Arroyos en el Sahara La evangelización de los musulmanes en Chad en 1958 et seq, y anteriormente en Argelia



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Arroyos en el Sahara


La evangelización de los musulmanes en Chad
en 1958 et seq, y anteriormente en Argelia


Charles R. Marsh, 1902-1988
Publicado por Echoes of Service,
Bath, Reino Unido en 1972
bajo el título Streams in the Sahara

Contenido

Biografía del autor

1 La gallarda gacela

2 La tierra de esclavos

3 Sed por Dios

4 Agua de vida

5 Arroyos en el desierto

6 Servicio activo a gran costo

7 Discipulado costoso y dividendos ricos

8 Avance en el desierto

9 Géiseres y manantiales borboteando

10 Lago de Chad

11 Misa a medianoche

12 Ostras en el desierto

13 Sed del alma

14 Valle de estanques

15 Aguas sobre el sequedal

16 Portadores de agua

17 Un milagro moderno

Biografía del autor





James Anderson
They finished their course in the 80s
Publicado por John Ritchie Ltd.

Charles Marsh trabajó por medio siglo entre los musulmanes en África, escribió una serie de libros de mucha aceptación, revisó el Nuevo Testamento en el dialecto kabyle, estandardizó el Nuevo Testamento en el árabe usado en Chad y produjo un diccionario árabe-francés.

Nació en Londres en 1902. Su padre era maestro de primaria y tanto padre como madre eran anglicanos. Le animaban a asistir a la iglesia con regularidad pero él nunca oía el evangelio puro. A la edad de 15 dejó la escuela para trabajar en una granja, y comenzó a asistir a un centro evangélico donde había un solo varón en la asamblea.

A los 17 años aprendió que tenía que someterse por fe a Jesucristo como su Señor, fue a casa y en su dormitorio dio gracias al Señor Jesús por haber muerto por sus pecados. Escribió a cada miembro de la familia para informarles de lo que había hecho. Su hermano Donald tomó el mismo paso pero se quedó en la Iglesia Anglicana donde alcanzó el rango de obispo.

Dos meses más tarde Charles fue bautizado y cuatro meses después Dios le llamó a servirle entre los musulmanes. Él escuchó a H. G. Lamb informar sobre su labor en Argelia, contando por ejemplo de un hombre principal que le ofreció seis palmeras, un macho cabrío por año y todos los huevos que él y su esposa podían consumir, si tan sólo fuera a su pueblo para contarles acerca de Dios. El joven Charles sentía que no podía seguir viviendo para sí. Trabajaba en la granja seis días de la semana, regentaba una clase bíblica cada domingo y predicaba al aire libre en Kent cada sábado y al menos una vez más por semana. Empezó a estudiar el Nuevo Testamento en griego, analizando y anotando cada versículo y cada capítulo.

Cuando pidió ser encomendado a Argelia, la asamblea en Chattendon, por ser tan pequeña, le presentó a los ancianos de tres asambleas más para que les contara de su llamado. Le aconsejaron esperar pero él continuó en su preparación para un servicio misionero. Un hermano le dijo que nunca sería capaz de aprender un idioma extranjero.

Al encontrar la vía bloqueada, Charles decidió proseguir por su cuenta. Costeó estudios en medicina, cirugía y odontología; encabezó su promoción en los exámenes en Livingstone College. Dedicó dos veranos a acompañar a diversos evangelistas en sus campañas en tiendas. Estudió árabe y continuó en el griego hasta que llegó a la conclusión que el tiempo no era bien invertido. De nuevo solicitó ser encomendado, pero fue aconsejado a conseguir un buen empleo en el mundo con miras a sacrificarlo por el Señor. Escribió a la North Africa Mission y fue aceptado dentro de una semana.

Nuestro hermano ya estaba comprometido a contraer matrimonio con la señorita Pearl Lamb, cuyo padre le había interesado en la obra en el mundo musulmán. Salió de Inglaterra para Argelia en 1925 y se casó con Pearl en 1927. Ella dominaba francés y el idioma kabyle (o “cabilo”), de manera que comenzó actividades en Tabarouth mientras él aprendía idiomas. Su luna de miel consistió en un día de playa.

La Misión les asignó a Setif pero no lograron encontrar dónde alojarse; volvieron a Lafayette donde iban a vivir por treinta y seis años. El Señor le dijo que esto sería su parte en el gran campo mundial. Los kabyles (o “cabilios”) vivían en quinientos pueblos esparcidos tierra adentro en Argelia, algunos de ellos a una altura de 1700 metros y muchos a una distancia de cuatro o seis horas a pie.

La única manera de hacer contacto con ellos era sentarse donde ellos estaban sentados, compartir sus adversidades, comer su comida, cuidar sus enfermos, escuchar y expresar simpatía. Eran musulmanes de pura cepa, pero él tenía que pernoctar en sus hogares, testificar en sus cafeterías y en torno de sus mezquitas. Arriesgaba la vida para buscar sus almas por el Señor Jesús. Charles sentía más y más la necesidad de establecer puntos de avanzada para alcanzar estos pueblos eficazmente, pero la Misión no tenía la visión ni los recursos para hacerlo. Por esto él dio por terminada su relación con la Misión [así como habían hecho los señores Fallaize y Gabriel, pero no los St John] y fue encomendado a la obra por las asambleas de Bush Hill, donde había nacido, y Chattendon, donde había sido salvado y bautizado.

Se estableció entonces una base de operaciones en Ourtilane cerca de un gran mercado semanal, contando así con un centro excelente de donde evangelizar. Los días de mercado atraían huestes de hombres y muchachos; se instituyeron clases sobre una base fija y los sábados se atendían a los enfermos de las poblaciones vecinas. Él tradujo los Evangelios al dialecto de la zona. La Sociedad Bíblica Británica y Extranjera estaba consciente de la necesidad de revisar el Nuevo Testamento en kabyle y le pidió al señor Marsh encabezar el comité. El señor Fiske de Marruecos favorecía una traducción de la Biblia para todo el norte de África, y la Sociedad pidió a Charles encabezar el comité de misioneros e indígenas para el Nuevo Testamento. Esto era una tarea imposible por cuanto Pearl y Charles estaban ocupados a tiempo completo con veinticuatro clases semanales.

Sin embargo, Argelia estaba luchando por su independencia de Francia y los franceses prohibían ampliar la evangelización en los pueblos. Los musulmanes destruían todo edificio francés a la vista, pero los franceses reocuparon terreno y ampliaban la destrucción.

En 1958, cuando la situación en Argelia parecía imposible, llegó una carta de algunos misioneros en Chad, cuya obra era dirigida netamente a los paganos africanos en el sur del país y quienes estaban muy conscientes de que los musulmanes no estaban recibiendo el evangelio. Las puertas cerradas en los países francoparlantes del Norte de África parecían ser una señal hacia las puertas nuevas entre la misma clase de gente más al sur.

Los esposos Marsh dedicaron dos años a conocer la necesidad, traducir el Nuevo Testamento al árabe chadiano y dar a los cristianos las herramientas que necesitaban para su tarea: un diccionario, un himnario en árabe, varios tratados y un librito titulado Share your faith with a Muslim (“Comparta su fe con un musulmán”). Este librito, terminado en Inglaterra, llegó a ser traducido a seis idiomas más y las ventas fueron de millones de ejemplares.

En los años siguientes los Marsh visitaron varias veces en Argelia y Chad. Pasados los sesenta y cinco años, Charles descubrió una nueva esfera de servicio que llamaba la experiencia más emocionante de su vida. Fue la de evangelizar la juventud. Y, en la vejez él mantuvo su interés en el programa radial de su hija Daisy para la evangelización e instrucción de los kabyles.

Los primeros años en Argelia eran tiempo de mucha siembra y poca cosecha. La cosecha vino con el advenimiento de los campamentos, la predicación por radio y la correspondencia. Nuestro hermano nunca descuidó el ministerio de la oración, cosa que continuó cuando nuestra condición física no permitía un servicio más vigoroso. Un amigo informó que el anciano Charles Marsh le pidió los nombres de los miembros de su clase bíblica para poder orar mejor por ellos.

***

La obra del señor Marsh acerca de sus años en Argelia, Too hard for God? (“¿Difícil para Dios?”), fue publicada en 1970 y la de Chad, Streams in the Sahara (“Arroyos en el Sahara”), en 1972 cuando él tenía 70 años. La señora Pearl falleció en 1981 y Charles en 1988.



1 La gallarda gacela

El narrador estaba parado en las afueras del mercado, vestido de una larga túnica blanca y con un solideo sobre la cabeza. Sus historias cautivaban a los árabes. Los camellos reposaban allí cerca, los comerciantes desplegaban sus telas y pañuelos de colores vívidos, otros vendedores ofrecían en venta su pescado salado y las mujeres su harina y especies.

“Hijos del Profeta”, comenzó el narrador, “quiero contarles una historia del desierto, este gran Sahara que amamos. La caravana había viajado por tres días a través de las arenas áridas lavadas por el viento. Los hombres estaban cansados, no quedaba agua en sus cueros y las jorobas de los camellos se hundían. Era obvio que no podían continuar mucho más sin beber. Iban rumbo a un campamento donde los pozos no se habían secado en los años que ellos vivían. Aun cuando se veían salobres y color de leche, siempre había suficiente para la necesidad del momento. Pero hoy, para su asombro, los pozos estaban secos. Los viajeros se encontraban de frente con el desastre, ya que el próximo campamento quedaba a cuatro días de marcha.

La solución de su problema estaba con ellos por cuanto uno de los camellos portaba una preciosa gacela pequeña. Día tras día la habían cargado para una emergencia como esta. Sus patas amarradas y apretadas, ella viajaba a cuestas de un gran camello, y a lo largo de cada día bajo el sol candente del desierto seco se caía de lado a lado, anhelando la libertad. Ahora aflojaron los amarres y permitieron a la pequeña gacela estirar las patas, pero no a escapar.

Alistaron al camello más veloz, uno blanco de raza mehari, de monte, muy diferente de los torpes dromedarios laboriosos que portaban las cargas. La pobre gacela estaba jadeando en el aire cargado del desierto, y parecía condenada a morir de sed. Anhelaba los arroyos refrescantes, y de repente se encontró libre. Hocico al aire, el animal volteó la cabeza lentamente, olfateando, y con un brinco se fue a zancadas largas sobre la arena.

Corrió velozmente entre los escasos arbustos marchitos, rumbo a las montañas distantes. La siguió el hombre montado sobre el camello de carrera, pero pronto perdió de vista a la gacela. Pero, por ser ducho en el arte, él pudo seguir las huellas que le guiaron a la muy distante sierra de montañas rojas y peladas, a un desfiladero donde un chorrito de agua clara y chispeante salía de la hendidura en una peña. El hermoso animalito había buscado y encontrado el agua de vida. Lentamente se acercó la caravana y por fin los hombres y las bestias bebieron hasta saciarse. Se salvaron”.

“Gracias Dios. Alabanzas al Señor quien les da agua”, dijo uno.

“Gloria a Dios que dio la gacela que les condujo al agua”, agregó otro.

Por los bordes del gran desierto Sahara, y en algunos lugares en todo el medio de aquella vasta tierra seca, abundan estos animales encantadores. Este don de olfatear el agua les permite vivir donde otros animales perecen. En muchos sitios en el Sahara el agua queda a escasos metros de la superficie y fluye en arroyos subterráneos. En las sabanas chadianas estos cursos invisibles se llaman batas y por unas pocas semanas cada año, inmediatamente después de las lluvias torrenciales, el agua se arremolina en ellas y desaparece perdida en las arenas. Por el resto del año son apenas ríos de arena; el agua está allí pero uno tiene que buscarla. La gacela no la puede ver, los arroyos están escondidos de sus ojos, pero ella busca y la encuentra.

David aludió a este animal hermoso al escribir, “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”, Salmo 42. En muchas vidas hoy día existe una sed intensa por algo permanente que satisfaga. Sólo el Dios vivo puede satisfacer las necesidades más profundas del corazón humano, pero para millones de personas en el mundo entero, los arroyos están escondidos.

Fue el día de la gran fiesta en Fuerte Lamy. Desde las primeras horas oleadas de hombres llegaron a la ciudad, todos vestidos de túnicas blancas, y se juntaron en oración con sus colegas islámicos. Pronto se incorporaron los varones residentes en la comunidad, y la mezquita no acomodaba a los miles de adoradores. Se cerraron todas las vías de acceso en torno de la mezquita y la policía vigilaba la muchedumbre.

¿Por qué esta concurrencia? Habían venido para orar, sentados en filas paralelas, los comerciantes ricos entre los agricultores pobres, el nómada al lado del estudiante. Algunos eran desesperadamente pobres, pero habían logrado vestirse de por lo menos una prenda inmaculada. Metódicamente se lavaron en agua pura y estaban listos para orar, esperando sólo la señal,

El imán principal se paró frente de cuarenta mil varones y dio inicio a la oración. Alá, akbar. “Dios es mayor. Gloria sea a ti, oh Señor del universo … Oh Dios, perdóname, ten misericordia de mí, guíame y sostenme, hazme grande y fortalece mi fe, para enriquecerme”.

Al contemplar Abd alMasih aquella vasta multitud, su corazón fue conmovido por una profunda compasión. Cerca de él, un grupo de ciudadanos cristianos se reían en burla franca, pero Abd alMasih nunca podía mofarse de aquellos que manifestaban ese intenso deseo por Dios.

Era una multitud mixta. Algunos eran musulmanes piadosos que estaban toqueteando su rosario, otros eran creyentes nominales en el profeta y todavía otros estafadores, pero la impresión predominante era la de un temor solemne, un clamor por Dios. La tragedia de aquel cuadro partía el corazón y la mente de Abd alMasih con una intensidad asombrosa. “Guíanos en el camino que debemos tomar”. Ellos tenían gran afán por conocer el camino, pero estaba escondido de sus ojos. Se pararon derechos, manos extendidas, antes de doblarse con la frente tocando el suelo en la actitud de un esclavo ante su amo, en señal de una entrega entera a la voluntad de Alá.

“Perdónanos”, clamaron, pero sólo en Cristo se halla la confianza del perdón. Continuaron: “Guíame y sostenme”. Abd alMasih sabía que se pueden encontrar en Cristo todas estas bendiciones espirituales y sus almas tenían gran sed por el Dios vivo, pero no podían descubrir los arroyos. Su entendimiento estaba entenebrecido y no podían cantar con los creyentes en Cristo:

Oh Cristo en ti, sí sólo en ti, me corazón halló
La paz, perdón que con afán sin descansar buscó.

Un poco más tarde Abd alMasih conversó con uno de estos hombres. “Dígame, Abd alAhí, ¿usted quiere conocer y experimentar el perdón de Dios?”

“Pues, ¿por qué repito cuarenta veces al día asteghofer Alá? ¿Por qué rezo por el perdón si no lo deseo intensamente?”

“¿Puede decir entonces que Dios le ha perdonado?”

“Nosotros los musulmanes sólo podemos esperar que Dios tenga a bien perdonarnos”, replicó. “Por esto decimos: Ma cha Alá. (“Si Dios quiere”).

Se habían terminado las oraciones y los hombres se sentaron para oir el khutba, el sermón del sacerdote. ¿Y su tema? La historia de Génesis 22, pero muy sutilmente, en la teología islámica, donde Ismael asume el lugar del hijo Isaac. El sermón se prolongó y justamente detrás del sacerdote estaba un magnífico carnero con cachos grandes.

El sacerdote dejó de hablar, sacó su cuchillo y degolló el animal. Mirando al este, a La Meca, dijo, B’ism Alá (“en el nombre de Dios”). La sangre carmesí chorreó sobre la arena y de inmediato la gente se apretó en derredor. Mojaron los dedos en la sangre y se ambularon el cuerpo. Otros corrieron con sangre a la puerta de su casa y la pusieron en el dintel. En ese mismo momento, en la redondez del globo, millones de musulmanes estaban realizando la misma ceremonia. Era impresionante, repugnante, inútil pero por demás significativa.

Esta ceremonia del islám deja entrever el ardiente deseo del corazón humano por la bendición de Dios, el reconocimiento de que la vida de la carne está en la sangre y que sólo ella expía. Esta gente tiene una insinuación de la verdad, pero es una gran parodia. Tiene sólo la sombra, una sombra deformada, y la realidad está escondida de sus ojos. Nunca se les ha contado del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Abd alMasih reflexionaba sobre la necesidad de estos pobres musulmanes de oir de Aquel que dio su vida en sacrificio por sus pecados, y del agua de vida que Él da a los que confían en él.

Los misioneros en Chad le habían invitado a Abd alMasih a estudiar las tribus en el norte del país con miras a establecer una obra entre los musulmanes. Hay una creencia muy difundida de que es imposible evangelizar a los musulmanes, pero la experiencia en Chad hizo ver que esta idea es irreal allí, así como en Argelia.

Durante los meses antes de su visita él había estudiado cuidadosamente los dialectos árabes de Sudán y Nigeria, de manera que estaba al tanto de las diferencias principales que existen en el mundo de habla árabe, e intentó hacer algunos cambios tentativos en su estilo y vocabulario. Cuando probó su árabe en conversaciones con los cristianos africanos, le respondieron, “No entendemos una palabra de lo que dice. Los árabes nunca van a entenderlo, de manera que sería mejor que tradujéramos. Ellos nos entienden”. Así, en las calles de Fuerte Lamy, en Mongo, en Moukoulou y en Bitkine un creyente procuraba servir de intérprete. Los musulmanes sonreían, daban la espalda y hablaban entre sí. No querían oir. Un domingo por la mañana en Ati, un pueblo musulmán fanático, Abd alMasih sugirió que él debería conversar con un grupo de musulmanes sin interpretación. El resultado fue electrificante; los musulmanes dejaron sus juegos y muchos se congregaron a escuchar un mensaje que les impresionó grandemente.

Una vez que terminó, se dirigió al evangelista cristiano y le dijo, “Ahora, procure aclarar el mensaje para ellos”. Se rió y respondió, “Le entienden a usted mejor que a nosotros”. Los árabes ampliaron lo dicho: “Aquel africano sabe solamente su propio idioma y unas pocas palabras árabes, pero no sabe árabe. Usted sabe hablar árabe, y entendemos su mensaje”. De allí en adelante Abd alMasih resolvió hablar sin un intérprete. Viajaba con Bill Rogers a los pueblos cerca de Ati y Abéché, y en todas partes hacía contactos, en los mercados, en los campamentos y en los pueblitos.

Al oir de un día de mercado en Amskani, los misioneros resolvieron intentar alcanzar a los varones.

Aquellos que se dirigían al mercado portaban armas, incluyendo un sagaie, o cuchillo para la cacería. Estos instrumentos viciosos están diseñados de tal manera que al ser lanzados, cualquier parte que toque el cuerpo deja una herida abierta. Cada cuchillo es de unos ochenta centímetros con dos o más dientes de unos veinte centímetros fijados a 90 de la hoja principal. Es espantoso cómo hieren a bestia u hombre. Cada cual portaba también un juego de lanzas voladoras con cabeza de púa además de otra que balanceaba sobre los hombros. Algunos ostentaban un arco con una aljaba llena de flechas envenenadas.

Los hombres parecían muy feroces pero en realidad eran inofensivos. Ellos portaban estas armas debido a la abundancia de jabalís, antílopes, panteras y aun leones que se encontraban en el bosque.

El señor Rogers y Abd alMasih encontraron que el mercado estaba en pleno funcionamiento cuando llegaron. Pasearon y examinaron las arrumas de pescado salado, la cerámica, las diversas drogas y hierbas y los libros de un faquir. La gente parecía ser afable y los señores intentaron una prédica al aire libre. ¿Cómo atraer a los hombres? No tenían un instrumento musical ni púlpito. Abd alMasih sacó su carta gráfica de Los dos caminos que conducen a los dos destinos, la vida y la destrucción. Habló de la casa edificada sobre la roca y la otra sobre la arena, del árbol que lleva fruto y el árbol que no lleva fruto. Cristo dijo, “Yo soy el Camino”, el único camino a Dios. Dijo, “Yo soy la verdad”, la roca que es como un fundamento que resistirá la prueba del tiempo y la eternidad. Dijo, “Yo soy la Vida”, porque Cristo da vida nueva, una vida que se ve en una conducta cambiada.

Los hombres escuchaban a este visitante que hablaba en árabe, la lengua de los ángeles, y se apretaban para oir. Eran muchos que escuchaban por varios minutos y luego hablaron entre sí. “Se marcharán y volverán a sus negocios”, pensaba Abd alMasih, pero así no fue. Dejaron sus armas a un lado y se sentaron en el mercado para escuchar. Aquí ciertamente había sed de Dios. En el mundo entero donde los varones van al mercado, lo hacen para comerciar, circular y conversar, pero no para oir un mensaje espiritual. Pero cuando se sienten, es fácil hablar, y aquel día ochenta hombres oyeron las palabras de vida. Muchos corazones fueron tocados y mucha gente que sabía leer recibió una porción de las Escrituras. Uno de ellos se puso de pie y dijo, “Gracias por haber venido. Hemos entendido que Jesucristo es el único camino a Dios y Él sólo nos puede quitar los pecados. Vuelvan pronto, y que Dios les ayude al marcharse y decírselo a otros”. Abd alMasih y sus amigos se fueron con aquella invitación resonando en sus oídos. “Que Dios les ayude y les proteja. Que les ayude a contar las buenas nuevas. Vayan en paz”.

“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas”, así esos señores anhelaban conocer a Dios. La sed estaba muy evidente.

Los nómadas chadianos son un pueblo llamativo. Sus chozas tienen la forma de almendras y son esterillas de palma soportadas por un armazón de palos. Estas tiendas resisten los vientos recios del desierto. Cuando quieren trasladarse a otro sitio, enrollan las esterillas en bultos que cargan sobre bueyes junto con los palos y los utensilios del hogar. Las mujeres montadas sobre los bueyes son buenos “vaqueros”, mientras que los varones montados sobre sus caballos arrean el ganado. Son muy ambulantes, siempre en busca de pasto fresco y agua,


y pasan de dos a diez días en cada parada.

Ese pueblo es acogedor y tiene sed de Dios. Cada noche encierran el ganado en un redil que consiste en una cerca de cardos con un hueco que finge de puerta que cierran con un ramo largo al haber entrado las bestias. Si sospecha la presencia de animales salvajes, el nómada prende un fuego en el encierro y duerme en la puerta. En la mañana arrea el ganado a los pastos y al mediodía a un pozo o un abrevadero. Se construyen en derredor del pozo grandes zanjas forradas en barro, los vaqueros las llenan de agua que han sacado en grandes peroles de cuero.

Junto a uno de estos pozos, Abd alMasih invitó a los hombres a oir la palabra de Dios. Sentado bajo un árbol les leyó la historia de la oveja perdida y luego habló del Buen Pastor que dio su vida por las ovejas. Aquel mismo atardecer Abd alMasih y su amigo fueron a otro campamento donde había doce tiendas en torno del encierro y las mujeres estaban ordeñando las vacas que habían sido arreadas al espacio abierto. La hora era avanzada y algunas de las mujeres ya habían comenzado a preparar la cena. Se reunieron veinte hombres y las mujeres se paraban detrás de ellos, cabeza descubierta y perfectamente libres en contraste con sus hermanas en Argelia.

Cada mañana van a un poblado cercano o al mercado, llevando la leche o la mantequilla sobre la cabeza. A veces caminan veinte o casi treinta kilómetros para vender su producto por unos pocos centavos, o lo negocian por un puño de mijo. Cierto misionero suizo y su esposa visitan algunos de estos campamentos numídicos y han visto conversiones, ¿pero cómo puede una sola pareja evangelizar 300 000 nómadas y 450 000 seminómadas?

Algunas tribus son seminómadas y abandonan su pueblito tan pronto que hayan cosechado
y trillado el mijo. Los granos se almacenan en grandes dabangas, o silos hechos de barro
y cubiertos por un armazón de mimbre. Estos silos varían en capacidad de tribu en tribu, pero los hay que almacenan una tonelada o más de granos. No es inusual encontrar a una sola familia en uno de estos pueblitos en la estación de sequía, pero en los pueblos fijos muchos varones se congregarán tan pronto que hayan terminado la cosecha.

En Dopdop, Abd alMasih y sus amigos abrieron sus camillas en la posada africana y salieron por camión a los poblados vecinos, acompañados de un africano como guía. En el primer pueblito unos pocos hombres fabricaban tela pero los muchachos no tardaron en reunir a los que estaban trabajando en los campos. Cuarenta hombres escucharon mientras Abd alMasih leyó la historia del fariseo y el publicano. Antes de que él llegara a la aplicación que el Señor dio a la parábola, un hombre dijo, “Dios le perdonó porque se humilló y pidió ser perdonado”.

“¿Han entendido?”

Alá ibarek. Que Dios bendiga su palabra. Sí hemos entendido”.

“Pidamos a Dios que bendiga su palabra”, dijo Abd alMasih.

Anan, anan. Sí, sí”.

Él extendió las manos, palmas arriba, y procedió a pedir la bendición de Dios sobre el mensaje. Cada par de manos estaba extendido de la misma manera y hubo algunos ruidosos Amén mientras concluía la oración. Cada concurrente levantó las manos a los labios y luego las pasaba sobre el pecho.

Se ponía el sol y era hora de regresar, pero el guía pensaba otra cosa. “Oh siervo de Dios”, dijo, “son buenas las palabras y otros deben oírlas. No es tiempo para comer y dormir. Ahora es cuando encontrará a los hombres; vámonos a dos pueblos más”. Entonces se paró sobre un costado del camión y dirigió el chofer a otro poblado a través de las siembras de mijo de tres y más metros. Otro grupo se reunió; se hizo oscuro y uno no podía ver para leer. Pero el guía persistía porque, dijo, el tiempo es corto y otros quieren oir.

Cuando llegaron a Outach ya era de un todo oscuro, pero se convocaron a los hombres a dejar sus chozas, se prendió una fogata y a la luz de sus llamas contamos la vieja historia a estos musulmanes que la oían por primera vez. Entonces con la ayuda del fiel guía musulmán Abd alMasih y sus amigos llegaron de nuevo a la rústica posada africana para cenar y acostarse.

Se encontraba poca oposición en los pueblos donde los oyentes eran mayormente islámicos, pero ellos eran reacios a mostrar un verdadero interés en la presencia de paganos o los así llamados cristianos. En un pequeño mercado cerca de Baktchoro Abd alMasih le pidió a su amigo Colin Price a tomar aparte a los africanos de habla azumeina y realizar una pequeña reunión con ellos. Los concurrentes oyeron a Colin y luego veinte hombres se acercaron para escuchar atentamente el mensaje de Abd alMasih. Era tarde en el día. Se oyó el llamado a la oración pero ningún musulmán respondió, sino que todos se quedaron sentados y prestaron buena atención, cosa que no estaban dispuestos a hacer mientras el grupo era mixto.

En el sur, en Moissala, Bill Rogers le pidió al jefe máximo reunir todos los musulmanes que podía en el patio de su casa. El jefe mismo era un musulmán nominal, aunque había acumulado cuarenta esposas en vez de las cuatro que su religión permite. Al llegar Abd alMasih encontró un nutrido grupo de musulmanes encabezado por diez faquires, o líderes religiosos, cada uno con su Corán. Se colocaron alfombras en el suelo, cubiertas de pieles, y él se sentó mirando hacia estos fanáticos que vinieron para hacerle oposición. Su Testamento árabe en la mano, se dispuso a hablar.

“No podemos escuchar a ese libro porque no contiene un B’ism Alá, ‘En el nombre de Dios’. Solamente nosotros los musulmanes tenemos la verdad”. El faquir procedió a dar un discurso sobre las excelencias de Mahoma y el Corán, y Abd alMasih replicó: “Estoy muy al tanto de todo lo que creen. Lo sabía antes de venir a África, y he guardado amistad con musulmanes por treinta y seis años. No he venido para contradecir su enseñanza, sino para decirles algo que no saben”.

“Usted no puede decirnos a nosotros algo que no sabemos”.

“Con su permiso, ¿pero usted sabe que sus pecados son perdonados?”

“Es imposible que alguien sepa eso”.

“La Palabra de Dios nos asegura que sí podemos saber”.

“Que la maldición de Dios caiga sobre su religión, perro cristiano”.

El maestro musulmán se levantó, su rostro lívido por la rabia que sentía. Abd alMasih pasó la mano sobre la barbilla desnuda del árabe, apretándola entre el dedo mayor y el dedo índice. Le contempló sonriendo. “Favor de perdonarme si le he molestado. No era mi intención”. Entonces, dando la vuelta hacia su auditorio, y sonriendo, acarició la barbilla. Bastó; su opositor había perdido tanto las estribas como la batalla. El simple hecho de acariciar su barbilla impartió un gran mensaje, y el faquir sabía que era inútil que se quedara o intentara continuar con el argumento. Se marchó refunfuñando.

El gesto tan trivial de acariciar la barba o el mentón muestra cuán importante es que el misionero no sólo domine bien el idioma, sino también que se familiarice con los gestos que acompañan ese idioma. Cuando un turco o un árabe se pone furioso, se dice que la barba está erizada de rabia. Mesar la barba y dar la vuelta equivale decir a los observadores: “Cuidado, él busca pleito; ha perdido los estribos”. Al sonreír, Abd alMasih dio a saber que no había perdido el control de sí no obstante las palabras severas de su adversario.

El hijo del jefe intervino a favor de Mahoma. “Cállate”, dijo el jefe. “Este hombre no se enoja; él sabe la verdad”.

“Prosiga”, le dijo a Abd alMasih, y mandó a sus hombres a quedarse y escuchar.

El tema fue, “¿Qué piensa de Cristo?” ─ su nacimiento virginal, existencia eterna, carácter intachable, omnipotencia, sufrimientos y muerte, resurrección triunfante, poder presente y reino venidero. Por cuarenta minutos los hombres prestaron atención. El mensaje se apoderó de ellos, ya que estaban sedientos de la verdad. Satanás había hecho lo más que podía para no dejarles oir, pero cuando el faquir perdió el dominio propio, se presentó la oportunidad para una explicación más amplia.

El evangelista cristiano tiene que aprender por la gracia de Dios a nunca hablar ásperamente o enfadarse ante los que se oponen. Si lo hace, mejor que se marche de una vez, ya que sus palabras se han hecho inútiles. Por el otro lado, si su opositor se enfada, el evangélico lo señala al auditorio por una sonrisa y una caricia en la barbilla ─ o la barba, si se trata de un joven moderno.

Terminada la reunión, los misioneros saludaron a todos con un apretón de manos, repartieron ejemplares de las Escrituras y volvieron a casa a pie con los dos evangelistas africanos. “¿Qué fue que les dijo para que escucharan tan atentamente?” dijo Lucas. “No podemos seguir su árabe, pero ellos sí, y no sólo estaban interesados, sino encantados”.

“Sencillamente les hablé acerca del Señor Jesús”. Abd alMasih repasó su mensaje. “Nunca, nunca hemos visto a hombres escuchando como hicieron ellos y, qué cosa, usted sólo habló acerca del Señor Jesús. Y a musulmanes. Maravilloso. Ajab. Maravilloso.”

El león puede perseguir a la gallarda gacela, alejándola de los arroyos, pero ella es veloz. Su sed perdura, y la gacela volverá para beber cuando el león haya vuelto a su guarida.

El recuerdo sobresaliente de aquella primera visita a Chad fue la de un jeque anciano en edad a quien Abd alMasih obsequió un Evangelio según Lucas. Un atardecer, de regreso de una reunión, vio al anciano sentado frente a la mezquita deteriorada. A la luz del sol menguante, el jeque estaba muy absorto en la lectura de la Palabra de Dios. Su rosario se había caído a su lado y él se había olvidado a llamar a los fieles a la oración. Sólo una cosa importaba y era que el hombre había descubierto la respuesta a la gran sed en su alma. Había encontrado en la Biblia los arroyos de agua viva.

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