Artículos de Bourdieu



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SUMARIO

Artículos de Bourdieu


  • Familias sin nombre

  • Más ganancias, menos cultura

  • Neoliberalismo: la lucha de todos contra todos

  • La opinión pública no existe

  • Dotar de sentido social a la Unión Europea

  • Contra el fatalismo económico

  • La trayectoria de un sociólogo

  • Repensar el movimiento social

  • Combatir la tecnocracia en su propio terreno

  • Los juegos olimpicos: programa para un análisis

  • Sin movimiento social, no hay política social

  • Cuestiones de los verdaderos amos del mundo

  • Contra la política de la despolitización: los objetivos del Movimiento Social Europeo

Entrevistas a Bourdieu


  • La lógica de los campos

  • Otra vuelta a la televisión

  • Sobre Colombia

  • El compromiso de unir teoría y práctica

  • Invitados a abrir la boca

  • Desfatalizar el mundo

  • Riesgos de la televisón

  • Los intelectuales de hoy

  • La trangresión gay

  • La globalización más allá del vino

  • Existir para la mirada masculina

  • Libre cambio

ARTICULOS

FAMILIAS SIN NOMBRE *

PIERRE BOURDIEU

Se acostumbra decir que lo que distingue a las ciencias sociales es el hecho de que, a diferencia de las ciencias de la naturaleza, ellas no pueden recurrir a la experimentación. De hecho, el mundo social no cesa de ofrecer a la observación extraordinarias variaciones cuasi experimentales que, aún si no son tan perfectamente controladas y controlables que experimentos expresamente concebidos como tales, pueden alentar y facilitar el desmontaje analítico de ciertos elementos de la realidad social que habían permanecido hasta entonces confundidos y, por lo mismo, desapercibidos. Es el caso de esas formas completamente insólitas de unidad social elemental, uniones libres, familias llamadas “compuestas” o “complejas”1, parejas oficiales u oficiosas de homosexuales, que desconciertan o escandalizan en virtud de que evocan, bajo el modo de la degradación, y hasta de la caricatura o de la parodia, la forma legítima de la unión a la cual está reservado el nombre de familia.

Pero no se puede dar toda su fuerza de ruptura al cuestionamiento cuasi experimental de las evidencias sino a condición de revertir el camino más habitualmente seguido en un dominio donde florecen los buenos sentimientos, que pueden llevar indiferentemente (según el momento) a la defensa de la “felicidad conyugal” y del “buen funcionamiento familiar” o a la exaltación de las diferentes formas de la “familia posmoderna”: en lugar de dejarse guiar por el sentido común (o el sentido jurídico que lo prolonga), comparando así tácitamente a la familia llamada normal, tomada como norme de las “uniones” y de las “unidades” que, precisamente, desafían el sentido común y el sentido jurídico, es necesario tratar las nuevas formas sociales como analizadores de la familia normal. Por el cuestionamiento que favorecen, estas configuraciones insólitas pueden incitar y ayudar a traer a luz principios de visión que han permanecido no vistos hasta ahora, a la manera de las gafas que buscamos cuando las tenemos sobre la nariz, y que, instituidas a la vez en las cosas y en los cuerpos, aseguraban un estatuto de evidencia indiscutida a maneras de ser o de hacer, las de la familia llamada normal, de ese modo constituidas en normas absolutas.2

El carácter más chocante de las familias que los sociólogos han bautizado, a falta de mejor nombre, “compuestas” o “complejas”, es en efecto que nada a su respecto es ahora evidente. Para empezar, las palabras que sirven para expresar las relaciones sociales elementales, y por lo tanto para producirlas, en su contenido pensado y práctico. ¿Cómo llamar los hijos “de primer lecho” de la nueva esposa de su padre divorciado ( o del nuevo esposo de su madre divorciada): hermanos, o “medio hermanos”, o “hermanastros”? Y ¿cómo designar, cosa más delicada y más grave, el nuevo esposo de su madre, sea para dirigirse a él, sea para hablar de él a los extraños, sino por su nombre? “Para hablar de mi padrastro, que se llamaba C. (nombre), yo decía siempre «el segundo marido de mi madre». Es una pintoresca manera de decir, pero la he usado siempre que era absolutamente necesario hablar de ello con extraños. Luego, cuando tenía catorce años, me di cuenta de que tenía una manera extraña de hablar de él, pero nadie me lo hacía notar y yo no podía decirlo de otra manera […]. Mi hermana decía siempre «C.», en cualquier circunstancia, y recuerdo que eso me parecía terriblemente impúdico, como la confesión de una falta o de una tara familiar que hubiera sido mejor esconder.” Y ese testigo de unos cincuenta años evoca sí el primer encuentro con la segunda esposa de su padre: “Mi nos presentó y fingió preguntarse delante de nosotros, de entrada, acerca del nombre que daríamos a esta mujer. Dijo: «Mamá, no es posible, no es la madre de ustedes. J., es su nombre, pero eso no es posible» -yo me preguntaba por qué, pero, aterrado, no decía nada. Y agregó, mirándola: «Hemos pensado que ustedes podrían llamarla Tatie» [tratamiento afectuoso usualmente empleado para designar a la hermana de la madre]. Siempre me sentí mal al llamarla no importa cómo. Evitaba tener que hacerlo recurriendo a los más inverosímiles circunloquios. Más tarde, luego de leer Vipère au poing, la llamaba Folcoche. C., durante años, removía el cuchillo en la herida demandándome, el domingo siguiente, noticias de Tatie [tropezando voluntariamente en la T]”.

Esta “falsa familia” no deja otra elección, como lo observa Irène Théry, que entre un falso estatuto (“mamá”) y la ausencia de estatuto (el nombre)3. El nombre que, como el tuteo, se emplea entre conocidos del mismo rango social, introduce una familiaridad para debilitar la autoridad de sustituto paterno que el “padrastro” debe asumir, hasta el grado de neutralizar los tabúes (especialmente el de incesto)inscritos en la nominación performativa (“es tu hermana”) que, por ser pública y públicamente autorizada, se encuentra investida por la autoridad de una operación social de autorización, positiva (legitimación) o negativa (tabú), o, como se dice en inglés, de entitlement. La incertidumbre de los títulos definitorios de las obligaciones en el interior de la unidad social elemental conlleva una suerte de incertidumbre de las funciones y de las asignaciones estatutarias, de los derechos y de los deberes, de los límites y de las prohibiciones. Las relaciones intrafamiliares se encuentran despojadas de eso que, en la experiencia ordinaria de la familia ordinaria, los caracteriza propiamente, es decir, las apariencias de la evidencia y de lo natural. Todo lo que, en otro caso, puede ser abandonado a la espontaneidad de las disposiciones, debe ser explícitamente y expresamente pensado, pesado, cultivado, mantenido, hasta calculado y planificado, como se ve bien en el relato de la designación de la “madrastra” (la madrastra de los cuentos infantiles que, bien lo sabemos, juegan siempre con fuego), lo que es ordinariamente admitido como evidente, sin examen y sin discusión, se vuelve objeto de una deliberación (el padre y la madrastra se habían puesto de acuerdo y habían optado, sin duda a fin de preservar la distancia y la autoridad, por un eufemismo fundado sobre una manipulación de las relaciones de parentesco análoga a la que operan los Kabylas cuando llaman “tío materno” a todo hombre a quien los liga un lazo de parentesco lejano o supuesto) y de una (cuasi-) negociación (el hijo tiene confusamente conciencia de ello porque rechaza lo que se le propone como un contrato).

Todo ocurre como si la familia “recompuesta” hiciera emerger, en una suerte de experiencia límite, la arbitrariedad, continuamente reprimida, de la familia “normal”; como si la indeterminación y la incertidumbre generalizadas y crónicas que, en este caso, afectan visiblemente todas las relaciones internas y externas hiciera estallar a plena luz la verdad constantemente negada o denegada, práctica y simbólicamente, de la institución familiar que no puede ser vista y vivida como un grupo perfecto y perfectamente necesario, inscrito en la naturaleza de las cosas, sino al precio de una creación continua de los sentimientos familiares, sostenida por todo el orden social (y en particular la Iglesia, la Escuela y el Estado). Este trabajo de mantenimiento de los sentimientos se impone con una urgencia completamente peculiar a los miembros de la “familia compuesta”, y muy especialmente a los hijos que, en las familias ordinarias, están dispensados de ello (lo que contribuye no poco a la ilusión de naturalidad) o no participan en ello más que pasivamente (en ocasión especialmente de los ritos de institución). Territorio de luchas, instrumentos de chantaje afectivo u objetos de seducción, según los momentos y los agentes, los hijos son puestos con frecuencia en posición de árbitros o de jueces (una informante evoca el estupor que experimentaba cuando escuchaba a su padre decir a su madre: “Los niños te juzgarán”); y el sentimiento de arbitrariedad y de inseguridad que no pueden dejar de experimentar es tanto más agudo cuanto la dualidad de los “hogares” los constriñe a confrontar, en la contradicción, el desdoblamiento o la disimulación, dispositivos afectivos y estilos de vida enteramente diferentes, cuando no prácticamente incompatibles (entre todas las consecuencias que la literatura científica, sin embargo con frecuencia llevada, en estas materias, a la dramatización moralizadora4, no evoca, la más importante es sin duda el descuartizamiento cognitivo y afectivo que viene a redoblar la incertidumbre y la inestabilidad, ligado al desdoblamiento de las posiciones fundamentales en el seno de la unidad social elemental, de las referencias estructurantes que constituyen las posiciones cardinales, padre, madre, hermano, etc., en el seno de la unidad familiar). En lugar de que las estructuras objetivas, garantidas por el derecho y por todo el orden social, funden los sentimientos, es sobre los sentimientos, en su inestabilidad y sus intermitencias, que reposa una unidad incesantemente cuestionada, en sus fronteras, sus jerarquías, sus intereses comunes, y constreñida a afirmar continuamente su continuidad contra un orden social que, lejos de sostenerla como lo hace respecto a la familia ordinaria, contribuye a encerrarla en su singularidad de “familia en riesgo”, rehusándole la banalidad y las seguridades de un nombre y de un destino comunes5.

De hecho, la excepcionalidad de estas familias imposibles no está ligada solamente, como podríamos creer, a su rareza relativa. Sin duda la ansiedad y la inseguridad que inspiran derivan en mucho de que, inmersas en un universo de familias "normales", no pueden sino aparecer y aparecer ante sí mismas como extrañas, o heréticas (sucede incluso, en ciertos ambientes, que sean denunciadas como tales). Pero incluso cuando llegue a ser minoritaria de hecho, la familia “normal” podrá conservar su estatuto de norma en las tesis prácticas del sentido común y del sentido jurídico. Y nada revela mejor el estado de incertidumbre social de esas familias imposibles que el tratamiento embarazoso que les acuerda el derecho, en tanto que ortodoxia que, como se ve claramente en este caso, permanece arraigada en los presupuestos o los prejuicios más oscuros de la doxa. “El derecho francés no se interesa por las familias recompuestas […] La recomposición familiar, ya sea que se funde sobre un nuevo casamiento o sobre un concubinato, no produce efecto jurídico alguno. No existe, por consiguiente, vínculo de derecho alguno entre padrastro e hijastro6.” La instauración de un vínculo jurídico es dejada a la iniciativa individual y la adopción, por ejemplo, que supone procedimientos laboriosos y complejos, debe ser demandada por el padrastro. Ni el derecho ni el Estado (a través del derecho fiscal o de las compensaciones familiares) saben qué hacer con estas familias: aceptando tácitamente una definición de la familia como “relación entre tres, padre, madre hijo”, suponen que la nueva unidad no se puede constituir sino en detrimento de la anterior y que “el otorgamiento de derechos al padrastro pasa necesariamente por la desaparición del padre7”.

Pero es en el tratamiento jurídico de la transmisión de los bienes que se desvela otro presupuesto de la doxa que funda toda la ortodoxia jurídica en materia de familia: el derecho, que se ha contentado largo tiempo por proteger el patrimonio contra los intrusos de la segunda familia, tiende cada vez más a acordar a las familias “fuera de la ley” la posibilidad de “traducir patrimonialmente vínculos personales” procediendo ante escribano a la partición a partes iguales entre los hijos y los hijastros8. Pero no lo hace nunca más que por vía de excepción, como una concesión a un deseo explícitamente manifestado por uno de los padrastros, y sin poner jamás en cuestión, por una redefinición radical de la familia, el presupuesto que identifica la familia (entendida como una unidad social natural, es decir, fundada sobre el parentesco constituido socialmente y reconocido como natural –“los lazos de sangre”) con su patrimonio y el matrimonio con una alianza con vistas a perpetuar indisociablemente a uno y al otro9.



Esto es lo que permite verificar la observación de las perplejidades y de las dificultades que suscita la idea de sancionar por el matrimonio, o tal o cual forma, más o menos eufemística, de sacramento social, la unión tanto tiempo pensada como “contra natura” de los homosexuales. En el caso más favorable, no se acuerda a la pareja homosexual sino un reconocimiento parcial, y si, con el estatuto de “asociación” se le concede el derecho de sucesión entre “unidos”, se les rehusa, con la prohibición de adoptar, lo que está involucrado en el estatuto plenario de familia, es decir, el derecho a la reproducción biológica y social. Por más que, también en la pareja heterosexual, la sexualidad sea cada vez más disociada de la procreación, todo sucede como si la norma tácita de la unión legítima, a la cual se ha reservado el nombre de familia, siguiera siendo la unidad doméstica plenamente inscrita en la duración social por su orientación clara y simple hacia su propia reproducción y plenamente reconocida, por ello, en sus derechos de reproducción biológica y social. Si las familias “recompuestas” y, a fortiori, homosexuales tienen algo de inquietante y hasta de amenazador para el orden social y para el orden moral que lo funda, sobre todo, paradójicamente, cuando se esfuerzan de alguna manera por pactar con la norma común o, como se suele decir, “ponerse en regla”, es que estas tentativas de normalización o de regularización de lo que parece escapar por esencia a toda norma y a toda regla no pueden aparecer, ante los ojos de todos los que permanecen enraizados en la doxa ancestral de la familia y de la casa, sino como homenajes ambiguos que la herejía rinde a la ortodoxia.

*Actes de la Recherche en Sciences Sociales N° 113, junio de 1996
Paris, Seuil
p. 3-5

NOTAS

1 Existen algo más de un millón de hijos de divorciados en 1986 [en Francia], de los cuales un 48% tienen uno de sus padres vuelto a casar, 37% los dos y 66% tienen por lo menos un medio hermano o hermana (cf. D. Le Gall y C. Martin, “L’instabilité conjugale et la recomposition familiale”, in La famille. L’état des savoirs, bajo la dirección de F. De Singly, Paris, La Découverte, 1993).
2 Cf. P. Bourdieu: “La famille comme catégorie réalisée”, Actes de la Recherche en sciences sociales, n° 100, diciembre 1993, p. 32-36.
3 I. Théry: “Remariage et familles composées: des évidences aux incertitudes”, L’Année sociologique, Vol. 37, 1987, p. 119-152.
4 Sobre la dificultad de la comparación intertemporal a propósito del estado de la familia y de la moral doméstica y sobre la tendencia de los observadores a idealizar el pasado para mejor estigmatizar el presente, se podrá leer Stéphanie Coontz, The Way We Never Were: American Families and the Nostalgic Trap, New York, Basic Books, 1992.
5 Es lo que sugiere una informante cuando evoca los sentimientos de profunda envidia que le inspiraba una de sus amigas que, a la salida del liceo, "Compraba una baguette y corría a su casa, en su bicicleta: ¡todo lo que esto representaba de calma y de organización familiar!”. Y otra: “ Desde hace mucho tiempo he admirado a los pensionistas más burgueses, las hijas de profes, de médicos, de cuadros, por lo que sus familias poseían de respetabilidad, de peso, de serio. Yo no envidiaba para nada a las hijas de artistas, de actores, de modelos.” Y también: “Me gustaba el juego de las siete familias, con el padre anónimo, la madre anónima.”
6 D. Bourgault-Coudevylle et F. Delecourt: “Les familles recomposées: aspects personnels, aspects alimentaires”, in I. Théry et D. Herlido, Les familles recomposées aujourd’hui: droit et sciences humaines, Paris, CNRS, 1994, p. 25.
7 Ibid. , p. 33.
8 H. Fulchiron, “La transmission des biens dans les familles recomposées; entre trop de droits et pas de droits”, in I.Théry et D. Herlido, op. Cit., p. 49.
9 La tolerancia mayor, tanto en las prácticas como en las representaciones, que las categorías sociales más ricas en capital cultural, y en particular las profesiones intelectuales, acuerdan a las “familias recompuestas” podría explicarse, al menos parcialmente, por el hecho de que tienen menos bienes de familia a proteger pero también y sobre todo que el patrimonio cultural escapa, al menos aparentemente, a los peligros de fraccionamiento y extinción correlativos a la fusión de la unidad doméstica

MÁS GANACIA, MENOS CULTURA



PIERRE BOURDIEU
¿Es posible todavía, y será posible por mucho tiempo, hablar de producciones culturales y de cultura? A los que hacen el nuevo mundo de la comunicación, y que son hechos por él, les gusta referirse al problema de la velocidad, los flujos de información y las transacciones que se vuelven cada vez más rápidos, y sin duda tienen razón en parte cuando piensan en la circulación de la información y la rotación de los productos. Dicho esto, la lógica de la velocidad y la del lucro que se reúnen en la búsqueda de la máxima ganancia en el corto plazo (con el rating en el caso de la televisión, el éxito de venta en el del libro -y, muy evidentemente, el diario-, el número de entradas vendidas en el de la película) me parecen incompatibles con la idea de cultura. Cuando, como decía Ernst Gombrich, se destruyen las condiciones ecológicas del arte, el arte y la cultura no tardan en morir.Como prueba, podría limitarme a mencionar lo ocurrido con el cine italiano, que fue uno de los mejores del mundo y que sólo sobrevivía a través de un pequeño puñado de cineastas, o con el cine alemán, o con el cine de Europa oriental. O la crisis que sufrió en todas partes el cine de autor, por falta de circuitos de difusión. Sin hablar de la censura que pueden imponer los distribuidores a determinados filmes -el más conocido es el de Pierre Carles-. O también el destino de alguna cadena radiocultural, hoy en liquidación en nombre de la modernidad, el rating y las connivencias mediáticas. ¿Arte o mercancía?Pero no se puede comprender realmente lo que significa la reducción de la cultura al estado de producto comercial si no se recuerda cómo se constituyeron los universos de producción de las obras que consideramos como universales en el campo de las artes plásticas, la literatura o el cine. Todas las obras que se exponen en los museos, todos las películas que se conservan en las cinematecas, son producto de universos sociales que se constituyeron poco a poco independizándose de las leyes del mundo ordinario y, en particular, de la lógica de la ganancia.Para que lo entiendan mejor, he aquí un ejemplo: el pintor del Quattrocento -se sabe por la lectura de los contratos- debía luchar contra quienes le encargaban obras para que éstas dejaran de ser tratadas como un simple producto, valuado según la superficie pintada y al precio de los colores empleados; debió luchar para obtener el derecho a la firma, es decir el derecho a ser tratado como autor, y también por eso que, desde fecha bastante reciente, se llaman derechos de autor (Beethoven todavía luchaba por este derecho); debió luchar por la rareza, la unicidad, la calidad; debió luchar, con la colaboración de los críticos, los biógrafos, los profesores de historia del arte, etcétera, para imponerse como artista, como creador.Es todo esto lo que está amenazado hoy a través de la reducción de la obra a un producto y una mercancía. Las luchas actuales de los cineastas por el final cut y contra la pretensión del productor de tener el derecho final sobre la obra, son el equivalente exacto de las luchas del pintor del Quattrocento. Los pintores necesitaron casi cinco siglos para conseguir el derecho de elegir los colores empleados, la manera de emplearlos y finalmente el derecho a elegir el tema, especialmente al hacerlo desaparecer con el arte abstracto, para gran escándalo del burgués que encargaba la obra. Del mismo modo, para tener un cine de autor se requiere un universo social, pequeñas salas y cinematecas que proyecten los clásicos y frecuentadas por los estudiantes, cineclubes animados por profesores de filosofía, cinéfilos formados en la frecuentación de dichas salas, críticos sagaces que escriban en los Cahiers du cinéma, cineastas que hayan aprendido su oficio viendo películas de las cuales pudieran hablar en estos Cahiers; en pocas palabras, todo un medio social en el cual determinado cine tiene valor, es reconocido.Son estos universos sociales los que hoy están amenazados por la irrupción del cine comercial y la dominación de los grandes difusores, con los cuales deben contar los productores, excepto cuando ellos mismos son difusores: resultado de una larga evolución, hoy han entrado en un proceso de involución. En ellos se produce un retroceso: de la obra al producto, del autor al ingeniero o al técnico que utiliza recursos técnicos, los famosos efectos especiales, y estrellas, ambos sumamente costosos, para manipular o satisfacer las pulsiones primarias del espectador (a menudo anticipadas gracias a las investigaciones de otros técnicos, los especialistas en marketing).Reintroducir el reino de lo comercial en universos que se han constituido, poco a poco, contra él, es poner en peligro las obras más nobles de la humanidad, el arte, la literatura e incluso la ciencia.No creo que alguien pueda querer esto realmente. Recuerdo la célebre fórmula platónica: Nadie es malvado voluntariamente. Si es cierto que las fuerzas de la tecnología aliadas con las fuerzas de la economía, la ley del lucro y la competencia, ponen en peligro la cultura, ¿qué hacer para contrarrestar ese movimiento? ¿Qué se puede hacer para favorecer las oportunidades de aquellos que sólo pueden existir en el largo plazo, aquellos que, como los pintores impresionistas de antaño, trabajan para un mercado póstumo?Buscar la máxima ganancia inmediata no es necesariamente obedecer a la lógica del interés bien entendido, cuando se trata de libros, películas o pinturas: identificar la búsqueda de la máxima ganancia con la búsqueda del máximo público es exponerse a perder el público actual sin conquistar otro, a perder el público relativamente restringido de gente que lee mucho, frecuenta mucho los museos, los teatros y los cines, sin ganar a cambio nuevos lectores o espectadores ocasionales. Una inversión rentableSi se sabe que, al menos en todos los países desarrollados, la duración de la escolarización sigue creciendo, así como el nivel de instrucción medio, como crecen también todas las prácticas estrechamente relacionadas con el nivel de instrucción (frecuentación de los museos y los teatros, lectura, etcétera), se puede pensar que una política de inversión económica en los productores y los productos llamados de calidad, al menos en el corto plazo, podría ser rentable, incluso económicamente (siempre que se cuente con los servicios de un sistema educativo eficaz).De este modo, la elección no es entre la mundialización -es decir la sumisión a las leyes del comercio y, por lo tanto, al reino de lo comercial, que siempre es lo contrario de lo que se entiende universalmente por cultura- y la defensa de las culturas nacionales o de tal o cual forma de nacionalismo o localismo cultural.Los productos kitsch de la mundialización comercial, el jean o la Coca-Cola, la soap opera o el filme comercial espectacular y con efectos especiales, o incluso la world fiction, cuyos autores pueden ser italianos o ingleses, se oponen en todos los sentidos a los productos de la internacional literaria, artística y cinematográfica, cuyo centro está en todas partes y en ninguna, aun cuando haya estado durante mucho tiempo y quizá todavía esté en París, sede de una tradición nacional de internacionalismo artístico, al mismo tiempo que en Londres y Nueva York. Así como Joyce, Faulkner, Kafka, Beckett y Gombrowicz, productos puros de Irlanda, Estados Unidos, Checoslovaquia y Polonia fueron hechos en París, igual número de cineastas contemporáneos como Kaurismaki, Manuel de Oliveira, Satyajit Ray, Kieslowski, Woody Allen, Kiarostami y tantos otros no existirían como existen sin esta internacional literaria, artística y cinematográfica cuya sede social está ubicada en París. Sin duda porque es allí donde, por razones estrictamente históricas, se constituyó hace mucho y ha logrado sobrevivir el microcosmos de productores, críticos y receptores sagaces necesario para su supervivencia.Repito, hacen falta muchos siglos para producir productores que produzcan para mercados póstumos. Es plantear mal los problemas oponer, como a menudo se hace, una mundialización y un mundialismo que supuestamente están del lado del poder económico y comercial, y también del progreso y la modernidad, a un nacionalismo apegado a formas arcaicas de conservación de la soberanía. En realidad, se trata de una lucha entre un poder comercial que intenta extender a todo el universo los intereses particulares del comercio y de los que lo dominan y una resistencia cultural, basada en la defensa de las obras universales producidas por la internacional desnacionalizada de los creadores.Quiero terminar con una anécdota histórica que también tiene que ver con la velocidad y que expresa correctamente lo que debían ser, en mi opinión, las relaciones que podría tener un arte liberado de las presiones del comercio con los poderes temporales. Se cuenta que Miguel Angel mantenía tan poco las formas protocolares en sus relaciones con el papa Julio II, quien le encargaba sus obras, que éste se veía obligado a sentarse muy rápidamente para evitar que Miguel Angel se sentara antes que él.En un sentido, se podría decir que intenté perpetuar aquí, muy modestamente, pero de manera fiel, la tradición, inaugurada por Miguel Angel, de distancia con respecto a los poderes y muy especialmente a estos nuevos poderes que son las fuerzas conjugadas del dinero y los medios.


*Copyright Clarín y Le Monde, 1999. Traducción de Elisa Carnelli

NEOLIBERALISMO: LUCHA DE TODOS CONTRA TODOS


PIERRE BOURDIEU
Cabe preguntarse si el mundo económico es en verdad, como pretende el discurso dominante, un orden puro y perfecto que despliega implacablemente la lógica de sus consecuencias previsibles, dispuesto a reprimir todos los incumplimientos mediante las sanciones que inflige, ya sea de manera automática o, más excepcionalmente, por intermedio de su brazo armado, el FMI o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), y sus políticas: baja del costo de mano de obra, reducción de los gastos públicos y flexibilización laboral. ¿Y si, en realidad, sólo fuera la implementación de una utopía, el neoliberalismo, convertido así en programa político, una utopía que se imagina como la descripción científica de lo real? Esta teoría tutelar es pura ficción matemática basada en una abstracción formidable, que consiste en poner entre paréntesis las condiciones y las estructuras económicas y sociales que son la condición de su ejercicio. Basta con pensar en el sistema de enseñanza, que nunca se tuvo en cuenta como tal en un momento en que desempeña un rol determinante tanto en la producción de bienes y servicios como en la producción de los productores.De esta suerte de falla original, inscripta en el mito de la teoría pura, derivan todas las faltas y todas los incumplimientos de la disciplina económica y la obstinación fatal con la cual se aferra a la oposición arbitraria que hace existir entre la lógica meramente económica, basada en la competencia, y la lógica social, sometida a la regla de la igualdad.Un discurso diferenteDicho esto, esta teoría originariamente desocializada y deshistorizada cuenta hoy más que nunca con los medios para volverse verdadera, empíricamete verificable.

n efecto, el discurso neoliberal no es un discurso como los otros. A la manera del discurso psiquiátrico del asilo, según Erving Goffman, es un discurso fuerte, tan fuerte y tan difícil de combatir precisamente porque tiene a su disposición todas las fuerzas de un mundo de relaciones de fuerza a cuyas características contribuye, sobre todo orientando las opciones económicas de quienes dominan las relaciones económicas y agregando a estas relaciones de fuerza la propia. En nombre de este programa científico de conocimiento convertido en programa político de acción, se lleva a cabo un inmenso trabajo político que apunta a crear las condiciones de realización y de funcionamiento de la teoría; un programa de destrucción metódica de los colectivos. El movimiento, posible gracias a la política de desregulación financiera, hacia la utopía neoliberal de un mercado puro y perfecto se logra a través de la acción transformadora y destructiva de todas las estructuras colectivas capaces de obstaculizar la lógica del mercado puro: la nación, cuyo margen de maniobras es cada vez más limitado; grupos de trabajo, por ejemplo con la individualización de los salarios y de las carreras en función de las competencias individuales y la consiguiente atomización de los trabajadores; los colectivos de defensa de los derechos de los trabajadores -sindicatos, asociaciones, cooperativas-; la familia misma que, a través de la constitución de mercados por clases de edad, pierde una parte de su control sobre el consumo.

El programa neoliberal, que extrae su fuerza social de la fuerza político- económica de aquellos cuyos intereses expresa -accionistas, operadores financieros, industriales, políticos conservadores y socialdemócratas convertidos a las dimisiones reconfortantes del laissez-faire, altos funcionarios de las finanzas-, tiende globalmente a favorecer la ruptura entre la economía y las realidades sociales. Y a construir así, en la realidad, un sistema económico conforme a la descripción teórica. Es decir, una suerte de máquina lógica que se presenta como una cadena de limitaciones que generan los agentes económicos.La mundialización de los mercados financieros, junto con el progreso de las técnicas de información, asegura una movilidad sin precedentes de los capitales y ofrece a los inversores sociales una rentabilidad a corto plazo de sus inversiones, la posibilidad de comparar de manera permanente la rentabilidad de las más grandes empresas y de sancionar los fracasos relativos. Las mismas empresas, bajo amenaza permanente, deben ajustarse rápidamente a las exigencias de los mercados, con el riesgo de perder, como se dice, la confianza de los mercados y el respaldo de los accionistas que, preocupados por obtener una rentabilidad a corto plazo, cada vez son más capaces de imponer su voluntad a los gerentes, de exigirles normas y de orientar sus políticas en materia de contratación, empleo y salario.Así se instaura el reinado absoluto de la flexibilidad, con los contratos temporarios o las pasantías y la instauración, en el seno de la empresa, de la competencia entre filiales autónomas, entre equipos y entre individuos a través de la individualización de la relación salarial.

Objetivos individuales, reuniones individuales de evaluación, evaluación permanente, incrementos individualizados de salarios, carreras individualizadas, estrategias de responsabilización que tienden a asegurar la autoexplotación de ciertos cuadros que, aunque simples asalariados bajo una fuerte dependencia jerárquica, son responsabilizados por sus ventas, sus productos, su sucursal, su revista, etcétera, como si fueran independientes. Exigencia de autocontrol según las técnicas de gestión participativa, infinidad de técnicas de obligación racional que, al imponer el trabajo en condiciones de urgencia, ayudan a debilitar o a abolir las solidaridades colectivas.La institución práctica de un mundo darwiniano de una lucha de todos contra todos, en todos los niveles jerárquicos, que encuentran los motores de la adhesión a la tarea y a la empresa en la inseguridad, el sufrimiento y el estrés, seguramente no podría triunfar tan exitosamente si no encontrara la complicidad de los hábitos precarizados que produce la inseguridad y la existencia, en todos los niveles jerárquicos, incluso entre los más altos, de un ejército de reserva de mano de obra docilizada por la precarización y por la amenaza permanente del desempleo.La máquina infernalEl fundamento último de todo este orden económico es la violencia estructural del desempleo, de la precariedad y de la amenaza de la suspensión: la condición del funcionamiento armonioso del modelo micro-económico individualista es un fenómeno de masas: la existencia del ejército de reserva de los desempleados.Esta violencia estructural pesa también sobre lo que se llama el contrato de trabajo. El discurso empresarial nunca habló tanto de confianza, cooperación, lealtad y cultura empresarial como en una época en la que se obtiene la adhesión a cada instante haciendo desaparecer todas las garantías temporales.Vemos así que la utopía neoliberal tiende a encarnarse en la realidad de una suerte de máquina infernal, cuya necesidad se impone incluso a los dominantes. Como el marxismo en otro tiempo, con el cual tiene muchos puntos en común, esta utopía suscita una creencia profunda, la free trade faith (fe en el libre comercio), no sólo de los financistas, los gerentes de las grandes empresas, etcétera, sino también en quienes encuentran en ella la justificación de su existencia, como los altos funcionarios y los políticos que sacralizan el poder de los mercados en nombre de la eficacia económica, que exigen la abolición de las barreras administrativas o políticas capaces de fastidiar a los capitalistas en la búsqueda puramente individual de la maximización de la ganancia individual, que quieren bancos centrales independientes y que pregonan la subordinación de los Estados nacionales a las exigencias de la libertad económica.

Sin compartir necesariamente los intereses económicos y sociales de los verdaderos creyentes, los economistas tienen bastantes intereses específicos en el campo de la ciencia económica como para hacer una contribución decisiva a la producción y la reproducción de la creencia en la utopía neoliberal.Alejados por toda su existencia y toda su formación intelectual, la mayoría de las veces puramente abstracta y teórica, del mundo económico y social tal cual es, están inclinados a confundir las cosas de la lógica con la lógica de las cosas. Confiados en modelos que prácticamente nunca pueden someter a la prueba de la verificación experimental, inclinados a mirar desde arriba los progresos de otras ciencias históricas, cuya verdadera necesidad y profunda complejidad son incapaces de comprender, participan y colaboran en un cambio económico y social que no puede resultarles desagradable ya que tienden a hacer real la utopía ultraconsecuente (como ciertas formas de locura) a la que dedican su vida.Y, sin embargo, el mundo es así, con los efectos inmediatamente visibles de la implementación de la gran utopía neoliberal. No sólo la miseria de una fracción cada vez mayor de las sociedades más avanzadas económicamente, el crecimiento extraordinario de las diferencias entre los ingresos, la desaparición progresiva de los universos autónomos de producción cultural mediante la imposición de los valores comerciales, sino también -y sobre todo- la destrucción de todas las instancias colectivas capaces de contrarrestar los efectos de la máquina infernal. Y también la imposición de esta suerte de darwinismo moral que, con el culto del ganador, instaura la lucha de todos contra todos y el cinismo como normas de todas las prácticas sociales.La paradoja del presente¿Podemos esperar que la masa extraordinaria de sufrimiento que produce este tipo de régimen político-económico algún día sea el principio de un movimiento capaz de detener la carrera hacia el abismo? Estamos frente a una extraordinaria paradoja: por un lado, los obstáculos en la realización del nuevo orden, el del individuo solo pero libre, hoy son considerados imputables a rigideces y arcaísmos, y toda intervención directa y consciente -al menos cuando proviene del Estado- es desacreditada de antemano. Pero al mismo tiempo, la permanencia o la supervivencia de las instituciones en vías de desmantelamiento, el trabajo de todas las categorías de trabajadores sociales y todas las solidaridades sociales y familiares son los que hacen que el orden social no se sumerja en el caos.El paso al liberalismo se logra de manera insensible, por tanto imperceptible, ocultando así sus efectos más terribles a largo plazo. Efectos que disimulan, paradójicamente, las resistencias que suscita de parte de quienes defienden el orden antiguo, las solidaridades antiguas.

Pero estas mismas fuerzas de conservación, que fácilmente se pueden tratar como fuerzas conservadoras, también son fuerzas de resistencia a la instauración del nuevo orden, que pueden convertirse en fuerzas subversivas.Si podemos conservar alguna esperanza razonable, tiene por protagonista a lo que todavía queda de estas fuerzas, las cuales -bajo la apariencia de defender simplemente un orden desaparecido y los privilegios correspondientes- deben trabajar para construir un orden social que no tenga por única ley la búsqueda del interés egoísta y la pasión individual por la ganancia, y que dé lugar a colectivos orientados hacia la búsqueda racional de fines colectivamente elaborados y aprobados.Entre estos colectivos -asociaciones, sindicatos, partidos- cómo no darle un lugar especial al Estado nacional o, mejor aún, supranacional, capaz de controlar e imponer las ganancias obtenidas en los mercados financieros y contrarrestar la acción destructiva que estos últimos ejercen en el mercado del trabajo, organizando la elaboración y la defensa del interés público que, queramos o no, no saldrá jamás de la visión del contable que la nueva creencia presenta como la forma suprema del logro humano.



*Copyright Pierre Bourdieu y Clarín, 1998. Traducción de Claudia Martínez.

LA OPINIÓN PÚBLICA NO EXISTE


PIERRE BOURDIEU
Quisiera señalar, en primer lugar, que mi propósito no es denunciar de manera mecánica y fácil las encuestas de opinión, sino proceder a un análisis riguroso de su funcionamiento y sus funciones. Lo que implica que se cuestionen los tres postulados que implícitamente suponen. Toda encuesta de opinión supone que todo el mundo puede tener una opinión; o, en otras palabras, que la producción de una opinión está al alcance de todos. Aun a riesgo de contrariar un sentimiento ingenuamente democrático, pondré en duda este primer postulado. Segundo postulado: se supone que todas las opiniones tienen el mismo peso. Pienso que se puede demostrar que no hay nada de esto y que el hecho de acumular opiniones que no tienen en absoluto la misma fuerza real lleva a producir artefactos desprovistos de sentido. Tercer postulado implícito: en el simple hecho de plantearle la misma pregunta a todo el mundo se halla implicada la hipótesis de que hay un consenso sobre los problemas, entre otras palabras, que hay un acuerdo sobre las preguntas que vale la pena plantear. Estos tres postulados implican, me parece, toda una serie de distorsiones que se observan incluso cuando se cumplen todas las condiciones del rigor metodológico en la recogida y análisis de los datos.

A menudo se le hacen reproches técnicos a las encuestas de opinión. Por ejemplo, se cuestiona la representatividad de las muestras. Pienso que, en el estado actual de los medios utilizados por las empresas que realizan encuestas, la objeción apenas tiene fundamento. También se les reprocha el hacer preguntas sesgadas o, más bien, el sesgar las preguntas en su formulación: esto ya es más cierto y muchas veces se condiciona la respuesta mediante la forma de hacer la pregunta. Así, por ejemplo, transgrediendo el precepto elemental de la construcción de un cuestionario que exige que se les "dé sus oportunidades" a todas las respuestas posibles, frecuentemente se omite en las preguntas o en las respuestas propuestas una de las opciones posibles, o incluso se propone varias veces la misma opción bajo formulaciones diferentes. Hay toda clase de sesgos de este tipo y sería interesante preguntarse por las condiciones sociales de aparición de estos sesgos. En muchos casos se deben a las condiciones en las que trabajan las personas que producen los cuestionarios. Pero, sobre todo, se deben al hecho de que las problemáticas que fabrican los institutos de opinión están subordinadas a una demanda de tipo particular. Así, cuando emprendimos el análisis de una gran encuesta nacional sobre la opinión de los franceses respecto al sistema de enseñanza, extrajimos de los archivos de una serie de gabinetes de estudios las preguntas referentes a la enseñanza. Esto nos permitió constatar que desde mayo de 1968 se habían planteado más de doscientas preguntas sobre el sistema de enseñanza, frente a menos de veinte entre 1960 y 1968. Eso significa que las problemáticas que se le imponen a este tipo de organismos están profundamente ligadas a la coyuntura y dominadas por un tipo determinado de demanda social. La cuestión de la enseñanza, por ejemplo, sólo puede ser planteada por un instituto de opinión pública cuando se convierte en problema político. Se ve enseguida la diferencia que separa a estas instituciones de los centros de investigación que generan sus problemáticas, si no en un universo puro, en todo caso con una distancia mucho mayor respecto a la demanda social en su forma directa en inmediata.

Un análisis estadístico sumario de las preguntas planteadas nos puso de manifiesto que la inmensa mayoría estaban directamente vinculadas a las preocupaciones políticas del "personal político". Si nos entretuviéramos esta tarde jugando a los papelitos y si yo les dijera que escribieran las cinco cuestiones que les parecen más importantes en el tema de la enseñanza, seguramente obtendríamos una lista muy diferente de la que obtenemos al sacar las preguntas que fueron efectivamente planteadas por las encuestas de opinión. La pregunta: "¿Hay que introducir la política en los institutos"? (o variantes de la misma) se hizo muy a menudo, mientras que la pregunta: "¿Hay que modificar los programas?" o "¿Hay que modificar el modo de transmisión de los contenidos?" apenas se planteó. Lo mismo con "¿Hay que reciclar a los docentes?" Preguntas que son muy importantes, al menos desde otra perspectiva.

Las problemáticas que proponen las encuestas de opinión están subordinadas a intereses políticos, y esto pesa enormemente tanto sobre la significación de las respuestas como sobre la significación que se le confiere a la publicación de los resultados. La encuesta de opinión es, en el estado actual, un instrumento de acción política; su función más importante consiste, quizá, en imponer la ilusión de que existe una opinión pública como sumatoria puramente aditiva de opiniones individuales; en imponer la idea de que existe algo que sería como la media de las opiniones o la opinión media. La "opinión pública" que aparece en las primeras páginas de los periódicos en forma de porcentajes (el 60% de los franceses están a favor de...), esta opinión pública es un simple y puro artefacto cuya función es disimular que el estado de la opinión en un momento dado es un sistema de fuerzas, de tensiones, y que no hay nada más inadecuado para representar el estado de la opinión que un porcentaje.

Sabemos que todo ejercicio de la fuerza va acompañado por un discurso cuyo fin es legitimar la fuerza del que la ejerce; se puede decir incluso que lo propio de toda relación de fuerza es el hecho de que sólo ejerce toda su fuerza en la medida en que se disimula como tal. En suma, expresándolo de forma sencilla, el hombre político es el que dice: "Dios está de nuestra parte". El equivalente de "Dios está de nuestra parte" es hoy en día "la opinión pública está de nuestra parte". He aquí el efecto fundamental de la encuesta de opinión: constituir la idea de que existe una opinión pública unánime y, así, legitimar una política y reforzar las relaciones de fuerza que la sostienen o la hacen posible.

Tras haber dicho al principio lo que quería decir al final, voy a tratar de señalar muy rápidamente cuáles son las operaciones mediante las que se produce este efecto de consenso. La primera operación, que tiene como punto de partida el postulado de que todo el mundo debe tener una opinión, consiste en ignorar los no-contestan (1). Por ejemplo, le preguntas a la gente: "¿Está usted a favor del gobierno Pompidou?" Registras un 30% de no-contestan, un 20% de sí, un 50% de no. Puedes decir: la parte de personas en contra es superior a la parte de personas a favor y después queda este residuo del 30%. También puedes volver a calcular los porcentajes a favor y en contra excluyendo los no-contestan. Esta simple elección es una operación teórica de una importancia fantástica sobre la que quisiera reflexionar con ustedes.

Eliminar los no-contestan es hacer lo que se hace en una consulta electoral donde hay papeletas en blanco o nulas; es imponerle a la encuesta de opinión la filosofía implícita de la consulta electoral. Si se mira con mayor atención, se observa que la tasa de no-contestan es más elevada de forma general entre las mujeres que entre los hombres, que la distancia entre mujeres y hombres se eleva a medida que los problemas planteados son más específicamente políticos. Otra observación: cuanto más trata una pregunta sobre problemas del saber, de conocimiento, mayor es la distancia entre las tasas de no-contestan de los más instruidos y las de los menos instruidos. A la inversa, cuando las preguntas tratan de problemas éticos las variaciones de los no-contestan por nivel de instrucción son pequeñas (ejemplo: "¿Hay que ser severo con los hijos?"). Otra observación: cuanto más se trata una pregunta sobre problemas conflictivos, sobre un nudo de contradicciones (por ejemplo, una pregunta sobre la situación en Checoslovaquia para personas que votan comunista), cuantas más tensiones le genera una pregunta a una categoría determinada, más frecuentes son los no-contestan en esta categoría. Por consiguiente, el simple análisis estadístico de los no-contestan proporciona una información sobre lo que significa la pregunta, así como sobre la categoría considerada, hallándose ésta definida tanto por la probabilidad que tiene de tener una opinión, como por la probabilidad condicional de tener una opinión a favor o en contra.

El análisis científico de las encuestas de opinión muestra que no existe prácticamente problema ómnibus ni pregunta que no sea reinterpretada en función de los intereses a quienes se plantea, por lo que el primer imperativo es preguntarse a qué pregunta creyeron responder las distintas categorías de encuestados. Uno de los efectos más perniciosos de la encuesta de opinión consiste precisamente en conminar a las personas a responder a preguntas que no se han planteado. Así, por ejemplo, las preguntas que giran en torno a problemas de moral, ya se trate de preguntas sobre la severidad de los padres, las relaciones entre profesores y alumnos, la pedagogía directiva o no directiva, etc., problemas cuya percepción como problemas éticos aumenta a medida que se desciende en la jerarquía social, al tiempo que pueden ser problemas políticos para las clases superiores: uno de los efectos de la encuesta consiste en transformar respuestas éticas en respuestas políticas por el simple efecto de imposición de problemática.

En realidad, hay varios principios a partir de los cuales se puede generar una respuesta. Tenemos, en primer lugar, lo que se puede llamar la competencia política en referencia a una definición a la vez arbitraria y legítima, es decir, dominante y disimulada como tal, de la política. Esta competencia política no se halla universalmente distribuida. Varía grosso modo como el nivel de instrucción. En otras palabras, la probabilidad de tener una opinión sobre todas las cuestiones que suponen un saber político es comparable con la probabilidad de ir al museo. Se observan diferencias fantásticas: donde un estudiante comprometido en un movimiento izquierdista percibe quince divisiones a la izquierda del PSU, para un mando intermedio no hay nada. En la escala política (extrema-izquierda, izquierda, centro-izquierda, centro, centro-derecha, derecha, extrema-derecha, etc.) que las encuestas de "ciencia política" emplean como algo sin vuelta de hoja, algunas categorías sociales utilizan intensamente un pequeño rincón de la extrema izquierda; otras utilizan únicamente el centro; otras utilizan toda la escala. Al final, una elección es la agregación de espacios completamente distintos; se suma a personas que miden en centímetros con personas que miden en kilómetros o, más bien, a personas que puntúan de 0 a 20 con personas que puntúan entre 9 y 11. La competencia se aprecia, entre otras cosas, por el grado de finura de percepción (ocurre lo mismo en estética, algunos pueden distinguir los cinco o seis estilos sucesivos de un solo pintor).

Podemos llevar la comparación un poco más lejos. En materia de percepción estética, tenemos en primer lugar una condición de posibilidad: es preciso que las personas piensen la obra de arte como una obra de arte; a continuación, habiéndola percibido como una obra de arte, es preciso que posean las categorías de percepción para construirla, estructurarla, etc. Supongamos una pregunta formulada así: "¿Está usted a favor de una educación directiva o por una educación no directiva?" Para algunos, esta pregunta puede constituirse como política, al integrarse la representación de las relaciones padres-hijos en una visión sistemática de la sociedad; para otros, es una pura cuestión de moral. Así, el cuestionario que hemos elaborado y en el que le preguntamos a la gente si, para ellos, es o no política hacer huelga, llevar el pelo largo, participar en un festival pop, etc., pone de manifiesto variaciones muy amplias por clases sociales. La primera condición para responder de forma adecuada a una cuestión política es, por tanto, ser capaz de construirla como política; la segunda, tras haberla construido como política, es ser capaz de aplicarle categorías específicamente políticas, que pueden ser más o menos adecuadas, más o menos refinadas, etc. Estas son las condiciones específicas de producción de opiniones, las que la encuesta de opinión supone que se cumplen de forma universal y uniforme con el primer postulado según el cual todo mundo puede producir una opinión.



Segundo principio a partir del cual las personas pueden producir una opinión: lo que llamo el "ethos de clase" (por no decir "ética de clase"), es decir, un sistema de valores implícitos que las personas han interiorizado desde la infancia y a partir del cual generan respuestas a problemas extremadamente distintos. Las opiniones que las personas pueden intercambiar a la salida de un partido de fútbol entre Roubaix y Valenciennes le deben una buena parte de su coherencia, de su lógica, al ethos de clase. Una multitud de respuestas a las que se considera respuestas políticas se producen en realidad a partir del ethos de clase y pueden asumir, a la vez, una significación completamente distinta cuando se las interpreta en el terreno político. Aquí he de referirme a una tradición sociológica, muy extendida sobre todo entre determinados sociólogos de la política en Estados Unidos, que hablan habitualmente de un conservadurismo y autoritarismo de las clases populares. Estas tesis se basan en la comparación internacional de encuestas o de elecciones, que tienen mostrar que cada vez que se interroga a las clases populares, sea en el país que sea, sobre problemas referentes a las relaciones de autoridad, la libertad individual, la libertad de prensa, etc., dan respuestas más "autoritarias" que las otras clases; y se concluye de manera global que existe un conflicto entre los valores democráticos (en el autor en que pienso, Lipset, se trata de los valores democráticos americanos) y los valores que han interiorizado las clases populares, valores de tipo autoritario y represivo. De ahí sacan una especie de visión escatológica: elevemos el nivel de vida, elevemos el nivel de instrucción y, como la propensión a la represión, al autoritarismo, etc., va unida a bajos ingresos, a bajo nivel de instrucción, etc., produciremos así buenos ciudadanos de la democracia americana. En mi opinión, lo que está en cuestión es la significación de las respuestas a determinadas preguntas. Supongamos un conjunto de preguntas de este tipo: ¿Está usted a favor de la igualdad entre los sexos? ¿Está usted a favor de la libertad sexual de los cónyuges? ¿Está usted a favor de una educación no represiva? ¿Está usted a favor de la nueva sociedad?, etc. Supongamos otro conjunto de preguntas del tipo: ¿Deben hacer huelga los profesores cuando ven amenazada su situación? ¿Deben ser solidarios los docentes con el resto de funcionarios en los períodos de conflicto social?, etc. Estos dos conjuntos de preguntas arrojan respuestas de estructura estrictamente inversa en relación con la clase social: el primer conjunto de preguntas, que se refiere a un determinado tipo de innovación en las relaciones sociales, en la forma simbólica de las relaciones sociales, suscita tantas más respuestas a favor cuanto más nos elevamos en la jerarquía social y en la jerarquía según el nivel de instrucción; a la inversa, las preguntas que tratan sobre las transformaciones reales de las relaciones de fuerza entre las clases suscitan cada vez más respuestas en contra a medida que nos elevamos en la jerarquía social.

En suma, la proposición "las clases populares son represivas" no es ni verdadera ni falsa. Es verdadera en la medida en que, ante todo un conjunto de problemas como los que atañen a la moral doméstica, a las relaciones entre generaciones o entre sexos, las clases populares tienen tendencia a mostrarse mucho más rigoristas que las otras clases sociales. Por el contrario, en las cuestiones de estructura política, que ponen en juego la conservación o la transformación del orden social, y no sólo la conservación o transformación de los modos de relación entre los individuos, las clases populares son mucho más partidarias de la innovación, es decir, de una transformación de las estructuras sociales. Podemos ver cómo algunos de los problemas planteados --y a menudo mal planteados-- en mayo de 1968, en el conflicto entre el partido comunista y los izquierdistas, están relacionados de forma muy directa con el problema central que he tratado de plantear esta tarde, el de la naturaleza de las respuestas, es decir, del principio a partir del cual se producen. La oposición que he establecido entre estos dos grupos de preguntas nos remite, en efecto, a la oposición entre dos principios de producción de opiniones: un principio específicamente político y un principio ético, siendo el problema del conservadurismo de las clases populares producto de la ignorancia de esta distinción.

El efecto de imposición de problemática, efecto ejercido por toda encuesta de opinión y por toda interrogación política (comenzando por la electoral), deriva del hecho de que las preguntas planteadas en una encuesta de opinión no son preguntas que se les planteen realmente a todas las personas interrogadas, así como del hecho de que las respuestas no son interpretadas en función de la problemática por referencia a la cual han respondido las diferentes categorías de encuestados. Así, la problemática dominante --de la que proporciona una imagen la lista de preguntas planteadas en los dos últimos años por los institutos de opinión--, es decir, la problemática que les interesa esencialmente a las personas que detentan el poder y que quieren estar informadas sobre los medios de organizar su acción política, la dominan de manera muy desigual las diferentes clases sociales. Y, cuestión importante, éstas se hallan más o menos capacitadas para producir una contra-problemática. Con motivo del debate televisado entre Servan-Schreiber y Giscard d'Estaing, un instituto de sondeos de opinión hizo preguntas del tipo: "¿Depende el éxito escolar de los dones, de la inteligencia, del mérito?" Las respuestas recogidas ofrecen de hecho una información (ignorada por los que la producían) sobre el grado de conciencia que las diferentes clases sociales tienen de las leyes de la transmisión hereditaria del capital cultural: la adhesión al mito del don y del ascenso social por la escuela, de la justicia escolar, de la equidad de la distribución de los puestos en función de las titulaciones, etc., es muy diferente en las clases populares. La contra-problemática puede existir para algunos intelectuales, pero no tiene fuerza social a pesar de haber sido recogida por algunos partidos y grupos. La verdad científica está sometida a las mismas leyes de difusión que la ideología. Una proposición científica es como una bula papal sobre el control de la natalidad, sólo predica a convertidos.

Se suele asociar la idea de objetividad en una encuesta de opinión al hecho de hacer la pregunta en los términos más neutros posibles con el fin de darles todas sus oportunidades a todas las respuestas. En realidad, la encuesta de opinión se hallaría sin duda más próxima a lo que ocurre en la realidad si, transgrediendo completamente las reglas de la "objetividad", se les ofreciera a las personas los medios para situarse como se sitúan realmente en la práctica real, es decir, en referencia a opiniones ya formuladas; si en lugar de decir, por ejemplo, "algunas personas están a favor del control de la natalidad, otras están en contra, ¿y usted?...", se enunciaran una serie de posicionamientos explícitos de los grupos autorizados para constituir y difundir las opiniones, de manera que la gente pudiera situarse en referencia a respuestas ya constituidas. Se suele hablar de "tomas de posición"; hay posiciones que ya están previstas y que se toman. Pero no se las toma al azar. Se toman las posiciones que se está predispuesto a tomar en función de la posición que se ocupa en un campo determinado. Un análisis riguroso tiene como objetivo explicar las relaciones entre la estructura de las posiciones a tomar y la estructura del campo de las posiciones objetivamente ocupadas.

Si las encuestas de opinión captan muy mal los estados virtuales de la opinión y, más exactamente, los movimientos de opinión, ello se debe, entre otras razones, a que la situación en la que aprenden las opiniones es completamente artificial. En las situaciones en que se constituye la opinión, en particular las situaciones de crisis, las personas se hallan ante opiniones constituidas, ante opiniones sostenidas por grupos, de manera que elegir entre opiniones es, claramente, elegir entre grupos. Este es el principio del efecto de politización que produce la crisis: hay que elegir entre grupos que se definen políticamente y definir cada vez más tomas de posición en función de principios explícitamente políticos. De hecho, lo que me parece importante es que la encuesta de opinión trata a la opinión pública como una simple suma de opiniones individuales, recogidas en una situación que, en el fondo, es la de la cabina electoral, donde el individuo va furtivamente a expresar en el aislamiento una opinión aislada. En las situaciones reales, las opiniones son fuerzas y las relaciones entre opiniones son conflictos de fuerza entre los grupos.

Otra ley se desprende de estos análisis: se tienen más opiniones sobre un problema cuanto más interesado se está por este problema. Por ejemplo, en relación al sistema de enseñanza la tasa de respuestas está íntimamente unida al grado de proximidad respecto al sistema de enseñanza, y la probabilidad de tener una opinión varía en función de la probabilidad de tener poder sobre aquello de lo que se opina. La opinión que se afirma como tal, espontáneamente, es la opinión de personas cuya opinión tiene peso, como se suele decir. Si un ministro de educación actuase en función de una encuesta de opinión (o, al menos, a partir de una lectura superficial de la encuesta), no haría lo que hace cuando actúa realmente como político, es decir, a partir de las llamadas de teléfono que recibe, de la visita de tal responsable sindical, de tal decano, etc. En realidad, actúa en función de estas fuerzas de opinión realmente constituidas que sólo se manifiestan a su percepción en la medida en que tienen fuerza y en que tienen fuerza porque están movilizadas.



Tratándose de prever lo que va a ser de la universidad en los próximos diez años, pienso que la opinión movilizada constituye la mejor base. De todas formas, el hecho, del que dejan constancia los no-contestan, de que las disposiciones de determinadas categorías no accedan al estatuto de opinión --es decir de discurso constituido que pretende una coherencia, que pretende ser escuchado, imponerse, etc.--, no debe llevarnos a concluir que en situaciones de crisis las personas que no tenían ninguna opinión elegirían al azar: si el problema se halla constituido políticamente para ellos (problemas de salario, de cadencias de trabajo para los obreros), elegirán en términos de competencia política; si se trata de un problema que para ellos no está constituido políticamente (relaciones represivas en el interior de la empresa) o si está en vías de constitución, se guiarán por el sistema de disposiciones profundamente inconsciente que orienta sus elecciones en los ámbitos más diferentes, desde la estética o el deporte hasta las preferencias económicas. La encuesta de opinión tradicional ignora al mismo tiempo los grupos de presión y las disposiciones virtuales que pueden no expresarse en forma de discurso explícito. Por ello es incapaz de generar la menor previsión razonable sobre lo que pasaría en situación de crisis.

Supongamos un problema como el del sistema de enseñanza. Se puede preguntar: "¿qué piensa usted de la política de Edgar Faure?" Es una pregunta muy parecida a una consulta electoral, en el sentido de que es la noche en que todos los gatos son pardos: todo el mundo están en general de acuerdo sin saber sobre qué; sabemos lo que significó el voto por unanimidad de la ley Faure en la Asamblea Nacional. A continuación se pregunta: "¿está usted a favor de la introducción de la política en los institutos?" Aquí se observa un corte muy claro. Ocurre lo mismo cuando se pregunta: "¿pueden hacer huelga los profesores?" En este caso, los miembros de las clases populares, por una transferencia de su competencia política específica, saben qué responder. Se puede preguntar además: "¿hay que transformar los programas? ¿Está usted a favor de la evaluación continua? ¿Está usted a favor de la introducción de los padres de los alumnos en los consejos de profesores? ¿Está usted a favor de la supresión del examen de agregación?, etc.". Bajo la pregunta "¿está usted a favor de Edgar Faure?" subyacían todas estas preguntas y las personas han tomado posición de golpe sobre un conjunto de problemas que un buen cuestionario sólo podría plantear mediante al menos sesenta preguntas en las que se observarían variaciones en todos los sentidos. En un caso, las opiniones estarían asociadas positivamente a la posición en la jerarquía social; en otro, negativamente; en algunos casos, la asociación sería muy fuerte; en otros, muy débil, o incluso no se daría en absoluto. Basta con pensar que una consulta electoral representa el límite de una pregunta como "¿está usted a favor de Edgar Faure?" para comprender que los especialistas de sociología política puedan afirmar que la relación que se observa habitualmente, en casi todos los ámbitos de la práctica social, entre la clase social y las prácticas o las opiniones, es muy pequeña cuando se trata de fenómenos electorales, hasta el punto de que algunos no dudan en concluir que no hay ninguna relación entre la clase social y el hecho de votar derechas o izquierdas. Si tienen en cuenta que una consulta electoral plantea en una única pregunta sincrética lo que sólo se podría aprehender razonablemente en doscientas preguntas, que unos miden en centímetros, otros en kilómetros, que la estrategia de los candidatos consiste en plantear mal las cuestiones y en jugar al máximo con el disimulo de las divergencias para ganarse los votos indecisos, y tantos otros efectos, llegarán a la conclusión de que quizás haya que plantear al revés la cuestión tradicional de la relación entre el voto y la clase social y preguntarse cómo es posible que a pesar de todo se constate una relación, aunque sea pequeña; e interrogarse sobre la función del sistema electoral, instrumento que, por su propia lógica, tiende atenuar los conflictos y las divergencias. Lo que es verdad es que estudiando el funcionamiento de la encuesta de opinión uno puede hacerse una idea de la manera en que funciona este tipo particular de encuesta de opinión que es la consulta electoral, así como del efecto que produce.

En suma, he querido decir que la opinión pública no existe, al menos bajo la forma que le atribuyen los que tienen interés en afirmar su existencia. He dicho que existen, por una parte, opiniones constituidas, movilizadas, de grupos de presión movilizados en torno a un sistema de intereses explícitamente formulados; y, por otra, disposiciones que, por definición, no son opinión si se entiende por tal, como he hecho a lo largo de todo este análisis, algo que puede formularse discursivamente con una cierta pretensión a la coherencia. Esta definición de opinión no es mi opinión sobre la opinión. Es simplemente la explicitación de la definición que ponen en juego las encuestas de opinión cuando le piden a la gente que tome posición respecto a opiniones formuladas y cuando producen, por simple agregación estadística de las opiniones así producidas, este artefacto que es la opinión pública. Simplemente digo que la opinión pública en la acepción implícitamente admitida por los que hacen encuestas de opinión o por los que utilizan sus resultados, simplemente digo que esta opinión no existe.


*Conferencia impartida en Noroit (Arras), en enero de 1972, y publicada en Les temps modernes, no. 318, enero de 1973, pp. 1292-1309. Ver, también: P. Bourdieu, Questions de sociologie, París, Minuit, 1984, pp. 222-250. Texto de la versión en castellano de Enrique Martín Criado, en: Cuestiones de Sociología, Istmo, España, 2000, pp. 220-232, Col. Fundamentos, no. 166.
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