Bailes y fiestas populares en la Asunción en la posguerra de la triple alianza: mujer y resistencia popular en el Paraguay



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Diálogos Latinoamericanos




Bailes y fiestas populares en la Asunción en la posguerra de la triple alianza: mujer y resistencia popular en el Paraguay


Alberto Moby Ribeiro da Silva*

1. Sobre los escombros de la guerra

¿Qué hacer ante un tal poder de las mujeres? Oigamos al Persifal de Wagner: "La salvación consiste en exorcizar la amenaza que representa la mujer a que triunfe un orden de los hombres".

Son dos las soluciones: imponerles silencio a las mujeres, o entonces hacerlas cómplices de los hombres exaltando a La mujer. "La mujer es una esclava que es necesario ubicar en un trono" (Balzac). (PERROT, 1996:6)

Con la conclusión de la guerra entre el Paraguay y la Triple Alianza establecida entre Brasil, Argentina y Uruguay en favor de los últimos, nuevos líderes político-ideológicos traen al Paraguay la idea de un nuevo modelo de mujer, por lo general muy distante de la mayor parte de las mujeres paraguayas. Dicho modelo, que seguramente afectaba la vida de las mujeres de las clases pobres, aunque no a punto de transformarla substancialmente, parece haber encontrado eco más fuertemente en las mujeres de la clase dominante. Era, en efecto, según ese modelo a seguir que ellas iban a poder diferenciarse de las kygua vera1.

Es interesante notar, sin embargo, que el modelo de mujer que pregonan los vencedores, grosso modo identificados con el liberalismo - y que creo servir como parámetro particularmente a las mujeres de la clase dominante en su intento de buscar rasgos que las diferencien de las mujeres del pueblo - en poco se distinguía del modelo defendido por los gobiernos "tiránicos", especialmente el del presidente-general Solano López, conductor de la guerra. Durante uno de los momentos más difíciles de la guerra, el Cabichui, diario del frente de batalla, al exaltar el heroísmo y la determinación de las paraguayas, comentaba:

Dotada de mas rico caudal de sentimiento que el que ha sido otorgado al hombre, toda muger halla naturalmente mayor encanto en el cumplimiento del deber por amor; pero la muger paraguaya se ha distinguido de una manera tal de la generalidad de su sexo [...].

[...]


Llamados los ciudadanos al campo del honor han dejado el arado, y la azada para tomar el fusil y la lanza.

Entónces, la muger paraguaya, sin dejar el huso y la aguja, entró á sustituir á los hombres en el cultivo de la tierra.

Ella ha eschado en su corazon la sagrada voz del deber, que le llamaba á ese trabajo por amor y por gratitud.

Y, cosa prodigiosa!, la muger paraguaya ha sostenido con el sudor de su rostro, como el soldado con la sangre de su vena, la santa causa de la libertad de la Patria.

La república, durante los tres años de tan gigantezca guerra, en completa incomunicacion con las demas naciones, léjos de escasear en sus frutos agrícolas, ha tenido que aumentarlos, y casi doblarlos sobre los q'antes recogia cuando solo los hombres labraban su fértil suelo.

La tierra sin duda se presta mas á la dulce influencia de la muger paraguaya: sus manos de ángel acarician mas la sávia de la fecundidad y sus pies de paloma no marchitan jamas las plantas que brotan.

[...]


Camaradas! Así nos sostienen nuestras madres, esposas, hijas y hermanas!

[...]


Honor y gloria á la muger paraguaya!2

En la era López, sin embargo, parecen haber existido ensayos en el sentido de sacar la mujer de la prisión de género a que históricamente se la había condenado  especialmente durante la guerra  por razones obvias. Ya sea por oportunismo, ya sea por reconocer, a través de los episodios de la guerra, el error histórico de atribuir a la mujer características de fragilidad y sentimiento en oposición a supuestos atributos de racionalidad y fuerza masculinos, los redactores de El Centinela, el periódico oficial de la guerra en la capital, Asunción, comentaban, algunos meses antes del artículo del Cabichui:



El hombre, en su inesplicable orgullo, olvidando los favores de su ángel tutelar, de su dulce y fiel compañera, le ha trazado una línea funesta para que no pueda pasar alla de las relaciones de la familia, encadenando su precoz inteligencia y cegándole todas las fuentes afectivas, para mantenerla como objeto de sus fruiciones. Pero ella que presiente su futura grandeza, pugna incesantemente por romper los eslabones de esa cadena que la mantiene en su estrecho círculo de la familia, y busca con anciedad un asiento en la barra donde se ventilan los negocios públicos. Injusto el hombre, le señala la poltrona domestica y le pone en sus manos el libro de la familia. Esta es la muger en las relaciones civiles, que aun sufre las consecuencias de ese fruto amargo que le ofreció á Adan en el Paraizo.3

Por supuesto que también ahí es el hombre el que detiene el don de decidir si debe o no la mujer ocupar la calle, interferir en la cosa pública. Esta es la línea de argumentación del diario, que, además, para argumentar en favor de una tímida emancipación femenina, teje una serie de elogios que más una vez exaltan en las mujeres exactamente sus "virtudes" de mujer: "amor, ternura, fidelidad y constancia"4, entre otros.

Por otra parte, no podemos perder de vista que dicho modelo era todavía objeto de controversias entre los publicistas de la posguerra. La emancipación, aunque tímida y parcial, de las mujeres, al fin y al cabo, representaba para muchos una seria amenaza al poder que milenariamente se había otorgado al hombre. Contribuir a la emancipación del género femenino significaba para el hombre no apenas perder ventajas en cuanto a la moral y la vida públicas sino también convivir con la amenaza y la concurrencia que representaban. La más grande de esas amenazas era la de que las mujeres pudieran demostrar que su capacidad no era inferior, lo que amenazaría el equilibrio social tanto al nivel de la cosa pública cuanto de la vida privada.

Dentro de ese espíritu, cuestiones hoy vistas como desprovistas de sentido rindieron polémicas acaloradas en el Paraguay de la posguerra: al fin y al cabo, ¿deberían o no estudiar las mujeres? Si se les garantizara ese derecho, ¿qué deberían estudiar? ¿Cuáles serían los límites para su participación en la vida pública, en los asuntos "de los hombres"?

Hay evidencias de que tanto estudiar como dar clases eran tareas todavía destinadas a los hombres en los primeros años de la posguerra, situación que apenas se modificó por la absoluta superioridad demográfica femenina. Aun así, no sin resistencia de los jefes de las familias distinguidas. La historiadora Beatriz Oddone nos da cuenta, por ejemplo, de que su bisabuela, al regresar de la residenta5, envió a su abuela, Clementina Carísimo, a la casa de unos deudos, en la región del Paraná para ser instruida, pues aun no había escuelas en Asunción. Al concluir el curso primario, Clementina Carísimo regresa a la capital paraguaya, donde conoce a la educadora Rosa Peña, quien había sido alumna de Juan Faustino Sarmiento en Buenos Aires y que se transformaría en una de las primeras educadoras paraguayas.

Enterada Rosa Peña de su retorno [de Clementina], le ofreció el puesto de preceptora, con un sueldo de 5 $ mensuales. La familia Carísimo Jovellanos, como todas las de la época, se hallaba en la más espantosa indigencia, pero las autoridades de ese gineceo de 19 miembros que formaban mi bisabuela y mis tías y que tenía su reducto en el viejo caserón de la calle de la Ribera [...] se negaron rotundamente a que mi abuela  15 años floridos , aceptase el cargo, por considerar indigno de una señorita de su calidad, salir todos los días de la casa. Cinco pesos, eran muchos, para la época, y para las apremiantes necesidades de la familia; las calles a recorrer eran solamente 7, los fondos de la casa de los Carísimo daban a lo que hoy es casa de la Independencia, pero se prefirió sufrir miseria a claudicar en los principios [...]. (ODDONE, 1970:14)

En el registro que hizo el educador Ramón Indalecio Cardozo de su madre y de su tía Balbina, quienes han sido las responsables de su educación fundamental, aparece un esbozo de ese conflicto. Cardozo provenía de una familia tradicional de Villa Rica empobrecida por las agruras de la guerra. A confiar en su registro, se nota en sus preceptoras el perfil de la mujer paraguaya idealizada, aunque agitado por las circunstancias.



Esta [su tía Balbina] era una mujer muy ilustrada para la época: leía correctamente y hablaba el español con toda perfección; pero no sabía escribir, pues en aquellos tiempos, antes de la guerra, no se les enseñaba a las niñas este arte "para que no se comunicasen con los novios". Mi madre, criada durante los azares de la guerra y en medio a las angustias económicas emergentes de aquella situación calamitosa, apenas recibió la educación del hogar. (CARDOZO, 1991:7)

Hacen falta algunas informaciones importantes en el testimonio de Cardozo, como, por ejemplo, si hablaban su madre y su tía o no el guaraní. Si lo hacían, es poco probable que admitiesen hacerlo delante de los hijos, pues sabían de las consecuencias del uso del guaraní para el prestigio social de la familia, ya agitado por las desgracias de la guerra6. Mientras tanto  y principalmente en la campaña , no saber el guaraní era sinónimo de alienación y aislamiento en relación a la comunidad.

Por otra parte, es falsa o, al menos es atribuirle demasiado valor, la información de que las niñas no aprendían a escribir para que no se comunicaran con sus novios (ODDONE, 1970:11). De hecho, es solamente en la posguerra que las mujeres tendrán acceso a la escuela. La primera Escuela de Niñas, dirigida por la maestra Asunción Escalada, se inauguró en noviembre de 1869. La primera previsión de gastos para la educación femenina es de 1874, cuando se destinan partidas para un "Colegio Nacional de señoritas de la Capital" y para 25 escuelas de niñas en el campo (DECOUD, 1911:274).

Aun así la educación femenina sólo pasa a ser obligatoria para niñas entre los 6 y los 14 años de edad en 1909, pero no es deber del Estado (BENÍTEZ, 1981:99). Además, la Escuela de Preceptoras, primera institución "destinada a despertar la vocación magisterial de las mujeres" (BENÍTEZ, 1981:121), fue organizada, apenas en 1890, por las hermanas Adela y Celsa Speratti. Sea como sea, las evidencias indican que la instrucción femenina, aunque siendo una de las muchas novedades liberales de la posguerra, aportó poca novedad a la relación entre los géneros. A la mujer se le debería instruir para mejor interpretar y poner en práctica las cuestiones "propias del bello sexo"; para ello bastaba con una ilustración, parcial.

Dicha forma de tratar la relación entre los géneros, todavía tan impregnada de valores culturales del antiguo régimen  con los que ni siquiera el primer liberalismo era capaz de romper , no era exclusiva del Paraguay o de la región del Plata. Parece haber sido característica al menos de toda la América Latina durante el siglo XIX (PASTOR, 1995: 57-62).

En Paraguay, en efecto, uno de los cuadros más interesantes sobre el rol femenino, lo trazó irónica pero no sorprendentemente una mujer, en las páginas del diario El Pueblo:



La poesía es la compañera inseparable de la mujer buena y la que embellece el hogar doméstico. Desgraciada la mujer que la desconoce, y desgraciado también el hombre que busca para compañera suya, una mujer prosaica, y materialista! [...]

Toda mujer que cuida de embellecer su casa y de hacer dichosa á su familia, tiene una alma poética.

[...]


El hogar domestico sin poesía, es para el espíritu fuerte del hombre una carcel mezquina y helada, si la muger sabe embellecerlo, es el oasis donde crecen palmas y flores, donde el agua murmura dulcemente, donde el alma reposa de las luchas y de las dores de la vida.7

Cuando se le autoriza a participar en la vida pública, la mujer debe restringirse a la caridad, cuyo rol social "es de tan vital importancia que [...] no hay sociedad bien y debidamente constituida, allá donde no exista una ó mas sociedades de señoras, que tengan por objetivo el alivio del infortunio"8.

Por otra parte, no podemos olvidar que el modelo de mujer para la sociedad paraguaya de la "Regeneración"9 quizás tuviese como objetivo primero el convencer y moldear a las mujeres de la clase dominante, a partir de las cuales dicho modelo irradiaría a toda la sociedad. No es sino por esta razón que los documentos siempre exaltan a las acciones ejemplares de mujeres de la clase dominante mientras que lanzan sospechas sobre, o hasta denuncian, a las mujeres de las clases subalternas.

Con relación, particularmente, a la caridad, exaltada a raíz de la creación del Hospital Italiano en Asunción, el diario La Patria escribía:



Esta manifestacion; esta señal de vida, es en verdad brillante, puesto que, entre los nombres de las virtuosas señoras que la llevan á cabo, se encuentra, en su mayor parte, todo lo que la Asuncion tiene de selecto y distinguido, tanto en las damas Paraguayas como en damas estrangeras; encabezando la lista [de donaciones a la construcción del hospital] el nombre de la señora del primer Magistrado de la Nacion.10

El rol social de esas mujeres, quienes deberían transformar el hogar en un ambiente poético, un "oasis donde crecen palmeras y flores" y donde el agua murmuraría dulcemente, lugar de reposo para el alma (masculina) "de las luchas y de los dolores de la vida" y cuyo rol, en la vida pública, debería restringirse a la caridad, era presentado como inherente a la naturaleza femenina. Era, en otras palabras, biológico, y del cual no era posible huir. La producción de consenso respecto a esa constitución física y mental frágil y dependiente de la mujer era una tarea llevada a cabo aun mismo por una incipiente industria de bienes femeninos y su correspondiente propaganda comercial. En mayo de 1872 los periódicos asuncenos anunciaban, por ejemplo, el lanzamiento de un nuevo laxante, fabricado por la multinacional farmacéutica Bristol, que tenía la pretensión de servir a las peculiaridades de la biología y mentalidad femeninas.



No pueden usar [las mujeres] los catarticos ordinarios sin peligro. Las Pildoras Azucaradas de Bristol unen las propiedades de un laxante suave, y un [producto] estomàtico que parece estar especialmente adaptado á las necesidades del bello sexo. En casos histericos, hipocondria, y otros males mentales y corporales que nacen de irregularidades funcionales, pildoras siempre han probado bien, y han alcanzado así una alta reputacion entre las Señoras enfermas. Las ocupaciones de las Señoras las predisponen á enfermedades del estómago é intestinos, y contra estos males las Pildoras son el especifico mas aprobado.11

Resulta clara aquí la intención del autor del anuncio de sugerir que algunos de los males de que sufría la mujer, eran exclusivos del sexo femenino y se relacionaban con su rol social. Sus "irregularidades funcionales" serían las responsables por varios males físicos y mentales. Por otra parte, sus actividades profesionales  domésticas, claro está  las predispondrían, más que a los hombres, a enfermedades del estómago y de los intestinos, las que, por la fragilidad femenina, deberían tratarse con remedios también suaves...12

Es importante tener en cuenta que anuncios como este –así como, por otra parte, todo el discurso sobre a mujer decimonónica y de comienzos del siglo XX  era ampliamente respaldado por el discurso médico, cuyo poder de decisión sobre los cuerpos era conferido por los "tiempos modernos". En 1873, por ejemplo, Edward H. Clarke, conceptuado médico norteamericano, publicó el libro Sex in Education, en el que defendía la tesis de que el esfuerzo mental empleado en el estudio perjudicaba a la salud femenina en cuanto a sus funciones de reproducción. Cinco años más tarde, en 1878, el doctor Max Runge, maestro de ginecología y obstetricia de la Universidad de Gottingen, al analizar "la naturaleza femenina", afirmaba: "Consideremos, por tanto, punto pacífico que la vocación de la mujer consiste en ser esposa y madre y que todo lo demás está más allá de su alcance". Stuart Mill, quien hizo publicar The subjection of women, escribió: "La esposa es de hecho una criada de su marido [...] en el altar ella le jura obediencia por toda la vida y durante la vida las leyes la mantienen bajo el yugo de ese juramento" (GAY, 1988:142-143, 147, 170 Y BORGES in SILVA, 1995:104, especialmente).

En ese contexto, distinguir la mujer ideal de la mujer real no es una tarea de las más fáciles, principalmente porque la mujer paraguaya real prácticamente no dejó registros de su existencia. Se la puede encontrar, sin embargo, en el discurso de la prensa sobre cómo eran las mujeres que frecuentaban los bailes (de las "familias distinguidas") y las delincuentes (de la "gente baja"). En ambos casos se plantea, sin duda, la cuestión de clases; así como en razón de la clase social a la que pertenecían, salvo excepciones, el gobierno desesperado de Solano López las dividiría entre residentas y destinadas. A través de las situaciones atípicas en las que las encontramos podemos percibir qué dicen sus actitudes, qué han sido realmente, y/o qué se esperaba que fueran, en un juego de luz y de sombra muy propio del método de investigación que Ginzburg denomina "indiciario". Edward Thompson, con otras palabras, lo define así:



Un modo de descubrir normas no expresadas es, con frecuencia, examinar una situación o episodio atípico. Un motín arroja luz sobre las normas de los años tranquilos, y una quiebra repentina de una observancia nos permite entender mejor los hábitos de la misma ya rotos. Esto puede ser igualmente cierto tanto para las conductas públicas y sociales como para las más privadas y domésticas.

[...]


Incluso un ritual altamente atípico puede, de este modo, proporcionarnos un valioso mirador desde donde observar las normas. (THOMPSON, 1994:61)

En el caso de los bailes promovidos por la clase dominante, en las residencias de sus miembros más destacados y principalmente en el Teatro Nacional, sobre la moral pública de la posguerra, nos encontramos con el esfuerzo de la mujer de la clase social detentora del poder económico y político en el sentido de, atendiendo a las exigencias que les imponían sus hombres, diferenciarse de la inmensa masa de mujeres del pueblo, cuyos hábitos, costumbres y tradiciones eran, desde la mirada del pensamiento liberal, símbolos de barbarie y atraso social. Sin embargo, en el receso sacrosanto del hogar, su deber era el de la anulación. Así lo describe una mujer, ya en 1907:



Como esposa no tiene ninguna personalidad, la aparente gran importancia que se le da es pura decoración: en realidad, su valor es meramente formal, no tiene significación propia, vale lo que el marido y tal es, en general, su grado de ignorancia, que se pavonea, orgollosa de su triste condición de esclava. (DÁVALOS, 1907, p. 41)

En los episodios relativos a las mujeres delincuentes e infractoras, tomamos contacto, aunque breve, con otro extremo de la actuación femenina en la posguerra de la Triple Alianza. Aquí las vemos salir del anonimato que los voceros de la clase dominante les habían reservado para cuestionar el "orden" y el "progreso" y denunciar, con sus actitudes desesperadas, la iniquidad de un nuevo orden que las despreciaba todavía más que los regímenes "tiránicos" que dichos líderes decían haber enterrado cuando la ocupación aliada de Asunción.

Por otra parte, no podemos olvidarnos de las mujeres comunes, las que no aparecen en los registros policíacos. Es exactamente la designación de un rol social exclusivamente doméstico para la mujer  y su aceptación  que alimenta la contradicción que da brecha a la conservación de la cultura guaraní-paraguaya. Es en la intimidad y en la informalidad del hogar que se dan las más grandes victorias en la lucha contra el nuevo orden impuesto por los "regeneradores". En una sociedad globalmente dominada por el poder masculino, las mujeres al menos ejercen, según Michelle Perrot, todo el poder posible. Las mujeres decimonónicas  y sin duda las de todos los tiempos  no sólo fueron víctimas o sujetos pasivos. Utilizando los espacios y las tareas que se les dejaba o confiaba, ellas a veces elaboraron contra-poderes que podían subvertir los papeles visibles (PERROT, 1996:10). Es lo que intentaré demostrar en los siguientes apartados.
2. La mujer, lo público y lo privado en el Paraguay de la posguerra

Moóiko oiméne vy'a añetegua, mboriahúpe guãrã.

[¿Dónde estará la alegría verdadera para el pobre?]



Susy Delgado (1987:69)

Uno de los principales dilemas de los "regeneradores" era la cuestión de la moral pública, resúmen, traducido a la vida cotidiana, de las relaciones entre el anhelado "nuevo orden" y la población real del Paraguay de la posguerra. El problema, sin embargo, era que a pesar de pregonar los presupuestos básicos del pensamiento liberal, los grupos dominantes del Paraguay de la posguerra estaban todavía bastante impregnados por el pensamiento patriarcal, que afectaba de manera particular a las mujeres.

Para los "regeneradores", tocaba a la mujer apenas ser la "progenitora de la [...] regeneración, la reedificadora de la [...] nacionalidad caída", en las palabras, por ejemplo, de Juan R. Dahlquist, Maestro Normal e Inspector General de Escuelas entre 1906 y 1910 (1912:173). Evidentemente, dicha tarea tenía que ver apenas con aquellas mujeres identificadas con la "misión de la labor doméstica y de cariño; dejando a los hombres las rudas tareas de la política y de la guerra". Ese rol era predicado como el único posible en un artículo del diario La Libertad de 27 de abril de 1874, mientras que condenaba con vehemencia cualquier participación femenina en la vida pública como "ridícula":

En la mañana de ayer un grupo de mujeres se presentó ante el General Guimaraens primero, despues ante el Ministro Brasilero y se nos afirma que hasta aun al Cónsul de Italia, peticionando nada menos que un cambio radical en el personal del P.E. [Poder Ejecutivo]

¿Quien inspiró semejante disparate á esas infelices mujeres?

¿Por qué hacer poner en ridiculo á esas personas abusando de su ignorancia?

Cuantas de ellas, aconsejadas por el cariño de madres, esposos; á hijas, á cuyos hijos, esposos ó padres se les presentarian como víctimas, han creido cumplir con un doble deber de patriotismo y amor á la familia, y dado tan importuno paso.

Eso es criminal abusar así de sentimientos tan nobles; exaltandolas para satisfacer una idea politica irrealizable por el medio propuesto.

¿Ignoran acaso, quienes mandaron esas mujeres, que la cuestion propuesta era un sarcasmo?

¿O creyeron hacer una gracia practicando una burla en la ignorancia?

¿No saben que por nuestras leyes y costumbres la mujer no tiene derechos civiles?

Empleen en buena ho[r]a las mujeres, el recurso de suplica para conmover el co[r]azon del magistrado y a[r]rancar un [s]em[e]jante a la accion de la ley; o emplee ese mismo recurso para todo acto que se ligue á su sexo y caracter social, en el que las leyes y costumbre[s] admitan la intervencion humanitaria de la mujer; pero no es razonable impul[s]ar á esta parte precio[s]a de nuestra sociedad a cometer actos que, como el que nos ocupa, no es dado ni aun al ciudadano, practicar.

El asunto mas es digno de risa que de tratarlo con seriedad, pero nos proponemos esplicar á las autoras del hecho el paso ridiculo al que se han prestado.

[...]


A nuestras mujeres les corresponde; el cuidado interno del hogar; la direccion de los tiernos hijos; elevar preces al Señor por el bien de la humanidad; el coser; el planchar y el labor, espumar el puchero; condimentar el queso, [ba]rrer la casa; cuidar de la ropa del marido etc. etc.; y no en entrometerse quien es mejor para Presidente ó Juez de Paz.

[...]


La mujer si se aparta de los deberes que la sociedad cristiana le ha impuesto, desciende de la dignidad de suceso, y la sociedad misma la mira como un ser estraño que no le pertenece.

[...]


Vuelvan las bien intencionadas pero mejor ludibriadas mujeres al seno del hogar, que los hombres se bastan á llevar, hasta el fin de los siglos, la dura mision de su combalida existencia.

La humanidad con sus imperfecciones, marcha, dejemos entonces que continue su peregrinacion.13

Descontada la vehemencia  y virulencia  de este artículo, lo que pregona representa perfectamente el pensamiento de los publicistas de la época sobre las relaciones entre los géneros en la sociedad paraguaya de la posguerra. Aunque el autor, anónimo, se empeñe en demostrar que el blanco de sus críticas eran los hombres que supuestamente incentivaron esas mujeres a dirigirse a las autoridades para impugnar la actuación del Poder Ejecutivo, y no contra ellas, quienes, al fin y al cabo, no serían capaces de discernir entre lo cierto y lo errado, lo bueno y lo malo. Al fin y al cabo, sólo incumbían al hombre  al hombre de las clases dominantes, se entiende  y sólo a él, esos asuntos de la política, condición necesaria y suficiente de su liberación.



El hombre se distinguió de la masa de seres sumergidos en las tareas necesarias a la supervivencia de la especie, ganando individualmente y asumiendo su plena condición humana a través de la acción política, expresa en la palabra y en el pensamiento cultivado. (BRESCIANI, 1991:69)

Sin embargo, la realidad del Paraguay de al menos toda la segunda mitad del siglo XIX, y particularmente después de 1870, poco tenía que ver con esa mujer idealizada, aun en Asunción. En la capital era más fácil para las mujeres ganar su sustento, trabajando como domésticas y ejerciendo pequeñas actividades comerciales, que en los distritos rurales, donde la mayoría de la población practicaba una agricultura de subsistencia. A esto se sumaba la existencia de grandes cuarteles militares en las cercanías de la ciudad. Las mujeres se trasladaban a Asunción para cuidar a un hermano, un hijo o un tío que estaba sirviendo en el ejército; se establecían en un pequeño rancho, en general situado en terrenos que anteriormente pertenecieron a los conventos y que habían sido confiscados por el Estado, que subarrendaban por sumas casi simbólicas. A partir de entonces empezaban a cocinar, lavar y planchar, no sólo para su misma familia sino también para otros hombres que no tenían quien les cuidara. Esos otros hombres pronto se convertían en sus amantes, o bien, un amante pasaba a ser un cliente que pagaba a la mujer por sus servicios domésticos. Paulatinamente, la relación se convertía en algo intermediario entre el concubinato y una unión libre. El hombre iba a comer, a hacer la siesta y a pasar la tarde en la casa de su amante, pero no residía allí permanentemente (POTTHAST-JUTKEIT in COONEY & WHIGHAM, 1994:88-90). Un tal Victorio Ceballo de San Salvador, por ejemplo, vivía y comía en la casa de su madre, pero normalmente hacía la siesta en la residencia de su amante, María de la Cruz Canteros. Ella, a su vez, lavaba la ropa de D. Carlos Lara y recibía, en cambio, alimentos en su casa14.

Además del servicio doméstico, especialmente en las áreas urbanas, las mujeres ejercían un pequeño comercio, vendiendo principalmente frutas y derivados de leche. La preparación y la venta de chipa15 o de dulces caseros representaban también una ocupación típicamente femenina. Era común que los viajantes mencionasen con detalles el movimiento y la agitación del mercado de Asunción, dominado por mujeres vestidas con typóis16 blancos, quienes vendían todo tipo de comida y fumaban grandes cigarros. Enrollar cigarros era otra ocupación femenina, tanto en la ciudad como en el campo. No obstante, en las áreas rurales esa ocupación no era suficiente como para que las mujeres ganaran su propio sustento, pues la fuente económica tradicional era el trabajo agrícola y la tejeduría.

Antes de la guerra, la abundancia de tierras baratas para la agricultura en el campo y de pequeñas parcelas en la capital, más rural que urbana, brindó a las mujeres paraguayas la oportunidad de mantenerse por sí mismas en hogares independientes. Ello condujo a que las mujeres dispusiesen de una considerable libertad social y de un importante campo de acción.

El ideal paternalista de la mujer protegida, que permanece en el hogar, en donde los miembros del sexo masculino de la familia velan por su comportamiento, sólo era factible para una ínfima minoría de la clase alta paraguaya. La necesidad y la posibilidad de ganar su propio sustento desde muy tierna edad no sólo exponía a las muchachas y a las mujeres a un contacto diario con los hombres, sin ser vigiladas por sus padres, sino que también les proporcionaba cierta independencia. A esta independencia se sumaba la bastante común ausencia de los hombres, que normalmente dejaban sus hogares para trabajar en los yerbales o servir en el ejército; lo que también contribuía a que las mujeres, en general solas, garantizaran la continuidad y la estabilidad tanto de la familia como de la sociedad. Las mujeres paraguayas se acostumbraron a contar consigo mismas y a ser casi las únicas responsables de su prole. Carecía, por tanto, absurdamente de sentido la prédica del articulista de La Libertad.

Ya en la primera década de este siglo, la jurista y socióloga Serafina Dávalos declaraba que:



En efecto, las familias paraguayas, en su mayor parte, siguen siendo familias sin jefes, los hijos son naturales y abundan los de padres desconocidos; y los hombres, en vez de ser sus naturales sustentadores, son, por el contrario, en su carácter de tenorios callejeros, sus más tenaces perseguidores. (DÁVALOS, 1907:71)

Mas volvamos a los años de 1870. A pesar de las evidencias, ni las Ordenanzas Municipales de 1874 ni las Disposiciones de 1876, documentos fundamentales y fundacionales del nuevo orden social de la capital, dedican artículo alguno a las múltiples y variadas actividades femeninas. Por el contrario, las únicas mujeres mencionadas en el documento del Departamento de Policía son las que, acompañadas de caballeros, deberían tener preferencia en el tránsito por las veredas (Art. 16), en una demostración, sintomática para el presente estudio, de que las únicas mujeres que realmente importaban eran las "señoras" y "damas", tal y como da a comprender el documento, es decir, aquellas bajo la protección de algún caballero, categoría bastante diferente de la realidad de Asunción, por donde circulaban millares de mujeres ocupadas en actividades productivas "menores".

Mientras tanto, la dura realidad de la posguerra empujaría las más desafortunadas hacia el recurso a expedientes ilícitos o moralmente condenables como el robo, la prostitución y la mendicidad. Los periódicos de la época, al condenar la cantidad de mujeres que vagaban por Asunción, exhortando el gobierno a obligarlas a buscar en el campo, en el trabajo agrícola, ocupación y sustento, lo hacen menos con la intención de solucionar ese problema social que con el objetivo de evitar "los repugnantes espectáculos que a cada paso se presentan en las calles de esta ciudad"17.

Es importante tener en cuenta, con respeto a la prostitución y, de una manera general, los "escándalos públicos" que envolvían mujeres, que la posición de las élites dirigentes paraguayas era bastante frágil. La principal razón es que no siempre era fácil distinguir hasta qué punto se trataba realmente de prostitución o en qué nivel la participación femenina en dichas actitudes "escandalosas" era voluntaria, aunque evidentemente no debemos descartar absolutamente tal hipótesis. En muchos casos, sin embargo, se trataba de violaciones perpetradas por soldados de las fuerzas de ocupación, quienes gozaban de innúmeras regalías y privilegios.

En su edición de 12 de diciembre de 1869, La Regeneración denunciaba

el escándalo que se presencia no solo en el Mercado sino en todo punto donde hay reunión de mujeres, escándalo que consiste en la inmoralidad de los hombres sin pudor, que creen lícito saborear el amor en los lugares públicos.18

En la edición de 5 de enero de 1870, el diario nuevamente llamaba la atención de la Policía y de la Municipalidad hacia



la inmoralidad que casi en todas partes de la población tiene uno que presenciar. A hombres sin pudor que mas se parecen a bestias y no a seres racionales, se les halla en los corredores de las Iglesias y de la recoba, escandalizando atrozmente aun durante el dia, para saciar sus brutales pasiones.19

En una edición de aquel mismo mes del diario La Nación, en una carta al redactor se afirma que el rapto era tan común en Asunción que ninguna mujer estaba segura sin la protección de un fuerte acompañante20. En febrero, La Regeneración divulgaba un decreto del Gobierno Provisional en el sentido de atender a sus reclamaciones. El decreto estipulaba una multa de un patacón o tres días de arresto a todos los "individuos que perpetrasen ataques al honor y pudor de las mujeres"21 en lugares públicos, pero no se tiene informaciones sobre la eficacia de dicha medida.

A juzgar por el artículo publicado en El Fénix en mayo de 1873, poco cambio hubo en dicha situación:

Agentes de la inmoralidad

Asi se puede llamar á una chusma de individuos de blusas coloradas, que persiguen las quyguas verás por las calles, practicando sin el menor respeto actos que la decencia manda callar.22

Es necesario tomar en consideración, sin embargo, como ya llamamos la atención anteriormente, que resultaba extremadamente difícil identificar hasta adónde iban los abusos de los hombres del pueblo y de los soldados brasileños y hasta qué punto hubo la connivencia de las mujeres. En otras palabras, estaban en juego padrones de moralidad distintos, con los cuales las élites eran muy poco tolerantes, dada la intransigencia que imponían el "progreso" y la "civilización". Para lograrlos era fundamental la represión. La Reforma, por ejemplo, denunciaba el escándalo propiciado por las mujeres que ocupaban un vagón de carga en las proximidades de la Aduana:



Hace muchìsimo tiempo que en la plazoleta de la Aduana hay un "wagon" vacio, que está sirviendo de guarida á los haraganes y mujerzuelas para cometer toda clase de escándalos.

Seria conveniente que los q' tienen á su cargo el referido "wagon" lo manden retirar y colocarlo en otro paraje mas conveniente.23

El día siguiente, el mismo diario comentaba elogiosamente la actitud de la policía con respecto a algunas mujeres:



Hace unos dias que le avisamos [al Comisario de la 2ª Sección de Policía de la capital] que en una esquina de la calle de 25 de Noviembre, una cuadra antes de llegar á la casa en que vive el general Resquin, se reunian una porcion de mujeres dando escándalos al vecindario: nos consta que inmediatamente el Sr. Rojas tomò las debidas determinaciones para que no se repitieron.

Es asi como debe proceder un buen empleado.24

El problema, de hecho, residía en que era inmensa la distancia entre las concepciones políticas y sociales de la élite paraguaya  aun así, en consecuencia, sus políticas públicas  y el pueblo, cuya miseria no tenía cómo aminorar y cuya lógica ni siquiera comprendían.



Se trata de organizar el país cimentando la obra en ejemplos modernos [...]. Pero [...] el pueblo [...] no ha tomado ninguna participación y sigue adoptando las mismas costumbres que en tiempo de la tiranía [...].

Se tiene una constitución, leyes liberales, método administrativo; y aun se contemplan por las calles escenas repulsivas á la moral social. Se observan hombres y mujeres en públicas manifestaciones [de] obscenas caricias. [...] Se observa que esos mismo seres profieren á voz de cuello obscenas palabras. Se observa, por fin que esa clase tercera de la sociedad, se encuentra en el mismo sitio donde la dejaron los tiranos.25

Necesario es registrar que la indignación de las élites en relación con el comportamiento de las clases populares en cuanto a la moral pública no se restringía a los escándalos vinculados a las relaciones sexuales. Les era absolutamente incomprensible una amplia gama de comportamientos que, desde el punto de vista de la clase dominante, eran incompatibles con la modernidad. En el mismo artículo arriba mencionado El Pueblo lista los objetos de su ojeriza:



Se observan criaturas de cinco y mas años completamente desnudos revolcándose entre la arena de la calle. Se observa que ciertas mujeres, enlodan las calles con inmundicias. Se observa que varios puntos céntricos de la ciudad convierten esas clases abandonadas en letrinas públicas.26

¿Cómo convivir con hábitos tan incivilizados? Para esos hombres, absolutamente desinformados sobre la realidad de su mismo país, del que muchos vivieron exiliados por varios años, era inconcebible que se mantuviesen en las calles de la capital hábitos tan primitivos como el de permitir que las niños anduvieran desnudos por los lugares públicos casi hasta la pubertad. Por ello, en variadas ediciones El Pueblo propuso reiteradamente que la policía distribuyera ropas a los niños y adolescentes con el objetivo de impedir que continuasen ofendiendo el pudor público. La campaña, sin embargo, parece no haber sido eficaz. Al final del año el diario publicó el siguiente comentario:



La desnudez

No sabemos por que se permite que muchachos d'ambos sexos anden escandalizando con su completa desnudez. Eso no es por miseria sino por una escandalosa costumbre. Muchos tienen su camisa debajo del brazo, y se revuelcan en la arena ostentando su repugnante desnudez.27
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