Aproximación a la cuestión de fronteras en el conflicto Israelí-Palestino



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Aproximación a la cuestión de fronteras en el conflicto Israelí-Palestino
“Un límite no es aquello en lo que algo se detiene sino, como reconocieron los griegos, el límite es aquello en que algo comienza su presentarse”1
De fronteras como punto de partida.

Generalmente cuando se habla de la Shoa2 u Holocausto Judío, se lo llama Cuestión Judía, y lo mismo sucede con la Naqba3 u Holocausto Palestino, que termina tratándose como la Cuestión Palestina4. Aquí decidimos invocarlos a ambos también a partir de una cuestión que hemos dado en llamar la cuestión de fronteras.

¿Es posible pensar la frontera, en este conflicto, más allá de lo estrictamente territorial, que ha sido y es aún la principal demanda y reivindicación de las naciones en pugna? ¿Qué condiciones de posibilidad tiene la frontera para ser un universo desde el cuál analizar este histórico enfrentamiento? ¿Qué implicará la cuestión de fronteras en el conflicto Israelí-Palestino en este trabajo?

Definitivamente las ciencias sociales tienen dificultades para tratar con algunos conceptos, o al menos, proponer acuerdos sobre los mismos. Uno de ellos es el concepto frontera, otro el de etnia5, sin mencionar el de estado, ni el de nación. Cada uno en sí mismo implica momentos difíciles para la ciencia social por la vastedad y complejidad de lo que abarcan.

En nuestro caso están todos implicados. Uno bien podría decir, sin errar, que el Estado de Israel se creó en 1948, en territorio palestino, para “alojar” a la nación judía que bajo el emblemático tópico sionista “Un territorio para una nación sin territorio” fue instalando y expandiendo sus fronteras políticas en aquella región pluriétnica, otrora territorio de la nación palestina, que aún hoy, 2008, aboga por el reconocimiento de un Estado.

Sesenta años han transcurrido desde la formalización de un Estado y unas fronteras territoriales y nacionales, y sesenta años también de la destrucción de una nación, diferentes etnias, de la posibilidad de un Estado otro, de la imposición de unas fronteras demarcatorias y de la reducción a lo concentracionario. Israel y Palestina respectivamente. Un pasado, un territorio y dos historias: la una, una epopeya (para la gran mayoría de los israelíes), y la otra, una tragedia.

Plantear la frontera como cuestión o la cuestión de la frontera para lo Israelí-Palestino habilita pensar en la dimensión de entrecruzamientos, de superposición, de trama de las relaciones sociales-identitarias en pugna. Y un poco eso es el conflicto. No se trata sólo de israelíes contra palestinos sin más. Existen variables que exceden la identidad puramente nacional, variables como la cultural y la étnica: lo judío y lo árabe, por ejemplo, lo semita. También se impone la variable política en su versión nacionalista: desde el sionismo al nacionalismo árabe, sin entrar en las “matices” partidarias laicas (derechas e izquierdas) y religiosas (judaísmo/judíos e islamismo/musulmanes) al interior de cada nación. Queremos decir, entre otras cosas, que un israelí no necesariamente será sionista, o sí. Y un palestino podrá ser, o no, un ciudadano árabe israelí. Encontraremos también judíos de cultura árabe, los llamados sefardíes6. Y también judíos sionistas de izquierda ¿Acaso es posible ser de izquierda en un partido por naturaleza imperialista? A las diferentes “combinaciones” identitarias queremos pensarlas como consecuencias de este histórico enfrentamiento y, como posibilidades para desentramarlo e intentar entenderlo, pues cada una dice algo del mismo. La realidad del conflicto impone la necesidad de reflexión sobre la complejidad de estas identidades.

Por eso, sin soslayar la importancia de los conceptos Estado y Nación en este conflicto, nos enfocaremos más en las fronteras políticas, culturales y étnicas que el mismo habilita. Buscaremos explorar en esta dimensión teórica analítica para pensar y aproximarnos al problema críticamente.

Después de Barth, entre otros pensadores, las identidades ya no se piensan como objetivas, preconcebidas, ni inmodificables, ni estáticas, sino como subjetivamente elaboradas y percibidas por los grupos que interactúan en su construcción, la cual siempre será permanente y recíproca. Aquí la frontera será de importancia porque a partir de ella o ellas (fronteras) se organizarán las diferencias políticas, étnicas y culturales.

Así como la identidad no se propone pura, de la misma manera la frontera, desde Barth a nosotros, ya no se piensa como límite. Barth nos hablará de categorías o fronteras que se construyen intersubjetivamente en y a través de las relaciones inter-grupales, de esta manera, serán “...las fronteras étnicas y no el contenido cultural interno lo que define al grupo étnico y explica su persistencia”7. Queda claro que su interés ya no se enfocará tanto en la etnia o la etnicidad de los grupos sino que se desplazará hacia las fronteras, dinámicas y relacionales, que éstos construyen constantemente para significarse y darse entidad a sí mismos.

La falta de especificidad en la definición de fronteras étnicas es lo que nunca quedó del todo claro en Barth y el motivo principal de crítica desde sus contemporáneos. Esto habilita que Barth sea convocado toda vez que exista una caracterización de un “Nosotros” y un “Ellos”, toda vez que haya un dicotomización a analizar, sin quedar establecido de qué estamos hablando. Entonces, las fronteras étnicas implicarán rasgos culturales organizados distintivamente por cada grupo ¿pero cuáles rasgos? ¿de qué tipo son tales?. Y, frente a este dilema, estaremos de acuerdo con Lapierre quien sostiene que las fronteras étnicas como rasgos culturales distintivos serán aquellas que “se formaron en el curso de una historia común que la memoria colectiva del grupo no ha cesado de transmitir de manera selectiva y de interpretar, convirtiendo ciertos acontecimientos y ciertos personajes legendarios en símbolos significativos de la identidad étnica mediante un trabajo del imaginario social; y esa identidad étnica remite siempre a un origen supuestamente común”8.

De esta manera tenemos un punto de partida para pensar el conflicto Israelí-Palestino y es desde las fronteras étnicas, pero también desde las otras que el mismo habilita, y ya veremos cuáles. A esta parte, tenemos al menos dos grandes grupos que en base a una memoria colectiva, unos símbolos significativos y un origen común, entre otras características que los constituyen, construyen dinámica y subjetivamente sus fronteras. Lo hacen hacia el interior y hacia el exterior de su nación política y territorial, pero es quizás en el exterior, ya sea en los límites o márgenes, o afuera mismo de sus territorios, donde esas fronteras subjetivas y significativas se entrecruzan más y posibilitan el encuentro entre israelíes y palestinos. Michel Warschawski (israelí) y Edward Said (palestino), dos intelectuales, militantes y activistas por la paz, la coexistencia pacífica y la creación de una Estado Binacional, ponen de relieve la posibilidad de pensar desde las antípodas las fronteras el conflicto. Es desde ellos que intentaremos explorar en esta dimensión del mismo. Pero antes es imprescindible dar cuenta del mismo, aunque más no sea sucintamente.


Breve reseña del Conflicto Israelí-Palestino. Fronteras en juego.

El conflicto Israelí-Palestino (1948-2008), con sus diferentes coyunturas, se enmarca en el proceso histórico de avance imperial sobre el noroeste de Asia, primero europeo (s. VXIII-XX) y luego estadounidense (s. XX-XXI). Ambos principales alentadores del colonialismo Israelí sobre los territorios expoliados a los palestinos. Para el historiador israelí Ilan Pappé9 desde hace por lo menos 120 años ya existía “un plan judío, sionista, israelí de limpieza étnica de la población autóctona”, “habían previsto desde mucho antes de 1948 el expolio de los palestinos y su expulsión”10.

Sin embargo, hay momentos claves en la historia de este conflicto y uno de ellos es 1948, la partición de Palestina, cuando las Naciones Unidas otorgan legitimidad al acto de expoliación del 55% de los territorios para el Estado de Israel. Tras ello, las rivalidades en la región se exacerbaron, y asimismo, el enfrentamiento fue tomando un mayor carácter árabe-israelí y soslayándose así la centralidad del conflicto Israelí-Palestino, sin que ello redujera la drástica situación para los últimos.

Es 1948 el año que ve el nacimiento de las primeras fronteras políticas-nacionales de Israel sobre la Palestina histórica. Pero, según Michel Warschawski, la demarcación de las mismas fue interpretada de diferentes maneras por la población del naciente Estado-Nación: “Los habitantes allí instalados detentan su ciudadanía, pero carecen de todo deseo de pertenecer a la nueva nación que los dirigentes sionistas pretenden construir. Y no sólo no se identifican con ella, sino que la consideran como una amenaza mortal para el judaísmo tal como lo entienden”11. Habrán otros sectores, como parte de la izquierda en Israel, que también se opondrán al sionismo (no sin criticar también al nacionalismo árabe) y propondrán analizarlo como una “guerra de depuración étnica y no como una guerra de liberación nacional”12, asimismo, propugnarán por una desionización de Israel. De esta forma, aquellas primeras fronteras políticas-nacionales impuestas por la dirigencia sionista no expresaban “el discreto encanto de la adscripción étnica voluntaria”13 de toda la población israelí, aunque sí de su mayoría. Y, lo innegable es que si representaban la negación de toda otra nación, la palestina.14. La primera consecuencia de ello fue la Naqba. Empezó allí la historia de los refugiados palestinos y su diáspora15. De fronteras políticas supieron fatigarse entonces (y aún) los refugiados sin refugio, porque las del mundo árabe de entonces, las habían cruzado todas y no sólo esas16. La propia Organización para la Liberación de Palestina (OLP, nacida en 1964) supo crecer fuera de las fronteras palestinas en el exilio, para ser varias veces “mudada” a causa del proceder del cada vez más militarizado ejército israelí en expansión. La creación de fronteras nacionales, étnicas y políticas fue la excusa para unos, de la supresión de las de los otros.

Otro momento clave en el análisis del conflicto será junio de 1967, la Guerra de los Seis Días, cuando se produce la Ocupación Israelí de la Franja de Gaza y la región de Cisjordania, denunciándose todavía más la base expansionista y colonialista del Estado Sionista de Israel. Y, pese a ser ocupados esos dos históricos territorios palestinos, aún entonces no será restituida la centralidad del enfrentamiento Israelo-Palestino, sino que se seguirá hablando de los “países árabes contra Israel”. Esto representó, claramente, una estrategia para externalizar al mundo la contienda y justificar así las acciones invasivas e imperialistas de Israel en la región17. La misma estrategia buscó generar consenso al interior de la sociedad israelí. Consenso que logró porque esta guerra instaló al Estado de Israel como realidad política con fronteras nacionales expansivas, en guerra con el mundo árabe que lo rodeaba y “amenazaba”. La misma unificó al pueblo israelí en un consenso interno sin precedentes. Por casi 10 años no habría casi oposición a ella. Este triunfalismo unanimista dejará dos consecuencias objetivas: la derrota árabe y la prosperidad económica de Israel -con apoyo de EEUU acompañando el complejo militar industrial y la clase política dirigente-. De esta forma, por mucho tiempo, será cegada la sensibilidad moral de los israelíes, y por supuesto, de sus intelectuales. Provocándose un giro a la derecha del conjunto del discurso político israelí, arrastrando con él a varios personajes, incluso gran parte de su izquierda18 y espacialmente el Partido Comunista Israelí (PCI). En este contexto, por otro lado, va creciendo la resistencia palestina. Y ya volveremos sobre ella.

En 1973, la Guerra de Yom Kippur, marcará otro momento clave en el desarrollo del conflicto Israelí-Palestino, porque quebrará el consenso al interior de la sociedad israelí y, por extensión, hacia afuera de la misma.

Israel no se esperaba una iniciativa bélica desde los países árabes, sin embargo la ofensiva Sirio-Egipcia (6/10/73) tuvo lugar y la misma, fue, para los israelíes, como un terremoto, porque desestabilizó a su clase política y su discurso, además de las fronteras que habían forjado la Ocupación de 1967, que incluían parte de la península de Sinaí egipcia y los altos del Golán sirios, además de los territorios palestinos claro está.

En este marco también acontecían diferentes hechos que presionaban para que Israel anunciara oficialmente el retiro de los territorios ocupados a cambio de un “acuerdo de paz”. Hechos como: la guerra de desgaste en el Canal de Suez, el crecimiento de la Resistencia Palestina y el apoyo a ella de los países triunfantes del proceso de la descolonización, el cambio de la opinión internacional respecto de la situación, el acercamiento de Egipto a los EEUU, la concientización de los países petroleros de su propio peso económico (hablamos especialmente de Arabia Saudíta) y de lo mucho que esto podía repercutir en los asuntos políticos de la región.

Si bien en pocas semanas, y gracias al apoyo norteamericano, Israel recuperó su superioridad, su consenso triunfalista del 67 resultó quebrado. Quedó expuesto el mito de la invencibilidad de Israel y “miles de israelíes volvían a cuestionar la política gubernamental”19. En esta época nacieron nuevas formas de oposición20, y una de las fuertes fue la derecha de Menahem Beguin quién con el Likud21, terminaría con la hegemonía laborista del Mapai22.

Pero, esta toma de conciencia tenía límites, pues al volver a situar el conflicto en el marco árabe-israelí se reprimió, con más fuerza todavía que en los años precedentes, la dimensión israelí-palestina del asunto. Y los “acuerdos de paz” entre las partes seguían sin reconocer o convocar a los palestinos a las reuniones “pro-paz”, sólo se invocaba a Egipto y a Siria para discutir las fronteras políticas. Frente a esto se volvió imperativo demostrar que ya no se podía obviar a la OLP, quien hasta entonces, había sido la legítima organización representante de los palestinos. Su “reconocimiento” recién se logró, desde la ONU, después de la guerra, en 1974.

Trascendiendo las fronteras en la versión que más ha conocido Israel que ha sido la invasión y el sojuzgamiento, otro año clave en el desarrollo del conflicto, a este respecto, será 1982, año de la invasión de Israel al Líbano, de la limpieza étnica palestina y masacre conocida como las matanzas de Sabra y Shatila y de la expulsión de la OLP de este país. Este hecho merecería un capítulo aparte que aquí no podremos desarrollar, no sólo por la densidad de sus consecuencias para el mundo árabe-palestino y judío-israelí en su conjunto, sino porque se haría necesario también abarcar la última invasión fronteriza de Israel al Líbano producida en 2006. De todas maneras, al igual que con los anteriores hitos del conflicto intentaremos señalar lo más significativo.

Tras la ruptura de consenso al interior de la sociedad israelí y ante el mundo con Yom Kippur, 1982 dió la pauta y ratificó que la invasión al Líbano no era una guerra de autodefensa, sino una operación militar contra el Movimiento Nacional Palestino y contra el régimen establecido en el Líbano. Y en ese marco el propio ejército israelí desarrolló una suerte de amotinamiento desde algunos de sus miembros que se negaron a cumplir servicios más allá de las zonas israelíes23. Es curioso que la rebelión al interior del ejército reclamara sólo la crítica para una parte de las zonas y no para otras, también conseguidas ilegítimamente, como Gaza y Cisjordania, pero es un contrapunto interesante y creemos debe ser destacado en esta reseña por todo lo que el propio ejército representó, y representa, en la sociedad israelí. La frase “Israel no es un estado con un ejército, sino un ejército con un estado” es indicativa de lo que éste fue durante todos los 50 y 70, y da cuenta de que cualquier crítica hacia él era improbable antes del 73-82. El ejército funcionaba como un “nosotros”: todos cumplían con su servicio militar (3 años los hombres, 2 años las mujeres), y luego, todos los hombres eran reservistas hasta los 50 años. Esto, con matices, se mantiene hasta hoy.

Pero lo importante a destacar es que, desde entonces, el ejército israelí ya no será infalible, mostrará fisuras, a su interior y hacia el exterior. Habrá otras oportunidades, desde el lado palestino, para demostrarle eso mismo, aunque en desiguales condiciones claro está, como por ejemplo durante la Intifada del 87 (y luego la del 2000), con claras muestras de insurrección y desobediencia civil. ¿Acaso otra frontera? ¿La de la desobediencia? ¿Pero cómo medir lo legal y lo ilícito en una constante violación de derechos? ¿Allí cuál es la frontera entre lo correcto y lo no?

A veinte años de la Guerra de los Seis días y Ocupación de Gaza y Cisjordania, y a casi cuarenta de la creación del Estado de Israel, 1987 es el año de la Intifada palestina. Violenta pero popular, y legítima. Representó la puesta en escena de la necesidad de buscar serias soluciones a la crítica situación. El mundo se hizo eco de ella y entendió los términos asimétricos del enfrentamiento y la falta de tratamiento real del asunto palestino.

Esto supuso en principio, en 1988 en Argel, la declaración y “reconocimiento” de la Autoridad Nacional Palestina como Estado y a Yasser Arafat como su presidente24. Es curioso que el destino político de una nación, como en el caso palestino, se dirima, casi siempre, fuera de ella. Ha parecido ser la regla, que la experiencia del pueblo palestino en relación a fronteras políticas, étnicas y culturales haya sido constantemente la de su supresión y exterminio, en nombre de otras. Esta es otra dimensión de los límites y posibilidades que ofrecen las fronteras en su versión políticas-territoriales, pero también en su versión humana, la versión que intenta trascenderlas, para luchar por el reconocimiento de las propias. Porque es claro que cada embate por el reconocimiento de los derechos fronterizos de los palestinos ha debido hacerse casi siempre desde un afuera. Un afuera libanés, un afuera tunecino, un afuera argelí, un afuera iraquí, y tantísimos otros afuera, desde los cuáles, los palestinos, atravesaron las fronteras buscando organizar la resistencia y la lucha por sus derechos.

Pero también hubo unos afuera menos legítimos como los representados en los irrepresentativos (valga la redundancia) “acuerdos de paz”, en los inhumanos campos de refugiados que rozan el parecido con los guetos y campos de concentración nazis, en el exilio de muchos de sus pensadores e intelectuales, etc. Donde las fronteras trascendidas no dejan lugar para el reconocimiento.

Eso, por ejemplo, es lo que significó Oslo, los Acuerdos de Oslo de 1992/1993. Donde, creemos que la auténtica autodeterminación palestina y su libertad, se vieron pospuestas una vez más, excluyéndose del acuerdo cualquier resolución sobre los problemas de los refugiados, la situación de Jerusalén, las fronteras exactas palestinas, los asentamientos de colonos israelíes, entre otros.

Y como hemos visto, a un lado y al otro de las fronteras del odio y el horror que 1948 significó para cada una, ambas sociedades han resistido. Pero sobretodo, la sociedad palestina, principal damnificada en cada uno de los momentos claves señalados en esta pretendida reseña. Desde el nacionalismo árabe y palestino hasta las diferentes organizaciones de base islámica, se han forjado algunos consensos -nunca igualables al consenso sionista-. Y una de las máximas expresiones de ese consenso han sido las Intifadas25. Pero la regla en Palestina fueron los disensos. Y en la actualidad lo siguen siendo.

A un lado y al otro se han generado distintas y variadas organizaciones políticas y sociales, laicas y religiosas, siendo las más representativas, en el terreno palestino, las organizaciones de resistencia y “liberación” como el partido Al-Fatah fundado entre 1957 y 59 por Yasser Arafat y en cuya conducción hoy está Abu Mazen, tras la muerte de aquel en 2004; y Hamas, organización creada en 1987, en clara correspondencia con el clima de la Intifada y del reclamo de una sociedad palestina harta e impotente. Hamas hoy es dirigida por Haniye y tiene su núcleo base en Gaza, tras haber ganado las legislativas allí en enero de 2006. Ambos partidos son los mayoritarios en la población y ambos tienen raíces de resistencia, pero, también ambos, hoy están enfrentados al interior de la sociedad palestina26. El disenso se impone al consenso.

Mientras, en Israel, la tendencia ha sido la derechización de sus partidos y organizaciones políticas básicas. Y lo vemos claramente con el Partido Laborista, el cual de paradójico origen de izquierda sionista, no sólo se dedicó a construir fuertes consensos entre los 50 y 70 en relación a la legitimidad del proceder de Israel, sino que fue abonando el terreno para que en la sociedad israelí de los 80, muy a su pesar, se afirmen partidos de derecha fuertes como el Likud27, hoy devenido Kadima, y cuyo máximo exponente es Ehud Olmert desde 2006.

El último año transcurrido es significativo para graficar la compleja situación reinante en la región.

La prensa y gran parte de la opinión pública internacional interpretan la realidad palestina como una colisión entre el partido que ocupa el ejecutivo, Al-Fatah, que apoya el “proceso de paz” y Hamas, ganador del cuerpo legislativo y que, supuestamente, se opone. Pero, lo cierto es que el debate real entre Hamas y Al-Fatah se centra principalmente en la manera en la cual deberían gestionarse las “negociaciones de paz” con Israel.

La dirección de Al-Fatah ha estado muy comprometida con gobiernos árabes de orientación pro-norteamericana (Egipto, Jordania, Arabia Saudita), y con el “proceso de paz” con Israel: Oslo. Hamas no rechaza una paz negociada con Israel, pero denuncia que el proceso con el cual está comprometido Al-Fatah ha fracasado sin traer beneficios para el pueblo palestino28. Como alternativa, Hamas, propone como principio de un proceso de paz: el reconocimiento del Estado de Israel siempre que éste se retire de los territorios ocupados en junio de 1967. Y que, por supuesto, favorezca la creación de un Estado Palestino.

De esta forma desde diciembre de 2006 a esta parte, la violencia interna en la sociedad palestina ha llegado a niveles nunca antes vistos en Cisjordania y Gaza. Y si bien esta violencia se ha desatado por motivos internos Israel y los EE.UU. la alientan continuamente con la esperanza de que Al–Fatah tenga la capacidad de apaciguar, cuando no acabar con el poder de Hamas. Su permanencia a pesar de todas las trabas internas y externas (aislamiento político y económico), parece ratificar la elección del pueblo palestino en 2006. No obstante el apoyo de la población a ambas, la violencia explícita entre ellas contradice sus discursos llamando continuamente a la unidad nacional y prometiendo aliviar el sufrimiento del pueblo. Por su parte, el discurso otrificador de la derecha Israelí se mantiene incólume pese a las críticas voces israelíes por la paz29, y la coexistencia.

Y ¿cómo entender esto? ¿Qué identidades habilita el enfrentamiento además de la Israelí y la Palestina? ¿Qué fronteras es posible elucidar, o en palabras de Barth, qué límites30? ¿Y cómo las fronteras podrían augurar espacios de encuentro?

Como hemos visto en esta breve reseña el caos Israelo-Palestino crea espacios de enunciación y de afirmación identitaria, que se traducen en espacios de intervención en el conflicto. Espacios que muchas veces pueden ser de negación de identidades y todo lo que ellas confieren (adscripción étnica, pertenencia nacional, territorial, etc), como ha sido la tendencia, pero que también pueden distanciarse de ella y bregar por el reconocimiento y aceptación de las mismas.

A esos efectos ¿Acaso sirva que exploremos en cómo esto se significa en los relatos, podrían llamarse, biográficos31 de dos pensadores hijos del conflicto? Creemos que sí.

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