Antonio núÑez jiménez y la academia de ciencias cuba 1962-1972



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Oración Finlay 2011

ANTONIO NÚÑEZ JIMÉNEZ Y LA ACADEMIA DE CIENCIAS CUBA 1962-1972


A la memoria de Antonio Núñez Jiménez (1923-1998)

Estimadas compañeras, estimados compañeros:

El 9 de marzo de 1962, fresca todavía la tinta en la edición de la Gaceta Oficial que contenía la Ley 1011 que creaba la Comisión Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba, Antonio Núñez Jiménez comparece ante la televisión nacional para explicar al pueblo qué era la Academia y qué sentido tenía el desarrollo de la ciencia para nuestra revolución (Núñez Jiménez, 1962). Esta preocupación por la divulgación y la comprensión popular de la ciencia era ya, desde los años de su juventud, una de las batientes principales de su pensamiento y de su accionar. Inmediatamente después, pondrá manos a la obra para continuar dando vida a otra de ellas, una que impresionara a Nicolás Guillén cuando conoció al joven geógrafo a principios de los años cincuenta del pasado siglo: su compenetración con las tradiciones científicas cubanas del siglo xix y la primera mitad del siglo xx, en medio de las cuales descollaba Carlos J. Finlay (Guillén, 1962).

A fin de hacer aún más efectiva esta última, da el nombre de Finlay al Museo Histórico de las Ciencias Médicas a que dedica el edificio de la antigua Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana y lo inaugura el 3 de diciembre de 1963 con una circunstanciada conferencia sobre el desarrollo científico y técnico y la Revolución cubana, que sería la primera de la actividad que, ratificando su denominación como Oración Finlay, propuso efectuar anualmente en esa fecha. Reactivaba así una hermosa práctica, que, para decirlo con sus palabras en esa oportunidad, asumía como deber sagrado el “unir el presente socialista con lo mejor de nuestro pasado” (Núñez Jiménez, 1963).

Al amparo de la concepción de temática amplia que para esas ocasiones concibiera el renovador de la Oración Finlay y con motivo, precisamente, del próximo cincuentenario de la creación de la Academia de Ciencias de la Cuba socialista, trataremos aquí de la contribución de esta institución a la formación de un espacio para la ciencia en los años inmediatamente subsiguientes al triunfo de la Revolución cubana. Tomando en cuenta el tiempo disponible, el tratamiento será muy sucinto, pero hecho con plena conciencia de los numerosos aspectos que no será posible abordar adecuadamente. Espero que el mismo, no obstante su brevedad, contribuya a aumentar la comprensión de algunos de los retos y respuestas presentes durante la que en otra ocasión denominamos “Etapa de la promoción dirigida de la ciencia en Cuba” (Sáenz y García Capote, 1980), y tenga utilidad para el análisis de nuestra situación actual.

► Cuando se produce en Cuba el triunfo popular de 1959, no se carecía, como señaló Julio Le Riverend, de ciertos puntos de partida para comenzar el trabajo en algunos aspectos del proyecto de desarrollo planteado (Le Riverend, 1965), pero resultaba evidente la desproporción entre los objetivos de ese proyecto, las insuficiencias de la base de conocimientos necesarios para desenvolver el mismo y las carencias institucionales en la esfera de la ciencia y la tecnología.

Esta situación con respecto al conocimiento necesario para sustentar el desarrollo es una de las cuestiones fundamentales que identifica el líder de la Revolución cubana cuando interviene en el acto con el que se ha marcado simbólicamente el inicio de un definitivo esfuerzo nacional por poner el conocimiento científico en función de los objetivos de un desarrollo humano genuino.

En sus palabras el 15 de enero de 1960 en el paraninfo de la entonces aún denominada Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, en la sesión por el vigésimo aniversario de la Sociedad Espeleológica de Cuba, no solo expresa su anhelo para nuestra patria de un futuro de hombres de ciencia, de hombres de pensamiento, sino que enfatiza precisamente que nos encontrábamos en “ … el minuto en que todas las inteligencias tienen que ponerse a trabajar, en que todos los conocimientos no son suficientes para la obra que se realiza y son necesarios más conocimientos” (Castro, 1960) (Subrayado EGC).

Se extiende a continuación en el señalamiento de que no se trataba únicamente del conocimiento, entonces muy insuficiente, sobre los recursos naturales del país —aunque su necesidad está bien distinguida en su intervención de aquel día—, sino de que en cuanto a la Revolución y el desarrollo se refería, la tarea no radicaba solo en la esfera de lo físico-natural, sino que era fundamentalmente una tarea de orden humano. Insiste en este aspecto, refiriéndose a la situación anterior a 1959:

Se nos enseñaban los accidentes de la naturaleza, pero no se nos enseñaban los tremendos accidentes de la humanidad; se nos enseñaban las fallas de la naturaleza, pero no se nos enseñaban las fallas de la sociedad humana; se nos enseñaban los desniveles, los grandes desniveles de la naturaleza, de la tierra, mas, no se nos enseñaban los grandes desniveles de la sociedad humana; se nos enseñaban los picos de la sociedad, pero no se nos enseñaban los pantanos de la sociedad; se nos enseñaba que había una Ciénaga de Zapata, pero no se nos enseñaba que había mucha ciénaga social también en nuestra patria.

Y caracteriza en seguida el momento en que se encontraba la Revolución y las condiciones en que habría que construir el futuro:

… la historia misma nos enseña que nosotros hemos recién salido de una etapa de lucha para entrar en otra etapa de lucha; que nosotros hemos dado un paso hacia adelante, pero que para mantenernos y avanzar tenemos que seguir luchando.

Al entrar en esa etapa, se pondrán en práctica, de inmediato, las acciones para dar expresión concreta a aquellos rasgos definitorios de la vocación revolucionaria consignados en lo que ha llegado a conocerse como el Programa del Moncada: el problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la educación, el problema de la salud, el problema de la vivienda, el problema del desempleo (Castro, 1953; Mencía, 1986). El abordaje de todos ellos demandará, de manera concurrente, la aplicación de los conocimientos y soluciones ya disponibles y la indagación por los nuevos conocimientos necesarios para pasar a un estadio superior.

► Este necesario acometimiento va a transcurrir en medio de la agresividad inmediata y constante del imperialismo norteamericano. Y despegará asimismo en un contexto internacional caracterizado, en cuanto a nuestro análisis de hoy concierne, por el derrumbe del sistema colonial, con la consiguiente intensificación del debate sobre las teorías del desarrollo aplicables en los países emergentes (González Carvajal, 1964) y el despliegue cada vez más acelerado de lo que se dio en llamar la revolución científico-técnica.

Cuando el pueblo cubano retoma, a la altura de 1959, el camino por la plena independencia nacional, iba en ascenso, en efecto, la percepción del papel de la investigación científica y de la ciencia y la tecnología en general en los países subdesarrollados, pero su problemática estaba lejos de haber alcanzado el grado de conceptualización que después presentaría: hasta la Segunda Guerra Mundial, la política científica se conformaba sólo en los países capitalistas más desarrollados y en la Unión Soviética (Gvishiani y Mikúlinsky, 1972).

Por contradictorio que a primera vista pueda parecer —y no lo resulta tanto si se tiene en cuenta cuáles fueron las clases que accedieron al poder en muchos de los estados emergentes—, cuando, a partir sobre todo de la década de los cincuenta del pasado siglo, las antiguas colonias se independizan políticamente, quedando capturadas en esquemas de dominación neocolonial de diferentes matices, miran con frecuencia y casi pudiera decirse que inevitablemente, hacia las antiguas metrópolis y observan en ellas “adelantos”, elementos modernos constituidos sobre todo por conocimientos científicos y tecnológicos corporizados.

Con independencia de la justificada irritación que el término “modernización” provoca cuando se le identifica con el patrón de la llamada “civilización occidental”, fue posible expresar entonces la modernización en gran medida con los términos de “ciencia y tecnología para el desarrollo” porque de una u otra forma se comprendió que junto a la transferencia desde el exterior de conocimientos científicos y tecnológicos constituidos y ya aprovechables, resultaba necesario hacer explícito que era imprescindible investigar in situ un número considerable de problemas naturales y sociales propios de estos países, respecto a los cuales no existía —y en muchos casos aún no existe— el conocimiento agrario, de recursos naturales, medioambiental, médico, social y cultural imprescindible para un planeamiento actualizado del desarrollo.

Y es que, como es sabido, sólo precisamente sobre una base multidisciplinaria de tales conocimientos científicos, generados de manera endógena, resulta posible desarrollar internamente o evaluar y transferir con eficacia desde el exterior las tecnologías y los procederes que deben aplicarse para resolver los problemas y modernizar así la sociedad. Todo esto implica el montaje de una capacidad nacional de ciencia y tecnología y conduce a la cuestión de las correspondientes políticas y estrategias.

Si bien cinco décadas atrás el desarrollo científico y tecnológico mundial quizá no exhibía con tanta claridad las características en muchos sentidos espectaculares de que hoy está revestido, a mediados de la década de aquellos años sesenta se daba como un hecho, por analistas de muy distinta afiliación conceptual, que la humanidad se encontraba ya en medio de una revolución que, como consecuencia del intenso aprovechamiento tecnológico de los resultados provenientes de las ciencias naturales, estaba produciendo mutaciones profundas en las características de las fuerzas productivas (Berkner, 1963; Naciones Unidas, 1964; Shujardin, 1971).

En el entonces existente campo socialista este fenómeno va a ser denominado como revolución científico-técnica, aunque hubieron en él investigadores que argumentaron que para adjudicarle carácter de revolución propiamente dicha debían producirse también cambios en las relaciones de producción, como los que estuvieron presentes en la revolución industrial de fines del siglo xviii y primeras décadas del siglo xix (Anchishkin, 1987). En todo caso, en Cuba el liderazgo político percibió claramente su importancia inmediata —y, sobre todo, perspectiva— y consideró la incorporación apropiada al proceso como una de las más importantes tareas a resolver para el avance de la revolución.

Es en ese entorno histórico, algunos de cuyos rasgos característicos hemos presentado, que comienza a batallar la revolución cubana en la esfera de la ciencia y la tecnología.

► Aunque el propio Fidel [Castro] ha caracterizado su afirmación el 15 de enero de 1960 como expresión de un anhelo revolucionario y no como una profecía, es justamente esa característica de anhelo revolucionario la que dará lugar a que la misma no quede como una promesa al uso más y se convierta en realidades tangibles que irán conformando un potencial científico y tecnológico nacional.

Si bien en aquellos años el fenómeno de la revolución científico-técnica había sido analizado con mayor precisión fuera de la propia Unión Soviética, la constatación sobre el terreno, por así decirlo, en los meses de abril-junio de 1963, de las irrefutables realizaciones científicas y técnico-materiales que una revolución social abría en cuanto el desarrollo científico y tecnológico de un país que había partido de condiciones iniciales muy desfavorables y vencido dificultades extraordinarias, generará la valoración entusiasta que expresa entonces el 21 de mayo de ese año en la Universidad Estatal Lomonosov de Moscú: “!La ciencia vencerá! … ¡Viva la ciencia!“ (Castro, 1963a).

En las concepciones de Ernesto Che Guevara está la necesidad de abordar el fenómeno de la revolución técnica, cualquiera que fuera en definitiva el término con que se la designara; la necesidad de dar “el gran salto técnico” a que se refiere en su memorable intervención en el Segundo Seminario Económico de Solidaridad Afroasiática celebrado en Argel en febrero de 1965 (Guevara, 1965a).

Junto a su observación directa en instalaciones de países industrializados de los altos niveles tecnológicos de las mismas, estará el magistral deslinde entre revolución técnica a secas y revolución técnica socialista que hace en su discurso en la clausura del seminario “La juventud y la revolución” organizado por la Unión de Jóvenes Comunistas en el Ministerio de Industrias el 9 de mayo de 1964 (Guevara, 1964).

Su acción en este sentido derivaba del criterio, que plantearía resueltamente en El socialismo y el hombre en Cuba, de que la formación del hombre nuevo y el desarrollo de la técnica eran los dos pilares de la construcción de la nueva sociedad (Guevara, 1965b).

Por otra parte, a partir del discurso que pronuncia ante los alumnos de las Escuelas de Auxiliares de Administración el 2 de octubre de 1963, poco tiempo después del regreso de su primera estancia en la Unión Soviética, el líder de la Revolución cubana comienza a insistir fuertemente en la importancia de la revolución técnica a la que era necesario transitar una vez cumplida la primera gran tarea de conquistar el poder político y pasar a propiedad del pueblo los principales medios de producción (Anónimo, 1964).

Esta concepción, que encontrará una expresión bien perfilada en su conocida valoración de noviembre de ese año 1963 en una reunión con estudiantes de la enseñanza secundaria básica —la revolución social se hizo precisamente para hacer la otra revolución, la revolución técnica—, priorizaba las transformaciones técnicas profundas en la agricultura y la ganadería (Castro, 1963b).

Junto a la realización de tareas extraordinarias en la es­fera de la educación, al planteamiento de 1960 y a la anterior rotunda afirmación sobre la revolución técnica va a corresponder una estrategia de creación sucesiva de cen­tros de investigación. No obstante el escaso número de graduados universitarios existentes en el país y su necesidad para las apremiantes tareas de la producción de bienes y servicios, se asignarán recursos humanos y ma­teriales para la instalación de entidades científicas encaminadas a dar respues­ta en el futuro a las necesidades del desarrollo del país.

Este potencial se fue conformando según distintas vertientes que considero pueden identificarse como las principales hasta principios de los años setenta del pasado siglo. Se trata de: (1) Los recursos naturales y humanos y la Academia de Ciencias de Cuba; (2) El desarrollo industrial y el Ministerio de Industrias; (3) La investigación agrícola; (4) Ciencia y tecnología para la salud pública.

Estas cuatro magistrales estarán acompañadas, como quinta vertiente, de un empeño central en la creación del potencial científico-técnico, con la interacción directa del liderazgo político, que se apoyará considerablemente en la movilización conciente de grupos de profesores y alumnos de la educación superior (Prohías, 1965) y que con frecuencia tendrá como punto de partida los encuentros —no necesariamente “programados” pero sí concientemente buscados—, los encuentros, decía, de ese liderazgo con colectivos de investigadores y especialistas portadores de ideas novedosas y viables, requeridas y merecedoras de un apoyo diferenciado sustancial.

► En los elementos contextuales que hemos tratado de presentar es que se va a inscribir, en sus años iniciales, el desenvolvimiento de la Academia. Intentaremos una síntesis de ese desenvolvimiento.

Llevadas a cabo las grandes nacionalizaciones de agosto y octubre de 1960 y hecho explícito el carácter socialista de la Revolución el 16 de abril de 1961, se imponía una consideración de la institucionalización correspondiente a la radicalmente nueva situación. En la Reunión Nacional de Producción celebrada el 26 y el 27 de agosto de 1961 se analizaron de forma muy crítica las experiencias de los primeros meses de la operación de las capacidades productivas del país por el nuevo régimen y se informó sobre la preparación en marcha de un plan de desarrollo económico y social para los años 1962-1965 (Reunión Nacional de Producción, 1961).

Las nuevas circunstancias requerían cambios institucionales y políticos, entre los cuales procedía, como explicaba poco después de dicha reunión Osvaldo Dorticós, entonces presidente de la República, que el Instituto Nacional de la Reforma Agraria, que llevaba a cabo sus labores con cierta independencia de las demás actividades del desarrollo económico del país, se enlazara armónicamente al desarrollo integral de la economía dentro del plan general que se gestaba (Dorticós, 1961). A principios de ese año 1962 se produce un cambio en la presidencia del Instituto, desempeñada hasta esa fecha por el propio Fidel [Castro], para la cual se designa a[l destacado intelectual y político] Carlos Rafael Rodríguez (1913-1998) (Rodríguez, 1984). Se produce asimismo un cambio en su dirección ejecutiva, desempeñada desde su creación en 1959 por Núñez Jiménez.

En el necesario proceso de formación de instituciones que iban constituyendo entonces el poder socialista en nuestro país va a ocupar su lugar poco después la promulgación, el 20 de febrero de 1962, de la Ley 1011 del Gobierno Revolucionario (Valdés Paz, 2008), que estableció la Comisión Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba como entidad subordinada al Consejo de Ministros (Consejo de Ministros, 1962). Surgía así la primera institución científica multidisciplinaria o multisectorial creada por la Revolución, en la cual estarían representadas las diversas ramas de las ciencias, tanto naturales como sociales, y que, ubicándose claramente dentro de la amplia obra cultural que la Revolución llevaba adelante, se constituía para apoyar las tareas del desarrollo económico y social del país.

En los incisos (a) y (b) de su artículo 4, la Ley 1011 confería a la Comisión Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba unas funciones típicas de una entidad que la literatura especializada denominó después "organismo rector de la ciencia y la técnica". Dichos incisos estipulaban para la Comisión, en efecto, las siguientes funciones:



  1. Dirigir, coordinar, estimular y orientar los estudios, investigaciones y demás actividades científicas, no docentes, en todas las ramas de las ciencias naturales y sociales, según los requerimientos y exigencias del desarrollo socialista de nuestro país, sin perjuicio de las investigaciones que realicen los organismos de esta clase que funcionan o están adscriptos a los ministerios del Gobierno.

  1. Planificar las investigaciones científicas de acuerdo con la Junta Central de Planificación y servir como organismo consultante de la misma en todo lo que concierne a la actividad científica y tecnológica

La práctica de los años subsiguientes indicaría sin embargo, tanto en Cuba como en otros países del Tercer Mundo, que a la creación de un órgano rector o de un órgano de coordinación general debía anteceder el fomento real de lo que por esos años se dio en llamar una “masa crítica” de potencial científico-técnico (Cardón, 1967). Y es en esta dirección en la que va a ser mucho más visible la acción de la Academia durante su primera década de existencia.

Analizaremos por tanto el programa de fomento a las investigaciones que la entidad se propuso a tenor de la función atribuida en el inciso (f) del propio artículo 4 de la Ley 1011, que decía textualmente:


  1. Crear organismos de carácter científico, tales como institutos y centros de investigación, de acuerdo con las posibilidades reales de su funcionamiento y a tenor de las necesidades de Cuba.

Este programa fue expuesto en diferentes oportunidades por Núñez Jiménez —designado presidente de la Comisión Nacional— y su contenido permea su libro Academia de Ciencias de Cuba: nacimiento y forja, publicado en 1972, en ocasión del décimo aniversario de la institución. En uno de sus apartados aparece resumida de la siguiente manera la estrategia de la misma:

... fundar la primera academia de ciencias socialista de América, del hemisferio occidental y de la zona intertropical, creándola con el criterio y carácter de un organismo nacional e internacionalista, al servicio de la economía socialista de Cuba, de los países subdesarrollados y del mundo; una institución de ramas científicas interdependientes que sirviese en el futuro de base, primero, para la interpretación correcta de los fenómenos naturales del país y los sociales del pueblo y, segundo, para ayudar a su transformación, o sea, un organismo que desarrollase una ciencia inspirada en el materialismo dialéctico y sirviese de motor para impulsar la construcción del socialismo y el comunismo (Núñez Jiménez, 1972) (Subrayado nuestro. EGC).

La viabilidad de esta concepción, que de hecho se remitía a las perspectivas derivables de las palabras de Fidel Castro en enero de 1960, antes comentadas, se hacía descansar en medida considerable en la cooperación con entidades homólogas o afines del entonces campo socialista, pero no sobre la base de principios exclusivamente políticos —lo que tenía por supuesto su propia legitimidad—, sino apoyándose, en este aspecto, en cuatro tesis de contenido científico, cuya virtualidad fue comprobada en la práctica en la etapa inicial de la institución (Núñez Jiménez, 1964). Estas tesis partían de:



  1. La exclusividad que en el campo socialista tenía la situación geográfica de Cuba en el hemisferio occidental.

  2. El carácter casi exclusivo, también en dicho campo, del medio natural cubano, lo que propiciaba que nuestro país y su Academia pudieran jugar un papel destacado en las investigaciones del Tercer Mundo, en el cual se habían realizado muy escasas investigaciones científicas en beneficio de los desarrollos nacionales.

  3. La constitución del pueblo cubano como una comunidad integrada en lo cultural, fundamentalmente, por factores hispánicos y africanos, con influencias de muy diversas procedencias, incluso de factores procedentes de los Estados Unidos, que debían, desde luego, ser estudiados

  4. La conformación de la cultura cubana, única de habla española en el campo socialista, en cuyo contexto se había engendrado un proceso revolucionario con características muy propias, que al propio tiempo confirmaba, en nuestra concepción, la universalidad de los principios básicos del marxismo leninismo.

Estos aspectos motivaban el interés de los institutos de ciencias naturales y de ciencias sociales de los países socialistas y constituían las bases objetivas para una amplia cooperación de los mismos con las incipientes entidades de la institución cubana.

Tal concepción no dejó de tener sus críticos cubanos e incluso fue percibida, en un momento dado, de extrapolación de instituciones semejantes de la Unión Soviética, señalándose que, a semejanza de estas, quería abarcarlo todo (Castro Díaz-Balart y Codorniú, 1986). A este respecto me parece necesario señalar que:


  1. La denominación de academia de ciencias tenía y tiene una vinculación histórica con las mayores y mejores tradiciones científicas cubanas

  2. La existencia de una institución científica multidisciplinaria, denominada indistintamente “centro nacional de investigaciones científicas” o “academia de ciencias”, no subordinada a una entidad ramal y ocupada de cuestiones básicas que debían servir de sostén amplio a otras más específicas, formaba parte de los conceptos de la política científica internacional de los años sesenta y no era, en modo alguno, categoría de uso exclusivo en los países socialistas

  3. La Academia prefiguraba una entidad no encaminada a tratar, evidentemente, problemas “verticales, que estarían a cargo de los “ministerios, como indicaba la Ley, sino objetivos más amplios, de carácter “horizontal, cuya responsabilidad no podía asignarse claramente a otras agencias gubernamentales encargadas de las distintas “ramas de la economía

  4. La transferencia de modelos institucionales no es algo criticable en sí, siempre que los modelos externos se adopten con creatividad y se traduzcan según las circunstancias a las que se trasplantan

Por otra parte, al analizar las fuentes del programa inicial de la institución hay que tener en cuenta, quizá en primer lugar, que las aproximaciones a la perspectiva del desarrollo económico del país en aquellos momentos asignaban, como era de esperar, un papel muy importante a sus recursos naturales y a sus peculiaridades.

Ese propio año de 1962, en los meses inmediatamente posteriores a la creación de la Academia, el reconocido economista mexicano Juan F. Noyola (1922-1962), que trabajaba como asesor en nuestra Junta Central de Planificación, publicó un análisis precursor sobre la orientación de las tareas de la investigación científica cubana. Entre varias ideas valiosas, en ese trabajo Noyola señaló justamente:

... Cuba cuenta con una serie de ventajas extraordinarias de clima, suelo, recursos minerales, posición geográfica, ... Esto da una base material no convencional que de por si está indicando criterios para orientar la investigación científica y tecnológica. Se trata, en otras palabras, de conocer y estudiar a fondo la base de recursos naturales con que cuenta Cuba y de utilizarla en la forma más racional y completa (Noyola, 1962) (Subrayado nuestro, EGC).

De acuerdo con lo anterior y como parte de los trabajos preparatorios para la elaboración del mencionado plan de desarrollo económico 1962-1965, no bien creada la Academia se constituyó, bajo su dirección, una comisión para el estudio de nuestros recursos naturales, que contó con la asesoría de la Junta Central de Planificación y la participación de especialistas del Instituto Nacional de la Reforma Agraria, el Ministerio de Obras Públicas y el Instituto Nacional de la Industria Turística (Comisión Nacional de la Academia de Ciencias, 1962).

Así, aunque a partir de la definición, alrededor de 1963, de una estrategia de desarrollo en la que la agricultura en general y, en particular, la agricultura cañera jugaban el papel de motor primario (Rodríguez, 1990), la Academia se moverá también hacia la investigación agrícola específica, su característica esencial —su mayor fortaleza, como diríamos en lenguaje actual de planeamiento estratégico— va a estar, en primer lugar, en la posibilidad del estudio complejo, multidisciplinario del medio ambiente y los recursos naturales y humanos de nuestro país. A estos fines, creará institutos y centros de investigación del perfil necesario, aspecto que las limitaciones de tiempo no me permiten entrar a analizar.

Compañeras y compañeros:

►No sería riguroso ni haría justicia al proyecto de Núñez Jiménez dejar de tomar en cuenta que en este proceso, junto a resultados que van a ser reconocidos, el modelo de desenvolvimiento observable respecto a la Academia en su primera década presentó también aspectos que con el tiempo van a afectar, creo, la efectividad de la política científica nacional vista en su totalidad. Al tratar de abordar con objetividad esta cuestión, parece necesario señalar que, si bien los elementos que presento tienen el carácter de hipótesis, al propio tiempo reflejan aspectos conceptuales y prácticos que la política científica debe siempre incorporar en sus diseños.

Es posible, por ejemplo, que el proyecto absolutizara el aporte de las academias de ciencias y otras instituciones científicas de los países socialistas que colaboraban con el organismo, lo cual, aunque disminuía considerablemente las erogaciones que ocasionaría la institución, requería de importantes complementos presupuestarios. Esto habría traído como consecuencia una determinada carencia de información en el país respecto al conjunto de las necesidades reales y justificadas de la Academia.

Es igualmente posible que el proyecto de la institución no llegara a percibirse plenamente por el dispositivo económico principal del país como factor coadyuvante de manera directa al desencadenamiento de la revolución técnica planteada a fines de 1963.

Dado que el aparato operacional de planificación de la economía no habría percibido el encuentro total del liderazgo político con el proyecto de la Academia —aunque sí importantes encuentros específicos—, el proyecto no fue claramente comprendido en su importancia perspectiva por dicho dispositivo, que no actuó discerniendo, como lo había hecho Noyola, la debida prioridad del mismo (JUCEPLAN, 1972).

Expuestas así algunas posibles respuestas, resulta natural pensar que la más eficaz debe estar en un conjunto causal, donde estos y probablemente algunos otros factores se influyen y condicionan mutuamente, pero, a partir del anterior análisis es seguramente posible extraer varias implicaciones de política. La más importante de ellas sería, a mi juicio, la aserción de que el establecimiento de prioridades en la política científica debe ser un proceso continuo, que no puede darse nunca como resuelto por largos períodos de tiempo, y que requiere del mantenimiento de ejercicios sistemáticos de identificación y ordenamiento amplios y técnicamente bien asegurados, con la participación y compromiso de todos los actores sociales correspondientes.

Compañeras y compañeros:



A partir del muy somero examen llevado a cabo sobre los distintos factores presentes en el desarrollo de las principales tareas acometidas por la Academia en su primera década de existencia, quisiera insistir, en un intento de resumen, en algunas cuestiones fundamentales:

  1. Desde sus inicios, la Academia puso en práctica medidas encaminadas a conformar una institución multidisciplinaria, que pudiera abordar sobre todo, de manera integral, el estudio y adecuada interpretación de los fenómenos naturales y humanos del país y contribuir a su apropiada utilización y transformación, alineándose así con los planteamientos tempranos de la dirección de la Revolución el 15 de enero de 1960. Y con la lógica evidente de las necesidades del desarrollo económico tal como se concebía en aquellos años

  2. Esta esfera del trabajo investigativo caracterizó en gran medida a la institución en el panorama nacional de la investigación y constituyó el eje de muchos de sus mejores aportes al desarrollo científico de nuestro país. Esto debe subrayarse, dada la importancia creciente de esta esfera, tanto para el apoyo científico a los procesos inversionistas como para el mantenimiento de la sostenibilidad ambiental en general

  3. Impulsada por las características mismas de las investigaciones que debía realizar y por los propios planteamientos emanados de los territorios, la Academia realizó ya en estos años asimismo, en mayor medida entonces que ninguna otra entidad investigativa nacional, un sostenido esfuerzo por extender esta actividad a todo el país, en lo cual sus delegaciones territoriales fueron jugando un creciente papel.

  4. A partir de la definición, alrededor de 1963, de una estrategia nacional de desarrollo en la que la agricultura en general y, en particular, la agricultura cañera jugaban el papel de motor primario de la economía, la Academia adaptará su estrategia inicial de desarrollo y apoyará sin vacilación la revolución técnica planteada por la dirección de la Revolución, abordando con decisión la investigación agrícola específica. Su característica esencial continuaría siendo sobre todo, dadas las entidades que en ella se crean y la integran, la posibilidad, como señalamos, del estudio complejo del medio ambiente natural y humano.

  5. Las investigaciones desarrolladas y los servicios científicos creados en el campo de la ecología y de los recursos y fenómenos naturales representaban líneas de enlace favorables para la colaboración con los países de la región, dada la similitud de los problemas en esta esfera y la propia globalización de los mismos

  6. Con independencia de las estructuras o ubicaciones organizativas adoptadas con posterioridad, una parte considerable de las líneas de investigación iniciadas entonces por la Academia sufrieron con éxito la prueba del tiempo en el panorama científico del país y mantienen o incluso han incrementado su vigencia.

El balance de estos años fue sintetizado muy poco tiempo después, a finales de 1975, cuando el Informe central al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba reconoce, en el acápite referente a las investigaciones científicas, los resultados de la Academia en dicha esfera. En el Informe se señaló la concentración en la obtención de nuevas variedades de caña de azúcar y se indicó de forma destacada que se habían obtenido importantes resultados científicos relativos a los recursos naturales del país. Estos se expresaban, entre otros, en los trabajos para un nuevo mapa de suelos basado en la clasificación genética, de base científica más rigurosa que la clasificación morfológica hasta entonces utilizada; en un levantamiento geológico nacional concebido como fundamento general de los trabajos de prospección, y en las bases firmes creadas para el estudio de la flora y la fauna cubanas. Reconoció asimismo la contribución de la instauración del servicio meteorológico nacional, señalando su contribución a la salvación de vidas y riquezas materiales (Partido Comunista de Cuba, 1976).


Quedaba consignada así una estimación positiva para la primera década de la institución.

Muchas gracias



REFERENCIAS

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  • Castro, F. (1963a): Discurso en la Universidad Estatal Lomonosov de Moscú el 21 de mayo. En COR (1963), p. 190-196.

  • Castro, F. (1963b): Discurso en reunión con estudiantes de secundaria básica, La Habana, 27 noviembre. Obra Revolucionaria, No. 32, 28 noviembre.

  • Castro Díaz-Balart, F. y D. Codorniú (1985): Elementos y reflexiones en torno a la implementación de la política científica nacional. Centro de Información de la Energía Nuclear, La Habana.

  • Comisión Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba (1962): Informe de la Comisión de Conservación de los Recursos Naturales, La Habana (mimeo).

  • Consejo de Ministros (1962): Ley 1011 que crea la Comisión Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba. Gaceta Oficial, Año LX, 22 de febrero, Primera Sección.

  • COR (Comisión de Orientación Revolucionaria del Partido Unido de la Revolución Socialista Cubana) (1963): Fidel en la URSS. La Habana.

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  • Guevara, E. (1965a): Discurso en el Seminario Económico de Solidaridad Afroasiática de Argel. En Obras, tomo 1, p. 572-583, Casa de las Américas, La Habana, 1970.

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