Antología poética del siglo de oro. Literatura castellana



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Soledad primera .

Fragmento de Las Soledades, de Luis de Góngora.

Era del año la estación florida

En que el mentido robador de Europa
—Media luna las armas de su frente,
Y el Sol todo los rayos de su pelo—,
Luciente honor del cielo,
En campos de zafiro pace estrellas,
Cuando el que ministrar podía la copa
A Júpiter mejor que el garzón de Ida,
—Náufrago y desdeñado, sobre ausente—,
Lagrimosas de amor dulces querellas
Da al mar; que condolido,
Fue a las ondas, fue al viento
El mísero gemido,
Segundo de Arïón dulce instrumento. 14

Del siempre en la montaña opuesto pino


Al enemigo Noto
Piadoso miembro roto
—Breve tabla— delfín no fue pequeño
Al inconsiderado peregrino
Que a una Libia de ondas su camino
Fió, y su vida a un leño.
Del Océano, pues, antes sorbido,
Y luego vomitado
No lejos de un escollo coronado
De secos juncos, de calientes plumas
—Alga todo y espumas—
Halló hospitalidad donde halló nido
De Júplter el ave. 28

Besa la arena, y de la rota nave


Aquella parte poca
Que le expuso en la playa dio a la roca;
Que aun se dejan las peñas
Lisonjear de agradecidas señas. 33

Desnudo el joven, cuanto ya el vestido


Océano ha bebido
Restituir le hace a las arenas;
Y al Sol le extiende luego,
Que, lamiéndole apenas
Su dulce lengua de templado fuego,
Lento lo embiste, y con suave estilo
La menor onda chupa al menor hilo. 41

No bien, pues, de su luz los horizontes


—Que hacían desigual, confusamente,
Montes de agua y piélagos de montes—
Desdorados los siente,
Cuando —entregado el mísero extranjero
En lo que ya del mar redimió fiero—
Entre espinas crepúsculos pisando,
Riscos que aun igualara mal, volando,
Veloz, intrépida ala,
—Menos cansado que confuso— escala. 51

Vencida al fin la cumbre


—Del mar siempre sonante,
De la muda campaña
Árbitro igual e inexpugnable muro—,
Con pie ya más seguro
Declina al vacilante
Breve esplendor de mal distinta lumbre:
Farol de una cabaña
Que sobre el ferro está, en aquel incierto
Golfo de sombras anunciando el puerto. 61

Las Soledades es un poema de Luis de Góngora, compuesto en 1613 en silvas de versos endecasílabos y heptasílabos.

El poema nació como un proyecto dividido en cuatro partes que iban a llamarse «Soledad de los campos», «Soledad de las riberas», «Soledad de las selvas» y «Soledad del yermo». De este ambicioso poema, Góngora solo concluyó la «dedicatoria al Duque de Béjar» y las dos primeras Soledades, de las cuales dejó inconclusa la segunda.

Era la primera vez que se utilizaba el género lírico para un poema tan extenso, pues no tiene desarrollo narrativo ni ecfrástico (descripción de una obra artística).

El asunto de la «Soledad Primera» se puede resumir en pocas palabras: un joven náufrago llega a la playa de una isla, es recogido por unos cabreros, y termina asistiendo a una boda. La acción ocupa tres días. El primero, al anochecer, el personaje llega a la playa y siguiendo la luz de una hoguera encuentra a los cabreros, con los que pasa la primera noche. Al día siguiente parte con uno de los cabreros y por el camino se encuentran con una comitiva de serranos que van camino de una aldea cercana, donde se va a celebrar la boda de unos pastores. Uno de ellos nota por sus ropas que es un náufrago -lo que le hace recordar a su hijo muerto en la mar- y expone una larga y amarga queja contra la codicia y la navegación marítima. Este serrano lo invita a asistir a las nupcias, y esa noche duermen en la aldea. Al día siguiente se celebra el desposorio, así como una serie de juegos y bailes. El poema termina al anochecer, cuando los esposos se dirigen a su casa, donde Venus les ha preparado el blando lecho (es conocido el último verso: "a batallas de amor, campo de pluma"). Bajo tan parco argumento, inspirado en el episodio de Nausícaa de la Odisea, Góngora se dedica a dibujar una minuciosa descripción de la naturaleza, plagada de alusiones mitológicas y metáforas amplificativas, con el propósito de halagar los sentidos y hallar la belleza en todo objeto en el que fije su pluma.

En cuanto a los temas, recientes estudios han iluminado el presunto vacío de contenido de la obra gongorina. Se trata de ofrecer un ejemplo máximo del tópico de "menosprecio de corte y alabanza de aldea", donde la Naturaleza se revela como no corrompida, frente al mundanal ruido de políticos cortesanos y ambiciosos comerciantes. Para ello describe paisajes arcádicos, en una línea de inspiraciónneoplatónica, donde los objetos son espléndidos y la vida, un retiro ideal.

Las Soledades originaron ya desde su composición un gran debate por los extremos de dificultad de su ornato y la acumulación de alusiones mitológicas y eruditas en su discurso.

Esta obra supone la cumbre del estilo gongorino y fue reivindicada y alabada por parnasianos y simbolistas franceses y por la generación del 27, que rindió un merecido homenaje en1927 a Góngora con motivo del tricentenario de su muerte, acontecimiento que dio nombre a la citada generación poética.


Explicación de las estrofas.

 Era la estación florida (la primavera)  en la que el Sol está en la constelación de Tauro (del 21 de abril al 20 de mayo). El joven náufrago era más hermoso que Ganimedes, por lo que si Júpiter lo hubiera conocido lo habría preferido como copero. A la desgracia del naufragio el joven añade el haber sido desdeñado por su amada y el estar lejos de ella. Se queja al mar de sus desdichas y su gemido es tan conmovedor que tiene sobre el mar y sobre el viento el mismo efecto que la lira de Arión tuvo sobre los delfines.

Una breve tabla, piadoso miembro roto del pino siempre opuesto en la montaña al viento enemigo, fue un delfín no pequeño al inconsiderado peregrino que fió su camino a una Libia de ondas y su vida a un leño. Es decir, el náufrago se agarraba a una tabla pequeña, pero de tamaño suficiente para salvarle la vida (fue para él como el delfín que salvó la vida a Arión). Libia es famosa por sus desiertos. El mar es un desierto de olas. Leño es sinécdoque o metonimia por barco de madera. El ave de Júpiter es el águila real. El mar arrastra a la orilla al peregrino, cerca de un escollo sobre el que se encuentra un nido de águila abandonado.
Exponer es un cultismo: César usa frecuentemente este verbo con el sentido de desembarcar: Exponere ex nauibus milites (desembarcar los soldados de las naves). El náufrago, agradecido a la primera roca que alcanza en tierra firme, le ofrece lo más preciado que tiene en ese momento, la tabla que le ha salvado la vida. "Las peñas aún se dejan lisonjear con señales de agradecimiento" es una alusión a un dicho de la época: "dádivas quebrantan peñas", es decir, con regalos a las personas adecuadas puede lograrse cualquier cosa. Una de las muchas censuras sutiles a la vida en la corte.

El joven escurre el vestido y luego lo extiende al Sol. En la época era frecuente representar al Sol con ojos y boca, e incluso sacando la lengua. Por ello no es sorprendente que Góngora pinte al Sol lamiendo el vestido con sus rayos. "Embestir" tiene aquí el mismo sentido figurado que tiene "atacar" cuando se habla de "atacar un problema". Quiere decir que el Sol se pone "manos a la obra" lentamente y con delicadeza hasta chupar la menor gota de agua.

 Los horizontes, en la oscuridad de la noche, convertían (hacían parecer) montes a las enormes olas y mares a los montes, es decir, no se distinguía dónde acababa el mar y dónde empezaba la tierra.Góngora llama crepúsculos a las tenues luces del crepúsculo, o a las rocas iluminadas por la luz crepuscular. Igualmente, "ala" es una sinécdoque por "ave".

Un árbitro es un mediador, en sentido figurado, pero aquí lo es literalmente: la cumbre del acantilado mediaba entre el mar y el campo, separaba el rugido del mar del silencio del campo.


Un barco está sobre el ferro cuando está anclado. La estrofa quiere decir que después de ascender el acantilado, deja atrás el rugido del mar y baja al campo donde se ve, en medio de la oscuridad, una luz de una cabaña, que compara con un barco anclado en el puerto, lugar por tanto donde poder refugiarse.

Recursos estilísticos.

Hay continuas referencias mitológicas, a modo de ejemplo veamos las de la primera estrofa:  Júpiter raptó a Europa disfrazado de toro. Para recordar su "hazaña" dejó en el cielo la imagen de un toro, la constelación de Tauro. Es a esta constelación a la que Góngora llama "el mentido robador de Europa", es decir, el falso toro que raptó a Europa.


El garzón de Ida es Ganimedes, un joven al que Júpiter raptó cautivado por su belleza para que fuera su copero en el Olimpo.
Arión era un músico de la antigüedad. Sus parientes quisieron apropiarse de su fortuna y pagaron a unos marineros para que durante un viaje en barco lo arrojaran al agua. Cuando se vio perdido, Arión pidió permiso para tocar su lira y cantar por última vez antes de morir. Su canto atrajo a los delfines y, cuando Arión saltó al agua, uno de ellos lo llevó a tierra sano y salvo.

En cuanto a las figuras retóricas, abundantísimas, destaca el hipérbaton, usado de manera sistemática. Las imágenes metafóricas (el toro tiene la luna y el sol como cuernos y como cabellos, pace estrellas-zafiros en el campo del cielo) . Epítetos (mentido, luciente, dulces, mísero). Circunloquios, refiriéndose con rodeos muy cultos a Ganimedes (el que ministrar podía...) para resaltar la belleza del náufrago, o refiréndose al águila (de Júpiter el ave). Aliteraciones (luciente-cielo, condolido-con ondas). Metonimias (leño por barco, miembro del pino por tabla). Personificaciones (honor del cielo, del océano sorbido y vomitado, se dejan las peñas lisonjear, enemigo Noto).




De una dama que, quitándose una sortija, 
se picó con un alfiler. Luis de Góngora.

Prisión del nácar era articulado


(de mi firmeza un émulo luciente)
un dïamante, ingenïosamente
en oro también él aprisionado.

Clori, pues, que su dedo apremïado


de metal, aun precioso, no consiente,
gallarda un día, sobre impacïente,
lo redimió del vínculo dorado.

Mas, ay, que insidïoso latón breve


en los cristales de su bella mano
sacrílego divina sangre bebe:

púrpura ilustró menos indïano


marfil; invidïosa, sobre nieve
claveles deshojó la Aurora en vano.

Este es uno de los sonetos más “culteranos” de Góngora, tanto por el léxico, con abundancia de cultismos, como por los hipérbatos y metáforas de difícil interpretación, como por el uso insólito de la diéresis hasta en siete ocasiones.

El tema es muy propio del Barroco, una anécdota insignificante da pie a Góngora para crear una pequeña joya poética, complicadísima formalmente. El contenido es pues lo de menos y lo importante es, sobre todo, el lenguaje poético y la dificultad de la composición.

Muchos críticos han considerado que la abundancia de diéresis en la ï , así como las íes acentuadas, dan un valor fónico estridente al poema, como un grito de dolor (que produciría el pinchazo) y que también aparece de forma explícita en el noveno verso. Por otro lado, el grafismo de la diéresis sobre la ï, se asemeja a un alfiler con dos gotas de sangre.

Habría que destacar el hipérbaton forzado del principio y las ingeniosas metáforas y metonimias: un diamante, ingeniosmente aprisionado en oro también él (porque el diamante estaba rodeado del anillo de oro y el poeta estaba aprisionado en los dorados cabellos de la dama) , un émulo luciente (imitador brillante) de mi firmeza (de su amor fiel), era prisión del articulado nácar (porque rodeaba el dedo blanco y brillante como el nácar). Es curioso también el efecto que produce el hecho de que el cuarteto empiece con la palabra prisión y acabe con la palabra aprisionado, como si las dos palabras cerraran el cuarteto como una prisión pero también como un anillo, que es lo que se describe en esos versos.

En el segundo cuarteto nos dice que Clori se sintió oprimida por el anillo y se lo quitó impaciente, todo ello con un léxico muy culto y metonimias y metáforas.

En el primer terceto, el alfiler (al que llama pequeño traidor de latón) le pincha y nos dice con una audaz personificación que bebe su sangre en los cristales de su mano, realzando así el brillo de su piel y estableciendo la comparación implícita con un vaso.

En el último terceto, usa los tópicos colores para describir la belleza de la piel de Clori, el rojo (púrpura, claveles de la Aurora) y el blanco (marfil indiano, nieve) con metáforas dispuestas en un hipérbaton bastante brusco. Todo ello para realzar la belleza de Clori, superior al marfil de la India y que incluso la diosa Aurora, sentiría envidia del tono de su piel.

Romance morisco. Lope de Vega.

“Mira, Zaide, que te aviso


que no pases por mi calle,
ni hables con mis mujeres,
ni con mis cautivos trates,
ni preguntes en qué entiendo                       5
ni quién viene a visitarme,
qué fiestas me dan contento
o qué colores me aplacen;
basta que son por tu causa
las que en el rostro me salen,                       10
corrida de haber mirado
moro que tan poco sabe.
Confieso que eres valiente,
que hiendes, rajas y partes
y que has muerto más cristianos                  15
que tienes gotas de sangre;
que eres gallardo jinete,
que danzas, cantas y tañes,
gentil hombre, bien criado
cuanto puede imaginarse;                            20
blanco, rubio por extremo;
señalado por linaje,
el gallo de las bravatas,
la nata de los donaires,
y pierdo mucho en perderte                        25
y gano mucho en amarte,
y que si nacieras mudo
fuera posible adorarte;
y por este inconveniente
determino de dejarte,                                 30
que eres pródigo de lengua
y amargan tus libertades,
y habrá menester ponerte
quien quisiera sustentarte
un alcázar en el pecho                                 35
y en los labios un alcaide.
Mucho pueden con las damas
los galanes de tus partes,
porque los quieren briosos,
que rompan y que desgarren;                      40
mas, tras esto, Zaide amigo,
si algún convite te hacen
al plato de sus favores,
quieren que comas y calles.
Costoso fue el que te hice;                         45
venturoso fueras, Zaide,
si conservarme supieras
como supiste obligarme.
Apenas fuiste salido
de los jardines de Tarfe                               50
cuando hiciste de la tuya
y de mi desdicha alarde.
A un morito mal nacido
me dicen que le enseñaste
la trenza de los cabellos                               55
que te puse en el turbante.
No quiero que me la vuelvas
ni quiero que me la guardes,
mas quiero que entiendas, moro,
que en mi desgracia la traes.                       60 
También me certificaron
cómo le desafiaste
por las verdades que dijo
que nunca fueran verdades.
De mala gana me río;                                    65
¡qué donoso disparate!
No guardas tú tu secreto
¿y quieres que otro le guarde?
No quiero admitir disculpa;
otra vez vuelvo a avisarte                            70
que ésta será la postrera
que me hables y te hable.”
Dijo la discreta Zaida
a un altivo bencerraje,
y al despedirle repite:                                 75
“Quien tal hace, que tal pague.” 

 

Se trata de un romance, versos octosílabos que riman en asonante los pares quedando sueltos los impares, estrofa típica de la poesía épica tradicional castellana.



En este caso, Lope usa una forma épica, con personajes supuestamente moriscos, para burlarse de sí mismo y de su relación con su amante Elena Osorio. Tras los nombres de Zaide y Zaida, se esconden los protagonistas de la historia real. Elena era una mujer casada, pero con el marido ausente, hija del empresario teatral para el que comenzó a trabajar Lope. Parece ser que Lope explicó a un amigo suyo su relación con Elena y la reputación de la mujer enseguida fue conocida por todo Madrid. Aunque Lope retó en duelo al amigo por no guardar su secreto, Elena, ofendida denunció a Lope por calumnias, razón por la cual fue desterrado de la corte.

La estructura interna consta de dos partes: el parlamento de Zaida, que reprocha a Zaide que se vaya de la lengua y no sepa guardar el secreto de su relación, eso sí, elogiando otras muchas virtudes de su amante; y los últimos cuatro versos en los que interviene la voz del narrador para cerrar con la amenaza de Zaida, es decir, Elena Osorio.

No hay demasiadas figuras retóricas, puesto que un romance es un ejemplo de poesía popular. Pero merecen destacarse, aparte del uso del campo semántico propio de los romances moriscos (cautivos, cristianos, alcaide, Tarfe, bencerraje, moro), las anáforas, polisíndeton y enumeraciones, metáforas (el gallo de las bravatas, la nata de los donaires, un alcázar en el pecho, en los labios un alcaide). Y, sobre todas ellas, la ironía, constante a lo largo del poema por alabarse a sí mismo y criticarse también de forma humorística, aunque con un fondo amargo, por boca del personaje de Zaida.

 Suelta mi manso, mayoral extraño. Lope de Vega.

Suelta mi manso, mayoral extraño,
pues otro tienes tú de igual decoro,
deja la prenda que en el alma adoro,
perdida por tu bien y por mi daño.

Ponle su esquila de labrado estaño                     5


y no le engañen tus collares de oro;
toma en albricias este blanco toro
que a las primeras yerbas cumple un año.

Si pides señas, tiene el vellocino


pardo, encrespado, y los ojuelos tiene                   10
como durmiendo en regalado sueño.

Si piensas que no soy su dueño, Alcino,


suelta y verásle si a mi choza viene,
que aún tienen sal las manos de su dueño.
En este soneto, Lope vuelve a trata un tema autobiográfico pero de forma alegórica: el rico conde de Granvela seduce a su amante, Elena Osorio. Lope se dirige a él, reprochándole que le arrebate su “oveja”, ya teniendo él una (estaba casado). Considera que su “oveja” ha sido engañada por las riquezas, pero que en el fondo está enamorada de Lope y volverá a él.

La alegoría consiste en utilizar símbolos (la oveja y todo lo que se refiere a ella) para representar el significado real (Elena y su relación amorosa) de manera sistemática. Granvela es el mayoral (pastor) malo, mientras que Lope es el buen pastor. Hay muchas referencias bíblicas, es habitual representar al alma como oveja y al pastor como Dios, en este caso Lope quiere dejar en mal lugar a su enemigo, y utiliza la simbología religiosa con un sentido de amor humano.

En cuanto a la estructura hay que destacar el comienzo de los cuartetos, con una forma verbal en imperativo, instándole a dejar suelta y en paz a su “oveja”, y el principio de los tercetos con la anáfora del adverbio condicional, que introducen la descripción detallada y amorosa de la oveja y las pruebas de que es suya, como una argumentación para fundamentar su exigencia.

Ir y quedarse y con quedar partirse. Lope de Vega
Ir y quedarse y con quedar partirse, 
partir sin alma y ir con alma ajena, 
oír la dulce voz de una sirena 
y no poder del árbol desasirse;

arder como la vela y consumirse                            5
haciendo torres sobre tierna arena; 
caer de un cielo y ser demonio en pena 
y de serlo jamás arrepentirse;

hablar entre las mudas soledades, 
pedir prestada sobre fe paciencia                            10
y lo que es temporal llamar eterno;

creer sospechas y negar verdades 
es lo que llaman en el mundo ausencia, 
fuego en el alma y en la vida infierno.

El soneto se estructura como una larga enumeración en la que se describen, con verbos en infinitivo, los estados de ánimo del enamorado en la ausencia de la amada. De manera apasionada, se cierra la larga enumeración con la definición de lo que se ha descrito, en los dos últimos versos, con otra enumeración paralelística: ausencia, fuego, infierno. Es decir, la pasión amorosa.

Destacan las antítesis y paradojas del primer cuarteto en forma de quiasmo, la alusión al mito de Ulises y las sirenas, la comparación con la vela, las torres de arena que representan la fragilidad de las ilusiones, el mito bíblico del ángel caído para describir la desesperación de verse alejado del cielo que es estar junto a la persona amada, la locura de hablar solo, la ironía “ fe y además paciencia”, la antítesis también irónica temporal-eterno, la paradoja y antítesis de creer sospechas y negar verdades y el revelador final, que nos descubre el motivo de tanta ansiedad, locura, ilusión y confusión: la ausencia de la amada y la pasión amorosa que consume al amante convirtiendo su vida en un infierno.

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? Lope de Vega.


¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh. cuánto fueron mis entrañas duras,                             5


pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el Ángel me decía:


«Alma, asómate agora a la ventana,                              10
verás con cuánto amor llamar porfía!»

¡Y cuántas, hermosura soberana,


«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!
Soneto religioso estructurado con interrogaciones retóricas en el primer cuarteto y exclamaciones en las restantes estrofas.

Le habla en segunda persona a Jesús, al que apostrofa, preguntándose por qué tanta insistencia con un pecador como él. De esta manera la bondad divina se acrecienta, ante el contraste de la indiferencia e ingratitud del propio Lope. El diálogo con el ángel en los tercetos, le da una dimensión coloquial al poema muy sugerente y original. El sentimentalismo de todo el soneto es muy propio de la religiosidad de Lope, le interesa más realzar los aspectos humanos de la propia divinidad, los sentimientos que le acercan al ser humano, que no la magnificencia, el poder y la gloria. También pone de relieve sus propios pecados, para mostrar el error y el arrepentimiento. Dios es una especie de amigo incondicional al que no hacemos caso.

Lope, ya en la madurez, se hizo sacerdote, tras una crisis espiritual. En el poema se refleja su preocupación y arrepentimiento por no haber atendido a Dios en su vida pasada.

Un soneto me manda hacer Violante. Lope de Vega.
Un soneto me manda hacer Violante,

en mi vida me he visto en tal aprieto;


catorce versos dicen que es soneto:
burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante                                5


y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto
no hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primer terceto voy entrando


y parece que entré con pie derecho,                              10
pues fin con este verso le voy dando.

Ya estoy en el segundo, y aun sospecho


que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.
Soneto improvisado en el que Lope demuestra su gran ingenio y facilidad para versificar, desarrollando un tema inusual, metaliterario, pues nos explica lo que es un soneto a la vez que compone uno.

Es admirable la conjunción que logra entre forma y significado, a medida que va desarrollando la explicación de lo que es un soneto y sus partes, éstas coinciden con las explicaciones (van los tres delante, estoy a la mitad de otro cuarteto, por el primer terceto voy entrando, fin con este verso le estoy dando, ya estoy en el segundo, voy los trece versos acabando,). Aún más sorprendente y admirable es el irónico final, final redondo y concluyente.

El poema es un estupendo ejemplo de la importancia que se le da en la época barroca a los alardes de ingenio, en este caso utilizando un lenguaje coloquial, sin retórica, con una ironía y desparpajo que nos lo hacen simpático, a pesar de su evidente presunción.

 

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