Alas de fuego



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Alas de fuego –© Laura Gallego García, Ediciones Laberinto, 2004


ALAS DE FUEGO

I

La reina Marla se hallaba asomada al amplio balcón del salón del trono, viendo combatir a su ángel, cuando recibió la noticia del asesinato del conde Aren. El mensajero le habló al oído, de manera que nadie más pudo escucharlo, pero los labios de ella se fruncieron levemente. Aquella fue su única reacción.

No comentó el asunto con nadie más.

Cuando el mensajero se retiró, la reina Marla continuó en la misma posición, asomada a la balconada, como si la noticia hubiese sido del todo intranscendente.

La reina Marla tenía diecisiete años, y era la soberana de una nación resplandeciente, pero rodeada de reyes ambiciosos que deseaban ampliar su territorio.

Marla había aprendido desde niña a no mostrar sus sentimientos, porque no ignoraba que tenía espías en la corte. Todo el mundo sabía que no confiaba en nadie.

Salvo, quizá, en su ángel.

Abajo, en el patio, dos figuras se batían en un duelo de espadas. Una de ellas era un feroz bárbaro que había venido desde las llanuras del este para tratar de alcanzar la fama como combatiente en los Juegos de Karishia, la capital del reino. En los tres meses que llevaba luchando todavía no había perdido un solo combate. Cuando saltaba a la arena, todos vociferaban su nombre, enardecidos. Pero cuando caminaba por las calles de la ciudad, exhibiendo su poderosa musculatura, la gente se apartaba a su paso, intimidada.

Había hecho fortuna en los Juegos y era admirado y respetado. Una noche, en una fiesta, había afirmado que sería capaz de derrotar al ángel de la reina Marla. Estaba borracho cuando lo dijo, pero, de todos modos, la noticia del desafío había corrido por toda Karishia, y él no había tenido más remedio que hacer llegar al palacio un reto formal.

Todos sabían que al ángel no le gustaba luchar en peleas banales. Pero el bárbaro era famoso, y el desafío había despertado mucha expectación. La propia Marla le había pedido que combatiese.

Y allí estaba ella. Cubría su cuerpo con una armadura de oro, reluciente como el mismo sol. Sus cabellos negros, recogidos en un complicado peinado de trenzas, se le desparramaban por los hombros, rectos y orgullosos. Había extendido sus grandes alas blancas, y su sombra parecía cubrirlo todo. Era casi tan alta como el enorme bárbaro, pero infinitamente más hermosa.

Su nombre era Ahriel.

El mercenario gruñó, alzó la espada y se lanzó contra ella. Ahriel esperó, seria y serena, con los músculos en tensión. Se movió ágilmente en el último momento y se apartó de la trayectoria del bárbaro, que casi perdió el equilibrio.

No había sido un movimiento muy airoso por su parte. Los espectadores rieron, y el bárbaro gruñó. Pero Ahriel no sonrió.

–¿Por qué no utilizas tus alas, pajarita? –escupió el mercenario–. ¿Por qué no vuelas?

Nadie se había atrevido nunca a hablarle de esa forma al ángel de la reina Marla, pero el bárbaro estaba furioso, y había sido herido en su orgullo de hombre del este.

–No estaríamos en igualdad de condiciones –dijo Ahriel suavemente; su voz sonaba clara y profunda como el tañido de una campana.

El bárbaro gruñó de nuevo y se lanzó sobre ella con un grito salvaje. En esta ocasión, Ahriel no se apartó. Las espadas chocaron. Saltaron chispas.

Los mandobles del luchador eran poderosos, sin duda, pero el ángel movía su arma con elegancia y una seguridad casi sobrehumana, como si estuviese completamente convencida de estar haciendo lo correcto en cada momento.

Y así debía de ser, puesto que, instantes después, la espada del bárbaro salió volando por los aires y aterrizó sobre las baldosas del patio con un sonoro chasquido metálico. Hubo un silencio incrédulo.

El bárbaro, atónito, cayó de rodillas ante el ángel.

Se oyeron algunos tímidos aplausos. Ahriel era siempre muy reservada. Todos la admiraban y la temían, pero ella no tenía amigos.

Salvo, quizá, la reina Marla.

–Brujería –susurró el bárbaro.

Ahriel replegó las alas, pero no respondió. No tenía nada que decir.

El luchador no se atrevía a mirar a su alrededor. Había sido vencido de manera humillante. Aunque el ángel no se había ensañado con él, su absoluta imperturbabilidad, que dejaba en evidencia la violenta furia del bárbaro, había convertido su derrota en algo mucho más vergonzoso para él. Sin gritos, sin aspavientos, sin ruido, aquella mujer con alas de pluma blanca lo había dejado en ridículo delante de todo el mundo. Pronto todo Karish conocería hasta el mínimo detalle de aquella pelea.

Su carrera estaba acabada.

El bárbaro alzó la cabeza para mirar al ángel. Ella no sonreía; no había expresión en su rostro. El luchador advirtió la absoluta perfección de sus rasgos y pensó que a la gente podía parecerle hermosa. No más que una estatua de mármol, se dijo. Pura y perfecta, pero fría y sin vida.

–Mátame –le pidió a Ahriel.

Ella negó con la cabeza. Envainó de nuevo la espada, extendió las alas y, con un poderoso impulso, se elevó en el aire. Todos la vieron volar, resplandeciente, con los rayos solares reflejándose en su armadura de oro. Era un espectáculo magnífico.

Ahriel, sin embargo, no se entretuvo con florituras. Abrió las alas un poco más y se quedó suspendida en el aire, delante de la reina Marla, que seguía asomada al balcón.

–Saludos, Ahriel –sonrió ella–. Bien luchado.

–Señora –el ángel inclinó la cabeza ante la soberana de Karish.

–Ahora debes descansar, pero supongo que no tendrás inconveniente en pasar a verme más tarde. Siempre disfruto con tu compañía.

–Si así lo deseas.

Ahriel se despidió de la reina Marla y se elevó hacia las cúpulas más altas del palacio. Pronto la perdieron de vista.

La reina se retiró del balcón, seguida de su séquito. Los espectadores del patio se fueron dispersando.

Momentos después, sólo el bárbaro seguía allí, hundido y abatido sobre las amplias baldosas de piedra.

Ahriel había cambiado su armadura de oro por una sencilla túnica blanca. Su espada seguía, no obstante, prendida en su costado.

Ahora se hallaba sentada ante la reina Marla, en sus aposentos privados. Muy poca gente tenía permiso para entrar allí.

Ahriel tenía la obligación de hacerlo, siempre que fuera necesario.

La reina la miró, pensativa, mientras jugueteaba con el medallón que pendía de su cuello y que siempre llevaba puesto, porque era un regalo del ángel.

Las dos mujeres eran muy diferentes. Ahriel era imponente, alta, serena y resplandeciente como una diosa. Marla era pequeña, pelirroja, impaciente. Con los años, había aprendido a dominar su nerviosismo, porque le iba la vida en ello.

Ahriel le había enseñado.

Ahriel había estado junto a su cuna cuando nació.

Muy pocos, en tierras de humanos, sabían de dónde procedían los ángeles. Algunos aseguraban que descendían de las nubes. La mayoría creía que eran sólo criaturas de leyenda.

Por esta razón, entre otras muchas, hubo tal revuelo en la corte el día en que Marla nació y nada menos que un ángel se presentó en el palacio, solicitando audiencia al anciano rey Briand. Hablaron en privado, y ninguno de los dos hizo a nadie partícipe de lo que se trató en aquella inusitada reunión. Pero, a partir de entonces, Ahriel acompañó a Marla, para protegerla y servirla fielmente, a lo largo de toda su vida como princesa, primero, y como soberana de Karish, después de la muerte de su padre.

Marla había crecido bajo la sombra de las grandes alas de Ahriel. El ángel apenas había cambiado en aquellos diecisiete años, pero hacía ya mucho que la reina había dejado atrás la infancia.

Ahriel se había dado cuenta de ello. Lo apreció, una vez más, en los ojos de su protegida cuando ella le dijo, en voz baja pero desapasionada:

–Ahriel, hay un motivo por el cual quería hablar contigo: han asesinado al conde Aren, el embajador del reino de Saria.

El ángel frunció levemente el ceño, pero no dijo nada. Simplemente, esperó, porque sabía que Marla no había terminado de hablar.

–Fue cuando regresaba a Saria para ofrecer al rey mi propuesta de alianza. Los sarianos han encontrado su cuerpo. Alguien le había clavado un puñal en el corazón –Marla hizo una pausa; después añadió lentamente–. Un puñal forjado en Karishia, muy caro; pertenecía, sin duda, a alguien de la nobleza.

–Comprendo –asintió Ahriel.

Marla fijó en su ángel una mirada llena de preocupación.

–Alguien está intentando culparnos a nosotros del asesinato del conde. Aun suponiendo que el rey de Saria aceptase mi versión, no sé si con eso evitaríamos que nos declarasen la guerra, Ahriel. El conde Aren era muy querido, y en Saria circulan extraños rumores. Dicen que Karish ambiciona expansionarse hacia los reinos vecinos. ¡Los dioses saben que hemos pasado siglos defendiéndonos de las ambiciones de los reinos vecinos!

–Lo sé, señora –la tranquilizó Ahriel.

La reina no pudo quedarse sentada por más tiempo. Se levantó y comenzó a pasear arriba y abajo, nerviosa, reflexionando intensamente.

–Esos estúpidos rumores… –dijo por fin–. Los ataques a mercaderes sarianos en nuestras tierras… y el asesinato del conde Aren, que trabajaba por la paz entre todos los reinos. Alguien está tratando de provocar la guerra, pero… ¿quién?

–Podrían ser radicales sarianos, señora. O el núcleo de imperialistas de Ura. O agentes de otros reinos.

Marla frunció el ceño.

–De todas formas, Ahriel, la partida del conde se hizo en el más absoluto secreto, así como la ruta que seguiría.

–Eso significa que tienes a un traidor más cerca de ti de lo que sería deseable –Ahriel habló con gravedad, pero también con desapasionamiento–. Y, si trabaja para alguien que busca una guerra entre reinos, es posible que tú seas su próximo objetivo.

Marla no dijo nada. Se había detenido junto a la ventana y observaba cómo caía la tarde sobre la ciudad de Karishia.

–No temas, señora –añadió el ángel con suavidad–. Lo encontraré. Y acabará el resto de sus días en Gorlian, porque no merece un destino mejor.

Marla no dijo nada; sólo suspiró, casi imperceptiblemente. Ahriel inclinó brevemente la cabeza y salió de la habitación.
Ahriel encontró a Kab, el capitán de la guardia, en las caballerizas. Kab era un hombre fuerte y robusto, pero sobre todo astuto, que había luchado por Karish en mil batallas. Había comenzado trabajando como mercenario para el difunto rey Briand, el padre de Marla, cuando aún era muy joven. Su fidelidad hacia Karish y sus gobernantes era indiscutible.

–Ahriel –dijo Kab cuando el ángel entró en el establo–. Qué sorpresa.

Ella parecía resplandecer con luz propia en aquel lugar sucio y oscuro, apreció Kab cuando fijó sus ojos penetrantes en ella. Parpadeó, diciéndose que sería un efecto de la luz. Aunque la mayoría de la gente aún pensaba que los ángeles eran espíritus, y no seres de carne y hueso, los habitantes del palacio que habían tenido la ocasión de contemplar a Ahriel de cerca habían comprobado que ella era corpórea, material. A primera vista parecía sobrecogedora, casi una criatura divina. Con el tiempo, Kab había aprendido que los ángeles no eran tan diferentes de los humanos, al fin y al cabo. Desde su punto de vista, los ángeles sólo se diferenciaban de ellos en las alas, la belleza y el orgullo.

Ahriel avanzó sin reparos entre los montones de estiércol. Su rostro no mostraba la menor emoción.

–Kab, necesito hablar contigo. Asuntos de la reina.

El capitán miró al ángel un momento y suspiró. Palmeó el lomo de su yegua favorita, que parecía agotada tras una buena correría, y siguió a Ahriel hasta el exterior.

–Hay una conspiración para llevar al reino a una guerra contra Saria –informó el ángel cuando ambos, lejos de oídos indiscretos, paseaban por el patio–. Tal vez estos planes pasen por atentar contra la vida de la reina.

Kab asintió.

–He oído los rumores.

–Son algo más que rumores. El conde Aren ha sido asesinado, de camino hacia Saria.

Kab la miró fijamente.

–Entonces es más grave de lo que suponía.

–Hay un espía en palacio…

–Hay muchos espías en palacio.

–Éste es bueno, y está próximo a la reina.

Kab se acarició la barbilla, pensativo.

–Supongo que tienes razón. Yo ni siquiera sabía que el conde se había marchado. Y créeme, sé bastante de lo que sucede por aquí.

–¿Alguna idea?

Kab negó con la cabeza.

–Todos los hombres y mujeres de mi guardia son karishanos y leales a la reina Marla. Tú conoces y vigilas a los criados: sabes que ninguno de ellos sería capaz de descubrir nada que ella quisiese guardar en secreto. Y, por otro lado, el conde no tuvo relación con nadie mientras estuvo aquí, por consejo de la reina. Si exceptuamos a…

Se acarició la barbilla, pensativo.

–El joven bardo –concluyó–. Es sariano, ¿lo sabías?


–Saria nos ha declarado la guerra –suspiró la reina Marla días después.

Se habían reunido en uno de los salones más antiguos del palacio. Los tapices que recubrían las paredes no tenían precio: habían sido tejidos con motivo de la fundación del reino, varios siglos atrás.

–Confiemos en que el conflicto se solucione rápidamente y regrese el equilibrio a nuestra tierra –dijo Ahriel.

–¡El equilibrio! –repitió Marla–. Siempre estás hablando de ello, Ahriel, pero lo cierto es que nuestro mundo nunca ha conocido el equilibrio.

–Todavía existen distintos reinos. Eso significa que ninguno de ellos ha logrado oprimir a los demás.

Marla se detuvo para mirar fijamente a su ángel.

–¿Piensas de veras que, si alguien se proclamara emperador de todos los reinos, sería para oprimir a sus súbditos?

–Pienso, señora, que si ese emperador fuera elegido de común acuerdo, eso no tendría por qué ocurrir. Pero el odio y las suspicacias están demasiado arraigados en los corazones humanos. No se pondrían de acuerdo. Nadie aceptaría un emperador que no fuese de su tierra.

–Pareces conocernos muy bien, Ahriel.

–Soy una guerrera, pero eso no es lo habitual en mi pueblo. Los ángeles somos, fundamentalmente, observadores. No intervenimos en asuntos humanos salvo cuando éstos amenazan con alterar el equilibrio.

–Lo sé, lo sé, me lo has contado tantas veces… Pero no te he llamado para hablar del equilibrio, Ahriel. Hemos de acabar con esta guerra antes de que empiece y evitar así una larga contienda que desangraría a nuestro pueblo; y para ello he proyectado un plan… para asesinar al rey Ravard de Saria.

Un sonido, algo parecido a una exclamación ahogada, se oyó en el salón. Marla no lo había captado, pero el fino oído de Ahriel lo escuchó con claridad. Con un impulso de sus poderosas alas, llegó al otro extremo de la habitación en un instante y descorrió uno de los tapices.

Se topó con unos ojos castaños que la miraban con temor.

–Kendal –dijo Ahriel.

El bardo dio media vuelta y echó a correr.

Aquello no suponía ninguna sorpresa para Ahriel. Conocía perfectamente la existencia de aquel pasadizo secreto, y se había asegurado de que Kendal lo descubría también. Después de su conversación con Kab en el patio había pasado varios días vigilándolo, y había detectado su comportamiento furtivo; pero necesitaba una prueba concluyente. Por ese motivo había preparado una falsa reunión con la reina en el salón de los tapices. Se había asegurado de que Kendal se enterase, como por casualidad.

Y allí lo tenía.

Ahriel replegó las alas todo lo que pudo para que su alta figura pudiese pasar con facilidad a través del estrecho pasadizo. El muchacho corría ante ella, pero Ahriel sabía que no tenía escapatoria: Kab lo estaría esperando al otro lado.

Súbitamente lo perdió de vista, y dejó de oír sus pisadas en la oscuridad. Siguió adelante y se topó con una figura fornida.

–¡Ahriel! –era la voz de Kab–. ¿Se puede saber qué haces aquí? ¿Dónde se ha metido el chico?

Ella no respondió. Dio la espalda al capitán para volver sobre sus pasos.

–No puede haberse esfumado –gruñó Kab.

–No lo ha hecho –aseguró el ángel, que veía mejor que el humano en la oscuridad–. Mira esto: hay una encrucijada. Un pasillo a la derecha y otro a la izquierda. ¿Cómo hemos podido pasarlos por alto?

Kab gruñó algo y desapareció por el túnel de la derecha. Ahriel se internó por el de la izquierda.

Al cabo de un rato oyó una respiración entrecortada, y supo que había alcanzado a su presa. Entendió enseguida por qué.

El túnel no tenía salida. Probablemente se trataba de un falso pasadizo, para despistar a posibles perseguidores, y el camino correcto era el que había tomado Kab. En cualquier caso, Kendal había caído en la trampa.

Ahriel vio entonces al chico. Estaba acurrucado contra la pared y no se había percatado de su presencia, porque ella era silenciosa como una sombra. Alargó la mano hacia Kendal y lo agarró de la camisa. El bardo gritó, sobresaltado.

–No te muevas –dijo Ahriel fríamente.

Lo registró en la oscuridad, mientras Kendal se hacía a la idea de que lo habían capturado. No llevaba ningún arma.

–¿Qué vais a hacer conmigo? –se atrevió a preguntar.

Ahriel no contestó.

–Por favor –insistió el bardo–. Necesito saberlo. ¿Qué va a pasarme?

–Eso depende de cuánto estés dispuesto a contar –respondió Ahriel, empujándolo para que caminase delante de ella, de vuelta al corredor principal–. Pero yo diría que tu implicación en el asesinato del conde Aren va a costarte cara.

–¿¡Qué!? –soltó el muchacho, estupefacto–. ¡Pero si yo no…!

Se detuvo un momento y miró al ángel.

–Tú no puedes estar de su parte, ¿verdad? –preguntó de pronto–. A ti también te ha engañado.

Ahriel no respondió.

–Yo no traicioné al conde Aren, ¡era mi amigo! –protestó el chico–. ¡Saria no desea la guerra!

–Silencio –dijo Ahriel.

No había levantado el tono de voz, pero no fue necesario. Kendal, intimidado, obedeció.

Sin embargo, cuando estaban a punto de abandonar el túnel ciego, el joven bardo añadió suavemente:

–Karish no ha sido amenazado por otros reinos. Nadie se atrevería a atacar a un país cuya reina está protegida por los ángeles.

Ahriel no replicó.

En aquel momento se hizo visible la entrada del túnel, y vieron la imponente silueta de Kab recortándose contra ella. Kendal se revolvió y trató de escapar, pero Ahriel lo sujetaba con mano de hierro.

–¡Vaya, vaya! –dijo el capitán–. ¡Así que has cogido a la pequeña rata que olisquea tras las puertas!

El muchacho se volvió de nuevo hacia Ahriel, y ella pudo ver que tenía los ojos muy abiertos y estaba temblando de puro terror.

–Por favor, señora, tienes que creerme… –susurró apresuradamente–. Te ha mentido. ¡Lleva años moviendo hilos para apoderarse del reino de Saria!

Kab agarró al chico y lo apartó del ángel con brutalidad.

–Calla, miserable… No molestes a la dama –se volvió hacia ella–. La reina debe de estar esperándote. No te preocupes por este canalla: yo me encargo de él.

Ahriel asintió, pero se quedó un momento en el corredor, viendo cómo el capitán de la guardia arrastraba al muchacho, que se debatía con todas sus fuerzas, hacia el extremo opuesto del túnel. Sabía que éste acababa en el sótano… junto a las mazmorras.

Iba a darse la vuelta cuando aún oyó el grito desesperado de Kendal:

–¡Señora! ¡¡¡El capitán asesinó al conde!!!

Se oyó un golpe y un gemido. Ahriel se giró para ver qué había pasado, y vio a Kab arrastrando al muchacho inconsciente como un fardo desmadejado. También percibió, gracias a su extraordinario sentido de la vista, la extraña mirada que le dirigió el capitán.



Y sintió una rara inquietud.




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