Bertolt Brecht y el obsecuente papanatismo reformista-burgués interesado


Pero hay en este asunto otra intención. Una vez que se ha visto claro en estas



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Pero hay en este asunto otra intención. Una vez que se ha visto claro en estas interconexiones internas (de las cosas bajo el capitalismo), cualquier creencia teórica en la necesidad permanente de las condiciones existentes, se derrumba ante su colapso práctico. Las clases dominantes, pues, tienen así en este caso un interés absoluto en perpetuar esta confusión y esta vacuidad de ideas. De otro modo, ¿por qué se les pagaría a estos sicofantes charlatanes, que no tienen más argumento científico que el de afirmar que en economía política está terminantemente prohibido pensar? (Carta de Marx a Ludwig Kugelmann 11/07/1868. Ed. La Habana/1975. Pp. 107. Lo entre paréntesis y el subrayado nuestros. Versión digitalizada).
Con el mismo papanatismo burgués interesado de su apego a lo que sólo parece ser —porque así se lo percibe de espaldas a la realidad y, además, conviene—, ha procedido el novel populista catedrático en ciencias políticas, llamado Iñigo Errejón, quien al ser entrevistado por el diario “20 minutos”, se ratificó en la idea de que el capitalismo es eterno, al sentenciar sin más —como Jesús en los 10 mandamientos—, que “comunistas y socialdemócratas son especies del pasado”:

<“El Capital” de Marx, la tendencia al derrumbe del capitalismo es discutida con argumentos similares según los cuales, hasta el momento no se ha podido percibir nada de la tendencia al derrumbe. Con ello se olvida la verdadera función de la ciencia. Se olvida que desde el momento en que el derrumbe fuese ya directamente perceptible, sus predicciones teóricas serían superfluas>>. [Henryk Grossmann: “La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista” Cap. III c) Ed Siglo XXI/1979 Pp. 342).
Pero el caso es que, tal como hemos venido haciendo referencia en nuestros últimos trabajos, y como ya sucediera a fines de los años treinta el siglo pasado evocando a Henryk Grossmann, si el capitalismo de aquellos tiempos pudo superar la histórica tendencia al derrumbe del sistema, no fue por sí mismo, por esa presunta eternidad que mojigatos ideológicamente corrompidos hasta los tuétanos —como el señor Íñigo Errejón & Cía— tan estúpida y arrogantemente le atribuyen. Fue apelando a las contingentes “vibraciones” de la Segunda Guerra mundial entre 1939 y 1945, cuyos enormes destrozos y muerte por decenas de millones, permitieron retrotraer el sistema hacia condiciones económicas anteriores ya superadas. Y tan cierto es esto como que de aquél holocausto fueron plenamente conscientes los presuntos “próceres” de la época, como Benito Mussolini, Adolf Hitler, Winston Churchill y Franklin Delano Roosevelt, verdaderos genocidas que hicieron historia dejándose arrastrar por la barbarie de sus propios intereses de clase y ejecutaron aquella barbarie. ¿Para qué? Pues, para que la burguesía pudiera seguir disfrutando la misma historia. Esta historia de hoy como la de antes desde la Revolución francesa, que hoy a sujetos como Errejón y tutti cuanti, les sigue resultando conveniente parecerles, que ya se acabó hace mucho.
Como si no fuera parte de la historia el hecho de que, el desarrollo incesante de la fuerza productiva del trabajo social, contenido en los medios de producción cada vez más y más eficaces en reemplazo de mano de obra asalariada, acabe dejando sin sentido ni posibilidades materiales de realización, a las ganancias de los capitalistas y, por tanto, al sistema mismo:

<>. (K. Marx-F. Engels: “Manifiesto comunista” Cap. 1. Ed. Progreso/1989 Pp. 39. Ed. digitalizada)

Despejado este interrogante, el hecho de que bajo semejantes condiciones económicas terminales, los actuales candidatos a representantes políticos sin distinción partidaria en todo el Mundo, se disputen el gobierno de las instituciones estatales prometiendo a estas alturas de la historia “políticas de cambio y de progreso”, con ello no hacen más que confirmar el típico carácter embaucador de sus promesas:



<<Parafraseando a Marx, la burguesía ha conjurado a un brujo —la robotización, la producción automática, el software y las tecnologías de la comunicación– cuyo único propósito es desembarazarse de la mano de obra. La aceleración de la velocidad de las computadoras y la ampliación de la aplicación de la informática a las industrias, servicios y profesiones, ha alcanzado un nuevo nivel histórico.

Esto significa que la tasa a la que el capital necesita relativamente cada vez menos mano de obra, también ha alcanzado niveles históricos. Y los despidos de trabajadores, el aumento del desempleo y del subempleo y la reducción de los salarios (por la presión que ejercen los parados sobre los que aún conservan su trabajo), es cada vez mayor.

Lo que los autores y analistas burgueses no tienen nunca en cuenta, es que nada avanza siempre en línea recta. Mucho antes de que se definan estas pesadillas tecnológicas que los angustian, la clase obrera y los oprimidos van a intervenir en el proceso económico y social para poner de manifiesto su papel estratégico en la sociedad. La tecnología está dirigida contra la clase trabajadora multinacional. Su objetivo es obtener cada vez más plusvalía, de modo que la tecnología está destinada a convertirse en un acicate para la lucha de clases. Esta es la auténtica pesadilla de la burguesía ilustrada, capaz de vislumbrar un poco más el futuro.

Como ha dicho Sam Marcy, la revolución científico-tecnológica tiende a “disminuir (el empleo de) la fuerza de trabajo, al mismo tiempo que trata de aumentar la producción”. Por lo tanto, la revolución tecnológica es un salto cualitativo cuyos efectos (sociales) devastadores exigen una estrategia revolucionaria para neutralizarlo.72

Las maravillas de la tecnología que deberían utilizarse para aliviar la carga del trabajo y crear abundancia para la sociedad, en realidad se están utilizando para aumentar la miseria y la pobreza. El desarrollo tecnológico en la era digital solo podrá avanzar y alcanzar nuevos horizontes para la humanidad, tras la destrucción del capitalismo. El capitalismo está ahora en un callejón sin salida, al igual que el feudalismo lo estaba hace quinientos años>>. (Fred Goldstein: “El capitalismo en un callejón sin salida” Cap. 8).
Pero ese callejón sin salida no está precisamente determinado por la miseria relativa creciente que genera el sistema entre las filas del proletariado, sino porque la ganancia de los capitalistas aumenta progresivamente menos que el gasto en producirla, hasta el punto de no resultar rentable. Y llega a este este extremo porque la competencia intercapitalista exige una inversión cada vez mayor de capital fijo más y más eficiente, en detrimento del empleo en mano de obra, que es la que genera la ganancia, de modo que así ésta última crece cada vez menos, al tiempo que el gasto en capital fijo y circulante aumenta cada vez más1. Así las cosas, para compensar la ganancia insuficiente que generan las recesiones económicas periódicas, los capitalistas convierten la creciente miseria relativa en absoluta, atacando las condiciones de vida y de trabajo de los asalariados. He aquí en pocas palabras explicada la tendencia histórica objetiva al derrumbe del sistema capitalista. Pero que según el propio Marx es sólo una tendencia y nunca será automática. Es decir, que sin mediar la acción política decisiva del proletariado no será posible. Tal como así lo dejara negro sobre blanco el 30 de abril de 1868:

<>. (Carta de Marx a Engels Ed. La Habana/1983 Pp. 218).
La prueba de que la tendencia económica al derrumbe capitalista no es automática, como ya hemos explicado se ha podido verificar por primera vez, durante la crisis de 1929 y su consecuente recesión terminal del sistema, que ante la estúpida división política y consecuente pasividad del proletariado mundial, la burguesía sólo pudo superar apelando sin escrúpulos a la enorme destrucción de riqueza y muerte de 70 millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial, un holocausto sin precedentes en toda la historia de la humanidad hasta ese momento, dado el desarrollo alcanzado entonces por la fuerza productiva del trabajo social en la industria bélica.
Pues bien, desde agosto de 2007 el capitalismo por segunda vez alcanzó el límite de sus posibilidades naturales económicas de sobrevivir. Y el caso es que para neutralizar esa tendencia objetiva al derrumbe de su sistema de vida, la burguesía internacional parece querer conducir a la civilización por el mismo derrotero de la guerra, a sabiendas que el actual poder destructivo alcanzado por el más moderno armamento, puede acabar hoy con todo vestigio de vida en la Tierra. Y en estas estamos sin que, al parecer, las mayorías sociales explotadas despierten del sueño embrutecedor al que sus mandantes les han venido sometiendo.
La propiedad privada sobre los medios de producción ha sido la causa que dividió a la sociedad humana en clases sociales, dominantes y dominadas. Y de esa relación contradictoria estratégicamente inconciliable entre mandantes y mandados, surgió en su origen la correlación de fuerzas que hizo al curso de la historia entre los seres humanos. Pero lo decisivo de esa relación, la verdadera fuerza resultante de haber dividió a la sociedad en clases sociales, no surgió de la simple voluntad de poder y dominio político ejercido por los mandantes sobre los mandados, tal como erróneamente sostuviera Karl Eugen Dühring. Para dilucidar la cuestión, Engels se preguntó, por ejemplo, con qué motivación o finalidad práctica Robinson Crusoe oprimió a su esclavo llamado “Viernes”:

<< ¿Por mero gusto? Nada de eso. Más bien hemos visto que “Viernes” es “oprimido como esclavo o mero instrumento para el servicio económico”, y que “no es sustentado (alimentado, mantenido) sino (para que sirva a su “señor”) como instrumento”. Robinson ha sometido a “Viernes” exclusivamente para que trabaje en provecho de Robinson. ¿Y cómo Robinson puede obtener provecho del trabajo de “Viernes”? Sólo si “Viernes” produce con su trabajo, más medios de vida de los que tiene que darle Robinson para que sea capaz de trabajar (…).

El pueril ejemplo arbitrado por el señor Dühring para mostrar que el poder (político) es lo “históricamente fundamental” prueba, por el contrario, que el poder, la violencia, no es más que el medio, mientras que la ventaja económica es el fin (propósito o estrategia)>>. (F. Engels: “Anti - Dühring” Ed. Grijalbo-Barcelona/1977 Cap. II. Pp. 164. Lo entre paréntesis y el subrayado nuestros. Versión digitalizada. Ver Pp. 152).
He aquí al descubierto sin ambages el fundamento y origen histórico de la sociedad dividida en clases sociales explotadoras y explotadas, desde el esclavismo hasta el capitalismo pasando por el feudalismo. Y está claro que para explotar a otros, es imprescindible someterles políticamente, en última instancia si fuera preciso por la violencia material contenida en las leyes promulgadas por las clases dominantes, cuyo Estado fue y sigue siendo el garante, depositario y ejecutor de tales leyes —todas ellas de naturaleza coercitiva—, en su condición y atributo de detentar el monopolio de la violencia que asegura el orden institucional constituido. Pero el móvil o finalidad de tal sometimiento político del opresor, radica en la ventaja económica. Y de tal estado de cosas en la sociedad capitalista, resulta igualmente necesario e inevitable, que los opresores políticos a cargo del Estado se den la mano habitualmente con los explotadores económicos. Da lo mismo si el contubernio tiene lugar en una institución estatal, en una empresa privada o en cualquier otra parte.
Tan es así, que cada tipo de sociedad dividida en clases sociales —desde el esclavismo al capitalismo pasando por el feudalismo— han existido a caballo de su respectiva forma típica específica, propia de la explotación económica a la que fueron en cada etapa sometidos sus súbditos, tras ser subyugados por su Estado respectivo. Unos explotados a quienes aun cuando en el Estado capitalista más moderno se les llama eufemísticamente “ciudadanos”, de hecho la gran mayoría de ellos no dejan de ser en ningún momento verdaderos súbditos políticos al servicio de la clase social dominante, representada por su respectivo Estado nacional para los fines estratégicos de su explotación económica. Todo ello, insistimos, a instancias de la necesaria relación interpersonal entre políticos profesionales institucionalizados y empresarios privados, que de una manera u otra, más o menos corrupta, la democracia representativa propicia “ad hoc” para fines de intereses mutuos personales. Pero que dada la idéntica naturaleza y finalidad social que persiguen, se les califica como intereses de clase.
En síntesis, que si como es cierto que el fundamento y propósito del Estado burgués moderno —en su carácter de instrumento de dominación política de los asalariados—, radica en la propiedad privada sobre los medios de producción y de cambio como instrumento para los fines de su explotación económica —porque de lo contrario el Estado carecería de sentido—, pues resulta que para acabar con la opresión política que garantiza la explotación económica, es imprescindible un gobierno que comience por dejar fuera de la ley a la propiedad privada sobre los medios de producción y de cambio. Este claro y contundente razonamiento científico —tanto como su lógica conclusión—, fue obra de Marx y Engels a lo largo de casi todo el siglo XIX. Predicciones de un futuro tan necesario, como la exigencia de bregar por su realización político-práctica. Una obra tan pletórica de verdad científica, que ningún “catedrático” del sistema ha podido discutirla jamás razonablemente y esa es su mayor gloria póstuma. Las personas de bien, como dio ejemplo de ello Bertolt Brecht deben, pues, mantener viva la gloria de quienes tuvieron la virtud y el valor de decir la verdad a los cuatro vientos, para que se haga realidad. Todo lo que no sea esto es egoísmo personal y ambición de riqueza, que presupone el ejercicio de la voluntad de poder sobre los demás. ¡¡Basura moral!! Ergo, nosotros insistimos:

1) Expropiación de todas las grandes y medianas empresas industriales, comerciales y de servicios, sin compensación alguna.

 

2) Cierre y desaparición de la Bolsa de Valores.

 

3) Control obrero colectivo permanente y democrático de la producción y de la contabilidad en todas las empresas, privadas y públicas, garantizando la transparencia informativa en los medios de difusión para el pleno y universal conocimiento de la verdad, en todo momento y en todos los ámbitos de la vida social.

 

4) El que no trabaja en condiciones de hacerlo, no come.

 

5) De cada cual según su trabajo y a cada cual según su capacidad.

 

6) Régimen político de gobierno basado en la democracia directa, donde los más decisivos asuntos de Estado se aprueben por mayoría en Asambleas, simultánea y libremente convocadas por distrito, y los altos cargos de los tres poderes, elegidos según el método de la representación proporcional, sean revocables en cualquier momento de la misma forma.


GPM.


1 Marx definió como capital fijo al invertido en suelo, edificios, mobiliario, material de oficina y maquinaria, especialmente ésta última. Y como capital circulante a las materias primas y auxiliares (combustibles y lubricantes).

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