Artículo 5º. Tres Protagonistas (y María)



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Artículo 5º. Tres Protagonistas... (y María)

Nunca será el sacerdote el personaje principal, ni siquiera en la celebración del augusto sacramento del altar. En rigor, los grandes protagonistas son Tres, de quienes los sacerdotes, por la ordenación sacerdotal, fueron constituidos ministros y servidores, de manera especial en la Santa Misa.

Tres son los grandes Protagonistas de todas las Misas, más aún, Tres serán los grandes Protagonistas que intervienen y se manifiestan en toda vida sacerdotal y cristiana: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo.

Las Tres Divinas Personas desempeñan la parte principal y deben desempeñar la parte principal en el ejercicio de los que ejercen el orden del sacerdocio y de los que deben dar el testimonio de fidelidad al bautismo.



Párrafo 1º. El Hijo hecho carne: Jesucristo

Uno de los Protagonistas principales de la Misa es Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. De hecho, el misterio del sacerdocio católico sólo se entiende a la luz del misterio del Verbo Encarnado, de Jesucristo, parafraseando al Concilio Vaticano II1 .

Y es Jesucristo el Sacerdote principal en la Santa Misa y en los demás sacramentos. Enseña el Concilio Vaticano II siguiendo a San Agustín: «Cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza»2 .

¿Por qué es el Sacerdote principal? Porque es Él mismo el que se ofrece en cada Misa. Digo «principal», porque hay otros sacerdotes secundarios en la Misa: todos los fieles cristianos laicos que tienen por el bautismo el sacerdocio común y nosotros, los sacerdotes ministeriales quienes, además del sacerdocio común recibido por el bautismo, poseemos una configuración especial con Cristo Cabeza y Pastor recibido por el sacramento del Orden. La Misa no sólo es acto de Cristo Cabeza, sino que también es acto del Cuerpo de Cristo, la Iglesia.

También Cristo es la Víctima principal que se inmola. Digo «principal», porque hay otras víctimas que se ofrecen en la Misa: todos los que participan –también el ministro– ofrecen sus sacrificios espirituales. La Misa no sólo es acto de Cristo Cabeza, sino que también es acto del Cuerpo de Cristo, la Iglesia.

Es el mismo Cristo que obra a través de sus ministros.

Es el mismo Cristo que se hace físicamente presente bajo las especies de pan y de vino.

Es el mismo Cristo que reitera lo que hizo en la Última Cena y que perpetúa sacramentalmente su Sacrificio del Calvario.

 

 1 cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual «Gaudium et Spes», 22.



 2 Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia «Sacrosanctum Concilium», 7.

Párrafo 2º. El Espíritu Santo

Nos podemos preguntar: ¿Cómo es posible que Cristo se encuentre verdadera, real y sustancialmente presente bajo las apariencias de pan y vino? ¿Cómo es posible que «se haga una selección [no se transforman las especies] que indica penetración extraordinaria [se transforma sólo y totalmente la sustancia]»1 . ¿Cómo es posible que se perpetúe el Sacrificio cruento de la cruz de manera incruenta? ¿Cómo seres falibles y pecadores, débiles y capaces de error, pueden obrar, y de hecho obran, in Persona Christi?

Es posible la presencia real. Es posible la conversión total de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, permaneciendo las especies. Es posible que en el altar se renueve el sacrificio de la Última Cena y del Calvario. Es posible que nos identifiquemos con Cristo. Todo ello es posible por el poder de otro gran Protagonista de la Misa: ¡el Espíritu Santo!

En efecto, en «la acción sagrada por excelencia»2  obra el Espíritu Santo. En las oraciones llamadas epíclesis (= invocación sobre)3  se invoca al Espíritu Santo para que por su poder se convierta el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre del Señor, y también se invoca al Espíritu Santo para que quienes tomamos parte de la Eucaristía recibamos sus frutos, siendo un sólo cuerpo y un sólo espíritu4 , y los fieles se conviertan ellos mismos en ofrenda viva para Dios5 . Más aún, el Espíritu Santo nos va preparando antes y después de la Misa, de modo tal, que cada Misa es única, singular. Por eso no hay lugar para la rutina, ni para el tedio, si el sacerdote es dócil al Espíritu Santo.

 

 1 Dom Vonier, Doctrina y clave de la Eucaristía, ed. cit., 193.



 2 Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia «Sacrosanctum Concilium», 7.

 3 cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1105.

 4 cfr. Ibidem, n. 1353.

 5 cfr. Ibidem, n. 1105.



Párrafo 3º. El Padre

El otro gran Protagonista es Dios Padre celestial. A Él se ofrece el sacrificio, a Él se ofrecen la Víctima principal –su Hijo único hecho hombre con su cuerpo entregado y su sangre derramada– y las víctimas secundarias –nosotros– con nuestros sacrificios espirituales, a Él se dirigen las oraciones del sacrificio. Él es el que acepta o no el sacrificio nuestro. Hay dos cuadros: en uno, Abel sacrificando y el humo del sacrificio subía derecho al cielo, era aceptado por Dios; el otro, el sacrificio de Caín, el humo de su sacrificio no subía al cielo, porque no era aceptado por Dios, ya que sus disposiciones interiores eran malas. La aceptación del sacrificio por parte de Dios, es un aspecto muy importante de la consumación del sacrificio. Consumar es llevar a término el sacrificio, es cuando el sacrificio alcanza su perfección.

Pareciera que algunos ya consideran que respecto al sacrificio ya está todo, sin embargo, a veces, les falta un elemento muy importante referente a la consumación del sacrificio, que forma parte de la integridad del mismo: la aceptación por parte de Dios y la comunión por parte del hombre. (Nos referimos a la consumación de la Eucaristía en sí misma considerada; la consumación, en cuanto a los bienes eternos producidos por la Eucaristía en aquellos por quienes es ofrecido el sacrificio, es la vida eterna del cielo1 ).

Aquí nos referiremos a la aceptación del sacrificio, por parte de Dios. «El sacrificio realiza su esencia ante todo como una oblación. El hombre en la donación sacrificial de un don, reconoce a Dios como a causa Primera y Fin último, y le expresa la entera oblación de sí mismo. La donación, por su noción misma, tiende a trasladar a otro un derecho propio: Encierra, pues, en su concepto, una tendencia hacia la aceptación de parte de aquel a quien se hace, sin la cual la dádiva no se transfiere. Es un contrato que requiere un asentimiento bilateral. Por eso nuestro sacrificio ni siquiera existiría, sería inválido si no fuese aceptado por Dios: no se realizaría entonces su esencia, que es ante todo de oblación. La hostia permanecería en poder del hombre sin pasar al dominio de Dios, no quedaría consagrada por su aceptación. La definición del sacrificio de San Isidoro no tendría su cumplimiento: "El sacrificio es así llamado en cuanto que la cosa [ofrenda] es hecha sagrada [por la aceptación de Dios]". "Inválido es el sacrificio que no es aceptado por Dios. Írrito el sacerdocio que no puede hacer llegar el don hasta Dios, ni a su vez llevar a los hombres los dones divinos"2 . Írrito, nulo, sin fuerza ni obligación, en su existencia física, el sacrificio no lo sería menos en su realidad simbólica, en su significación: Dios no aceptaría el reconocimiento y oblación interior del hombre, en el rito externo expresada, al menos en cuanto se la hace por este determinado sacrificio; ni obtendría el hombre los deseados efectos de propiciación e impetración. Supuesta, en cambio, la aceptación, se realiza plenamente la oblación real y simbólica del sacrificio. Al aceptarlo, Dios acepta un contrato, se obliga (en cuanto puede Dios obligarse con sus criaturas) a sus condiciones. Y como en el sacrificio actual (propiciatorio e impetratorio), los hombres le ofrecen un don a cambio del perdón de sus pecados y concesión de sus gracias y favores: la aceptación del sacrificio de parte de Dios, trae consigo la concesión infalible de esos bienes. He ahí el fundamento del valor del sacrificio.



Necesidad de la significación sensible de esta divina aceptación. Así como la oblación del hombre debe ser externa –expresando la disposición interna–, también la aceptación de Dios ha de ser externa en los sacrificios cruentos. La naturaleza de contrato que hemos atribuido al sacrificio, reclama de él no sólo el consentimiento de ambas partes, sino también su significación, que el hombre no puede alcanzar sino por una expresión sensible. De aquí el afán de los hombres por obtener un signo de aceptación divina, de la que –como acto interno de Dios– no podrían directamente cerciorarse.

Esta significación, dice el P. De La Taille3 , se expresaba sensiblemente en el Antiguo Testamento, bien por arte humano, bien por intervención divina.

1. Por arte humana obteníase de dos modos: Primeramente por la oblación en el altar de los dones sacrificiales, v. gr. por la efusión de la sangre de la víctima, no en cuanto era oblación del hombre, sino en cuanto era aceptación de parte del altar, que, en el concepto de los hombres, simbolizaba a la divinidad y era juzgado como compenetrado por ella: La recepción de los dones por el altar, simbolizaba así la aceptación de ella por parte del Señor. Esto aparece en varios pasajes de la Escritura:

Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar (Ex 24,6);

Una vez inmolado el carnero, tomarás su sangre y la derramarás en torno al altar (Ex 29,16);

Lo inmolará al lado septentrional del altar ante Yahvé, y los hijos de Aarón los sacerdotes, derramarán la sangre alrededor del altar (Lv 1,11);

En el lugar donde inmolan el holocausto inmolarán la víctima de reparación, y su sangre se derramará sobre todos los lados del altar (Lv 7,2);

El sacerdote derramará la sangre sobre el altar de Yahvé, a la entrada de la Tienda del Encuentro... (Lv 17,6);

Pero al primogénito de vaca, o de oveja, o de cabra, no lo rescatarás: es sagrado. Derramarás su sangre sobre el altar y su grasa la harás arder como manjar abrasado de calmante aroma para Yahvé (Nm 18,17).

Pero más perfecta era la significación de la aceptación expresada por el holocausto. En él, la ofrenda después de ofrecida era quemada, simbolizando así el fuego a la divinidad, que consumía y hasta como participaba de la víctima. Así aparece en varios textos de la Escritura:

Mandó quemar sobre el altar su holocausto y su oblación, hizo su libación y derramó la sangre de sus sacrificios de comunión ... El rey Ajaz ordenó al sacerdote Urías: «Sobre el altar grande quemarás el holocausto de la mañana y la oblación de la tarde, el holocausto del rey y su oblación, el holocausto de todo el pueblo de la tierra, sus oblaciones y sus libaciones, derramarás sobre él toda la sangre del holocausto y toda la sangre del sacrificio. Cuanto al altar de bronce, yo me ocuparé de él» (2Re 16,13.15);

Después inmoló la víctima del holocausto y los hijos de Aarón le presentaron la sangre, que derramó sobre todos los lados del altar. Le presentaron la víctima del holocausto en trozos, juntamente con la cabeza, y lo quemó todo sobre el altar. Y habiendo lavado las entrañas y las patas, las quemó encima del holocausto sobre el altar (Lv 9,12–14).

Ambos medios para expresar la aceptación de Dios eran imperfectos, sujetos a falsificación como estaban: Al símbolo humano de aceptación divina, podía faltar la realidad de la aceptación.

2. Por eso sobre estos signos de la aceptación divina, estaba el signo de que Dios mismo directamente se valía para expresar dicha aceptación. Tal el fuego milagroso que hacía descender del cielo para consumir el sacrificio que le era agradable. Algunos textos de la Escritura:



Y, puesto ya el sol, surgió en medio de densas tinieblas un horno humeante y una antorcha de fuego que pasó por entre aquellos animales partidos (Gn 15,17);

Erigió con las piedras un altar al nombre de Yahvé, e hizo alrededor del altar una zanja que contenía como unas dos arrobas de sembrado. Dispuso leña, despedazó el novillo y lo puso sobre la leña. Después dijo: «Llenad de agua cuatro tinajas y derramadla sobre el holocausto y sobre la leña». Lo hicieron así. Dijo: «Repetid» y repitieron. Dijo: «Hacedlo por tercera vez». Y por tercera vez lo hicieron. El agua corrió alrededor del altar, y hasta la zanja se llenó de agua. A la hora en que se presenta la ofrenda, se acercó el profeta Elías y dijo: «Yahvé, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que tú eres Dios en Israel y que yo soy tu servidor y que por orden tuya he ejecutado toda estas cosas. Respóndeme, Yahvé, respóndeme, y que todo este pueblo sepa que tú, Yahvé, eres Dios que conviertes sus corazones». Cayó el fuego de Yahvé que devoró el holocausto y la leña, y lamió el agua de las zanjas (1 Re 18,32-38).

Sin embargo, no era esta tampoco la expresión más perfecta de la aceptación divina, ya que ella no trascendía el orden figural. "Porque las hostias carnales aun en el caso de ser devoradas por el fuego divino, no pasaban en sí mismas a la santidad divina, sino que prefiguraban una víctima perfecta, que iba a ser devorada más adelante por el fuego de la divina gracia y llevada al templo de la divina santidad, al Santo de los Santos"4 . [Alude el P. De la Taille al estado de Víctima aceptada en que Cristo está en los Cielos]»5 .



¿En qué momento de la Misa Dios Padre acepta el sacrificio?

Nosotros ya hemos visto que en la consagración, en la transustanciación, se tienen tres formalidades:

1. Con ella se hace el sacramento o manjar o comida o banquete;

2. Con ella se hace presente la Víctima y se realiza el sacrificio;

3. Con ella se ofrece a Dios lo victimado o sacrificado.

Pero, además, hay una cuarta formalidad:

4. Con la transustanciación manifiesta Dios su aceptación del sacrificio.

«Para que el sacrificio sea auténtico o rato, debe ser aceptado por el Señor. En definitiva, Él es quien hace las cosas verdaderamente sagradas» («sacrum facere», significa hacer sagrado6 ). El hecho de transustanciar el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Jesucristo, su Hijo, «implica ya una verdadera aceptación por parte de Dios. No sólo porque basta la presencia del Hijo para que le sea acepta, y la presencia la hace la transustanciación; sino, además, porque la transustanciación no se hace sin la intervención divina, y cuando Dios la hace es porque la quiere. Todo esto se ha hecho en un solo instante; en el momento en que el sacerdote termina la última palabra sacramental y Cristo se hace presente bajo las especies: se ha hecho el sacramento de la Eucaristía, se ha hecho también el sacrificio, se ha ofrecido a Dios lo sacrificado y Dios lo ha aceptado. Después, las oraciones del canon van explicitando o explicando lo que se acaba de realizar; hay oraciones de ofrecimiento, como la "Unde et memores"7 ; de súplica al Señor para que acepte lo que se acaba de consagrar y se le acaba de ofrecer, como la "supra quae"8 . Pero en realidad todo está hecho y aceptado ya»9 .

Por eso pedimos en la Santa Misa a los hermanos: «Orad, hermanos, para que este sacrificio ... sea aceptable...»10 ; y a Dios Padre que: «...Aceptes ... este sacrificio»11 ; «Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda...»12 ; «Mira con bondad esta ofrenda y acéptala, como aceptaste los dones del justo Abel...»13 ; «...Que esta ofrenda sea llevada a tu presencia...»14 ; «Dirige tu mirada sobre la ofrenda de la Iglesia...»15 ; «...Te ofrecemos su Cuerpo y su Sangre, sacrificio agradable a ti...»16 ; «Dirige tu mirada, Padre Santo, sobre esta ofrenda...»17 ; «Acéptanos también a nosotros, Padre Santo, juntamente con la ofrenda de tu Hijo...»18 .

Al pronunciar la oración «Suplices te rogamus...»19 , se inclina el sacerdote haciendo una reverencia profunda, según una antigua costumbre, en señal de humilde actitud de oblación20 , diciendo:

«Te pedimos humildemente,

Dios todopoderoso,

que esta ofrenda sea llevada a tu presencia

hasta el altar del cielo,

por manos de tu ángel,

para que cuantos recibimos

el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,

al participar aquí de este altar,

seamos colmados

de gracia y bendición».

Que «esta ofrenda sea llevada...». Enseña Santo Tomás: «No pide el sacerdote que las especies sacramentales sean transportadas al cielo ni que el cuerpo verdadero de Cristo deje de estar en el altar, sino que pide esto para el Cuerpo místico, significado en este sacramento; desea que el ángel asistente a los divinos misterios presente a Dios las oraciones del pueblo y del sacerdote, a tenor de lo que se lee en el Apocalipsis: El humo del incienso subió de la mano del ángel con las oraciones de los santos (8,4). El "altar sublime" es la Iglesia triunfante, en la que rogamos ser inscriptos, o el mismo Dios, de quien pedimos participar»21 .

O sea, pide que las oraciones del pueblo y del sacerdote, los sacrificios espirituales, sean presentados a Dios por el ángel asistente a los divinos misterios. Y por mano del Angel subió delante de Dios la humareda de los perfumes con las oraciones de los santos (Ap 8,4) y por él las «envía».

Nos podemos preguntar, ¿acaso la Víctima no es perfecta?, ¿no es el único sacrificio agradable al Padre?, ¿acaso falta algo al sacrificio de Cristo?, ¿puede ser que el Hijo no sea agradable al Padre? No, de ninguna manera. El sacrificio de Jesucristo es agradabilísimo al Padre. Cuando hablamos de que Dios acepte el sacrificio nos referimos a nuestros sacrificios. Nosotros presentamos junto con la Divina Víctima nuestros dones, nuestros sacrificios espirituales, etc., y eso es todo lo que podemos hacer. Lo demás depende de Dios: si quiere hacer descansar indulgente su mirada sobre nuestros dones y aceptarlos, es cosa de su libérrima voluntad. Por eso decimos en la Plegaria Eucarística: «Mira con ojos de bondad esta ofrenda y acéptala, como aceptaste los dones del justo Abel ... Te pedimos que esta ofrenda sea llevada a tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel...»22 .

Enseñaba el sabio Papa Benedicto XIV, citando a San Roberto Belarmino, que en ese lugar no rezamos para que el Padre acepte el sacrificio de Cristo, sino por nuestra debilidad: «Aún cuando la oblación consagrada siempre agrada a Dios (tanto) de parte de la cosa que se ofrece (de la Víctima), como de parte de Cristo, el oferente principal; sin embargo, puede no agradar de parte del ministro o del pueblo asistente, que al mismo tiempo también ofrecen"23 . Por eso siempre tenemos que esforzarnos por agradar a Dios con nuestras disposiciones interiores, ya que de nada vale alabarlo con los labios si nuestra mente y nuestras disposiciones interiores están lejos de Él, tal como se lamenta nuestro Señor citando al profeta Isaías: Este pueblo me alaba con sus labios, pero su corazón está lejos de mí (Mt 15,8)24 .

Las disposiciones principales deben ser: «La sumisión completa de la criatura al creador, la conformidad de nuestra voluntad con la de Dios, la identificación más completa con los sentimientos de Jesucristo»25 .

A veces vemos que alguno después de muchos años de Misa se corrompe: ¿No será porque le faltaban las debidas disposiciones al participar en la Misa?, ¿no será porque sus disposiciones ponían obstáculo para recibir la gracia?, ¿no será porque sus sacrificios espirituales no eran agradables a Dios?

Resumiendo, Dios Padre siempre acepta el sacrificio de su Hijo, absolutamente, como es obvio, en el momento mismo de la transustanciación; pero, nuestros sacrificios los acepta si son buenas nuestras disposiciones interiores y, si no son buenas las disposiciones interiores, no acepta nuestros sacrificios. De ahí que debamos trabajar siempre para que nuestras disposiciones interiores concuerden con nuestra voz y para que todo lo que hacemos en la vida concuerde con lo que hacemos en el sacrificio de la Misa.

* * *

Hemos de rezar por los sacerdotes y por todos los cristianos para que siempre tengan clara conciencia de que los Tres principales Protagonistas de la Misa –y de toda la vida sacerdotal y cristiana– son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.



Sólo las Tres Divinas Personas nos pueden salvar para que no relativicemos nuestro ministerio sacerdotal y nuestro testimonio cristiano. Sólo las Tres Divinas Personas son la «vacuna» eficaz para no desbarrar en la desacralización ni en el secularismo que están destruyendo no sólo la vida sacerdotal y religiosa, sino más aún la misma vida cristiana. Sólo las Tres Divinas Personas, con su misterio sobrenatural en cuanto a su misma sustancia, son capaces de hacer que siempre seamos sal de la tierra (Mt 5,13) y luz del mundo (Mt 5,14). Sólo las Tres Divinas Personas, con sus misiones, son capaces de enardecer nuestros corazones para que «no seamos esquivos a la aventura misionera», como escribía Santo Toribio de Mogrovejo.

 

 1 Para eso ultimo ver: Dom Vonier, Doctrina y clave de la Eucaristía, ed. cit., 250–259.



 2 De la Taille, Mysterium Fidei, Eluc. I, 13.

 3 Ibidem.

 4 Ibidem, 14.

 5 O. Derisi, La constitución esencial del Sacrificio de la Misa (Buenos Aires 1930) 38–40.

 6 Santo Tomás de Aquino, S. Th., II–II, 85, 3.

 7 «Por eso, Padre, ... nosotros al celebrar este memorial... te ofrecemos...»; Misal Romano, Plegaria Eucarística I, 107.

 8 «Mira con bondad esta ofrenda y acéptala...»; Misal Romano, 108.

 9 Emilio Sauras, O.P., Introducción a S. Th., III, 82, tomo XIII, ed. cit., 784–785.

 10 Misal Romano, 26

 11 Misal Romano, Plegaria Eucarística I, 99.

 12 Ibidem, 102.

 13 Ibidem, 108.

 14 Ibidem, 109.

 15 Misal Romano, Plegaria Eucarística III, 137. (Es dirigir la mirada bondadosa, de aceptación del sacrificio).

 16 Misal Romano, Plegaria Eucarística IV, 137.

 17 Misal Romano, Plegaria Eucarística V/a, pág. 1039.

 18 Misal Romano, Plegaria Eucarística sobre la Reconciliación II, pág. 1069.

 19 Es uno de los elementos más antiguos de la liturgia romana y no sólo de ella; cfr. Jungmann, S.J., El sacrificio de La Misa (BAC, Madrid 41963) 785.

 20 cfr. Jungmann, S.J., El sacrificio de La Misa, ed. cit., 795.

 21 Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, q 83, a 4, ad 9.

 22 Misal Romano, Plegaria Eucarística I, 109.

 23 cit. por J. Jungmann, El Sacrificio de la Misa (BAC, Madrid 1951) 902, n 5.

 24 cfr. Is 29,13.

 25 Jungmann, S.J., El sacrificio de La Misa (BAC, Madrid 41963) 785.



Párrafo 4º. La Misa y la Virgen

1. Pedro Crisólogo afirmó que Cristo «es el pan, que sembrado en la Virgen, leudado en la carne, en la pasión amasado, cocido en el horno del sepulcro, conservado en la Iglesia y ofrecido en los altares, suministra cada día a los fieles un alimento celeste»1 .

Santo Tomás de Aquino estableció una comparación, citando a San Ambrosio, entre el nacimiento virginal, que es de orden sobrenatural, y la conversión eucarística, que es también sobrenatural2 .

En la liturgia etiópica, también se ve ésta relación, en efecto se recita: «Tú eres el cesto de este pan de ardiente llama y el vaso de este vino. Oh, María, que produces en el seno el fruto de la oblación». Y también: «Oh, Virgen, que has hecho fructificar lo que vamos a comer y que has hecho brotar lo que vamos a beber. Oh, pan que viene de ti: pan que da la vida y la salvación a quien lo come con fe».

2. Enseña el Catecismo: «La Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico en comunión con la Santísima Virgen María y haciendo memoria de ella, así como de todos los santos y santas. En la Eucaristía, la Iglesia, con María, está como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la intercesión de Cristo»3 .

3. Por ser acción de Cristo y de la Iglesia es también de María Santísima, pues ella «tiene una gran intimidad tanto con Cristo como con la Iglesia; es inseparable de uno y de otra. Está unida, pues, a ellos, en lo que constituye la esencia misma de la Liturgia: la celebración sacramental de la salvación para gloria de Dios y santificación del hombre. María está presente en el memorial –la acción litúrgica– porque estuvo presente en el acontecimiento salvífico»4 .

4. «En la penetración de este misterio viene en nuestra ayuda la Virgen Santísima, asociada al Redentor, porque "cuando celebramos la Santa Misa, en medio de nosotros está la Madre del Hijo de Dios y nos introduce en el misterio de su ofrenda de redención. De este modo, se convierte en mediadora de las gracias que brotan de esta ofrenda para la Iglesia y para todos los fieles"5 . De hecho, "María fue asociada de modo único al sacrificio sacerdotal de Cristo, compartiendo su voluntad de salvar el mundo mediante la cruz. Ella fue la primera persona y la que con más perfección participó espiritualmente en su oblación de Sacerdos et Hostia. Como tal, a los que participan en el plano ministerial del sacerdocio de su Hijo puede obtenerles y darles la gracia del impulso para responder cada vez mejor a las exigencias de la oblación espiritual que el sacerdocio implica: sobre todo, la gracia de la fe, de la esperanza y de la perseverancia en las pruebas, reconocidas como estímulos para una participación más generosa en la ofrenda redentora"6 »7 .

5. «Cuando celebramos la santa misa... junto a nosotros está la Madre del Redentor, que nos introduce en el misterio de la ofrenda redentora de su divino Hijo»8 . «La relación del sacerdote con María no se reduce sólo a la necesidad de protección y ayuda; se trata ante todo de tomar conciencia de un dato objetivo: "la cercanía de la Señora", como "presencia operante junto a la cual la Iglesia quiere vivir el misterio de Cristo"9 »10 .

6. La parte de la Hostia que se echa en el cáliz «simboliza el Cuerpo de Cristo resucitado, y con Él a la bienaventurada Virgen María, y si hay ya algún santo con el cuerpo en la gloria»11 . Afirma Santo Tomás con rigurosa lógica litúrgica, que sabe del lenguaje de los signos; así como la separación de la Sangre del Cuerpo significa muerte, su unión significa resurrección.

7. En el capítulo «En la escuela de María, Mujer "eucarística"», nos enseña Juan Pablo II: «Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta»12 .

8. Así como estuvo de pie al pie de la cruz, así está de pie al pie de cada altar donde se celebra la perpetuación del sacrificio de la cruz.

 

 1 Sermón 67,7; o.c., t. II, 43.



 2 S. Th., 3, 75, 4; IV Sent. D. 8ª, Q. 2, a. 1, ad 3.

 3 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1370.

 4 Juan Pablo II, «Alocución del 12 de mayo de 1984», cit en. Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Vida Litúrgica (San Rafael 1995) 7.

 5 Juan Pablo II, Introducción a la Santa Misa con ocasión de la memoria litúrgica de la Virgen de Czestochova, L’O.R, 26 de agosto de 2001.

 6 Juan Pablo II, Catequesis del 30 de junio de 1993, L’O. R., 30 de junio-1 de julio de 1993.

 7 Congregación para el Clero, Instrucción El presbítero, Pastor y Guía de la comunidad parroquial, 13.

 8 Juan Pablo II, Discurso a la asamblea plenaria de la Congregación del Clero, 23 de noviembre de 2001.

 9 Pablo VI, Exhortación Marialis cultus, 2 de febrero de 1974, nn. 11. 32. 50. 56.

 10 Congregación para el Clero, Instrucción El presbítero, Pastor y Guía de la comunidad parroquial, 8.

 11 Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 83, 5, ad 8.

 12 O. c., 54.

Artículo 6º. Tres niveles

Haciendo un resumen de lo que procede de la Revelación y de la Tradición, en los documentos conciliares y postconciliares aparecen tres elementos esenciales a la liturgia, que manifiestan lo que podríamos llamar los tres niveles de la liturgia: el «Mysterium», la «actio» y la «vita», o sea, el Misterio, la acción y la vida.

El «Mysterium» culmina y coincide con el Verbo Encarnado que muere en cruz y resucita, es la Pascua del Señor. El «Mysterium» se celebra en la «acción» por excelencia: la celebración litúrgica. ¿Para qué se celebra el «Mysterium»? Para la «vida» del Pueblo de Dios, de los bautizados que forman el Cuerpo místico de Jesucristo. De ahí que en la «Sacrosanctum concilium» se da la siguiente definición descriptiva: «...Se considera a la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y cada uno a su manera realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, la cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote o de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia»1 . En donde puede verse que distintas expresiones corresponden a los diversos niveles, como ser: Mysterium, oficio sacerdotal de Cristo, obra de Cristo sacerdote y de su cuerpo; Actio, celebración litúrgica, acción sagrada, signos sensibles, ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo, ejercicio del culto público íntegro; Vita, santificación del hombre, íntegro culto público.

El «Mysterium» ha sido revelado, manifestado, realizado en Cristo y entregado por Él a la Iglesia, quien perpetúa su presencia, perpetúa la encarnación viva del «Mysterium» a través de todas las generaciones hasta el fin del mundo, participado por la celebración («Actio»). La «Vita» de los hombres y mujeres debe culminar en la celebración («Actio») y derivarse de la celebración, lo que implica, necesariamente, la participación activa.

Estos tres niveles se relacionan y compenetran. El «Mysterium» está presente en la «Actio» por la celebración del memorial (anámnesis), de donde: «la actio es el memorial del Mysterium»2 . La vida está presente en la «actio» por medio de la participación (methexis).

En su dimensión descendente, la Misa es el Mysterium celebrado para la vida del hombre, para su santificación. En su dimensión ascendente, la Misa es la vida del hombre llevada a la celebración para que el Mysterium llegue a su último fin: rendir culto a la Trinidad.

Ahora bien, quien realiza la compenetración entre Mysterium y Actio, entre Vida y Actio, y entre Mysterium y Vida, es el Espíritu Santo. La realidad del memorial litúrgico no es un mero recuerdo, ni una imagen fotográfica o fílmica, porque es obra del Espíritu Santo. Al igual, la participación litúrgica, supera cualquier otra forma de participación, porque el Espíritu Santo la hace posible. Por todo ello no puede haber Misa sin la presencia actuante y operante del Espíritu Santo.

Por obra del Espíritu Santo, en la celebración litúrgica, se hace presente el Mysterium, que sana, eleva, dignifica, ennoblece, hermosea la vida de los fieles por obra del Espíritu Santo. De modo tal, que el hacerse presente el Mysterium y la Vida en la Actio celebrativa es siempre epíclesis y paráclesis del Espíritu. Por eso nuestras celebraciones deben ser siempre epicléticas y paracléticas.

Debemos respetar en extremo el Misterio, sin caer en ninguna forma de desacralización ni secularización porque si no se desvaloriza la Acción litúrgica y se empobrece la Vida.

A la vez debemos ser muy fieles en la Acción litúrgica, si no, velamos el Misterio y no iluminamos la Vida.

Y debemos tener una Vida conforme al Evangelio, porque si no reduciremos el Misterio a las limitaciones de nuestra Vida y nos faltará Espíritu para la Acción litúrgica adecuada.

 

 1 Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia «Sacrosanctum Concilium», 7.



 2 Revista Liturgia, Órgano informativo del Secretariado Nacional de la Comisión Episcopal Argentina de culto, p. 46.

Artículo 7º. Triple signo

Los sacramentos son una relación de significados o de signos. Decía San Agustín: «Signo es aquello que, además de impresionar los sentidos, nos lleva al conocimiento de otra cosa»1 .

En los sacramentos «se pueden distinguir tres aspectos: su causa propia, que es la pasión de Cristo; su forma, que consiste en la gracia y virtudes; y su fin último, que es la vida eterna. Los sacramentos significan todas estas realidades. Por tanto el sacramento es, a la vez, signo rememorativo de la pasión de Cristo, que ya pasó; signo demostrativo (o manifestativo) de la gracia que se produce en nosotros, ahora, mediante esa pasión; y signo prefigurativo (o profético) de la gloria futura»2 . Decía Dom Vonier: «El sacramento ha de ser una causa de tal naturaleza que represente realmente lo pasado, lo presente y lo por venir; y debe significarlo de tal manera que realice en verdad la cosa que significa»3 .

En otra parte dice Santo Tomás en relación a la Eucaristía: «Este sacramento tiene triple significación. Una, respecto del pasado, en cuanto es conmemoración de la pasión del Señor, que fue verdadero sacrificio... La segunda, respecto del presente, y es la unidad eclesial, de la que por el sacramento participan los hombres... así dice San Juan Damasceno "Se llama comunión, porque por ella comulgamos con Cristo, participando de su carne y de su divinidad, y porque comulgamos y nos unimos mutuamente". La tercera, en relación con lo futuro, por prefigurar este sacramento la fruición (el goce) de Dios, que tendremos en la patria (el cielo)... También se llama "Eucaristía", "buena gracia", porque la gracia de Dios es la vida eterna (Ro 6,23); o porque realmente contiene a Cristo, que está lleno de gracia (Jn 1,14)»4 .

 

 1 II De doct. Christ., 1; cit. en Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 60, 1, dif. 2.



 2 Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 60, 3.

 3 Dom Vonier, Doctrina y clave de la Eucaristía, ed. cit., 46.

 4 Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 73, 4.

Párrafo 1º. Rememorativo

En cuanto es causa de la gracia diciendo relación al pasado: Es el signo conmemorativo o rememorativo de las acciones salvíficas de Cristo, principalmente de su pasión y de su muerte. En la Escritura está contenido en los textos siguientes: El Señor ... tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía, y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz diciendo: Este cáliz es el Nuevo Testamento (nuevo pacto) en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía. Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz anunciáis la muerte del Señor (1Cor 11,23ss).

La referencia de la eucaristía a la historia sagrada precedente se expresa en los textos siguientes:

Este cáliz es el nuevo pacto en mi sangre (1Cor 11,25; cfr. Mt 26,28; Mc 14,24; Lc 22,20), alusión al pacto antiguo al pie del Sinaí en la sangre del cordero1  y a las profecías del futuro pacto que Dios habría hecho con el nuevo pueblo en los días del Mesías2 .

– Acerca de las relaciones entre la eucaristía y el maná en el desierto: Vuestros padres comieron del maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo para que el que coma de él no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo... y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn 6,49ss; cfr. 6,32ss y 1Cor 10,1.4).

 

 1 cfr. Ex 24,8.



 2 cfr. Jr 31,31; Za 9,11.

Párrafo 2º. Demostrativo

En cuanto forma de la gracia, a lo que obra la gracia, diciendo relación al presente: Es decir, la transformación real del alma, es signo demostrativo, es la realidad misma significada por el signo sensible «de las realidades sagradas invisibles presentes; ante todo de la gracia santificante y del culto interno; luego de Dios obrando la santificación y como objeto del culto; de Cristo, causa instrumental y ejemplar de la santificación y causa principal y ejemplar, así como objeto del culto; de la Iglesia, objeto de la santificación y causa instrumental del culto»1 . Lo cual, a mi modo de ver, implica las disposiciones de ánimo de aquel que recibe la santificación o quiere rendir culto2 . «Su importancia es capital, ya que, por una parte, hace ver cómo la vida litúrgica entalla vigorosamente en la cooperación libre y en la vida moral que ella exige estrictamente y, por otra, demuestra cómo la vida moral y ascética, fuera de la acción litúrgica, no es una cosa sin conexión con la vida litúrgica, sino su connatural derivación exigida, como en germen, en toda acción litúrgica»3 .

Puede leerse para su comprobación la narración de la institución en los sinópticos4 ; las reflexiones de San Pablo5 ; el discurso eucarístico en el capítulo sexto del evangelio de San Juan. La Eucaristía es signo demostrativo, ante todo, del cuerpo y de la sangre de Cristo allí presente: «Éste es mi Cuerpo ...Ésta es mi Sangre» (palabras de la institución). El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo. ...Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre... Quien come mi carne y bebe mi sangre... (Jn 6,51ss.); El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? (1Cor 10,16). Además, la eucaristía es signo demostrativo de la vida divina y de la gracia de unión con Cristo y entre nosotros: Quien come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora y yo en él. ...Quien me come vivirá a causa de mí (Jn 6,56ss)6 . Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan (1Cor 10,17). [...] De la Eucaristía [...] en orden a la conducta moral, habla San Pablo explícitamente en la Primera Carta a los Corintios (10,14–22) para hacer ver a los cristianos cuánto estamos obligados a huir de la idolatría: Por lo cual, amados míos, huid la idolatría. Os hablo como a discretos. Sed vosotros jueces de lo que os digo: El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Lo que sacrifican los gentiles, a los demonios y no a Dios lo sacrifican, y no quiero yo que vosotros tengáis parte con los demonios. No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios. No podéis tener parte en la mesa de Dios y en la mesa de los demonios. ¿O queremos provocar la ira del Señor? ¿Somos acaso más fuertes que Él?. El concepto de eucaristía [...] y del modo de conducirse para con Dios está incluido en el concepto de Eucaristía nuevo pacto, nueva alianza en la sangre de Cristo7  que reclama el concepto del pacto alianza del Antiguo Testamento con la fuerte acentuación de lo que él lleva consigo de consecratorio y de irrevocablemente obligatorio para el hombre que recibe la alianza de Dios, compromiso consagrado en la sangre de la víctima y del banquete sagrado delante de Dios8 »9 .

 

 1 Cipriano Vagaggini, El sentido teológico de la Liturgia (BAC, Madrid 1965) 81.



 2 Vagaggini ve en esto último otro signo que llama «empeñativo».

 3 Cipriano Vagaggini, El sentido teológico de la Liturgia, ed. cit., 80.

 4 cfr. Mt 26,17–29; Mc 14,12–25; Lc 22,7–38.

 5 cfr. 1Cor 10,16–21; 11,23–30.

 6 cfr. 6,50–52.

 7 cfr. Mt 26,28; Mc 14,24; Lc 22,20; 1Cor 11,25.

 8 cfr. Ex 24; Dt 29–30.

 9 Para la conexión de los conceptos sacrificio–banquete, sagrado–alianza–obligación, véase, p.ej., W. EICHRODT, Theologie des A.T. I (1948) 69–70, y en el Theol. Wört. zum N.T., las palabras diateke (II 106ss), koinomos (III 802.805ss).



Párrafo 3º. Profético

En cuanto a la meta (el fin) de la gracia, dice relación al futuro: Es signo pronosticador o preanunciativo o pronunciativo o prefigurativo o profético de la unión con Cristo en la gloria de la visión beatífica y del culto de la Jerusalén celeste. Es un concepto que se encuentra con mucha frecuencia en la Sagrada Escritura: Cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que Él venga (1Cor 11,26). Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer, por lo que os digo que no la comeré más hasta que sea cumplida en el reino de Dios (Lc 22,15-16). La conexión ideal de la Última Cena celebrada por Cristo con el banquete pascual judaico es cierta; y no menos cierto es el sentido escatológico del banquete pascual judaico; por lo cual, también por este verso, aparece verdadero el sentido escatológico de la última cena, y la conexión de la eucaristía con la gloria futura y la resurrección aparece, por ejemplo, en los textos siguientes de San Juan: Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré el último día ... no como vuestros padres, que comieron el maná y murieron: quien come este pan vivirá eternamente (Jn 6,54.58).

Este hecho nos indica, claramente, que la Misa es escuela y fábrica de eternidad, como se dice en las palabras de la consagración del vino: «...Sangre de la alianza nueva y eterna...». Dice Santo Tomás: «Es nueva la alianza por razón de su presentación. Es eterna por razón de la preordenación eterna de Dios y por razón de la herencia eterna determinada en ella. También porque es eterna la persona de Cristo, con cuya sangre se sella la alianza»1 .

Por eso se dice en las Plegarias Eucarísticas: «...pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación...»2 ; que «merezcamos... compartir la vida eterna»3 ; «...esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria...»4 ; «así celebremos el gran misterio que nos dejó como alianza eterna»5 ; «...te cantaremos la acción de gracias de Jesucristo, tu Ungido, que vive eternamente»6 ; «...en el banquete de la unidad eterna...»7 . Y luego de la comunión, reza en secreto el sacerdote: «El Cuerpo de Cristo me guarde para la vida eterna»8 , «La Sangre de Cristo me guarde para la vida eterna»9 , «...y que el don que nos haces en esta vida nos aproveche para la eterna»10 .

«La Eucaristía es tensión hacia la meta, pregustar el gozo pleno prometido por Cristo… La Eucaristía, "es, en cierto sentido, anticipación del Paraíso y prenda de la gloria futura" [...] Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad» 11 .

Hace notar muy bien el P. Vagaggini: «Hay que observar, sin embargo, que las realidades del pasado y las del futuro no son significadas en los signos litúrgicos como cosas exclusiva y puramente pasadas o futuras de tal modo que, en cierta manera, no sean aún o ya realmente presentes en la acción sagrada de la liturgia. Las realidades sagradas del pasado y las del futuro, significadas por los signos litúrgicos, son, en cierto modo, significadas como presentes... El pasado y el futuro son, pues, significados en los signos litúrgicos como en un supratemporal, porque las realidades sagradas invisibles significadas, en cierto aspecto, son como pasadas o futuras, y en otro aspecto, son significadas como concentradas en la realidad presente. Los signos litúrgicos encierran, pues, en su significado litúrgico toda la realidad de la historia sagrada en su presente, pasado y futuro»12 .

Cada Misa, que se afianza en el presente, es un puente de doble dirección. Una, al pasado de la historia salvífica, en especial, el Misterio Pascual del Señor; y otra, al futuro, anticipando, de alguna manera, lo que será, en especial, la vida eterna del cielo.

La Misa es el abrazo más entrañable entre el pasado, el presente y el futuro.

 

 1 Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 78, 1, ad 4.



 2 Misal Romano, Plegaria Eucarística I, 107.

 3 Misal Romano, Plegaria Eucarística II, 120.

 4 Misal Romano, Plegaria Eucarística III y V, 125 y pág 1040.

 5 Misal Romano, Plegaria Eucarística IV, 133.

 6 Misal Romano, Plegaria Eucarística Rec I, pág 1064.

 7 Misal Romano, Plegaria Eucarística Rec II, pág 1070.

 8 Misal Romano, Ordinario de la Misa, 147.

 9 Ibidem.

 10 Ibidem,150.

 11 Juan Pablo II, Ecclesia de Eucaristía,18.

 12 Cipriano Vagaggini, El sentido teológico de la Liturgia, ed. cit., 81.

Artículo 8º. Tres instancias

Párrafo 1º. Los sacramentos y las tres instancias

Santo Tomás dice respecto de la Eucaristía: Hay «tres cosas que pertenecen a la integridad de este sacramento...»1 . En rigor, todos los sacramentos tienen esas tres cosas, a saber:

1. Sacramentum tantum, es decir, los que es sólo sacramento o sólo signo;

2. Res et sacramentum, es decir, lo que es realidad o cosa y sacramento; o efecto y signo;

3. Res tantum, es decir, lo que es sólo realidad o sólo efecto o sólo cosa.

SACRA-MENTOS

Sacramentum tantum


(sólo el signo)

(Materia y forma = lo determinable y lo determinante)


Res et sacramentum


(el efecto y el signo)

 

Res tantum


(sólo el efecto)

(Gracia santificante y

gracia particular de

cada sacramento



 

Bautismo


 

Ablución del agua –

«Yo te bautizo...»


 

Carácter bautismal



 

Filiación divina



 

Confirmación



Imposición de manos y crismación – «Recibe por esta unción...»

 

Carácter confirmación



 

Milicia cristiana



 

Eucaristía



Pan y vino – «Este es mi cuerpo... es mi sangre. .. »

Cuerpo entregado, Sangre derramada y ofrecida

Cuerpo Místico, o sea, unidad eclesiástica y la

caridad


 

Confesión



Actos del penitente –

«Yo te absuelvo...»



 

Penitencia interior



 

Remisión del pecado



Unción

de los enfermos



Unción con óleo –

«Por esta santa unción...»



 

Alivio espiritual



Gracia sanativa de los

rastros del pecado

 


 

Matrimonio



 

Mutuo Consentimiento



 

Vínculo conyugal

Indisoluble


 

Gracia que produce el

sacramento


 

Orden sagrado



Imposición de las manos – «Te pedimos... que ... reciba de ti el sacerdocio...»

 

Carácter sacerdotal



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