Africanos y afrodescendientes María Elisa Velázquez



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Africanos y afrodescendientes

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Como a otras regiones de México, a los pueblos y ciudades de Guerrero, en especial de las comunidades de sus costas, llegaron miles de africanos durante el periodo virreinal. El color de la piel, los rasgos físicos, el pelo rizado y varias manifestaciones y expresiones culturales atestiguan la importancia de este grupo en la historia del estado, pero a pesar de los esfuerzos de algunos historiadores e investigadores, la presencia y participación de los africanos y sus descendientes, ha sido menospreciada y olvidada como en el resto del país, hasta tal punto que la mayoría de los guerrerenses desconocen el origen y la historia de sus antepasados. Desde hace varias décadas comenzaron los estudios de historiadores y antropólogos sobre las características de esta población y su importancia en la historia de Guerrero. Gonzalo Aguirre Beltrán fue pionero en el tema, en especial con su famoso libro Cuijla (Aguirre Beltrán, 1958) dedicado a la historia de esta comunidad y los africanos y sus descendientes en la zona. Edgar y Teresa Pavía han aportado varios trabajos históricos con nuevas fuentes que amplían el tema hacia otras zonas de la costa. (Pavía, 1998). Rolf Widmer (1990) llevó a cabo una vasta investigación histórica sobre la zona de la Costa Chica, con especial énfasis en los africanos y sus descendientes. Asimismo, Alejandra Cárdenas (1997) se ha preocupado por averiguar la situación de mujeres afrodescendientes durante el periodo colonial en Acapulco (Cárdenas, 1997).


Desde la antropología, destacan los trabajos de Gabriel Moedano (1986) y de investigadores de otros países interesados en la tradición de las comunidades afromestizas. Luis Campos (Campos, 1999), Cristina Díaz (Díaz, 2003), Amaranta Arcadia Castillo (Castillo, 2000), Eduardo Añorve y Carlos Ruiz (Ruiz, 2004), entre otros, han realizado estudios etnográficos sobre relaciones familiares y de género, problemas de identidad o racismo y manifestaciones culturales como danzas, fiestas y música. A pesar de ello, siguen haciendo falta investigaciones con datos etnográficos más integrales y faltan otras zonas por investigar, como la Costa Grande. Debemos hacer notar que, en 2005, realizamos un congreso internacional en el Museo Histórico de Acapulco, Fuerte de San Diego, con el objeto de actualizar y dar a conocer las investigaciones sobre el tema. En mayo de 2007, la Coordinación Nacional de Antropología publicó las ponencias de este congreso, en Diario de Campo, Boletín Interno de Investigadores del INAH.
Un poco de historia

Intentemos, pues, hacer una pequeña síntesis histórica sobre la participación de los africanos y sus descendientes en Guerrero. Su presencia se remonta a los primeros años de la conquista de México. Algunos de ellos arribaron junto con los primeros colonizadores de la región, pero gran parte llegó de manera forzada, como esclavos, ante la demanda de mano de obra necesaria para cumplir tareas en las nuevas empresas agropecuarias y portuarias, fundamentalmente en las costas del conocido como Mar del Sur. Es difícil determinar el origen preciso de los africanos, sin embargo, sabemos que una gran parte de ellos provenía de las regiones de Senegambia, del África occidental, y del Congo, en el centro del continente. Los africanos de estas regiones llegaban a Veracruz y eran comprados por comerciantes en la ciudad de México, desde donde eran trasladados hacia las costas de Guerrero.


Se sabe también que muchos provenían de África oriental, posiblemente de Mozambique, conocidos como “cafres”, y de regiones aledañas a la ruta que provenía de Asia y que desde 1564 comenzaron a tener importancia en el comercio con la Nueva España a través de la famosa Nao de China que arribaba al puerto de Acapulco una vez por año, con los codiciados productos de Oriente como sedas, perlas, porcelanas, pero también esclavos. Gonzalo Aguirre Beltrán destaca que muchos llegaron a las costas del Mar del Sur a través de barcos negreros que violaban el texto de los asientos celebrados en las diversas compañías encargadas de introducir esclavos, que requerían como única vía de entrada el puerto de Veracruz. También señala que por Acapulco llegaron muchos “negroides” de Indonesia y Melanesia y algunos otros cautivos de Oriente (Aguirre Beltrán, 1958: 63 y 64).
Varias circunstancias propiciaron el crecimiento de la población de origen africano, particularmente en las costas de Guerrero, así como la posibilidad de que muchos esclavos obtuvieran su libertad y con ello oportunidades sociales y económicas. El desarrollo de grandes haciendas agropecuarias en las regiones costeras, la importancia que adquirió el puerto de Acapulco para el comercio con Asia y los caminos hacia ciudades como Puebla, así como el reordenamiento territorial y poblacional en la zona que replegó a las comunidades indígenas hacia las montañas de la región, posibilitó que los africanos esclavos, y más tarde libres, se ocuparan de distintas tareas relacionadas a la ganadería —como vaqueros o mayordomos de las haciendas—, a la arriería, al comercio, a los trabajos portuarios y al servicio doméstico. Los africanos y afrodescendientes de Guerrero, especialmente los de sus costas, también participaron en las milicias del siglo XVIII y fueron activos combatientes en el movimiento insurgente de 1810.
Es difícil calcular cuántos africanos arribaron a Guerrero, ya que, como mencionamos, llegaron por distintas vías, en su mayoría como esclavos a través de la trata del Atlántico, pero otros muchos por el Mar del Sur. Calcular el porcentaje de africanos en Guerrero se dificulta aún más si consideramos que no contamos con el número de aquellos que llegaron a través del contrabando, sobre todo desde Sur y Centroamérica y también en las zonas costeras del territorio de México. Aunado a ello, debemos considerar el porcentaje de muchos que llegaron a las costas de Guerrero huyendo de la esclavitud de otras regiones como Morelos y a los miles de afrodescendientes, en su mayoría libres, que nacieron en el estado de Guerrero.
Sin embargo, algunas fuentes ofrecen datos interesantes para comprender la importancia de este grupo. Por ejemplo, el Padrón del Arzobispado de México, de 1777, muestra que en el Curato de Taxco vivían 1 304 españoles, 2 596 indígenas y 2 156 mulatos, es decir, que los afrodescendientes casi igualaban el número de indígenas (Sánchez, 2003: 119). El mismo padrón señala que el Curato de Acapulco estaba formado, entre otros grupos, por 31 españoles, 129 negros, 1 292 mulatos y 331 lobos; es decir, que el puerto estaba habitado en su gran mayoría por africanos y afrodescendientes. El Curato de Coyuca también refleja que los mulatos, negros y lobos eran el número mayoritario, con 484 habitantes, secundados sólo por los chinos, que se calcularon en 388. (Sánchez, 2003: 123) Poblaciones como Iguala, con un número importante de indígenas que, según este mismo padrón de 1777, llegaban hasta 1 645, también contaban con 488 afrodescendientes (Sánchez, 2003: 125).
Las relaciones entre los distintos grupos que formaron parte de la historia de Guerrero fue compleja y heterogénea. En algunas zonas, los africanos y afrodescendientes, como en otras regiones de México, tuvieron relaciones estrechas con españoles, criollos, indígenas y mestizos, dando pie a un importante mestizaje físico y cultural. En otras zonas, como la de Acapulco, los africanos y sus descendientes fueron, por lo menos hasta el siglo XVIII, el grupo mayoritario, y aunque muchos de ellos lograron consolidar cierta posición social y económica, otros muchos sufrieron los estragos de la esclavitud y resistieron de diversas maneras a esta condición de sometimiento. Varios testimonios de archivo demuestran que fueron denunciados ante la Inquisición por hechicería, superstición o blasfemia. También, los prejuicios y estereotipos, sobre todo de los cronistas de la época, hicieron alusión a sus costumbres “lascivas”, a su “hosco temperamento” y, por ejemplo, a la exuberante forma de vestir de negras y mulatas libres que se vestían con “mantos de lustre y seda con puntas, y vestidos guarnecidos con oro, procurando aventajarse a las españolas” (Widmer, 1990: 122).
Sin duda alguna, los estereotipos y prejuicios sobre la población de origen africano tuvieron que ver con las ideas y la moral de la época que poco valoraba las culturas de origen de los africanos y su propio bagaje cultural. Debe hacerse notar que los africanos pertenecían a culturas complejas con una larga trayectoria de desarrollo social, económico y cultural. Sin embargo, estos prejuicios, acentuados durante el siglo XIX, persisten hoy en día y son preocupantes, ya que se convierten en manifestaciones de racismo en México, muchas veces velados y negados.
En áreas como las de la Costa Chica, los africanos y sus descendientes, aunque convivieron y se mezclaron con pueblos indígenas, mantuvieron, por diversas circunstancias históricas tales como la distribución de la tierra, la ocupación y posición económica, comunidades hasta cierto punto separadas, ello explica que siga presente en los rasgos físicos y en las manifestaciones culturales de la zona, una indudable herencia africana. El puerto de Acapulco es un ejemplo interesante sobre la presencia de la población de origen africano durante el periodo virreinal en el estado de Guerrero.


El puerto de Acapulco: la gente de mar y tierra

De los puertos del Pacífico, Acapulco fue seleccionado por “bueno, hondable y seguro” (Vázquez, 1969: 117) y por la cercanía con ciudades principales del centro, sur y norte de la Nueva España que facilitaban el transporte de mercancías hacia otros territorios y hasta España a través de Veracruz. Aunque Acapulco no se desarrolló como la ciudad de Manila —que fue comparada con ciudades como Venecia— el puerto del Mar del Sur fue puerta esencial para el comercio durante las ferias anuales. Desde entonces, el puerto de “cañas grandes” también se convirtió en un espacio privilegiado para la convivencia cultural entre habitantes de distintos continentes, quienes durante 250 años intercambiaron formas de pensar, costumbres, vestidos y hábitos alimenticios.


Gente de mar y tierra estuvo dedicada a las distintas empresas marítimas en la costa de Acapulco. Como lo señalan cronistas, viajeros, funcionarios y científicos que lo visitaron durante el periodo colonial, el puerto estuvo poblado en su mayoría por “negros y mulatos”. Una de las primeras referencias la ofrece Gemelli Carreri, quien aludió a la impresionante transformación de Acapulco durante la Feria de “rústica aldea en una bien poblada ciudad, […cuyas] cabañas habitadas antes por hoscos mulatos eran entonces ocupadas todas por gallardos españoles” (Gemelli, 1993). El barón de Humboldt, casi un siglo después, en 1802, se refirió al puerto como un ciudad “habitada casi exclusivamente por hombres de color”, con hasta nueve mil almas cuando llegaba la Nao de China, pero ordinariamente con no más de cuatro mil (Humboldt, 1984: 156).
En su Theatro Americano, Villaseñor señala que para mediados del siglo XVIII ocupaban la ciudad de los Reyes cerca de 400 familias de chinos, mulatos y negros, y hace hincapié en que no habitaban el puerto indios, quienes ocupaban pueblos cercanos y sólo ocho familias de españoles debido al “temperamento” de Acapulco en “sumo grado caliente y húmedo”, lo que causaba “estragos en sus habitantes” (Villaseñor, 1986: 186 y 187). Según Virginia González, estudiosa de la expedición de Malaspina, el último padrón levantado en 1790 contaba las siguientes cifras: 229 familias radicadas en Acapulco, de las cuales nueve eran de españoles, tres de indios, cinco de chinos y el resto de “mulatos de todas castas” (González, 1989: 93).
Los africanos y sus descendientes estuvieron dedicados a diversas tareas, desde cargadores, carpinteros, trabajadores del campo o arrieros, hasta marineros, comerciantes, tenientes interinos o encargados de administrar el puerto, ya que el gobernador y los funcionarios españoles y novohispanos sólo acudían al puerto cuando llegaban las naos y se celebraban las ferias. Los “negros y mulatos” formaban dos de las tres compañías milicianas del puerto, según lo atestigua Villaseñor (Villaseñor, 1986: 187). Asimismo, mujeres de origen africano radicadas en Acapulco se dedicaban a distintas actividades comerciales, a la servidumbre y a tareas domésticas o del campo. Es importante hacer mención de que los arrieros, entre ellos muchos mulatos, transportaban las mercancías por el camino conocido como “de China”, que adquirió gran importancia durante el periodo virreinal y que por Puebla y Orizaba se dirigía hasta Veracruz. Por ello también puede explicarse la presencia de origen africano en pueblos y comunidades de estas regiones, tema que, por cierto, ha sido poco atendido por la historiografía.
La presencia y convivencia de varios grupos culturales, así como los descendientes de las distintas mezclas, despertó las críticas de varios cronistas, entre ellos la del marinero Arcadio Pineda, quien acompañó en el siglo XVIII la expedición de Malaspina. En su diario, Pineda hizo hincapié en que Acapulco era uno de los sitios más viciosos del continente y menciona las prácticas “licenciosas de los porteños”. Según el cronista, las altas temperaturas del lugar, la libertad absoluta y el desorden en que vivían los acapulqueños, así como la convivencia cotidiana favorecían la mezcla de las costumbres filipinas y las de “mulatos y pardos de la América” (González, 1989: 94). Estos comentarios, como ya lo habíamos señalado, tenían más que ver con los prejuicios y estereotipos de la época, sobre todo del siglo XVIII, en que comenzaban a proliferar las ideas sobre “razas superiores e inferiores” de acuerdo con los intereses económicos y políticos, en particular de la trata de africanos que en ese periodo toma dimensiones hasta entonces desconocidas.
Todo ello refleja la importancia de los africanos y sus descendientes en el puerto y nos hace preguntarnos por qué se conoce tan poco sobre la presencia de este grupo en nuestra historia y, en particular, en la historia de Guerrero. Ahora volvamos otra vez al presente y hablemos de las comunidades afrodescendientes, particularmente de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca.
Comunidades, reproducción cultural y movimientos de reivindicación afrodescendiente

Por los procesos históricos, muy distintos a los de otras regiones de México, en la Costa Chica pueden apreciarse varias expresiones de herencia africana, recreadas a lo largo del tiempo por el intercambio y las transformaciones culturales. El uso de casas habitación conocidas como “redondos”, actualmente casi en extinción, y ciertas formas de organización social y de prácticas o rituales, podrían ser de origen africano. También, instrumentos musicales como el cajón (percusión que se toca con las manos y palos), el bote (instrumento a semejanza de un tambor con una vara sujeta en el centro que emite un sonido que imita el rugido de un tigre) y la charasca (quijada de burro a manera de sonaja), han sido reconocidos por estudiosos del tema como de herencia africana. Danzas como la de los diablos y la artesa, así como la tradición de la narración oral, también son propias de las comunidades afromestizas de esta región.


Los afrodescendientes de la Costa Chica, que se autodenominan “costeños” o “morenos”, en general desconocen su pasado y su origen africano. Se consideran mexicanos y tienen varias explicaciones “míticas” sobre sus rasgos, color de piel y presencia en la zona. La problemática del racismo es compleja y contradictoria. Por una parte, las expresiones de discriminación, en la mayoría de los casos, no son explícitas y conscientes; de hecho, generalmente, las mismas comunidades niegan que exista discriminación o racismo por los rasgos físicos y el color de la piel en la región, sin embargo, se pueden apreciar prejuicios, estereotipos y expresiones de racismo, no sólo entre indígenas y afrodescendientes, sino incluso entre los mismos afrodescendientes. Por ejemplo, muchas veces aluden a que el pueblo colindante o cercano tiene población más “negra” que a la que ellos pertenecen y en reiteradas ocasiones se expresan de manera negativa sobre su color y ciertos rasgos físicos; se escuchan expresiones como las que dicen buscan “mejorar la raza, casando a sus hijas con mestizos, blancos o indígenas y no con miembros de su mismo color”. También, y aunque existe mayor difusión sobre su procedencia, gran parte de ellos dice no saber por qué tienen ese color y esos rasgos físicos. Cuando le pregunté, recientemente, a una mujer de 102 años, del pueblo El Ciruelo, por qué había tantos morenos en la región, me contestó: “solo Dios sabe” (Entrevista, 2005).
Sin embargo, por otro lado, los pueblos afrodescendientes se enorgullecen de sus tradiciones, fiestas, danzas y música, y se refieren a la “negrada” como una población fuerte, orgullosa y dispuesta. Alaban el carácter de las mujeres y elogian su fortaleza. Las mujeres en estas comunidades se distinguen de los indígenas o mestizos por varios aspectos que abarcan desde la forma de disponer los espacios, por ejemplo en las cocinas, hasta la forma de guisar el pescado frito, seco o el uso del arroz, o la manera de cargar a los niños. Se diferencian, también como en el periodo virreinal, por su carácter, más abierto, festivo y orgulloso, y por la forma en que, en ocasiones, establecen sus lazos familiares. En la región es conocida, por ejemplo, la tradición del “queridato”, que permite que los hombres establezcan relaciones “formales” con otra mujer, distinta a la esposa, aceptada socialmente y con derechos reconocidos para ella y sus hijos, si no legalmente, sí por la tradición y la costumbre.
Por ejemplo, las mujeres de la Costa Chica y otras afrodescendientes de las regiones aledañas a Guerrero y Oaxaca, enfrentan retos importantes hoy en día. Por un lado, la migración de los hombres a Estados Unidos en busca de mejores condiciones de vida, las ha comprometido aún más en su quehacer como jefas de familia. Ellas son las trasmisoras de los valores familiares y también de los prejuicios o estereotipos raciales. Su injerencia e importancia en la dinámica social y cultural puede observarse en su participación, por ejemplo, en fiestas o danzas que sólo eran del ámbito de los hombres. Recientemente, una mujer afrodescendiente en un artículo reseñó su participación en la “Danza de los Diablos” durante las festividades de los días de muertos en México, y que es un baile que era representado, según la costumbre, sólo por hombres (Jiménez, 2006).
Desde hace unos años, por diversas razones, han empezado a surgir movimientos interesados en reivindicar su historia y sus derechos ante la discriminación y el racismo. Por ejemplo, desde hace diez años se organizan encuentros de pueblos negros con la participación de varias comunidades, en los que se comparten experiencias y se reivindican las expresiones culturales que los identifican. También desde hace varios años existe un museo de Culturas Afromestizas que explica la presencia y participación de este grupo en la región. Este museo se encuentra en el pueblo de Cuajinicuilapa y fue impulsado por la Dirección de Culturas Populares del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México, las autoridades municipales y ciertos sectores de la comunidad.
Para las comunidades y los estudiosos del tema sigue siendo un problema complejo distinguir qué rasgos podrían caracterizar o distinguir a los afrodescendientes. Varias interrogantes surgen: ¿sólo el color de la piel y los rasgos físicos los distinguen? De los rasgos físicos, ¿cuáles?, ya que existen “morenos” con labios delgados y ojos pequeños, mestizos con labios gruesos y nariz chata, y así una gran variedad de fenotipos. Por otra parte, algunos de los grupos de la región se cuestionan el papel que deben desempeñar las manifestaciones culturales y defienden movimientos de reivindicación más incluyentes. El proceso se ha complicado aún más con la presencia de antropólogos interesados en el estudio de estas comunidades y de representantes del movimiento afroestadounidense con ideas muchas veces desvinculadas de los procesos históricos y las realidades cotidianas de estas poblaciones. También, la migración hacia Estados Unidos ha modificado, como en otras regiones de México, los usos y costumbres de estas comunidades, sin embargo, persiste la tradición y la identidad en la que se reconocen como “costeños” y “morenos” con características propias.
Los procesos de convivencia e intercambio cultural en México no deben ocultar la importancia de los distintos grupos étnicos que formaron parte de su historia y que siguen teniendo una presencia cultural. La participación de los africanos en la historia de México, en particular en Guerrero, debe ser valorada distinguiendo los procesos históricos y culturales particulares que la caracterizaron y que la diferencian de otras regiones de México e incluso de otros países.
La presencia y participación de los africanos y sus descendientes en el estado de Guerrero debe ser motivo de orgullo y distinción y ser reivindicada en el pasado y en el presente. Por ello es necesario que su historia esté representada en los museos de la región, en los libros de texto, en las exposiciones, conferencias y, en general, en las actividades culturales y educativas que se llevan a cabo. Sólo así comprenderemos la importancia de este grupo, su contribución a nuestra historia y a la diversidad cultural de la cual debemos estar orgullosos los guerrerenses y los mexicanos.

Investigadora de la Dirección de Etnología y Antropología Social del Instituto Nacional de Antropología e Historia.
ESTE DOCUMENTO FORMA PARTE DE LA OBRA ESTADO DEL DESARROLLO ECONÓMICO Y SOCIAL DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS DE GUERRERO, PUBLICADO POR EL PROGRAMA UNIVERSITARIO MÉXICO NACIÓN MULTICULTURAL-UNAM Y LA SECRETARÍA DE ASUNTOS INDÍGENAS DEL GOBIERNO DEL ESTADO DE GUERRERO, MÉXICO 2009.


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