un equilibrio entre la praxis creadora y la praxis reiterativa, pues ambas forman parte de la acción humana en todas sus dimensiones.25

Hay un bello pasaje que atañe a la naturaleza creadora del ser humano que no tiene pérdida, pues en él nuestro autor deja lucir su prosa más brillante —y más de alguno diría, poética— para brindar una descripción de la mano humana. Merece la pena leer cuanto menos una pequeña parte de dicho pasaje para tomar contacto con la fuerza de lo escrito por Sánchez Vázquez:


Por las manos, el hombre está en contacto con las cosas, y les da forma; gracias a ellas, la materia no se halla en una relación exterior con él. Con las manos, el hombre hace suyas, es decir, humaniza las cosas, y él mismo, dejándose tocar, adaptándose a la forma de ellas, abriéndose a las cosas, consuma esta relación propiamente humana.26
La mano representa la capacidad creadora, ese talento que permite al ser humano transformar todo aquello que le rodea. Crear es poder tocar el mundo con las manos, poder moldearlo. Como ser práctico, el ser humano es lo que está al alcance de su mano. Alterar y modificar el mundo no sería posible sin un brazo y una mano que anclara la conciencia humana a la realidad. Es la mano ese ancla tan decisivo para la humanidad. Abre un espacio plástico en el que el producto final es sorprendente e inesperado. Para un artista, la mano es el medio por el cual pasa toda creación. Y así, la praxis humana está ligada a la experiencia artística. El ser humano comprometido con la transformación de su realidad es ya un artista cuya mano traza las líneas que han de describir ese mundo posible que queda por hacer. ¿Acaso Sánchez Vázquez no nos ha ofrecido una vida y obra que reflejan el pasaje citado? Ciertamente nuestro autor es un filósofo cuyo pensamiento muestra una sensibilidad y un compromiso dignos de ser estudiados.

Un último tramo de esta presentación de Filosofía de la praxis ha de enfrentarse a la interrogante crucial a toda praxis: La violencia. Recuérdese la amarga y dolorosa experiencia de Sánchez Vázquez durante la Guerra Civil. Fue una contienda en la que se puso en juego la posibilidad de un nuevo orden en España que ya se había preludiado con la II República. Pero ese espacio transformador resultó en una traumática convulsión. Los sucesos terminaron por generar un círculo vicioso de violencia y muerte. El problema con el que se enfrenta la filosofía de la praxis es si la violencia necesariamente produce más violencia. Es decir, si es posible una praxis creadora que no termine socavando el suelo de ese mundo posible con las semillas de la violencia. Y aquí Sánchez Vázquez admite que la violencia parece atravesar la historia. Esto es así porque la materia siempre ofrece resistencia. Hay que ejercer cierto tipo de violencia para amoldarla a los fines que se quieren plasmar.

Esa distancia entre el ser humano y la naturaleza que hay que salvar mediante la praxis es también una de las razones por las cuales hay violencia real en el mundo. Ello no quiere decir que la violencia en sí sea moralmente aceptable. Nada más alejado de las intenciones de Sánchez Vázquez: “No hay, pues, justificación moral de la violencia dada su perversidad intrínseca, en cuanto que entraña una relación de dominio o imposición de uno sobre otro”.27 Ahora bien, lo importante es lidiar con la violencia instrumental que de hecho ocurre día a día. Tal vez sea posible ejercer una violencia que pueda disminuir el grado y amplitud de violencia en el futuro. Lo que tiene claro nuestro autor es que los discursos no-violentos que ignoran el hecho de que existen graves antagonismos en el mundo no pueden solventar el problema mismo de la violencia.28 Por ello es necesario establecer los límites de toda acción humana, preguntarse por cuáles son las fronteras que no debe superar ninguna praxis. En tanto que medio para un fin, toda violencia ha de tener límites. Esto ha de aplicarse tanto a los actos revolucionarios como a cualquier otra práctica humana. Cierto es que la violencia revolucionaria “va dirigida contra toda violencia en general, al hacer posible el paso efectivo a un estado no violento”.29 He aquí la respuesta de la filosofía de la praxis: Limitar la violencia y ejercerla siempre que niegue su uso en el futuro.



En este breve recorrido por la obra de Sánchez Vázquez se ha puesto de relieve cómo su pensamiento y sus experiencias vitales quedan entretejidos. Sus preocupaciones tanto políticas como poéticas se hacen eco en las ideas que germinaron durante su destierro en México. Al ofrecer como concepto central la noción de la praxis creadora, nuestro autor logra fundir esa doble vertiente vital en una misma dirección hacia un humanismo crítico que bebe de diferentes fuentes y tradiciones. Fue uno de los último supervivientes del Exilio de 1939. Despedirse de él nunca fue tan duro como hoy, cuando tanto le necesitan las jóvenes generaciones que alzan sus voces en las calles, indignados por el mundo que han heredado. Sea esta una invitación a leerle, a encontrar fuerza en las palabras de un hombre cuyo compromiso nunca faltó y cuyo vida es un testimonio de coraje para aquellos que aún piensan en una praxis creadora. Volver a reencontrarse con Sánchez Vázquez, aunque sea a través de sus escritos, es recuperar eso que se nos arrancó injustamente hace ya tiempo. Dicho con sus palabras, “Al recuperar del olvido al exilio en todos sus empeños, España —mediante ellos— recupera una parte de sí misma”.30


1 Sánchez Vázquez, A., “Málaga, ciudad sacrificada”, en Hora de España, 1, Nº IV, 1937, pp. 45-48.

2 Sánchez Vázquez, A., “Defensa de la filosofía en tiempos adversos”, en Ética y política, México D.F., FCE, 2007, p. 91.

3 Sánchez Vázquez, A., “Cuando el exilio permanece y dura (a manera de epílogo)”, en Anthropos, Nº52, 1985, p. 17.

4 Sánchez Vázquez, A., “Del destierro al transtierro”, en A tiempo y destiempo, México D.F., FCE, 2003, p. 596.

5 Gandler, S., “El pensamiento filosófico de Adolfo Sánchez Vázquez”, en Hispanismo filosófico, Nº 15, 2010, p. 29.

6 Véase también Sánchez Vázquez, A., “Miradas sobre —y desde— el exilio”, en Exilio, Madrid, Fundación Pablo Iglesias, 2002, pp. 246-251.

7 Sánchez Vázquez, A., “Vida y filosofía”, en Anthropos, 1985, p. 10.

8 Ibid. p. 11.

9 Ibid

10 Xirau, R., “A Sánchez Vázquez”, en A tiempo y destiempo, op. cit., p. 11.

11 Sánchez Vázquez, “Málaga, ciudad sacrificada”, en Hora de España, op. cit., p. 45.

12 Sánchez Vázquez, A., “La violencia política y la moral”, en Etica y política, op. cit., p. 49.

13 Véase el siguiente pasaje: “Pero anticipando una concepción más profunda de la praxis que comenzará a esbozarse tanto en sus 'Tesis sobre Feuerbach' como en La ideología alemana, ya en los Manuscritos hallamos referencias a la actividad práctica revolucionaria como actividad necesaria para transformar no ya una idea, sino la realidad” (Sánchez Vázquez, A., La filosofía de la praxis, México D.F., Siglo XXI, 2003, p. 157).

14 Ibid. p. 120.

15 Sánchez Vázquez, A., Filosofía de la praxis, op. cit., p. 269.

16 Ibid.

17 Ibid. pp. 274-275.

18 Ibid. p. 279

19 Ibid. p. 291

20 Ibid. p. 284

21 Ibid. p. 318

22 Ibid. p. 321

23 Ibid. p. 325.

24 Ibid. p. 331.

25 Ibid.

26 Ibid p. 343.

27 Sánchez Vázquez, A., “La violencia política y la moral”, en Ética y política, op. cit., p. 41.

28 Ibid. p. 53.

29 Sánchez Vázquez, A., Filosofía de la praxis, op. cit., p. 473.

30 Sánchez Vázquez, A., “Miradas sobre —y desde— el exilio”, en Exilio, op. cit., p. 251.



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