Antología poética del siglo de oro. Literatura castellana



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ANTOLOGÍA POÉTICA DEL SIGLO DE ORO.

LITERATURA CASTELLANA.




Renacimiento.
Los temas y motivos de la poesía renacentista proceden del petrarquismo y la tradición clásica grecolatina. Del Cancionero de Petrarca se toma la idealización de la mujer como símbolo platónico del Bien y la Belleza y el amor como adoración espiritual a ese ser angélico. También se adopta, a través de la obra de Garcilaso, la métrica italiana: versos heptasílabos y endecasílabos, uso de liras, tercetos, silvas, sonetos y octavas reales. De la literatura clásica grecolatina hay que destacar la recuperación de tópicos literarios, la imitación de las odas de Horacio y sus temas (como el elogio de la vida retirada), las imágenes pastoriles de las églogas de Virgilio y, sobre todo, las referencias a la mitología, en muchas ocasiones tomadas de las Metamorfosis de Ovidio.

Los poetas renacentistas que aparecen en la selección son:



  • Garcilaso de la Vega, en el que se aprecian la exquisita musicalidad y el perfecto equilibrio estructural de la composición, alejado de los efectismos y de la palabrería gratuita, todo ello muy acorde con los gustos renacentistas. Su obra tendrá una influencia decisiva en toda la poesía de los Siglos de Oro, tanto en los aspectos métricos y formales, como en los temas petrarquistas y clásicos.

  • Fray Luis de León, que adapta a los temas religiosos, filosóficos y morales las fórmulas poéticas introducidas por Garcilaso. Su poesía se compone casi totalmente de odas escritas en liras. La influencia más constante es la de su admirado Horacio.

  • San Juan de la Cruz, que emplea la retórica amorosa del petrarquismo garcilasiano, así como la métrica italiana (casi siempre liras), para explicar sus experiencias místicas. También se incluye un villancico “a lo divino”, de tema místico.

Barroco.
La poesía tuvo un gran desarrollo en el Barroco, era una poesía de contrastes, en la que había una veta meditativa y a la vez se trataban los temas con una perspectiva burlesca. El Barroco constituye el periodo de mayor auge de la poesía satírica; en cuanto a la métrica, si bien continúa la influencia de los versos y estrofas italianos (sobre todo el soneto), se recuperan también algunas composiciones de origen medieval, más populares, como los villancicos, que se llamarán letrillas, y, sobre todo, el romance.

Durante este movimiento cultural se desarrollarán dos grandes corrientes estéticas, no siempre opuestas, sino más bien complementarias:



  • el culteranismo o gongorismo, se identifica por el abuso de recursos estilísticos como los utilizados por Góngora en las Soledades y en Polifemo: metáforas rebuscadas, imágenes sorprendentes, hipérbatos y sintaxis latinizante, cultismos (palabras latinas), alusiones a la mitología clásica, recursos fónicos que refuerzan la musicalidad...

  • el conceptismo, que se sirve más del concepto, de la idea; se inclina por los juegos de palabras basados en el significado y el ingenio (dilogías, polisemias, calambur, paranomasia, retruécanos) y es muy propenso a la ironía y el sarcasmo. Quevedo es el autor más representativo de esta corriente.

Los poetas barrocos que aparecen la selección son:

  • Luis de Góngora, representado con poemas más sencillos y populares como el romance y las letrillas; y el más culterano, con un fragmento de las Soledades y un soneto de artificiosa complejidad.

  • Félix Lope de Vega, a igual distancia de una y otra tendencia, la poesía de Lope trata temas profanos y religiosos, en muchas ocasiones relacionados con sus propias vivencias y estados de ánimo. En la selección podemos encontrar sonetos amorosos y religiosos, asi como un romance autobiográfico en clave morisca, y el ingenioso soneto improvisado.

  • Francisco de Quevedo, el más famoso de los poetas satíricos y el más representativo de la tendencia conceptista. En la selección vemos muestras de su vena crítica humorística en la letrilla, de su corrosiva burla en los sonetos a una nariz y a una mujer puntiaguda con enaguas, y de su gravedad filosófica en temas más serios, como el paso del tiempo y la inexorabilidad de la muerte, en otros dos sonetos.

Soneto XXIII. Garcilaso de la Vega.


En tanto que de rosa y azucena

se muestra la color en vuestro gesto,

y que vuestro mirar ardiente, honesto,

enciende al corazón y lo refrena;
y en tanto que el cabello, que en la vena

del oro se escogió, con vuelo presto,

por el hermoso cuello blanco, enhiesto,

el viento mueve, esparce y desordena:


coged de vuestra alegre primavera

el dulce fruto, antes que el tiempo airado

cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento helado,

todo lo mudará la edad ligera

por no hacer mudanza en su costumbre.

El soneto es una combinación estrófica formada por dos cuartetos y dos tercetos de versos endecasílabos y rima consonante. Los cuartetos riman ABBA y los tercetos, en este caso, CDE

DCE. Los tercetos pueden variar el orden de la rima, no así los cuartetos. Garcilaso fue el poeta que puso de moda este tipo de composición, de procedencia italiana, en la literatura española. También fue el propagador de otros usos métricos italianos como los versos endecasílabos y heptasílabos, o las liras, silvas, tercetos encadenados y octavas reales, en lo concerniente a las estrofas

En este soneto petrarquista, Garcilaso de la Vega describe el ideal de belleza femenina en los dos primeros cuartetos, ideal que representa su amada Isabel Freire (de piel blanca y rosada, mirada apasionada y honesta, ya que es una mujer casada, rubia, cuello blanco y esbelto). Se corresponde con la donna angelicata, mujer que representa con su belleza un estímulo para la espiritualidad del poeta. En los dos tercetos se trata el tema del carpe diem, disfrutar el presente pues la juventud pasa deprisa. Las figuras retóricas más destacadas: anáfora del principio de los cuartetos (en tanto que), metáforas en la enumeracion descriptiva (rosa, azucena, oro), enumeración (mueve, esparce y desordena), epítetos (alegre primavera, dulce fruto, hermosa cumbre), paronomasia (cubra cumbre), personificación (el tiempo airado)



Canción V. Oda a la flor de Gnido. Garcilaso de la Vega.
Si de mi baxa lira

tanto pudiese el son, que en un momento

aplacase la ira

del animoso viento

y la furia del mar y el movimiento;
y en ásperas montañas

con el suave canto enterneciese

las fieras alimañas,

los árboles moviese,

y al son confusamente los traxese;
no pienses que cantado

sería de mí, hermosa flor de Gnido,

el fiero Marte airado,

a muerte convertido,

de polvo y sangre, y de sudor teñido;
ni aquellos capitanes

en las sublimes ruedas colocados,

por quien los alemanes

el fiero cuello atados,

y los franceses van domesticados.
Mas solamente aquella

fuerza de tu beldad sería cantada,

y alguna vez con ella

también sería notada

el aspereza de que estás armada;
y cómo por ti sola,

y por tu gran valor y fermosura,

convertido en viola,

llora su desventura

el miserable amante en tu figura.
Hablo de aquel cautivo,

de quien tener se debe más cuidado,

que está muriendo vivo,

al remo condenado,

en la concha de Venus amarrado.
Por ti, como solía,

del áspero caballo no corrige

la furia y gallardía

ni con freno le rige,

ni con vivas espuelas ya le aflige.
Por ti, con diestra mano,

no revuelve la espada presurosa,

y en el dudoso llano

huye la polvorosa

palestra como sierpe ponzoñosa.
Por ti, su blanda musa,

en lugar de la cítara sonante,

tristes querellas usa,

que con llanto abundante

hacen bañar el rostro del amante.
Por ti, el mayor amigo

le es importuno, grave y enojoso;

yo puedo ser testigo

que ya del peligroso

naufragio fui su puerto y su reposo.
Y agora en tal manera

vence el dolor a la razón perdida,

que ponzoñosa fiera

nunca fue aborrecida

tanto como yo dél, ni tan temida.
No fuiste tú engendrada

ni producida de la dura tierra;

no debe ser notada

que ingratamente yerra

quien todo el otro error de sí destierra.
Hágate temerosa

el caso de Anaxárate, y cobarde,

que de ser desdeñosa

se arrepintió muy tarde;

y así, su alma con su mármol arde.
Estábase alegrando

del mal ajeno el pecho empedernido,

cuando abaxo mirando

el cuerpo muerto vido

del miserable amante, allí tendido.
Y al cuello el lazo atado

con que desenlazó de la cadena

el corazón cuitado,

que con su breve pena

compró la plena punición ajena.
Sintió allí convertirse

en piedad amorosa el aspereza.

¡Oh tardo arrepentirse!

¡Oh última terneza!

¿Cómo te sucedió mayor dureza?
Los ojos se enclavaron

en el tendido cuerpo que allí vieron;

los huesos se tornaron

más duros y crecieron,

y en sí toda la carne convirtieron;
las entrañas heladas

tornaron poco a poco en piedra dura;

por las venas cuitadas

la sangre su figura

iba desconociendo y su natura;
hasta que finalmente

en duro mármol vuelta y transformada,

hizo de sí la gente

no tan maravillada

cuanto de aquella ingratitud vengada.
No quieras tú, señora,

de Némesis airada las saetas

probar, por Dios, agora;

baste que tus perfetas

obras y fermosura a los poetas
den inmortal materia,

sin que también en verso lamentable

celebren la miseria

de algún caso notable

que por ti pase triste y miserable.
Esta oda está escrita en liras, es la primera vez que se usa esta estrofa en castellano y de ahí viene el nombre de la estrofa. Está dirigida a una dama napolitana, Violante Sanseverino (hay una alusión a su nombre al referirse al instrumento musical llamado viola), para interceder por su amigo, Mario Galeota, que estaba enamorado de ella y al que no hacía caso.

En las dos primeras estrofas expresa su deseo de que su poesía tuviera la virtud de calmar la furia de los elementos y de las fieras, como sucedía con la música de Orfeo (referencia al mito).

Si así fuese no cantaría a las victorias militares, recordemos que él era soldado, como su amigo, y que estaban en una campaña militar en Italia (alusiones al dios de la guerra, Marte, y a los enemigos vencidos, franceses y alemanes). En la 5ª y 6ª estrofa, introduce el verdadero tema, la belleza de la dama y su dureza ante los requerimientos del desdichado amante. En la 6ª y 7ª liras hace un juego de palabras con los nombres de la pareja, él llora convertido en viola y rema condenado en la concha de Venus (diosa del amor), el nombre Galeota se parece a galeote, que quiere decir precisamente condenado a remar en galeras. Las cuatro siguientes estrofas comienzan con una anáfora, en todas se describen los efectos del amor no correspondido en su amigo: ya no cabalga, ni lucha, llora amargamente y rehúye a los amigos. En la siguiente, explica que incluso huye de él, como si fuera una serpiente venenosa. En la siguiente le dice elegantemente que quien tiene tantos aciertos no ha de cometer un fallo como el de despreciar a su amigo. Para ilustrar lo negativo del desprecio le explica la historia de Anaráxate, mito que aparece en Las Metamorfosis del poeta latino Ovidio. Se recrea en la plasticidad de la transformación de la ninfa en una estatua, por haber provocado con su desdén el suicidio de su infeliz amante. Las dos últimas estrofas concluyen el propósito de la oda, pedirle a la bella dama que no dé motivo a los poetas para explicar una trágica historia similar a la de Anaráxate (referencia a la diosa mítica de la venganza, Némesis).

En cuanto a las figuras retóricas, hay que destacar el uso del epíteto (baja lira, animoso viento, ásperas montañas, suave viento), la polisíndeton (el uso excesivo de la y ), las metáforas y juegos de palabras (con los nombres de los protagonistas), las exclamaciones e interrogaciones retóricas, las anáforas...



Soneto V. Garcilaso de la Vega.
Escrito está en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribistes, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto

.

En esto estoy y estaré siempre puesto;


que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.
Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero;
cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir y por vos muero.

Soneto claramente petrarquista de Garcilaso de la Vega. Dedicado a Isabel Freire en vida, es una declaración de amor puro, idealizado, a la manera petrarquista. Con un lenguaje cortés, dirigiéndose a ella de vos, la hace responsable de su poesía, ya que es la fuente inspiradora de su amor, el poeta se limita a describir la perfección que ve, con lo que la figura de la mujer aparece divinizada. Hay que notar el campo semántico propio de lo religioso para referirse a su amor, lo que descarta cualquier sombra de pecado (alma, bien, creo, fe, hábito, confieso). En la poesía petrarquista el amor es siempre una ideal inalcanzable, ya que la dama está casada y es perfecta, tan pura como bella.

En los dos primeros cuartetos, con aliteraciones y repeticiones de palabras, viene a decir que ella está grabada en su alma de tal forma que lo que él escribe es como si lo escribiera ella y que su belleza es tal que no alcanza a su comprensión, pero aun así cree en ella como se cree en Dios, aunque no se le comprenda.

En los tercetos confiesa su total dependencia de ella, su alma, su vida, todo lo que él es y tiene, no existirían sin ella.

Hay que destacar en cuanto a las figuras retóricas las aliteraciones y repeticiones (est, escribir, alma, vos), el hipérbaton, las anàforas y paralelismos de los versos finales, el juego de palabras con morir y muero (futuro real y presente figurado, para expresar el sufrimiento de su imposible amor), las metáforas (escrito en el alma, hábito cortado).

Soneto X. Garcilaso de la Vega.

¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,

dulces y alegres cuando Dios quería!

Juntas estáis en la memoria mía,

y con ella en mi muerte conjuradas.
¿Quién me dijera, cuando en las pasadas 5

horas en tanto bien por vos me vía,

que me habíais de ser en algún día

con tan grave dolor representadas?


Pues en un hora junto me llevastes

todo el bien que por términos me distes, 10

llevadme junto el mal que me dejastes.
Si no, sospecharé que me pusistes

en tantos bienes porque deseastes

verme morir entre memorias tristes.

Otro soneto petrarquista de Garcilaso, este también dedicado a Isabel Freire, pero ya después de su muerte. Las prendas a las que se refiere no sabemos qué son exactamente, pero vemos que provocan el triste recuerdo que da pie al poema. La fuerza de toda la composición radica en la idea de que lo que en su momento era motivo de alegría y felicidad, ahora es motivo de tristeza y dolor. Ese contraste que representan las prendas cuando vivía y cuando ya no vive su dueña, hacen pensar al poeta que es mucho peor el dolor cuando antes se ha sido feliz por la misma causa.

La estructura del soneto es claramente argumentativa. El primer cuarteto, de tono exclamativo, presenta la tesis: las prendas y sus recuerdos se han unido para torturarle. En el segundo, todo él una interrogación retórica, se pregunta cómo se podía imaginar que un motivo de felicidad podía convertirse en motivo de desgracia.

En el primer terceto, mediante la antítesis bien/mal pide que ya que le han quitado lo que más quería que no le dejen solo el dolor. El terceto final cierra el poema con una conclusión reflexiva, la sospecha de que la razón de haberle dado la anterior felicidad era la de hacerle un daño más profundo.

Hay que destacar el calambur y la aliteración del último verso, que refuerza genialmente el tono triste de todo el soneto ( verme morir entre memorias tristes)

Oda a la vida retirada. FRAY LUIS DE LEÓN.
¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Que no le enturbia el pecho


de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.

No cura si la fama


canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento,


si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río!


¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío
a vuestro almo reposo,
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño,


un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves


con su cantar sabroso no aprendido,
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,


gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera


por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera,
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa


por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego sosegada,


el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea


y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso rüido
que del oro y del cetro pone olvido.

Ténganse su tesoro


los que de un falso leño se confían:
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena


cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla


mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable-


mente se están los otros abrasando
con sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando

A la sombra tendido,


de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado
del plectro sabiamente meneado.

En esta oda de Fray Luis , como en todas las de la selección, encontramos la lira como estrofa. Fray Luis de León y San Juan de la Cruz van a utilizar preferentemente la lira como vehículo de sus poemas religiosos y morales.

Paradigma de la lira: 7a, 11B, 7a, 7b, 11 B. Rima consonante.

Como en otras odas, Fray Luis toma modelo a su admirado poeta latino Horacio. Concretamente se trata de una versión del Beatus ille horaciano, donde se expone el tema de las ventajas de la vida en el campo, apartado de las ambiciones y de las rivalidades de la corte o ciudad. También aparece como tema el tópico de la aurea mediocritas o dorada medianía, es decir, que es mejor no destacar de los demás y conformarse con una vida sencilla, mediocre, sin fama ni gloria ni riquezas, pero tranquila y feliz.

En la primera estrofa, ya aparece el tema, con la exclamación elogia “la escondida senda de los sabios”, metáfora de la vida sencilla y apartada del poder y la competitividad. En la segunda y la tercera, con una serie de metonimias, epítetos, hipérbatos y encabalgamientos suaves y abruptos, nos dice que los que siguen esa vida no sienten envidia ni deseos de riquezas ni de fama ni de gloria. En la siguiente, con una interrogación retórica se pregunta si vale la pena vivir siendo envidiado por los demás y teniendo preocupaciones. En la siguiente, con enumeraciones y exclamaciones retóricas da las primeras pinceladas del locus amoenus que desarrollará al final del poema (tópico latino que consiste en describir un lugar agradable, en el campo, que representa la tranquilidad y la felicidad y, en algunos casos, un lugar propicio para el amor). Aparece después una referencia a las naves y a los mercaderes, tomada del poema de Horacio, para contraponer los riesgos de esa vidad de preocupaciones con la tranquilidad de la vida retirada que describe a continuación: las aves que le despiertan, la soledad en el campo, el huerto y sus plantas, la tranquilidad... lo vuelve a contraponer con la descripción de un naufragio (tomado también del poema de Horacio) y concluye en las dos últimas estrofas que mientras otros, por su ambición, arden de sed, él se siente como un humilde rey coronado con el laurel y la hiedra, que simbolizan la humildad y el verdadero triunfo sobre las pasiones, en la calma de su huerto, escuchando la música de la vida, obra maestra creada por Dios.

ODA AL LICENCIADO JUAN DE GRIAL. FRAY LUIS DE LEÓN.


Recoge ya en el seno

el campo su hermosura, el cielo aoja

con luz triste el ameno

verdor, y hoja a hoja

las cimas de los árboles despoja.

Ya Febo inclina el paso

al resplandor Egeo, ya del día

las horas corta escaso;

ya Eolo al mediodía

soplando espesas nubes nos envía.

Ya el ave vengadora

del Ibico navega los nublados,

y con voz ronca llora,

y al yugo el cuello atados

los bueyes van rompiendo los sembrados.

El tiempo nos convida

a los estudios nobles y la fama,

Grial, a la subida

del sacro monte llama,

do no podrá subir la postrer llama.

Alarga el bien guiado

paso, y la cuesta vence, y solo gana

la cumbre del collado;

y do más pura mana

la fuente, satisfaz tu ardiente gana.

No cures si el perdido

error admira el oro y va sediento

en pos de un bien fingido;

que no ansí vuela el viento,

cuanto es fugaz y vano aquel contento.

Escribe lo que Febo

te dicta favorable, que lo antigo

iguala y pasa el nuevo

estilo; y caro amigo

no esperes que podré atener contigo.

Que yo de un torbellino

traidor acometido y derrocado

de en medio del camino

al hondo, el plectro amado

y del vuelo las alas he quebrado.


En esta oda en liras, Fray Luis vuelve a inspirarse en su admirado poeta latino Horacio para tratar el tema de su preferencia por la poesía lírica, en vez de por la épica, como le proponía su amigo Grial.

En las tres primeras estrofas describe poéticamente la llegada del otoño, que puede referirse también al periodo de la madurez, no sólo a la estación del año. Para ello utiliza varias imágenes metafóricas con referencias a mitos: la diosa Flora recoge las flores en su seno; el dios del Sol, Febo, está más bajo y se acerca al mar, Egeo; el dios del viento, Eolo, envía nubes. Y enumera también otras imágenes tópicas del otoño como la caída de las hojas, la migración de las cigüeñas y el arado de los campos.

Todo esto invita al estudio y, más concretamente, al cultivo de la poesía lírica: subida al sacro monte Parnaso, residencia de las musas de la poesía, y la fuente pura, Castalia, otro mito que representa la poesía.

En la quinta y sexta estrofas le dice que no se preocupe si otros se equivocan al preferir las modas, la fama y el oro, porque eso no es duradero, y le anima a escribir siguiendo a los clásicos, como él hace inspirándose en Horacio.

En la última estrofa, le dice que él no podrá hacer lo mismo, puesto que, utilizando una serie de metáforas, le explica que lo han derribado y quebrado sus alas y su plectro, es decir, la libertad de escribir. Se refiere por tanto a su encarcelamiento por la Inquisición.


ODA  DE LA VIDA EN EL CIELO. FRAY LUIS DE LEÓN,


Alma región luciente,

prado de bienandanza, que ni al hielo

ni con rayo ardiente

fallece, fértil suelo,

producidor eterno de consuelo;

de púrpura y de nieve

florida, la cabeza coronado,

a dulces pastos mueve

sin honda ni cayado

el buen Pastor en ti su hato amado.

Él va, y en pos dichosas

le siguen sus ovejas do las pace

con inmortales rosas,

con flor que siempre nace,

y cuanto más se goza más renace.

Ya dentro a la montaña

del alto bien las guía; ya en la vena

del gozo fiel las baña,

y les da mesa llena,

Pastor y pasto él solo y suerte buena.

Y de su esfera cuando

la cumbre toca altísimo subido

el sol, él sesteando

de su hato ceñido

con dulce son deleita el santo oído.

Toca el rabel sonoro,

y el inmortal dulzor al alma pasa,

con que envilece el oro,

y ardiendo se traspasa

y lanza en aquel bien libre de tasa.

¡Oh son! ¡Oh voz! ¡Siquiera

pequeña parte alguna decendiese

en mi sentido, y fuera

de sí el alma pusiese

y toda en ti, oh Amor, la convirtiese!

Conocería dónde

sesteas, dulce Esposo, y desatada

desta prisión adonde

padece, a tu manada

viviera junta, sin vagar errada.


En este poema en liras Fray Luis describe alegóricamente el cielo utilizando una serie de símbolos tomados de la poesía bucólica o pastoril; a la manera de Virgilio, convierte el locus amoenus, el agradable lugar de las églogas donde las pastores vivían sus amores, en el cielo cristiano . Así el prado, los pastos, las flores, el rebaño y el pastor, se transforman en un cielo donde las almas son eternamente felices junto a Dios, el Buen Pastor. La descripción de la vida campestre, del pastor y sus ovejas, de la tranquilidad, la belleza, la música, es pues una imagen alegórica de la eternidad que Dios otorga a las almas cristianas.

En las dos últimas estrofas, Fray Luis expresa su deseo, después de las exclamaciones retóricas, de sentir esa voz, esa música celestiales, de vivir una experiencia mística y fundirse con la divinidad, dulce Esposo, y abandonar la prisión del cuerpo para que así pueda vagar el alma, libre ya de penas y errores, por ese locus amoenus deseado que es el cielo de la doctrina cristiana.

Las figuras retóricas más destacadas, aparte de los símbolos y metáforas que forman la alegoría, son los hipérbatos y encabalgamientos típicos del poeta, los epítetos (alma región, fértil suelo, dulce Esposo, dulces pastos, alto bien, inmortales rosas), la paronomasia y paradoja “pastor y pasto”, la enumeración, la polisíndeton de la y.



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