Amazoneum II las aguas del Mar Oscuro Por: Nostalgia



Descargar 67.2 Kb.
Fecha de conversión03.07.2017
Tamaño67.2 Kb.


Amazoneum II Las aguas del Mar Oscuro Por: Nostalgia



Amazoneum II
Las aguas del Mar Oscuro

Ella igualmente parió al estéril piélago de agitadas olas, el Ponto, sin mediar el grato comercio.

Hesíodo. Teogonía

Fue ésa mirada la que me convenció de que ya había sido demasiado. No fue la angustia reflejada en los rostros de aquellos miserables a los que enviábamos al fondo del mar; tampoco el miedo en sus ojos mientras los atábamos al mástil; ni siquiera verlos a todos juntos: hombres mayores, ancianas, algunas jóvenes embarazadas, sus hijos y las niñas. No, lamentablemente ya empezábamos a acostumbrarnos a esa imagen. Aquello que me caló en el alma fue la pregunta de esa madre, hecha con ése simple, rápido y último vistazo que me dirigió un momento antes de que las frías olas se la tragasen: ¿Por qué les hacíamos eso?



La respuesta yo ya la sabía, incluso lo que la justificaba a nuestros ojos ¿Pero acaso la sabía ella? ¿La sabía su hijo, o la niña que se aferraba con horror a su brazo? ¿La supo su esposo? Con quien debieron pasar momentos muy felices y planificar ese viaje, la esperanza para ver realizados sus sueños como una familia, truncados por la respuesta que yo tenía, que nosotras sabíamos y por la que hicimos con ellos lo mismo que ya habíamos hecho con otros, cuya cuenta sólo conoce la Negra Perséfone, a quien encomiendo mi alma en el Reino de las Sombras, porque sé que aquí, ya la he perdido.
No lo soporté más y di la orden de regresar. Volveríamos a Temiscira. Allí, hablaría ante el Zogrov, el Consejo de las Ancianas, y aunque mis palabras no las convencieran, tampoco las de ellas me devolverían al mar. Sé que la tripulación me respalda. Veo en sus ojos que cargan con el mismo peso y que de continuar, empezarán ellas mismas a lanzarse por la borda, desesperadas. Esto ya no se parece en nada a lo que había sido unos ciclos atrás, cuando navegábamos orgullosas de nuestros nombres. Ahora, desearíamos ocultárselos a las mismas diosas, cuya justicia será implacable ¿Podremos acaso presentarnos a nuestras ancestras con orgullo? No, todas sabemos que ya no podemos y por eso, el suplicio que nos impondrá el Zogrov por nuestra desobediencia (desolladas, quemadas, mutiladas) será recibido como un tónico, que nos devolverá algo de dignidad con la que enfrentar al Radamanto.
Mientras el cálido viento que nos regresaría a Temiscira golpeaba la vela de la nave, observaba a las mujeres que por varios años me habían acompañado como mi tripulación, y a las que yo había servido como su capitana. Las conocía lo suficiente para saber que afrontarían con valor la decisión de las Ancianas y que respaldarían mis palabras, como siempre lo habían hecho, sin cuestionarme más allá de la prudencia o el debido consejo. Todas nos habíamos embarcado igual de jóvenes, como hijas de una misma generación, aquella en la que nuestra Reina había depositado la última esperanza de las heikátidas como el pueblo libre que había sido desde el albor de los tiempos, cuando los hombres aún temían y veneraban a las titánides, y no habían sido tentados por los dioses masculinos a alzarse contra Ella. Ahora regresábamos a su seno, esperando no ser indignas de su perdón y que pudiese entender nuestros motivos.
Cuando partimos, el tal Kyrte depositó sus esperanzas en nuestras naves. Nunca antes las heikátidas, o nuestras ancestras, las kahamis, habían intentado cabalgar sobre el mar o domar a los potros de madera, con los que yo misma había soñado desde que fuese una niña y hubiera visto la inmensa llanura de sal por primera vez. Mi madre dice que se lo debo a mi padre, un marinero aqueo que sabía satisfacer a una mujer. De él no sólo heredé mi tez pálida y los bucles castaños, sino también mis ojos aguamarina, que siempre estuvieron posados en el mar y no en la estepa; deseaba cabalgar las grupas de un birreme y no el olmo de un caballo; capitanear una flota y no una cuadrilla de jinetes; recorrer los mares del mundo, no explorar la infinita llanura de los escitas.
¿Habría podido soñar con aventurarme en el mar, ejerciendo el mando de un birreme, o siquiera, una galera? ¡Jamás! No como nacida en las infinitas llanuras, de una estirpe de mujeres indomables, para quienes el caballo es el regalo más valioso de la Diosa, entregado a las mujeres de su pueblo ly por ello, aunque mis sueños siempre estuvieron depositados en las inmensas aguas de sal –senda de las calamidades- jamás me hubiera atrevido a desafiar a mi pueblo, a mi madre, mis hermanas, a las Ancianas, a la Diosa.
Sin embargo, pese a que desistí en luchar, mi deseo me trajo muchos problemas. No sólo fue el temor de mi madre a que la deshonrase a ella y mis hermanas con mis ilusiones, sino que incluso tardé bastante en conformar mi tríada, porque aunque no llegué a ser la peor de las jinetes, a traer la presa más pequeña o ser la última en las pruebas de la outere, todas me veían como la aquea, incluso me llamaron burlescamente la nereida, porque era la joven que deseaba el mar antes que la hierba. Pero hubo un mote en particular que me gustó, aunque sé que quienes me lo dieron, desearon que sonase ofensivo, pero lo convertí en mi nuevo nombre: Thálasa, el mar en la lengua de mi desconocido padre. Sólo después supe que así también llamaban los helenos a una deidad marina, y aunque a la persona que me lo enseñó, le guardé por algún tiempo un profundo rencor, no puedo dejar de sonrojarme ante su recuerdo.
¿Cuántos ciclos tendría yo cuando lo vi por primera vez? ¿Trece? ¿Catorce? ¿Me disculpaba acaso mi juventud de lo que ocurrió después? ¿O fue el hado de la diosa Heikate, de intenciones y modos siempre misteriosos? Por el motivo que fuese, lo cierto es que Yagros robó mi corazón tan pronto como lo vi. Él era también bastante joven, pero no por ello sus hombres dejaron de nombrarlo capitán del birreme en el que llegaron a nuestra tierra, el Trítonas. Me sentí enredada en sus negros risos y atrapada por su mirada decidida, algo turbia y misteriosa, pero noble y firme a la vez. No pude resistirlo y me entregué a él cuando mi edad aún lo prohibía. Sin saberlo, me conté entre las víctimas del Mal de Antíope, una vieja maldición que nos persigue a las heikátidas. Dejé que me hiciera su amante, que me raptase, me instruyese en los misterios del eros de su pueblo y en las artes de dirigirlos barcos, domar las olas, gobernar una tripulación y serpentear la costa sin encallar. Aprendí a opacar la ira de los dioses marinos, cualquiera que sea su nombre o sus ritos en las cientos de naciones que recorrimos. Nunca había sido tan feliz, aunque lo fuese porque había cumplido los peores temores de mi madre, deshonrado a mi tríada y traicionado a mi pueblo.

El sol empezaba a ocultarse cuando vimos otra nave de colonos. Su inconfundible silueta demacrada nos devolvió ése peso que creíamos estar superando, pero por extraño que pareciera, las dos siguientes naves que divisamos nos devolvieron la calma, pese a se trataba de nuestros acérrimos enemigos, los hombres de Elkos, un sanguinario pirata que alguna vez había sido nuestro aliado, pero que ahora buscaba lucrarse escoltando a los helenos, defendiéndolos de nuestras naves. Las muchachas aprovecharon los últimos rayos de sol para enviarles toda clase de insultos con el reflejo de los espejos, ofensas que no tardaron en ser contestados con afrentas y provocaciones. Conocíamos de sobra a aquellos flojos. Todas nos habíamos divertido con ellos cuando atacar los birremes aqueos era provechoso. Compartimos las ganancias del saqueo, la complicidad de la emboscada, el trazo de las rutas y el calor de nuestros cuerpos. Pero esos buenos tiempos quedaron atrás, y no porque los aqueos se hubiesen hecho más fuertes, tuvieran más barcos o sus remos hubiesen sido más potentes, sino todo lo contrario: sus naves se hicieron más débiles, los pertrechos menos robustos y el saqueo, más pobre, porque ya sus tripulaciones no estaban conformadas por aguerridos aventureros como lo fuera Yagros, o decididos hoplitas que combatían con valor y disciplina, sino que las conformaban escuálidos campesinos de familias empobrecidas, niños enfermizos y ancianos quejumbrosos ¿Se podía acaso, combatir contra algo así?


Las tres naves no tardaron en rebasarnos, como si huyesen de la fría noche que ya se cernía en el horizonte, y Heikate alumbró nuestro rumbo con su brillante luna, la misma que me guió hacia la traición de Yagros. Fue en la ciudad de Abasa, un antiguo campamento que el tal Kyrte había fundado cuando aún los hombres contemplaban con temor las murallas de Ilión, y a la que habíamos llegado después de una travesía de casi dos estaciones, desde la ciudad de Corintio. Él y sus hombres desembarcaron del Trítonas para rendir homenaje a un nuevo y desconocido dios aqueo, al que llamaban Dionisos, y del que sólo me mencionaron, entre burlas, que favorecía el lívido de los hombres, y por ello, me era prohibido acompañarlos. Creí que se trataría de alguno de sus afeminados dioses del amor (¿o por qué otro motivo habrían de ir sólo hombres a su templo?) por lo que me aventuré yo sola, bajo la luz de la bella diosa lunar, protectora de nuestro pueblo, que aquella noche otoñal brillaba con inusual fulgor sobre las calles de la ciudad.
En tal Kyrte siempre hemos menospreciado la costumbre de los hombres por levantar murallas, porque es la forma que tienen los cobardes de ejercer sus pretendidos derechos de dominio sobre la tierra, y siempre nos ha parecido gracioso que adoquinen los caminos, como si la ruta que señalan las piedras fuese la única vía posible para llegar a un lugar. Pero ahora Abasa, a la que Yagros llamaba Éfeso, exhibía sus altas murallas con orgullo, como un signo del poder de sus hombres, que debían ser tan “poderosos” y temerosos del mundo, que tenían que refugiarse tras altas rocas talladas. Por sus adoquinados caminos se paseaban personas de todas las razas del mundo, las mismas que otrora hubiesen rendido homenaje a Cibeles en la llanura de Temiscira, pero que entonces las vi dejándose guiar por las piedras que otros habían puesto allí, moviéndose siempre con afán y en tal estrechez, que se golpeaban (y me golpeaban) continuamente. Como si aquello no fuese ya suficientemente incómodo, el aire olía a heces y orina, porque sobre esos mismos adoquines que guiaban sus pasos, se descargaban hombres y bestias, andando todos sobre su propia mierda, un hecho muy particular para quienes se llamaban a sí mismos civilizados, y a las mujeres del tal Kyrte, salvajes.
Mientras deambulaba por la ciudad y meditaba sobre estos asuntos, tropecé con el templo del tal Dionisos. No sé qué me motivó a hacer lo que hice a continuación, quizás fue algo en la forma en que Yagros me hizo entender el eros, o tal vez fue una manifestación del Mal de Antíope que nubló mi hígado (no lo puedo decir con precisión) porque si bien es cierto que en tal Kyrte ninguna mujer debe fidelidad al cuerpo de un hombre (ya que nosotras los escogemos sólo por el placer que nos proporcionan) lo cierto es que no pude dejar de sentir la perfidia de mi amante cuando lo vi retozando en los brazos de otras mujeres, entregado a un extraño ritual de apareamiento colectivo. No dije nada, pensando sólo en alejarme de aquel antro lo más rápido que la fuerza de mis piernas me permitieran, sin un rumbo seguro. Debí haber llorado como nunca lo creí posible y mi estado de conmoción debió ser tan grande, que recorrí las heladas calles de la ciudad sin darme cuenta del momento en que las abandoné. Sólo me detuve cuando un tímido sol consiguió abrirse paso entre las densas nubes, pasado ya el mediodía, y calentó mis pálidos miembros, que sólo hasta entonces sentí temblar, ya no por lo visto, sino de frío.
Ahora que aquel suceso ha quedado depositado sólo en la memoria y ya no carcome mi hígado, cuando veo los birremes aqueos no puedo dejar de recordar a Yagros y en lo felices que quizás hubiéramos podido ser, si tal vez él no hubiese acudido a ése ritual, o yo no hubiese dado media vuelta ésa noche. Habríamos sido una familia, porque aunque no lo supe cuando abandoné Abasa, su simiente ya crecía dentro de mí y sólo llegué a saberlo cuando era ya demasiado tarde. El hambre y el frío que debí pasar en las montañas de las tribus frigias, antes de que éstas me reconociesen como una heikátida y me refugiasen del invierno, no tardaron en atraer a las fatalidades del Reino de las Sombras. Pasé por los umbrales del Palacio de Perséfone y llegué a presentarme ante el Gran Manantial de Cibeles, pero mi presencia aún no era requerida por la Gran Diosa; sin embargo, debí pagar su piedad con la vida de la hija que gestaba, y con la de otras tres hermosas niñas que la Diosa tenía reservadas para mi longeva vida. Cuando volví de los sombríos parajes del Inframundo, la partera frigia me mostró el cuerpo inerte de la pequeña, que no alcanzó siquiera a dar un soplo de vida, y aunque con posterioridad a aquel suceso he yacido con varones, después de ése primer embarazo, dentro de mí no ha vuelto a aflorar otra vida.
Aquellos tormentosos recuerdos poblaron mi sueño esa noche, pese a que fue fresca y el astro de Heikate alumbró hasta bien avanzado el amanecer. Todavía nos queda un largo trayecto de viaje, por lo que es menester que afondemos en el próximo pueblo cimerio que veamos. Aunque son un pueblo amistoso, ya no nos tratan con el respeto que nos tenían cuando llevábamos en nuestros sacos el oro de los aqueos; también han empezado a recelarnos, porque somos las mujeres quienes gobernamos nuestra tierra y no hemos dejado dominarnos por los hombres. Conozco ese recelo, y no como la mayoría de heikátidas, que sólo saben de él porque ven el mundo como una enorme estepa nublada que nos evita, sino porque lo viví entre las tribus frigias, que pese a haber salvado mi vida, sus hombres después deseaban arrebatarme la libertad.
Una mujer del tal Kyrte será una excentricidad en cualquier pueblo y sus líderes siempre querrán tener a una de nosotras a su lado. Por ello, Heracles reclamó a Hipólita, Jasón a Medea, Teseo a Antíope y Yagros a mí, aunque no fue él el último en hacerlo, puesto que varios de los reyes frigios desearon añadirme entre las joyas de sus casas, y pese a que algunos de ellos eran lo bastante apuestos y valientes para haber arrebatado mi ilusión, los sueños de juventud ya habían quedado atrás y luego de ver a tan importantes líderes peleando por compartir mi lecho, sólo deseé volver a mi hogar, porque ahora era consciente de que entre los varones frigios, como mujer, sólo sería tratada como un trofeo y un objeto de su placer.
Nuevamente fue la diosa nocturna quien me ofreció su luz y pude escabullirme del poblado frigio. Me acompañó la hija de la partera, Brista, una joven a la que sólo aventajaba en edad por unos pocos ciclos y con quien había entablado una especial amistad, luego de que hubiese cuidado las fiebres de mi infructuoso parto y su madre me la encomendase, consciente de que tendría una vida más feliz con las heikátidas, pese a que no estaba segura de cómo nos recibirían. Pero la partera insistió y Brista hizo honor a su nombre, pues era una muchacha despierta, rápida de pies y de mente, que de haberse quedado con su pueblo, se habría marchitado bajo la sombra de quien llegase a ser su marido. Ahora que la veo, parada en la proa, mientras el viento revolotea contra sus rizos negros, sé que su madre tenía razón, porque el espíritu de Brista es el de una mujer libre, que por un error del sino, desvió su lugar de nacimiento por varios schoinos.
Gracias a ella, que conocía de sobra los caminos y misterios de las montañas, pude llegar en menos de una estación a las tierras de las mujeres de Cadesia, en donde fuimos bien recibidas. Pero mi corazón se estrujaba a cada paso que nos acercaba a Temiscira, porque allí no sería bienvenida. La vergüenza demacraba mi rostro, pero así mismo, deseaba regresar y volver a ver a mi madre, reconocer a las hermanas de mi tríada e implorar el perdón de mi pueblo, porque así lo había jurado a la Gran Diosa, después de que me devolviera a la vida ¿Pero entenderían las Ancianas mi conducta? ¿Sopesarían la idea de que había huido con Yagros, no por el hombre, sino porque deseaba el mar?
Cuando ya veíamos recortarse, contra el cielo del atardecer, la alta cuesta del Montículo, dos tríadas de jinetes nos abordaron. Preguntaron mi nombre y al pronunciarlo, escupieron al suelo, repudiándolo. Imploré para que permitiesen a Brista acompañarme, pero de nada sirvió, porque en tanto no fuese juzgada por el Zogrov, mi cuerpo era el de una traidora y mi voz, el de una muerta, por lo que de haber querido, ellas mismas hubieran podido martirizarme. Tuvieron la gentileza de no hacerlo y con eso me conformé. Brista tendría que quedarse en Cadesia, y si yo no volvía, ya podría ella elegir su siguiente destino.
Fui arrojada a la Marmita, el nombre que damos a un horrible hoyo que antecede la entrada a Temiscira, y en el que cualquier mujer, desde la más joven a la más anciana, puede lanzar lo que deseé contra la rea, ya sea una hogaza de pan para aliviar su sufrimiento, excrementos para señalar su repudio o incluso, una gigantesca piedra que la mate; de esta forma, el pueblo puede pronunciarse contra la cautiva, antes de que el Zogrov lo haga. Nunca había imaginado lo que podría llegar a sentir la pobre que se hallaba en la Marmita, presintiendo su fin con cada sonido que se aproximaba: ¿sería una bondadosa anciana, que derramaría agua sobre mí insolado cuerpo desnudo? ¿O una partida de mocosas, que me arrojarían piedras, entre risas? Afortunadamente, sólo estuve expuesta a la intemperie por dos noches, en las que lo único que descendió por el hoyo, aparte del inclemente sol de verano, fue la pálida luz de la luna, como si la hija secreta de la Diosa desease consolarme de alguna forma.
El Zogrov se reunió en la Gruta de Éride, en donde se llevan a cabo los juicios más importantes para el tal Kyrte. Se reúne en ese sagrado lugar, al que ninguna otra mujer puede entrar –ni siquiera las guardianas- porque fue allí en donde la hermana de Ares, Matador de Hombres, dio a luz a Horcos, dios de los juramentos, quien tiene ahí su morada y ocasionalmente, es acompañado por Diké, consejera en justicia de la Gran Diosa. La estructura de la caverna permite proyectar una sombra que cubre las facciones de las Ancianas, y la ninfa Eco distorsiona el sonido de sus voces, para que suenen todas iguales. De esta forma, la rea no sabrá cuál de las Ancianas la condenó, y su espíritu no tendrá motivo de venganza contra ella.
El sitio es escabroso, húmedo y absolutamente oscuro, salvo por un halo de luz que se proyecta contra el cuerpo de la acusada. Mi juicio inició sin que mediaran las Canciones de la Ley, como pensé que sucedería, y tampoco se me permitió hablar, como tenía pensado hacer. La voz que me juzgó debió ser la de la Diké, no la de una Anciana, porque ninguna de ellas hubiera podido saber lo que la diosa dijo. Conocía mi pasado y relató mis pasos desde el momento en que me hubiese embarcado con Yagros. Sabía del dolor que el aqueo causó en mí, de mi visita al Palacio de la Negra Perséfone, el sacrificio que debí hacer por el pacto con la Gran Diosa, pero incluso por encima de esos hechos, sabía que había sido Heikate la que me había hecho volver.
Aunque mi falta estaba entre las más graves que una heikátida podía cometer, por lo que merecía ser empalada -para que nunca más pudiese dejar al pueblo que había abandonado- la hija de Cibeles acudió a Diké para implorar por mí, que había sido valiente al regresar, pero sobre todo, porque poseía el hado por el cual las heikátidas podían ser defendidas en los tormentosos tiempos que se avecinaban. Así lo pronunció, no ya la diosa, sino la Anciana Poetiza que se acercó a mí, sin que una sombra cubriese su rostro, y me confirmó que sólo se me condenaría a una pena menor, gracias a los augures de la Nocturna.
La sensación de absolución sólo puede compararse con la alegría que despierta en mí el sonido de las olas y el viento marino golpeando mi cuerpo. Volvía a ser libre, había sido perdonada del empalamiento y podía mirar a los ojos de mi madre y mi tríada sin vergüenza. Al rememorarlo, vuelve una parte de ése sentimiento y ahora que estamos próximas a desembarcar en las costas de Cimeria, me siento tan viva como entonces.
Fuimos bien recibidas y aprovisionadas, pero como presentí, los hombres lo hicieron con recelo e irrespeto. Cuando atracábamos con historias de guerra contra los aqueos, nos admiraban y si querían yacer con alguna de nosotras, se tomaban la molestia de conquistarnos con bellas palabras, cantos poéticos y regalos; pero ahora, sólo nos observaron con morbosidad, vitoreando obscenidades y acentuando su masculinidad para impresionarnos. Sólo las más jóvenes, niñas de no más de quince ciclos, se dejaron tentar y calentaron los lechos de aquellos gusanos, pero las más veteranas nos sentimos ofendidas y no los atacamos por el hecho de que necesitábamos su avituallamiento.
Partimos tan pronto nos fue posible, aunque el afán no apremiaba nuestro ánimo. Entonces, volví a tener tiempo para pensar y seguir atormentándome ¿Valía realmente la pena volver y enfrentar al Zogrov? ¿Acaso nuestras vidas, que nos serían arrebatadas con tremendos horrores, compensarían la vida de los colonos que dejaríamos de echar al mar? Era evidente que no, porque las Ancianas sólo tendrían que cargar nuestra nave con otras mujeres que sí estuviesen dispuestas a realizar la tarea de la diosa, y de nosotras, sólo quedaría una pulpa sangrante, que suplicaría la muerte.
Tal vez sea esa la razón por la que sigo escarbando en mi pasado, intentando hallar una causa, por remota que sea, por la que Heikate abogó por mí ante Diké y señaló poderosos augurios a la Poetiza. Después de haber acatado mi castigo (una estación completa de baños fríos en la Charca de la Gorgona) el Zogrov me volvió a convocar, y no sólo para regresarme mis honores en el tal Kyrte, sino porque el tiempo de mi partida apremiaba.
Desde hacía algún tiempo, las Ancianas sopesaban la idea de construir una flota. Sí, había escuchado bien, pero no lo creía. ¿Pensaban acaso las Ancianas, que las heikátidas abandonarían las estepas y los caballos, reemplazándolos por el agua y los birremes? ¿De dónde habían sacado una idea así? ¿Acaso habían enloquecido? Pero mi conmoción inicial fue dando paso al más expectante de los entusiasmos, cuando aquella particular Poetiza, la misma que dictó mi sentencia, me relató los sucesos que las motivaban a recurrir al dominio de las costas: las aventuras de los aqueos, aquellas por las que tanto habíamos sufrido desde los tiempos del infame Heracles, ya no eran pasajeras, sino que los helenos estaban adueñándose de las tierras a las que llegaban, marginando a los pequeños pueblos nativos de las costas del Mar Oscuro, los mismos con quienes nos unía una amistad inmemorial. Pese a que ahora aquél era un problema de éstos, no pasarían muchas generaciones antes de que una de sus polis empezara a disputarnos nuestras llanuras para erigir sus sembradíos. Era menester detener a los aqueos y disuadirlos de fundar sus apoikíes en el Mar Oscuro, pero ello, sólo era posible en la llanura de sal, atacando las naves que cargaban las tropas, los víveres y los colonos.
Por eso, mi regreso al tal Kyrte no pudo ser más conveniente, un hecho que sólo podía explicar el hado que me unía a mi pueblo. Era la única de las heikátidas que añoraba el mar, que desde su nacimiento había contemplado con amor la espuma salada de las olas y que debido a mi traición –o mejor dicho, a la voluntad de la Diosa- tenía alguna experiencia en el control de las embarcaciones que podían surcarlo. El Zogrov depositaba en mí, la otrora cuyo nombre debía ser escupido, la orientación de las mujeres, para que las instruyese y dirigiese en la construcción de la primera flota de las heikátidas.
La tarea encomendada era aquello con lo que siempre había soñado, aunque jamás la hubiera creído posible, porque ninguna de nosotras supo nunca cómo construir una embarcación de guerra. Afortunadamente, desde hacía algún tiempo, las espías heikátidas en las ciudades del cenit, habían contratado a dos maestros carpinteros, que conocían el arte de la fabricación de birremes. No entraré a relatar todas las dificultades, los problemas y menesteres que debimos soportar para la adecuada construcción de las naves, por lo que sólo diré que debieron pasar dos estaciones para que las primeras tres embarcaciones estuviesen listas. En tanto, me reencontré con Brista, que había decidido permanecer con las mujeres de Cadesia mientras aguardaba mi regreso. Después de celebrar mi libertad y contarle la maravillosa empresa que me había sido encomendada, quise que me ayudase a reclutar nuestra primera tripulación. No sería una tarea sencilla, por todos los temores y prejuicios que pueden imaginarse en un pueblo acostumbrado a pisar con fuerza la tierra bajo sus pies, pero pese a ser extranjera y apenas estar aprendiendo nuestra lengua, aceptó mi ofrecimiento, sin pensarlo dos veces.
Me sentí muy mal con ella cuando descubrió que las heikátidas rehuían sus invitaciones, aunque los hombres del tal Kyrte, en cambio, le rogaban que los incluyese con premura, porque preferían las penurias y riesgos del mar, a la vida monótona de las labores agrícolas y el pastoreo. Sin embargo, aún en el mar, a los varones del tal Kyrte les estaba prohibido portar armas de hierro o bronce, por lo que, pese a su entusiasmo, debimos prescindir de ellos, porque no harían otra cosa que ocupar espacio en las barcas. Pese al revés, la persistencia, candidez y elocuencia de Brista consiguieron que se nos uniesen no los hombres del pueblo de la Diosa, sino los de otros pueblos costeros, como los tralliai y los saiis, sobre quienes no recaía la prohibición de portar armas; su inclusión bastó para que las mujeres del tal Kyrte se entusiasmasen con la idea de asir un remo, pues no permitirían que un hombre fuese capaz de hacerlo, mientras ellas quedaban como unas cobardes que le temían al agua.

De esta forma, para el momento en que hicimos los rituales de botadura de los primeros tres birremes, ya contábamos con una tripulación de cuarenta reclutas para cada uno. El número era más que suficiente para iniciar nuestras primeras maniobras, y así, mientras los carpinteros construían otras embarcaciones, Brista reclutaba más brazos para las armas y los remos, yo empecé a entrenar a las primeras mujeres del tal Kyrte que surcarían las aguas del Mar Oscuro. Dos ciclos después de mi regreso, las heikátidas ya contábamos con quince naves tripuladas para disuadir a los aqueos de sobrepasar el Estrecho del Buey.


¡Aquellos fueron los ciclos más felices y maravillosos de mi vida!
Recorrimos las costas del Mar Oscuro, peleando contra las absortas tripulaciones aqueas, que apenas si podían salir de su estupor al vernos haciéndoles la guerra en el mar, que hasta ése momento, consideraban una llanura de su completo dominio. No fueron pocos los reyes y las polis que nos combatieron, aliándose para recuperar el dominio de los mares, que lo creían absoluto desde la caída de Ilión, pero en respuesta a sus coaliciones, se nos unieron varios capitanes piratas, deseosos de saquear los ricos botines de los almirantes helenos. En pocas estaciones, las guerreras de las estepas aprendieron a combatir en el reducido espacio de una cubierta, reemplazando las largas lanzas de montar, por las cortas hachas de bronce con doble filo y el arco corto compuesto fue mucho más útil, ahora que una andanada de flechas hacía blanco con muchas más facilidad en los compactos grupos de hoplitas. Pasados sólo algunos ciclos, los aqueos comprendieron que sus ansias de vírgenes y fáciles tierras al norte del Estrecho del Buey, ya no eran realizables.
Cuando el mar fue nuestro, los piratas iniciaron sus correrías por las islas del sur, mientras nosotras nos dedicábamos a saquear los asentamientos que los helenos habían conseguido fundar antes de que nuestras galeras flotaran. Después tendría tiempo de arrepentirme de habernos separado, porque fue en esas islas en donde los piratas quedaron expuestos a las argucias de los aqueos, entregados siempre a discursos y maquinaciones de la mente para reemplazar su poca habilidad en el combate ¿Acaso no fue así como consiguieron atravesar las impenetrables murallas de Ilión?
Cuando vimos a nuestros viejos aliados y amantes regresar al Mar Oscuro, no venían solos. El fatídico encuentro tuvo lugar en las inmediaciones de la península del pueblo de los meotes, muy cerca de Cimeria. Eran casi treinta embarcaciones, entre galeras y birremes. Por un momento, tuvimos la esperanza de que los piratas estuviesen escoltando naves cautivas, pero no tardamos en darnos cuenta de que todas estaban decididas a embestirnos. Nuestra flota era de apenas once birremes, puesto que las demás embarcaciones, que para ése momento sumaban veinte, estaban atracadas en otras costas. Lo prudente habría sido retirarnos, pero ya los enemigos estaban muy cerca y el viento iría en nuestra contra, por lo que di las instrucciones necesarias para una digna confrontación.
El primer choque nos favoreció, gracias al viento que nos impulsaba, y nueve galeras, que al ser más rápidas, iban a la vanguardia, quedaron más que astilladas y sus tripulaciones, sobreaguando entre las olas. Hubiéramos querido embestir también a los birremes, pero el choque inicial nos quitó fuerza, por lo que debimos limitarnos a escorar y prepararnos para el abordaje. Con la furia de quienes se dan por muertas, pero desean vender caro su pasaje al Reino de las Sombras, nos enfrentamos a los hoplitas, que antes debieron tragarse una andanada de flechas. No fue difícil superarlos y para cuando esperábamos ser rodeadas por las demás naves, caímos en cuenta que las nuestras, batidas contra los costados, habían formado una muralla que impedía a las demás rodearnos. Como si nuestra suerte no fuese suficiente, la violenta deidad Agdistis nos fue favorable y revolvió el curso del viento, que impulsó las naves piratas contra las aqueas, detenidas a causa de nuestra muralla. El desastre fue desgarrador, incluso para nosotras, acostumbradas a ver perecer entre sufrimientos a nuestros enemigos. No fue necesario que remojásemos el filo de nuestras hachas con más sangre para que las pocas naves que se salvaron de la colisión, emprendiesen la retirada.
Aquella fue nuestra primera gran victoria sobre el agua y del cuello de los meotes no salían más que cánticos y alabanzas para las heikátidas. Los regalos y honores con los que nos agradecieron fueron humildes, pero bastante más que significativos, e incluso, no fueron pocas las madres que quisieron entregarnos a sus hijas, para que las uniéramos a nuestro pueblo (honor del que debimos abstenernos) Pero el sabor de la alegría nos era amargo, porque sabíamos muy bien que aquel enfrentamiento significaba que nuestro sol en el mar, empezaba a declinar. Como temíamos, los piratas que conseguimos capturar de las aguas nos confirmaron que sus capitanes habían accedido a colaborar con los aqueos y en adelante, escoltarían sus embarcaciones de colonos; incluso nos contaron algo que yo ya me temía: la prosperidad de las colonias helenas beneficiaba a los piratas, porque el Mar Oscuro empezaría a ser surcado por naves mercantes, y así habían empezado a comprenderlo los muy trúhanes.
Las estaciones siguientes fueron las más difíciles. Nuestro sol se fue eclipsando, porque después de la derrota en las costas de los meotes, los aqueos no volvieron a enviar hombres armados sobre sus naves, ni ricos botines que tentaran la traición de los piratas; fue entonces, cuando empezamos a encontrarnos con empobrecidos campesinos recostados en las bordas, mujeres encinta y hambrientos mocosos. Las Ancianas celebraron aquello como una contundente victoria, por más que quise hacerles entender que los colonos seguirían llegando, y que lo harían en tanto los aqueos se multiplicasen en sus polis, mientras los pueblos del Mar Oscuro seguían siendo menos que poblados. Tal vez debí callar y celebrar con el Zogrov su supuesta victoria, la venganza contra los vejámenes de los aqueos, porque entonces respondieron, sin ninguna consideración, que armadas o no, las tripulaciones de los barcos colonizadores debían ser hundidas.
¿Fue este el propósito de la titánide todo este tiempo? ¿Había Heikate salvado mi vida, sólo para que yo fuese el arma cegadora de otras, inocentes? Cada una de nosotras soportó a su manera la misma pregunta, formulada quizás desde otras experiencias, pero todas respondidas con el mismo silencio, uno que ya no podíamos soportar y que romperíamos alzando nuestra voz contra las órdenes de las Ancianas. Entonces ocurrió, cuando bordeábamos las costas de los diaoji -otrora gobernados por la reina Medea, antes de la llegada del funesto Jasón- que divisamos un birreme encallado, notoriamente golpeado y aparentemente, abandonado, pero cuya forma, colores y velas me eran tan familiares como mi rostro: ¡Aquel era el Trítonas!
Di la orden para que atracásemos a una prudente distancia, aunque quizás nuestra cautela fuese innecesaria, porque claramente, el Trítonas parecía haber sido revolcado por una fuerte tormenta desde hacía bastante tiempo, y de sus ocupantes, no quedaba ningún rastro. Una vez en tierra, dirigí la vanguardia que se aproximaría al naufragio y dejé a Brista a cargo de nuestra embarcación. Aquella era una costa absolutamente virgen, cubierta por muy poca vegetación, de tierra negra y dura, de la que sobresalían afiladas rocas. A medida que nos acercábamos, el sol de la mañana fue menguando y para el momento en que tuvimos al Trítonas a alcance de nuestra vista, una fuerte llovizna cayó sobre nosotras; densas nubes se arremolinaban en el horizonte, por lo que quisiéramos o no, tendríamos que pasar la noche en aquel agreste paraje.
La inspección a la embarcación no nos reveló mucho, excepto que muy probablemente su tripulación o bien había sido engullida por el mar, o había decidido abandonar la nave y adentrarse en tierra, porque no quedaba ninguna pertenencia o cuerpo. Eso sí, el estado de la madera y los fuertes golpes que salpicaban al Trítonas, atestiguaban una dura calamidad. Me fue imposible controlar los pulsos que sacudían mi corazón, la agitación de mi respiración y el vacío que sentía en el hígado, porque sentía esfumarse la posibilidad de reencontrarme con Yagros, a quien deseaba ver y de quien quería tener noticias ¿Por qué no habíamos visto su nave antes, durante aquellos ciclos de guerra en el mar? ¿Por qué se presentaba sólo hasta ahora, en esta remota y olvidada costa, en esa situación tan lamentable? ¿Sería él todavía capitán del Trítonas, o al menos uno de sus remeros?
La lluvia se hizo más fuerte y nos fue preciso regresar, ahora que los rayos del Crónida usurpador sacudían el cielo. Cuando llegamos, Brista ya tenía preparados los parapetos de la nave y nos dispusimos a pasar la noche. Pese a que el agua del cielo fue inmisericorde, Heikate nos alumbró en todo momento y fue gracias a su presencia, que las guardianas nocturnas pudieron divisar a los salvajes que intentaron abalanzarse contra nosotras. No fue necesario que se repitiese la voz de alarma para que todas estuviésemos dispuestas al combate y al sentirse descubiertos, pudimos ver que los atacantes dudaban. ¡Heikatas! ¡Heikatas! tronó la voz de su jefe y supe entonces que aquellos hombres no eran nativos, sino los tritonautas.
Allí estaba él. Algo envejecido y un tanto demacrado, pero igual de encantador y misterioso como la primera vez que lo viera. Mis piernas temblaron y sentí que todo en mi interior se arremolinaba, mientras contemplaba su rostro, iluminado por la luz de la luna. Él también me veía fijamente, consciente de quien era y por ello, notoriamente asombrado. Casi al unísono, dimos orden a nuestras tropas de bajar sus armas, pero en vista de la conmoción que las embargaba, Yagros y yo nos acercamos. Hubiera querido besarlo y contarle que no había pasado un solo día en que no hubiera pensado en él, que lo perdonaba y que yo había actuado como una tonta el día en que lo dejé, pero mi rostro fue un pálido y duro trozo de mármol, que analizaba la fortaleza de mi contendor.
El otrora orgulloso capitán del Trítonas, hincó su rodilla ante mí. Aquello no me lo esperaba, pero antes de que yo pudiese reaccionar, empezó a relatar su desgracia. Pese a que la lluvia no había menguado y nos empapaba, escuchamos su relato con atención.
Habían participado en la escolta de un nutrido grupo de colonos de Mileto, quienes se proponían fundar una nueva colonia en las proximidades de Tyrias, en donde ya sus compatriotas empezaban a prosperar. Con ellos llevaban el fuego sagrado de la que sería la nueva ciudad, preservado por su líder, que se erigiría como fundador; pero luego de rebasar el Estrecho del Buey, el Trítonas y las tres galeras que escoltaba, fueron interceptadas por cuatro birremes piratas, que enarbolaron insignias de abordaje, pese a que se suponía que ahora colaboraban con los aqueos. Debieron huir, cambiando su curso original al Ponto, a las también peligrosas aguas de las amazonas. Sólo hasta el amanecer de la tercera jornada, los piratas desistieron de perseguirlos, pero no porque se hubiesen compadecido de su presa, sino debido a que en el horizonte se perfilaba una enorme tormenta. Hubieran querido desembarcar en alguna costa, pero altos acantilados y pronunciadas rocas se los impidieron, por lo que no tuvieron más opción que rezar a los misteriosos dioses marinos de aquellas aguas, quienes al parecer, sólo los escucharon a medias.
Las frágiles galeras de los colonos fueron las primeras en ser engullidas y aplastadas contra las rocas, mientras que el Trítonas deambuló a la merced del mar por algo más de un día, hasta que pudieron sobreaguar a la costa en donde sus restos reposan. Ya habían pasado dos estaciones desde su penuria inicial, en la que los treinta y dos sobrevivientes se habían visto reducidos a veintitrés, en aquella tierra yerma, desprovista de cualquier recurso que los pudiera alimentar, salvo cangrejos y gaviotas. Por ello, acudían suplicantes a nosotras, su única esperanza de abandonar aquel inhóspito paraje, en donde sólo los aguardaba la muerte.
Para cuando Yagros concluyó su relato, cargado de súplicas, la lluvia empezó a mermar y la luz de Heikate brilló con fuerza, permitiéndome distinguir el lamentable estado de los aqueos, pero también las miradas de desconfianza de mis mujeres. Era evidente que los tritonautas nos habían visto llegar y planeado ése ataque nocturno para arrebatarnos nuestra nave. También era notorio que se habían visto confinados a la áspera playa porque aquel era el territorio de los diaoji, cuya reservada amistad seguramente ya habían conocido. Ahora, sólo nuestra embarcación podía salvarlos, pero luego del relato de la fundación de una nueva colonia y dadas nuestras circunstancias particulares, desentrañé por fin los misterios de la Nocturna.
Éramos un número casi par de hombres y mujeres, compartíamos el hado común de dos tragedias que ahora nos unían, la bendición de una diosa y una tierra casi despoblada, porque si bien era cierto que desde el rapto de Medea los diaoji ya no rendían culto a la Gran Diosa, seguramente honrarían la amistad forjada por sus ancestros y nos permitirían ubicarnos. Cuando terminé de contar mi plan a la tripulación, sus miradas eran inseguras, pero sabía que era porque contemplaban la idea y a todas luces, era mucho mejor que regresar a enfrentar un juicio injusto del Zogrov. Permití que lo discutiesen hasta el mediodía, pero pasados sólo unos momentos, aceptaron mi idea. Los tritonautas estaban a nuestra merced, pero deseaba que también estuviesen de acuerdo, porque serían la otra mitad de nuestra nueva colonia, pero si esperaba de ellos alguna reticencia, me defraudaron, porque tan pronto como les hice la propuesta, la aceptaron.
Los diaoji nos permitieron establecernos al norte de sus tierras, para que al cultivarlas, las defendiésemos de las tribus escitas que los importunaban. Agradecimos su recibimiento y fueron casi incontables las estaciones en las que estrechamos una sólida alianza defensiva y comercial con ellos.
Creo que sobra decir por qué decidimos llamar a nuestro pueblo Thálasis (o Phasis, como prefirieron abreviarlo los nativos) y que los primeros ciclos estuvieron llenos de dificultades entre nosotras y los aqueos, pero tan pronto como empezaron a nacer los primeros hijos, todo fue más agradable. En aquel tiempo, también llegué a convencerme de que el sacrificio que hubiera hecho a Cibeles había sido suficiente a la Diosa, porque Yagros pudo volver a depositar su simiente en mí, que floreció en un robusto y muy saludable varón, muy semejante a su padre, pero pese a que mi vida era apacible y completa, por algún motivo no me era del todo dichosa. Aunque lo llegué a atribuir al aplacamiento de mi espíritu marino, sólo comprendí el verdadero motivo cuando el aireado ojo de Temiscira se posó en nuestra colonia.
Comprendí la difícil posición de los diaoji cuando debieron permitir el paso de la enorme hueste de mujeres que prometían acabar con nuestra existencia. Su mensajero regresó con mi bendición (puesto que ahora que era una diosa fundadora, podía suministrarla) y con mi perdón hacia su pueblo, que no tuvo otra intención que ayudarnos a prosperar, pero no podía comprometer su existencia por Thálasis.
Al contemplar los fuegos del campamento del tal Kyrte, a sólo unos schoinos de nuestros hogares, no sólo mi corazón de sobrecogió de espanto, pues era como si el cielo estuviese en llamas, sino que también entendí por qué los hombres gustan tanto de las murallas. Mañana, al anochecer, ya estarán aquí y no podremos oponerles ninguna resistencia. Escapar sería estúpido, pues no seríamos más que liebres huidizas en la inmensa llanura, y no tenemos suficientes naves para salvarnos todas, por lo que esta noche embarcarán los niños, incluido el mío, que sólo cuenta dos ciclos, y las mujeres grávidas, portando el fuego sagrado de nuestra joven patria. Al verlos embarcar, no puedo dejar de pensar en los cientos de almas, que como aquéllas, enviamos al fondo de las aguas del Mar Oscuro.

EPÍLOGO
La orden del Zogrov fue cumplida con tenaz y fría obediencia. La horda de heikátidas de Temiscira no tuvo piedad con ninguno de los habitantes de Thálasis, y quienes no tuvieron la ventura de morir en el asalto, debieron sufrir el tormento del empalamiento.
Por más que la buscaron y pese a las torturas que muchos debieron padecer, Thálasa nunca fue encontrada, por lo que finalmente, las Ancianas supusieron que la ruin traidora había escapado cobardemente en alguna de las embarcaciones que remontaron las aguas del Mar Oscuro.
Como se pactó, la apoikía de Thálasis fue entregada a los diaoji, pero después del saqueo, era poco menos lo que los nativos podían recuperar de las cenizas humeantes, por lo que dejaron que los pastos de la llanura devorasen sus cimientos; sin embargo, fueron otros los que dieron uso al viejo emplazamiento y los aqueos del norte, quizás provenientes de Dioskurias, volvieron a levantar la colonia, a la que dieron el nombre común que tuviera: Phasis.

VII CONCURSO DE RELATOS DE HISLIBRIS Página



La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal