Aurpegiko Begia Segunda época, nº 6



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El cocinero
Por Andoni
¿Cuál es la máxima ilusión de un cocinero? ¿Qué es lo que más orgullo puede producir a alguien como yo? Sin ninguna duda, ver que la gente que come lo que cocinas se levanta de la mesa satisfecha, saciada y contenta. Sin embargo, siendo el cocinero de una prisión, eso no es demasiado facil de conseguir. No sólo por la mala calidad de la materia prima. También porque comer en la cárcel nunca es un placer. Aquí, se come por necesidad, y por no morir de hambre. Incluso hay gente que decide dejarse morir, y para ello dejan de comer. En esos casos, mi trabajo es superfluo. Sin embargo, procuro no alejarme de ellos. Siento como una obligación hacerles algún tipo de servicio, y les suelo suministrar bebidas y consuelo. Pero la muerte por hambre es horrible. En ocasiones, para acortar sus sufrimientos, les doy algún tipo de veneno en la bebida. Los guardias lo saben, pero no les importa demasiado; un preso menos significa, simplemente, menos trabajo para ellos. Incluso les he dado una idea. Para que los presos que van a ser ejecutados no den problemas durante la noche anterior a su muerte, se les mete una potente droga en su última cena, a veces en el vino, a veces en lo que comen.
Generalmente, lo que piden para cenar los reos condenados a muerte no suele ser nada del otro mundo. En realidad, casi todos quieren comer algún plato típico de su tierra. Sin embargo, de vez en cuando, hay alguno que pide comer el mismo menú que coma el Rey esa misma noche, y yo cumplo su último deseo con gran placer. El cocinero real es un viejo amigo de mi juventud, y él me informa y me consigue el material. Recuerdo a un muchacho que me pidió hacer un besugo de Bermeo al horno. Había sido compañero de celda, y le había comentado alguna vez que uno de los mejores platos que sabía preparar, si no el mejor, era precisamente ese. Le puse todo mi cariño, además de un poco de limón y sal. Creo que fue el mejor besugo que he preparado en mi vida. En esas ocasiones saco de mi interior todo lo que tengo, en esos instantes vuelvo a ser uno de los mejores cocineros al servicio de la nobleza de la capital.
¿Cómo llegué a la cárcel? ¿Cómo una persona con su vida ya resuelta acaba encerrada de por vida? En mi caso, fue una combinación de codicia, mala suerte y desesperanza. Nací en el norte, en una tierra fría y en la que llueve casi a diario. Los campos están verdes todo el año, pero la humedad se siente en los huesos. Mi vida en aquella tierra era muy difícil. Mi padre tenía una venta, llamada Benta-zaharra, en la que dábamos de comer a los caminantes que pasaban hacia la capital procedentes de Francia, o que hacían el camino de Santiago. Ganaba dinero suficiente para alimentarme a mí, a mis ocho hermanos, a mi madre, a mis cuatro abuelos e incluso a una amante y otros dos hijos que tenía abajo, en el pueblo, aunque eso yo entonces no lo sabía. Sin embargo, ganaba tanto dinero a base de trabajar como un animal durante todo el día, desde la mañana que bajaba al mercado (y que era el momento en el que estaba con su amante) hasta la noche, que preparaba cenas. Con él aprendí a cocinar. Yo sabía que, siendo el hijo mayor, la venta sería para mí cuando mi padre muriera. Sin embargo, aquella vida no era la que yo deseaba. En mis sueños adolescentes, me veía viajando a lejanos lugares, donde vivir aventuras sin fin, seducir bellas y exóticas mujeres, conseguir riquezas infinitas. Y el primer paso para lograr mi sueño era dejar mi tierra. Por eso me fui, dejando a mi familia, renunciando a la venta a favor de mi hermano Iñigo. La capital sería mi primera escala, donde conseguiría dinero suficiente para viajar.
Pocos días después de mi llegada, conseguí mi primer trabajo como cocinero. Me contrató el jefe de cocina de un duque. Al principio, desconfiaba de mí, pero pronto vio que yo era uno de los mejores cocineros a su cargo, y empezó a permitirme trabajar a mi aire. En apenas un año, se retiró y yo me convertí en el nuevo jefe de cocina. En un par de años más, me convertí en uno de los cocineros más respetados de la capital. El duque empezó a recibir visitas frecuentes del Rey, que deseaba probar alguno de mis platos, del que le había hablado tal conde o tal otro marques. Pero yo quería irme, y no ganaba lo suficiente para poder pagarme el viaje a París que, por algún motivo juvenil y romántico, debía ser mi siguiente escala. Así pues, decidí tomar un atajo. Robé. Como una criada del duque me descubrió, la estrangulé. Pero no valía para asesino. Dejé tantas pistas, tantos errores cometí, que me capturaron antes de salir de la ciudad. Tuve mucha suerte. Al haber sido únicamente una criada a quien maté, me condenaron tan sólo a 40 años de prisión. Si hubiera sido el duque quien me descubriera, nadie me habría librado del garrote vil.
En prisión, todo se reduce a dos palabras: Dentro o fuera. Tu estás dentro, todo lo bueno, todo lo que deseas, todo lo que añoras, está fuera. La cocina de la prisión, donde me pusieron a trabajar casi al mes de llegar, está dentro. Las mujeres que te venden el género que prepararás, están fuera y desde fuera te pasan las verduras, carnes y pescados. Tu mente puede estar fuera, pero no puede hacer que tu cuerpo se le una, porque ese cuerpo está encerrado, dentro.
Sin embargo, en presidio aprendí muchas cosas. Aprendí a respetar a los delincuentes. No son peores que la gente que está fuera de la cárcel. Simplemente, tienen menos suerte. Cualquiera puede acabar encerrado. Ni tan siquiera es necesario cometer un delito, basta con tener mala suerte, ganarse un enemigo o cometer un pequeño error. Cuando acabé mi condena, no tenía nada fuera. Sesenta años, casi cien kilos, un cuerpo destrozado por los años de mala vida, y debía empezar desde cero. Así pues, pedí trabajo en la propia cárcel, e incluso hoy en día sigo haciendo lo mismo que durante los últimos cuarenta años. Eso sí, ahora vivo fuera, a cien metros de la puerta del presidio, pero fuera. De vez en cuando, me acuesto con alguna joven, que de esa manera se gana un dinero. Supongo que eso me convierte en un putero, pero en mi descargo debo decir que a nadie engaño ni a nadie hago daño. Incluso, algunas de esas chicas me tienen cariño, dicen que soy un botijito de lo más simpático, e incluso alguna hay que no me suele querer cobrar. Dice que conmigo lo hace porque quiere. Sin embargo, sé que necesita el dinero para poder vivir, así que me aseguro que no se vaya sin él. Además, soportar mi peso debe ser duro.
Mi vida es ahora monótona, aburrida y, sin embargo, casi feliz. No pido más. Supongo que seré una de las pocas personas a quien la mazmorra ha rehabilitado.

Hace menos de un año, pedí un mes libre en la prisión, con la excusa de algunos temas personales. Me lo concedieron, y utilicé lo que había ahorrado durante meses para volver al norte. Mis hermanos ya no trabajan en Benta-zaharra. Ahora lo lleva una sobrina mía, que ni siquiera había nacido cuando yo me fui de allí. No me identifiqué, pregunté por mis hermanos como si fueran unos viejos amigos. Me dijo que aquella gente por la que preguntaba hacía tiempo ya que no vivían allí. Mis padres habían muerto. Mi madre, al de pocos meses de irme yo. No pudo superar la tristeza de perder de golpe marido e hijo, y es que mi padre acabó abandonándola por “la otra”. También ella, “la otra”, había muerto, durante el parto del que hubiera sido mi tercer medio-hermano. Mi padre, hacía apenas dos años, de viejo. Mis hermanos se desperdigaron. Algunos fueron a hacer las indias, otros encontraron su forma de vida fuera del pueblo que les vio nacer. Iñigo se quedó. Pero también él y su mujer habían muerto ya. También se quedó mi hermano mediano, Koldo, pero no me atreví a visitarlo.


Mi sobrina es toda una mujer. Está casada con un muchacho trabajador y respetuoso, y cuando la conocí estaba embarazada. Me dijo que si era niño, le pondría de nombre el de un tío suyo que ella no había llegado a conocer, que se marchó a conocer mundo y que jamás volvió. Cuando me di cuenta de todo lo que de verdad había perdido, maldije el día en el que gesté mis sueños de aventuras, maldije París, maldije a las exóticas mujeres y hasta a mí mismo.
Pero no podía recuperar el tiempo perdido. Ella se había hecho una imagen ideal de mí, el aventurero mítico que afronta graves peligros no por placer, sino porque ese es su modo de sentirse vivo. Yo no tenía derecho a desenmascarar a su héroe. No podía decirle que aquel tío suyo no era más que un asesino convicto y confeso. No podía decirle que aquel ser ideal que se había creado sólo existía en su imaginación.
Me despedí de ella y de su marido. Jamás conoceré a su hijo, que si es varón se llamará como yo, como un homenaje que sé que no merezco.
Decidí utilizar el tiempo que quedaba de mi permiso para viajar por la que alguna vez había sido mi tierra. Visité todos los lugares de mi niñez. Recorrí toda la comarca a pié. Uno de los últimos días antes de volver a la capital, a retomar mi trabajo, vi a un hombre cortando apeas, para realizar el cercado para el ganado. Su rostro me resultaba vagamente familiar, pero no lo reconocí, al principio no. Me acerqué. Cuando llegué a su lado, al lado de mi hermano Koldo, vi cómo habría sido yo de haberme quedado. Un hombre anciano, prematuramente envejecido por el duro trabajo, pero feliz.
No pareció reconocerme, y tampoco yo quise decirle quien era. Hablamos del tiempo, del ganado, de lo mal que estaban las cosas por la maldita guerra de Flandes. Me despedí de él, y ya me iba, cuando me hizo una única pregunta.
“¿Encontraste lo que buscabas cuando te fuiste?”
No supe que decir. Me quedé petrificado. Supongo que es imposible engañar a un hermano.
“Creo que ahora si lo he encontrado.”
“Entonces, has ganado la felicidad.”
Y dicho esto, siguió con su trabajo. Creo que le dije la verdad. Encontré lo que buscaba. Pero no estaba tan lejos como yo creía, ni era necesario pasar por París.

Moisés, el patriarca



Por Ezequiel-vio-la-rueda

Es uno de los personajes bíblicos más conocidos y, sin embargo, también es uno de los más difíciles de entrevistar. Moisés vive, hoy en día, en el barrio madrileño de Vallecas, donde se dedica a su nuevo trabajo de fontanero. Le entrevistamos en su taller, mientras preparaba un inodoro que debía colocar en el ayuntamiento madrileño.
Pregunta: ¿Cómo al patriarca de todos los hebreos llegó a convertirse en un fontanero?
Moisés: Bueno, experiencia no me faltaba. Fíjate que uno de los pasajes más conocidos de mi vida consistió precisamente en el control de cantidades ingentes de agua, cuando cruzamos el mar rojo. (Éxodo 14, 1-31)
Pregunta: Tu vida ha dado para varias películas, aunque la más conocida de ellas sea, probablemente, “los diez mandamientos”. ¿Qué opinas de cómo se llevó tu vida al cine?
Moisés: Hombre, la película me gustó, pero no tengo claro que sea el protagonista que se eligió fuera, precisamente, el mejor posible...
Pregunta: Era Charlton Heston, ¿no? ¿Acaso te parece mal actor?
Moisés: No es que me parezca mal actor, pero es que no soy yo demasiado partidario de las armas, y ese tío es el presidente de la asociación nacional del rifle...
Pregunta: ¿De verdad no te gustan las armas? Pues no es que tu vida fuera precisamente una demostración de pacifismo...
Moisés: Pero era otra época, no creo yo que hoy en día nadie mentalmente sano planteara invadir un país por sus riquezas, además nosotros teníamos el permiso de Dios. (Éxodo 3, 17.)
Pregunta: Ya, bueno. Se ve que últimamente no lees demasiado el periódico, ni ves la tele... De todas maneras, no me refería únicamente a la decisión de tu Dios de quitar sus tierras a los cananeos, y de proclamar que palestina es la tierra prometida de los judíos, proclamación que aún hoy trae cola en el mundo. Me refería a otras muchas cosas que hiciste. Por ejemplo, siendo muy jovencito mataste a un egipcio que maltrataba a un hebreo ( Éxodo 2, 11). Algo de mala leche si que tenías...
Moisés: Bueno, yo creo que se puede considerar defensa propia.
Pregunta: Hombre, tanto como defensa propia... yo lo considero más bien un asesinato por causa del pecado de la ira, pero en fin, vamos a darte el beneficio de la duda. ¿Y eso de condenar a todo un país a pasar sed convirtiendo en sangre el río? (Éxodo 7, 14) Si lo rematamos con la plaga de Ranas (Éxodo 8, 1), y las posteriores plagas de piojos (Éxodo 8, 16), moscas (Éxodo 8, 20), la muerte del ganado (Éxodo 9, 1), las úlceras (Éxodo 9, 8), la plaga de granizos (Éxodo 9, 13), la de langosta (Éxodo 10, 1) y finalmente la de tinieblas (Éxodo 10, 21) podemos decir que los egipcios tenían motivos más que suficientes para desear la muerte de todos los judíos.
Moisés: Nada, nada. Esos son minucias, tácticas normales para lograr nuestros objetivos.
Preguntas: ¿También es una minucia la muerte de todos los primogénitos, sean adultos o niños, inocentes o culpables, buena gente o grandísimos hijos de la gran puta? (Éxodo 12, 29-30) Además, lo anunciaste de antemano, es decir, que hubo premeditación. (Éxodo 11, 1-7)
Moisés: No, eso no es una minucia. Es un daño colateral.
Pregunta: Ya veo, ya. Hay algo que no termino yo de entender. ¿Porqué se le llaman los diez mandamientos si, en realidad, en el texto original se dan muchas más de diez órdenes? (Éxodo 20, 1-17, son los diez mandamientos, pero sigue dando leyes hasta Éxodo 31, 18, es decir, unas 14 páginas más)
Moisés: Bueno, pero se resumen en diez, que son las diez conocidas por todo el mundo, y creo yo que son leyes justas.
Pregunta: ¿Te parecen justas todas las leyes que te dictó Dios? ¿Incluidas las que vienen inmediatamente después de los diez mandamientos?
Moisés: Todo lo que dice Dios es bueno, justo y necesario.
Pregunta: ¿Incluso eso? Dejemos que los lectores decidan. Poquitas líneas después de los diez mandamientos, en Éxodo 21, 1-11, aparecen las leyes hebreas sobre la esclavitud, entre las que aparece la venta de las propias hijas, por ejemplo, que no está prohibido en absoluto por la Biblia. También poco después aparece la ley del talión, la famosa frase del “ojo por ojo, diente por diente”. Te recuerdo la famosa frase sobre esta ley, no recuerdo el autor, la de “ojo por ojo, y el mundo quedará ciego”. ¿No crees que tu Dios era un poco animal y bastante poco presentable?
Moisés: Hombre, es una opinión. De todas formas, la esclavitud ha existido en todos los países del mundo, y en cuanto al ojo por ojo, sigue vigente en muchos ordenamientos jurídicos.
Pregunta: Si, en todos aquellos países que se rigen por la ley islámica, en todos aquellos que persisten en aplicar la pena de muerte aún hoy, que se ha demostrado estadísticamente que los países sin pena de muerte tienen unas tasas de delincuencia inferiores incluso a aquellos que la mantienen... En fin, sigamos la entrevista. Tras recibir las tablas de la ley, volviste al campamento en el que estaba el pueblo y descubriste que estaban adorando un becerro de oro. (Éxodo 32, 1) Entonces juntaste a unos cuantos de los tuyos y mandaste que mataran a sus hermanos, amigos y parientes, para expiar el pecado. (Éxodo 32, 25) Murieron unas 3000 personas, pero a Aarón, tu propio hermano, que era quien había fabricado el becerro de oro con los pendientes del pueblo, no sólo no lo mataste, sino que muere de viejo y entre honores (Números 20, 22-29), y a los 123 años. (Números 33, 39) Que, ¿tráfico de influencias, o simple y vulgar morro?
Moisés: Hombre, tuvo el castigo de no llegar a pisar jamás la tierra prometida, que es un castigo muy grave.
Pregunta: Si, se le castigó a no conocer jamás la tierra prometida, como a toda su generación y estuvo el resto de su vida vagando por el desierto junto con el resto del pueblo, pero siendo alimentado por Dios en persona, comiendo maná, codornices... Eso de currar, no sé si llegó a conocerlo desde que salió de Egipto. Además, hay que tener en cuenta que él era el principal responsable del becerro, y a pesar de murmurar contra ti y contra Dios, no sufrió castigo alguno por ello, al contrario que María, la otra persona que murmuró. (Números 12, 1-16) En fin, que ya veo que tú no criticas al jefe ni de coña, principalmente porque eres un pelota y un enchufado... O más bien porque eres igual de facha que él. Una preguntita: Aunque tú eres muy anterior a la fundación de la iglesia católica, creo que puedes dar una opinión sobre si crees que la iglesia debía haber excomulgado a quienes han montado una guerra puramente económica.
Moisés: Yo creo que no es una guerra económica, en mi opinión ha sido una defensa de los derechos humanos de los Kurdos y del resto de la población iraquí, además de buscar la destrucción de unas armas de destrucción masiva que eran un peligro para la estabilidad mundial.
Pregunta: Ya, pero los derechos humanos de los Kurdos de Turquía no parecen ser tan importantes, y los derechos humanos de la población iraquí se los pasaban por el arco del triunfo cuando llevaron a cabo un bloqueo económico que provocó hambre y un aumento exponencial de la mortandad infantil. En cuanto a las armas de destrucción masiva, aún no han aparecido y los británicos y estadounidenses ya empiezan a dejar ese tema en un segundo plano. Incluso un alto funcionario estadounidense, nada menos que el subsecretario de defensa, Paul Wolfowitz, ha reconocido que la causa principal de la guerra era asegurar el suministro petrolífero.
Moisés: Ya, pero ya dijo la ministra de asuntos exteriores española, la señorita Ana Palacio, que quien tiene que demostrar que no había armas de destrucción masiva es Irak, que ellos no tienen que demostrar nada.
Pregunta: Coño, así que los iraquíes deben demostrar que son inocentes. Yo siempre había creído que todo el mundo era inocente hasta que se demostraba lo contrario. Está muy bien, esto. En fin, para acabar la entrevista, estoy seguro que a nuestros lectores les gustaría saber cual es tu opinión acerca del siguiente pasaje de la Biblia, según la tradición, escrito por ti: Deuteronomio 32, 8-9: “Cuando el altísimo distribuyó su herencia entre los pueblos, cuando dividió a los hombres, estableció las fronteras de los pueblos según el número de los pueblos de Israel. Pues la porción de Yahvé es su pueblo, la parte de su herencia es Jacob”. Vamos a ver: A Yahvé le toca en herencia un pueblo, lo cual quiere decir que recibe una herencia... ¿de quien? Además, aquí se habla de que “el altísimo” es quien distribuye la herencia, lo cual indica que Yahvé no es el altísimo. ¿De qué hablamos, de politeísmo o de que Yahvé no es Dios sino hijo de Dios?
Moisés: Sin comentarios.
Pregunta: Hombre, tú escribiste ese pasaje, explícanoslo que yo no lo entiendo.
Moisés: No, hombre, que es que no tengo tiempo, mira es que tengo que colocar estos inodoros para que el alcalde haga sus cagadas tranquilo sin que la oposición le pille con los pantalones bajados.
Dicho esto, Moisés se largo dejándonos con el micrófono en alto, enhiesto podríamos decir. Podemos decir que aquello fue un coitus interruptus, y nos tememos que fue para no responder a la última pregunta. Lo sospechamos, principalmente, porque se fue a instalar unos inodoros... dejando los inodoros en el taller.

Nuevas festividades justas



Por el Ciberconspiracionista

El último número de Aurpegiko Begia vio la luz un nuevo artículo publicado por el Alcázar Toledano. El abuelo me hizo ver la luz, respecto a un hecho claro: Muchos de nosotros no nos sentimos cómodos con las fiestas oficiales. Desde luego, no defiendo instaurar las fiestas que proponía el Alcázar: yo estoy mentalmente sano. Pero sí que creo que algunas fiestas deben ser sustituidas.
No me siento cómodo con las fiestas de navidad. ¿Porqué debo celebrar el nacimiento de un señor en quien no creo? Además, a poco que se investigue un poco el asunto, se demuestra que la iglesia católica se inventó esa fecha, para sustituir otras fiestas ya existentes, unas fiestas paganas como eran las saturnales. En el caso de verdaderamente haber existido, no tenemos ni la más remota idea de en qué fecha nació ese individuo, pero casi seguro que no nació en pleno invierno.
Tampoco me siento demasiado cómodo celebrando la semana santa, por varias razones. Una de ellas, ya la he comentado al hablar de la navidad, pero es que además no veo yo demasiado claro que se celebre la tortura y muerte de un señor al que se supone que se admira. Vale, se supone que luego resucitó, pero de todas formas a mí me dan una grima que paqué las procesiones, con toda esa parafernalia de los pasos, tíos dándose de latigazos, chavalas caminando descalzas por la calle con cara de compungidas, señoras de cierta edad llorando por alguien que teóricamente al menos murió hace 2000 años y música de cornetas y clarines que a mí me recuerdan el ritmillo que se oye en la plaza antes de entrar un morlaco de 550 kilos con intenciones asesinas hacia un tío que le espera de rodillas en la arena cagadito de miedo. Y no me gustan los toros.
Los carnavales tampoco me enrollan demasiado, más que nada porque me jode un huevo que haya que disfrazarse para pasárselo bien. Pues a mí no me sale de los cojones disfrazarme, joder. ¿Tengo que vestirme de payaso para poder hacer el payaso? Pues no. Creo que tengo derecho a hacer el payaso vestido como siempre, joder. Pero en mi pueblo por lo menos, si no te disfrazas en carnavales eres un “cortao”, o un “soso”, o un “antiguo”, o peor aún, un “aburrido”. La leche, con lo que me aburre a mí disfrazarme.
Pero si hay una fiesta que rechazo de plano, es la del 12 de octubre. Me importa un carajo cómo la queráis llamar. Si es el día de la hispanidad, es que no tengo muy claro yo qué es ser hispano; ¿Fujimori, hijo de japoneses, es hispano? ¿Maradona, descendiente de italianos, es hispano? Peor aún si hablamos de día de la raza; ¿De qué raza? ¿De la de Rigoberta Menchú, de la de Rubén Blades, de la del subcomandante Marcos o de la de Nicolás Lappenti? Porque no me digáis que es la misma, que no cuela.
Y si de lo que hablamos es del aniversario del descubrimiento de América, tampoco tengo demasiado claro yo que se deba celebrar el aniversario del inicio de un genocidio. Además; ¿De qué sirve a los actuales ciudadanos del Estado Español que un judío genovés al servicio de Castilla haya descubierto un continente? ¿Acaso en el restaurante cubano de turno nos van a cobrar menos los mojitos por eso? Cuando me toque le primitiva y me vaya de vacaciones a Colombia, ¿Me van a invitar los colombianos a café gratis durante una semana porque tenga pasaporte español? ¿Acaso los neonazis van a tratar mejor a los ecuatorianos que vienen al estado huyendo de la dolarización de su economía por ser ciudadanos de una antigua colonia?
Así pues, creo que deberían reconocernos el derecho a no celebrar según y que fiesta, y sustituirlas por fiestas más acordes con nuestras ideologías, gustos y manías.
Por ejemplo; a mí me gustaría celebrar San Se-murió-por-fin-de-una-puta-vez, el 20 de noviembre. En esa fecha del año 1975 hubo quien abrió una botella de champán que llevaba 39 años esperando esa ocasión. Creo que eso merece una celebración por todo lo alto.
Otra fecha que creo que vale la pena celebrar es la del 19 de junio. En esa fecha de 1867, según me informó recientemente un amigo mexicano, fue fusilado el emperador de México, Maximiliano de Habsburgo, un listillo que había sido puesto en su puesto por Napoleón III. Vamos a ver, yo no soy partidario de la pena de muerte, y creo que debía haber sido enviado de vuelta a Francia con una patada en el culo pero no muerto. Lo que creo que hay que celebrar de ese día es, además del final de una guerra, el final de una aventura imperialista por parte de los franceses y el inicio de la auténtica independencia de un pueblo. Otra cosa es que aún ese pueblo no sea libre, pero todo se hará.
El día 12 de abril es también una fecha preciosa; en 1931, unas elecciones municipales dan la victoria a los republicanos. Dos días después, Alfonso XIII sale por piernas, dejando solos en el palacio a su mujer y a sus hijos. Muy caballeroso no era el rey que digamos... Pero es una fecha a recordar, el final de una monarquía que había abierto la puerta a una dictadura como la de Primo de Rivera.
El 17 de junio de 1991 fue también una fecha que no debería caer en el olvido. Ese día se suprimió, al menos oficialmente, el Apartheid en Sudáfrica. Ahora que hay quien quiere hacer ver que en Euskadi hay dos sociedades enfrentadas entre sí, esta fecha tiene una importancia vital, más que nada para no olvidar a donde llevó a todo un país la intolerancia del poder.
El 1 de enero del 2001 también fue una fecha inolvidable. Ese día dejó de haber servicio militar en España, y a pesar de que aún sigue habiendo motivos para la insumisión, acabó la esclavitud legal de miles de jóvenes al año.
Tampoco debemos olvidar el 17 de enero del 1966, día en el que dos aviones gringos chocaron en el aire sobre la población de Palomares, en Almería. Unos meses después, en marzo, Manuel Fraga Iribarne, se dio un baño en las playas de dicho pueblito, junto con el embajador estadounidense, dando así a entender que jamás había habido peligro para la población y que no había ningún tipo de contaminación radiactiva. Pero lo cierto es que en dos de las bombas el detonador había estallado en parte, y nadie sabe en realidad porqué no estalló ninguna de las dos. Habría significado la muerte inmediata del 75 % de la población valenciana y malagueña, el 50 % de la madrileña y el 25 % de la barcelonesa, zaragozana y sevillana, según las estimaciones de los expertos. Eso, olvidando la contaminación radiactiva que habría asolado el mediterráneo durante milenios. Además, tan sólo se realizaron análisis a 100 vecinos, observando que 29 de ellos habían resultado contaminados. Pero las presiones estadounidenses hicieron que sólo en 1985 tuvieran acceso a sus historias clínicas. Eso sí, nadie dimitió ni fue procesado por un delito contra la salud pública, y Fraga sigue en política, afirmando que tan sólo hay alguna manchita de chapapote en la costa de la muerte mientras los pescadores quedan sin campaña del verdel y de anchoa, cerca del 50 % de sus ingresos del año. Pero eso sí, la gente sigue votando al del baño de Palomares, y es que debemos ser gilipollas.
Otra fecha que me gustaría celebrar, es el 30 de junio. Tal día como ese, en Bermeo, y hace ya algunos años (no recuerdo exactamente cuantos) cerró por falta de estudiantes el que había sido el colegio con más alumnos del pueblo. Coño, diréis, que mala baba tienes, joio. Pues si, os replicaré. Cuánto les odiabas, diréis. Pues si, os contestaré. Porque en ese colegio estudié. Era un colegio religioso atendido por los hermanos menesianos, y en ese colegio me hice Ateo por la Gracia de Dios. Supongo que los cientos (tal vez miles) de reglazos en la mano que me dio el hermano Celestino (en tandas de 20, 30 y hasta 100, 50 en cada mano, el día en el que huí de un castigo, injusto por cierto) cuando yo tenía 8 años fueron muy efectivos, casi tanto como ver a mi compañero de clase Miguel Ángel sangrando por un oído tras un bofetón del hermano José Antonio, o las bofetadas con reprís del Hermano Barturen. Han pasado cosa de 20 años, pero ni olvido ni perdono, y mi venganza consiste en disfrutar sabiendo que no volverán a maltratar a más niños de mi pueblo. Por eso me gustaría celebrar ese día por todo lo alto, con serpentinas por la calle y un coro cantando “adiós con el corazón que con el alma no puedo” a pleno pulmón.
Finalmente, una fecha a celebrar por encima de todas: el 10 de abril de 1998, Viernes Santo, los irlandeses firman un acuerdo de paz que, a pesar de todos sus defectos y de todos los palos puestos en las ruedas por extremistas de ambos lados, lleva camino de hacer llegar la paz a Irlanda del Norte. A ver si en Euskadi aprendemos. Pero Aznar no es Tony Blair (aunque le gustaría); Enrique Villar no es precisamente Mo Mowlam y, desde luego, Arnaldo Otegi no es Gerry Adams.




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