Autoras: Carlota Solé, Rosalina Alcalde, Teresa Sordé, Alisa Petroff Introducción



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Hijos e hijas de inmigrantes: gestión de la interculturalidad para la cohesión social

Autoras: Carlota Solé, Rosalina Alcalde, Teresa Sordé, Alisa Petroff

  1. Introducción

La presente comunicación se enmarca en el proyecto financiado por el programa Recercaixa (2011-13) que pretende captar las especificidades del colectivo de jóvenes cuyas familias han tendido experiencias de inmigración y analizar barreras y oportunidades en sus trayectorias laborales, educativas y de salud en Cataluña.

En este sentido, los objetivos de esta comunicación son dos: primero, realizar una revisión teórica en relación al concepto de segunda generación, poniendo de manifiesto todos aquellos retos que suponen la utilización del concepto y presentando una propuesta alternativa de conceptualización. En segundo lugar, destacar el papel del estudio de las trayectorias y el potencial teórico y metodológico en el estudio de los hijos e hijas de inmigrantes.
2. Revisión del concepto de segunda generación desde una perspectiva histórico-política
El concepto de generación se ha convertido en un instrumento analítico para poder estudiar cómo los hijos e hijas de familias inmigrantes se integran socialmente. Esta perspectiva generacional, permite estudiar las características sociales y culturales que comparten aquellas personas que vivieron en una misma época y circunstancia (De Miguel, 1994; Marías, 1989; Manheim, 1990) al considerar que pertenecer a una misma generación supone compartir una determinada experiencia histórica donde las vivencia comunes, facilitan una comprensión similar del mundo.

Con todo, la condición de clase social, de género, etnia o ser o no hijo de padres inmigrados puede reportar, y en realidad lo hace, experiencias vitales y cosmovisiones diversas por mucho que se haya compartido un momento histórico. Por ello es fundamental partir del estudio generacional haciendo énfasis en las características sociales e históricas de aquella generación que se desea estudiar. Conviene no olvidar la heterogeneidad dentro de la categoría, en atención a las posibles experiencias - de subalternidad o discriminación por ejemplo -, que pueden estar viviendo ciertos sectores de la misma generación.

Vinculado a estos aspectos, emerge en los últimos años un debate conceptual sobre la utilización del término generación y en especial acerca de la que se ha venido en llamar segunda generación. Según Crul y Vermeulen (2003), y tal como recoge Gracia Borrego (2003), el debate actual sobre las segundas generaciones de inmigrantes se inicia en los años 90 con los trabajo de Portes (1996) y el monográfico de la International Migration Review (31) de 1997 sobre segundas generaciones en los Estados Unidos. Inicialmente este debate se desarrolló en países con dilatadas tradiciones en la recepción de inmigrantes, donde se estudiaban comparativamente las características de las segunda generaciones más recientes con otras más antiguas, en relación a los procesos de integración. Según autores como Lozano (2007) la inquietud por el estudio de las segundas generaciones surge a raíz de los malos resultados en la integración social de los hijos e hijas de inmigrantes que empiezan a emanciparse de sus padres.

En estos estudios, el concepto de segunda generación designa tanto la cuestión biológica como la circunstancia histórico-política específica en la que cada generación se inserta en el sistema de estratificación social (Portes, 1996, Bolzman, Fibbi y Vial, 2001; Aparicio y Tornos, 2006). Por lo que estos trabajos investigan las nuevas condiciones que tienen los hijos de la inmigración a la hora de adquirir un status social propio (Aparicio 2005:14).

En este debate intenso acerca de la utilización del término segunda generación, García Borrego (2003), recogiendo las aportaciones de Zehraoui (1981), expone que hablar de segunda generación es “confundir una categoría institucional con una noción sociológica”. Para Bolzman, Fibi y Vial (2003:20)1, resulta ser una categoría reservada a los descendientes “de trabajadores manuales que ocupan posiciones sociales subordinadas en las sociedades de acogida”. En este sentido su explicación resulta reveladora:

“A pesar de la polisemia del término [segunda generación], las políticas de inmigración han reservado generalmente su uso para designar a los hijos de los trabajadores inmigrantes que han nacido o crecido en el país de residencia de sus padres y residen en él. Ampliamente utilizada en el lenguaje corriente, esta categorización introduce concomitantemente una marca social y étnica. Y es que en efecto no se aplica a todos los hijos de los extranjeros; solamente a los nacidos de trabajadores manuales que ocupan posiciones sociales subordinadas en las sociedades de acogida. Con ello se subraya la especificidad social y étnica no solamente con respecto a los jóvenes autóctonos, sino también con respecto a jóvenes extranjeros nacidos en medios más privilegiados. Se sobreentiende así que estos inmigrantes endógenos están destinados a reproducir el status ocupado por sus padres en las sociedades de residencia”

En Europa -y en Cataluña en especial- se ha optado en mayor medida por la expresión hijos de inmigrantes; con el fin, aunque el resultado sea cuestionable, de evitar la connotación negativa que supone remarcar la denominación inmigrante en personas que nunca se han desplazado (Torrabadella y Tejero 2005; Aparicio y Tornos 2006). Los trabajos de Casas (2003) para el contexto catalán, van en esta línea y son críticos con el uso del término.

De este modo, la crítica al concepto de segunda generación se ha basado en diferentes cuestiones. En primer lugar, su carácter homogeneizador, poco adecuado si tenemos en cuenta la gran heterogeneidad que caracteriza el colectivo de hijos e hijas de familias inmigradas: en cuanto a edad de llegada; contexto de procedencia (rural o urbano); situación escolar en el país de origen; nivel sociocultural de los padres, etc. Además, designar a los hijos e hijas de familias inmigradas en función de su origen es negar su complejidad, así como los procesos y características que comparten con los jóvenes autóctonos. En segundo lugar, no se trata de un concepto universal, ya que no es utilizado para referirnos a los hijos de inmigrantes procedentes de países de la Europa comunitaria. Sus connotaciones pueden ser negativas y estigmatizadoras, al tratarse de una etiqueta que supone que prevalece una determinada ascendencia por encima de cualquier otra característica. Ello puede dificultar su consolidación como ciudadanos de pleno derecho en nuestra sociedad. En tercer lugar el uso de este término, y como ya apuntábamos, identifica a los hijos e hijas de inmigrantes con sus padres. Ciertamente, no se puede obviar que sus procesos de socialización temprana se han producido dentro la familia y que es a partir del bagaje de las pautas familiares recibidas que negocian las pautas culturales de su entorno. Sin embargo, ello no necesariamente significa que la cultura de origen de sus padres constituya algo más que un mero referente simbólico del que muchas veces carecen de experiencia real. Y asimismo, es necesario considerar que el origen de sus padres, como “marcador” empleado por la sociedad mayoritaria, se convierte también en una diferencia en cuanto experiencia, no sólo por los contenidos culturales familiares, que por otra parte se modifican y adecuan en los nuevos contextos, sino al ser una experiencia común de diferencia, tal como el trabajo de Avtar Brah muestra en sus cartografias de la diaspora (1996). En cuarto lugar, el término segunda generación tiende al reduccionismo culturalista en función del origen.

En resumen, los problemas conceptuales que presenta el término de segunda generación apuntados se pueden resumir de la siguiente manera:

a) El criterio de lugar de nacimiento no considera lo importante, a saber, dónde se ha socializado finalmente ese hijo o hija.

b) Connotaciones etnicistas, contribuyendo el concepto a la reificación de una categoría social (“segunda generación”) (Torrabadella y Tejero, 2005:18-19; Pajares, 1998).

c) Haber utilizado, especialmente en los estudios en España, el concepto de segunda generación únicamente desde una perspectiva biológica, es decir, el de herencia estigmatizada (Lozano, 2007).

Esto último se explica según Aparicio (2007aª; 2007b), porque en Europa el término de segunda generación no ha tenido su sentido originario. En el caso de Estados Unidos, en la década de los 1980 y 1990, los trabajos de A. Portes convirtieron a estos jóvenes en objeto de estudio desde el momento que se constató que los hijos e hijas de inmigrantes no superaban el nivel de integración económica alcanzado por sus padres o por los jóvenes de las generaciones anteriores (García Borrego, 2006), partiendo de una perspectiva histórico-política del término generación. En España, en cambio, el concepto se “importa” desde una dimensión estrictamente biológica, que pone el foco en el simple hecho de ser hijos de inmigrantes. De ese modo, empiezan a hacerse estudios de segunda generación ya antes de que ésta empiece a estar asumiendo su situación adulta, que se centran principalmente en los vínculos con el sistema educativo (sobre todo enseñanza primaria y secundaria). Desde esta lógica biologizadora del término, el campo de estudio es mucho más amplio; de forma que “los hijos de los inmigrantes son segunda generación desde mucho antes de prepararse a entrar en el mercado de trabajo” (Aparicio 2004; 2007). Por consiguiente, la expresión segunda generación se entiende en su sentido biológico natural y engloba tanto a niños como adolescentes. Sin embargo, desde algunos campos de investigación específico, como el de la educación e inmigración se utilizan otros términos para referirse a estos jóvenes: alumnado inmigrante o alumnado de origen extranjero. Una consideración que corre en paralelo al mayor interés dedicado a los temas vinculados a los procesos de ”acogida” en las escuelas, mientras son más escasos los que se han centrado en segundas generaciones. Mientras que en la literatura internacional es frecuente el uso del ´termino children of immigrants e immigrant children o immigrant students junto al de second generation.

No obstante, desde nuestra perspectiva tampoco la categoría hijos de inmigrantes resulta ser un concepto que permita desposeer a estos jóvenes del marcador asociado a la extranjería, y algo que resulta más problemático, los libere de las construcciones sociales que derivan de su alteridad, desde la pervivencia de una inmigridad que les convierte en deudores de la cultura de origen y del proyecto migratorio de sus padres.

Así, si la sustitución del término segunda generación por el de hijos e hijas de familias inmigradas, o bien por otros conceptos similares cómo hijos e hijas de inmigrantes, adolescentes y jóvenes de origen inmigrado, etc, no viene acompañado de una perspectiva social e histórica acaba por reproducir gran parte de las críticas que se le hacen al de segunda generación:


  • Se enfatiza la condición de hijo/a y por tanto dependiente, lo que niega agencia social al colectivo.

  • Tampoco es un concepto universalista porque está relacionado con la categoría social de inmigrante.

  • Es igualmente homogeneizador

  • Recalca la condición de un origen inmigrante y por tanto la estigmatización.

Para estos jóvenes, más allá de la relación intrafamiliar y de descendencia de un grupo familiar, su experiencia de diferencia por ser hijo de inmigrantes extranjeros en un contexto histórico-social les convierte en sujetos que comparten una misma situación en un espacio social (Bourdieu 1988): ser jóvenes y tener una historia personal y/o familiar con experiencias de inmigración.

Ante este tipo de críticas encontramos autores que defienden el uso del término siempre y cuando se le dote de una perspectiva histórico-política contemplando a la generación como un agente de cambio social (Lozano, 2007). Por lo que utilizan el concepto generacional superando una definición reduccionista.

Dentro de la terminología es bien conocida la distinción que la mayor parte de autores hacen entre primera generación, generación 1.5 y generación 2.0 de hijos e hijas de familias inmigrantes, lo que permite diferenciar entre aquellos que migraron con proyecto propio de los que nacieron o se socializaron en el país de acogida de sus progenitores. Desde esta perspectiva la segunda generación (Generación 2.0) serían los hijos de familias inmigrantes que han nacido en el país receptor, o que fueron traídos antes de ser socializados en el país de origen y que además están empezando la vida adulta, lo que les sitúa en una generación plena. Siendo la generación anterior (Generación 1.5) los hijos e hijas de padres inmigrantes que aún están en la escuela y que no han entrado en la vida adulta, por lo que no podríamos hablar de generación en un sentido pleno (Lozano 2007). Desde este punto de vista, la generación plena se consigue con la madurez de sus miembros y sólo es observable cuando este grupo ya ha definido una trayectoria completa, pudiéndose constatar los efectos sociales de sus actuaciones a lo largo de sus vidas.

Al referirnos a la generación en un sentido pleno logramos introducir el sentido histórico-político al contemplar a este grupo como jóvenes que comienzan a hacerse adultos y a acomodarse en la sociedad conformando una manera generacional nueva de organizar la vida.



2.1.Ser joven además de hijo o hija de padres inmigrante.
No obstante, un error metodológico que a nuestro juicio suelen cometer algunos de los estudios sobre segundas generaciones de hijos e hijas de familias inmigrantes es que se piensa la generación en su condición de inmigrantes y no en su condición de jóvenes. Lo que en ocasiones da lugar a interpretaciones realizadas desde posiciones adultocéntricas. Por ejemplo, hay que valorar que estar integrado en la sociedad puede significar cosas muy diferentes para un joven que para un adulto. De igual modo, su significado resulta ciertamente distinto para aquellos jóvenes que aún se encuentran estudiando que para aquellos que ya han iniciado la transición al mundo adulto. Estas diferencias son especialmente importantes en dimensiones como por ejemplo la identitaria. Siendo este elemento siempre una cuestión central en este tipo de estudios, al considerarse la adscripción étnico-nacional como un indicador altamente sensible del grado de integración de estos jóvenes, obviando otras formas de identidad grupal y juvenil y otros “sentires” nacionales.

De acuerdo con Cachón (2004:12) el concepto de juventud inmigrada se ha comenzado a construir de forma muy reciente en nuestro país. Esto se explica por qué si bien siempre han existido jóvenes en el flujo inmigratorio en España, éstos han sido percibidos o como jóvenes estudiantes –“estudiantes extranjeros”- o como obreros inmigrantes. Lo novedoso es su definición simultánea en su doble condición de jóvenes y de inmigrantes.

De este modo, los enfoques sobre el concepto de juventud que deben implicarse en el estudio de las generaciones de hijos e hijas de familias inmigrantes son los siguientes:

a) La juventud como etapa vital (concepción afirmadora de la juventud)

b) La juventud como etapa transitoria y socializadora.

Consideramos que debemos situar el estudio de los jóvenes hijos e hijas de familias inmigrantes dentro de estos enfoques. Para Palacín (2005) cuando se trata de analizar realidades y necesidades de los jóvenes hijos e hijas de familias inmigrantes, se suelen obviar las concepciones afirmativas de la juventud como conjunto de valores y etapa con contenido en si misma (Palacín, 2005:17). En el caso de que se destaquen dichas afirmaciones, se acostumbran a resaltar los aspectos más negativos de las subculturals de los hijos de los inmigrantes. Lo que da lugar a la construcción de una imagen negativa de los jóvenes “inmigrantes”: el joven como riesgo o el joven en riesgo.

Por otra parte, insistir en el aspecto generacional de la juventud sitúa de nuevo la perspectiva del análisis en un plano histórico-político. Se remarca el carácter heterogéneo y plural, así como su carácter socio-histórico. Se trate o no de jóvenes de origen inmigrante. Esto significa poder abordar el estudio de este colectivo considerando tanto el hecho migratorio, como el género, la edad o la clase social. Así como la interrelación con las propias identidades juveniles que cada sociedad y cultura generan en un momento dado. Lo que nos permite aproximarnos al estudio de los jóvenes hijos e hijas de padres inmigrantes como

a) jóvenes;

b) socializados en España, cuyos progenitores fueron emigrantes, considerando si tienen o no experiencias de transición al mundo adulto.

De este modo nos referiremos a este grupo como jóvenes con experiencias familiares de inmigración. Entendiendo que en todos estos casos o bien la emigración de éstos se ha producido en relación a otros miembros de la familia -esencialmente progenitores- o bien que su socialización en el país de inmigración ha estado influenciada por la propia experiencia migratoria de los padres y su condición de extranjeros. Dentro de este grupo podemos diferenciar a aquellos que aún no han transitado al mundo adulto, de aquellos que sí lo han hecho o se encuentran en ese proceso. Por lo que podremos distinguir a los jóvenes de los jóvenes-adultos.


3. El potencial teórico del estudio de trayectorias aplicado al análisis de los jóvenes hijos de familias con experiencias migratorias.

Desde la teoría de la asimilación segmentada (Portes, 1996), la asimilación (descendente y biculturalista -o en su caso la integración) parecen ser consideradas etapas finales que resultan en un empobrecimiento permanente o una movilidad ascendente, dejando poco espacio para las posibilidades de cambio (Vermeulen, 2009). Lo que no resulta una perspectiva muy adecuada cuando nos referimos a un grupo social de jóvenes en tránsito a nuevas etapas vitales que pueden ser temporales. Esta crítica tiene que ver de alguna manera con el tipo de investigaciones llevadas a cabo y hasta cierto punto con una preponderancia de las investigaciones cuantitativas cuyos indicadores carecen de sensibilidad a la hora de capturar estos cambios. Por esta razón, es importante traer a colación el concepto de trayectoria y los elementos que los configura.

Las trayectorias sociales son definidas por Elder (2003) como las trayectorias de educación y trabajo, familiares y residenciales que construyen los individuos y grupos en una sociedad. Estas trayectorias, conformadas por fuerzas históricas y estructuradas por las instituciones sociales, son además sujetas de cambio ya que sufren el impacto de los contextos más amplios. En definitiva, la idea de trayectoria se refiere a una sucesión de situaciones que tienen lugar de manera longitudinal en la vida de una persona.

Pero además Elder (2003) señala que las trayectorias, están construidas por transiciones o cambios en el estado como por ejemplo independizarse. Así, Cowan (1991) describe las transiciones como procesos a largo plazo que resultan en una reorganización de la vida interior (como los individuos entienden y sienten sus vidas y el mundo) y del comportamiento exterior (reorganización de la vida de los individuos y de sus relaciones). Para los diversos autores dos son los elementos característicos de las transiciones. Por un lado, la duración, definida como el tiempo que trascurre entre transiciones. En este sentido las transiciones se refieren a cambios discretos en el estatus que son vinculados a una duración a pesar de que sus consecuencias pueden ser a largo plazo (George, 1993). En segundo lugar, las transiciones a menudo implican cambio en el estatus o identidad, tanto a nivel personal como social y eso abre oportunidades para el cambio en el comportamiento. Sin embargo, la socialización dota a los individuos con las habilidades necesarias para gestionar las transiciones y adaptarse así a nuevos roles.

Mientras las transiciones son fundamentales en construir bloques de trayectorias, investigaciones norteamericanas apuntan que algunos acontecimientos de transición son particularmente cruciales, alterando y redireccionando la trayectoria. Estas transiciones críticas se han identificado como puntos de inflexión. Así, los individuos experimentan el curso de vida como una secuencia de trayectorias ligadas unas a otras a través de puntos de inflexión: trayectoria, puntos de inflexión, trayectoria, punto de inflexión, etc. (Marshall y Mueller, 2003; Elder, 2003, Abbott, 1997). Sin embargo, tal y como señala Abbott (1997) no cualquier cambio brusco es un punto de inflexión sino solamente aquellos que son precedidos de un periodo que pone de manifiesto una nueva etapa. Una de las características de los puntos de inflexión, según este autor, tiene que ver con su carácter narrativo lo que significa que hacen referencia a dos puntos en el tiempo, no a uno. En otras palabras, lo que convierte un acontecimiento en un punto de inflexión es el tiempo suficiente que marca el paso hacia un nuevo curso hasta tal punto que queda claro que la dirección en la trayectoria, ha cambiado. Por último, los puntos de inflexión son procesos que tienen una cierta duración en el tiempo. Concretamente, los puntos de inflexión son relativamente más cortos comparados con las más largas e uniformes transiciones.

3.1. La transición a la vida adulto como punto de inflexión en las trayectorias vitales de los jóvenes con experiencias familiares de inmigración. El contexto europeo y español

La transición a la vida adulta es el resultado de experiencias vitales según las cuales los jóvenes adquieren la independencia económica, constituyen la formación de un hogar independiente y, en muchos casos, inicia o consolida las relaciones de pareja. Si bien, hoy en día se entiende que pueden darse o bien estas tres condiciones o solo una o alguna de ellas. Por ello, el concepto de emancipación está siendo sustituido por el de “itinerarios vitales” para referirse a los fenómenos que definen las trayectorias de los jóvenes en un mundo globalizado y de riesgo (Comas, 2007).

Esquema 1. Transiciones a la vida adulta

Esq


Fuente: Elaboración propia, 2011.

Igualmente conviene considerar que el concepto de transición puede ofrecer una falsa idea de linealidad en estas experiencias. Muchos autores señalan que éstos son procesos reversibles y discontinuos (Moreno, 2008; Casal, 1996.). Al igual que resulta imprescindible estimar que los jóvenes se conectan y desconectan del mundo adulto según sus preferencias y posibilidades.

Para Casal (1996: 296) los estudios sobre los itinerarios de transición a la vida adulta deben considerar:

a) La transición es una articulación compleja de procesos de formación, inserción profesional y emancipación familiar.

b) El paso de la adolescencia social a la emancipación familiar se construye socialmente en un marco sociopolítico determinado que configura «un sistema de transición».

c) El «sistema de transición» es sociohistórico. El desarrollo de los sistemas formales de formación y el papel activo del Estado sobre la inserción y el mercado de trabajo configuran la base del actual «sistema de transición».

d) El estudio de las trayectorias de transición a la vida adulta y la identificación de modalidades de transición en el contexto europeo y español.

e) La crisis estructural del mercado de trabajo y el nuevo «capitalismo informacional» ha significado un cambio cuantitativo y cualitativo en la forma y el fondo del proceso de transición.

f ) Desde los años ochenta en adelante, las dos antiguas modalidades dominantes de transición se han hecho recesivas y tres «nuevas» modalidades se constituyen en emergentes.

g) La polarización o la dualización social configura itinerarios de inserción en clara tendencia hacia la desestructuración del espacio y tiempo social. Existe una modalidad de transición en la que convergen las situaciones de riesgo de exclusión.

h) El discurso sobre el riesgo de exclusión no atañe al proceso de transición en su conjunto, sino a una fracción específica de jóvenes en la modalidad que llamamos «en desestructuración».

Igualmente, debemos considerar al menos dos dimensiones desde las que analizar los elementos que inciden en estos procesos de transición (independencia económica e independencia familiar): una dimensión macrosocial, en que se situaría tanto el contexto socioeconómico y la estructura de empleo como las políticas de juventud y las políticas sociales (Estado de Bienestar) y un contexto microsocial, relacionado con elementos culturales como serían valores y normas adquiridas desde el ámbito familiar, la comunidad y la generación. Donde se incluirían las condiciones estructurales como la clase social, el grupo étnico, el género, etc.

En este sentido el caso español se caracteriza por una fuerte cultura familiarista entendida como una forma de solidaridad e independencia intergeneracional en contextos institucionales de limitada atención a las cuestiones familiares, en el que la transición a la vida adulta se ha entendido como un proceso que se inicia y realiza en la familia (Moreno 2008). Dichas culturas familiaristas pueden explicarse en relación a los modelos de estado de bienestar y el desarrollo de las políticas sociales.

Por su parte, Almudena Moreno afirma que los estudios realizados parecen confirmar el hecho que, en el contexto europeo, se observa cierta convergencia en los procesos de transición a la vida adulta de nuestros jóvenes. Este, aún siendo un proceso ambivalente, se caracteriza básicamente por la precarización de los empleos y el retraso de la adquisición de la independencia económica y familiar como resultado del denominado proceso globalizador e individualizador. Sin embargo existen diferencias y particularidades dependiendo de los modelos de estado de bienestar europeos.

Moreno (2008) destaca que en los Estados de bienestar denominados “socialdemócratas”, cuyo máximo exponente encontramos en Dinamarca, los jóvenes se independizan a edades más tempranas que en otros países europeos debido a una mayor facilidad para la inserción laboral gracias a las oportunidades de empleo junto con el desarrollo de políticas económicas y de juventud que fomentan la emancipación y que son un importante acicate para la vida independiente. Se trata de países donde las políticas sociales se centran en los individuos y donde además se desarrollan políticas educativas escasamente segmentadas. Aquí los padres tienen un rol muy limitado en los procesos de emancipación de sus hijos. Igualmente en estos modelos la sociedad civil adquiere un activo papel en las políticas de juventud (Böhnisch et al., 2002).

En los regímenes de bienestar liberales, como sería el caso del Reino Unido tienen un elevado grado de independencia económica con escaso apoyo económico de las familias de origen gracias al empleo y a las ayudas sociales. La minimización del Estado y la primacía del mercado, convierte al mercado laboral como la única forma de emancipación. Lo que ha generado situaciones adversas para muchos jóvenes, que abandonan muy pronto el hogar familiar y el sistema educativo y se refugian en la economía informal, lo que en muchos casos deriva en situaciones de exclusión social. En estos países es común abandonar el hogar paterno tras haber finalizado los estudios.

En los países con estados de bienestar conservadores (ej.Alemania) son las ayudas al estudio, la familia y el empleo lo que posibilitan la emancipación. Se asume que es la inserción laboral en categorías profesionales cualificadas lo que posibilita la emancipación. En lo que se refiere al sistema educativo nos encontramos con un modelo dualizado y rígido de educación que se corresponde con un mercado laboral altamente regulado (Moreno, 2008).

Por último, los regímenes mediterráneos, como sería el caso de España que se caracterizan por un limitado desarrollo de un marco institucional de apoyo económico a los jóvenes, la precariedad del mercado laboral orientado fundamentalmente hacia la figura del varón sustentador, y los desajustes existentes entre el sistema educativo y el mercado laboral, convierten a la familia en la principal agencia para lograr la autonomía e independencia (Moreno, 2008). Lo que explica, junto al escaso desarrollo de políticas orientada a la familia, que a diferencia de los modelos conservadores, liberales y socialdemócratas, haya contribuido a reproducir el modelo cultural familiarista de solidaridad y dependencia intergeneracionl (Ferrera ,1996; Flaquer, 2002; Moreno Mínguez, 2008; López Blasco, 2006).

Así, las experiencias de transición a la vida adulta de los y las jóvenes hijos de familias inmigrantes deben contextualizarse en el marco de las políticas públicas del estado en el que residen. Comprobando en cada contexto cómo se activan y operan los mecanismos microsociales como valores y normas, esencialmente los adquiridos en el ámbito familiar y comunitario, en sus propias trayectorias de emancipación e interactúan con estos aspectos macrosociales.

4. Propuesta para el estudio de las trayectorias de transición a la vida adulta de los jóvenes con experiencias familiares de inmigración: la inserción laboral

Nuestra investigación se centra en el estudio en jóvenes nacidos o socializados en España que han transitado a la vida adulta o lo están haciendo. Esto nos aportará una perspectiva longitudinal que nos permitirá captar las trayectorias de transición al mundo adulto de nuestros entrevistados. Se pretende analizar el resultado de experiencias vitales en la educación y la formación, en el ámbito laboral y en la salud, según las cuales estos jóvenes adquieren la independencia económica, constituyen la formación de un hogar independiente y, en muchos casos, inicia o consolida las relaciones de pareja. Para poder captar estas trayectorias se considerarán la duración, los cambios que experimentan los individuos en su estatus, identidad y comportamiento y en la configuración de expectativas sociales y familiares. Considerando cuáles son los factores (macro y micro) que influyen en estas trayectorias.

Dimensiones de análisis:

2.1. Duración

2.2. Cambios: de estatus, de identidad, de comportamiento, otros.

2.2.1. Influencia de factores macro en los cambios:



    • Políticas sociales (educación, vivienda, empleo, salud, otros)

    • Políticas de discriminación positiva

    • Estructura de empleo

2.2.2. Influencia de factores micro.

    • Valores y normas (familia, comunidad, género, generación).

    • Condiciones estructurales (capitales)

2.3. Expectativas

Aplicando este esquema al estudio de la incorporación al mercado laboral como un elemento clave en las trayectorias de transición al mundo adulto se considerará:

Dimensiones de análisis:

2.1. Duración de la transición al mundo laboral y a condiciones estables en el empleo.

2.2. Cambios: de trabajo, categoría, cualificación, expectativas.

2.2.1. Influencia de factores macro en los cambios:



    • Políticas empleo

    • Políticas educativas y de formación para el empleo

    • Políticas de discriminación positiva para el empleo

    • Estructura de empleo

2.2.2. Influencia de los factores meso en los cambios

  • Racismo

  • Formación y cualificación

  • Instituciones del mercado laboral

2.2.2. Influencia de factores micr en los cambios.

    • Valores y normas (familia, comunidad, género, generación).Recursos comunitarios y contactos interétnicos

    • Condiciones estructurales: clase social, (capitales)

A continuación nos centraremos en contextualizar de qué forma los estudios sobre la describen y explican las transiciones al mundo adulto a partir de la inserción en el mercado laboral.
4.1. Los jóvenes con experiencias familiares de inmigración y la inserción en los mercados laborales.
Los jóvenes con experiencias familiares de inmigración tienden a alcanzar un nivel educativo más elevado que sus padres (Dustmann, Frattini y Theodoropoulos, 2010). Sin embargo, diversos estudios constatan que, a pesar de que asistimos a una mejora en el nivel educativo y en el acceso al mercado laboral a nivel intergeneracional, el estatus social de los padres tiende a reproducirse en el caso de los hijos e hijas de personas migradas y esto explicaría la existencia de obstáculos y barreras a la incorporación laboral que no pueden explicarse únicamente a partir de los itinerarios educativos.
Generalmente, estos jóvenes presentan una menor tasa de actividad, una mayor tasa de paro y una mayor concentración en las categorías laborales más bajas que sus homólogos autóctonos (Liebig, 2009). Estas posiciones sólo se explican en un tercio por los bajos niveles educativos (Liebig, 2009), por lo que se justifica considerar a estos jóvenes como un grupo social en términos sociológicos. Al mismo tiempo, pone de manifiesto que incidir sobre el éxito educativo y la ambición (aspiraciones y expectativas) de los jóvenes no es suficiente para poder mejorar sus trayectorias laborales. Se hacen necesarias políticas que aseguren la inclusión laboral a largo plazo.

Son varias las causas que hay detrás de la tendencia hacia la "reproducción" de las posiciones laborales de los padres y hacia unos patrones de presencia / ausencia en el mercado de trabajo y de tipo de incorporación laboral globalmente inferiores a los de sus homólogos (después de controlar el factor educativo). En primer lugar, caben destacar aquellos elementos que se vinculan a la oferta, es decir a las características de los jóvenes. Entre estos factores, se encuentran aquellos ligados a la falta de cualificación de los jóvenes y de su trayectoria educativa (itinerario, abandono escolar, rendimiento académico, falta de acreditación formativas, etc.). A su vez, destacan aquellos factores que guardan relación con la clase social de la familia (estatus socioeconómico y nivel educativo del padre y de la madre, tomando como marco de referencia tanto la sociedad de origen como el destino). Así, la clase social del entorno familiar se convierte en el elemento central a la hora de explicar tanto la ambición educacional y profesional de los jóvenes, así como sus posteriores posiciones laborales (Portes y Rumbaut 2001; Liebig 2009). Por consiguiente, la posición socioeconómica de estas familias explicaría la mayor incidencia de trayectorias "obreras", orientadas en mayor medida hacia la "cultura del trabajo manual y poco cualificado" (Cachón 2004). En relación a este aspecto, para el caso de Cataluña, los padres de origen inmigrante tienen unas expectativas más propias de la trayectoria obrera de transición al trabajo: una incorporación precoz en trabajos semicualificadas que aporta un importante poder socializador y que debería permitir una continuidad y un valor acumulativo de la experiencia laboral. Este modelo se aleja de las lógicas dominantes en los mercados de trabajo de media-baja cualificación donde se insertan.

Asimismo, las expectativas de los padres no son homogéneas, sino que también dependen de la clase social. Los trabajos de Pàmies (2008) muestran que la forma en que las familias marroquíes perciben la escuela está en relación con los modelos de éxito escolar existentes en su entorno familiar, tanto en Cataluña como en su contexto de origen.

Pero más allá de los factores vinculados a la falta de cualificación de los jóvenes o aquellos factores que tienen que ver con la clase social, cabe tomar en consideración los factores ligados a los recursos comunitarios y los contactos interétnicos (dinámicas relacionales). En este sentido, Simon (2003) identifica importantes diferencias según grupos nacionales para el caso francés, con el surgimiento de una incipiente clase media de profesionales y ejecutivos de origen magrebí que no se ha dado aún entre los hijos e hijas de otros grupos de inmigrantes. La existencia de economías étnicas también puede generar itinerarios formativos y patrones específicos de incorporación laborales entre los jóvenes. Por el contrario, vivir en espacios sociales étnicamente segregados también puede incidir de forma negativa en la trayectoria laboral.

La influencia positiva que pueden jugar determinados recursos comunitarios forma parte de uno de los itinerarios de asimilación exitosa identificados por Portes y Rumbaut (2001), en el marco de la Teoría de la Asimilación segmentada como "la aculturación selectiva". En la misma línea, Gibson (1988) utiliza el término "aculturación aditiva" y la aplica a las trayectorias educativas para mostrar que los estudiantes con mejor rendimiento académico en los Estados Unidos son los que siguen vinculados a la cultura de origen, sin renunciar a la de la sociedad de destino. En contextos más cercanos, diversos estudios han evidenciado que el grado de aculturación -en términos asimilacionistas- no tiene una incidencia positiva directa ni sobre el éxito escolar ni sobre las trayectorias laborales posteriores de estos jóvenes (Nekby y Rödin 2010).

En cuarto lugar, destaca la importancia del itinerario de adaptación lingüística de los jóvenes en Cataluña. Alarcón y Pareja (2013) señalan, a partir de la explotación de los datos del estudio ILSEG, distintos itinerarios de adaptación lingüística- medidos a partir de indicadores de competencia y preferencia de la lengua castellana, catalana y lenguas de origen- entre los adolescentes hijos e hijas de inmigrantes. Estos itinerarios están estrechamente vinculados al capital económico y cultural de las familias, a las aspiraciones y expectativas educativas de los mismos jóvenes, al éxito académico y, en menor medida, al grupo nacional. Dada la estrecha conexión que hay en Cataluña entre la estructura social y la estructura demolingüística a la sociedad catalana, es de esperar que los patrones de integración lingüística, unidos a otros factores, tengan repercusiones en los itinerarios de incorporación laboral de estos jóvenes y en sus posibilidades de movilidad social ascendente.

Por último, no hay que obviar los condicionantes de género. En este sentido, las chicas turcas y marroquíes en Francia presentan tasas más bajas de actividad en el mercado laboral, a pesar de haber logrado mejores trayectorias educativas (Simon, 2003). En general, la mayoría de estudios señalan que el riesgo de quedarse al margen del mercado laboral es más alto para las niñas de los inmigrantes que para los niños.

Otro elemento que interviene en la percepción que tienen las mujeres jóvenes sobre sus oportunidades laborales son las responsabilidades familiares. Las estrategias de las mujeres jóvenes de origen inmigrante ante el mercado de trabajo se diseñan desde la asunción del trabajo reproductivo (principalmente cuidar a los hijos) como "cosa de mujeres", una tarea gratificante que no debe verse "intercedida "ni obstaculizada por su presencia en el mercado de trabajo (Alarcón et al. 2009).

Si hasta el momento se han destacado aquellos elementos que tienen que ver con la oferta, a continuación dedicamos los siguientes párrafos a explicar brevemente aquellos elementos que se vinculan a la demanda, es decir aquellos obstáculos y oportunidades que permiten el acceso de este colectivo al mercado laboral. En este sentido, destaca la influencia del contexto educativo y las políticas educativas sobre el éxito escolar y los itinerarios formativos (segregación escolar, titularidad de los centros, grado de reconocimiento de la diversidad en la escuela, programas y dispositivos de atención a la diversidad, etc.). Por otro lado, las instituciones del mercado laboral, pueden influenciar en los resultados de los grupos de inmigrantes, a partir del análisis de los impactos diferenciados y barreras que pueden constituir los modelos de empleo, los regímenes laborales, las relaciones industriales, la estructura productiva, etc. (Dustmann, Frattini y Theodoropoulos, 2010).

En tercer lugar, la literatura destaca una posible identificación de ethnic penalties (Heath y McMahon, 1997) atribuibles a la discriminación. Este factor suele aparecer de manera más evidente en algunos grupos nacionales específicos (Simon, 2003) y entre los jóvenes con un nivel educativo más bajo, con menos expectativas formativas y profesionales. A la vez, como muestra Gualda (2007), la misma percepción de racismo (ya sea propia o a través de amigos y familiares) en el mercado de trabajo puede incidir negativamente en las decisiones educativas de los jóvenes.

Por último, está el factor que tiene relación con las características de la oferta de servicios públicos de ocupación: escaso conocimiento que tienen los jóvenes sobre la oferta de servicios públicos de empleo y una infrautilización de los mismos (mayor uso de las redes informales y los recursos comunitarios para la búsqueda de empleo) (Alarcón et al. 2009); y la escasa utilidad de la oferta actual de itinerarios formativos de carácter ocupacional a la hora de encontrar trabajo en el actual contexto económico. Esta situación lleva a muchos de estos jóvenes a la realización de una secuencia de cursos de formación ocupacional sin una lógica que les permita profundizar en las capacitaciones profesionales. En este sentido, según Alarcón et al (2009), estos dispositivos podrían acabar convirtiéndose en mecanismos de contención y una forma de canalizar el conflicto social. Las secuencias inconexas de cursos ocupacionales lejos de incentivar a los jóvenes, generan más frustración.

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1 Citado en: Aparicio (2007a:120-121)


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