Ateos y judíos convertidos a la fe católica lima – perú 2005 ateos y judíos convertidos a la fe católica nihil Obstat



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ATEOS Y JUDÍOS

CONVERTIDOS

A LA FE CATÓLICA


LIMA – PERÚ

2005


ATEOS Y JUDÍOS

CONVERTIDOS

A LA FE CATÓLICA


Nihil Obstat

P. Fortunato Pablo

Prior Provincial

Agustino Recoleto


Imprimatur

Mons. José Carmelo Martínez

Obispo de Cajamarca (Perú)


ÁNGEL PEÑA O.A.R.

LIMA – PERÚ

2005

ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: EL ATEÍSMO
Convertidos.

Agustín María Schowaloff. Illemo Camelli.

Charles de Foucauld. Lecompte de Noüy.

Joergensen. Eva Lavallière. Charles Nicolle.

Henri Ghéon. Huymans. Evelyn Waugh.

Peter Wust. Daniel Rops.

Leonard Cheshire. Fred Copeman. Adolfo Retté.

Takashi Nagaï. Giovanni Papini.

Jacques Maritain. Maria Meyer-Sevenich. Alberto Leseur.

Paul Claudel. Martin Bormann. Regina García.

Ignace Lepp. Alexis Carrel. García Morente.

Pieter van der Meer. María Benedicta Daiber.

Douglas Hyde. Dorothy Day. Svetlana Stalin.

André Frossard. Sergio Peña y Lilio. Sandra Elam.

Janne Haaland Matlary. Vladimiro Roca. Narciso Yepes.

Leonardo Mondadori. Vittorio Messori.


SEGUNDA PARTE: EL JUDAÍSMO
Convertidos.

Hermann Cohen. Teodoro de Ratisbona.

Alfonso María de Ratisbona. Henri Bergson.

Edith Stein. Max Jacob. Raphael Simon.

Kenneth Simon. René Schwob. Jean Jacques Bernard.

Eugenio Zolli. Karl Stern. Bernard Nathanson. Jeri Westerson.

Jean Marie Lustiger. Martin Barrack. José Cuperstein.

Sr. Mary of Carmel. Reflexiones.


TERCERA PARTE: CONSIDERACIONES
La ciencia. ¿Existe Dios? Experiencia de Dios.
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

La conversión es un encuentro personal con Cristo, en el que se compromete toda la persona y toda la vida futura. Eso supone dejar muchos valores, muchas cosas preciosas por otras que se descubre que son mejores. A veces, supone un proceso mental largo y doloroso en el que hay que reajustar todos los valores y esquemas mentales con los que uno ha vivido tranquilamente durante años. Con frecuencia, se dan muchos casos de personas que llegan a convencerse de la verdad de la fe católica, pero no son capaces de renunciar a sus comodidades y seguridades.


Convertirse, en una palabra, puede significar dejarlo todo y comenzar una vida nueva, lo que da un poco de miedo, sobre todo, cuando uno ya ha llegado a la madurez, y es más difícil cambiar de vida. Por eso, para convertirse hace falta mucha dosis de fe y de confianza en Dios para dar el salto al vacío sin importar el qué dirán, sino queriendo obedecer la voluntad de Dios. Porque llevar una doble vida y disimular las propias ideas religiosas sería un martirio del corazón y una infidelidad a Dios.
Ciertamente, la fuerza de Dios y su gracia son poderosas para poder superar todas las dificultades. Por eso, hay muchos que, a pesar de todo, se arriesgan y se convierten, aunque este paso, en algunos casos, requiere años de reajuste y de convencimiento gradual.
Evidentemente, cada conversión es un caso particular. No hay dos conversiones iguales. En algunos casos, la irrupción de Dios es de un modo excepcional y milagroso. Las personas se convierten instantáneamente. En otros el proceso es lento y doloroso. Por ejemplo, André Frossard se convierte milagrosamente al sentir una oleada de amor al entrar en una capilla del barrio latino de París. Manuel García Morente siente la presencia de Jesús en su habitación y es capaz de dejarlo todo y hacerse sacerdote como lo hizo Alfonso de Ratisbona, Herman Cohen y otros muchos.
Pero a Paul Claudel le costó cuatro años el dar el paso definitivo. A Bernard Nathanson le costó varios años de conversaciones con el Padre O’Connor y lo mismo a Eugenio Zolli o a Karl Stern.
La pregunta es: ¿Por qué no se convierten todos o, al menos, la mayoría de los no católicos? ¿Por qué hay, por el contrario, católicos que se cambian a otras religiones?
Ciertamente que la falta de fe y de conocimiento de la fe católica puede llevar a actitudes negativas y a renegar de la fe verdadera por ignorancia o falta de vivencia personal. Pero otros muchos no se convierten, porque no ven un buen testimonio en los católicos comunes y corrientes.
Nietzsche decía: Me gustaría que los cristianos tuvieran más pinta de haber sido salvados. Por supuesto que eso no es ni debe ser una excusa válida para los que deben convertirse, pero lo cierto es que el mensaje cristiano no brilla con toda su intensidad en el mundo. Además, hay muchos prejuicios arraigados, que tienen mucho peso sobre todo en los jóvenes. Muchos de estos prejuicios son fruto de una tradición racionalista, que ha querido crear un mundo sin Dios. Existe un anticlericalismo evidente en algunos países, que condiciona las opiniones de muchos, especialmente de los jóvenes. Se emplean argumentos contra el cristianismo y contra la Iglesia, sacando siempre a relucir el tema de las Cruzadas, Galileo, la Inquisición o la conquista de América. Estos anticlericales crean anticuerpos a través de los medios de comunicación social e influyen en la sociedad. Sin embargo, Dios tiene sus caminos y, aunque muchos no quieran verlos, de vez en cuando, suscita conversiones de gente importante, que no se pueden ocultar.
En este libro presentaremos testimonios de conversiones de ateos y judíos a la fe católica. En el libro Regresando a casa hemos escrito sobre convertidos de otras iglesias cristianas. Ojalá que la lectura de este libro nos ayude a valorar nuestra fe católica y a amar a Cristo con todo nuestro corazón.

PRIMERA PARTE
EL ATEÍSMO

En esta primera parte, vamos a hablar del ateísmo, presentando algunos testimonios de ateos convertidos a nuestra fe para que podamos entender a quienes todavía siguen en ese camino y, sobre todo, para que podamos sentir un nuevo celo por compartir con ellos nuestra fe, que es un maravilloso tesoro, que Dios nos ha regalado y que no podemos ocultar y mucho menos callarlo por comodidad, temor o egoísmo personal.


Hay en la actualidad muchos hombres que se dicen ateos y que, incluso, lo dicen con cierto orgullo, como si hubieran descubierto algo que los demás, por su ignorancia, todavía no conocen. Muchos de ellos quizás sean solamente ateos teóricos, pues, en la vida real, actúan como si Dios existiera y llevan una vida correcta de acuerdo a su conciencia. Ellos serán juzgados benévolamente por Dios, ya que quizás por malas experiencias o por prejuicios adquiridos, se han forjado una imagen falsa de Dios. Hablan de un Dios injusto, cruel, amigo de los ricos y olvidado de los enfermos y de los pobres, que ciertamente no existe. Pero hay otros ateos prácticos que rechazan toda idea de Dios, de moral o de religión, y viven sin perspectiva eterna, pues creen que todo termina con la muerte.
Evidentemente, al no creer en Dios, no aceptan la idea del bien o del mal. Porque ¿quién ha dicho que esto es bueno y esto es malo? Si Dios no existe, todo está permitido, como diría Dostoievski.
Basta repasar la historia del comunismo en Rusia y en otros países para ver a dónde han llegado los gobiernos ateos con sus crueldades y sus crímenes, con sus persecuciones y sus desprecios de los derechos humanos. El hombre sin Dios, puede volverse una bestia. Por eso, alguien ha dicho que, si Dios no existiera, habría que inventarlo. Pero ¿realmente Dios no existe? ¿Es solo una idea de la mente?
Veamos lo que dice el filósofo italiano Federico Sciacca, en su obra El ateo, expresando en un monólogo, los sentimientos de un ateo, que en lo profundo de sí mismo no está seguro de lo que dice:
Si Dios no existe, ¿qué más busco? ¿Qué busco todavía? Busco. Y él, él, que no existe, me sigue, me persigue. Se me ha hundido aquí, en medio de la cabeza, como un clavo. Pienso y existe el clavo; pienso y se me clava más. El pensamiento es mi martillo cruel. Dios es siempre despiadado con los ateos. Los persigue.
Déjame, Dios, no te necesito; necesito echar tu sombra para estar solo conmigo. Tú eres un espectro obstinado. Yo no tengo necesidad de ti. ¿Qué quieres, pues, espectro?... ¿Niego a éste o aquel dios? No, niego a Dios. ¿Y después? Después renace como la salamandra y toma todas las formas como el camaleón... A él se le puede matar. Lo he matado. ¡El espectro! Los espectros no se pueden matar. Él está dentro, muerto, pero vivo. Yo, que le he matado, estoy muerto por él... No deja en paz ni siquiera a los muertos, los quiere resucitar... Él está vivo, vivo, pegado como un ave de rapiña al cadáver de mi conciencia. Quisiera resucitarme a picotazos. Pero yo, antes de renacer con él, prefiero vivir muerto sin él. Es más viril. ¿0 estúpido?... En resumen, Dios está en mi ateísmo. Yo no sería ateo, si él no existiese. Es una contradicción insoluble. No la resuelvo más que obedeciéndole. No la venzo, sino creyendo en el Dios que niego, afirmando a Dios. Lo quiere mi propio ateísmo, lo exige tiránicamente. Negar a Dios es la hipótesis prohibida, porque es afirmarle. Lo sé y me rebelo. Si tú no existieses, no te negaría. Y si existieses, ¿por qué esta tremenda tentación de la razón de negarte? Si tú no existieses, jamás yo hubiera podido pensar en ti...
Te pido paz... Tú, el amor, eres implacable como el amor verdadero y sufrido. Nada persigue más que el amor1.
Considero que el testimonio de ateos convertidos puede ser un buen argumento a favor de la existencia de Dios. Ellos, generalmente, después de luchas y estudios, llegaron a descubrir la luz de Dios, que dio paz y alegría a sus vidas.

CONVERTIDOS
Vamos a ver algunos de los ateos convertidos más famosos para ver qué mensajes nos dan. Ellos vivieron lejos de Dios y encontraron después en Él, la alegría y el sentido de su vida.
Agustín María Schouwaloff nació en 1804 en San Petersburgo, Rusia. Escribió el libro de su camino espiritual, titulado Mi conversión y mi vocación sacerdotal. Fue educado en la Iglesia ortodoxa griega. Su madre rezaba mucho por su conversión, pues él era prácticamente ateo. Uno de los libros que más le ayudaron fue el libro de las Confesiones de san Agustín. Al morir su esposa, él se hizo sacerdote católico2.
Illemo Camelli, convertido italiano, había sido socialista y ateo revolucionario, aunque había hecho de niño la primera comunión. Una conversación con el capuchino Padre Comini, le abrió su espíritu a Dios y a la Iglesia. Un día, como por intuición, descubrió a Dios y sintió algo nuevo en su corazón. Dice así: Vi, comprendí y amé. Dios es la fuerza inescrutable, oculta en todas las cosas. Él crea y sostiene la vida. Cuando en la tarde de ese mismo día, guiado por la providencia, leí las palabras del Apóstol: “En Él vivimos, nos movemos y existimos”, quedé como sin aliento, paralizado por la embriaguez de espíritu y golpeando mi frente con la mano, caí de rodillas, repitiendo entre lágrimas: “Oh Dios, Oh Dios, Oh Dios”. Tenía a Dios. Tenía la vida. Había pasado meses y meses en una apatía de pantano y, de repente, mi cerebro alcanzó una frescura y agilidad inusitadas. Mil problemas de la vida se me ofrecían y para todos veía una solución nueva, inesperada3.
A los 29 años, el día de Navidad de 1905, se ordenó de sacerdote.
Charles de Foucauld (1858-1916) fue educado de niño en la fe católica, pero después de su primera comunión, perdió la fe por causa de los malos amigos. Y dice: Yo era un impío, un egoísta. De fe en el alma no me quedaba ni huella4.
Se dedicó a la carrera militar, pero fue expulsado por su mal comportamiento a los 22 años. A partir de ahí, llevó una vida de diversión y de placer que no le daba paz a su alma. Una mañana de octubre de 1886, estando en París, fue a la iglesia de san Agustín y le pidió al Padre Huvelin que le ayudara a encontrar la paz. El Padre Huvelin le dijo que se arrodillara y se confesara. Después de una larga conversación, aceptó confesarse y así comenzó para él una nueva vida, buscando a Dios con desesperación.
Quiso entrar de trapense en la abadía de Nuestra Señora des Neiges y después en la trapa de Akbes en Siria. Pero se dirigió a Palestina, donde estuvo un tiempo viviendo en Nazaret y Jerusalén, siendo empleado de las religiosas clarisas. Después volvió a Francia para prepararse al sacerdocio, que recibió el 9 de junio de 1901, a los 42 años.
Decía: En cuanto creí que existía Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él. Ordenado sacerdote, se fue a vivir entre las tropas francesas del Sahara, primero en Beni-Abbes. Allí rescató esclavos y atendió a los enfermos, ayudando todo lo posible a los naturales, además de ser capellán de los soldados. Lo llamaban el hermano universal, porque era sacerdote y hermano para todos.
Después se fue a vivir entre los tuáregs de Tamanrasset, tratando de acercarlos a Dios, respetando sus costumbres. A ellos también les ayudaba con sus conocimientos médicos, curando enfermos. Y el tiempo libre lo dedicaba a estar a solas en oración ante Jesús Eucaristía. Decía: ¡Qué delicia tan grande, Señor, poder pasar quince horas sin nada más que hacer que mirarte y decirte: Te amo! Allí lo asesinaron el 1 de diciembre de 1916. Cuando lo encontraron muerto, la custodia, con la hostia consagrada, estaba tirada en la arena a su lado.
Actualmente, hay discípulos y seguidores de Charles de Foucauld en varios países del mundo y, concretamente, en el oasis de Beni-Abbes. Son los hermanitos y hermanitas de Foucauld.
Pierre Lecompte de Noüy (1883-1947), biólogo francés, que se alejó totalmente de Dios. Escribió el libro de su conversión titulado L’avenir de L’esprit (El porvenir del espíritu), que publicó en 1941.
Joannes Joergensen (1866-1956), danés y uno de los más grandes escritores católicos del siglo XX. En su conversión le ayudaron mucho otros dos convertidos: Mogens Ballin y Verkade, que llegó a ser monje benedictino. En su Diario de Asís cuenta su conversión. Escribió algunos libros sobre vidas de santos.
Eva Lavallière (1866-1929), famosa artista de teatro, que se convirtió de su vida mundana y se hizo terciaria franciscana.
Charles Nicolle (1866-1936), francés, premio Nóbel de Medicina. Su llegada a la fe tuvo mucho que ver con la amistad con el jesuita Padre Le Portois. Con él tuvo muchas conversaciones aclaratorias, que describe en su obra La destinée humaine (El destino humano). Se reconcilió con la Iglesia, en la que había sido bautizado de niño, el 22 de agosto de 1935.
Henri Ghéon (1875-1944) era médico francés. En la primera guerra mundial, al ver tanta muerte y destrucción, empezó a rezar el Padrenuestro y, poco a poco, regresó a la fe católica de su infancia. Al terminar la guerra, en 1919, publicó el libro de su conversión L’homme né de la guerre (El hombre nacido de la guerra). Se hizo terciario dominico.
Joris-Karl Huymans (1848-1907), gran escritor francés, gustaba ir a las abadías benedictinas a encontrar un poco de silencio y paz. Y allí, comenzó a sentir la presencia de Dios. En su libro En route (En camino), publicado en 1895, narra su conversión. También escribió el libro Las multitudes de Lourdes, donde habla de las maravillas de Lourdes. Se hizo oblato benedictino.
Evelyn Waugh (1903-1966), uno de los escritores ingleses más conocidos. Educado en una familia protestante, quiso ser pastor, pero perdió la fe a los 16 años. Sus conversaciones con el Padre Martín C. d’Arcy lo llevaron a la Iglesia.
Peter Wust (1884-1940), filósofo alemán, volvió a la Iglesia en la Pascua de 1923. Y dice: Desde el día de mi retorno al redil, todo escepticismo fue barrido de un golpe. Desde aquel día fui de nuevo ingenuamente creyente como un niño 5. Escribió el libro de su conversión titulado Unser Weg zur Kirche (Nuestro camino a la Iglesia).
Daniel Rops (1901-1965) fue un gran escritor francés, que en 1955 entró a formar parte de la Academia francesa. Escribió muchas obras para llevar la fe católica a las grandes mayorías. Fue poeta, novelista e historiador. Su principal obra fue Historia de la Iglesia de Cristo en 9 volúmenes. Es importante leer sobre su camino espiritual, el libro Sourvenirs et pensées (Recuerdos y pensamientos) 6.
Leonard Cheshire fue el más famoso piloto de la RAF (fuerza aérea inglesa), durante la segunda guerra mundial y recibió la Cruz de la Victoria. Fue el que tiró la bomba atómica sobre Nagasaki el 9 de agosto de 1945. Inmediatamente después, pidió la baja de la RAF y se dedicó a fundar casas para acoger a enfermos y hacer campañas contra la guerra. Fue recibido en la Iglesia católica el día de Navidad de 1948 y todas las semanas organizaba viajes aéreos a Lourdes durante el verano. Fue un católico activo y comprometido.

Fred Copeman (1907-1983), inglés, expulsado de la Armada británica por indisciplina, se hizo comunista. Fue jefe de la brigada inglesa de 400 hombres que luchó contra Franco en la guerra civil española de 1936. En 1938, como miembro del partido comunista inglés, visitó Rusia y su desilusión le hizo dejar el partido comunista. Fue miembro del partido laborista inglés. En su Autobiografía, titulada Reason in revolt (Razón en revuelta), explica los caminos de su vida. Sus conversaciones con el sacerdote jesuita Martindale lo llevaron a la conversión. Se bautizó pocos días antes de la Navidad de 1946.
Adolfo Retté (1863-1930), gran escritor, poeta y periodista, muy conocido en Francia en los primeros años del siglo XX. Él nos cuenta: Apenas llegado a la edad adulta, llegué a ser ateo convencido, un materialista militante. Me uní a los enemigos de la religión y tomé parte en todas sus acciones abominables. Desde los 18 años, comencé un período de locuras y desórdenes, de los cuales me horrorizo y reniego de todo corazón… En todas partes de Francia sembraba el odio a la Iglesia católica e insultaba a Cristo, a quien llamaba, con desprecio, el galileo7.
Y siguió por mucho tiempo con su vida licenciosa con una mujer de ojos negros. Pero estaba insatisfecho consigo mismo. Un día de 1905, se fue a dar un paseo por el bosque y se puso a leer los primeros cantos sobre el purgatorio de la Divina comedia de Dante. De improviso, le vienen dudas: ¿No podría ser cierto lo que dice la Iglesia católica de que, cuando un pecador se arrepiente de sus pecados, llega a ser digno del cielo? ¿Será verdad que Dios existe? ¿Y si existe Dios?8
Aquella misma tarde, le va a visitar un escritor, amigo suyo, que estaba dudando de regresar a la Iglesia católica. Él trata de disuadirlo y, cuando se va su amigo, se pone a escribir un artículo para el periódico anticlerical. Pero, en la noche, no puede dormir y se levanta de madrugada, va a su oficina y rompe en pedacitos el artículo escrito. Y dice: Sentí una gran paz y una gran alegría, y me dormí tranquilo.
Sigue con sus luchas internas. Un día, en sus paseos por el bosque, piensa en los científicos y en los filósofos que, para explicar el universo, dan diversas hipótesis, que vienen continuamente descartadas por otras nuevas; sin embargo, la enseñanza de la Iglesia católica permanece inmutable. Sus dogmas comenzaron con su fundación y están de alguna manera en los evangelios. Todo esto no se explica humanamente, pues la humanidad fluctúa en diversas posiciones continuamente. ¿Y, si la Iglesia católica, realmente, ha nacido de una revelación divina, y Dios existe?
Apenas pronunció estas últimas palabras, sintió una liberación y una gran paz de espíritu. Hubiera querido correr a un sacerdote para abrirle su alma, pero tenía miedo, vergüenza y temor de enfrentarse con la verdad.
En 1906, regresó a París y comenzó a frecuentar los salones mundanos, pero se sentía insatisfecho, vacío y triste por dentro, hasta el punto que la idea del suicidio le rondaba cerca. Una tarde, decide entrar en la catedral Notre Dame, que estaba casi desierta, pero se queda en la puerta y dice: Dios mío, ten piedad de mí, aunque sea un grandísimo pecador. Ayudadme.
En setiembre de 1906, visita el santuario de Cornebiche y le dice a la Virgen: Algo me ha empujado a venir aquí. Hasta ahora, nunca te he invocado. A ti, a quien los fieles te invocan, acudo para que le pidas a tu Hijo que me diga qué debo hacer. Entonces, oye una voz dulcísima en el interior de su alma, que le dice: Vete a encontrar un sacerdote. Libérate del fardo que te aplasta y entra sin miedo en la Iglesia católica9.
Regresa a París y otro poeta y escritor amigo suyo y ferviente católico, Francisco Coppée, lo lleva a visitar a un sacerdote de san Sulpicio. Era un sacerdote anciano, con los ojos llenos de luz y con el rostro sereno y amablemente sonriente, con el cual se confesó. Era el 12 de octubre de 1906.
Al regresar a su casa, se sentía liberado y exclamó antes de acostarse: Madre de mi Dios, me confío completamente en vuestras manos. Presentad mi alma a vuestro Hijo10. A partir de ese momento, su vida se convierte en un canto de alegría. Y después de su primera comunión, dice: ¿Por qué no se puede detener el tiempo en esta hora solemne de calma e inocencia? Después de mi primera comunión, vivo en una especie de sueño luminoso. Todos mis pensamientos son para el Señor. Veo el universo con nuevos ojos11.
Había encontrado la paz, que tanto necesitaba, sin la cual no podía ser feliz. En 1907, escribió el relato de su conversión con el título Du diable a Dieu (Del diablo a Dios). En su libro Milagros de Lourdes, manifiesta un gran amor por María, nuestra Madre.
Takashi Nagaï (1908-1951), médico radiólogo japonés, escribió su vida en el famoso libro Las campanas de Nagasaki. Se había dejado seducir por el materialismo ateo durante sus años de estudiante, buscando la verdad solamente en la ciencia. Tuvo la suerte de alojarse, siendo estudiante, en casa de la familia Moriyama, fervorosos católicos, y se casó con una de sus hijas. En junio de 1933 recibió el bautismo. Sobrevivió a la bomba atómica que cayó sobre su ciudad de Nagasaki el 9 de agosto de 1945.
Él cuenta lo ocurrido: Repentinamente el cielo se iluminó por un instante y el resplandor de una luz hizo palidecer el sol de verano. Una columna de humo blanco empezó a subir de la tierra, tomando la forma de una gigantesca seta u hongo. Una luz terrible. No hubo ruido. Pero lo que aterrorizó y heló la sangre fue el soplo inmenso que se escapó de debajo de la nube blanca. A una velocidad aterradora pasó sobre las colinas y los campos arrasándolo todo. Las casas de las cimas cedieron ante su fuerza, y cada árbol del campo fue arrancado de cuajo y sus hojas desaparecieron como por encanto. Se diría que un invisible, pero gigantesco cilindro compresor, trituraba cuanto hallaba a su paso. Un horrible ruido hirió de súbito los oídos de los que presenciamos de lejos tan terrible espectáculo. Nos sentimos levantados, tirados contra una pared de piedra a cinco metros de allí.
Herido en la región de los ojos, creí que había perdido la vista. No era así, pero estaba ensangrentado. Y el edificio entero se había derrumbado. Enterrado entre los escombros, luché denodadamente hasta que terminé por salir por mi propio esfuerzo. El espectáculo que tenía ante mis ojos era apocalíptico. Entre escalofriantes masas de carne, se destacaban lentamente, a rastras, aquellos en los que había una chispa de vida .Empezamos los primeros cuidados, pero nunca me había sentido tan impotente, tan inútil para poder ayudar a aquellos seres humanos destrozados y desgarrados por el dolor.
No podíamos atender a todos los que se agolpaban en torno a los escasos médicos supervivientes. Apenas habíamos mal vendado a uno, cuando se presentaba otro con la misma súplica: ¡Doctor, sálveme!
Jamás me había sentido tan impotente como al mirar el terrible panorama de miedo, de agonía, de muerte y destrucción. No podía hacer nada, absolutamente nada. La sangre me corría por el rostro, desde las sienes hasta la barbilla. Los ojos parecía que me iban a estallar. A veces, queriendo incorporar un cuerpo, para ver si retenía aún señales de vida, se deshacía en mis manos como fango pegajoso. Miré al cielo y oré.
Al día siguiente, siguió curando a los heridos sin darse tregua. El día 11 pudo ir a su casa, pero su casa no existía más y hasta le resultó difícil encontrarla. Buscó entre los restos a su esposa. Estaba calcinada. Recogió sus huesos y vio que, en su mano derecha, tenía un rosario. Había muerto con el rosario en la mano. Más tarde, al remover los restos de su casa, encontró el crucifijo, que la familia de Midori había conservado durante 250 años en medio de las persecuciones. Pudo decir: He sido despojado de todo y sólo he encontrado este crucifijo. El 20 de noviembre, en una misa por todos los difuntos de la ciudad, en la catedral de Urakami, el barrio católico de Nagasaki, dijo en su intervención: El holocausto de Jesucristo en el Calvario, ilumina y confiere significado a nuestras vidas.
Takashi Nagaï fue un gran médico católico, que ofreció sus sufrimientos por la salvación del mundo. Murió a los 43 años, debido a los efectos de las miles de radiografías tomadas sin la debida protección. En 1949 recibió en su casa la visita del Emperador del Japón, reconociéndole sus méritos a favor de la patria12.
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