Arquitectura griega



Descargar 78.14 Kb.
Fecha de conversión12.09.2017
Tamaño78.14 Kb.

    1. Arquitectura griega

La tipología del templo griego se compone de un santuario y el perímetro de columnas que lo rodean y articulan el espacio exterior. En este sentido es el modelo opuesto del templo egipcio, cuyas columnas están dispuestas dentro de un recinto amurallado. La originalidad de esta tipología reside en que, quizás por primera vez en la historia, se da prioridad al aspecto externo de un edificio que contiene un espacio sagrado. La arquitectura griega no abruma al observador con una excesiva monumentalidad y rara vez está dispuesta simétricamente a lo largo de un eje, sino que busca las relaciones espaciales sutiles, desde diferentes puntos de vista. Los templos griegos, que siguen aproximadamente el mismo plan, tienen tamaños muy diversos: desde el pequeño templo de Atenea Niké (427-424 a.C.) en la Acrópolis de Atenas, de aproximadamente 6 × 9 m, hasta el gigantesco templo de Zeus u Olimpeión (c. 500 a.C.) en Agrigento (Magna Grecia, actual Sicilia), que ocupa más de una hectárea.

El modelo primitivo de templo se fue modificando a lo largo de los siglos. La preocupación por el aspecto exterior y sus relaciones con el espacio circundante llevó a los arquitectos griegos a una carrera hacia la perfección. Fruto de este empeño son los órdenes arquitectónicos, que consisten en una serie de reglas sobre la proporción y la articulación de las partes del edificio, especialmente de las columnas. Hoy día se siguen llamando de igual forma, e incluso se siguen utilizando como modelos canónicos. En ellos se regula la disposición del estilobato o plinto, la basa, el fuste, capitel, arquitrabe, friso, cornisa y frontón, cada uno de los cuales ejerce o simboliza alguna función estructural.


Órdenes griegos


Dos de los tres órdenes griegos se extendieron más o menos simultáneamente. El orden dórico era predominante en el Ática y en la Magna Grecia. Es el más sobrio de todos los órdenes clásicos, pues sus columnas carecen de basa, y todos sus elementos decorativos representan alguna función estructural. Una de las obras maestras de la arquitectura de todos los tiempos está compuesta según el orden dórico; se trata del Partenón (448-432 a.C.), situado en la parte central de la Acrópolis de Atenas.

El orden jónico se originó en las ciudades del mar Egeo y Asia Menor, más influidas por el arte egipcio y oriental. La columna jónica se caracteriza porque el capitel está adornado por dos volutas en sus extremos, el fuste es más estilizado y con estrías más suaves que las del orden dórico, y se apoya sobre una basa compuesta por partes cóncavas y convexas. Se han conservado pocos ejemplos de la época arcaica, pero entre ellos destacan el Erecteion (comenzado en el año 421 a.C.) y los Propileos (comenzados en el 437 a.C.), ambos en la Acrópolis de Atenas.

El orden corintio es un invento ateniense, probablemente del siglo V a.C., pero su uso se generalizó más tarde. Su característica fundamental son los capiteles decorados con hojas de acanto; además, su fuste es aún más delgado que el jónico. Tiene la ventaja frente a éste de no tener ninguna dirección principal, lo cual facilita su disposición en las esquinas.

El final de las Guerras Médicas (466 a.C.) supuso la reconstrucción de numerosas ciudades griegas que habían sido arrasadas por los persas. Se abría así la posibilidad de investigar nuevas formas de planeamiento urbanístico, una nueva ciencia cuya figura principal es Hipodamo de Mileto, autor de los nuevos planos de Mileto (Asia Menor) y El Pireo (el puerto de Atenas), entre otras ciudades. Su principal aporte es el trazado en parrilla, también llamado hipodámico en su honor; igualmente, se le atribuye la idea de que el plano de la ciudad ha de simbolizar el orden social, con un centro representativo donde situar los edificios más señalados, en relación con los espacios públicos abiertos. El ágora griega (plaza pública, o lugar de reunión de los ciudadanos) podía incluir un templo, una especie de ayuntamiento o cámara de representantes (bouleuterion), un teatro, gimnasios y otros edificios de carácter público; en ocasiones quedaba contenida en un recinto de columnas. En la arquitectura doméstica, el megaron micénico (una especie de vestíbulo central) evolucionó hasta convertirse en una casa familiar donde las habitaciones tenían su acceso a través de un pequeño patio llamado atrio. Esta disposición se extendió por Italia, España y el norte de África, donde derivó hacia distintas tipologías de vivienda mediterránea. Véase Arte y arquitectura de Grecia; Vivienda (arquitectura).



7.5. Arquitectura romana  
La arquitectura romana tomó el relevo de la griega, pero sus resultados fueron muy distintos. En primer lugar, contrariamente al débil concepto de nación que generaban las alianzas entre ciudades-estado griegas, Roma llegó a ser un imperio poderoso y bien organizado, que colonizó con su política, su lengua y su arte todo el mundo mediterráneo, llegando por el noroeste hasta las islas Británicas y por el sureste hasta la península de Arabia. Los romanos llevaron a cabo grandes obras de ingeniería como calzadas, canales, puentes y acueductos. Sus avances en el arte de la edificación fueron incontables y en sus obras utilizaron toda clase de materiales constructivos como ladrillos, argamasa, piedra, mármoles y mosaicos.

El uso del arco y la bóveda introdujo en el vocabulario clásico las formas curvilíneas; los muros curvos producían un espacio semicircular, llamado exedra o ábside, ideal para concluir un eje. Los elementos cilíndricos y esféricos llegaron a ser característicos de la arquitectura romana, adecuados para cubrir los inmensos espacios propios de la escala imperial.



La cúpula  

La bóveda de cañón presenta una sección semicircular y se caracteriza porque sólo puede cubrir una luz limitada, debido a los enormes empujes laterales que ejerce. Para solucionar esto, los romanos inventaron dos sistemas alternativos; el primero es la cúpula, que se puede considerar como una bóveda de desarrollo circular, mucho más estable que las bóvedas de cañón, pero también limitada por los empujes laterales que ejerce sobre la estructura portante y por su propio peso, que tiende a romperla por la parte central, en la zona conocida como los riñones. A pesar de ello, los romanos consiguieron construir cúpulas enormes, como la del Panteón de Roma, un edificio de planta circular construido en la época del emperador Adriano, en cuyo interior se puede inscribir una esfera de 43 m. Su arquitecto, Apolodoro de Damasco, cubrió el espacio con una enorme cúpula masiva compuesta por anillos de materiales más ligeros a medida que se asciende, y abrió en el centro un óculo de 9 m de diámetro que desempeña la función de anillo de compresión. Esta gigantesca estructura se apoya sobre un muro perimetral de 6 m de ancho, horadado de tal forma que la estructura portante la componen realmente ocho enormes machones. En cualquier caso, el mayor problema de las cúpulas es que contienen un espacio único y no se pueden combinar fácilmente entre sí para cubrir un espacio articulado.


La bóveda de arista


  La segunda gran invención romana es la bóveda de arista, formada por la intersección de dos bóvedas de cañón idénticas. Las líneas que configuran esta intersección son dos medias elipses, que unen los vértices opuestos del cuadrado de la planta. Gracias a las direcciones ortogonales de curvatura se produce un efecto estructural, basado en que cada una de las bóvedas de cañón contrarresta el empuje de la otra. Además, la bóveda de arista presenta otras ventajas, como es que se puede apoyar sobre cuatro pilares (dispuestos de tal forma que absorban los empujes de la bóveda, que les llegan a 45º), dejando cuatro caras libres para emplazar vanos o para seguir añadiendo espacios abovedados.

En las grandes termas y basílicas romanas, estas últimas dedicadas a la administración de justicia, la sucesión de crujías cuadradas cubiertas por bóvedas de aristas proporcionaba enormes salas, iluminadas por claraboyas situadas en lo alto de los muros laterales, bajo las bóvedas.


Nuevas tipologías arquitectónicas


Los romanos también inventaron nuevas tipologías arquitectónicas, entre las que destacan el arco triunfal, el anfiteatro y el circo. Además, continuaron la evolución de los modelos tradicionales griegos como el estadio, el templo o el teatro. En cuanto a la vivienda, desarrollaron tres modalidades: la insulae o casa de vecinos, propia de las grandes ciudades como Roma (que llegó a tener una población de 1,5 millones de habitantes), la domus o vivienda unifamiliar y la villa o casa de campo de las clases más acomodadas. La casa romana es una transformación de la griega y su característica fundamental es que se cierra totalmente al exterior para abrirse a un atrio descubierto, en torno al cual se organizan las habitaciones. Un gran número de excelentes ejemplos de casas y villas romanas se han conservado en Pompeya y Herculano, las dos grandes ciudades que quedaron sepultadas por la erupción del Vesubio en el año 79 de nuestra era.

El gusto romano por los grandes planes urbanísticos se pone de manifiesto en la ciudad de Roma, donde cada emperador enriquecía o construía un nuevo foro con su basílica, templo y demás elementos. El foro, cuyos ejemplos arcaicos se limitaban a una sucesión caótica de edificios y monumentos, llegó a alcanzar un orden y una complejidad únicos en el foro de Trajano, dispuesto a lo largo de un eje que incluso contenía, adosado a uno de sus laterales, el mercado de la ciudad. Uno de los complejos palaciegos más impresionantes es el de Villa Adriana en Tívoli (entre los años 118-134 a.C.), que se extiende a lo largo de un enorme territorio jalonado por estadios, teatros, termas, ninfeos, peristilos y estanques.

Los órdenes griegos (dórico, jónico y corintio) fueron utilizados por los romanos, que además añadieron otros dos: el toscano, de aspecto más austero que el dórico por la ausencia de estrías en sus columnas; y el compuesto, cuyos capiteles se caracterizan por mezclar las hojas de acanto con los adornos de volutas en sus extremos. Los romanos usaron los órdenes con más frivolidad que los griegos, a menudo como pura decoración para los interiores, y olvidando el sentido y la sutileza del sistema adintelado. Pero también completaron la sintaxis de los órdenes, utilizando columnas adosadas a los muros, combinándolas con arcos y pilastras, entre otros ejemplos. Una de las combinaciones más características es la del Coliseo de Roma, donde se fijaron para la posteridad las reglas de uso de columnas, pilastras, arcos y dinteles conjuntamente.


    1. Arquitectura paleocristiana  

En el año 313 el emperador romano Constantino I el Grande promulga el Edicto de Milán, por el cual se establece en todo el Imperio la libertad religiosa y se inicia un proceso que culminará con la declaración del cristianismo como religión oficial. Hasta este momento, el Imperio romano había reprimido, en ocasiones con gran dureza, esta religión de origen oriental que rechazaba el culto al emperador y a los dioses clásicos, y se iba extendiendo paulatinamente por todos los rincones del mundo romanizado.

La arquitectura cristiana de los primeros tiempos se limita a las viviendas privadas de grandes dimensiones que acogían las reuniones de los fieles, casi siempre escondidas de la mirada pública, como la que se ha descubierto en Dura-Europos (siglo III), que ya presenta una serie de espacios jerarquizados de acuerdo con su uso ceremonial. Sin embargo, este tipo de arquitectura no podía satisfacer las necesidades simbólicas de la Iglesia, que a partir del Edicto de Milán sale de las sombras y adopta en sus templos una tipología romana: la basílica. Este edificio se compone de un número impar de naves longitudinales (3 o 5), separadas por filas de columnas, y la nave central es notablemente más ancha y alta. La diferencia de alturas entre las crujías permite abrir ventanas en la parte superior de los muros, llamadas claraboyas. Al final de la nave se dispone el altar, rodeado de un gran ábside o exedra (también heredado del modelo romano), en donde el sacerdote oficia la ceremonia. Una de las pocas características que difieren del modelo romano es la sustitución de la bóveda (que no se volvió a emplear hasta aproximadamente el año 1000) por una cubierta de madera a dos aguas, más ligera y por tanto con menores exigencias estructurales. El espacio de la basílica resultaba perfecto por su carácter direccional, jerárquico y claramente articulado, con la ventaja adicional de no haber sido utilizado por ningún otro culto religioso. En Roma aún se conservan algunas de estas iglesias que evocan el espíritu de la arquitectura paleocristiana: son las de Santa María la Mayor (422-430), de tres naves separadas por columnas jónicas que sostienen un arquitrabe recto, y Santa Sabina (422-432), cuyas columnas corintias sostienen una sucesión de arcos de medio punto peraltados.



    1. Arquitectura bizantina  

En el año 330 el emperador Constantino I el Grande funda la ciudad de Constantinopla (actual Estambul), donde traslada la corte imperial, iniciando así una ruptura en el seno del Imperio romano. A la muerte del emperador Teodosio —que en el año 391 había declarado al cristianismo religión oficial—, el Imperio se divide definitivamente en dos partes, el Imperio de Occidente y el Imperio de Oriente, que será conocido como Bizancio.

La arquitectura bizantina tomó como modelo la iglesia de planta central (o cruz griega), en la cual el espacio se organiza en torno a una cúpula central. Uno de los grandes avances de la composición espacial bizantina consistió en cubrir mediante una cúpula semiesférica (o de media naranja) un espacio de planta cuadrada, consiguiendo así la posibilidad de articular una sucesión de crujías cubiertas con cúpulas. Para ello se intercalan entre los apoyos y la cubierta cuatro triángulos curvos llamados pechinas; estas pechinas parten de los vértices de cuadrado y se unen en la parte superior formando un anillo sobre el que descansa la cúpula. Geométricamente se pueden definir como fragmentos triangulares de una esfera de diámetro igual a la diagonal del cuadrado de la planta y que pasa por los cuatro vértices de éste. Entre los ejemplos más notables de cúpulas sobre pechinas destaca la de la basílica de Santa Sofía en Constantinopla (532-537), construida durante el mandato del emperador Justiniano I. En este periodo se construyeron los ejemplos más relevantes de arquitectura bizantina, tanto en Constantinopla como en la ciudad italiana de Ravena, que después de pertenecer a los ostrogodos fue reconquistada por Bizancio. La iglesia de San Sergio y San Baco (527) en Constantinopla y la de San Vital (526-547) en Ravena reproducen el mismo modelo de planta octogonal cubierta por una cúpula y rodeada por una nave circundante. Entretanto, otras dos importantes iglesias de Ravena, San Apolinar Nuevo (c. 520) y San Apolinar in Classe (c. 530-549) mantienen la tipología basilical de origen paleocristiano.

La iglesia de Santa Sofía (o de la Santa Sabiduría), concebida por los arquitectos Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto, consta de una gran cúpula central que se extiende por el eje longitudinal siguiendo las dos exedras de los ábsides, cada una de ellas abierta a otras tres exedras menores. De este modo se consigue que los empujes de la bóveda se trasmitan, en dirección longitudinal, a las bóvedas de horno que cubren las exedras, hasta llegar debilitados a los contrafuertes exteriores. El conjunto configura un espacio oval de 31 por 80 m, en el que la cubierta central se impone sobre el resto de superficies esféricas, y al que llega luz difusa a través de un anillo de pequeños orificios situados en la base de la cúpula.

El arte figurativo bizantino desarrolló un estilo característico; su aplicación a la arquitectura se concreta en los mosaicos, grandes composiciones murales ejecutadas a partir de pequeñas piezas de mármol de colores o pasta vidriada (llamadas teselas). Ésta es una técnica heredada directamente de los mosaicos romanos, con la peculiaridad de que en Roma se utilizaba únicamente en espacios domésticos.

Las iglesias bizantinas siguieron posteriormente el modelo de Santa Sofía a pequeña escala, con una cúpula central que descarga sobre ábsides y otras superficies abovedadas dispuestas a su alrededor. Estas iglesias proliferaron a lo largo del vasto Imperio bizantino —Grecia, los Balcanes, Asia Menor y parte del norte de África y de Italia—, e influyeron en numerosos proyectos del mundo cristiano occidental. Los modelos más tardíos tienden a minimizar el modelo original, con cúpulas cada vez menores que enfatizan el espacio vertical. En la catedral de San Basilio en Moscú (1500-1560), así como en otras iglesias ortodoxas rusas, la cúpula bizantina se convierte en una cúpula bulbiforme, una forma decorativa que por otra parte no se manifiesta en el espacio interior. Véase Arte y arquitectura bizantinas.

7.8. Arquitectura prerrománica  
Una serie de pueblos bárbaros del norte de Europa fueron poco a poco penetrando en el mundo romanizado, hasta que invadieron la totalidad del Imperio de Occidente. Sin embargo, estos pueblos adoptaron la cultura romana y se convirtieron a la fe cristiana. A partir de entonces se inicia un proceso de unificación de los reinos europeos que culminará Carlomagno (742-814), en un intento de restauración del Imperio romano bajo el signo de la cruz. En la península Ibérica, sin embargo, el reino visigodo se desmoronó un siglo antes, y fue invadido por el islam, quedando tan sólo unos pequeños reinos cristianos al norte.

La arquitectura carolingia, como corresponde a este espíritu ‘renacentista’, siguió muchos de los modelos tardorromanos, bien en las iglesias que siguen modelos basilicales paleocristianos, como Saint Denis o Fulda (siglo VIII), bien en el propio palacio de Carlomagno en Aquisgrán, cuya Capilla Palatina (consagrada el año 805) recuerda a la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén. Por otra parte, aparecen ya una serie de variedades ligadas a las tradiciones locales que predicen la evolución hacia el pleno románico, como los muros o las torres de Céntula (790-799) o del proyecto de San Gall (c. 820), hallado en un antiguo pergamino.



La arquitectura visigoda, en contraste con la situación occidental de la península Ibérica, recibió una gran influencia bizantina, marcada por el apoyo político que el Imperio oriental concedió al reino hispánico. Las dos características más originales son el empleo de bóvedas pétreas y arcos de herradura, estos últimos heredados posteriormente por la arquitectura califal cordobesa. Entre las pocas iglesias conservadas destacan por su originalidad espacial San Pedro de la Nave (680-711) y San Juan de Baños (661) que, a pesar de su antigüedad, anticipan gran parte de la arquitectura de siglos posteriores. La arquitectura asturiana (o ramirense, en honor del rey Ramiro I) se desarrolló en un pequeño reino cristiano al norte de la península Ibérica, en la actual España, uno de los escasos focos de resistencia contra la invasión musulmana. Sus espacios cubiertos por bóvedas y articulados mediante arcos fajones, producen una original sensación de verticalidad. Éstos y otros elementos, como los contrafuertes exteriores y los arcos peraltados, la convierten en precursora de la arquitectura románica del resto de Europa. Entre los edificios más destacados se encuentran el salón del reino del palacio del Naranco (842-850), más tarde consagrado como Santa María del Naranco, y la iglesia de San Miguel de Lillo (842-850), también junto a la ciudad de Oviedo. Otra de las arquitecturas peculiares que se desarrolló durante este periodo en España es la arquitectura mozárabe. Los pueblos mozárabes estaban integrados por fieles cristianos que permanecieron en territorio musulmán. Su arquitectura, por tanto, recoge elementos de la arquitectura cristiana (visigoda y también europea) y de la arquitectura islámica (especialmente de la cordobesa); un ejemplo asombroso de esta confluencia cultural es la pequeña ermita de San Baudelio de Berlanga (siglo XI), un templo cristiano de planta centralizada, cuya tribuna descansa sobre una miniatura de la mezquita de Córdoba. Otro de los ejemplos destacados es la iglesia de San Miguel de Escalada (consagrada en 913), cristiana en su articulación espacial e islámica en sus elementos estilísticos. Véase Arte y arquitectura prerrománicas; Arte y arquitectura hispanomusulmanas.

7.9. Arquitectura románica  
Durante la edad media la Iglesia fue la depositaria de toda la sabiduría occidental. La orden benedictina ya estaba bien organizada en tiempos de Carlomagno, y su influencia se extendió por toda Europa con el transcurso de los siglos. Los arquitectos de la alta edad media fueron monjes, puesto que los monasterios, además de preservar la salud espiritual, eran los centros de producción de la filosofía y las ciencias. La planta basilical de los primeros tiempos se modificó de acuerdo con las necesidades litúrgicas de la misa, en la que un miembro del clero situado en el altar dirige la oración de los fieles y oficia los ritos religiosos. El símbolo de la cruz se añadió a la planta de los templos mediante la ubicación de un transepto, o nave perpendicular, en la zona próxima al ábside. De esta forma se creaba la distinción entre las naves, reservadas a los fieles, y el presbiterio, espacio posterior al transepto o crucero que contenía el recinto de los monjes (el coro) y el altar mayor, que debe ser el punto de atención más importante del templo. Para resaltarlo aún más, este altar mayor se enmarcaba en el ábside, una prolongación de la nave central de forma poligonal o semicircular, que en ocasiones estaba rodeado por la girola o deambulatorio, dispuesto como continuación de las naves laterales. En el templo también debía haber otros altares, necesarios para la celebración de las misas diarias de los monjes, situados dentro de pequeños absidiolos adosados al transepto y al deambulatorio. A los pies de la nave, precediendo la entrada al templo, aparecía el nártex, una antecámara o pórtico para recibir a los peregrinos y que no debían traspasar los catecúmenos.

Aunque muchas iglesias francesas cubren algunas de sus naves mediante bóvedas de cañón —Saint-Savin-sur-Gartempe (nave 1095-1115), Saint-Sernin de Toulouse (c. 1080-1120) o Sainte-Foy de Conques (comenzada en 1050)—, Saint-Philibert de Tournus (950-1120) ya dispone de todo un catálogo de arcos de refuerzo, arcos torales, bóvedas de medio cañón y bóvedas de medio cañón transversales que apean los esfuerzos de la gran bóveda de cañón situada sobre la nave central, con ventanas de claraboya bajo su línea de impostas, en la parte alta de los muros. Como resultado de esta evolución se impuso el uso de bóvedas de arista, que permiten situar fácilmente un claristorio en la parte alta de los muros, que constituye una especie de coronación lumínica a lo largo de la nave central, como en la catedral de Worms (siglo XI), en Alemania, o en la Madeleine de Vézelay (1104), en Francia. Los arcos de medio punto que configuran una bóveda de aristas se apoyan sobre una planta cuadrada: de este modo, el espacio queda dividido por una fila de crujías o fragmentos cuadrados. Para mantener la misma segmentación en las naves laterales, de menor altura y anchura, se duplicaba en ellas el número de bóvedas.


El monasterio de Cluny, en Borgoña, fue el centro de la reforma monástica del siglo X que alentó la evolución al románico. Tal es así que este arte se llama en ocasiones cluniacense. En el siglo XII la mayor iglesia abacial de Europa era Cluny III (1088-1121), destruida en la Revolución Francesa, pero restituida sobre el papel a partir de dibujos y restos conservados. Era una inmensa iglesia de cinco naves y dos transeptos, de casi 200 m de longitud y 15 capillas o absidiolos adosadas a los transeptos y al deambulatorio. Una bóveda de cañón apuntada cubría su nave central, que ya contaba con otros elementos característicos de la arquitectura gótica, como el triforio ciego o el piso de ventanales altos. Sus trazas ejercieron una notable influencia en la construcción de templos románicos y góticos, no sólo en Borgoña, sino también en el resto de Europa.



Los caminos de peregrinación generaron un enorme flujo ideológico a través de la Europa medieval. El más importante para Francia y España fue el Camino de Santiago, que conducía a los peregrinos de toda Europa hasta los restos del apóstol Santiago hallados en la ciudad gallega de Santiago de Compostela. A lo largo de este camino se fueron construyendo toda una serie de iglesias de peregrinación, que culminaban en la catedral de Santiago de Compostela (c. 1075-1128), obra románica de influencia francesa. El templo consta de tres naves, la central de ellas cubierta por una enorme bóveda de cañón, y a sus pies se abre el Pórtico de la Gloria, al parecer ideado por el maestro Mateo, que supone una pieza clave de la escultura románica europea. En general, en el área española del Camino de Santiago se desarrolló una forma autóctona de arquitectura románica, con influencias orientales que en unas ocasiones derivan del contacto con los reinos musulmanes y en otras de la antigua tradición bizantina trasmitida por los visigodos. Entre los templos destacan las colegiatas de Toro (1160-1240) y San Isidoro de León (1054-1057), panteón de los reyes de Castilla; las iglesias de San Martín de Frómista (c. 1066), con su peculiar cimborrio octogonal sobre el crucero, y Torres del Río (siglo XII), de planta centralizada; y las catedrales de Jaca (c. 1063), Salamanca (siglo XII) y Zamora (1151-1202), cuyo cimborrio está rematado por una cúpula gallonada de origen bizantino. También se construyeron numerosos monasterios que acogían a los peregrinos jacobeos, como el de la orden benedictina en Silos, con su incomparable claustro románico del siglo XI, o el derruido de San Juan de Duero (siglo XII) en la ciudad de Soria, con sus arquerías árabes. Véase Románico.

    1. Arquitectura gótica

Al comienzo del siglo XII el lenguaje arquitectónico románico va a ser sustituido por el gótico. Aunque el cambio responde a la reforma en el seno de la Iglesia cristiana, caracterizada por el racionalismo de los teólogos tomistas, también coincide con una serie de avances técnicos en la edificación. El proceso de construcción de una bóveda requiere en primer lugar la colocación de una estructura de madera (llamada cimbra) que sostiene el conjunto hasta que la curva se cierra, todos los elementos están ligados y se ha secado el mortero de las juntas. La cimbra de las bóvedas de arista convencionales tiene que ser de una sola pieza para cada crujía, y por tanto se requiere un complicado andamiaje que la haga descansar sobre el suelo. Hacia el año 1100 los constructores de la catedral de Durham, al norte de Inglaterra, y puede que simultáneamente los de San Ambrosio en Milán, inventaron un nuevo método: en primer lugar se construyen los arcos perpiaños y los dos arcos cruzados (llamados nervios) sobre el cuadrado de la crujía de una bóveda de arista, utilizando una cimbra ligera que se puede sujetar a los cuatro pilares de la base; después se rellena el resto de la bóveda mediante un material de relleno conocido con el nombre de plementería, que se puede apoyar sobre cuatro cimbras ligeras e independientes. El resultado es un nuevo tipo de bóveda llamada de crucería o de plementos, que aporta una serie de ventajas evidentes: el conjunto de la bóveda pesa muchos menos, puesto que los plementos no ejercen casi ninguna función estructural y por tanto pueden ser mucho más ligeros, mientras que las auténticas líneas de tensión se refuerzan mediante los nervios cruceros. Todos estos factores permiten elevar la altura de las naves y ensanchar sus luces estructurales.

Otra novedad que ya presentaban algunos edificios románicos es la de los arcos y bóvedas ojivales. La principal ventaja es de tipo compositivo. Las bóvedas de diferentes curvaturas pueden cubrir crujías rectangulares e incluso trapezoidales, de modo que las divisiones de la nave central pueden corresponderse con las de las naves laterales, y las bóvedas pueden seguir utilizándose en el deambulatorio y en el ábside sin ninguna interrupción. Además, las naves con claristorio (es decir, con un anillo de ventanas de claraboya) pueden elevarse hasta la altura máxima de las bóvedas. Pronto estas claraboyas se convierten en grandes ventanales llamados vidrieras, estructuradas mediante tracerías y compuestas por piezas de vidrio coloreado. El espacio de la iglesia adquiere así una nueva luminosidad, que se ha convertido en una de las características más propias de la arquitectura gótica.

Gracias a todos estos avances técnicos los maestros constructores pudieron construir estructuras más esbeltas, altas y ligeras. Pero de cualquier forma las bóvedas ejercen una serie de empujes transversales que no pueden contener unos pilares excesivamente altos, de modo que se hacía necesario encontrar una solución constructiva que apeara estos empujes hacia el exterior. Esta solución la constituye el sistema de arbotante y estribo, equivalente a los antiguos contrafuertes adosados al muro, que tendrían que haber alcanzado proporciones gigantescas para aguantar los nuevos esfuerzos laterales. El arbotante es un segmento de arco que transmite en diagonal, lejos del pilar de apoyo, las tensiones que ejerce la bóveda, mientras que el estribo es un sólido pilar que actúa como un contrafuerte aislado, recibiendo el empuje del arbotante y descargándolo definitivamente en el suelo.

La nueva arquitectura evolucionó rápidamente en la Île-de-France. El origen se sitúa en la abadía de Saint Denis (1140-1144), panteón de los reyes de Francia situado cerca de París. Los obispos de las ciudades más prósperas, que competían por la destreza de sus artesanos y arquitectos, se lanzaron a la carrera de la construcción de catedrales, rivalizando en esplendor y en prestigio. Los mejores ejemplos se concentran en este área de Francia en torno a París, y entre ellas destacan, con sus fechas de inicio: Laón (1160), París (1163), Chartres (1194), Bourges (1195), Reims (1211), Amiens (1220) y Beauvais (1225). Otros países europeos se lanzaron a esta carrera, especialmente los de mayor influencia francesa como Inglaterra, donde se inició la construcción de las catedrales de Lincoln (1192) o Salisbury (1220); y España, donde se inician las obras de las catedrales de León (c. 1255), Burgos (1222) y Toledo (c. 1226). El derrumbamiento del coro de la catedral de Beauvais en 1284 indicó que se había alcanzado el límite estructural. La anchura de las naves principales de estas catedrales oscila entre 9 y 15 m, pero hay que tener en cuenta que el coro de la catedral de Beauvais se reconstruyó con una altura de 47 metros.

Aunque la mejor arquitectura gótica fue religiosa, también se construyeron magníficos edificios civiles y militares. Uno de los más impresionantes es el Krak de los Caballeros (1131) en Jordania, una fortaleza construida por la Orden de los Caballeros Hospitalarios en la época de las cruzadas. La arquitectura militar fue una respuesta defensiva contra los avances en la tecnología militar; en todo caso, una de las estrategias más importantes seguía siendo resistir un asedio. Muchas ciudades se resguardaban dentro de una muralla fortificada y así se han conservado hasta nuestros días recintos como el de la ciudad de Ávila, en España, Aigues-Mortes y Carcasona en Francia, Chester en Inglaterra o Visby en Suecia.

Este periodo histórico coincide con un espectacular auge de la población urbana a causa del desarrollo tecnológico y de la concentración de poder en torno a la nobleza y a la realeza, así como por la aparición de nuevas clases sociales agrupadas en torno a los gremios de artesanos y de una incipiente burguesía de nuevos oficios como banqueros y comerciantes. Las ciudades crecieron sin la planificación teórica de la era romana ni de la posterior renacentista. En el norte de Europa, donde la madera se conseguía fácilmente hasta la Revolución Industrial, las ciudades se construyeron con este material que permitía bajos costes y rapidez en la ejecución. Las naves de los monasterios, las lonjas y otras construcciones civiles se cubrían en ocasiones mediante grandes estructuras de madera. En Escandinavia se construyeron las iglesias con mástiles, realizadas enteramente en madera. En los Alpes se levantaron ciudades enteras entrecruzando vigas de sección rectangular. En numerosas regiones floreció la construcción en ladrillo, como en Lombardía, el norte de Alemania, Holanda, Dinamarca y España, donde numerosos alarifes musulmanes permanecieron en el territorio reconquistado por los reinos cristianos, dando lugar a la que se conoce como arquitectura mudéjar. Estos constructores trasmitieron a la arquitectura cristiana toda la sabiduría árabe en materia de construcción de ladrillo, con toda su variedad de arcos y los característicos aparejos empleados para componer muros ornamentales. Véase Arte y arquitectura góticas.





  1. 7.12. Arquitectura renacentista

En Europa occidental, una revolución cultural llamada el renacimiento trajo una nueva era, no sólo en filosofía y literatura, sino también en las artes plásticas. En arquitectura se rescataron los principios y estilos de la arquitectura clásica, que permanecen hasta nuestros días. Este movimiento se inició en Italia hacia el 1400 y se expandió al resto de Europa a lo largo de siglo y medio.

7.12.1. Arquitectura renacentista en Italia  


Las familias que gobernaban las ciudades rivales del norte de Italia durante el siglo XV —los Medici en Florencia o los Sforza en Milán— se convirtieron en mecenas de las artes gracias a su saludable economía, fruto de un desarrollado comercio. Las clases ociosas comenzaron a sentir un interés académico por la olvidada cultura latina —su literatura, su arte y su arquitectura, cuyas ruinas permanecían por toda Italia.

A principios del siglo XV aún se estaba construyendo la catedral de Florencia. Se habían levantado los pilares que debían sustentar una cúpula casi tan grande como la del Panteón de Roma. La propuesta que finalmente se llevó a cabo fue la de Filippo Brunelleschi, que había estudiado las soluciones constructivas romanas. La cúpula que proyectó y construyó (1420-1436), y que aún hoy se yergue sobre la catedral, es de planta octogonal y se deriva de las cúpulas romanas, pero incorpora numerosas innovaciones: se sustenta mediante una doble estructura, interior y exterior, conectadas por nervios o costillas; es apuntada, por lo que alcanza una altura mayor sobre la misma base, y, finalmente, se corona mediante una linterna. El tambor, horadado por ojos de buey (ventanas circulares), se construyó sin necesidad de contrafuertes, gracias a la inclusión en su base de un anillo de compresión, compuesto por grandes bloques de piedra unidos por grapas de hierro y atados por una gruesa cadena. Hay otros dos anillos de compresión dentro de la doble estructura de la cúpula. Esta obra se puede considerar como la transición entre el gótico y el renacimiento. Brunelleschi proyectó más tarde la capilla Pazzi (comenzada hacia 1441), también en Florencia, que ya es un claro ejemplo de los nuevos principios de proporción y composición.

Ya en los últimos tiempos de la arquitectura gótica había aparecido una nueva tipología arquitectónica dentro de la ciudad: el palacio, residencia de las familias notables de la nueva sociedad urbana. El palacio solía ser un edificio de varias alturas cuyas habitaciones estaban dispuestas en torno a un cortile o patio interior. El arquitecto florentino Leon Battista Alberti incorporó tres órdenes clásicos a la fachada del palacio Rucellai, más de lo que se había logrado en el Coliseo de Roma, con la diferencia de que aquí el arquitecto utilizó pilastras en lugar de columnas adosadas. El resultado se asemeja a un grabado sobre el muro, que queda así articulado de forma racional siguiendo el ritmo de las ventanas. En 1485 Alberti publicó el primer tratado de arquitectura del periodo renacentista, basado en el clásico de Vitrubio (que se conservó sin dibujos), y que más tarde tuvo una gran influencia en la arquitectura clasicista.

En el siglo XVI Roma sustituyó a las ciudades del norte de Italia como centro de la nueva arquitectura. El arquitecto milanés Donato Bramante ejerció en la Ciudad Santa desde 1499. Su templete de San Pietro in Montorio (situado en el patio del Colegio Español) es uno de los primeros ejemplos de arquitectura renacentista en Roma, y sus elegantes proporciones sientan las bases de la evolución arquitectónica posterior.

La construcción de la nueva basílica de San Pedro en el Vaticano se convirtió en el empeño más ambicioso del siglo XVI. En el primer proyecto de Bramante (1503-1506) se dejaba atrás el concepto medieval de basílica longitudinal y se optaba por una planta de cruz griega de brazos iguales cubierta por una cúpula central (un esquema similar, a gran escala, al de la iglesia de Santa Maria della Consolazione, en Todi). Los papas que sucedieron a Julio II, sin embargo, encargaron la obra a otros arquitectos, primero a Miguel Ángel —que llegó a construir los ábsides posteriores y la cúpula sobre una planta centralizada similar a la bramantina— y posteriormente a Carlo Maderno —que acabó imponiendo la planta basilical de cruz latina al prolongar la nave delantera. La cúpula nervada y terminada en una linterna que realizó Miguel Ángel es una evolución lógica de la cúpula de Brunelleschi en Florencia, con diferencias formales en planta (circular en vez de octogonal) y sección (oval en lugar de apuntada). Los proyectos de San Pedro se convirtieron rápidamente en modelos clásicos, repetidos en infinidad de lugares (un ejemplo es el Capitolio de Estados Unidos, construido según el proyecto para la basílica vaticana de Giuliano da Sangallo).

Hacia la mitad del siglo XVI, una serie de arquitectos de la talla de Miguel Ángel, Baldassare Peruzzi, Giulio Romano y Iacopo da Vignola comienzan a usar los órdenes clásicos de una forma insólita, saltándose deliberadamente las normas establecidas en el inicio del renacimiento para conseguir efectos dramáticos. Así, los arcos, las columnas y los entablamentos se manipulan estableciendo nuevos ritmos, asimetrías y cambios espectaculares de escala (el orden gigante introducido por Miguel Ángel) o de proporciones. Este fenómeno se conoce con el nombre genérico de manierismo y entre los ejemplos más destacables se encuentra el palacio del Té (1526-1534) de Giulio Romano, en Mantua.

El arquitecto Andrea Palladio desarrolló su labor en el área del Véneto, especialmente en torno a las ciudades de Vicenza y Verona. Aunque estuvo en contacto con los arquitectos romanos, no siguió completamente la corriente manierista. En sus villas, construidas para la oligarquía local, experimentó con numerosas variaciones propias de las normas clásicas: ejes monumentales definidos desde el entorno, entradas únicas, habitaciones interiores jerarquizadas en torno a una sala principal, espacios servidores dispuestos en alas simétricas y, sobre todo, un sentido riguroso y sutil de la proporción. Sus investigaciones se recogen en su tratado Los cuatro libros de la arquitectura (1570), en el que se establecen, por medio de planos y dibujos dimensionados, las proporciones armónicas y sus reglas de composición. Este libro sirvió como base para el movimiento neopalladiano de los países anglosajones, cuyas máximas figuras fueron Inigo Jones en Inglaterra y Thomas Jefferson en Virginia. Palladio también proyectó otros edificios, como las iglesias de San Giorgio Maggiore (1565) e Il Redentore (1577), ambas en Venecia, o los palacios della Ragione (1549) y Chiericati (1551-1557), en Vicenza.


      1. Arquitectura renacentista del resto de Europa

Hacia finales del siglo XV, el renacimiento se había extendido por toda Europa occidental, con la excepción de las islas Británicas. El rey de Francia, Francisco I, llamó a su corte a numerosos artistas italianos (empezando por el genial Leonardo da Vinci en 1516), que difundieron el nuevo arte y educaron a numerosos artistas locales. Se cree que el primer edificio renacentista de Francia, el château de Chambord (1519-1547), construido por el rey en el valle del Loira, fue obra del arquitecto italiano Domenico di Cortona. Aunque el exterior es el de un castillo medieval, su interior es sin duda una obra del nuevo estilo. Los arquitectos franceses Jacques Androuet du Cerceau, el Viejo, y Philibert Delorme trabajaron en el proyecto de Fontainebleau, y Delorme fue el arquitecto del château d’Anet, donde Benvenuto Cellini colaboró como escultor. En París, el palacio real del Louvre fue proyectado en 1546 por Pierre Lescot.

En la península Ibérica se da un caso similar al del château de Chambord, en el castillo de La Calahorra (c. 1509), un edificio gótico cuyo interior puede considerarse plenamente renacentista. Sin embargo, en España se dio la peculiaridad de que el estilo italiano se desarrolló simultáneamente a un estilo autóctono llamado plateresco, más ligado a la tradición gótica. Estas dos corrientes se funden definitivamente gracias a la figura de arquitectos como Alonso de Covarrubias, Diego de Siloé, Andrés de Vandelvira o Pedro Machuca, cuyo palacio de Carlos V (1526) en la Alhambra de Granada se puede considerar como el primer modelo clásico español. Sin embargo, la obra más significativa de este siglo es el colosal monasterio-palacio de El Escorial (1563-1584), construido por orden del rey Felipe II en las proximidades de la capital del reciente reino de España. En las trazas de esta obra intervino en primer lugar el arquitecto Juan Bautista de Toledo, formado en Roma (al parecer bajo las órdenes de Miguel Ángel), y posteriormente Juan de Herrera, que consolida un estilo propio de corte manierista, geométrico y desprovisto de ornamentación (llamado en su honor herreriano) y que va a influir notablemente en la arquitectura de los siglos posteriores en España y Latinoamérica. Véase Arte y arquitectura renacentistas.



    1. Arquitectura barroca  

El proceso de experimentación sobre las normas clásicas que se había iniciado con el manierismo desembocó en el barroco. Así, si el manierismo seguía utilizando las disposiciones espaciales clásicas (escasa articulación, formas geométricas primarias), el barroco rompe también con estas normas compositivas del renacimiento para obtener una arquitectura explícitamente escenográfica. Para ello emplea los elementos clásicos, pero los manipula de forma que resulten ambiguos, matizándolos con un sabio manejo de la luz que añade dramatismo a los espacios.

7.13.1. Arquitectura barroca en Italia  


Las primeras muestras del barroco aparecen en Italia, y su mejor representante es Gian Lorenzo Bernini, que proyectó la Plaza de San Pedro en el Vaticano (comenzada en 1656). Gracias al complicado juego perspectivo de la doble columnata (de planta oval abierta con dos brazos) la fachada chata de Carlo Maderno para la basílica de San Pedro cobra un nuevo vigor. Otra de sus mejores obras es la Escala Regia (1663-1666), también en el Vaticano, donde consiguió construir en un espacio reducido una de las escaleras más impresionantes de la historia de la arquitectura. Casi contemporáneo de Bernini es Francesco Borromini, entre cuyas obras destacan dos pequeñas iglesias de Roma: San Carlo alle Quattro Fontane (1638-1661; fachada terminada en 1667) se organiza en torno a una planta elíptica, que refuerza el eje longitudinal, cubierta por una cúpula de la misma forma sobre pechinas, y cuya fachada se curva en una ligera ondulación; la planta de Sant’Ivo alla Sapienza (comenzada en 1642) se origina por la intersección de dos triángulos equiláteros, en cuyas esquinas aparecen tres nichos o absidiolos cóncavos y otros tres chaflanes convexos alternativamente. Estos muros curvos, delimitados por pilastras, alcanzan el nivel de la cúpula y continúan la planta hexagonal desde el suelo hasta la linterna.

Guarino Guarini trabajó en Turín pero, curiosamente, en dos de sus obras más significativas recogió algunos temas de tradición hispana. Así, la iglesia de San Lorenzo (1668-1687) está cubierta por una peculiar cúpula de ocho nervios cruzados, al estilo califal cordobés, que en sus intersticios permiten el paso de la luz. La capilla de la Santa Sindone (o del Santo Sudario, 1667-1694) está situada detrás del altar mayor de la catedral de Turín, en lo alto de unas gradas, en una disposición similar a la de los camarines de vírgenes hispanas. A finales del siglo XVII y principios del XVIII destacan las figuras de Carlo Fontana y Filippo Juvarra, entre cuyas obras destacan los palacios Madama (1718-1721) y Stupinigi (1719-1733), cerca de Turín, así como el proyecto del palacio real de Madrid (1735), que más tarde modificó y construyó Giovanni Battista Sachetti.

7.13.2. Arquitectura barroca en Francia  
Uno de los mejores ejemplos de arquitectura francesa religiosa del siglo XVII es la iglesia de San Luis de los Inválidos (1676-1706) en París, proyectada por Jules Hardouin-Mansart. El mejor arte barroco de este siglo (le grand siècle), en cualquier caso, se produjo para la corte de Luis XIV. El château de Vaux-le-Vicomte (1657-1661) es el fruto de la colaboración entre el arquitecto Louis le Vau, el pintor Charles Lebrun y el diseñador de jardines André Le Nôtre. El rey Sol quedó tan impresionado por esta obra que encargó a los mismos artistas la reconstrucción del palacio de Versalles, a una escala que fuera representativa de su grandeza. El palacio se convirtió en el centro del poder de este monarca absoluto y se fue ampliando desde 1667 hasta 1710. Luis XIV también llamó a Bernini para que proyectara una ampliación del palacio del Louvre en París, aunque finalmente fue elegido el proyecto de Claude Perrault, que entre 1667 y 1679 se hizo cargo de las obras.

La muerte de Luis XIV en 1715 coincidió con una serie de renovaciones en el mundo del arte que desembocaron en lo que se conoce como estilo rococó. La máxima expresión de la grandeur real es la Plaza de la Concordia (comenzada en 1753) en París, proyectada por Jacques Ange Gabriel, así como el gran eje y las plazas de Nancy (1751-1759), obra del arquitecto Emmanuelle Héré de Corny. Gabriel también construyó una pequeña obra de carácter más clasicista, el Petit Trianon (1762-1764), donde ya se deja ver la evolución reformista pedida por el abad Laugier.



      1. Arquitectura barroca en el Reino Unido  

A principios del siglo XVII, la arquitectura de Gran Bretaña aún seguía los modelos góticos autóctonos. La figura que va a introducir el estilo renacentista es Inigo Jones, de influencia palladiana, entre cuyas obras merece especial mención la Banqueting House (1619-1622) en Whitehall, Londres. El incendio de Londres de 1666 hizo necesaria la reconstrucción de la ciudad. Entre los arquitectos que llevaron a cabo esta tarea destacó el polifacético Christopher Wren, cuya obra maestra es la catedral de Saint Paul (1675-1710), inspirada en los dibujos de Sangallo para la basílica de San Pedro. Aunque esta obra se puede considerar barroca por algunos de sus elementos, es clasicista en cuanto a su concepción espacial. Es curioso cómo la llegada tardía de los modelos clásicos supuso, al tiempo que una débil adscripción al barroco, el inicio prematuro de lo que se conocerá como arquitectura neoclásica. Wren proyectó numerosas iglesias por toda Inglaterra, en muchas de las cuales introdujo el empleo del campanario de una sola torre, de planta cuadrada y pronunciado chapitel, que más tarde se convirtió en el arquetipo de la arquitectura religiosa del Reino Unido y de sus colonias americanas.

      1. Arquitectura barroca en Centroeuropa

En Austria y Baviera floreció especialmente el estilo rococó. La abadía benedictina de Ottobeuren (1748-1772), proyectada por Johann Michael Fischer (1692-1766), es tan sólo una de las iglesias, monasterios y palacios llevados a cabo en este periodo en el centro de Europa, entre los cuales también destaca la iglesia de peregrinación de los Vierzehnheiligen (1743-1772) cerca de Banz (Alemania), proyectada por Balthasar Neumann, y el Amalienburg (1734-1739) en el parque del Nymphenburg, cerca de Munich, del arquitecto bávaro nacido en Flandes, François de Cuvilliés.

      1. Arquitectura barroca en España y Latinoamérica

La arquitectura religiosa en España y Latinoamérica está enormemente influida por la Contrarreforma, y especialmente por la nueva arquitectura de la orden jesuita, cuyo modelo espacial es la iglesia del Gesù en Roma, de Vignola. Una de las iglesias donde esta influencia es más palpable es la Clerecía de Salamanca (1614-1617), obra de Juan Gómez de Mora, que además de la iglesia viñolesca incorpora un patio de tradición monástica. Pero sin duda la aportación más original del barroco español es la acumulación decorativa en los retablos y en algunos elementos murales, como en el hospicio de San Fernando (1720) en Madrid, de Pedro de Ribera. El arquitecto José Churriguera, y posteriormente sus hermanos Joaquín y Alberto fijaron el llamado estilo churrigueresco, en el que el barroco español da un paso más hasta llegar a la acumulación tridimensional. Entre las obras de mayor envergadura destaca la plaza Mayor de Salamanca (1728), de Alberto Churriguera, que conserva el espacio porticado tradicional en este tipo de espacios urbanos.

A mediados del siglo XVII la influencia española, trasmitida en gran medida por las órdenes religiosas, aparece en las construcciones de la América colonial. Los edificios religiosos heredan las composiciones espaciales jesuíticas, como la iglesia de la Compañía de Cuzco (1651-1668), Perú, proyectada por Diego Martínez de Oviedo, cuyas torres achatadas se imponen para evitar los desastres producidos por los seísmos. También la tradición ornamental de la península se va a dejar sentir a lo largo de toda Latinoamérica, especialmente en el virreinato de Nueva España (hoy México), donde se inicia una tradición propia que supera a la española en complejidad y dramatismo. Algunos de los ejemplos más admirables de lo que se llamó barroco exuberante son la capilla del Rosario de la iglesia de Santo Domingo (terminada en 1690) en Puebla, o las iglesias de Santa Prisca de Taxco (1748-1758) y la jesuítica del convento de Tepotzotlán (1762, Estado de México), que parece tener ciertas influencias hispano-musulmanas, como la cúpula califal de la capilla de Loreto, o la decoración de azulejos en el interior.



      1. Urbanismo barroco  

Una de las características de la arquitectura barroca es la prolongación de los ejes de cada edificio simbólico hasta alcanzar todo el ordenamiento de la ciudad, e incluso, hasta modificar el territorio en que se enclava. La plaza del Campidoglio o Capitolio (1538-1564) en Roma, diseñada por Miguel Ángel, sirvió en lo sucesivo como modelo de plaza urbana, mientras que la villa Farnese (comenzada en 1539) en Caprarola, proyectada por Vignola, mostraba la tendencia expansiva de los ejes monumentales, que se continúan a través de los jardines. Las fachadas de las iglesias barrocas se proyectaban en relación con la plaza a la que se abrían, aunque no se correspondieran con el espacio interior. Estos principios reguladores alcanzaron su máxima expresión en la construcción de ciudades de nueva planta, tanto en Europa (caso de San Petersburgo, donde el zar Pedro el Grande contó con la colaboración de arquitectos italianos y franceses) como en el Nuevo Mundo, donde se construyeron numerosos centros urbanos como el de la ciudad de México, Santiago de Chile, o Antigua (Guatemala), donde además se acomodaron elementos típicamente españoles como las plazas mayores, que a menudo servían de foco para el resto de las trazas urbanas.

    1. Arquitectura neoclasicista  

Coincidiendo con la efervescencia cultural de la Francia prerrevolucionaria, una serie de teóricos, como el abad jesuita Marc-Antoine Laugier (Essai sur l’architecture, 1753) preconizaron como reacción frente a los excesos del rococó una vuelta a los modelos clásicos, más racionales y humanistas. Por otra parte, gracias a los descubrimientos de la incipiente arqueología, volvió a ponerse de manifiesto la excelencia de la arquitectura griega y romana, que defendían los escritos y grabados de Piranesi (defensor de los modelos romanos), o de James Stuart y Nicholas Revett (defensores del dórico griego en su libro The Antiquities of Athens, 1762).

En Inglaterra, la ausencia de barroco pleno permitió a la arquitectura mantener ciertos tintes clasicistas durante el siglo XVIII, como muestra el palacio de Blenheim (1705), obra de John Vanbrugh. Sin embargo, las ideas continentales cristalizaron rápidamente en las obras de numerosos arquitectos ingleses, como Richard Burlington, William Kent o John Wood, que retomaron con interés la obra de Palladio y de su sucesor Inigo Jones. Más tarde, esta arquitectura neopalladiana evolucionó hacia un estilo típicamente inglés llamado estilo georgiano. En el declive del clasicismo aparece en Londres la figura de John Soane, un arquitecto enormemente imaginativo cuya obra fundamental, el Banco de Inglaterra (1788-1808), se ha perdido casi por entero. El estilo neoclásico se transmitió a las colonias norteamericanas, donde además se hizo notar la influencia revolucionaria francesa. Entre las figuras más destacadas están Samuel MacIntire (que posteriormente desarrolló el estilo federal como expresión de la independencia de Estados Unidos) y los neopalladianos Thomas Jefferson y Benjamin Henry Latrobe.



Una de las primeras grandes obras neoclasicistas francesas es la iglesia de Sainte Geneviève (llamada también el Panteón, comenzada en 1757) en París, obra de Jacques-Germain Soufflot, que combina la elegancia de los órdenes griegos con la audacia constructiva de los edificios góticos. En la época cercana a la Revolución aparecen en Francia una serie de arquitectos neoclasicistas, como Claude-Nicolas Ledoux y Étienne-Louis Boullée, conocidos como ‘los arquitectos visionarios’, cuyos numerosos proyectos no ejecutados servirán de germen para la arquitectura contemporánea. Su arquitectura es moralizante, defensora de la abstracción más estricta, y se basa en la combinación de elementos geométricos puros.

En España, el reinado de Carlos III trajo las ideas de la Ilustración, y con ellas la arquitectura clasicista. Entre los arquitectos más destacados de lo que se llamó en España ‘la arquitectura de la razón’ cabe citar a Ventura Rodríguez, autor de la fachada de la catedral de Pamplona (1783), y a Juan de Villanueva, que además de utilizar con rigor los lenguajes clásicos fue capaz de concebir una arquitectura original, basada en la complejidad de los espacios, de la que su mejor ejemplo es el Museo del Prado (1785) en Madrid. Véase Neoclasicismo.


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal