Alberta Giménez Escritos literarios



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Alberta Giménez – Escritos literarios



La muñeca1

María - (Pensativa, dejando la muñeca encima de

un sillón, bien colocada)
Ya la tengo; al fin es mía,

mi llanto en gozo se trueca;

posee bella muñeca

la señorita María.

¿Qué nombre le irá pintado?

¿Cómo la debo llamar?

¡Así no podrá quedar!

¿Qué dirían en el Prado?

María es nombre muy bello;

pero es el mío también

y al llamar, no sabrá quién

debe contestar a ello.

¡Calle! ¡Es verdad! ¡Qué tontita!

Seguiré siendo María

y ella será Mariquita.
(Dirigiéndose a la muñeca)
¿Estás contenta, preciosa?

- Pues no llora, lo estará -

salimos del paso ya.

¡Qué vida tan trabajosa!



(Cogiendo la muñeca en brazos)
Puesto que ya tienes nombre,

hablaremos bien despacio:

quisieras un palacio,

no creas que esto me asombre;

yo, que soy muñeca viva,

según dice mi papá,

he pensado en esto ya,

pero hay algo que me priva.

Dicen que cuesta dinero,

¡mucho dinero! y aún más,

por eso no lo tendrás,

mas yo tampoco lo espero.

También es cierto y lo oí

que no están todos cual quieren

y en palacios también mueren,

aunque vivan bien allí.

Mi amiguita la Dolores,

que es hija de un gran señor,

vive con mucho esplendor

cerca de un jardín de flores.

Pero un día... Mariquita,

cuando menos lo pensó,

vestir de negro debió...

quedándose sin mamita.

Desde entonces ya no ansío

las grandezas de Dolores;

aunque le sobren las flores

y viaje siempre en estío.

Tú, monina, con razón

te alegras de estar conmigo;

ya verás cómo consigo

que vivas sin aflicción.

La comida no me apura,

basta el aire a todo pasto;

el traje sí, trae el gasto

para vestir con holgura.

Tus cabellos peinaré

con la peineta de concha

para no sacarte roncha,

y después los rizaré.

Tu cara lavar espero

con un trapito de lana

y así desde la mañana

parecerás un lucero.

Bien limpia la camisita

y el traje sin descosidos;

los zapatos bien bruñidos

y en el cuello una cintita

al verte, dirán gozosas

mis amigas que son buenas

que quitan todas las penas

las muñecas tan hermosas.

Y paseando cerca del corro

donde están varias mamás,

del Prado disfrutarás

ostentando el nuevo gorro.

¡Qué felices! ¡Si va a ser

mi vida contigo un Cielo!

Así se cumple mi anhelo

y parezco una mujer.


(Reparando en un papel que está encima de una mesilla, y dejando otra vez la muñeca en el sillón)
¡Qué veo!... (Leyendo) “La nueva lista

de una tómbola...” ¿Qué es eso?

No habrá en enterarse exceso;

pasemos por él revista.

(Leyendo) “Se solicita el concurso

de las personas piadosas,

para acciones muy hermosas

y arbitrar algún recurso.

Se admite cualquier ofrenda

aunque sea humilde y pobre,

todo vale, plata y cobre,

ya se sortee o se venda.

Los niños desamparados,

sin refugio y sin abrigo,

teniendo por enemigo

lluvias y vientos helados;

las muchachas temblorosas,

que sin pan ni zapatitos

tienden sus frías manitas

en las calles populosas;

todos esos infelices

pueden ser bien socorridos

por los niños bien nacidos

que en el mundo son felices”.

No leo más; me interesa

y hasta me va a hacer llorar;

¡pero yo no puedo dar

nada! ¡esto, a fe, me pesa!

Pediré a mamá dos reales,

de dos domingos a cuenta...

(Mas ya le debo sesenta,

que son tres duros cabales).



(Dirigiéndose a la muñeca)
Lo que costó Mariquita;

no llores; no lo reprocho,

ni que fueran ciento y ocho

lo sintiera por mi hijita.

¡Pero si nada poseo,

y los pobres tienen frío!

¡Qué compromiso, Dios mío!

Yo la salida no veo.

¡Una idea... la muñeca!
(Repentinamente, casi desesperada)
Pero, ¡es idea terrible!

No, no; nunca; imposible;

¡el gozo en llanto se trueca!.
(Dirigiéndose a la muñeca)
¡Mariquita! ¡Estás risueña!

No sabes lo que me pasa;

¡tener que echarte de casa

cual si no fueses la dueña! (Llora)

Ya no te podré peinar

ni rizar esos cabellos

ni enjugar los ojos bellos

que no hacen más que mirar.

No te veré de mañana

con tu limpia camisita,

orlada con la cintita

que cosí de buena gana.

Y en el Prado estaré sola

sin mi pobre compañera,

mientras turba vocinglera

arma alegre batahola2 ...


¿Mas esos niños hambrientos

y esas niñas sin calzado,

que pisan en empedrado

y soportan fríos vientos...?


¡Valor! Tal vez hallará

otra dueña y más espacio

en el jardín de un palacio

y allí feliz vivirá.


(Cual si la sacudiese una idea salvadora)
¡Pero qué aturdida soy!

¡Si tengo el remedio a mano!

Ese relojito plano

es mío; a arreglarlo voy.

Con mi estudio lo gané,

y es mío por todos lados...


Los niños serán salvados

y mi hijita guardaré.


(Coge la muñeca y la besa)
Mariquita, cielo mío,

¿me miras? puedes sonreír,

juntas vamos a vivir

y felices; yo lo fío.


(Elevando al Cielo las manos)
Dios, que me dejas guardar

a mi bella Mariquita...

de esta niña pequeñita

recibe gracias sin par.




1 Mariquita es la muñeca preferida de María. La niña se dirige en forma de monólogo a su muñeca. A través de estos versos, se descubre un marcado carácter social; y como en otras ocasiones, la Madre se sirve de la literatura para ofrecer a sus alumnas enseñanzas morales. Se ignora la fecha de composición.


2 Batahola: Bulla, ruido grande.


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