Autor: H. Kittner original: so!Kia, Die vergangene zukunft



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Autor: H. KITTNER

Original: SO!KIA, DIE VERGANGENE ZUKUNFT

ISBN: 978-84-612-3952-8
Idea del diseño de la portada:

H. Kittner

Portada realizada por:

max@boutique-creativa.com


© Copyright 2009

Todos los derechos reservados.

Duplicados, traducciones, impresiones y/o publicaciones solo se puede efectuar con el permiso por parte del autor o de una persona o autorizada por escrito.

Impreso bajo licencia a dar por:

haraldkittner@yahoo.es
Harald Kittner

“SO!KIA, EL FUTURO PASADO”



Mis más sinceros agradecimientos a:

Harald Homann de Castelldefels.

Una mención muy especial a Angel de Gava,

y Elena de Padilla de Abajo que han sido sin

duda las personas clave en la debida traducción

al español, trabajo duro y agobiante.
Todos juntos prestaron su estimada ayuda en la

realización de esta novela de un tipo de ciencia-

ficción que quizás no lo es tanto.
Agradecimientos también a las muchas personas

que aguantaron mí humor cambiante desde tiempos

casi pretéritos y de las cuales nada se desde

hace mucho.


A pesar de eso,

¡GRACIAS!

a todos ellos.


H.K.

Afirmar que la tierra nuestra sea el único mundo habitado en la inmensidad del universo que nos rodea es igual de absurdo qué predecir que en un campo sembrado de mijo germinará un único grano.

Metrodoro, filósofo Griego, nacido en el siglo IV a.C. (traducido literalmente)



SO!KIA , EL FUTURO PASADO
Muy, pero muy lejano:

Cubiertas por una densa niebla, desde el profundo valle hasta las cumbres invisibles de las montañas lejanas, se encuentran dos gigantescas esferas de un color verde irisado, en una actitud expectante apostadas sobre sus soportes, mientras la luz tenue intenta infructuosamente traspasar la penumbra.



Muchos miles de años atrás.
Procedente de la helada profundidad del cosmos interestelar penetraba una gigantesca bola de fuego cual una lanza incandescente emitiendo un ruido estremecedor y en la cada vez más densa atmósfera. Alumbraba una cola deslumbrante de llamaradas de un color rojo-amarillento que se extendía a lo largo de miles de millas por encima de un maravilloso planeta, semejante a un reluciente diamante de vivos colores en blanco-verde-azulado que parecía flotar en un negro absoluto salpicado por lucecitas brillantes a su alrededor en la lejanía.

Violentas ondas de presión atmosférica y truenos de cientos de distintos sonidos ensordecedores se precipitaban hacia la superficie del planeta a modo de un aviso final dirigido a la posible vida que pudiera existir allí abajo.

A una todavía gran altura, el centro de la bola de fuego estalló repentinamente partiéndose en diversos trozos de desiguales tamaños, pero igualmente incandescentes, por encima de una enorme extensión de tierra firme y verde. Un espectáculo absolutamente grandioso, pero mortal.

Minutos después golpeó la parte más grande con una fuerza diabólica en un mar azul intenso, levantándose masas de agua hirviendo hasta alturas descomunales, lanzando a la atmósfera abrasada flora y fauna marina. Los demás trozos se distribuían envueltos en sus aureolas al rojo vivo, dejando detrás de sí hirvientes vapores por amplias áreas del sufrido planeta. Se estrellaban contra tierra firme, extinguiendo toda vida, penetraban con gran estruendo en masas de hielo, en milisegundos cambiaban su estado natural, convirtiéndolo en vapor de agua.

Gol, el mayor del clan, sentado al lado de su hogera y a espaldas de su cueva, observó con sus ojos casi saliendo de sus orbitas, perplejo y asustado el cielo rojo y rugiente desde donde se precipitó una bola de fuego a una velocidad enorme. Mucho antes de que el fuego alcanzara el suelo los colosales abetos prendían e inclinaban sus copas como si de antorchas se tratara.

Todos los intentos defensivos de Gol con sus brazos extendidos hacia lo desconocido eran infructuosos.

Sonidos de desolación, angustia y desesperanza salían de sus abultados labios. En el último momento intentó proteger a su pequeño nieto con su propio cuerpo, viejo, pero masivo y fuerte.

Sin embargo, así no podía detener el desastre que destruía a ambos. Nadie podría. Ni entonces ni hoy en día. Un silencio mortal envolvió todo. Comenzaba una era nueva.

¡OTRA VEZ!

Hamburgo, hace poco.

Después de su venta por parte de la naviera arruinada y su costosísima transformación en un buque de investigación de altura, y su inevitable cambio de nombre en “ATLANTE”, el antiguo buque de abastecimiento de plataformas petrolíferas, también denominado “Supply-Boat de nombre“Waldturm” se encontraba amarrado al muelle de armamento del astillero hamburgués Blohm & Voss.

La obra viva se había pintado con nuevo anti incrustante y su casco flotaba en el agua del puerto hanseático de Hamburgo, medio salino, medio dulce, salubre por la influencia de las mareas.

El cambio de nombre en “ATLANTE” dio fe del resultado de las nuevas circunstancias.

La fina franja roja del nuevo anti incrustante, visible por encima de la línea de flotación como también la pintura verde oscura nueva de la obra muerta del casco hasta la cubierta y el reluciente blanco de la sobre-estructura indicaban que la embarcación estaba lista para zarpar.

Alrededor de la embarcación había la normal llovizna de una también bastante normal triste mañana de la ciudad libre y hanseática.

Aún faltaba por embarcar un tripulante, el Primer piloto Jan Huber, como todos a bordo sabían.

Un Taxi paró junto a la pasarela. La puerta posterior izquierda se abrió empujada desde el interior. Un hombre todavía joven, de mediana estatura, pelo rubio apagado, vestido con unos vaqueros desgastados y abrigo marino de color azul oscuro, conocido como “Kolani” bajó del vehículo. Con los pies firmes en el suelo estiró sus extremidades, como lo hace cualquiera después de un viaje largo y agotador en una postura absolutamente incómoda.

El joven rodeó la parte trasera del Taxi, levantó el capó del maletero y extrajo de él un anticuado petate marinero, hecho de lona gruesa blanca y en cuya parte alta figuraba el nombre del propietario de esta antigüedad escrito con rotulador azul. Siguió un bolso de viaje de color más bien negro que había conocido tiempos mejores.

El recién llegado colocó los bultos sobre el brillante adoquinado del suelo, mientras el Taxi abandonaba a su pasajero, dejando tras de sí una maloliente nube de gasoil. Se volvió y pasó su mirada desde su situación elevada al borde del muelle sobre las estructuras del buque, tan conocidas de días muy lejanos en el pasado, allí abajo en las sucias, malolientes y salobres aguas del río Elba.

Lo que vio era una cubierta principal corrida de 32 por 10,80 metros, una proa como arrufada de 12 metros de largo conteniendo los alojamientos de la tripulación, y encima de todo, lo que en el lenguaje marino se llama el “puente”.

Y precisamente a esta parte del buque, iluminada en su interior y situada prácticamente a la altura de sus ojos se dirigía su interés particular de inmediato.

Por la puerta del puente orientada hacia el muelle salió a la aleta del puente una persona barbuda de estatura imponente y vestida con vaqueros azules y jersey blanco de cuello alto, casi a la misma altura del joven del abrigo azul.

Faltaba una pipa de espuma de mar en su cara que hubiese completado la imagen de un marino, como diagnosticaba el joven.

El hombre imponente a bordo miraba hacia el hombre del Kolani azul.

— ¿Es usted el nuevo Piloto? —voceaba.

— ¡Sí, capitán! ¡Soy Jan Huber! ¡Llevaré en un momento el equipaje a mi camarote y subiré al puente, si le parece bien!

— ¡Está bien! Le envío un marinero para llevarle el equipaje e indicarle el camino.

“Con la marea tan alta como hoy, la barca parece realmente grande con todos sus aparejos añadidos. La recordaba mucho más pequeña” —pensó Jan para sus adentros, pero voceaba:

— ¡Si no le importa, capitán, el marinero no hace falta, ya lo haré yo!

— ¡Como quiera, Chiefmate! Cuando esté listo le pido que suba al puente —fue la respuesta inmediata.

Oblicuamente hacia abajo, hasta topar con la cubierta principal, estaba colocada una pasarela que brillaba por la humedad acumulada.La pasarels se hallaba apoyada arriba en el borde del muelle, por la cual el piloto o primer oficial comenzó a bajar, agarrándose con una mano al pasamanos y balanceando con la otra el petate sobre su “chepa”.

Mientras, abajo en la cubierta le esperaban dos personas, una masticando un presunto chicle con movimientos lentos de la mandíbula, mientras observaban esta acción con obvio interés, el otro tenía las manos en los bolsillos de sus pantalones casi hasta los codos. El primero las cruzaba sobre su pecho.

— ¿Necesita usted ayuda, Chiefmate? —dejó oír uno de los dos mientras Jan llegaba, más bien deslizándose que andando, a la cubierta.

— ¡Pues claro! ¡Ya que estáis ahí y os aburrís! ¿Porque no? —les contestó.

Jan apenas había puesto el pie en la cubierta de madera muy gruesa cuando uno de los dos trepó por la pasarela, agarró el bolso de viaje y en menos de un abrir y cerrar de ojos ya había vuelto a la cubierta.

— ¡Gracias!

— No hay de que, piloto. Faltaría más. Se entiende.

— Me llamo Jan Huber. ¿Y quienes son ustedes si se puede preguntar?

— Este con cara de imbécil, con los ojos de vaca y que aún no ha recobrado el aliento, es el marinero Klaus Reimers. Yo soy el engrasador y asistente de máquina Paul Oldenburg. ¡Bienvenido a bordo, señor Huber!

— ¡Tócame los huevos, engrasador! Cuando alguien lleva una cara de imbécil tal como una rata piojosa de tierra, seguro que pertenece al personal de máquinas ¿No tengo razón, piloto? —escuchó Jan la áspera voz del marinero fumador.

— Señores, ¿qué les parece si este tema tan delicado lo tratamos exhaustivamente después entre nosotros? Primero dejadme instalarme a bordo. Además me parece tener una conferencia sumamente importante con el capitán arriba en el puente. Debo presentarle mis credenciales antes de que ustedes y yo nos podamos conocer mejor y a fondo.

Riendo y bromeando, Jan y sus nuevos y futuros tripulantes se dirigieron ahora a babor, hacia una puerta dentro de un pasillo lateral cubierto, dejando de lado dos enormes cabestrantes eléctricos, casi el doble de alto de un hombre, equipados con gruesos cables en sus grandes tambores. Su meta, una compuerta metálica del pasillo interior. Pasaron en fila india por encima del borde de brazola de unos 45 centímetros de alto, el destructor de numerosas espinillas, cuyo acometido original consiste sin embargo en evitar que el agua del mar embarcado en algún momento durante la navegación pudiera llegar al interior de la embarcación e inundar lo que no debe. A continuación pasaron por delante del comedor en el cual varias personas envueltas en densas nubes de humo de cigarrillos giraron sus blancas caras hacia los que pasaban por allí, mientras la pesada compuerta de la entrada se cerró sola detrás de ellos como por arte de magia.

— ¡Buenos días a todos!

— ¡Buenos días, señor!

— ¡Good day!

— ¡Guten Tag!

— ¡Bueno! Why not? Cuantos más idiomas hable uno, tanto más vale en la sociedad, o algo parecido dijo una vez un personaje histórico —pensaba Jan. Llegó con sus acompañantes, que llevaban el equipaje, al final de un pasillo y a una escalera interior que les conducía a la cubierta superior. La cubierta de los oficiales.

Al final de la escalera había que girar a la izquierda y después penetrar por una puerta de madera a la cabina de babor que se identificaba mediante un pequeño letrero de plástico, letras negras sobre fondo blanco, que ponía: 1. Officer.

Jan daba un paso definitivo sobre el umbral y entró en su camarote. Ahora sí, el Piloto, Primer Oficial, Timonel, Chiefmate o Mate a secas, de nombre Jan Huber estaba oficialmente a bordo del “Atlante”.

Los acompañantes de Jan dejaron el equipaje en el suelo del camarote y salieron saludando, dejando un suave olor a chicle de menta en el aire.

Antes que todos los asuntos que había en su agenda, lo más importante e imprescindible era ofrecer sus respetos al “viejo”—pensaba Jan.

Jan abandonó la cabina sin deshacer su equipaje y cerró la puerta tras de sí, lo que para todos los miembros de la tripulación era una señal y una ley no escrita entre la marinería que dice, “la entrada en este camarote está prohibida en estos momentos”, y se fue en dirección a la escalera interior que subía al puente.

Los escalones le llevaban a la sala iluminada del puente donde se guarda material náutico con el sobrenombre de “cuarto de derrota”, en el cual el capitán le estaba esperando apoyado contra la mesa de cartas, evaluándole como es uso entre los hombres del mar de todas las naciones marítimas. La primera impresión es la importante, y la que más cuenta, aparte de los exámenes aprobados en la escuela naval.

También Jan evaluaba a su superior. El resultado era bastante positivo. Se llevarían a la perfección, dando siempre por supuesto que cada uno se mantuviera en su lugar.

El “viejo” inició esta primera conversación exploratoria.

—Seguro que en las oficinas de la naviera le han dicho cómo me llamo y si no, lo rememoramos. Mi nombre es Gert Bau. Según me han informado, usted conoce bastante bien este buque, aún de los tiempos anteriores a la transformación y cuando abastecía algunas plataformas en el Mar del Norte navegando desde Aberdeen en Escocia. Usted estaba entonces a bordo en calidad de marinero ordinario al final de los años ochenta, ¿correcto? —afirmó el “viejo”.

—Así fue. Correcto, capitán.

—Como habrá observado, algunas cosas han cambiado desde entonces, y... — De repente, todo estaba a oscuras. Sirenas de alarma destrozaban la conversación. Varias lucecitas rojas y amarillas parpadeaban frenéticamente en el pupitre de mando del puente.

—Un corte eléctrico, nada nuevo —se dejó oír el “viejo” desde la penumbra que envolvía a ambos.

Uno de los generadores de emergencia abajo, en las profundidades de la sala de máquinas, se puso en marcha con sacudidas, escupió nubes de humo negro grisáceo por unos tubos de escape en paralelo y con forma de mástiles cortos como Jan pudo observar por los ventanales de popa del puente. Y enseguida el estado de emergencia lumínica se dio por terminado.

—Esto ha ocurrido varias veces ya. Los electricistas del astillero no han conseguido dar con la causa hasta el momento. Dos de ellos aún están en la sala de máquinas junto con nuestro jefe de máquinas y el segundo ingeniero. Ojala entre todos consigan enderezar el asunto pronto —dijo el capitán.

— ¡Si esto no lo consiguen los tipos del astillero, no lo logrará nadie! —contestaba Jan.

—OK, volvamos a lo que nos interesa a nosotros, los náuticos —prosiguió el “viejo”. —Desde el punto de vista de la construcción naval solo se ha añadido una nueva hélice transversal en proa, el llamado timón de proa o bowthruster. Encima y debajo de la cubierta, sin embargo, se han desmontado los antiguos depósitos para la barita, el cemento y el gasoil, que eran las cargas transportadas para las plataformas en su día. Su lugar lo ocupan ahora laboratorios, así como instalaciones biotécnicas y diversas otras de índole científica. Pero todo eso ya lo verá. En cubierta se han instalado el pescante de popa para el mini-submarino y la nueva grúa hidráulica de 15 toneladas que, como usted sabe, no existía antes, pero seguramente la necesitaremos, pues el mini-sub pesa demasiado como para levantarlo con un “¡Hurra!” y a pulso de cuatro hombres, cuatro esquinas.

Menos mal. El “viejo” goza de un agudo sentido de humor. —pensaba Jan, diciendo no obstante: —Y los contenedores-vivienda en cubierta ¿para cuántas personas están dimensionados?

De repente el alumbrado de emergencia parpadeaba, se apagó del todo y el alumbrado estándar entraba en funcionamiento despidiendo el sonido atronador y vibrante del generador de emergencia.

—Bueno. ¿Quién lo dice? ¿Quién se queja? ¡Todo arreglado! ¡Venga, piloto, tomemos un trago de café!

Jan Huber y el “viejo” abandonaron el puente, haciendo este caso omiso de la pregunta referente a los ocupantes de los contenedores-vivienda, mientras el sol en lo alto del cielo se esforzaba intentando atravesar las densas nubes.

Y Jan pensó: —A propósito de los contenedores-vivienda casi a ras de cubierta, cuando sus ocupantes quieran ir al comedor, por ejemplo, deben contar muchas veces con tener los pies mojados, pues la cubierta principal está apenas 40 centímetros por encima del nivel de la superficie del mar. Un franco bordo menor y poco aceptable que el de una barca de remos del Binnenalster. (2)

(2) Lago urbano de Hamburgo

Primavera en el Mediterráneo, ayer.
El muy viejo pescador egipcio Mohamed Chucri tenía solo un poco más edad que su pequeña barca casi ruinosa de pesca, impulsada por un motor de dos cilindros con arranque manual mediante una manivela algo oxidada. Contaba con 72 veranos bajo el sol de Alá y la embarcación unos 60 años más o menos, más bien más. Se había ganado sus profundas arrugas y surcos en cara y manos muy, pero que muy honradamente.

Cualquier europeo normal y con alguna experiencia marítima solo se atrevería a subir a bordo de esta pieza de museo con el completo equipo de emergencia, y quizás ni así. Seguro que el Lloyd Germánico nunca sería capaz ni siquiera de imaginar que tal vehículo flotante tendría unas mínimas posibilidades de mantenerse a flote. Y no hablemos de la temeridad y el desprecio a la muerte de sus tripulantes que pisaban sus por poco podridas tablas.

Mohamed, sin embargo, mostraba a diario una infinita y férrea confianza tanto en su barca como también en Alá. De todos modos no le quedaba otra alternativa si pretendía alimentar a su esposa, los tres hijos menores en paro de un total de seis y a sí mismo.

Mohamed, vestido con caftán y fez, la vestimenta masculina ya solo usada entre las generaciones mayores del país, estaba de pie, con sus piernas separadas y el cuerpo inclinado en su barca, asegurándose contra previsibles balanceos locos de la embarcación, poniendo orden en las artes y líneas de pesca. Él estibaba algo de provisiones y agua al estilo marino, así como cebo a base de restos de pescado salado en los siempre idénticos lugares debajo de las bancadas.

De pronto, como si intuyera algo, levantó la cabeza y miró a lo largo del sucio muelle semi cubierto de arena, plagado de peces muertos y excrementos de gaviotas.

Por este muelle, lleno también de flotadores, viejas redes y boyas de pesca, solo pobremente iluminado, un hombre bien parecido, de unos 35 años y vestido con vaqueros y una camisa de color rojo chillón de manga corta se dirigía a la barca y al viejo que esperaba en ella.

El viejo pescador saludó al pelirrojo recién llegado. — ¡Buenos días, Tarek, hijo mío!

— ¡Buenos días, padre!....... ¿Podemos largar amarras para llegar al caladero apenas salga el sol? Así podremos, quizás, regresar antes de que anochezca.

— ¡Naturalmente, hijo! ¿Cómo está Aischa? ¿Todo bien en casa?

—Sí, padre, todo bien.

Acto seguido el hombre mayor accionó la manivela del volante para el arranque del motor que se puso en marcha con ruidos asmáticos. Su hijo soltó amarras de popa y proa, dio un fuerte empujón para alejar la proa del muelle. Salieron del pequeño puerto pesquero de Matruh en dirección Oeste-Noroeste donde se balanceaba una pequeña boya en el agua pintada de apagados colores rojos y amarillos, que indicaba un bajío enfrente de la bocana. Un momento más tarde dejaron la boya a babor, tras de sí.

El mar abierto, como plomo fundido, se extendía ante ellos hasta el infinito, solo limitado por el horizonte en la penumbra.

— ¿Qué le ocurre a tu barco, Tarek?

— ¡El prensaestopas está hecho un desastre y me entra un montón de agua por el eje, de modo que casi no doy abasto achicándola!

— ¿Y cuándo estará reparado?

—Inshalá mañana, pasado mañana o quién sabe, al-mulk li-llah, lo que quiere decir tanto como, “todo está en manos de Dios”. Dicen que el recambio viene por correo de caracol. En Matruh no hay piezas como esta para mi barco. Me la envía la representada de Volvo desde El Cairo y, como es natural, solo contra pago por adelantado ¡Los hijos de su gran madre!

El hombre mayor sonreía mientras mantenía el rumbo, la caña del timón sujeta bajo un brazo, pero manteniendose en silencio.

La roda partía el agua, levantando espuma y puntitos luminosos irisados de color verde mezclados con esta blanca espuma.

— ¡Más tarde se levantará viento! —voceó el viejo pescador dirigiéndose a su hijo.

Cabo Labeit había quedado por la popa. Ya no quedaba mucho hasta la sonda de los cien metros de profundidad.

A la pálida luz que iba progresivamente en aumento apareció por babor la lengua de tierra de nombre Ras Abu Laho y, por lo visto, también la profundidad de agua buscada ya que el viejo pescador requirió a su hijo.

— ¡Tarek, lanza las líneas!—ordenó. — ¡Hemos llegado ya!

Su hijo alcanzó el primer paquete de sedal bien ordenado. Sedal, anzuelos, cebo y peso de plomo, caían por la borda y al otro extremo una vieja botella de plástico de un litro de Coca Cola como boya. Lo mismo se repetía veinte veces mientras la barca describía un amplio círculo en la brillante agua azul, casi cristalina, sobre la cual los primeros rayos de luz conseguían dominar la oscuridad restante. Tenían cuidado de evitar un gran trozo de plástico transparente que flotaba en la superficie.

— ¡Maldita sea, cada día hay más basura de plástico en el agua! ¡Por la barba del profeta! —gruñó. —Si esta mierda llega a obstruir la refrigeración del motor y se sobrecalienta, toca bogar y rezar. Los malditos mercantes tiran la basura y material de estiba y separación de carga simplemente al mar, porque es mucho más barato que la recogida oficial en el puerto. Hay que soltar mucha pasta y eso, claro está, las compañías navieras quieren probablemente evitar pagar a toda costa. ¡Lógico!

Unos instantes después pasaba por la banda de estribor el triste resto de una red plástica de malla fina, que aún llevaba tres pequeños flotadores de un rojo pálido quemado por el sol y en cuyas mallas apretadas estaba atrapado un pequeño atún, medio podrido y en parte saboreado y devorado por otros peces.

El viejo Mohamed tomó la decisión de recoger más tarde este trozo de red, antes de que pudiera convertirse en una trampa mortal de necesidad para otros animales del mar y del aire, porque estos intentaban comer la carroña y...¡Zas! Atrapados.

Por delante de ellos se sumergió, asustada, una tortuga marina antes de que la alcanzara la quilla de la embarcación.

Después de lanzar la última boya, esta vez una botella blanca de PVC, antiguo recipiente de un líquido denso de lavaplatos rotulada con el nombre de la embarcación en rojo, el viejo paró el motor. El casco se deslizó unos metros más y pronto se quedaba quieto, balanceándose ligeramente.

Una suave brisa de tierra comenzó a mover la superficie del agua.

— ¡Ya te lo había dicho, Tarek! Se va a levantar algo de viento.

— No será tan malo, padre. Por lo menos hasta la tarde, cuando volvamos.

Ambos se acomodaban en la barca lo mejor posible, no antes de haber tomado un gran trago de agua fresca de un cacharro de barro que el viejo guardaba siempre debajo de una de las bancadas.

¿Quién iba a querer levantarse de la siesta, como momia disecada, solo porque fallaba estrepitosamente el nivel X, el nivel hídrico de agua correcto que requiere el cuerpo de un ser vivo?

Quiere Alá, naturalmente, ¡ninguno de los presentes!


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