Arquidiocesis de leon



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EL ESPACIO CELEBRATIVO

XXXIV Encuentro Nacional de Comisiones de Liturgia

Pbro. JORGE RAUL VILLEGAS CHAVEZ

ARQUIDIOCESIS DE LEON

05/08/2010


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Espacio Celebrativo

INTRODUCCIÓN

Comencemos por definir ¿Qué es el espacio celebrativo? Es el espacio de la Asamblea cristiana, en donde ésta vive como tal y, por consiguiente, es espacio de una “acción” litúrgica y de una experiencia colectiva de encuentro con Jesucristo. Es espacio de movimiento y de luz, espacio de cantos, de oración y de silencio, espacio de personas concretas son sus propios problemas, su propia historia y todos sus distintos comportamientos con un solo fin, el encuentro con lo divino. Por esto, para el hombre religioso, el espacio presenta roturas, escisiones; hay porciones de espacio cualitativamente diferentes de las otras: “Dijo Dios: Quítate las sandalias de los pies, porque el sitio que pisas es terreno sagrado” (Ex 3,5). Por lo tanto el espacio celebrativo es sagrado. Entonces, hay pues espacios sagrados y por consecuencia significativos y hay otros espacios no consagrados y por consiguiente sin estructura ni consistencia, en una palabra: amorfos. Más aún, para el hombre religioso, esta ausencia de homogeneidad espacial se traduce en la experiencia de una oposición ente el espacio sagrado, el único que es real, que existe realmente y todo el resto, la extensión informe que lo rodea1. Estas apreciaciones de Mircea Eliade nos ayudan a definir qué entendemos por espacio celebrativo y sagrado opuesto al espacio profano. En efecto, en el espacio profano nos movemos comúnmente, es donde llevamos a cabo la mayoría de nuestras actividades y en donde hay un “desorden”, una falta de control o un sentido. En cambio, en el espacio sagrado-celebrativo la situación es otra, pues ahí hay un “orden” un sentido, un control, una dirección, que lo marca precisamente la comunicación del hombre con la divinidad. El espacio sagrado lo hace posible, acentúa la presencia de la divinidad, la realiza, la hace sentir y celebrar. Por lo tanto los espacios se oponen y hay que separarlos, siempre hay que evitar que haya contaminaciones de lo profano con lo sagrado y viceversa.

Tenemos también que aclarar la idea de “ámbito”2, pues éste es el ambiente que produce el espacio arquitectónico y todos los elementos, tanto materiales como de otra índole que se conjugan: el ajuar, los muebles, los colores, los olores, etc. El ámbito introduce y posibilita la comunicación del hombre religioso con la divinidad.

En todas las culturas el espacio sagrado y su arquitectura ha sido notable y distinguido a tal grado que forma parte de la identidad del mismo pueblo. Basta recordar algunas culturas como egipcia, la japonesa, la hindú o china, para darnos cuenta de la relevancia que la arquitectura sacra tuvo entre estos pueblos. Lo mismo ha sucedido en nuestra cultura occidental, heredada de los griegos y romanos, donde el templo fue la arquitectura predominante, destacándose estos edificios sobre los demás.



PARTE I

EL ESPACIO SAGRADO EN EL CONTEXTO SOCIOHISTORICO

De alguna manera hemos dicho que el hombre busca trascenderse a si mismo mediante el ámbito de lo sagrado, en torno al poder, al misterio o a lo religioso. Para ello sacraliza objetos, tiempos, personas, acciones y espacios para distinguirlos de lo cotidiano, del resto del mundo.

El templo cristiano es uno de estos objetos, es la expresión de la religiosidad del pueblo que lo construye. Por eso, comprender el templo en su historia es necesario también comprender la historia de la salvación. Para la religión católica este concepto surge del dialogo de Dios con su pueblo y se formaliza al establecer un pacto de alianza con la humanidad a través de Abraham, al ofrecerle vida eterna al pueblo peregrino.

Dios ofrece a Abraham un pacto de alianza al constituir el pueblo peregrino, "Mantendré mi alianza contigo y con tu descendencia, en futuras generaciones, como alianza perpetua. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros, Les daré a ti y a tu descendencia futura la tierra de tus andanzas como posesión perpetua. Y seré su Dios." (Gn. 17, 7s). Con esta alianza surge la legislación sobre la relación del hombre con Dios, sobre el culto (Ex. 23, 14-19) y sobre el espacio sagrado (20-22-26). Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho al Señor, todos sus mandamientos y el pueblo accedió a hacer lo que les comunicaba el señor. Entonces Moisés puso por escrito todas las palabras del señor; madrugo, y levantó un altar a la falda del monte y doce estelas por las doce tribus de Israel. (Ex 24, 3s).

Una vez dadas las nuevas condiciones del Señor, el pueblo que viajaba en busca de la tierra prometida requería un lugar de culto que permitiera el dialogo y contacto con el Señor; este lugar debía tener la característica de ser movible, como el campamento. Dios había prometido a Moisés, "Yo estaré contigo" (Ex 3, 12). Es mediante el tabernáculo, santuario portátil que se convierte en el lugar de encuentro con Dios. En el albergan el arca de la alianza, signo del pacto con Dios, centro de culto, trono de Dios (Sal 80,2; 1 Sal 4,4) y santuario de su palabra.

Este espacio sagrado, no podía ser visto como el espacio cotidiano. El Arca debía ser de maderas de acacia, revestida por dentro y por fuera de planchas de oro. (Ex. 25,10) para contener las tablas de los mandamientos. La Morada o tienda, era de lonas de lino, color púrpura, roja y escarlata, con la cubierta de tejido de pelo de cabra. Su estructura era de madera. Su interior estaba dividido por una estructura que separaba el Santo de santos. En el último se colocaba el arca y en el santo la mesa de los panes y el candelabro de los siete brazos. El santuario tenía un vestíbulo y un atrio con el altar de lo holocaustos. Su sistema constructivo y apariencia debieron ser similares a las tiendas que utilizan actualmente las tribus nómadas del desierto, pero por su tamaño, cuidado y riqueza debió destacar del conjunto de tiendas del pueblo de Israel en peregrinación.

Aunque se le llamaba tienda de reunión, el pueblo no entraba a su interior, ahí se consultaba a Yahvé y él pronunciaba sus oráculos.

Los primeros templos ubicados en Jerusalén mantuvieron las características del tabernáculo; es David quien concibe la idea de crear uno de piedra como los paganos y este templo se construye mediante tres etapas de constante destrucción. Sin embargo se mantenía la distribución del esquema tabernáculo.

Cristo le da nuevo sentido al Antiguo Testamento, le da su carácter de casa de oración (Mt. 21,12) y casa de su Padre. Jesús veneró el templo en las peregrinaciones de las fiestas judías y amó con gran celo esa morada de Dios entre los hombres. Jesús subió al templo como lugar privilegiado para el encuentro con Dios. El templo era para él la casa de su Padre, una casa de oración y se indigna porque el atrio exterior se haya convertido en un mercado. Anuncia la destrucción del templo (Mt. 24,2) y prepara a sus discípulos para que comprendan cual es el nuevo y verdadero templo. Desde entonces, Cristo se convierte en el único templo y permanece en la Eucaristía y en la comunidad que se constituyen como piedras vivas cuya piedra angular es Cristo3.

Entonces el templo es: el lugar donde se reúne la comunidad cristiana en torno a la eucaristía, sacramento religioso del Dialogo con Dios.

Entre los primeros cristianos se adaptó el lugar para realizar el rito, el espacio, a veces rústico, necesitaba solo de una mesita para depositar las sagradas especies y un recinto para la asamblea del pueblo. De estos dos elementos, cuando las circunstancias históricas fueron más propicias, se inicio la evolución de la arquitectura y el arte cristiano.

Ya sabemos que las iglesias cristianas primitivas derivan de las basílicas romanas que al pasar del tiempo tomaron la forma de una cruz al agregarles una nave transversal. Parece ser que la intención fue que el cristiano, al estar en el templo, se encontrara situado en el mismo cuerpo de Cristo, a través de su símbolo, la cruz. Desde sus orígenes, todo en el templo cristiano es simbólico y está perfectamente jerarquizado y controlado, para que el espacio sagrado tenga su lugar preciso y exprese lo que se desea y así ayudar a los fieles a la comunicación con Dios. Así tenemos que del espacio abierto, profano, incontrolado, se debe pasar gradualmente al espacio sagrado y celebrativo y esto se logra de la siguiente manera: se hace que el fiel pase por una puerta, de preferencia con arcos, en el mejor de los caso son tres (la trinidad), a un recinto, el atrio, donde se inicia el espacio sagrado propiamente dicho.

Es una realidad que el templo es espejo del tiempo histórico en que es construido. “Todo pueblo tiene derecho a su propia cultura y en consecuencia a sus propias modalidades de espacio, tanto de su teología como del gusto de una determinada región o del genius loci4. Podemos decir, que el espacio sagrado o celebrativo representa la síntesis de las realidades económicas, políticas, sociales y culturales.

Por eso, a través de la historia, este espacio ha adquirido desde la forma de basílica cristiana que retoma el aula romana destinado a actividades judiciales y comerciales, al bizantino que desarrolla una planta circular u octagonal, con una cúpula central no solo ubicada ahí por razones constructivas, sino también de sentido cosmogónico.

En el románico, se da la unificación de la liturgia y la arquitectura, en la arquitectura la fusión de los elementos bizantinos y latinos originan esta expresión. En la liturgia se destacó el espíritu individualista y en el arte el aspecto humano de Cristo, su pasión y su muerte más que su resurrección. En el gótico, la catedral era la casa de Dios, casa de los hombres y reflejo de la prosperidad económica; a diferencia de la basílica bizantina que era la expresión de la gloria de la iglesia y el poder. En el gótico se mezcla lo espiritual y lo temporal, lo sagrado y lo profano.

En el siglo XVI el hombre, desligado de la vida orgánica y mística de la Edad media, experimenta la tremenda sacudida del humanismo y en la búsqueda de sí mismo, crea en la arquitectura renacentista, un estilo apto para las más fastuosas ceremonias. Se aplica el estilo grecolatino al culto cristiano, el carácter monumental se reduce al uso de elementos decorativos.

En el barroco, este estilo logra expresar un triunfo de la iglesia católica ante el protestantismo. Es en el templo mexicano donde esta expresión alcanza su máximo esplendor. Estas edificaciones querían "igualar" lo profundo y complejo de las creencias del mundo mágico y mítico que los indígenas mesoamericanos manejaban por generaciones. El conjunto del templo estaba conformado por un amplió atrio o patio procesional, un templo, la capilla abierta, el baptisterio, el convento y los colegios. La capilla abierta es una aportación mexicana a la solución de espacios religiosos para atender grandes multitudes. Se originó de la necesidad de satisfacer las "formas de vida" de la comunidad cristiana, quienes en sus ritos no penetraban al espacio cerrado. El culto exterior, de gran arraigo en los pueblos mesoamericanos, fue determinante para el diseño del atrio y los elementos del ritual externo de que se dotó a las construcciones.

En el interior mantiene un eje longitudinal que partiendo de la puerta culmina en el presbiterio. La cúpula aparece como elemento que enfatiza el enlace del eje de la nave y el eje que da origen al crucero ubicado como preámbulo del altar. Las cúpulas caracterizan el interior de la mayoría de los nuevos templos fungiendo no solamente como la nueva categoría formal del templo novo hispano, sino también de un código de símbolos en el interior, ya que llegaron a aducir la entrada de luz por estos espacios como manifestación divina. La techumbre de la nave fue generalmente una bóveda corrida con apoyos intermedios (generalmente arcos). Durante los tres siglos de la colonia, se edificaron más de 15 mil templos con diversidad formal y respuesta particular al rito católico.

El templo barroco se separa del modelo europeo y acentúa su calificación de "mezclado", la alteración del clásico griego del renacimiento por un clásico aun más antiguo: el clásico del templo de Salomón, según las descripciones bíblicas, dio paso a un barroco rebelde que descubre nuevos espacios en las formas que convierten al soporte en algo únicamente decorativo, y no en la esencia misma de la estructura arquitectónica.

En el siglo XVIII las reformas borbónicas marcan la arquitectura de la producción del templo en esta época. Su caracterización formal se nutrió de los órdenes clásicos de arquitectura civil. Sus formas eran austeras, proporciones medidas y "normas estéticas de buen gusto" conformaban la expresión del templo católico.

Elementos tipológicos fueron retomados e insertados en el templo, utilizando frontones, columnatas y remates de sabor grecorromano. Los retablos barrocos fueron sustituidos por altares y baldaquinos de corte neoclásico.

En la época del periodo conocido como porfiriato, las construcciones en general estaban basadas en la producción de las modas europeas. Los templos no escapaban a esta situación. Las tipologías de este periodo iban desde templos de planta bizantina, románica o neogótica a las combinaciones de acabados en cantera, mármol, hierro o granito. Todo con el fin de dar una "imagen de modernidad y solidez", la cual pretendía este periodo.

Después de la revolución, la arquitectura dio apertura a nuevas ideas formales. Los templos se ven influenciados por "los estilos", desde el art-deco hasta la sobriedad de los estilos posmodernos que renuncian a la ornamentación e incursionan en la abstracción geométrica. Las nuevas tecnologías son aplicadas en este género de edificios, y comienza una etapa donde las tipologías del pasado son sustituidas por nuevas y creativas formas de expresión.

Aunado con esta corriente internacional, aparece el Concilio Vaticano Segundo el cual transforma la liturgia católica. El rito tiene una nueva condición en donde señala el renacimiento del arte religioso en el seno de la iglesia católica, por ello este documento pretende dar recomendaciones de la estructura de los templos, y de la significación de los elementos que lo componen. De esto trataremos más adelante.

El templo contemporáneo forma parte de la palabra que el hombre dirige a Dios y es el ámbito en el que se desarrolla el diálogo formal y real, el diálogo litúrgico-celebrativo con Dios. Sin embargo no podemos pretender dotar de religiosidad a un templo solo por los estilos históricos que en él se manifiestan. Es mediante las reformas de Pio XII con las cuales nuevos planteamientos y soluciones arquitectónicas han sido aplicados a este género de edificio. La renovación litúrgica vino a impregnar de nueva vida a estos edificios.

Este es el panorama general de la existencia de este género de edificio a través de la historia, sin embargo es importante recalcar que algunas de estas expresiones mucho o poco han contribuido al dialogo con Dios; es decir a ser ese medio de comunicación. El templo en México con sus características tan peculiares, es una serie de simbolismos históricos que van desarrollándose y pasándose de generación en generación. Los valores habrán cambiado, la sociedad, la cuidad, la realidad; pero el respeto y asombro ante un templo del siglo XVII o de nuestra realidad (si es que los hay), continua vigente tan presente como si entendiéramos la voluntad creadora que se expreso hace unos siglos. Descubrir la atemporalidad y eternidad de estos edificios es descubrir las raíces y el presente.

Podemos concluir que el cristianismo no desarrolla una arquitectura cristiana; nunca ha existido tal. Toma los elementos arquitectónicos y artísticos en general que la cultura le ofrece y los utiliza en función de necesidades propias.

PARTE II

EL TEMPLO COMO CASA DEL PUEBLO CELEBRANTE

A).- Significado litúrgico del Templo

1. Espacio Arquitectónico y Celebración Cristiana

Ahora definamos la palabra templo: del latín “templum” y se usa para designar un edificio sagrado. Es el espacio en el cual se reúne la comunidad cristiana como asamblea celebrativa, para escuchar la Palabra de Dios, para elevar a Él oraciones de intercesión y de alabanza, para vivir los santos misterios, en una palabra pues, para celebrar. De modo que el edificio del culto cristiano, corresponde a la comprensión que la iglesia pueblo de Dios tiene de sí misma en el tiempo. Sus formas concretas, el variar de las épocas, son imagen relativa de esta auto comprensión. Por lo tanto, el proyecto y la construcción de una nueva iglesia pide antes de todo, que la comunidad local se involucre en el proyecto eclesiológico litúrgico que nos llega del Concilio Vaticano II y que en síntesis, expresa dos convicciones:

-La iglesia es misterio de comunión y pueblo de Dios peregrinante hacia la Jerusalén celestial. (cf. SC. 6.10; LG 4.9.13; GS 40.43).

-La liturgia es acción salvífica de Jesucristo, celebrada en el espíritu por la asamblea eclesial, ministerialmente estructurada, a través de la eficacia de signos sensibles. (cf SC 7,14; DV 21).



2. La iglesia como edificio, imagen de la Iglesia, pueblo de Dios

La realidad de Templo en su profundidad mistérico-sacramental se expresa en la imagen histórico-salvífica del "pueblo de Dios", y se manifiesta en modo especial en la asamblea litúrgica sujeto de la celebración cristiana (cf. SC. 11). En efecto Jesucristo Verbo encarnado, sacramento del Padre, participa por medio del Espíritu su mediación salvífica al pueblo, profético, sacerdotal y regular, cuya razón de ser es el anuncio, la alabanza, y el servicio. (cf. LG. 10)

Para este espacio litúrgico, ya sea durante o fuera de la celebración, con una sola especifica modalidad interpreta y expresa simbólicamente la economía de la salvación del hombre, haciéndose visible profecía del universo redimido, ya no sometido a la "caducidad" (cf. Rm. 8, 19-21), sino elevado a la belleza y a la integridad.

3. La promoción de una nueva comunidad eclesial local

Construir una iglesia "de piedras "expresa un tipo de enraizamiento de la Iglesia "de personas "en el territorio (plantatio Ecclesiae), lo que exige un discernimiento, análisis y comprensión de la comunidad a la cual el nuevo edificio es destinado.

Este discernimiento a partir de los problemas de nuestra sociedad compleja y de la atención a la cultura local procede por grados a fin de llegar aunque sea fatigosamente, a un juicio acertado. Construir una nueva iglesia es una operación pastoral articulada en sus actores, pero aun antes en el proceso que la justifica como imagen de una comunidad viva y operante, guiada en su camino histórico por profundas leyes teológicas y culturales.

4. Un proyecto cultural, pastoral y eclesial

No se puede partir de la iglesia considerándola solo como una obra formada por muros, se debe tomar en cuenta a los destinatarios para los que será edificada y al Sujeto Divino al cual ella es referida. Esto significa individualizar un grupo humano que tenga una autonomía "territorial", propia que se haga cargo de sus esperanzas, corresponda a sus peticiones y que comparta su crecimiento en la fe.

Sólo así puede se dirigir, a un interlocutor bien preciso, el anuncio cristiano y promover un itinerario que conduzca a la respuesta de fe de esa comunidad concreta.

5.- La nueva iglesia y la comunidad diocesana

La construcción de una nueva iglesia para una parroquia, requiere e invoca la sensibilidad de una "Iglesia Madre". Es la comunidad diocesana que, bajo la guía del Obispo, pastor y maestro, con sus carismas y ministerios, con sus trámites y sus estructuras, se encarna en la realidad local, para crear en ella un espacio de recogimiento, en donde la fe suscitada por el anuncio encuentre un sello sacramental y la comunidad, una más precisa identidad eclesial y una aceptada apertura a la misión. Deriva de ello un profundo vínculo espiritual entre el edificio parroquial de culto y la iglesia catedral, sede del magisterio episcopal, signo de unidad de la diócesis.

Una comunidad diocesana no puede gestar la construcción de una nueva iglesia como hecho solo burocrático-administrativo. Debe pensarla como "casa del pueblo de Dios", que en ella se reúne para expresar su ser bautismal, crismal, eucarístico. El pueblo de Dios debe encontrar en ella, de alguna manera, reflejada su propia identidad.

6. La iglesia en un contexto urbano

El espacio interno de una iglesia es ciertamente de una importancia prioritaria desde el momento que se transcribe arquitectónicamente el misterio de la Iglesia Pueblo de Dios, peregrino sobre la tierra imagen de la Iglesia en su plenitud.

Por otro lado, una interpretación válida y concreta de la conexión interno-externo y edificio-contexto constituye una de las adquisiciones más importantes de la conciencia crítica de la arquitectura contemporánea.

La relación entre iglesia y barrio tiene un valor cualificante, por lo que se refiere a un ambiente urbano que bastante seguido es anónimo que adquiere fisonomía y muy seguido también denominación a través de esta presencia capaz de orientar, organizar los espacio externos circunstantes y ser signo de la presencia divina en medio de los hombres. Esto significa que el complejo parroquial debe ser puesto en relación y entrar en dialogo con el resto del territorio y además debe enriquecerlo.



B) El Vaticano II reordena el espacio celebrativo
El concilio Vaticano II ha abierto nuevos horizontes respecto a la adaptación y construcción de nuevas iglesias. Ya en el capítulo VII de la constitución litúrgica, marco algunas pautas generales de comportamiento (nn.122-130) que posteriormente serían recogidas y desarrolladas en el capítulo V de la “ordenación general del misal romano” 1969, donde se habla de la disposición y ornato de las iglesias para la celebración de la eucaristía. A este importante documento voy a referirme ahora, pues en él se establece en los criterios fundamentales para la adecuada disposición del espacio celebrativo.
Es de capital importancia iniciar este punto destacando los criterios generales que deben regir la construcción de iglesias o adaptación de las mismas. Ese tema es tratado por el documento romano en los números 253-256. No voy a recurrir a la reproducción literal de los textos con fin de no alargar excesivamente este escrito.
El primer criterio y quizá, el más importante, es el de la funcionalidad. Hay que construir las iglesias teniendo presente para qué van a servir. La iglesia no es solo la casa de Dios, hemos visto, sino la casa de la iglesia; la casa donde ésta se reúne para celebrar los misterios. Todo debe estar subordinado a esta finalidad primordial. La disposición del espacio sagrado debe concebirse de modo que sirva a albergar debidamente a la comunidad celebrante y a que ésta pueda desarrollar, como corresponde, participando activamente en ellas, las acciones litúrgicas correspondientes, sobre todo la eucaristía. Los criterios estéticos, artísticos y arquitectónicos, deben permanecer subordinados a las exigencias de la funcionalidad.
Es explicable que muchas de nuestras viejas iglesias y catedrales, de una indiscutible calidad artística y arquitectónica, precisen de importantes adaptaciones y remodelaciones para poder ser utilizadas en las celebraciones de modo satisfactorio. Es preciso que la comunidad asista adecuadamente a la liturgia, que pueda ver lo que ocurre en el presbiterio, que pueda oír correctamente los que se dice y lo que se canta, que pueda permanecer congregada como una comunidad de hermanos y no sometida, por exigencia de una pésima distribución de espacios, a un obligado aislamiento. Todo eso es importante y sobre todo, pensar que nuestras iglesias no deben llegar a ser museos como en Europa, sino lugares de culto.
Conviene introducir aquí otro criterio, importantes sí, pero subordinado al anterior. Vamos a llamarlo exigencias de nobleza artística. Aunque nuestros templos como dijimos, no aspiran ser museos ni concentraciones de obras de arte, sí que se debe garantizar la nobleza de las formas y la autenticidad de los elementos que se utilizan en su construcción y en su decoración. En ese sentido es necesario que, para asegurar la autenticidad, todo sea realmente lo que aparenta. Que no haya piezas de apariencia. Que la piedra se piedra, que lo que aparece como madera sea realmente madera, que las flores sean de verdad y no de papel o de plástico. Este sentido de autenticidad y de nobleza es una exigencia de la calidad que corresponde a unas celebraciones en las que empeñamos y ponemos en juego toda la riqueza interior y toda la profundidad personal de cada uno de nosotros. Por otra parte, el afán por conseguir un alto nivel de calidad artística en los elementos que aparece en nuestras iglesias y nuestras celebraciones, como imágenes, pinturas, vidrieras, vestiduras, utensilios, música, cantos, etc., responde a una legítima aspiración por poner al servicio de Dios los más elevados y lo más rico del espíritu humano. No es un purismo superficial y puritano lo que inspira esta acogida de lo artístico y noble en nuestras iglesias, sino una rica sensibilidad humana y una profunda conciencia de lo religioso.
Se introduce en esta declaración de principios y orientaciones generales una nueva concepción de lo sagrado que considero de gran interés. La sacralidad no es un monopolio exclusivo de nuestras iglesias. Por eso, el documento no describe que la celebración Eucarística se celebre exclusivamente en el enclave sagrado de las iglesias sino que, cuando se precisó, puede celebrarse "en algún lugar honesto que sea digno de canal misterio" (n.253). Y es que la sacralidad o santidad de nuestros lugares de culto la pone la comunidad eclesial que allí se reúne y que allí celebra los misterios, sea donde sea, porque ella es santa y constituyen el cuerpo eclesial de Cristo, edificado "con piedras vivas y escogidas". Precisamente a ese lugar se le llama "iglesia", pero de forma derivada porqué a quien corresponde primariamente ese nombre es a la comunidad eclesial; y de forma derivada al edificio donde esta comunidad se reúne y celebra. Lo mismo ocurre con la palabra “templo”. Esta apelación corresponde prioritariamente al cuerpo resucitado del Señor y a la comunidad de discípulos unidos a él. Por derivación la palabra ‘templo’ corresponde también a lugar donde se reúne la comunidad y se ha se hace realidad la presencia viva del Señor resucitado.
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