Alpha Centauri, La Estrella Más Próxima



Descargar 0.79 Mb.
Página1/9
Fecha de conversión13.03.2017
Tamaño0.79 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9




Isaac Asimov

Alpha Centauri, La Estrella Más Próxima

A JOHN MINAHAN y al personal de la revista American Y~a por dos años de agradabilisima asociación.

Las constelaciones El movimiento le la Luna

Imaginaos una noche oscura y sin nubes en alguna zona rural en la que no haya alumbrado urbano ni luces de autopistas. En una noche así, veríamos lucir las estrellas con más brillo y en mayor número de lo que es posible actualmente en muchos lugares en condiciones ordinarias.

Veríamos cientos y cientos de ellas, algunas brillantes y otras débiles, formando diversas agrupaciones o figuras.

Si las observásemos todas las noches, podríamos empezar a reconocer algunas de esas configuraciones: aquí dos estrellas brillantes próximas entre sí, allá un grupo de siete estrellas que recuerda la forma de un cucharón, en otro lugar tres estrellas de brillo medio dispuestas en línea, con dos más brillantes por encima y otras dos por debajo.

Podríamos notar que tales figuras permanecen siempre iguales, noche tras noche, año tras año. Quizá observaríamos también que estas configuraciones van cambiando de posición cada noche. Un determinado grupo de estrellas puede que se hallara cierto día cerca del horizonte oriental al caer la noche; cada noche, a la misma hora, ese grupo estaría cada vez más alto en el firmamento, hasta llegar a la máxima altura que le es dado alcanzar y luego ir descendiendo hacia el horizonte occidental.

Llegaría un momento en que ya no sería posible verlo al anochecer, porque se hallaría por debajo del horizonte en el oeste. Pero entonces, si esperáramos el tiempo suficiente, aparecería de nuevo en el horizonte oriental a la hora del crepúsculo vespertino. El tiempo que cualquier grupo de estrellas necesita para su movimiento completo alrededor del firmamento es de 365 días.

Ahora bien, ¿nos molestaríamos en observar las estrellas noche tras noche, hasta que empezásemos a reconocer sus agrupaciones y ver la forma en que se mueven? Es evidente que miraríamos al cielo con gran atención si nos reportara alguna utilidad. Hace muchos años, antes de que existiesen los relojes, los hombres solían estudiar el movimiento de las estrellas mientras éstas desfilaban a través del cielo, para hacerse una idea de si era antes o después de media noche y de cuánto tiempo podía faltar hasta el amanecer.

En el firmamento había otro objeto que, para la gente de la antigüedad, tenía mucha más importancia que las simples estrellas y que, por otro lado, era mucho más fácil de observar: la Luna.

Las estrellas son meros puntos luminosos, mientras que la Luna es una superficie iluminada bastante grande.

Las estrellas presentan el mismo aspecto noche tras noche: la Luna cambia de forma. Unas veces es un círculo luminoso completo, otras es sólo un semicírculo o una delgada raja de luz.

Luna sólo hay una, de manera que es mucho más fácil mirarla y estudiarla que tratar de observar cientos y cientos de estrellas. Es mucho más grande y más brillante que cualquier estrella, y sus cambios de forma resultan fascinantes. Cabria asegurar que los hombres ya observaban la Luna nocturna antes de prestar una atención muy detenida a las estrellas.

No hace falta observar la Luna durante mucho tiempo para ver que cambia de forma de un modo regular. Podemos verla muy baja en la parte occidental del firmamento, cualquier noche inmediatamente antes de la puesta del sol; es un fino creciente, apenas perceptible. Es más, se está poniendo y desaparece tras el horizonte occidental poco después que el Sol.

La noche siguiente, el creciente es más grueso; aparece más alto en el cielo, y se pone más tarde. Una noche después, el creciente es más grueso todavía. Al cabo de siete noches, es un semicírculo de luz que se encuentra encima de nuestras cabezas a la puesta del Sol y que no se pone hasta media noche. Entonces está en "cuarto creciente".

La Luna continúa creciendo noche tras noche, y cada vez se encuentra más lejos del Sol al ocultarse éste. Finalmente, catorce días después de su primera aparición en forma de creciente en el cielo occidental, se presenta como un circulo luminoso completo, una «Luna llena», y se halla tan lejos del Sol, que aquélla está saliendo por el Este cuando éste se pone por el Oeste.

Después, la Luna aparece en el firmamento a la puesta del Sol. Está tan alejada de éste que se halla más allá del horizonte oriental. Sale, desde luego (cada noche más tarde) y, a medida que van pasando noches, se va haciendo más y más delgada. Finalmente, sale de nuevo en forma de media luna ("cuarto menguante") al filo de la media noche.

Continúa saliendo cada vez más tarde y haciéndose cada vez más delgada, hasta que otra vez aparece como un fino creciente que sale justo al amanecer, no mucho antes que el Sol. Un par de días más tarde, la fina raja de Luna se deja ver muy baja en el oeste inmediatamente después de la puesta del Sol, y todo el ciclo comienza de nuevo. Se habla de una «Luna nueva» cuando por primera vez aparece ese creciente en el oeste.

La Luna parece realizar un circuito completo en el firmamento, empezando cerca del Sol y retornando de nuevo a él. Mientras lo hace, pasa por todas sus fases: de Luna nueva a cuarto creciente (media Luna), a Luna llena, otra vez a media Luna (cuarto menguante), y a Luna nueva. El tiempo que emplea la Luna en describir su circulo completo en el cielo, de Luna nueva a Luna nueva, es veintinueve días y medio, y a Este periodo de tiempo se le llama un "mes"

¿Por qué es importante todo esto? Porque la Luna fue el primer calendario que tuvieron los seres humanos (y todavía hoy sigue siendo la base de los calendarios judío y musulmán).

También existen ciertos ciclos de estaciones. Hay estaciones lluviosas y estaciones secas, estaciones cálidas y estaciones frías, épocas en que la caza es muy abundante y otras en que no lo es, unas en que se puede contar con hallar frutos en los árboles y arbustos, y otras en que no.

Estas estaciones se repiten de un modo regular. En los tiempos primitivos, aquellos que eran capaces de averiguar la forma en que se producía esta repetición y sabían cuándo había que esperar cada cambio, podían prepararse mejor para las nuevas condiciones, y vivir bien y con mayor comodidad.

Esto continuó siendo cierto después de que el hombre aprendiera a explotar la tierra: a sembrar, cultivar y recoger las cosechas. Tenía que saber cuándo era la mejor época para sembrar o plantar y para cuándo podía esperar la recolección. Para ser un buen agricultor había que entender los cambios de las estaciones y ser capaz de preverlos.

Resultaba que cada doce meses (más un pequeño tiempo adicional) las estaciones empezaban a repetirse. Esos doce meses formaban un año. En los tiempos antiguos, los hombres esperaban impacientemente cada Luna nueva y celebraban su aparición con una fiesta religiosa. Contaban las Lunas nuevas para saber exactamente cómo ordenar sus cultivos y sus vidas con arreglo a las estaciones.

A medida que la Luna pasaba por su ciclo de cambios a lo largo del mes, variaba su posición con respecto a las estrellas. Una noche podía estar próxima a un determinado grupo de estrellas, pero la noche siguiente estaría más hacia el Este, cerca de otro grupo vecino del primero, y la tercera noche aún más desplazada hacia el este, y así sucesivamente.

Incluso aquellas personas que no sintieran inclinación a estudiar las estrellas por puro interés en ellas, considerarían importante hacerlo si ello les proporcionaba una mayor comprensión de los movimientos de la Luna. En esta forma, por el estudio de los movimientos de la Luna, es como puede haber tenido su principio la astronomía.

Los primeros astrónomos importantes que dejaron testimonios o registros escritos vivieron en Sumeria, tierra situada en lo que hoy es el Sur de Irak, hace unos cuatro o cinco mil años.

A los astrónomos sumerios les pareció útil fijarse en unos veintiocho grupos de estrellas («estaciones de la Luna») a lo largo del recorrido de ésta. La Luna se desplazaba desde un grupo en una noche determinada al grupo inmediato la noche siguiente, etc. Así, con un rápido vistazo a la Luna en el firmamento nocturno, podían saber cuántos días habían transcurrido desde la última Luna nueva y cuántos faltaban hasta la siguiente.

El Sol y el Zodíaco Sin embargo, la Luna no es un calendario perfecto.

Si contamos doce meses lunares (de Luna nueva a Luna nueva), el resultado que obtenemos es 354 días. El ciclo de las estaciones es más largo. La primavera empieza cada 365 días y 1/4 (por término medio). Si uno sembrase sus semillas en una determinada Luna nueva y luego, cuando hubiesen transcurrido doce meses, las sembrase de nuevo, estaría haciéndolo con once días de adelanto.

Cuando esto se hubiera repetido unas cuantas veces, estaría haciendo la siembra en mitad del invierno, y no obtendría cosecha alguna.

Un posible método para corregir esto consiste en esperar hasta que el calendario lunar se atrase un mes con respecto a las estaciones, y añadir entonces un mes adicional, de modo que el calendario lunar concuerde nuevamente con las estaciones. Ello significa que algunos años tendrán doce meses, y otros, trece. En realidad, se llegó a elaborar un sistema en el que los años se agrupaban por cidos o conjuntos de diecinueve, algunos de los cuales tenían doce meses y otros trece, según una pauta que se repetía cada diecinueve años. Los babilonios y los antiguos griegos tenían un calendario de este tipo; y el calendario religioso judío ha continuado siendo así hasta nuestros días.

Una vez que los primeros astrónomos empezaron a marcar las estaciones de la Luna, se dieron cuenta de que el Sol se movía también con respecto a las estrellas.

Noche tras noche, cada estación de la Luna se hallaba a una distancia del Sol ligeramente diferente. El Sol seguía alrededor del cielo una trayectoria circular (medida por su posición entre las estrellas), trayectoria que difería ligeramente de la de la Luna. Las dos sendas se cruzaban en dos puntos, en lados opuestos del firmamento. Llegó un tiempo en que se dio al camino o trayectoria del Sol el nombre de «elíptica», porque cuando el Sol y la Luna coincidían simultáneamente en su llegada a uno de los puntos de cruce, la Luna pasaba por delante del Sol y se producía un eclipse.

La Luna, en su movimiento, una vez cada 27 1/3 días, alrededor del cielo con respecto a las estrellas, no completaba un ciclo exacto de sol a sol. Durante todo ese tiempo, mientras la Luna se movía, el Sol se estaba desplazando también, pero mucho más lentamente. La Luna necesitaba sólo un poco más de dos días adicionales para alcanzar al Sol, de modo que el circuito completo de la Luna por el cielo, de sol a sol, era de 29 1/2 días.

Estas pequeñas complicaciones en el movimiento de la Luna hicieron que los astrónomos tuvieran que permanecer siempre atentos, lo cual fue bueno, El intento de resolver todos los detalles del movimiento de la Luna les llevó a pensar en el movimiento del Sol, y de esto pasaron a otras cosas. Cuando algo resulta demasiado fácil, la gente tiende a satisfacerse con excesiva facilidad, y no se realiza ningún progreso. La mayor lentitud del movimiento del Sol significa que su giro completo alrededor del firmamento, contra el fondo de las estrellas, le lleva 365 1/4 días. Lo importante en cuanto a esto es que el tiempo que emplea el Sol en realizar un circuito completo en el firmamento es exactamente el que las estaciones tardan en repetirse.

Si uno se guía por la posición que ocupa el Sol entre las estaciones de la Luna, en vez de por la posición de ésta, podrá sembrar y cosechar cada año en las mismas épocas, sin fallo alguno. Asimismo, podrá esperar que cada año la época de lluvias o de la crecida de un río se produzca por las mismas fechas.

Era mucho más práctico vincular el calendario a los movimientos del Sol que a los de la Luna. En lugar de hacer que cada mes tuviera 29 ó 30 días para coincidir con la llegada de cada Luna nueva, se le podía dar 30 ó 31 días, de modo que doce de ellos coincidieran exactamente con la repetición de las estaciones.

A pesar de ello, tal «calendario solar» no fue aceptado rápidamente por los antiguos. El calendario «lunar», o basado en la Luna, había llegado a adquirir un carácter tan tradicional que la gente no quería abandonarlo. Los antiguos egipcios fueron los primeros que adoptaron un calendario solar. En el año 46 a. C., Julio César impuso a los romanos el calendario egipcio.

Mientras tanto, incluso las naciones que se aferraban a un calendario lunar se dieron cuenta de la importancia que tenía el estudio del movimiento del Sol y se elaboró un sistema de «estaciones solares». La eclíptica se dividió en doce secciones, cada una de las cuales era la distancia en la que el Sol se desplazaba en un mes.

Supongamos que en la época de la siembra en primavera se encuentra en la estación solar 1. Al mes siguiente pasará a la estación solar 2, a la 3 un mes más tarde, y así sucesivamente. Cuando vuelva a la estación solar 1, será de nuevo tiempo de sembrar (en realidad no es posible ver en qué estación se encuentra el Sol, porque su reverbero enmascara completamente las estrellas situadas en su proximidad. Sin embargo, se pueden ver las estaciones solares próximas a ella inmediatamente después del ocaso y antes del orto o amanecer, y en esta forma se puede saber en qué estación se encuentra el Sol una vez aprendidas todas de memoria.)

Cada estación contiene una configuración o agrupamiento de estrellas diferente, y si uno conoce cada una de estas doce configuraciones, dispone de un calendario de las estaciones. Cada estación solar va asociada a la agrupación o configuración de estrellas correspondiente, a la que se ha dado una denominación llamativa, basada en un objeto que pueda verse en ella. Así es más fácil recordarla y reconocerla. En cierto momento, se dio a estas agrupaciones o configuraciones de estrellas el nombre de "constelaciones", derivado de palabras latinas que significan «estrellas tomadas en conjunto».

Diríamos, pues, que el Sol, al desplazarse a lo largo de la elíptica y trazar su círculo alrededor del firmamento, cruza las doce constelaciones, llevándole un mes el paso por cada una de ellas.

Los nombres de las diversas constelaciones se han derivado algunas veces de animales conocidos. En un lugar de la elíptica, por ejemplo, hay un grupo de estrellas curvado como una S, bastante parecido al cuerpo de un escorpión. En uno de sus extremos, las estrellas parecen formar una curva pronunciada como la cola de este animal, y en el otro extremo, dos curvas de estrellas semejan unas pinzas. Naturalmente, esa constelación recibe el nombre de «Escorpión».

Como es lógico, cada uno de los países que han estudiado esta constelación en forma de escorpión la conocía por el nombre del animal en su propia lengua. Hoy, sin embargo, los astrónomos de todos los países usan la palabra latina. La palabra latina que designa al escorpión es scorpius, de manera que así es como llamamos a la constelación. Podemos decir, por ejemplo, que «el Sol está en Scorpius», y todo el mundo sabrá lo que queremos decir.

En otra parte de la eclíptica hay un grupo de estrellas en forma de V, que recordaba la cabeza de un toro con dos largos cuernos. A esa constelación se la llamó el "Toro". La palabra latina que significa toro es taurus, y ése es el nombre de esta constelación.

Puesto que muchas de las constelaciones que hay a lo largo de la elíptica llevaban nombres de animales, los griegos llamaron al conjunto de las doce zodiakos, que en griego significa «círculo de animales». Nosotros lo llamamos «Zodíaco».

El Zodíaco fue concebido en su forma actual alrededor del año 450 a. C. por un astrónomo griego llamado Enópides. En la tabla 1 tenemos la lista de las doce constelaciones del Zodíaco.

El Sol y la Luna no eran los únicos cuerpos celestes cuyas trayectorias pasaban por las constelaciones del Zodíaco. Había también cinco objetos brillantes, semejantes a estrellas, que se desplazaban de una a otra constelación siguiendo trayectorias o sendas más complicadas que las del Sol y la Luna. Los astrónomos de cada país dieron a estos brillantes cuerpos de aspecto estelar los nombres de diversos dioses o diosas a los que adoraban. Actualmente, los nombres oficiales de estos cuerpos, utilizados por los astrónomos de todo el mundo, son los de dioses y diosas romanos. Estos cinco cuerpos son: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno.

Puesto que el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno se desplazaban todos con respecto a las estrellas y todos ellos seguían trayectorias que daban la vuelta alrededor del firmamento, los griegos los denominaron planetas, de una palabra de su idioma que significa «errantes». Las demás estrellas, que no se desplazaban, sino que permanecían siempre en su sitio, fueron conocidas como «estrellas fijas».

Los antiguos astrónomos estaban interesados principalmente en el movimiento de los planetas. Puesto que la posición del Sol se podía utilizar para predecir los cambios de las estaciones, surgió la noción de que se podría emplear la posición del conjunto de todos los planetas para predecir toda clase de cosas acerca del futuro de las naciones, de los reyes e incluso de la gente común.

Esto dió origen al estudio de la «astrología», que todavía hoy goza de gran popularidad, aun cuando los astrónomos modernos la consideran carente de sentido.

Para los astrólogos, los planetas y el Zodíaco eran suficientes.

TABLA 1. Las constelaciones del Zodíaco (en el orden tradicional)

Nombre latino

Nombre en español:



Aries

Carnero

Taurus

Toro

Gemini

Gemelos

Cancer

Cangrejo

Leo

León

Virgo

Virgen

Libra

Balanza

Scorpius

Escorpión

Sagittarius

Sagitario

Capricornus

capricornio

Aquarius

aquario

Pisces

pisis

Sin embargo, una vez que uno empieza a estudiar las estrellas, no se detiene fácilmente. Fuera del Zodíaco existen interesantes agrupaciones o configuraciones, y alrededor del año 275 a. C. un astrónomo griego llamado Aratus se dedicó a describir diversas constelaciones no zodiacales y a dar nombre a las mismas.

Su trabajo fue mejorado alrededor del 135 d. C. por un astrónomo griego que vivía en Egipto. Su nombre era Claudius Ptolemaeus, pero en la actualidad se le conoce usualmente por Tolomeo. Relacionó no sólo las doce constelaciones del Zodiaco, sino también otras treinta y seis situadas fuera de éste.

Tolomeo incluyó en cada constelación sólo aquellas estrellas que parecían formar el dibujo del animal, persona u objeto cuyo nombre le atribuía. No incluyó en su lista las estrellas que quedaban entre tales dibujos o figuras.

Los astrónomos modernos no podían consentir este estado de cosas. Una vez que se inventó el telescopio, se descubrió un enorme número de estrellas cuyo brillo era demasiado pequeño para poder verlas a simple vista.

Entre las constelaciones, tal como habían sido dibujadas en los tiempos antiguos, había grandes cantidades de estrellas.

En la actualidad, los astrónomos no hacen caso de los dibujos antiguos. Tomando como base las antiguas constelaciones, dividen el cielo en áreas o secciones desiguales, limitadas por líneas rectas. Cada una de estas secciones contiene las estrellas de una de las constelaciones de Tolomeo (a excepción de algunos casos en que se ha dividido una constelación grande, o en que se han agregado aquí o allá otras nuevas de pequeño tamaño. Las constelaciones cubren ahora todo el cielo, y no hay ninguna estrella que no se halle incluida en una constelación u otra.

Los astrónomos dividen ahora el cielo en ochenta y ocho constelaciones, las cuales aparecen relacionadas en la tabla 2. Las ochenta y ocho constelaciones tienen formas desiguales y diferentes tamaños. El resultado final habría sido más pulcro si se hubiera podido dividir el cielo en trozos o secciones uniformes e iguales, pero ya es imposible abandonar las constelaciones que los astrónomos han venido empleando a lo largo de siglos.

Por otra parte, no resultaría conveniente fraccionar las configuraciones estelares más prominentes o destacadas, cuyos tamaños son diversos.

La mayoría de las denominaciones empleadas no necesitan explicación alguna (casi la mitad de ellas son nombres)

TABLA 2.--Las constelaciones



Nombre latino Nombre español

Andromeda

Andrómeda

Antlia

Máquina neumática

Apus

Ave del paraíso

Acuarius

Acuario

Aquilae

Aguila

Ara

Altar

Aries

Carnero

Auriga

Cochero

Bootes

Boyero

Caelum

Buril

Camelopardalis

Jirafa

Cancer

Cangrejo

Canes Venaúci

Lebreles

Canis Maior

Can Mayor

Canis Minor

Can Menor

Capricornus

Capricornio

Carina

Ouilla

Cassiopeia

Casiopea

Centaurus

Centauro

Cepheus

Cefeo

Cetus

Ballena

Chamaeleon

Camaleón

Circinus

Compás

Columba

Paloma

Coma Berenices

CabeUera de Berenice

Corona Australis

Corona Austral

Corona Borealis

Corona Boreal

Corvus

Cuervo

Crater

Copa

Crux

Cruz del Sur

Cygnus

Cisne

Delphinus

Delfín

Dorado

Dorada

Draco

Dragón

Equuleus

Caballito (o Caballo menor)

Eridanus

Erídano

Fornax

Hornillo

Gemini

Gemelos

Grus

Grulla

Hercules

Hércules

Horologium

Reloj

Hydra

Hidra Hembra

Hydrus

Hidra Macho (o Hidra Austral)

Indus

Indio

Lacerta

Lagarto

Leo

León

Leo Minor

León Menor

Liebrillas

Liebre

Libra

Balanza

Lupus

Lobo

?

Lince

?

Lira

?

Montaña de la Mesa

Microscopium

Microscopio

Monoceros

Unicornio

Musca

Mosca

Norma

Escuadra

Octans

Octante

Ophiuchus

?

Orion

Orión

Pavo

Pavo

Pegasus

Pegaso

Perseus

Perseo

Phoenix

Fénix

Pictor

Pintor

Pisces

Peces

Piscis Australis

Pez Austral

Puppis

popa

Pyxis

Brújula

Reticulum

Retículo

Sagitta

Flecha

Sagittarius

Sagitario

Scorpius

Escorpión

Sculptor

Escultor

Scutum

Escudo de Sobieski

Serpens

Serpiente

Sextans

Sextanu

Taurus

Toro

Telescopium

Telescopio

Triangulum

Triángulo

Triangulum Australe

Triángulo Austral

Tucana

Tucán

Ursa Maior

Osa Mayor

Ursa Minor

Osa Menor

Vela

Velas

Virgo

Virgen

Volans

Pez Volador

Vulpecula

Zorra o Raposilla

Hay unas cuantas que no son fáciles, y las explicaré brevemente: "Andrómeda" era el nombre de una joven de la mitología griega, a la que encadenaron a las rocas costeras como sacrificio a un monstruo marino.

"Casiopea" era el nombre de la madre de Andrómeda.

"Cefeo" era el padre de Andrómeda.

La Berenice de «La Cabellera de Berenice» fue reina de Egipto hacia el año 220 a. C.

"Hércules" era el nombre de un héroe de la mitología griega dotado de extraordinaria fuerza corporal.

"Orión" era el nombre de un gigantesco cazador de la mitología griega.

"Pegaso" era el nombre del caballo alado en los mitos griegos.

"Perseo" fue el héroe de los mismos mitos que, cabalgando a Pegaso, rescató y liberó a Andrómeda.

El más importante de todos, desde el punto de vista de este libro, es el «Centauro». Se trataba de un monstruo de la mitología griega al que se representaba con cabeza, tronco y brazos de hombre, y con cuerpo y patas de caballo.

Subdivisión y delimitación de la Tierra y del cielo:

Las ochenta y ocho constelaciones conocidas por los astrónomos actuales son bastantes más que las cuarenta y ocho relacionadas en la lista de Tolomeo. Algunas de ellas llevan nombres que Tolomeo jamás habría podido darles. No podría haberlas denominado «Microscopium» ni «Telescopium», porque él nunca vio microscopios ni telescopios, ni supo de ellos. Del mismo modo, tampoco tuvo conocimiento de la brújula marina, ni del tucán, que es un ave de enorme pico, originaria de la América tropical.

La verdad es que ni Tolomeo ni ninguno de los astrónomos antiguos pudo ver todo el firmamento, por lo que antes de los tiempos modernos quedaba una gran parte de él que no estaba dividida en constelaciones. Cuando, finalmente, los astrónomos pudieron estudiar en detalle la parte no subdividida del cielo, la dividieron en constelaciones adicionales, a veces con nombres modernos.

Uno de los objetos celestes que los antiguos astrónomos no tuvieron ocasión de ver, es el que constituye el tema de este libro. Por consiguiente, vale la pena que comprendamos por qué causa permaneció oculto durante tanto tiempo. Esta es la razón: La Tierra gira alrededor de su eje de oeste a este, mientras que el cielo permanece inmóvil. El hombre que está sobre la Tierra no puede percibir o sentir el giro de ésta, puesto que el movimiento es suavemente uniforme. A nosotros, situados en la Tierra, nos parece que nuestro mundo permanece inmóvil, y que es el cielo el que gira lentamente (en sentido inverso, como en un espejo) alrededor de la Tierra.

El eje de la Tierra corta la superficie de ésta en los polos norte y sur. Si imaginamos que dicho eje se prolonga hacia el exterior hasta alcanzar el cielo, un extremo le alcanzará en el polo norte celeste y el otro en el polo Sur celeste. Todo el firmamento parece girar lentamente sobre los polos celestes una vez cada veinticuatro horas.

Alineado exactamente con el Ecuador de la Tierra, que se halla a la mitad justa de la distancia entre los polos norte y sur, se encuentra el Ecuador celeste, también precisamente a la mitad de la distancia entre los polos norte y sur. Si uno se situara de pie sobre el Ecuador terrestre, el Ecuador celeste iría desde el este hasta el cenit del firmamento, sobre la cabeza del observador, y luego descendería hasta el oeste. El polo norte celeste estaría en el horizonte septentrional, y el polo Sur celeste se hallaría en el horizonte austral.

El firmamento parecería girar de este a oeste; el observador podría ser prácticamente la totalidad del cielo, y todas las estrellas saldrían por el este, ascenderían hasta pasar por encima y descenderían para ocultarse o ponerse por el oeste. La única parte que nuestro observador no podría ver sería la situada detrás del Sol y en sus inmediaciones; pero si siguiera observando día tras día, el Sol se iría desplazando lentamente y entonces podría llegar a ver la parte del cielo que había estado oculta por él.

Supongamos que el observador se desplaza luego desde el Ecuador hacia el norte. El polo Sur celeste quedaría ahora bajo el horizonte austral, oculto por el abombamiento de la esfera terrestre a sus espaldas. Cuanto más progresara hacia el norte, más caería el polo Sur celeste por debajo del horizonte. Por otra parte, el polo norte se iría elevando en el cielo a medida que el observador avanzara. Cuanto más al norte se desplazase, más alto estaría en el firmamento el polo norte celeste. Finalmente, si el observador llegase al polo norte de la Tierra, el polo norte celeste quedaría directamente sobre su cabeza, y el polo Sur celeste se hallaría bajo sus pies en el extremo opuesto del firmamento, al otro lado de la Tierra.

Exactamente lo contrario sucedería si el observador se moviese desde el Ecuador hacia el sur. Entonces, el polo norte se iría hundiendo bajo el horizonte septentrional, y el polo Sur celeste iría ascendiendo en el firmamento. Finalmente, si el observador llegara al polo Sur de la Tierra, el polo Sur celeste estaría directamente sobre su cabeza y el polo norte celeste se hallaría bajo sus pies, al otro lado del mundo. (Precisamente, fue porque ocurría esto cuando se desplazaban al norte o al sur, que los griegos, en los tiempos antiguos, empezaron a sospechar que la Tierra era redonda, y no plana.) La posición que ocupan los polos celestes en el firmamento es importante, porque las estrellas parecen girar alrededor de ellos. Los polos celestes mismos no se mueven, sino que permanecen fijos en un sitio, como el cubo de una rueda que gira. Esto significa que cuando uno de los polos celestes está debajo del horizonte, nunca se le ve en ningún momento de la noche. Permanece siempre bajo el horizonte; o, por lo menos, sigue allí mientras el observador permanezca en el mismo lugar de la Tierra.

Ello significa que desde ningún punto al norte del Ecuador se verá jamás el polo Sur celeste. Y desde ningún punto al Sur del Ecuador jamás se podrá ver el polo norte celeste.

Y no son sólo los polos celestes propiamente dichos los que son invisibles, sino también las regiones situadas en su inmediata vecindad.

Supongamos, por ejemplo, que nos encontramos bastante al norte del Ecuador, de modo que la posición del polo norte celeste esté bastante alta en el firmamento, mientras que el polo Sur celeste se halle bastante por debajo del horizonte austral.

Las estrellas de la parte septentrional del firmamento se mueven describiendo círculos alrededor del polo norte celeste, y cuanto más próximas se hallan a él, más reducido y cerrado es el círculo que describen en el transcurso de la noche. Cerca del polo celeste el círculo es tan pequeño que las estrellas nunca se hunden por debajo del horizonte. Por esa razón, las estrellas próximas al polo norte celeste son siempre visibles en cualquier momento de la noche para cualquiera que esté bastante al norte del Ecuador, y es posible observarlas en cualquier noche clara del año.

Cuanto más al norte vamos, más alto asciende en el firmamento el polo norte celeste, y más estrellas próximas a él giran a su alrededor sin llegar a hundirse bajo el horizonte. Al mismo tiempo, cada vez son más las estrellas próximas al polo Sur celeste que giran alrededor del mismo sin llegar nunca a salir por encima del horizonte.

Cuanto más al norte se vaya, mayor será la porción del cielo austral que nunca podrá verse.

Finalmente, si uno se sitúa en el polo norte, el polo norte celeste se halla directamente sobre su cabeza y todas las estrellas se mueven a su alrededor en círculos paralelos al horizonte. Todas las estrellas que estén sobre el horizonte permanecen siempre sobre él y no se ponen nunca. Pero aquí se incluyen solamente las situadas en la mitad septentrional del firmamento. Todas las de la mitad meridional permanecen constantemente bajo el horizonte, y nunca salen... y tampoco son vistas desde aquel lugar.

Naturalmente, si el observador se desplaza hacia el Sur del Ecuador, la situación se invierte. Entonces es el polo Sur celeste el que asciende en el cielo, y las estrellas próximas a él son las que están siempre visibles, mientras que son las situadas en la inmediación del polo norte celeste las que permanecen bajo el horizonte y nunca están visibles. Si uno se encuentra en el polo sur, el polo Sur celeste se halla directamente sobre su cabeza, y es la mitad meridional del cielo la que se ve siempre, y la mitad norte la que nunca se ve.

Tolomeo y los demás astrónomos antiguos vivieron y realizaron su trabajo bastante al norte del Ecuador, de modo que quedaba una buena parte del firmamento más meridional que nunca pudieron ver porque permanecía constantemente oculta bajo la curvatura de la Tierra.

¿Cuáles eran exactamente las partes del cielo que Tolomeo no pudo ver? Podemos contestar a esta pregunta si ideamos un método para dividir y delimitar la Tierra y el cielo en alguna forma regular. Supongamos, por ejemplo, que trazamos líneas imaginarias alrededor de la Tierra y paralelas al Ecuador, en toda la extensión desde el Ecuador hasta el polo norte en una dirección, y hasta el polo Sur en la otra. El Ecuador mismo rodea completamente la Tierra, dividiéndola en dos hemisferios iguales.

Las líneas paralelas al Ecuador forman círculos progresivamente menores. Cuanto más al norte vamos, menor es el círculo que trazamos, y cuando estamos cerca del polo norte, los círculos son verdaderamente muy pequeños. En el polo norte mismo, los círculos se reducen a un punto. Lo mismo ocurre al Sur del Ecuador, donde los círculos disminuyen hasta convertirse en un punto en el polo sur. Estos círculos paralelos al Ecuador se llaman «paralelos de latitud». La palabra «latitud" procede de una palabra latina que significa «ancho», porque en un mapa plano ordenando los paralelos, lo mismo que el Ecuador, aparecen trazados atravesando el mapa a lo ancho. Fue alrededor del año 300 a. C. cuando un geógrafo griego, Di cearco, empezó a trazar líneas de este a oeste en los mapas.

Es costumbre imaginar noventa de estos paralelos, a intervalos iguales, desde el Ecuador hasta el polo norte, y otros noventa desde el Ecuador hasta el polo sur. Los paralelos se numeran como "grados". El Ecuador mismo está en cero grados, ó 0°. Al desplazarse hacia el norte, uno pasa por el paralelo un grado, el paralelo dos grados, y así sucesivamente. Cualquier punto de la Tierra que esté sobre la línea o marca de un grado al norte del Ecuador, se dice que está a «un grado de latitud norte».

Si estuviera en la línea o marca de un grado al Sur del Ecuador, se diría que se hallaba a «un grado de latitud sur». Estas expresiones se pueden escribir en forma abreviada como 1°N y 1° S.

Un punto de la Tierra podría estar a 10° N, ó 25° N, ó 77°N, o cualquier número de grados hasta el polo norte, que es 90°. También podría estar a 10° S, ó 25° S, ó 77° S, hasta 90° S en el polo sur.

Claro es que la mayor parte de los puntos de la Tierra no están exactamente sobre un paralelo de latitud, sino más bien entre dos de ellos. Desde los tiempos antiguos, se acostumbra a dividir el espacio entre dos grados de latitud en sesenta «minutos de latitud» iguales. El espacio entre dos minutos de latitud se divide en sesenta «segundos de latitud» iguales.

Un método más sencillo es el consistente en el empleo de decimales. Un punto que se encuentre justamente a medio camino entre 31°N y 32°N estaría entonces en 31,5° N. Todo punto de la Tierra tiene su latitud. Si diéramos un solo paso hacia el norte desde 40° N exactos, estaríamos aproximadamente en la latitud 40,0000 45° N.

Los geógrafos trazan también líneas desde el polo norte al polo sur, que en los mapas ordinarios corren de norte a sur. A estas líneas se les da el nombre de «meridianos de longitud». Los meridianos imaginarios cruzan el Ecuador con separaciones de un grado entre ellos, con lo que hay 360 meridianos que rodean la Tierra, 180 de ellos al este de Londres y otros 180 al oeste de esta dad. Si especificamos el número de grados de longitud y el correspondiente a la latitud, podemos fijar el emplazamiento preciso de cualquier punto sobre la Tierra, porque sólo existe un punto en el que se cruzan un meridiano y un paralelo determinados. (En este libro, sin embargo, no trataremos de los meridianos de longitud.) Es posible aplicar el sistema de grados de latitud también al cielo. (En realidad, se aplicó primero al cielo, porque los hombres podían ver que el firmamento era una gran esfera, mientras que de la Tierra sólo podían ver una pequeña parte y, al principio, no estaban seguros de su forma.) Hay paralelos de latitud trazados desde el Ecuador celeste hasta cada uno de los polos celestes, también con 90 grados a cada lado. De toda estrella se puede decir que se halla en alguna latitud celeste determinada.

Frecuentemente se conoce a la latitud celeste como la «declinación». En lugar de norte y sur, se usan los signos más y menos. El equivalente de 40° N en la Tierra es una declinación de +40° en el cielo, mientras que 40° S en la Tierra es una declinación de--40° en el cielo Gracias al empleo de un mismo sistema en la Tierra y en el cielo, los cálculos se hacen más sencillos. Si uno se halla en un punto de la Tierra que esté en 40° N, entonces el polo celeste está 40 grados por encima del horizonte septentrional, y el polo Sur celeste está 40 grados por debajo del horizonte meridional. Ello significa que cualquier estrella situada a menos de 40 grados del polo Sur celeste nunca podrá alcanzar el horizonte Sur en su giro circular alrededor del polo. Esas estrellas nunca salen y, por consiguiente, nunca se las ve en 40° N.

Cualquier estrella que esté a 40 grados o menos del polo Sur celeste ha de tener una declinación de--50° o más, de modo que una persona situada en 40° N no puede ver ninguna estrella con una declinación de--50° o superior.

La cosa se desarrolla en la misma forma sea cual fuere el punto en que pueda estar situado el observador. Si estamos al norte del Ecuador y restamos 90 de nuestra latitud, obtendremos la declinación que limita aquellas estrellas que no nos es posible ver. Si estamos en 20° N, no podemos ver ninguna estrella con una declinación de --70° o más; si estamos en 65°N, no podemos ver ninguna estrella con una declinación de--25° o más. Si estamos en 90° N (el polo norte), no podemos ver ninguna parte del cielo que esté más allá de 0° (el Ecuador). No podemos ver nada de la mitad meridional del firmamento. En el hemisferio austral ocurre exactamente lo contrario. Si estamos en 20 °S, no podemos ver ninguna estrella con una declinación de + 70° o mayor; si estamos en 65° S, no podemos ver ninguna estrella con una declinación de +25°; y si estamos en 90° S (el polo sur), no podemos ver ninguna parte del cielo más allá de 0° (el Ecuador). Desde el polo sur, es la mitad septentrional del firmamento la que no se puede ver.

Desde el Ecuador (a 0°), no se puede ver más allá de +90° en una dirección, o de --90° en la opuesta. Sin embargo, los +90° y --90° marcan los dos polos celestes, que son los dos extremos del cielo. Esto, desde luego, es una forma de decir que desde el Ecuador se pueden ver todas las estrellas del cielo (aunque algunas de las próximas a los polos celestes estén siempre cerca del horizonte, y no se puedan ver tan claramente como es posible hacerlo desde otros puntos de la superficie terrestre).

El firmamento austral Volvamos ahora a Tolomeo. Tolomeo realizó sus trabajos en una ciudad llamada Alejandría, sita en la costa de Egipto. Alejandría está en 31,1° N, y desde aquel punto Tolomeo no pudo ver nunca ninguna estrella cuya declinación fuese superior a--58,9°. Para Tolomeo, por ejemplo, la constelación Centaurus estaba justamente en el horizonte meridional, donde era difícil verla.

Había, desde luego, pueblos que por vivir más al Sur de Alejandría, e incluso al Sur del Ecuador, podían ver sin dificultad alguna hasta el mismo polo Sur celeste. Sin embargo, todos los astrónomos de la antigüedad vivieron al norte del Ecuador, y prácticamente todos ellos en latitudes superiores a los 30°N.

Esta situación no cambió hasta que los europeos empezaron a explorar el mundo en el siglo XIII. A medida que fueron avanzando hacia el Sur a lo largo de las costas de Africa y, posteriormente, a lo largo de las de América del Sur, se encontraron explorando también el cielo austral.

En 1520, por ejemplo, el navegante portugués Fernando de Magallanes, navegando al servicio de España, se abrió camino a través de lo que hoy se conoce como el Estrecho de Magallanes, en el extremo meridional de América del Sur. El Estrecho de Magallanes está en 52° S, y desde allí es visible todo el firmamento austral, al hallarse el polo Sur celeste a más de la mitad de la altura hasta el cenit.

Los marineros que navegaban con Magallanes observaron dos débiles manchitas luminosas bastante altas en el cielo. Parecían como pedacitos arrancados de la Vía Láctea. Desde entonces se las llama "Nubes de Magallanes", o "Nubes Magallánicas". La Nube Magallánica Mayor (o Gran Nube de Magallanes) tiene una declinación de aproximadamente--70°, y la Menor (o Pequeña Nube) de unos--72°. Ninguna de ellas es visible nunca desde Europa ni desde Estados Unidos, ni desde ningún lugar de la Tierra con una latitud norte mayor de 20° N (que es, aproximadamente, la latitud de Puerto Rico).

Algunos navegantes, al viajar hacia el Sur más allá del Ecuador, empezaron a observar cuidadosamente las estrellas australes y a crear o elaborar nuevas constelaciones que Tolomeo nunca había visto. El primer intento se produjo en 1595, cuando un navegante holandés, Pieter Dircksz Keyser, hizo una relación de doce constelaciones. Otros señalaron o elaboraron más, hasta que en 1752 la lista quedó completa y los astrónomos tuvieron las ochenta y ocho constelaciones que se relacionan en la tabla 2.

En 1930 se dio carácter oficial a los límites de las ochenta y ocho; ahora no hay en el cielo ningún punto que no forme parte de una constelación u otra. La Nube Magallánica Mayor se encuentra, por ejemplo, en la Dorada, mientras que la Nube Magallánica Menor está en el Tucán.

Algunas de las nuevas constelaciones ofrecían vistas especialmente interesantes. A una declinación de aproximadamente 60° podían verse cuatro brillantes estrellas, dispuestas en tal forma que parecían hallarse en los extremos de una cruz latina (un poquito deformada).

Es posible que el primero en verlas y en dar noticia de ellas fuese un navegante italiano, Alvise de Cadamosto, cuando exploraba hacia el Sur la costa de Africa en 1455.

La constelación que se formó alrededor de estas cuatro estrellas es Crux (la Cruz del Sur).

La constelación Crux está justamente al Sur de Centaurus, aquella que Tolomeo podía apenas distinguir algunas veces en el horizonte. Si se piensa en la constelación de Centaurus dibujada como la figura de un ser mitad hombre v mitad caballo (como se la representa frecuentemente), entonces la mitad equina se muestra a menudo hacia el sur, mientras que la parte humana está hacia el norte. Las patas del caballo se prolongan hacia la parte más meridional de la constelación, y, entre las patas del Centauro, y mucho más pequeña, está la constelación de Crux.

Una vez que se haya llegado hacia el Sur lo suficiente para poder ver claramente la Cruz, se podrán ver también las estrellas de Centaurus con mayor claridad de la que Tolomeo pudo nunca conseguir (y algunas de ellas, nunca las pudo ver). Cadamosto pudo muy bien haber visto en la parte meridional de Centaurus dos brillantes estrellas, con una declinación algo superior a--60°; estaban, pues, solamente una pizca demasiado al Sur para que Tolomeo pudiera verlas nunca.

Estas estrellas son Alpha Centauri y Beta Centauri.

Y la primera de ellas es la que constituye el tema principal de este libro.



Las estrellas: Los nombres antiguos

Los nombres de estrellas concretas mencionados al final del capítulo precedente nos llevan a la cuestión de los nombres de las estrellas en general. ¿Qué es lo que determina el nombre que se aplicará a una estrella? Algunas de las estrellas (no muchas) recibieron en la antigüedad nombres que se inspiraron en el aspecto de las mismas en el firmamento. En la tabla 3 se relacionan algunas de las estrellas que poseen nombres propios, junto con la constelación en que se encuentra cada una.

Y ¿en qué forma se decidían tales nombres? He aquí cómo: Hay en el firmamento dos estrellas bastante brillantes, separadas entre sí sólo unos 4 grados, y de aspecto muy similar. A cualquiera le parecería a primera vista que se trataba de dos estrellas gemelas y, en efecto, la constelación formada alrededor de ellas es Gemini (los Gemelos). En los antiguos mitos griegos había una pareja de famosos gemelos, Cástor y Pólux. Parece natural que los griegos llamasen a una de las estrellas Cástor y a la otra Pólux, y nosotros seguimos todavía hoy conociéndolas por esos nombres.

TABLA 3.--Algunas estrellas con nombres propios



Nombre de la estrella

Constelación en que está

Achernar

Eridanus

Alcor

Ursa Maior

Alcyone

Taurus

Aldebaran

Taurus

Algol

Perseus

Altair

Aquila

Antares

Scorpius

Arcturus

Bootes

Bellatrix

Orión

Betelgeuse

Orión

Canopus

Carina

Capella

Auriga

Castor

Gemini

Deneb

Cygnus

Fomalhaut

Piscis Australis

Mira

Cetus

Mizar

Ursa Maior

Polaris

Ursa Maior

Pollux

Gemini

Procyon

Canis Minor

Regulus

Leo

Rigel

Orión

Sirius

Canis Maior

Spica

Virgo

Vega

Lyra

La estrella más brillante del firmamento se llama Sirius (Sirio), nombre derivado de una palabra griega que significa «resplandeciente» o «ardiente», lo cual parece adecuado para una estrella tan brillante.

Tenemos luego una estrella tan próxima al polo norte celeste que describe alrededor de éste un círculo pequeñísimo, y apenas parece cambiar su posición en el firmamento. Se la conoce en el lenguaje actual como la Estrella del Norte o Estrella Polar, pero su nombre oficial es Polaris, palabra latina que significa "Polar".

Sin embargo, en los tiempos antiguos las estrellas recibían nombres basados principalmente, no en sus propiedades individuales concretas, sino en la posición que ocupaban en las imágenes ideadas para las diversas constelaciones. Por ejemplo, a pequeña altura sobre el horizonte meridional se halla la constelación de Argos, nombre dado a la misma por los griegos en memoria del barco que llevó a Jasón y a sus argonautas en su búsqueda del Vellocino de Oro. El nombre del timonel del Argos era Kanopos en griego, y Canopus en latín. A una brillante estrella de la constelación se le dio el nombre del timonel y, puesto que los astrónomos usan siempre las denominaciones latinas, se la llama Canopus. Desde los tiempos antiguos, la constelación de Argos se ha fraccionado en otras agrupaciones de estrellas menores y más manejables, y la parte en que se halla incluida Canopus se llama ahora Carina (la «Quilla» del Argos).

La constelación de Auriga (el Cochero) se suele representar como un hombre que lleva en la mano las riendas de un carro, mientras sostiene en su regazo a una cabra y sus crías. Se sitúa a la cabra en la posición de una brillante estrella a la que se llamó Capella, palabra latina que significa «cabrita».

La constelación de Virgo se suele representar como una joven con una gavilla de mies en sus brazos. (El Sol se encuentra en Virgo a principios de septiembre, cuando los agricultores se están preparando para la recolección.) La gavilla de mies se sitúa en la posición de una brillante estrella a la que se llama Spica, la palabra latina que corresponde a «espiga».

La estrella resplandeciente, Sirius, forma parte de la constelación Canis Maior, el Can Mayor. Por esta razón, algunas veces se llama a Cirius la Estrella del Perro. En la vecina constelación de Canis Minor hay otra estrella brillante, que siempre va delante de Sirius a medida que gira el firmamento. Como esta estrella sale siempre un poco antes que Sirius (la Estrella del Perro), recibió el nombre de Procyon, de una frase griega que significa «delante del perro».

La constelación de Bootes, el Boyero, está situada muy cerca de Ursa Maior, la Osa Mayor. El Boyero parece estar vigilando de cerca a la Osa Mayor para impedir que ésta haga algún daño. Una estrella brillante de Bootes se llama, por tanto, Arcturus, nombre derivado de palabras griegas que significan «guardián de la osa».

Otra estrella de la constelación de Leo, el León, es Regulus, palabra latina que significa «reyezuelo» o «pequeño rey»; es un nombre adecuado para una estrella situada en una constelación en la que se ve representado el rey de los animales.

La constelación de Orión, que recibe su nombre del de un gigantesco cazador de la mitología griega, contiene varias estrellas brillantes. Una de ellas es Bellatrix, palabra latina que significa «mujer guerrera». No está clara la razón de este nombre.

Hay una estrella cuyo nombre se deriva no de la constelación en que está, sino de un planeta. El planeta Marte, cuyo brillo rojizo recuerda la sangre, lleva muy adecuadamente el nombre del dios latino de la guerra. Los griegos le habían dado el nombre de su propio dios de la guerra, Ares. Una de las estrellas de Scorpius tiene un aspecto rojizo muy parecido al de Marte. Por consiguiente, los griegos la llamaron Antares, que significa «rival de Marte».

Todas las estrellas que hemos mencionado hasta aquí se hallan entre las más brillantes del firmamento. Naturalmente, éstas son las que atraen la atención y las que reciben nombres propios. También hay algunas, más débiles, que reciben nombre si llaman la atención por alguna razón que no sea la del puro brillo.

Por ejemplo, hay en la constelación de Taurus un pequeño grupo de estrellas no muy brillantes. Ninguna del grupo sería muy notable si estuviera aislada; pero, al formar un grupo, atraen la atención. No hay en el firmamento ningún otro grupo semejante visible a simple vista (aunque, cuando se utiliza el telescopio, se perciben muchos grupos bastante más notables).

Los griegos dieron a este grupo de estrellas el nombre de Pléyades, por las siete hijas de la ninfa Pleione, de su mitología. (La mayor parte de las personas sólo consiguen distinguir seis estrellas en este grupo, pero hay en él una séptima y, desde luego, el telescopio pone de manifiesto varios centenares más, que forman parte del grupo, pero que, individualmente, son demasiado débiles para poderse ver.) A cada una de las siete estrellas de las Pléyades que los antiguos lograban distinguir se le dio el nombre de una de las hijas de Pleione; Alcyone, o Alción, es el nombre de la más brillante de ellas.

Otro ejemplo de estrella bastante débil que, sin embargo, ha recibido un nombre propio, es Mira, palabra latina que significa «maravillosa». La razón por la que se la llamó así es porque, a diferencia de otras estrellas, Mira exhibía variaciones de brillo, oscureciéndose de tiempo en tiempo y recuperando luego su brillo otra vez.

El número de estrellas con nombres cuyos orígenes se pueden remontar a los antiguos griegos y romanos es sorprendentemente pequeño. La mayor parte de las estrellas distinguidas con nombre propio lo tienen derivado de otra lengua completamente distinta que, a primera vista, resultaría sorprendente para la mayor parte de los occidentales. En efecto, la mayoría de las estrellas tienen nombres árabes.

Durante la Edad Media, los astrónomos importantes eran los árabes, y ellos dieron nombre a muchas de las estrellas. Los nombres que emplearon eran naturalmente árabes y, aunque muchos de ellos han llegado a nosotros algo deformados, todavía es posible reconocer en ellos su lengua de origen.

Por ejemplo, una brillante estrella de la constelación de Aquila se llama Altair, nombre procedente de palabras árabes que significan simplemente «la estrella».

Muchos de los nombres árabes describen la posición ocupada por la estrella en las figuras imaginarias que la constelación sugiere. La estrella brillante que marca la pierna izquierda de Orión es Rigel, palabra árabe que Alpha Centauri, la estrella más próxima significa «pierna». La estrella que hay en el hombro derecho de Orión es Betelgeuse, de una expresión árabe que significa «hombro del gigante».

En el extremo meridional de las líneas curvadas de estrellas que forman la constelación de Eridanus (Erídamo, o en Río), se encuentra Achernar, cuyo significado en árabe es "extremo del río". Y en un extremo de la constelación Piscis Australis (Pez Austral) está Fomalhaut, cuyo nombre se deriva de las palabras árabes que significan «boca del pez».

Una estrella situada en un extremo de la constelación de Cygnus (Cisne) es Deneb, de la palabra árabe que significa «cola». En la constelación de Taurus existe una brillante estrella que sigue inmediatamente a las Pléyades en la rotación del firmamento. Es Aldebaran, de una palabra árabe cuyo significado es «el seguidor». Los árabes veían la constelación Lyra (la Lira) como un buitre que caía, y una estrella brillante de esa constelación es Vega, de una palabra árabe que significa «caída».

Hay en Ursa Maior dos estrellas próximas entre sí, una de las cuales es mucho más débil que las demás.

Esta más débil es Alcor, nombre derivado de una palabra árabe que significa «la débil». La otra, cuya luz más intensa enmascara a la estrella más débil, es Mizar, palabra árabe que significa «velo».

Finalmente, tenemos la estrella Algol, en la constelación de Perseus. Una de las grandes hazañas de Perseo, según los mitos griegos, fue dar muerte a la Medusa, ser monstruoso que tenía serpientes en lugar de cabellos, y cuyo aspecto era tan espantoso que cualquiera que lo mirase quedaba petrificado. Esta constelación se dibuja generalmente representando a Perseo con la cabeza de Medusa en la mano, y Algol está en dicha cabeza, de modo que algunas veces, y por esta razón, se la llama la «estrella del demonio». El significado de Algol no resulta oscuro en absoluto, ya que se deriva del nombre de un demonio especialmente desagradable de la mitología árabe: «el ghoul».

Los nombres modernos

En total son sólo unos cuantos cientos las estrellas que tienen nombres propios (principalmente árabes) entre las aproximadamente seis mil que se pueden ver a simple vista en el firmamento, pero aun así es casi imposible recordar estos nombres, o saber dónde se encuentran en el firmamento las estrellas que los llevan. Además, las estrellas del cielo austral, que los astrónomos antiguos y medievales no podían ver, nunca recibieron nombre alguno.

Cuando los navegantes europeos vieron por primera vez en el cielo a Alpha Centauri, era para ellos una estrella sin nombre. Tampoco hubo nadie que tratara de asignarle un sencillo nombre griego, latino o árabe, para equipararla a las estrellas conocidas de más antiguo. Por entonces ya se había empezado a reconocer la necesidad de idear algún sistema de nomenclatura que resultase más útil para los astrónomos.

La primera persona que trató de utilizar un sistema lógico fue un astrónomo alemán llamado Johann Bayer, que publicó en 1603 un atlas de mapas estelares, en el que introdujo su sistema.

Lo que hizo fue denominar a las estrellas brillantes de cada constelación por orden de brillo o, a veces, por orden de posición en aquélla. Empleando cualquiera de estos dos criterios, las relacionó como «la primera estrella de la constelación de Orión», «la segunda estrella de la constelación de Orión», etc., con la salvedad de que lo hizo en una forma bastante más concisa.

Para indicar el orden, empleó las letras del alfabeto griego. Para la primera estrella de la lista usaba la primera letra; para la segunda estrella, la segunda letra; para la tercera, la tercera, y así sucesivamente. En la tabla 4 hallará el lector todas las letras del alfabeto griego, algunas de las cuales han llegado a ser familiares para las personas interesadas en la observación de los astros a través de los nombres de las estrellas en que entran tales letras.



Catálogo: SANLUIS -> ALiteratura -> Literatura%20contemporánea -> Asimov,%20Issac
Asimov,%20Issac -> Los banquetes de los viudos negros Isaac Asimov 1984 índice
Asimov,%20Issac -> Lucky Starr y Los Océanos de Venus
Asimov,%20Issac -> Visiones De Robot Titulo Original: Robot Visions introducción crónicas del robot ¿Qué es un robot? Podemos definirlo de forma breve y comprensiva como «un objeto artificial que se parece a un ser humano»
Asimov,%20Issac -> Dedicatoria: a janet jeppson que comparte mi interés por la Ciencia. Prólogo
Asimov,%20Issac -> Índice 2 Capítulo 1 La Cólera Creciente 4
Asimov,%20Issac -> Guide to science
Asimov,%20Issac -> Dedicatoria: a janet jeppson que comparte mi interés por la Ciencia. Prólogo
Asimov,%20Issac -> Nueva Guía De La Ciencia Ciencias Físicas (Parte 2) Dirección científica
Asimov,%20Issac -> Isaac & Janet Asimov
Asimov,%20Issac -> Introducción: Mi Escrito Favorito


Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4   5   6   7   8   9


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal