Benemérita Universidad Autónoma de Puebla Dirección de Enseñanza Media Superior Historia Contemporánea de México guía para el alumno academia General de Historia de México



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¿Qué es una constitución?

En términos estrictamente jurídicos, una constitución es el enunciado institucional de las grandes "reglas del juego" político y social que una sociedad adopta, en cierta etapa de su devenir histórico, mediante un determinado reparto de responsabilidades y con proyección y orientación hacia ciertos fines en los que la sociedad visualiza su porvenir.

Cuando hablamos de las "reglas del juego" nos referimos a la amplitud del poder estatal, a la distribución del poder entre sus órganos, a los mecanismos de formación, a los procedimientos de actuación, a los fines (mediatos) y a las directivas (inmediatas) de los gobernantes, a las relaciones de los gobernantes con los gobernados, es decir, a sus potestades sobre éstos, así como a los derechos de las personas y las garantías de los gobernados frente a los gobernantes.

Se dice que una constitución es real cuando las "reglas del juego" se pueden aplicar, cuando son viables y en su cumplimiento están comprometidos los principales protagonistas o fuerzas sociales de ese momento en la comunidad. De esta forma, la expresión normativa de ese enunciado institucional de las "reglas del juego" recibe el nombre de constitución jurídica del Estado. Toda constitución tiene varios aspectos significativos:

a) de procedimientos y organización, cuya aceptación y cumplimiento son indispensables para el desenvolvimiento institucional;

b) de legitimidad, es decir, de creencia en la legalidad de las "reglas del juego", que se basa en un amplio consenso en relación con dichas reglas. Hay legitimidad

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cuando la constitución y el poder proceden de principios o creencias admitidos por la comunidad. El consenso sobre estas reglas da por resultado la legitimidad constitucional y ésta surge de la coincidencia entre la constitución jurídica y la constitución real;



c) de compromiso, como resultado de una transacción y que expresa una conciliación. El compromiso debe ser el más vasto posible y el que las circunstancias históricas y las fuerzas actuantes permitan;

d) de temporalidad, debido a que la constitución no es un fin en sí mismo, sino un medio o un instrumento para alcanzar los fines sociales en un momento determinado; no se puede aspirar a que una constitución exprese las necesidades de todos los tiempos

e) de futurismo o proyección, ya que una constitución es síntesis, es transacción; recoge la realidad, toma en cuenta los factores reales de poder -en este caso, los ejércitos revolucionarios-, pero también es cauce normativo en función del cambio y de la transformación evolutiva.

A partir de la Independencia (1821), México ha contado con diversas constituciones o programas de gobierno. Sin embargo, sólo se han llevado a cabo tres congresos constituyentes: el de 1823-1824, el de 1856-1857 y el de 1916-1917.



Proceso histórico a considerar

Constitución de 1917

En 1916 el Primer Jefe convocó a un congreso –exclusivamente para quienes habían permanecido fieles al constitucionalismo, es decir, que excluía a villistas, zapatistas y convencionistas- que reformulará la Carta Magna, discutiera las reformas decretadas durante la lucha armada y los moldes que debería tomar el nuevo Estado. La efervescencia partidista fue muy marcada en el congreso, unos diputados, eran alentados por Carranza y otros por Obregón. Entre los moderados, más devotos sobresalieron Alfonso Cravioto, Félix Palavacini y Gerzayn Ugarte. De los radicales, llamados “jacobinos” y más cercanos a Obregón destacaron personajes de intachable trayectoria revolucionaria, Francisco J. Mújica, Heriberto Jara y Esteban Baca Calderón. Sesionaron del 1º de diciembre de 1916 al 31 de enero de 1917 en Querétaro. Al final, el resultado fue una Constitución avanzada que declaraba inconstitucionales a los terratenientes y a los latifundios; era obrerista a pesar de que el país era rural, porque sancionaba los derechos de los obreros; y nacionalista porque favorecía las reformas nacionalizadoras; liberal a pesar de que el país era católico y muy religioso porque limitaba a la Iglesia católica.



BIBLIOGRAFIA DE CONSULTA

Armando Bartra, (ed), Regeneración, 1900-1918: la corriente más radical de la Revolución Mexicana de 1910 a través de su periódico de combate, , Era. México, 1982.

E. Bronfo White, La división del Norte (1914) por un testigo presidencial, Lumen, , México, 1940.

R. Cumberland, La Revolución Mexicana, los años constitucionalistas, FCE, México, 1983.



Lectura 1

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Diferentes facciones en la Revolución *

CARRANZA Y EL NORESTE DENTRO DE LA REVOLUCIÓN DEL NORTE.+

El noreste de México, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, tuvo un peso militar mucho menor en comparación con los fuertes ejércitos revolucionarios de Sonora y Chihuahua. Aunque Coahuila era la sede inicial de la dirección política del movimiento Constitucionalista.

Los más importantes jefes militares del noreste, tales como Pablo González, Lucio Blanco y Jesús Carranza, entre otros, provenían del círculo de los viejos rebeldes maderistas que en 1912. Al igual que en los otros territorios del norte, el núcleo inicial de este ejército constitucionalista creció lentamente a partir de las tropas irregulares de los estados del noroeste en el curso del año 1913, mediante la adhesión espontánea o el reclutamiento de voluntarios. Aquí no existía la posibilidad de organizar el ejército “desde arriba”, como en Sonora, ni hubo una amplia movilización de masas como sucedió con Villa en Chihuahua. La composición social de las tropas también en el noroeste era muy heterogénea, se incorporaron a las tropas constitucionalistas desde los trabajadores de minas cerradas de carbón al norte de Coahuila hasta los vaqueros del Río Bravo. Las tropas sobrevivieron en 1913 mediante empréstitos forzosos impuestos a los ricos, requisas locales, etc. Permanecieron casi todo el tiempo a la defensiva frente a las tropas federales y sin conseguir triunfos militares trascendentes en el curso del año 1913, con las tropas de Villa y Obregón. Por lo tanto, para una comprensión global del movimiento revolucionario del norte no es tan importante la historia militar de esta región, sino más bien la política de Carranza. La autoridad de Carranza como primer jefe del movimiento Constitucionalista, sin embargo, no era reconocida en igual medida por todas las corrientes revolucionarias del norte. En el norte su posición como primer líder y político estaba firmemente arraigada y también logró establecerse en Sonora, pero el movimiento villista fue sustrayéndose de manera gradual al control efectivo del cuartel general de Carranza, aunque formalmente permaneció subordinado a la jerarquía Constitucionalista. Hasta el rompimiento abierto con éste.

Mientras que al levantar su ejército los líderes políticos y militares de Sonora no retrocedieron ante una limitada política confiscatoria del movimiento villista hasta hizo de la intervención estatal y de la administración independiente de un gran número de haciendas en Chihuahua. Y posteriormente en Durango su principal fuente económica. Carranza, por el contrario desde el principio procuró reducir al mínimo la intervención en las relaciones de propiedad existentes. Esta no sólo valía para el respeto escrupuloso hacia la propiedad extranjera, sobre todo estadounidense: incluía también, a diferencia del villismo las fincas de las clases altas mexicanas. “cuando Carranza no podía evitar la confiscación de las fincas, subrayaba con vehemencia el carácter transitorio de tales medidas y prohibía la distribución de tierras a los campesinos y a la mayor brevedad posible devolvía las propiedades a sus dueños”.

Así, por ejemplo Carranza procedió enérgicamente contra un reparto de tierras de una hacienda tamaulipeca realizada por el general Lucio Blanco en 1913 para soldados y campesinos necesitados, pese a que se trataba de un acto político de particular significado simbólico, ya que la hacienda afectada pertenecía a un nieto de Porfirio Díaz.



* Tomado de Hans Werner Tobler, La Revolución Mexicana. Transformación y cambio político 1876- 1940, México, Alianza Editorial, pp. 279-281

+ Tomado de Héctor Aguilar Camín y Lorenzo Meyer, A la sombra de la Revolución Mexicana, México, Cal y arena, 1998, pp. 51-57.

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Lectura 2

Las razones de Sonora

Las historias prerevolucionarias de esos lideres sonorenses entregan una colección de hombres atados a una supervivencia cuya índole no era la desesperación material, el hambre o el desempleo, sino la restricción por lo privilegios acumulados de las oligarquías locales, la falta de acceso a las decisiones y los puestos políticos, así como los grandes negocios. Manuel M. Diéguez era el ayudante de contaduría de las superintendencias de las minas de Cananea porque sabia ingles y un poco de administración. Esteban Baca Calderón era un maestro de escuela, ilustrado en las consignas jacobinas y liberales, que llego a Cananea en busca de una ambiente propicio para trabajo político magonista y que, según sus propias palabras, había forjado su carácter en el “yunque del trabajo intelectual, en la lucha tenaz por disipar las tinieblas de la ignorancia y el fanatismo”. Benjamín Hill era sindico del emergente municipio de Navojoa, dueño de dos propiedades que sumaban en total 2,500 hectáreas no irrigadas, de un molino harinero y de un apellido cuya historia local estaba cargado de prestigio y leyenda; Adolfo de la Huerta era el manager de “uno de los mas importantes negocios de Guaymas” (la hacienda y tenería de don Francisco Fourcade) y también un soltero requerido por su voz de tenor en las fiestas de la alta sociedad porteña cuyas familias mas almidonadas seguían viéndolo, sin embargo, como un “zapetudo” (un arribista). Francisco Serrano era un pequeño propietario de Huatabampo, había hecho sus pininos como periodista de oposición en la campaña independiente de Ferrel contra el dominio cañedista en Sinaloa, y algún amigo de entonces le había franqueado el paso hasta la secretaria particular del gobernador Maytorena en 1911. Álvaro Obregón era un pequeño agricultor que sembraba garbanzo para exportación en Huatabampo, un hombre que a los veinte años era experto en maquinaria agrícola, y para 1911 había inventado una cosechadora cuyo molde de hierro había sido encargado ya a una fundición de Culiacán; era pariente pobre pero socorrido de los hacendados Salido, los mas modernos de la región del Mayo. Plutarco Elías Calles había sido maestro y funcionario de la tesorería de Guaymas, pero sobre todo gerente de un molino harinero en el norte del estado (300 pesos de sueldo mensual), administrador de las haciendas de su padre, Plutarco Elías Lucero y, como él mismo se definió en una carta a las autoridades de 1909, “gente de propiedad y trabajo, amigo incondicional del gobierno”. Salvador Alvarado era un pequeño comerciante que se había probado como boticario en Guaymas y como pueblerino asfixiado por la corrupción municipal en su pueblo Pótam, Rió Yaqui. A los padres de Juan Cabral no les había faltado recursos para sostener al hijo como interno en el colegio Sonora –el mejor del estado-, ni a su hijo ilustración oposicionista para erguirse a lo 19 años como orador contra el caciquismo mexicano, durante unas vacaciones en La Colorada, importante centro minero del distrito de Hermosillo.

De no haber venido la revolución, ninguno de estos hombres habría dejado de triunfar a medias como administradores, comerciantes y agricultores, pero ninguno tampoco habría tenido la vía libre para alcanzar -mas allá de la preponderancia política- el estatus social y económico de la oligarquía porfiriana, a cuyo desplazamiento y emulación se entregaron desde los puestos y las facilidades que la revolución les entregó. Con el tiempo, tanto en sus despojos como en sus empresas, el único proyecto social consistente de estos sectores medios habría de ser la expulsión de la vieja oligarquía de hacendados y empresarios.

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De por si, en el contexto de la rebelión sonorense, estos pequeños agricultores libres, administradores medianos, comerciantes, maestros y rancheros modestos, alcanzaron la supremacía política y militar por el desplazamiento de un liderato maderista de hacendados. Particularmente, por la enconada lucha contra el equipo de gobierno y las iniciativas clasistas de José María Maytorena, un heredero patriarcal que se incorporo al maderismo a través de la causa reyista como representante de las grandes familias preporfirianas arrinconadas en sus “feudos” por las inversiones estadounidenses, la agricultura capitalista, los negocios de colonización y el férreo control político de un añoso triunvirato (Rafael Izabal, Luis Torres, Ramón Corral).



Esta camada de recién llegados había consolidado prestigios y posiciones durante la campaña exitosa del año anterior contra las huestes orozquistas que inundaron el oriente del estado y había construido un pequeño ejercito estatal que rebasaba los tres mil soldados, con una oficialidad propia y una organización cuya línea de lealtades empezaban en el desprecio y el recelo por el ejercito federal . Retirado Maytorena a fines de febrero, el 5 de marzo de 1913, invocando la poderosa razón sonorense de la soberanía estatal amenazada por las presiones del centro, la legislatura local desconoció a Huerta y el gobernador interino, Ignacio Pesqueira, dio la voz general de la insurrección. Desde la cúpula de ese gobierno constituido, los jefes sonorenses enfilaron sus ejércitos contra las fuerzas federales, como si estas fueran las contingentes de un ejercito de ocupación.

Un héroe reciente de las batallas contara el ozorquismo, Álvaro Obregón, fue puesto al frente de los ejércitos locales, que avanzaron primero al norte sobre las guarniciones de las grande minas y la estratégica frontera de la que habrían de venir armas, municiones, uniformes y hasta un aeroplano. El gobierno de Hermosillo Se dedico, por su parte, a estimular los hábitos recientes de autodefensa –se había combatido así durante 1912 la rebelión orozquista en el estado- movilizando presidentes municipales, prefectos, comisarios y vecinos para formar pequeñas partidas de voluntarios que iban concentrándose después en cuerpos mayores.

Para fines de marzo, los rebeldes tenían en su poder lo suficiente parar garantizar una insurrección administrada desde el Palacio de Gobierno de Hermosillo: dos puertos fronterizos –Nogales y Agua Prieta-, la ciudad minera mas importante del estado, Cananea, y tratos con las principales firmas mineras, comerciales y ganaderas que pagaban impuestos a las autoridades rebeldes. Antes de que terminara el mes de marzo, los tres mil efectivos militares iniciales se habían duplicado y toda Sonora, salvo el puerto de Guaymas y las guarniciones del sur, estaba dominada por la insurrección.

Lectura 3

Francisco Villa y la División del Norte

En Chihuahua, Villa inició la insurrección con ocho hombres para construir en breve tiempo la maquinaria bélica más impresionante de la revolución: la División del Norte que llegó a contar con 40 000 hombres y un grupo élite: los “dorados”, ahí se encontraban los líderes más importantes como Martín Fierro, Calixto Contreras, Felipe Ángeles, Rafael Buelna, Orestes Pereira y Gertrudis Sánchez entre otros.

La extrema diferencia de personalidad entre Villa y Carranza, por ejemplo, debido a sus orígenes sociales completamente distintos, carreras revolucionarias opuestas y una marcada diferencia de edades y temperamentos, fue descrita por el propio Villa de la siguiente manera, después de su primer encuentro con Carranza:

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“Mi primer impulso fue de respeto hacia aquel anciano que traía representación del honor y la justicia, por la manera por la que nuestra gente se moría en los combates. Lo abracé muy conmovido, pero a las pocas palabras que hablamos mi sangre se empezó a helar, porque comprendí que no le podía abrir mi corazón, pues para él no era yo un amigo, sino un rival. Jamás me miraba derecho, y toda su conversación se reducía a recalcarme nuestras diferencias de origen, haciéndome ver que él lo había sido todo: desde presidente municipal, jefe político, gobernador, senador hasta Primer Jefe y en explicarme cosas de decretos y leyes que yo no entendía, pero que no era el punto claro de nuestras explicaciones. Entonces me limité a escucharlo fijándome en todos sus movimientos. Creí entonces tener enfrente de mí a mi escribano y no a un caudillo popular; al amo de una hacienda, y no al interprete de las esperanzas de los labriegos. Nada había de común entre aquel hombre y yo; él era un político y yo un humilde luchador; el quería a toda costa la presidencia de México y yo quería muchas cosas para mi Patria, que él no podía entender”.

No obstante, en 1914 también el movimiento villista aspiraba a la hegemonía nacional. Villa no sólo tenía el mando sobre uno de los ejércitos más poderosos sino además contaba con una serie de consejeros militares y civiles que, en cuanto a experiencia y capacidad no se veían aventajados por la dirección carrancista. Por último en el verano de 1914 disfrutaba también de un respaldo considerable en los Estados Unidos, tanto entre los empresarios como dentro del gobierno estadounidense. Por lo tanto, no cabe duda de que el conflicto entre Villa y Carranza fue también el resultado de su rivalidad por la hegemonía sobre el país. Sin embargo, como señala Katz, esto no fue todo; influyeron además distintas fuerzas sociales dentro de ambos bandos.

A pesar de que el movimiento villista tenía una ala conservadora entre sus dirigentes que mostraba una gran afinida política e ideológica con la dirección carrancista, el movimiento villista, al final de cuentas se caracterizó en mucho mayor medida que el carrancista por su origen popular. Este hecho no sólo se pone de manifiesto en la política social más radical del villismo, sino también en su actitud frente a la cuestión de la tierra. Así por ejemplo el Pacto de Torreón del 8 de julio de 1914, que resolvió provisionalmente la primera crisis entre Villa y Carranza, incluía por la iniciativa de los villistas una cláusula acerca de la futura necesidad de realizar una reforma agraria. Aunque es cierto que los villistas no daban la misma importancia central a la reforma agraria que aquella le otorgaban los zapatistas, y que en efecto no realizaba una verdadera reforma agraria, el movimiento villistatenía mucho más que otros movimientos revolucionarios del norte también un carácter campesino. “Es significativo que con pocas excepciones todos los líderes o movimientos campesinos del norte de México se hallan colocados del lado de Villa” por esta razón, Villa también se oponía decididamente a la devolución de las haciendas a sus antiguos dueños, lo que más tarde Carranza llevaría a cabo a gran escala.

Lectura 4

El Zapatismo contra el Gobierno de Huerta.*

El cuartelazo de Huerta, con el que las viejas clases porfirianas pusieron fin de manera sangrienta al experimento maderista, no sembró ninguna duda En Zapata y en los



* Tomado de Felipe Arturo Ávila Espinosa, “El Zapatismo contra el Gobierno de Huerta” en Gran Historia de México Ilustrada, No. 78, México, Planeta Dc Agostini, S:A., pp. 358-360.

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principales jefes zapatistas. Si en el Plan de Ayala había declarado a Madero traidor a la revolución, Huerta viejo conocido suyo, quien lo había combatido a sangre y fuego meses atrás, era también un traidor y un gobernante ilegitimo. Zapata y sus principales jefes no chistaron: desde fines de febrero dieron instrucciones a sus subordinados para no prestar oídos a los ofrecimientos de paz de los enviados huertistas y de continuar con los ataques. El 2 de marzo informaron oficialmente a Huerta que su rebelión proseguiría.

Con el fin de conseguir su rendición, Huerta ofreció a los zapatistas lo que Madero les había negado, participación en el nombramiento del gobernador de la ciudad, además Zapata sería el jefe de armas, sus hombres se incorporarían a las “fuerzas rurales”, y se solucionaría el problema agrario. Algunos jefes se decidieron por la defección y se convirtieron en aliados de Huerta. Zapata, mantuvo la unidad de sus fuerzas y la actitud beligerante. Auxiliado por Manuel Palafox, quien se convirtió en esa etapa en el intelectual más influyente del movimiento, y con el apoyo de los principales generales surianos, apresó a los enviados de Huerta. Los jefes zapatistas reanudaron sus ataques, Huerta empleó una vez más la táctica militar que lo había hecho famoso: combatiría a los rebeldes a sangre y fuego, sin contemplaciones a través de la ley marcial, de la suspensión de garantías, con bombardeos, quemas de poblados y reclutamiento militar obligatorio. Puesto que toda la población era zapatista, acabaría con ella sin importar el daño irreparable que hacia a la economía y a las actividades productivas del estado. A los hacendados les anunció que deportaría a 20, 000 trabajadores hacia el sureste y colonizaría Morelos con nuevos habitantes. Cumplió parcialmente su palabra. En los tres siguientes llegaron 7, 000 soldados federales y deportó a 4, 300 morelenses, los cuales, apresados mediante leva, fueron enviados a reforzar al Ejército Federal en el norte, donde comenzaba a extenderse la rebelión constitucionalistas encabezada por Carranza. Juvencio Robles, el sanguinario federal, viejo conocido por los zapatistas, asumió la gubernatura y la jefatura militar de Morelos. Luego de disolver la legislatura y de encarcelar a los diputados y al gobernador interino.

Con la incorporación de los intelectuales urbanos, entre los que destacaron paulino Martínez, Antonio Díaz Soto y Gama, Ángel Barrios, Gustavo Baz, Manuel Mendoza López, Santiago Orozco, Enrique Bonilla y Alfredo Serratos, el zapatismo creció ideológicamente y pudo elaborar un discurso y un programa de dimensión nacional, con lo cual pasó de ser una rebelión regional a un movimiento que aspiraba a tomar el poder político central con un proyecto propio.

La actividad de los rebeldes zapatistas disminuyo antes y después del arribo de las lluvias. El ejército suriano, compuesto básicamente por gente proveniente de las comunidades campesinas, nunca pudo conseguir ser un ejercito profesional, con haberes regulares y dependía de las necesidades agrícolas de la preparación de la tierra, la siembra y la cosecha.

El Ejército Federal, entre tanto, continuó su campaña. Robles quemó las localidades que suponía más adictas a los zapatistas, entre ellas Yecapixtla, Xochitepec, Villa de Ayala y Tepalcingo, así como otras en el Distrito Federal, siguió con el reclutamiento militar forzoso y se hizo fuerte en las seis principales ciudades, cabeceras de distrito. Sin embargo, lo cierto es que los guerrilleros zapatistas mantenían el control de prácticamente toda la zona rural del estado y se habían extendido a las entidades aledañas, zonas en las que los jefes surianos aplicaron los principios del Plan de Ayala. En los lugares en donde se podía cambiaron a las autoridades locales, los pueblos eligieron a sus representantes, comenzaron a recuperar sus tierras, impusieron

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préstamos forzosos a los comerciantes y hacendados que seguían es sus localidades y empezaron a tomar en sus manos la administración de las haciendas abandonadas.

En estas condiciones, Zapata, quien había actualizado el Plan de Ayala de acuerdo con la nueva situación, declarando usurpador a Huerta y traidor e indigno a Pascual Orozco, y había asumido por primera vez formalmente la jefatura nacional del movimiento suriano, decidió en septiembre desplazar el centro de sus operaciones al estado de Guerrero, en donde lo agreste de la geografía y la deficiencia de las comunicaciones podían facilitar su labor, Además existían liderazgos rebeldes importantes que habían enfrentado también a Huerta, como Jesús Salgado, quien desde el año anterior había reconocido la jefatura de Zapata, al igual que Julián Blanco; los jefes guerrerenses se convertirían en aliados valiosos en los meses siguientes.

Ante el fracaso de Juvencio Robles, Huerta lo sustituyó el 13 de septiembre de 1913 por Adolfo Jiménez Castro, quien se quedó sólo con la mitad de las tropas federales, pues la otra parte fue trasladada ante el avance de la revolución en el norte, luego de la toma de Torreón por Francisco Villa. Con ellas se concentró en mantener el control de las ciudades mayores y prácticamente no hizo incursiones contra las móviles partidas guerrilleras. Los rebeldes aprovecharon para consolidar su posición en el campo, para unificar a los liderazgos aliados y para preparar la toma de las ciudades más grandes y estratégicas, como Iguala, Chilpancingo, Cuautla y Cuernavaca. Como la revolución constitucionalista en el norte se fortalecía cada vez más y el gobierno de Huerta daba muestras de su incapacidad para contenerla, Zapata, orientado por sus asesores, estableció contacto con los lideres norteños para ver las posibilidades de unificar a la revolución, y nombró a Emilio Vázquez Gómez como representante para buscar el reconocimiento estadounidense de su movimiento.

En enero y febrero de 1914, Zapata se dedicó a preparar la toma de Chilpancingo, mediante ataques sincronizados a poblaciones menores, traslado y concentración de tropas, aprovisionamiento de víveres y centralización del mando. A mediados de marzo, con 5,000 hombres, comenzó el cerco a esa capital, defendida por 1,400 federales, la que cayó en poder de los surianos el 26 del mismo mes. Fueron apresado 43 oficiales y jefes federales y se ejecutó a los que se encontró culpables de haber quemado pueblos. Dueños de todo el estado de Guerrero, los zapatistas y sus aliados procedieron a la elección del primer gobernador nombrado por los jefes revolucionarios guerrerenses, como lo establecía el Plan de Ayala. La elección recayó en Jesús Salgado.

Empero, el zapatismo que logró esta hazaña era muy diferente al movimiento original que había desconocido a Madero en noviembre de 1911. Sus fuerzas habían crecido más allá de Morelos, habían madurado ideológicamente, habían elaborado un programa político propio, habían comenzado a aplicar las reformas políticas y sociales del Plan de Ayala y se habían convertido en un movimiento regional que se presentaba en la escena nacional como un serio contendiente para ocupar el poder central.

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