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Biblioteca virtual Julio Verne


El rayo verde

© Editado por Cristian Tello

Cortesía de www.jverne.net



Género: Novela

Año de publicación: 1882

Sinopsis:

Dos ancianos escoceses, Sib y Sam Melvill, son tíos de la joven huérfana Helena Campbell, que se niega a casarse con el hombre que sus tíos le han seleccionado. Se trata de Aristobulus Ursiclos, un joven pedante quien solo se aferra en ver el lado científico de las cosas. Mientras, Olivier Sinclair, un joven artista comienza a interesarse por la muchacha. Elena, sus tíos y el joven Olivier, parten hacia una isla escocesa, desde donde podrán ver “el rayo verde”, que según una vieja leyenda, es un indicio de amor verdadero.




Capítulo I
El hermano Sam y el hermano Sib
-¡Bet!

-¡Beth!


-¡Bess!

-¡Betsey!

-¡Betty!

Estos cinco nombres resonaron sucesivamente en la bella galería de Helensburgh, según la costumbre del hermano Sam y del hermano Sib de lla­mar así al ama de llaves de la mansión.

Pero en ese instante los diminutivos familiares del nombre Elisabeth no hicieron aparecer a la buena mujer, ni tampoco si la hubieran llamado con su nombre entero.

En cambio, el que apareció en la puerta del vestíbulo con la gorra en la mano fue el mayordomo Partridge en persona.

Partridge se dirigió a los dos personajes de alegre semblante sentados en el alféizar de una ventana que ha­cía tribuna en la fachada de la casa:

-Los señores han llamado a la señora Bess -dijo-, pero la señora Bess no está en casa.

-¿Dónde está, pues, Partridge?

-Ha salido acompañando a la señorita Campbell, que se pasea por el jardín.

Y Partridge se retiró ceremoniosamente, obedecien­do una señal que le hicieron los dos hermanos.

Estos dos hermanos, Sam y Sib -cuyo verdadero nombre de bautismo era Samuel y Sébastien-, tíos de la señorita Campbell, escoceses de pura cepa, escoceses de un antiguo clan de las Tierras Altas, contaban entre los dos la bonita edad de ciento doce años, con una diferencia sólo en quince meses entre el mayor Sam y el menor Sib.

Para dar una idea en pocas palabras de estos dos pro­totipos del honor, de la bondad, de la abnegación, es su­ficiente decir que su existencia estaba consagrada por entero a su sobrina. Eran hermanos de su madre, que, tras quedar viuda al cabo de un año de casada, cogió una terrible enfermedad que la llevó a la tumba en pocos días. Sam y Sib Melvill quedaron, pues, como únicos custodios de la pequeña huérfana. Unidos por la misma ternura, no vivieron, ni pensaron, ni soñaron más que para ella.

Por ella se habían quedado solteros, cosa que por otra parte no lamentaban, ya que eran de esos seres bon­dadosos que no tienen otro papel en este mundo que el de tutor. Pero esto no es todo: el mayor se había consti­tuido en padre y el menor en madre de la criatura. Por esto, muchas veces la señorita Campbell les saludaba di­ciendo con la mayor naturalidad:

-Buenos días, papá Sam. ¿Cómo está usted, mamá Sib?

A nadie mejor podrían ser comparados los dos tíos, excepto en la aptitud para los negocios, sino a aquellos caritativos comerciantes, los hermanos Cheeryble, de la City de Londres, las criaturas más perfectas que han brotado de la imaginación de Dickens. Sería imposible encontrar mayor semejanza, y, aunque se censure al au­tor por haber tomado su tipo de la obra maestra, Nicolas Nickleby, nadie podrá lamentar el empréstito.

Sam y Sib Melvill, unidos por la boda de su hermana con una rama colateral de la antigua familia de los Campbell, no se habían separado nunca. La misma edu­cación los había hecho parecidos en lo moral. Habían recibido juntos la misma educación en el mismo colegio y en la misma clase. Como generalmente tenían las mis­mas ideas sobre cualquier cosa, y se expresaban en idén­ticos términos, el uno podía terminar siempre la frase empezada por el otro, con las mismas expresiones, sub­rayadas por los mismos gestos. En resumen, aquellos dos hermanos eran como una sola persona, a pesar de que tuvieran una constitución física tan distinta. En efecto, Sam era un poco más alto que Sib, y Sib un poco más grueso que Sam; pero hubieran podido intercam­biar su pelo gris sin alterar el carácter de sus honrados semblantes que llevaban impreso el sello de nobleza de los descendientes del clan de Melvill.

Hemos de añadir aún que en el corte de sus trajes, sencillos y anticuados, en la elección de las telas de sus vestidos, siempre de buen paño inglés, tenían el gusto parecido, con una ligera variante -¿quién podría expli­car esta ligera discrepancia?-: que Sam prefería el azul marino y Sib el marrón oscuro.

En verdad, ¿quién no hubiera querido vivir en la in­timidad de estos dos dignos caballeros? Acostumbrados a andar al mismo paso en la vida, seguramente se para­rían a poca distancia el uno del otro, cuando les llegara la hora definitiva. En todo caso, esta hora estaba aún leja­na, pues aquellas dos últimas columnas de la casa de los Melvill eran muy sólidas. Debían sostener por mucho tiempo aún el viejo edificio de su raza, que databa del si­glo catorce, centuria épica de los Robert Bruce y de los Wallace, período heroico en que Escocia luchaba contra los ingleses en defensa de su independencia.

Pero si ni Sam ni Sib Melvill no habían tenido oca­sión de combatir para el bien de su país, y si su vida, mu­cho menos agitada, había transcurrido en la calma y el bienestar que crea la fortuna, no por ello debemos re­prochárselo, ni creer que hubieran degenerado, sino que, practicando el bien, habían continuado las genero­sas tradiciones de sus antepasados.

Así pues, sanos y fuertes los dos, sin tener nada que reprocharse en la conciencia, estaban destinados a en­vejecer, sin llegar jamás a viejos, ni de espíritu ni de cuerpo.

Quizá tenían un defecto -¿quién puede vanagloriar­se de ser perfecto?-; éste era el de ilustrar sus conversa­ciones con imágenes y citas sacadas del célebre Caballe­ro de Abbotsford y, particularmente, de los poemas épicos de Ossian, que les entusiasmaban. Pero ¿quién podría reprochárselo en el heroico país de Fingal y de Walter Scott?

Para acabar de hacer su retrato con una última pin­celada, haremos observar que tomaban rapé con inaudi­ta frecuencia. Bien sabido es que el distintivo de las tien­das que venden tabaco en Inglaterra representa casi siempre un airoso escocés con la tabaquera en la mano, luciendo su traje tradicional. Pues bien, los hermanos Melvill hubieran podido figurar con todos los honores en uno de estos carteles pintados en las planchas metáli­cas que se balancean encima de la puerta de las tiendas. Aspiraban tanto tabaco o incluso más que nadie en aquellos contornos, y más allá del Tweed. Pero, detalle característico, sólo disponían de una caja -enorme, eso sí-. Este objeto pasaba sucesivamente del bolsillo de uno al bolsillo del otro. Era un lazo más que los unía. No hay que decir que experimentaban al mismo tiempo, diez veces en una hora quizá, la necesidad de aspirar el excelente polvo nicótico que se hacían traer de Francia. Cuando uno de los dos sacaba la caja de las profundida­des del bolsillo, era que los dos tenían ganas de regalarse con una buena toma de rapé y cuando estornudaban, de­cían al unísono: «¡Dios os bendiga!».

En resumen, los hermanos Sam y Sim eran realmente como dos chiquillos en todo lo que se refería a las realida­des de la vida; estaban muy poco informados de las cosas prácticas de este mundo; completamente ignorantes en asuntos industriales, financieros o comerciales, que tam­poco les interesaban lo más mínimo; en política, quizá eran un poco jacobitas en el fondo, conservaban algunos prejuicios contra la dinastía reinante de Hannover, soña­ban con los últimos Estuardo, como un francés puede so­ñar con el último de los Valois; y, en fin, en cuestiones de sentimientos, todavía eran menos entendidos.

Y, sin embargo, los hermanos Melvill sólo tenían una idea: ver claro en el corazón de la señorita Campbell, adivinar sus pensamientos más secretos, dirigirlos si era necesario, o desarrollarlos si convenía y, finalmen­te, casarla con un buen muchacho elegido por ellos y que no dejaría de hacerla feliz.

Si hemos de creerlos -o, mejor dicho, si los oímos hablar- veremos que precisamente ya habían encontra­do al muchacho destinado a hacer feliz a su sobrina.

-¿Así que Helena ha salido, hermano Sib?

-Sí, hermano Sam; pero ya son las cinco y no puede tardar en regresar a casa...

-Y tan pronto llegue...

-Creo, hermano Sam, que será conveniente tener una conversación seria con ella.

-Dentro de pocas semanas, hermano Sib, nuestra hija llegará a la edad de dieciocho años.

-La edad de Diana Vernon, hermano Sam. ¿Y no es ella tan encantadora también como la adorable heroína de Rob Roy?

-Sí, hermano Sam, y por sus graciosos modales...

-La vivacidad de su espíritu...

-La originalidad de sus ideas...

-Todavía recuerda más a Diana Vernon que a Flora Mac Ivor, la magnífica e impresionante figura de Waverley.

Los hermanos Melvill, orgullosos de su escritor na­cional, citaron todavía algunos nombres más de sus he­roínas preferidas, de El anticuario, de Guy Mannering, de El abate, de El monasterio, de La hermosa muchacha de Perth, de El castillo de Kenilworth, etc., pero todas, según ellos, debían inclinarse ante la señorita Campbell.

-Es un rosal joven que ha crecido demasiado depri­sa, hermano Sib, y que es necesario...

-Vigilarlo, hermano Sam. Y he oído decir que la me­jor vigilancia...

-Es evidente que debe ser la del marido, hermano Sib, ya que toma raíces a su alrededor, en el mismo suelo...

-Y crece, hermano Sam, con el joven rosal a quien protege.

Los dos hermanos Melvill habían aplicado a un mis­mo tiempo esta metáfora, sacada del libro El perfecto jar­dinero. Sin duda estaban muy satisfechos con ella, pues una sonrisa de contento iluminó por igual sus bondado­sos rostros. El hermano Sib abrió la tabaquera común y hundió delicadamente los dedos en ella; luego la pasó a manos del hermano Sam, el cual, después de pellizcar una buena porción de rapé, la metió en su bolsillo.

-Entonces, ¿estamos de acuerdo, hermano Sam?

-Como siempre, hermano Sib.

-¿Incluso en la elección del marido?

-No podríamos hallar otro más simpático ni más del gusto de Helena que este joven sabio que, en varias ocasio­nes, nos ha manifestado unos sentimientos tan juiciosos...

-Y tan serios para con ella.

-Sería difícil, en efecto. Instruido, graduado en las universidades de Oxford y de Edimburgo..:

-Físico como Tyndall...

-Químico como Faraday...

-Conocedor a fondo de la razón de todas las cosas de este mundo, hermano Sam...

-Y que tiene respuesta para todo, hermano Sib.

-Descendiente de una excelente familia del condado de Fife, y, además, poseedor de una fortuna suficiente...

-Sin hablar de su aspecto muy agradable, a mi pare­cer, incluso con sus lentes de aluminio.

Aun cuando los lentes de su héroe hubieran sido de acero, de níquel o incluso de oro, los hermanos Melvill no lo hubieran considerado nunca como un defecto. Aunque es cierto también que estos aparatos ópticos sientan bien a los sabios jóvenes y ayudan a completar la gravedad de su fisonomía.

Pero aquel graduado de las universidades que acaba­mos de mencionar, aquel físico, aquel químico, ¿con­vendría a la señorita Campbell? Si Helena Campbell se parecía a Diana Vernon, ya sabemos que la propia Diana Vernon no experimentaba por su sabio primo Rashleigh otro sentimiento que el de una amistad contenida, y no se casa con él al final de la novela.

Bueno, esto no era nada que preocupase a los dos hermanos. Ellos llevaban consigo toda su inexperien­cia de solterones, bastante incompetentes en tales mate­rias.

-Ya se han encontrado varias veces, hermano Sib, y nuestro joven amigo no ha parecido insensible a la belle­za de Helena.

-¡Ya lo creo, hermano Sam! El divino Ossian, que hubiera tenido que celebrar sus virtudes, su belleza y su gracia, la hubiera llamado Moina, es decir, la amada de todos...

-A menos que no la hubiera llamado Fiona, herma­no Sib, es decir, la hermosa sin par de las épocas gaélicas.

-Quizá presintió a nuestra Helena, hermano Sam, cuando dijo: «Abandona el retiro donde suspiraba en secreto, y aparece en toda su belleza, como la luna junto a una nube de Oriente...».

-«Y el destello de sus encantos la rodea como los ra­yos de luz», hermano Sib, «y el ruido de sus ligeros pa­sos alegra el oído como una música armoniosa».

Por suerte, los dos hermanos terminaron aquí su cita, cayendo del cielo un poco nublado de los sueños al terreno de las realidades.

-Seguramente que si Helena gusta a nuestro joven sabio, éste no puede dejar de gustarle a ella.

-Y si, por su parte, hermano Sam, ella no ha presta­do todavía toda la atención que se merecen las grandes cualidades con que ha sido favorecido tan generosamen­te por la naturaleza...

-Hermano Sib, es únicamente porque nosotros no le hemos dicho todavía que ya es tiempo de que piense en casarse. Pero el día en que hayamos dirigido sus pensa­mientos hacia tal fin, admitiendo que ella tenga alguna prevención, si no contra el marido, al menos contra el matrimonio...

-Ella no tardará mucho en decir que sí, hermano Sam...

-Igual que este excelente Bénédict, hermano Sib, que después de haber ofrecido resistencia por largo tiempo...

-Termina, al final de Mucho ruido y pocas nueces, por casarse con Béatrix.

Así es cómo arreglaban las cosas los dos tíos de la se­ñorita Campbell, y el desenlace de esta combinación les parecía tan natural como el de la comedia de Shakespeare.


Se habían levantado de mutuo acuerdo. Se observaban con una fina sonrisa. Se frotaban las manos de con­tento. Aquella boda era asunto concluido. ¿Qué dificul­tad podía surgir? El joven había formulado su petición. La muchacha les daría la respuesta, de la cual no se preo­cupaban lo más mínimo. Todo se sucedería según las conveniencias. Sólo tenían que señalar la fecha.

En verdad, sería una hermosa ceremonia. Tendría lugar en Glasgow. Claro que no sería la catedral de San Mungo, la única iglesia de Escocia que, con San Magno de las Orcadas fue respetada en la época de la Reforma. ¡No! Es demasiado maciza, y, por consiguiente, dema­siado triste para una boda que, tal como pensaban los hermanos Melvill, debía ser algo así como un floreci­miento de juventud, un deslumbramiento del amor. Se­ría mejor escoger San Andrés o San Enoch, o incluso San Jorge, que pertenece al barrio más distinguido de la ciudad.

El hermano Sam y el hermano Sib continuaron dan­do rienda suelta a sus proyectos bajo una forma que te­nía más de monólogo que de diálogo, ya que siempre se­guían la misma idea, expresada de igual manera. Mientras hablaban, contemplaban a través de los crista­les del ancho ventanal los hermosos árboles del jardín, bajo cuya sombra se estaba paseando entonces Helena Campbell. Mientras hablaban, no tenían necesidad de mirarse el uno al otro, pero de vez en cuando, con una especie de instinto afectuoso, se cogían del brazo, se apretaban la mano, como para establecer mejor la comu­nicación de su pensamiento por medio de alguna co­rriente magnética.

Sí. ¡Sería magnífico! Harían las cosas en grande y con el máximo esplendor. Los pobres de West George Street, si había alguno -y ¿dónde no hay pobres?-, no serían olvidados tampoco en la fiesta. Si, por cualquier causa, la señorita Campbell decidiera que todo transcu­rriera con más sencillez e intentara hacer entrar en razón a sus tíos, éstos sabrían contradecirla por primera vez en la vida. Sobre este punto no cederían, ni sobre ningún otro tampoco. Con gran ceremonia, los invitados a la comida de esponsales «brindarían por las vigas del te­cho», según la antigua costumbre. Y el brazo derecho del hermano Sam se extendía a medias, al mismo tiempo que el brazo derecho del hermano Sib, como si de ante­mano cambiasen el famoso brindis escocés.

En aquel instante se abrió la puerta del vestíbulo. Una guapa muchacha, con las mejillas sonrosadas a cau­sa de la larga caminata, apareció en el umbral. En la mano agitaba un periódico desdoblado. Se dirigió co­rriendo hacia los hermanos Melvill y les saludó con dos sonoros besos a cada uno.

-Buenos días, tío Sam -dijo.

-Buenos días, querida hija.

-¿Cómo va, tío Sib?

-De maravilla.

-Helena -dijo el hermano Sam-, tenemos que po­nernos de acuerdo contigo en algo que te interesa.

-¿Ponerse de acuerdo conmigo? ¿Algo que me inte­resa? ¿Qué es lo que habéis urdido, tíos? -preguntó He­lena Campbell, mirando maliciosamente, tan pronto al uno como al otro.

-Creo que conoces a un joven llamado Aristobulus Ursiclos...

-Sí, le conozco.

-¿Te desagrada?

-¿Por qué tendría que desagradarme, tío Sam?

-Entonces, ¿te gusta?

-¿Por qué tendría que gustarme, tío Sib?

-En fin, mi hermano y yo, luego de muchas refle­xiones hemos pensado proponértelo para marido.

-¡Casarme! ¿Yo? -exclamó Helena Campbell, pro­rrumpiendo en una sonora carcajada, que resonó por las cuatro paredes del vestíbulo.

-¿No quieres casarte? -preguntó el hermano Sam.

-¿Por qué?

-Pero... ¿nunca? -dijo el hermano Sib.

-Nunca -contestó la señorita Campbell, adoptando un aire de seriedad, que desmentía su boca sonriente-.

Nunca, queridos tíos... al menos hasta que haya visto...

-¿El qué? -exclamaron el hermano Sam y el herma­no Sib.

-Hasta que haya visto el rayo verde.


Capítulo II
Helena Campbell

La finca en la que vivían los hermanos Melvill y He­lena Campbell estaba situada a tres millas de la pequeña aldea de Helensburgh, en las orillas del Gare-Loch, una de aquellas pintorescas ensenadas que se abren capri­chosamente en la orilla derecha del río Clyde.

Durante la época de invierno, los hermanos Melvill y su sobrina ocupaban en Glasgow una vieja mansión del West George Street, en el barrio aristocrático de la mo­derna ciudad, no lejos de Blythswood Square. Allí per­manecían seis meses del año, a menos que algún capricho de Helena -a los que se sometían sin rechistar- no los lle­vara a trasladarse por algún tiempo a tierras italianas, es­pañolas o francesas. En el curso de estos viajes, continua­ban no viendo más que por los ojos de la muchacha, dirigiéndose allí donde ella deseaba ir, parándose donde se le antojaba pararse, y admirando sólo lo que ella admi­raba. Luego, cuando la señorita Campbell cerraba el cua­derno en el que anotaba, ya sea un boceto al lápiz, ya sea sus impresiones de viaje, reemprendían dócilmente el ca­mino de Inglaterra, regresando, no sin satisfacción, a la confortable vivienda de West George Street.

Cuando el mes de mayo estaba en su tercera semana, tanto el hermano Sam como el hermano Sib sentían unos deseos irrefrenables de irse al campo. Esto les ocu­rría siempre justo en el momento en que Helena Camp­bell manifestaba su deseo no menos irrefrenable de dejar Glasgow, con sus ruidos de gran ciudad industrial, hu­yendo del movimiento y del tumulto que llegaba incluso hasta el barrio residencial de Blythswood Square, para volver a contemplar un cielo menos lleno de humo y respirar un aire menos cargado de ácido carbónico, que el cielo y el aire de la antigua metrópoli.

Entonces toda la casa, dueños y criados, se marcha­ban a la finca, que se hallaba a unas veinte millas de dis­tancia todo lo más.

Aquella aldea de Helensburgh era realmente un lu­gar muy bonito. Se la ha convertido en una estación bal­nearia, muy frecuentada por todas aquellas personas cu­yas posibilidades les permiten trocar los paseos por el Clyde, por las excursiones por los lagos Katrine y Lomond, que tanto éxito tienen entre los turistas.

A una milla del pueblo, en las orillas del Gare-Loch, los hermanos Melvill habían escogido el mejor lugar para construir su casa, en medio de un bosque de magní­ficos árboles, regados por una verdadera red de arroyos en un suelo accidentado, cuyo relieve se prestaba a todas las perspectivas de un jardín. Frescas umbrías, verdes céspedes, macizos variados, parterres de flores, prados en los que la «hierba higiénica» crece especialmente para las ovejas privilegiadas, estanques con sus claras aguas, pobladas de cisnes silvestres, estos graciosos pájaros de los cuales Wordsworth ha dicho:


Cuando el cisne nada, nadan el cisne y su sombra.
En fin, todas las maravillas que la naturaleza puede reunir para que los ojos se recreen, sin que la mano del hombre la traicione con arreglos artificiales: tal era la re­sidencia de verano de la opulenta familia Melvill.

Debemos añadir que, desde la parte de jardín situada por debajo del Gare-Loch, se disfrutaba de una vista for­midable. Más allá del estrecho golfo, hacia la derecha, la mirada topaba primero con el istmo de Rosenheat, donde se levanta una graciosa villa italiana que pertenece al duque de Argyll. A la izquierda, la pequeña aldea de Helens­burgh dibujaba en una línea ondulada el perfil de sus casi­tas, dominadas por dos o tres campanarios, su elegante muelle, que se adentraba en las aguas del lago para el servi­cio de barcos a vapor, y, en último plano, sus colinas salpi­cadas de pequeñas casitas pintorescas. Enfrente, en la orilla izquierda del Clyde, Port-Glasgow, las ruinas del castillo de Newark, Greenock y su bosque de mástiles adornados con banderines multicolores, formaban un panorama muy variado, que los ojos no se cansaban de admirar.

Cuando se miraba desde la torre principal de la fin­ca, aquella perspectiva era más hermosa todavía, porque nos ofrecía dos nuevos horizontes.

Esta torre, cuadrada, con garitas ligeramente sus­pendidas en tres ángulos de su plataforma, adornada de almenas y barbacanas, unida al parapeto por un friso de piedra recortada, terminaba con una torrecita octogonal que se levantaba en el cuarto ángulo de la plataforma. Allí arriba se izaba el palo de la bandera que podemos ver en todos los tejados de las casas al igual que en la popa de todos los buques del Reino Unido. Esta especie de torreón de construcción moderna dominaba, pues, el conjunto de edificios que constituían la finca propia­mente dicha, con sus tejados irregulares, sus ventanas dispuestas caprichosamente, sus múltiples fachadas, sus celosías pegadas a las ventanas, sus chimeneas destacán­dose en lo alto del tejado -de graciosos contornos la ma­yoría de las veces-, de que se enriquece a placer la arqui­tectura anglosajona.

Era, pues, en la última plataforma de la torre, bajo los pliegues de los colores nacionales, desplegados a la brisa del Firth of Clyde, donde la señorita Campbell gustaba de ir a soñar durante horas enteras. Allí se había dispuesto un bonito refugio aireado como un observa­torio, donde podía leer, escribir, dormir, en cualquier época del año, al abrigo del viento, del sol y de la lluvia. Era allí donde tenían que ir a buscarla la mayoría de las veces. Si no la encontraban allí, era porque su fantasía la impulsaba a perderse en las florestas del jardín, ya sola, ya acompañada de la señora Bess, a menos que estuviera recorriendo a caballo los campos de los alrededores, se­guida siempre por el no menos fiel Partridge, que tenía que espolear al suyo para no quedarse rezagado de su jo­ven ama.

Entre los numerosos criados de la mansión hemos de destacar muy especialmente estos dos honrados sir­vientes, adscritos al servicio de la familia Campbell des­de su más tierna edad.

Elisabeth, la Luckie, la «tía» -como se llama en los Highlands a las amas de llaves-, contaba en aquel en­tonces tantos años como llaves contenía su llavero, y éste no tenía menos de cuarenta y siete. Era una mujer hacendosa, seria, ordenada, inteligente, que llevaba todo el peso de la casa. Quizá creía haber criado también a los dos hermanos Melvill, a pesar de que éstos eran bastante mayores que ella; pero sí era seguro que ella prodigaba a la señorita Campbell verdaderos cuidados maternales.

Al lado de esta excelente ama de llaves figuraba el es­cocés Partridge, un sirviente absolutamente adicto a sus dueños, eternamente fiel a las viejas costumbres de su clan.

Invariablemente vestido con el traje tradicional de los montañeses, llevaba la boina azul a cuadros, el kilt, que le descendía hasta las rodillas por encima del philibeg, y el pouch, especie de escarcela de pelo largo; calza­ba altas polainas atadas con cordones cruzados y una es­pecie de sandalias confeccionadas con cuero de vaca.

Una señora Bess para llevar la casa y un Partridge para guardarla, ¿qué más era necesario para asegurar la tranquilidad del hogar en este mundo?

Se habrá observado, sin duda, que en el momento en que Partridge acudió a la llamada de los hermanos Mel­vill, había dicho, al referirse a la muchacha: la señorita Campbell. Y es que, si el buen escocés la hubiera llama­do la señorita Helena, es decir, con su nombre de pila, hubiera cometido una infracción a las reglas que señalan los grados jerárquicos; infracción que designa más parti­cularmente la palabra esnobismo.

Efectivamente, la hija mayor o la hija única de una familia de la aristocracia, incluso cuando aún está en la cuna, jamás lleva el nombre con que ha sido bautizada. Si la señorita Campbell hubiera sido la hija de un par, la habrían llamado lady Helena; pero esta rama de los Campbell, a la que pertenecía, era sólo colateral y muy lejana de la rama directa del paladín sir Colin Campbell, cuyo origen se remonta a las Cruzadas. Desde muchos siglos atrás, las ramificaciones salidas del tronco común se habían desviado de la línea del glorioso antepasado, al cual se unen los clanes de Argyll, de Breadalbane, de Lochnell y otros; pero, por lejano que fuese el parentes­co, Helena, por su padre, sentía correr en sus venas un poco de sangre de aquella ilustre y esclarecida familia.

Sin embargo, no por ser únicamente una señorita Campbell dejaba de ser una verdadera escocesa, una de estas nobles hijas de Thule, de ojos azules y cabellos ru­bios, comparable a las más bellas heroínas de las leyen­das de su país.

Verdaderamente, la señorita Campbell era encanta­dora. La gente se prendaba de su hermosa carita de ojos azules -el azul de los lagos de Escocia, como se acos­tumbra a decir-, su cuerpo regular pero elegante, su porte un poco altivo, su expresión soñadora casi siem­pre, menos cuando un ligero aire burlón animaba sus facciones, y, en fin, toda su persona llena de gracia y dis­tinción.

Y no sólo era hermosa la señorita Campbell, sino que al mismo tiempo era bondadosa. Era rica gracias a sus tíos, pero no gustaba de demostrarlo. Muy caritati­va, justificaba el antiguo proverbio gaélico: «Ojalá esté siempre llena la mano que sabe abrirse.»

Por encima de todo, se sentía unida a su provincia, a su clan y a su familia, y tenía fama de ser una escocesa en cuerpo y alma. Su fibra patriótica vibraba como la cuer­da de un arpa cuando la voz de un montañés entonaba a través de los campos algún pilbroch, canción de los Highlands.

De Maistre ha dicho: «Hay en nosotros dos seres: yo y el otro.» El yo de la señorita Campbell era el ser grave, reflexivo, considerando la vida más bajo el punto de vista de sus deberes que de sus derechos.

El otro era el ser romántico, un poco dado a las su­persticiones, amante de las historias maravillosas que surgen con tanta facilidad en el país de Fingal.

El hermano Sam y el hermano Sib querían por igual el yo y el otro de la señorita Campbell; pero debemos re­conocer, sin embargo, que si uno les encantaba por su razonamiento, el otro tampoco dejaba de sorprenderles a veces con sus arrebatos inesperados, sus caprichosas travesuras, sus sorprendentes viajes por el país de los sueños.

¿Y no era el otro quien acababa de responder a los dos hermanos con una contestación tan rara?

«¿Casarme? -habría dicho el yo-. ¡Casarme con el señor Ursiclos!... Ya lo veremos... Volveremos a hablar de ello. »

«Nunca... ¡mientras no haya visto el rayo verde!», había contestado el otro.

Los hermanos Melvill se miraron sin comprender nada, y mientras tanto la señorita Campbell se hundió en el gran sillón de estilo gótico, al lado de la ventana.

-¿Qué quiere decir con el rayo verde? -preguntó el hermano Sam.

-¿Y para qué querrá ver este rayo? -contestó el her­mano Sib.

¿Para qué? Ahora vamos a saberlo.

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