Alocución pronunciada por el Santo Padre en el aula del Sínodo, el día 10 de marzo de 1984, con motivo de la celebración del primer centenario de la muerte del P. Gregorio Mendel1



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Alocución pronunciada por el Santo Padre en el aula del Sínodo, el día 10 de marzo de 1984, con motivo de la celebración del primer centenario de la muerte del P. Gregorio Mendel1

Con íntimo gozo y vivo sentido de reconocimiento me uno al triple homenaje que le rinden al P. Gregorio Mendel, la Orden Agustiniana, a la que pertenece, el Consejo Pontificio para la Cultura y el Instituto Gregorio Mendel de Roma.

Gregorio Mendel fue un hombre de fe a partir de su nacimiento en una familia profundamente católica de Moravia. De la familia a la parroquia, de la escuela al convento, su camino fue, por así decirlo, del todo natural. Antes de llegar a ser un hombre de cultura y de ciencia, Gregorio Mendel fue un hombre de fe. Y tal se mantuvo, uniendo en estrecho abrazo, como lo hicieron otros, pero de una manera mas selecta, la vida cristiana y monástica con las investigaciones científicas, conservando siempre el genio de su inteligencia natural, dirigido por igual hacia el Creador para alabarlo y hacia la Creación para descubrir las leyes escondidas en ella por la providente sabiduría de Dios.

¿Acaso no es propio de la cultura saber juntar con armonía los modos de vivir con las razones de vivir, saber encarnar a éstas en aquellos, en una honda síntesis creativa, en la cual el deber de dar soluciones se nutre en un ideal compartido? De este modo, Gregorio Mendel fue un hombre de cultura cristiana y católica, en cuya existencia la oración y la alabanza sostenían la búsqueda del observador paciente y la reflexión del científico genial.

Hombre de fe y de cultura, Gregorio Mendel fue también un hombre de ciencia, y nosotros, sin duda, no celebraríamos hoy ni lo uno ni lo otro, si a ello no nos indujese el renombre que sus trabajos y descubrimientos científicos le dieron a su vida austera de sacerdote y de abad agustiniano. El humilde pero genial estudioso de los cruzamientos del “pisum sativum” ha llegado a ser el padre de la genética moderna, cuyas leyes de herencia todavía hoy se enseñan a los estudiantes desde cuando comienzan la secundaria. No es cierto que el Superior del Convento de los Agustinos de Brno merezca el reproche de Agustín, cuando él se lamentaba de que muchos “son mas dados a admirar los hechos que a buscar sus causas” (Epist. 120, 5). Mendel supo hacer lo uno y lo otro.

A ejemplo de su maestro, San Agustín, al seguir la propia vocación personal, Gregorio Mendel, en la observación de la naturaleza y en la contemplación de su Autor, conjugó en un mismo ímpetu la búsqueda de la verdad con la certeza de conocerla en el Verbo Creador, luz depositada en todo hombre y refulgente en lo íntimo de las leyes de la naturaleza, que el científico estudioso descifra con toda paciencia.

Bien lejos de oponerse a la fe, la verdadera ciencia se asocia con ella en simbiosis profunda, en la que el conocimiento y el amor van a la par. Ya lo anotaba San Agustín en un pasaje sobre el cual, el Abad del monasterio de Brno, se habrá detenido a meditar, mas de una vez; “La belleza de la tierra es como una voz muda que se levanta de la tierra. Tú la observas, miras su belleza, su fecundidad, sus recursos; ves cómo se reproduce una semilla haciendo germinar, las mas de las veces, una cosa distinta de lo que se había sembrado. Consideras todo esto, y con la reflexión casi como que te pones a preguntarle...... Lleno de estupor continúas la investigación y escrutando a fondo, descubres una gran fuerza, una gran belleza y un estupefactivo vigor. No pudiendo la tierra tener en si ni por si semejante poder, al instante te viene el pensamiento de que si no lo tiene de por si, alguien se lo ha dado, el Creador. De esta forma, lo que has descubierto en la criatura es la voz de su confesión que te lleva a alabar a Dios” (En. in ps. 144, 13).

Gregorio Mendel fue un investigador de primer plano. Su gran mérito, bajo este aspecto, es el de haber iniciado una nueva línea de investigación que abrió el camino para llegar a los conocimientos y conquistas mas sorprendentes en el campo de la biología. Cuidadoso observador, Mendel quedó impresionado por la regularidad con que algunos caracteres específicos relativos a flores y semillas de diversas variedades de plantas, se iban transmitiendo a través de las sucesivas generaciones.

De esta regularidad, según lo asegura él mismo en su obra original, quiso sacar la “ley general”. El estaba consciente de la seriedad de su trabajo. En las mismas páginas de su libro, entre las observaciones de la introducción, escribía: “El hecho de que hasta ahora no se haya logrado formular una ley general, no causa admiración a quien conoce la amplitud del tema y está en condiciones de apreciar las dificultades que se encuentran en este tipo de experimentos.

Una decisión final solo se podrá tomar cuando se posean los resultados de experimentos concretos, efectuados en plantas pertenecientes a diversos órdenes.... En realidad, se requiere no poca valentía para enfrentar esa fatiga de tan gran envergadura. De todos modos, esta parece ser la sola vía justa para alcanzar la solución de este asunto, que en vista de la historia de la evolución de las formas orgánicas, no es de pequeña importancia” (G. Mendel: Versuche über Plantzen – Hybriden. Texto original reeditado en J. Krizenécky: Fundamenta genetica, Praga 1965, con motivo de la celebración del centenario de la publicación).

Sus experimentos se prolongaron por cerca de ocho años (1856 – 1863), siguiendo un plan preparado y ejecutado con todo rigor, constantemente ampliado, a medida que llegaban con motivo del examen de los datos recogidos, mas estímulos y nuevas pruebas. Fue un trabajo desmesurado que Fischer - cuyo rigor critico es bien conocido por los estudiosos de la genética - define como “uno de los mas grandes progresos experimentales en la historia de la Biología”, alcanzado (son palabras de Fischer) a través de investigaciones experimentales, concluyentes en sus resultados, lúcidas sin reserva alguna en la presentación y vitales para la comprensión, no de un solo problema de interés ordinario, sino de muchos”. (R.A. Fischer, Introductory notes on Mendel’s paper. En J. H. Bennet, Experiments in plant hybridization. Mendel’s original paper in English translation with commentary and assessment by late Sir Ronald A. Fischer, Oliver and Bryd 1965, pp. 1 –16).

Gracias a esta labor, acompañada de un análisis agudo, fundamentado sobre los mas simples axiomas del cálculo de variaciones, cuyas bases matemáticas se estaban fijando precisamente en ese período, el Abad Mendel, además de las leyes que toman su nombre, llegó a un descubrimiento esencial: a saber, la existencia de “unidades hereditarias” portadoras de caracteres, las cuales se ‘separan’ en los gametos y se combinan y recombinan, según leyes bien determinadas, en las generaciones sucesivas.

Con Gregorio Mendel, pues, la rama de la ciencia conocida con el nombre de “Genética” inició su desarrollo. Desde entonces a hoy, se demostró la real existencia de las “unidades hereditarias”, llamadas “genes”, mas o menos unos veinte años después de su muerte; se determinó su localización en concretas estructuras celulares, se definió su naturaleza, se analizó su estructura, se comprendió su función. Hoy se logra construir los genes en el laboratorio.

Estas unidades biológicas, cuya existencia fue descubierta por Gregorio Mendel, están ahora en manos del hombre, el cual, mediante un riguroso método científico ha alcanzado el pleno conocimiento de ellas. ¿Tendrá el hombre la capacidad de utilizar las maravillosas conquistas de esta rama de la ciencia, iniciada en el huertecillo de Brno, para servicio exclusivo de la humanidad?

Gregorio Mendel entrevió algo en el futuro, cuando al presentar los resultados de sus investigaciones, subrayó que ellos darían “la solución de un asunto, que en vista de la historia de la evolución de las formas orgánicas, no era de pequeña importancia”. El hombre comienza a tener hoy en sus manos el poder de la propia evolución. La medida y los efectos, buenos o no, de dicho control, dependerán no tanto de la ciencia sino mas bien de la sabiduría. Ciencia y sabiduría que están armonizadas, de una manera muy significativa en Gregorio Mendel.

Al expresar mi deseo de que los investigadores de hoy y de mañana, siguiendo el ejemplo del gran naturalista que estamos conmemorando, no vayan nunca a desligar la ciencia que indaga los secretos de la naturaleza de la sabiduría que orienta el camino del hombre sobre la tierra, imparto de corazón a todos los aquí presentes y a cuantos gastan sus energías en la investigación, mi Bendición Apostólica.




1 Texto original italiano en ACTA O. S. A., XXX, 1985, 7-10.


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