Barbara marciniak



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MENSAJEROS

DEL

ALBA

LAS SORPRENDENTES ENSEÑANZAS DE LOS PLEYADIANOS


BARBARA MARCINIAK




A la Familia de la Luz



AGRADECIMIENTOS

Doy las gracias a mis amigos, parientes y antepasados cuya fuerza de propósito alimentó la mía. Gracias especialmente a mi hermana Karen, por su profundo amor y dedicación a mí y a los «P's».

Para abarcar todo el espectro del trabajo de los pleyadianos ha sido necesario viajar a muchos lugares sagrados y enseñar en ellos y acerca de ellos. Al co­mienzo fui llevada hasta Toby y Teri Weiss, quienes me han brindado una valiosa ayuda, apoyando la ex­periencia Pléyade durante nuestros innumerables via­jes a los enclaves de poder.

Barrie y Susie Konicov reconocieron la energía y publicaron a los P's en la revista Connecting Link luego de nuestro encuentro en Atenas, durante el mis­mo viaje. También me presentaron a Tera Thomas, amiga, co-autora y editora de Mensajeros del Alba. Su vida ha cambiado radicalmente a raíz de su trabajo con este libro; su capacidad de entrega y transforma­ción me inspira un enorme respeto.

Tera, Karen, y los P's, en cierta forma, crearon este libro. Barbara Hand Clow se unió más adelante al grupo y reconoció la vibración. Su impulso y su incentivo son los responsables directos de la publicación de este traba­jo. Marsha Andreola nos brindó generosamente sus co­nocimientos enciclopédicos sobre cintas, y Richard Rogers nos ofreció su apoyo incondicional.

Experimenté un sentimiento sobrecogedor ante la experiencia de infusión de Gerry Clow, mientras él compartía su viaje y ¡me agradecía por haberle dado la oportunidad de traer al mundo a este bebé! Gail Vivino aportó su experiencia y su habilidad para sin­tonizar en la etapa final, junto con Barbara Doern Drew, Amy Frost y otros miembros del personal de Bear & Company. Marilyn Hager añadió el último toque de creatividad con su exquisito diseño de porta­da. El artista Peter Everly creó, mediante la inspira­ción y la sugestión, una imagen del amanecer en el espacio, cuyo código de luz despierta un profundo mensaje en el interior del espectador.*

Honro a los valientes, aquellos dispuestos a redefinir la esencia misma de la existencia y a llevar esa chispa que reniega hacia una nueva versión del juego.

Mi más profundo amor y agradecimiento para la consciencia Pléyade, mis maestros y amigos, por su lealtad y su inquebrantable sentido del deber y el amor, que galvaniza en mi interior una enérgica fórmula de elegancia galáctica, el ideal hecho realidad. Paz, pros­peridad y gracias a todos.



PREFACIO

Cuando Barbara Marciniak y yo nos conocimos en 1988, acabábamos de comenzar una emocionante eta­pa en nuestras vidas: yo me acababa de mudar a Michigan para crear una revista, Connecting Link, con los editores Barrie y Susie Konicov, y Barbara estaba empezando las canalizaciones de las Pléyades. Des­pués de años de haber estado realizando muchos y muy variados trabajos, al tiempo que viajábamos, bus­cábamos y estudiábamos material para la expansión de la consciencia, finalmente habíamos logrado crear para nosotras un trabajo que abarcaba lo que creíamos y quiénes éramos, y eso nos emocionaba.

Durante los dos años siguientes. Barbara y yo via­jamos a muchas ferias, jugamos mucho con las ense­ñanzas pleyadianas y, por lo general, nos lo pasamos muy bien. Hablamos de hacer un libro con las ense­ñanzas de las Pléyades, pero no lo llegamos a poner en marcha. El libro había de llegar cuando fuera el momento.

En el año 1990, llegó el comienzo de la «década sin nombre». Connecting Link empezaba a ir bien, y Barbara había grabado unas trescientas cintas con los pleyadianos. Sentí que era el momento de regresar a Nueva York, donde podría continuar haciendo la re­vista en mi ordenador. También sentí que era el mo­mento de hacer el libro.

Cuando pensaba en «el libro», me imaginaba que los pleyadianos me lo dictarían y que yo me limita­ría a transcribir las cintas, editar el material, y que eso sería todo. Requeriría poco esfuerzo y no me qui­taría mucho del tiempo que le dedicaba a mi revista. De manera que, en mayo, cuando Barbara y yo nos dispusimos a «canalizar el libro», me sorprendió oír la idea que tenían los Pleyadianos sobre cómo hacer el libro.

Los Pleyadianos me aseguraron que no me dicta­rían el libro y que yo lo tendría que construir con mi propio proceso. Estaba intrigada. Me dijeron: «Si este libro te fuera entregado sin más, serías una empleada. ¿Cuál sería tu mérito? Será el nacimiento de algo para ti, el nacimiento de un proceso en ti, una manera totalmente nueva de utilizar la creatividad».

¡Vaya! «Está bien; entonces, ¿cómo se supone que voy a llevar a cabo este milagroso proceso?», pregun­té. «¿Por dónde empiezo?»

Ésta fue la respuesta que obtuve: «Lo harás utili­zando solamente la intuición. Este no es un proyecto para la mente lógica. Al usar la intuición, serás guiada y puesta a prueba para ver si puedes realizar y com­pletar un proyecto sin que tu mente lógica sepa cuál será el próximo paso que se ha de dar. Será un tre­mendo ejercicio para ti. Te transportará a un plano de consciencia mucho más elevado, a un orden más ele­vado, a un lugar de confianza más elevado. Cuando esté terminado y tenga mucho éxito, dirás: «No sé cómo lo hice. No tengo ni idea».

»La historia demostrará que si puedes liberar a la gente de su información personal, pueden devenir cós­micos. El proceso por el que pasarás durante las próxi­mas lunas será muy intenso para ti. Mientras escribas, pasarás por un proceso de iniciación. Tienes que lo­grar una cierta maestría en algunas áreas durante las próximas seis lunas, y todo esto está relacionado.»

Me dijeron que debía oír las cintas y transcribir sólo las partes que yo sintiera que debían ir en el libro. La hermana de Barbara, Karen, intuiría qué cin­tas contenían buena información y me las enviaría. Mi amiga Marsha, a su vez, recibiría impulsos que le señalarían las cintas que debían ser incluidas. Luego me correspondería a mí escoger las partes que utiliza­ría. Se me indicó que no siguiera ningún orden y que ni siquiera pensara en cómo las haría encajar. Podía utilizar un código de una a cinco palabras y un poco de color en cada página para categorizar la informa­ción, y eso era todo.

Empecé a captar la idea. Mi mente lógica tenía una pregunta más. Les pregunté a los pleyadianos: «¿Debe­mos buscar un editor antes de que el libro esté acabado, o al menos anunciar que lo estamos haciendo?»

Los pleyadianos me respondieron: «Idealmente, sí, anunciarás que estás comenzando el libro. La primera vez que te sientes a trabajar en él, despeja tu mesa, y que no haya ningún desorden o desorganización a tu alrededor. Has de tener un espacio limpio, con tus cristales, que te asistirán. Luego puedes hacer una plegaria de intención diciendo: «Anuncio, ahora, que estoy empezando un libro, y estoy enviando este aviso a cualquier persona que sea editor y a cualquiera que esté involucrado en hacer que esta información sea publicada para ayudar a quienes la puedan necesitar. Es mi intención que la persona que haya de publicar este libro me descubra y me sea enviada, y prometo que estaré disponible para ese reconocimiento. En­tiendo que tengo muy poco que ver con esto. Esa parte no es mía. Entiendo que debo lanzar el aviso como si anunciara un nacimiento y que se me enviará una respuesta. En esto confío».

«Eso es todo; te será enviado. Recuerda que el proceso por el que pasarás es en cierta medida parte de la historia, porque descubrirás algo de ti misma; luego, la historia será narrada en los términos que tú establezcas. Comprenderás la importancia del libro porque habrás tenido una experiencia al crear para otros un camino hacia la realidad basado en jugar con tu realidad y permitir que diferentes sentencias y con­textos pasen a través de ti y se conviertan en una nueva orden. Alguien que no confiara encontraría esto muy difícil. La confianza es la clave absoluta. No hay nada más a lo que puedas recurrir en este proceso. Todo esto trata sobre el compromiso, aprenderás que puedes comprometerte con aquello que eres realmen­te, que no te echarás a perder, que siempre se te dará lo que necesites y que nunca te faltará nada. Siempre resultará todo tal como lo esperabas.

»Tu parte en esto es proponerte lo que deseas y simplemente dejar que la información fluya. El libro irá creando su propio orden a medida que vayas apren­diendo sobre ti misma durante el proceso y mientras codificas cierta información. Lo que experimentarás expandirá tu consciencia.»

Cuando ahora leo las palabras que me dijeron en­tonces, las comprendo de una manera totalmente dife­rente a como las comprendí entonces. Ahora me doy cuenta de que ellos mencionaron en más de una oca­sión que hacer este libro sería una iniciación para mí, que sería puesta a prueba, y que las personas necesitarían liberarse de su información personal para devenir cósmicos. Ahora sé lo que esas palabras significan; en aquel momento, no tenía ni idea.

Mis conflictos personales comenzaron a aflorar. No tenía confianza en mí misma, no me amaba a mí misma, y, de hecho, realmente no sabía quién era —no podía separar mi yo real de la fachada—. Empecé una serie de sesiones de trabajo con el cuerpo que hicieron aflorar más cosas: recuerdos de la infancia que había bloqueado, traumas y dolor almacenados en mi cuerpo. Estaba he­cha un desastre. No me encontraba en condiciones de trabajar en el libro, pues a duras penas lograba sacar la revista a la venta cada dos meses.

En octubre, fui a Egipto con los Pleyadianos. Sa­bía que aquel viaje provocaría un giro importante en mi vida, y pensé que me proporcionaría la energía necesaria para empezar a trabajar y sacar adelante el libro. Fue un viaje maravilloso, un viaje poderoso, pero me dejó hecha una piltrafa. Abrí mis circuitos y desperté áreas de mi ser que no tenía ni idea de que estaban ahí, algunas de ellas oscuras y feas. Cuando regresé de Nueva York, definitivamente no me veía capaz de empezar el libro y, de hecho, no estaba nada segura de poder hacerlo jamás.

De lo único que estaba segura en ese momento era de que tenía que salir de Nueva York. Ahí no lograba centrarme ni aclararme y me sentía bombardeada de energía. Me sentía desnuda y expuesta cuando iba por la calle, y me veía incapaz de coger el metro. Era hora de salir de ahí.

En diciembre me mudé a Carolina del Norte. Cuan­do algo está bien, todo sale maravillosamente. Libby, una de las amigas que conocí en Egipto, vivía en una zona rural al sur de Raleight, y yo sabía que era ahí donde deseaba vivir. Me hice el propósito de conse­guir una casa donde vivir antes de ir para allá. Me imaginé cómo sería y qué aspecto tendría el campo, y Libby dijo que estaría alerta por si se enteraba de algo. Aproximadamente una semana antes de mudar­me, mi actual arrendador entró en la tienda de Libby y se comenzó a quejar de que su inquilino se marchaba sin previo aviso. Libby dijo: «¡Eso se debe a que la casa es de Tera!»

A la semana siguiente conduje mi coche desde Nueva York, con todas mis pertenencias dentro, y me instalé. La casa era exactamente lo que yo que­ría: espaciosa, con mucha luz y en ciento setenta y cinco acres de terreno. ¡Era perfecta! En cuanto lle­gué, empecé a sanar. Me tendía en el suelo o me sentaba con la espalda apoyada contra un árbol y sim­plemente dejaba que la naturaleza me sanara. Me con­centré en mi sanación.

En enero, cuando fui a Michigan para tipografiar la decimotercera edición de Connecting Link, me di cuenta de que mi tiempo con la revista había concluido. Había crecido mucho haciéndola, pero ahora era el momento de avanzar hacia otra cosa – qué otra cosa, no lo sabía, pero cuando tengo estas intuiciones debo seguirlas.

Cuando regresé a casa, pasé algunos días pregun­tándome si no había sido una estúpida al dejar un trabajo cuando ahora vivía en medio del campo y no sabía dónde conseguiría otro. Entonces me di cuenta de que no tener trabajo era perfecto: era el momento de hacer el libro. Empecé a escuchar las cintas y a transcribir algunas partes. El trabajo resultaba fácil y agradable, y las cosas parecían fluir. No me cuestioné el orden ni intenté establecer uno. Simplemente, dejé que todo fluyera a través de mí.

Durante esa época, los Pleyadianos dieron una serie de clases diurnas para unas pocas personas con el fin de hacemos salir de nuestros conflictos personales. Las cla­ses se denominaron «Disparando códigos de consciencia», y eso es exactamente lo que hacían. Profundicé en aspectos que creía que había resuelto en Nueva York. Los que asistimos a las clases nos liberamos de gran parte de nuestro bagaje emocional y desarrollamos un estrecho vínculo entre nosotros. Las series terminaron con un «renacimiento», que resultó ser una de las expe­riencias más poderosas de mi vida.

Asistí a otra «lectura de libros» con los Pleyadianos en la cual dijeron que los Mensajeros del Alba eran capaces de dar un salto evolutivo en la consciencia, anclando primero la frecuencia en sus propios cuer­pos. Repentinamente, fui consciente de algo: no había sido capaz de hacer el libro en 1990, cuando habla­mos por primera vez, porque yo no había logrado mantener la frecuencia; aún no estaba lo suficiente­mente despejada como para hacerlo.

«No confiabas en ti, señorita Tera. Le decías a todo el mundo que sí lo hacías, pero ni siquiera te gustabas a ti misma. Te comparabas con otros y no eras honesta con lo que realmente ocurría dentro de ti, y las personas que te rodeaban eran un espejo para ti. 1 Tenías que profundizar más, pues todo el mundo debe ir profundizando, ya que todo el mundo tiene capas de odio hacia sí mismo y cosas que no le gustan de sí mismo. Tenías que explorar ciertos comportamientos tuyos que no funcionaban y descubrir por qué existían en ti, y gracias a ese descubrimiento ahora eres capaz de mantener la frecuencia. Ésta es la razón por la cual se te dio el libro de esa forma —porque necesitabas experimentar una importante expansión de la cons­ciencia—. Al tener que desmenuzar y traducir mucho material que finalmente no utilizarías, viviste un pro­ceso de relación directa con nosotros. Oíste una y otra vez, de una manera neutral, todas las cosas que nece­sitabas aplicar directamente en ti misma si no querías quedarte atrás. Y lo hiciste.»

Luego me dijeron que ya había transcrito suficien­te material y que ahora había que montar el libro. No tenía ni idea de cómo hacerlo. ¿Debía leer todas las páginas y ver si encajaban bien? Tenía algunas pági­nas con unas pocas líneas escritas en ellas y, por otro lado, había partes que ocupaban páginas y páginas. ¿Qué se suponía que debía hacer para poner todo esto en orden?

Los Pleyadianos me dijeron que, cada noche, antes de ir a dormir, debía dedicarles un minuto y visualizar la cubierta del libro. Debía jugar con esto y cambiar la ilustración siempre que lo deseara. Sólo debía mirar la cubierta, abrir el libro y empezar a leer las páginas, y luego dormirme. Recibiría la información mientras dormía. Me dijeron que, al leer un libro que ya existía I en el futuro, le daría vida. Me dijeron que yo no debía trabajar —ellos harían todo el trabajo—. Bueno, ¿por qué no?

La primera semana las cosas no fueron muy bien. Visualizaba antes de dormir, pero luego me desperta­ba presa del pánico mirando todas las páginas, y mi mente lógica intentaba leerlas frenéticamente, con la intención de establecer algún tipo de orden. Era abso­lutamente frustrante. Finalmente, una tarde, estando sentada en el suelo de mi oficina, rodeada de papeles y a punto de llorar, dije:

—¡Oíd, Pleyadianos! ¡Dijisteis que vosotros haríais todo el trabajo! ¡Yo abandono! ¡Hacedlo vosotros!

Comencé a recoger los papeles, uno por uno, como si simplemente los estuviera apilando para guardarlos. Pero cogía uno que estaba a mi izquierda, otro a mi derecha, y luego quizás uno que tenía detrás de mí, y luego volvía a mi izquierda otra vez. No había ritmo ni razón para esto, ningún orden. Ni siquiera pensaba en lo que estaba haciendo, me limitaba a recogerlos. Cuando había recogido unas treinta páginas aproxi­madamente, me detuve de golpe y observé el montón que tenía en la mano. Me dieron escalofríos y me dije:

«Oh, Dios mío, creo que éste es el primer capítulo». Llevé las hojas a mi escritorio, me senté y comencé a leer. Encajaban a la perfección. ¡Estaba perpleja! Sé que creo en estas cosas, pero, aún así, cuando sucede es realmente sorprendente. El resto del libro se com­puso sin esfuerzo, como dijeron los Pleyadianos.

Tuve otra «lectura de libro» y dije a los Pleyadianos lo complacida que estaba con el nuevo proceso y lo divertido que era. Ellos dijeron: «Estás empezando a recibir guía directa sobre cómo hacer las cosas. Cuanto más digas: "Renuncio al control, no sé cómo hacer esto", más energía recibirás. A medida que vayas saliendo de tu propio camino, será cada vez más fácil.

Sólo debes tener el propósito. Cuanto más repitas tu propósito, más fácil será. Más adelante, cuando el libro esté listo y muchos te pregunten cómo lo has hecho, queremos que expliques este proceso. Quere­mos que verifiques nuestras enseñanzas tal como las recibiste, demostrando que crees en lo que te estamos diciendo. Recuerda el tiempo que has necesitado para entender el proceso. No te estamos dando una lección, te estamos guiando, haciéndote volver, devolviéndote el reflejo una y otra vez para que puedas comprender dónde se encuentra el poder de operación. Se trata de tener una intención clara —de actuar "como si", y de luego simplemente recibir continuamente.»El resto del libro simplemente encajó a la perfec­ción y, tal como habían dicho, los Pleyadianos nos encontraron un editor sin que ni yo ni Barbara hiciéra­mos nada. Por supuesto, nos pusieron en contacto con Barbara Hand Clow —¿quién mejor para sacar el ma­terial al público?— y su excelente guía me ayudó a reescribir y pulir el texto, transformando un libro más sobre canalización en algo realmente maravilloso. Los Pleyadianos tenían razón. Cuando miro el libro, no sé cómo sucedió. Yo no lo diseñé, ni lo planeé, ni lo concebí, ni lo ordené. Me limité a confiar y dejarlos trabajar a través mío. Fue una experiencia maravillosa que cambió mi vida. He aprendido a trabajar con seres sin existencia física y nunca más empezaré a trabajar en ningún proyecto sola. Actualmente estoy escribiendo un guión original, y he llamado a un grupo de exper­tos para que colaboren conmigo en la redacción, y a otro grupo de expertos para que me ayuden con las ventas. Es increíble lo bien que está funcionando. Verdaderamente, sin ningún esfuerzo.

Los Pleyadianos me dieron las gracias por mi tra­bajo y por mi confianza y dijeron que querían com­pensarme y obsequiarme con muchos cheques del Es­píritu (que no son como los cheques en dólares). Me han dado tantos obsequios... El regalo más importante por haber hecho este libro soy yo misma. Ahora con­fío en mí, me amo, y dependo de mí y he abierto mi corazón. Debido al nuevo amor hacia mí misma, he atraído amigos maravillosos a mi vida, que se han convertido en una familia para mí. He sanado relacio­nes con mi familia de sangre, y he atraído algo sor­prendente: hace veinticuatro años di una hija mía para adopción, y ahora ella me ha encontrado. Vivimos a dos horas de distancia y estamos estableciendo una cálida y estrecha relación. Estoy muy agradecida de que haya vuelto a mi vida.

Otro regalo importante ha sido la confianza. Du­rante años dije que era escritora. Incluso escribía. Pero, no hace mucho tiempo, desperté una mañana y, mien­tras repasaba lo que había escrito la noche anterior, repentinamente, recibí este conocimiento —¡soy una escritora! No voy a ser una escritora— ¡soy una escri­tora!

Aprender a comunicarme con los seres no-físicos ha sido otro valioso obsequio y ha abierto muchas áreas nuevas en mí. Estoy empezando a comunicarme con los animales, tanto domésticos como salvajes. Es una experiencia maravillosa y me doy cuenta que se han abierto avenidas de comunicación de las que to­davía no soy consciente. Son ilimitadas.

Ha habido muchos regalos más. Los Pleyadianos me dijeron que el proceso de este libro sería la ense­ñanza más poderosa de mi vida, y estoy de acuerdo. Me alegro de haberme escogido a mí misma para hacerlo y estoy agradecida por todo el apoyo y el amor que he recibido de mi familia de amigos durante este proceso. Les agradezco muchísimo a los Pleyadianos su amor, su amistad, su apoyo y, sobre todo, por llevarme hacia mi propia evolución.
tera thomas

Pittsboro, North Carolina

Marzo de 1992

Tera Thomas ha sido editora de Connecting Link y actualmente es una escritora freelance.

PRÓLOGO

¡Atrapada en Bali! Así es como me sentía mientras me preguntaba la razón por la cual nadie había mencionado la burocrática necesidad de un visado para Australia hasta ese momento. Con el billete y el pasa­porte en la mano y con el equipaje en la báscula, me enteré de que sin el mencionado documento no podía abordar el vuelo a Darwin. Mi mente buscaba deses­peradamente la lógica de la situación y cómo solucio­narla. Este juego no era nuevo para mí, y mi habilidad para transformar y transmutar los obstáculos en men­sajes y comprender su significado simbólico había sido puesta a prueba en más de una ocasión. Se envia­ron varios fax al consulado en Sidney y, durante la primera hora de espera, tuve la certeza de que me aclararía, y de que estaba a punto de comenzar un viaje de enseñanzas Pleyadianas en las tierras de ahí abajo. Había dejado Carolina del Norte hacía una se­mana, había estado unos días en Hawai y ahora, luego de una estadía de tres días en Bali, me sentía descan­sada y lista para empezar una odisea de dos meses.

Miré de reojo el reloj de la terminal y noté la lentitud con que transcurrían los minutos. Esperaba con impaciencia que los propósitos y los aconteci­mientos se pusieran en marcha. Mientras el tiempo se arrastraba, se despertó en mí el sentimiento de que quizá, solamente quizá, no subiría al avión. Quizás ésta iba a ser unas de aquellas veces en que, por más propósito que tuviera, no iría a ningún sitio. Podía sentir cómo mi cuerpo se resistía al nuevo plan y a los cambios que potencialmente habría que hacer si no lograba subir al avión y llegar a destino en el tiempo previsto. Me sentía fatal. ¡Maldición!

A las once de la noche, hora de partida de mi avión, y teniendo mi billete, pasaporte en mano, y mi viaje orga­nizado, me dijeron que debía ver al cónsul local de Aus­tralia el martes, cuando estábamos a sábado y el domin­go y el lunes eran festivos. El próximo vuelo a Darwin estaba previsto para el día después.

Me rendí, encontré un taxi y, con el equipaje den­tro, me dirigí a la soledad del hotel balinés que había dejado hacía unas horas. Mi habitación me esperaba. No tenía una solución inmediata para este dilema, con perspectivas de agravarse y, sabiendo esto, abandoné. Me instalé en la cómoda y confiada creación de que, de alguna manera, todo saldría bien y de que, si debía quedarme atrapada en algún lugar, Bali era ciertamen­te el sitio ideal.

Al día siguiente, estando sentada junto a la ventana de mi habitación, caí en la cuenta de que me había comprometido a escribir el prólogo de Mensajeros del Alba y de que ¡no me movería de allí hasta que hubiera completado la tarea! Mientras bebía café balinés, sentí que mi entorno y la rica vegetación que enmarcaba mi visión me nutrían. Me puse a pensar por dónde comenzar y cómo insertarme yo y ese proceso fenomenal llamado los Pleyadianos, que habían cobrado vida propia a través mío, en el tiempo y el espacio.

Como si estuviera perseguida por un sueño re­currente, me preguntaba una y otra vez, ¿cómo empe­zó todo? Al principio me respondía delineando los impulsos y la secuencia de sucesos que me habían conducido a la canalización de los Pleyadianos, y me detenía ahí. Sin embargo, al repetirme interminable­mente la pregunta, una energía se agitaba intranqui­la en mi realidad y, a medida que me repetía la histo­ria, comencé a entrever una imagen mayor, donde los acontecimientos y principios provenían de distintas direcciones y «épocas», y se unían bajo un mismo propósito.

Durante mi niñez, siempre me sentí diferente y marcada por el hecho de haber heredado un hermano mayor retrasado mental. Su presencia representaba todo un reto para mi joven mente, y mi familia tenía mucho que aprender. Hace poco fui impulsada por los P's, como los llamo afectuosamente, a volver a examinar viejas fotografías de mi niñez y a reconsiderar mi interpretación de quién creía que era. Desde esa aproxi­mación, esta vez vi que un amor casi celestial brillaba en el rostro de mi hermano mayor, Donaid, y en una fotografía tras otra, la luz parecía iluminarlo siempre. Nunca antes había considerado el hecho de que quizá yo estaba bendecida por su mera presencia.

Mi familia compartía y exploraba sus fronteras bajo la influencia de mi maternal abuela polaca, Babci, quien encamaba una dignidad y un orgullo que trascendían su experiencia terrenal. Una pionera y producto de las vas­tas inmigraciones europeas de principios del siglo veinte, llegó a una tierra donde, según le habían contado, las calles estaban cubiertas de oro. Fue bajo su estabilizadora influencia que mis dos hermanos, mi hermana pequeña y yo jugábamos de niños, explorando las tierras mágicas de sus dominios. Fue gracias a ella como me sentí verda­deramente amada y aprendí a respetar a la Tierra y a amar al planeta. Nos dijo que su nombre significaba «Estrella» en polaco. Aquellas enseñanzas de amor a la Tierra resonaron más tarde en la voz de mi conexión con las estrellas, los Pleyadianos.

En la adolescencia, mi «diferencia», por decirlo de alguna manera, me llevó a una exploración de ideas metafísicas y, por primera vez, comencé a emocionar­me con el descubrimiento de que podía escoger entre muy diversas interpretaciones de la realidad. A finales de los setenta, me encontraba explorando el material de Seth, entre otras cosas, y a partir de ahí pasé mu­chos años grabando mis aventuras imaginarias mien­tras devoraba páginas y páginas del saber de Seth.

En agosto de 1987 (el verano de la Convergencia Armónica), y luego otra vez siete meses después, en marzo de 1988, experimenté pequeños colapsos de la realidad en los que acontecimientos segmentados y almacenados de un pasado que parecía insignificante volvieron a mí con una fuerza inesperada, reclamando ansiosamente un lugar de reconocimiento. En estas ocasiones, mi cuerpo entraba en estado de shock, al tiempo que aquellos que me rodeaban recibían y com­partían información sobre raptos perpetrados por ovnis. La primera vez que ocurrió esto, me limité a comentarlo, pero la segunda vez mi cuerpo fue activado más allá de cualquier cosa que hubiera experimentado an­teriormente —o casi—. Los recuerdos me abrumaban. La presentación de la información sobre ovnis estaba entrando en mi archivo de sueños, exponiendo una verdad que era difícil de asimilar.

Años antes, a principios de los ochenta, cuando vivía en Taos, Nuevo México, había tenido un encuentro noc­turno con tres seres de un azul luminoso en mi habita­ción. En esa época, la experiencia causó en mí un pánico absoluto, un sentimiento que yo no conocía bien. Con el fin de resolver este conflicto, ya que no tenía ningún punto de referencia a mi alrededor con el que contrastar mi propia relación y experiencia con lo desconocido, almacené el acontecimiento/experiencia en mi diario ima­ginario, inspirado en Seth y ahí dejé este fragmento inexplicado de la realidad, que sabía que no era un sueño, aunque durante años encontró un lugar seguro en mi mente bajo esa denominación.

Ahora el viejo asunto volvía a resurgir. ¿Bajo qué categoría del archivo de la vida se encontraba mi ex­periencia? ¿Había sido verdaderamente real? Las imá­genes del encuentro volvieron al presente y todas y cada una de las células de mi cuerpo tuvo la repen­tina certeza de que los extraterrestres eran reales. Mi cuerpo nunca olvidaría el encuentro con los tres seres azules que revolotearon a mi alrededor, consolándome por algún trauma aparentemente olvidado. Se estaba exigiendo a mi intelecto que expandiera su visión del mundo - y que comprendiera -. Se me retó a que viviera con esta experiencia y la integrara, lo cual me abriría para lo que había de venir.

Los Pleyadianos y yo intersacamos realidades ofi­cialmente unos meses después en Atenas, el 18 de mayo de 1988. Yo había estado viajando con un ale­gre grupo metafísico por los templos de Egipto y Gre­cia durante las últimas tres semanas. Empezando por la Gran Pirámide, nos fuimos desplazando por los antiguos vórtices, inocentes como niños, atrapados por el misterio contenido en las silenciosas piedras. El viaje concluyó con visitas a la Acrópolis y a Delfos y, mientras nos despedíamos en el bar del hotel, sentí el impulso repentino de empezar a canalizar yendo a mi habitación, sentándome en silencio e imaginando que me encontraba en la Alcoba del Rey de la Gran Pirá­mide. Recuerdo haberme sentido inspirada por esta idea —sentí que era oportuna y que estaba en el espí­ritu del viaje.

Me dirigí a mi habitación y, en cuanto me sentí segura y a salvo, me senté con la espalda recta y me trasladé con la mente a la Alcoba del Rey, acompaña­da del sonido «om». Me dije a mí misma: «Me pro­pongo ser un canal claro ahora». Al poco rato sentí el deseo de hablar y, a medida que este deseo se comen­zó a expresar por medio de una voz susurrante dife­rente a la mía, otra porción de mi mente —la racional, la que «controla»— empezó a cuestionar, a través del pensamiento, ¡a la voz que hablaba! Esta empresa inicial requirió de una gran destreza mental y física por mi parte, ya que estaba hablando por un descono­cido, haciéndole preguntas mentalmente y oyendo sus respuestas para poder continuar dialogando.

Después de lo que pareció ser media hora, el des­conocido anunció su presencia como «los Pleyadianos» y no dijo más. La comunicación duró en total aproxi­madamente una hora. Las «energías» habían sido cla­ras y abundantes y el contacto había sido, de alguna manera, alegre —las palabras pronunciadas me alivia­ban con respuestas— y hoy sólo recuerdo sensaciones de paz y sabiduría. ¡Al abrir los ojos me inundó un profundo sentido de lo mágico! ¿Era esto posible? ¿Había penetrado en algo al seguir los impulsos que me llevaron a unirme a esta expedición en primer lugar, o me había sumergido en las profundidades de un mundo de ilusión y lo había soñado todo? ¿Cuál era la diferencia? ¡Y Pleyadianos! Me sentí abrumada por esto desde un principio. ¿Quién, en su sano juicio, iba a creer que había contactado y hablado con extraterrestres? Esto era demasiado para mí. ¡Qué enorme tumulto interior provocó en mí el hecho de seguir estos impulsos! Desde entonces he aprendido a con­fiar en las energías que me mueven y honrarlas, y ahora puedo leer la historia de esos impulsos originales en mi carta astral y también en la carta Pleyadiana. Durante los primeros meses de nuestra relación, los Pleyadianos me sugirieron que estudiara astrología. Yo no tenía ni idea de la complejidad y del profundo compromiso que esta antigua ciencia exigía para po­der acceder al lenguaje universal y al código de pro­pósito. Los Pleyadianos, en su carta natal para ese día de infusión, tienen un sol en Tauro a 27 grados 57 minutos. La agrupación de estrellas de las Pléyades está situada a 28 grados Tauro. Todo un problema.

Cuando empezábamos a conocernos, yo no estaba al tanto de sus trucos ni de los métodos sutiles que empleaban para incidir en mi realidad —estaba dema­siado ocupada adaptándome a la idea de haber con­tactado con extraterrestres—. Al encontrarnos y fun­dimos, aumentaron la confianza y comprensión entre nosotros. Desde el principio, mi hermana Karen, que me asistía en las sesiones, esperaba ansiosamente el momento en que yo me sentaría y canalizaría. No dejaba entrever ningún tipo de dudas pero yo, en mi interior, continuaba preguntándome si esto era verda­deramente real.

Movida por el deseo de cooperar con lo que yo había creado, me ofrecí condicionalmente a usar mi cuerpo y mi voz en momentos convenidos, y además dejé claro que si los Pleyadianos eran verdaderamente reales, no les resultaría difícil lograr lo que querían y hacer la mayor parte del trabajo —mi lógica era que yo no iba a perder el tiempo con nada que no fuese una presencia viable—. Este comportamiento puede parecer el colmo de lo absurdo para algunas personas, aunque aquellos que poseen experiencia en estos mun­dos comprenden que es muy importante establecer límites. Me tomó casi dos años establecer un vínculo profundo con ellos, y sucedió durante una sesión de terapia corporal, en la que una ola de amor Pleyadiano, incomparable, me envolvió y en mi cuerpo emocional quedó grabada la inestimable valoración que de mí hacían. Me rendí.

Más adelante comprendí que los Pleyadianos ha­bían demostrado su sutil presencia en mi mundo des­de el primer día. Se convirtieron en los amigos y maestros que siempre había deseado tener. Parecían tener línea directa con el juego de sincronicidad/impulso que da vida a los acontecimientos y a las personas. Como nunca he invertido mucho tiempo en preocupaciones, me resultó fácil entrar en el momento Pleyadiano del dejarse ir, mientras ellos creaban una vida propia a través de mí. Las personas y las oportunidades llegaban de todas partes. Mi trabajo consistía en manejar y ser una azafata física para sus energías. Yo debía encamar todas sus enseñanzas —salir a su encuentro y vivirlas.

Actualmente vivimos en armonía y la verdad es que me siento más extraterrestre que humana. Han dado vida a sus enseñanzas a través de mí, y mi vida se ha convertido en una historia de misterio Pleyadiano que me ha llevado al corazón de mi alma multidimensional. Con esto no quiero decir que comprenda total­mente nuestros encuentros, y a veces me pregunto cómo es posible que tantas personas hayan terminado involucradas en mi versión de la ilusión. Me siento profundamente agradecida por esta oportunidad de vi­vir una vida que se expresa libremente en estos tiem­pos de cambios; y el hecho de que esta expresión creativa haya dado sentido a las vidas de tanta gente es, para mí, un precioso regalo —la gracia devuelta.

P. D: ¡Llegué a Darwin a tiempo!

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