Bloque VII la renovación narrativa del siglo XX a aportaciones europeas: joyce, kafka, proust



Descargar 60.49 Kb.
Fecha de conversión02.07.2017
Tamaño60.49 Kb.
BLOQUE VII LA RENOVACIÓN NARRATIVA DEL SIGLO XX

A) APORTACIONES EUROPEAS: JOYCE, KAFKA, PROUST

1. Cambios sociales y culturales. Contexto literario

En los primeros años del siglo XX se produce una serie de profundos cambios sociales y culturales en todo el mundo occidental. El primer paso se efectúa en el trasvase de población, pues comienza la despoblación de las aldeas y de granjas en beneficio de los pueblos y a grandes ciudades con altos niveles de tecnología que producirán una significativa modificación en la estructura social. A los artesanos se les unirá un ejército de obreros semi cualificados y no cualificados de la construcción, del transporte y de la industria en general. Es decir, aparecerá una clase media ocupada en nuevas áreas de servicio, de la administración y del comercio.

En lo que se ha llamado la crisis de fin de siglo, se producen los grandes progresos técnicos y científicos, el rápido crecimiento industrial, que transforma las estructuras sociales y anarquistas y la crisis del positivismo y del racionalismo, que supone la duda de que la ciencia y la razón humana basten por sí solas para explicar el mundo. Como consecuencia de este punto aparecen las corrientes irracionalistas y vitalistas, que intentan explicar la vida desde una perspectiva individualista y subjetiva que rezuma pesimismo. En este aspecto destaca Schopenhauer, que defendía la teoría de que el mundo y el hombre están regidos por fuerzas irracionales y ciegas, y Nietzsche, que exalta los impulsos vitales del yo sobre la razón y el intelecto. El pensamiento irracionalista llevará al existencialismo (Heidegger y Sartre), pues suponen que el hombre es un ser para la muerte, lo cual provoca una angustia existencial similar a la producida durante el Romanticismo. Por lo tanto, las corrientes de pensamiento oscilan entre las inquietudes existenciales, la temática religiosa, y la exaltación del goce de vivir.

Entre las corrientes literarias, confluyen diversas tendencias, repartidas cronológicamente en un primer cuarto de siglo con la aparición de las vanguardias y de existencialismo, una literatura de carácter social en la mitad, y un afán por la renovación y experimentación a partir de 1960. En los primeros años, el Realismo mantiene su vigencia pese a su paulatino cansancio de formas, mientras que los poetas malditos intentan mostrar una realidad diferente, subjetiva y decadente. A la vez, el Salón de París, lugar de exhibición de las obras de arte más académicas, después de los desplantes de los impresionistas, dejan de percibir subvención estatal, y Gustave Eiffel comienza la construcción de su Torre para la Exposición Universal de 1889, símbolo de la modernidad y de la ruptura con lo clásico y conservador. Y el Modernismo hispanoamericano, de la mano del poeta nicaragüense Rubén Darío, se expande por Europa, llenando sus ciudades de curvas, belleza y sensualidad.



En el período de entreguerras, con los ánimos revueltos aún y preparando la Segunda Guerra Mundial, se vive otro momento de expansión y euforia que convive con el profundo pesimismo en que se sumen la mayor parte de intelectuales, y que provocará un arte atrevido, violento, desafiante y muy lúdico: las vanguardias históricas.

La Segunda Guerra Mundial supuso el final del desarrollo de las vanguardias artísticas debido, entre otros factores, a la revolución tecnológica. Al mismo tiempo el gran centro de irradiación cultural se desplazó de Europa a Estados Unidos y al Tercer Mundo, que cuestionaban la identificación anterior entre la «gran cultura» y Occidente.



En cuanto a los géneros, la novela, junto con el ensayo, se convierte en el vehículo en que se van a transmitir las inquietudes intelectuales del momento. Uno de los aspectos comunes en los escritores son algunos temas sobre la existencia del hombre en el mundo, temas que tienen que ver con el dónde vamos, de dónde venimos, la razón de vivir, existencia o no de Dios, miedo a la muerte, problema de la libertad del hombre en la vida y la angustia de todo esto provoca en el hombre. Por eso se va a tratar de una literatura pesimista con tono sombrío. Muchos escritores van a participar de estas inquietudes, aunque no todos estos escritores son puramente existencialistas, solamente tienen inquietudes existencialistas.

El Existencialismo, corriente filosófica fundada por Sartre antes de la Segunda Guerra Mundial. Sartre, en vez de escribir tratados, escribió novelas y obras de teatro, en las que plasma su teoría: "La idea es que la existencia antes de la esencia", "El hombre se hace a sí mismo a través de sus actos", "La existencia del hombre sucede entre dos nadas" y "El hombre al actuar tiene que elegir y de esa elección surge la angustia". Desde la filosofía existencial Dios no existe, así que el hombre anhela algo que le marcará el destino y le guiará en la vida, sin no tiene finalidad alguna, lo que convierte al mundo en un absurdo. En La Náusea, Sartre se aferra en última instancia al Marxismo y al Comunismo. Otro gran escritor, Albert Camus, en La Peste y en El extranjero, parte de la misma idea que Sartre e introduce otra distinta: la rebeldía; como el mundo es un absurdo y la vida no tiene sentido, el hombre tiene que rebelarse contra las injusticias para buscar la dignidad.

A partir de los años 50 se desarrolla la literatura del absurdo, cuyos autores tratan lo mismo que los existencialistas, pero partiendo de situaciones increíbles o absurdas, para demostrar la irracionalidad de la vida, sobre todo a través del teatro. El absurdo convive con el esteticismo y decadentismo evasivo decimonónico que aún se mantiene, mientras que surge una nueva tendencia, muy intelectual, que analiza la realidad de una forma muy fría, sin sufrimiento y carente de emociones.

2. La renovación narrativa en la primera mitad del siglo XX

Toda fórmula narrativa nos habla de una especial concepción del mundo y de la realidad. Si hoy consideramos superadas las técnicas del relato del s. XIX es porque nuestra cosmovisión ha cambiado profundamente.

La novela del XIX refleja, predominantemente, un mundo estable y dominado por el hombre. En su fondo ideológico se encuentran el racionalismo, el positivismo, el psicologismo y la admiración por las ciencias experimentales. Expone una visión que confía en la realidad, que la considera sólida, segura, dominada por el progreso. Frente a este mundo verosímil y analizable, casi toda la novela del XX ha tratado de buscar en el terreno del misterio de la conducta y la psicología humanas, y en el de la realidad cambiante e imprevisible, la verdadera realidad, que ya no es sólida, ni estable, ni fácil de aprehender (la física cuántica, la estructura de la materia y su relación con la energía, la relatividad del tiempo y el espacio lo demuestran).

La crisis de la novela realista tiene lugar en los primeros años del XX y va unida a nombres universales como Proust, Kafka, Joyce, Gide, Unamuno, Huxley, Miller, Wolf, Hesse y otros que abrieron la narrativa a nuevas técnicas y tratamientos de la realidad.

Lo que caracteriza a la novela del siglo XX es la emancipación de las fórmulas tradicionales a partir de la incorporación de nuevas técnicas narrativas. La novela se convierte así en un complejo instrumento de conocimiento y de percepción que cuestiona el modo de captar la realidad e incluso la función del autor.

El género ha tratado de adaptarse a los nuevos tiempos: la teoría de la relatividad, el psicoanálisis, las teorías socialistas y los grandes cambios estéticos de las vanguardias han proporcionado nuevas maneras de ver el mundo y al hombre; en consecuencia, serán necesarios nuevos procedimientos narrativos para reflejarlo.


La renovación narrativa empieza a principios de siglo con Marcel Proust, James Joyce, Frank Kafka o Thomas Mann en Europa, y con William Faulkner y otros narradores en EEUU. Así mismo, el siglo XX también produjo la explosión creativa de la literatura hispanoamericana, que obtuvo su mayor reconocimiento a partir de la década de 1960 con la narrativa de autores como García Márquez, Julio Cortázar, Vargas Llosa o Carlos Fuentes.

Tras ellos, multitud de narradores. Todos han hecho de la novela el género literario por excelencia del siglo XX y la han transformado de tal forma que, incluso, sería difícil definir el género.

A pesar de que también es complicado enunciar sus rasgos caracterizadores, podemos destacar los siguientes:

a) Se cuestiona el argumento. Desaparece la preocupación por el argumento clásico, con su planteamiento, nudo y desenlace. En ocasiones la historia llega a desaparecer o es sustituida por fragmentos que el lector deberá reconstruir para comprenderla. Impostará más el cómo se cuenta que el argumento en sí. Frente al realismo de la novela decimonónica, la novela actual da entrada a lo imaginativo, lo alucinante, lo irracional y lo onírico. Buen ejemplo de ello lo encontramos en la obra de Kafka, Faulkner y los narradores hispanoamericanos.

b) Personajes colectivos. El personaje deja de ser el héroe central en torno al cual gira el relato y se convierte en un elemento más de éste. El narrador ofrece pocos rasgos del personaje y en algunas ocasiones no se conoce ni su nombre o solo se conserva su inicial (como ocurre con el personaje de El castillo de Kafka, que se llama “K”, o “A”, el personaje de La Jalousie de Robbe-Grillet).

Lo que interesa ahora es el personaje colectivo: el hombre masa ha sustituido al antiguo héroe individual. John Dos Passos con Manhattan Transfer y Thomas Mann con La montaña mágica, son pioneros en la incorporación del personaje colectivo. Dentro de la narrativa española, hay que destacar a Cela y su novela La colmena.



c) Tiempo y espacio. En la novela tradicional el relato seguía una presentación de los hechos cronológica y lineal. Los novelistas del siglo XX prestan gran atención a los aspectos temporales y en algunas novelas de Proust, Mann o Virginia Woolf el tiempo es el protagonista. Según el crítico Baquero Goyanes, “el desorden cronológico se ha convertido en uno de los rasgos estructurales más característicos de la novela actual”. Es decir, se ha roto la linealidad temporal, intercalando el pasado en el presente, como consecuencia del funcionamiento, no siempre ordenado, de la memoria. En la novela En busca del tiempo perdido de Proust o en ¡Absalon, Absalon! de Faulkner, las alteraciones temporales llegan a la fusión del pasado y presente en un único tiempo. Las técnicas cinematográficas han facilitado esta nueva concepción del tiempo mediante recursos como la fragmentación del relato en planos o secuencias casi independientes y el “flash back”. (En narrativa, esta técnica se denomina analepsis y prolepsis, el salto hacia el futuro).

Otro aspecto que se ha visto modificado desde la aparición del Ulises de Joyce es el tiempo externo del relato, que se concentra a unos pocos días o incluso horas. Esta reducción da mayor complejidad a la narración. Otro tanto ocurre con el espacio, que también se reduce y en ocasiones llega a ser puramente interior, el del propio protagonista.



d) Narrador y punto de vista. La novela del siglo XX ha intentado huir del narrador omnisciente, pues trata de dar una visión acorde con los mecanismos humanos de percepción y captación del mundo. Algunos novelistas reivindican la total imparcialidad del narrador para evitar que se inmiscuya en el relato. El narrador actúa como una cámara cinematográfica que limita el campo de sus conocimientos y no cuenta más que lo que ve, no profundiza en la interioridad de los personajes, ya que considera que solo se les puede conocer desde fuera, por sus gestos, actos o palabras. (Objetivismo)

La nueva novela también ha empleado con frecuencia la narración en primera persona; de esta manera se trasmite una visión limitada de la realidad, algo parecido a lo que ocurre en la vida real. En la segunda mitad del siglo XX se utilizó también la narración en segunda persona, apareciendo en novelas de carácter confesional en las que el protagonista se dirige a sí mismo como si desdoblara su personalidad.

Una estructura muy utilizada es el multiperspectivismo: la visión del mismo hecho o del mismo personaje desde diferentes perspectivas, no siempre coincidentes y a menudo divergentes. Cada perspectiva puede diferenciarse del resto no solo por lo que el narrador sabe, sino por cómo lo dice y por el tono de su voz.

Este juego de perspectivas hace dudar al lector y es él mismo quien acabe adoptando su propia visión de lo narrado (Aspecto interesante es que como consecuencia de esto se le da una mayor importancia al receptor de la obra, esto es, al lector).



e) Monólogo interior. La eliminación del narrador y la desaparición del interés argumental (o al menos la disminución de su importancia) traen como consecuencia el predominio de lo técnico sobre lo temático. Una de las técnicas más usadas es el monólogo interior, que consiste en reproducir, usando la primera persona, los pensamientos de un personaje tal como brotarían de su conciencia, es decir, sin someterlos a un orden racional o a una sintaxis lógica. De esta manera, el lector entra en contacto directo con la vida psíquica del personaje. No hay que confundirlo con el monólogo tradicional (soliloquio), un diálogo del personaje consigo mismo y que se atiene a un orden racional y a una sintaxis lógica.

Mediante el monólogo interior, los novelistas indican el desordenado fluir de la conciencia eliminando en la escritura los signos de puntuación y las estructuras gramaticales. Esta técnica fue utilizada con gran maestría por Joyce en el Ulises, Faulkner o Virginia Woolf. En España lo han cultivado, entre otros, Cela, Miguel Delibes, Martín-Santos o Juan Goytisolo.



f) Renovación estilística y nuevas estructuras. Se tiende a borrar la tradicional separación entre el lenguaje narrativo y el poético. Los límites de la novela han desaparecido y en ella tienen cabida los textos periodísticos, los anuncios, los informes… La tipografía se carga de valores expresivos, desaparece la puntuación ortográfica, se utilizan distintos tipos de letra, distintos idiomas… (Ejemplo, Rayuela de Cortázar)

En la estructura externa se aprecian cambios como la desaparición en ocasiones de la división en capítulos, surgiendo así la secuencia (fragmentos de texto separados por espacios en blanco). En cuanto a la estructura interna, se utiliza la técnica del contrapunto, que consiste en presentar varias historias que se combinan y alternan: un buen ejemplo es la novela Contrapunto de Huxley. Cuando son muchas las anécdotas y los personajes, se habla de técnica caleidoscópica, por ejemplo Manhattan Transfer de Dos Passos o La colmena de Cela.


En definitiva, la novela deja de ser un puro entretenimiento para convertirse en testimonio de conocimiento, preocupación intelectual y reflejo de profundos problemas humanos. Pero, más importante que el enriquecimiento temático resultará la renovación técnica, el cambio radical de la estructura: desplazamiento del punto de vista narrativo, enfoque de una acción desde distintas perspectivas, ruptura de la secuencia temporal, contrapunto, monólogo interior…
3. Aportaciones europeas: Joyce, Kafka, Proust
El lustro que abarca desde 1920 a 1924, se mostró pródigo en la publicación de obras sumamente significativas. En estos cinco años verán la luz El Castillo y El proceso de Kafka; El mundo de Guermantes, de Proust, el Ulises de Joyce y La montaña mágica de Thomas Mann. En toda esta narrativa se impone una poderosa introspección anudada a un mundo mágico subyacente. Una consecuencia de este nuevo viraje es el autoanálisis intelectualista de Marcel Proust o la honda penetración de Joyce en los menores secretos de sus protagonistas.

James Joyce (1882-1942), o la obsesión por el flujo incesante de la conciencia

El fin del Realismo llega con Joyce mediante una obra volcada en lo formal y donde el estilo se convierte en protagonista absoluto, rasgos que le convierten en el responsable de las nuevas dimensiones en la novela contemporánea.

Nacido en Dublín en el seno de una numerosa familia acomodada, empobrecida progresivamente, su ciudad natal y la educación religiosa serán las claves de su obra. Los problemas de vista, la creciente afición al vino y los trastornos mentales de su hija, le sumieron en una profunda tristeza.
Antes de publicar su obra cumbre, Ulises (1922), Joyce ya había escrito una colección de cuentos titulada Dublineses (1914) en los que aún utiliza técnicas narrativas tradicionales y entre los que sobresale el extraordinario Los muertos y la novela Retrato del artista adolescente (1916), relato de aprendizaje en el que ya aparecen los temas y personajes recurrentes en su obra. El protagonista, Stephen Dedalus, realiza un auténtico descubrimiento de sí mismo a través de las distintas etapas de su evolución vita. La novela se compone de cinco capítulos con análoga estructura: cada uno de ellos inicia una nueva experiencia que concluye con una caída; ahora bien, cada fracaso supone, sin embargo, un paso adelante en el camino del autoconocimiento. Cuando Stephen acaba conociendo su condición de artista, asume la soledad y el aislamiento que conlleva la creación. Esta obra puede ser considerada una reflexión sobre la función del arte y del artista en el siglo XX.
Ulises, la novela rompecabezas
Cuando Joyce publicó esta obra, dijo que había creado un material que daría que hablar durante los siguientes cien años; al menos lo intentó, pues se trata de una de las novelas más influyentes, discutidas y renombradas del siglo XX y el libro ha sido objeto de numerosos y profundos estudios, críticas y controversias.

Ulises constituye una absoluta ruptura con la narrativa tradicional, acaso la más profunda revolución realizada en la novela. Narra en un día la intrascendente vida de tres personajes: Stephen Dedalus (el protagonista de la novela anterior), Leopold Bloom y la mujer de este último, Molly.

La novela se desarrolla en un periodo de tiempo reducido, durante dieciocho horas de un 16 de junio de 1904 y el marco de la acción es Dublín. La trama principal se centra en el ir y venir del señor Bloom mientras resuelve pequeñas tareas cotidianas, pero la acción se intensifica con la incorporación de otros personajes. Conoce al joven Stephen (tratado ahora con mucha ironía, pues pasa a ser la caricatura de un artista) en un prostíbulo y desde ese momento, sus vidas se entrecruzan, pues pasa a actuar como “padre” del joven. La obra funciona como una parodia de la estructura de la Odisea de Homero: Bloom, un Ulises contemporáneo que cruza los mares de la vida cotidiana es encontrado por su hijo Telémaco (Stephen) que lo salva de Circe (el burdel) y vuelve, después de tan arriesgada aventura, a los brazos de su esposa Molly, que le ha sido infiel (en necesario contrapunto con la fiel Penélope de la Odisea).

La experimentación lingüística se convierte en un elemento fundamental de la novela; abarca todos los recursos posibles, pero sobre todo se centra en el monólogo interior. Con esta técnica capta y trasmite la acción interior del personaje (sentimientos, ideas y recuerdos), su voz mental que nunca cesa y que no siente pudor ante nada. Al exponer los pensamientos de los personajes, está desnudándolos como nunca se había hecho. Muestra que el hombre es humano por ser hablante y que la vida mental solo se desarrolla apoyándose en las palabras. En la novela se mezclan estilos y registros diversos, desde el más culto al más vulgar, alterna géneros literarios y muestra diferentes puntos de vista, en ocasiones opuestos.
Frank Kafka, o el absurdo de la condición humana (Praga, 1883- 1924)
Su obra ha legado el adjetivo “kafkiano” como sinónimo de absurdo o angustioso, y así es el mundo literario de este autor checo, especializado en captar lo que de extraño y siniestro hay en la realidad, comenzando por la condición del hombre contemporáneo (La metamorfosis) y pasando por la administración de justicia (El proceso) o la creación de leyes y normas (El castillo).

Su concepción del mundo, basada en la minuciosa descripción del absurdo y del horror, inspiró a los existencialistas tras la Segunda Guerra Mundial y al teatro del absurdo surgido en los años cincuenta.

Su biografía es un factor primordial para entender su obra. Perteneciente a una familia judía acomodada que se había asimilado a la burguesía alemana, Kafka creció en una encrucijada de culturas (eslava, judía y alemana) sin identificarse totalmente con ninguna. Criticará a su padre la pérdida de identidad y el no haber crecido en un terreno firme que pisar (todos estos reproches aparecen en Carta al padre). Tras doctorarse en derecho, se convierte en empleado de una compañía de seguros, trabajo que no le gustaba porque entorpecía su vocación literaria; siempre fue un inadaptado que vivió completamente volcado en la escritura.

Su breve obra, conocida gracias a la infidelidad de un amigo que la publicó tras su muerte, es sin lugar a dudas una de las visiones literarias más influyentes de todo el siglo XX y las preocupaciones de su literatura se consideran aún plenamente actuales y expresan, en conjunto, ciertas inquietudes del hombre del siglo XX.

En sus novelas los personajes se convierten en entidades simbólicas, ficciones o parábolas siempre sorprendentes y sus obras reflejan las angustias del hombre contemporáneo transmitiendo el sentimiento de hallarse en un mundo carente de explicación, regido por no se sabe quién, un mundo que somete, condena o degrada a la persona.
En 1913 se publica La metamorfosis, novela cuyo protagonista despierta convertido en un insecto, condición monstruosa y absurda que tendrá que aceptar como algo inevitable. Al año siguiente comienza a escribir la angustiosa El proceso, en la que un tal Joseph K. se ve procesado sin llegar a saber nunca por qué, perdido en un laberinto de leyes y procedimientos enigmáticos. De esta novela hizo Orson Welles una magnífica adaptación en 1962 en la que capta perfectamente el complejo de culpa del personaje kafkiano.

No menos angustiosa resulta El castillo (1921), en la que un agrimensor también llamado K. ha sido contratado para trabajar en un castillo en el que nunca podrá entrar; también desconoce qué tipo de trabajo se le pide ni quién es el terrible señor que domina a las gentes del lugar.


La metamorfosis o La transformación (Comentario de la obra)
En La metamorfosis lo absurdo no es el mundo que rodea al protagonista, no es un proceso que lo agobia, sino una transformación del mismo Gregorio Samsa. Mientras el mundo en torno sigue firme en sus detalles cotidianos, él se ha convertido en un escarabajo: en el marco de la menuda rutina descrita con todo detalle (objetos, mobiliario, disposición de la casa, veladas, problemas laborales de la familia...) sorprende este episodio monstruoso que parece irrumpir súbitamente en un universo regulado por las leyes del «realismo» más previsible. Hasta el momento, Gregorio era un viajante modelo, respetuoso con sus jefes, sometido a la disciplina aburrida del trabajo y la autoridad paterna. La transformación quiebra esta línea recta: expulsado del trabajo y de la familia, arrojado entre desperdicios al interior de su cuarto, aislado y atacado, víctima del horror, el asco y el desprecio, herido gravemente por una manzana que su padre le ha incrustado en el caparazón, Gregorio muere asumiendo su misteriosa culpabilidad, derrotado, «firmemente convencido de que tenía que desaparecer». Tras su muerte la familia sale alegremente a la calle y renueva sus esperanzas de un futuro mejor...: «El tranvía hallábase inundado de la luz cálida del sol. Fueron cambiando impresiones acerca del porvenir y vieron que bien pensadas las cosas, este no se presentaba con tonos oscuros, pues sus tres colocaciones eran muy buenas y permitían abrigar para más adelante grandes esperanzas».

El lector, como el mismo Gregorio, se hace una pregunta: ¿qué ha sucedido? ¿Qué significa esta historia?

¿Es la transformación el signo terrible de una cara oculta de la vida humana que irrumpe de improviso y destruye el apacible tejido del sosiego doméstico? O, en una vía menos maravillosa, ¿es el escarabajo Gregorio un símbolo del miembro familiar o social inasimilable, el enfermo terminal del que la familia quiere librarse, el marginado que molesta, el «otro», el repudiado, el indeseable...?

El relato de Kafka encierra en tan sencillo diseño muchas lecturas posibles. Pero una resulta quizá, la más verosímil. La metamorfosis de Gregorio no es, como parece en una primera mirada, la causa de su desgracia. Es, por el contrario, el efecto simbólico de su propia vida cotidiana. Todo lo que sabemos de Samsa revela una vida mezquina, pobre, sin ilusión ni libertad, sin humanidad. Explotado por su familia (que le engaña respecto a su situación económica), humillado por sus jefes, sin tiempo ni sosiego para comer ni dormir decentemente, Gregorio no tiene asidero humano. No conoce la amistad, ni el amor ni la esperanza. Apenas puede recordar, melancólico, a la cajera de una sombrerería, a quien había formalmente pretendido «pero sin bastante apremio». El escarabajo Gregorio «no se hacía comprender de nadie», pero el hombre Gregorio tampoco. No tiene a nadie a quien comprender ni nadie que le comprenda. Su vida transcurre monótona en fondas provincianas o entre las paredes de su cuarto, siempre cerrado y cuya ventana da a un paisaje de eterna lluvia y niebla, a un «desierto en el cual fundíanse indistintamente el cielo y la tierra por igual grises».

En verdad, Gregorio es un insecto (un excluido de la relación humana) antes de su metamorfosis. En el absurdo suceso emerge, al fin, la conciencia de esa inhumanidad. Y sin embargo, de todos los personajes que asoman en la novela, es el único que muestra alguna añoranza de afectos humanos, el único que intenta comprender... Los demás son caricaturas no menos monstruosas: la madre egoísta e histérica, la hermana extravagante, el padre perezoso y autoritario, toda la familia vencida por una vaga desgracia mercantil «que los sumiera a todos en la más completa desesperación», los tres inquilinos como muñecos de guiñol, que se mueven al unísono, o la brutal criada, todos cansados, silenciosos, sin energía vital, protagonistas de una vida «monótona y triste».

Las esperanzas de la familia con las que termina el relato se manifiestan como una ilusión falsa, pues no dependen como ellos creen de la muerte de Gregorio, el indeseable y odiado. Mientras persista ese mundo de soledad y de incomunicación, de inhumanidad y brutal egoísmo, el breve sol del final y las «sanas intenciones» de los padres, o el matrimonio de la hermana, correrán el peligro de truncarse por una serie de nuevas posibles metamorfosis. Como Gregorio, más aún que el desdichado Gregorio, – y esta es la lección moral más profunda de la fábula– todos los demás pueden (podemos) despertar una mañana, después de un sueño intranquilo, y abrir con asombro los ojos, convertidos en monstruosos insectos, escarabajos de crepitante caparazón, enormes grillotalpas o repulsivas escolopendras.


Al igual que ocurre en El proceso, el significado de la obra supera con creces lo biográfico para convertirse en una metáfora de la opresión y de la soledad, de la incomunicación humana y en una denuncia del autoritarismo.

El realismo minucioso que aparece en el relato, como marco de un hecho fantástico (las relaciones laborales y familiares, la situación económica, los detalles domésticos…) refuerzan la interpretación existencial de la obra. Por otra parte, el hecho de que el relato comience al despertar, como ocurre también en El proceso, nos introduce en un mundo onírico, de pesadilla, importante característica de la novelística de este autor.


Marcel Proust o los complejos senderos de la memoria y la evocación (1871-1922)
Nació en París en una familia de la alta burguesía, lo que le permitió una esmerada educación. Era un “snob” frecuentador de los salones aristocráticos, con entre veladas inclinaciones homosexuales. Tras la muerte de su madre en 1906, sufre una crisis que le llevará a aislarse en una habitación y refugiarse en la literatura.

Su gran obra, En busca del tiempo perdido, publicada entre 1912 y 1927, es un conjunto literario de siete novelas ( Por el camino de Swann, A la sombra de las muchachas en flor, El mundo de Guermantes, Sodoma y Gomorra, La prisionera, La fugitiva y El tiempo recobrado, estas tres últimas publicadas póstumamente), una extensa obra en la que, fundamentalmente, reconstruye una vida inspirada en la del propio autor y que es a la vez un amplio retrato de la sociedad de la época y supone una ruptura con el realismo decimonónico.

En cierto modo, es una novela circular: narra la infancia, adolescencia, juventud y madurez de un hombre que quiere escribir una novela, pero no se considera capaz o siente pereza y lo va dejando para más adelante. Al final del último libro, comprenderá que ha llegado el momento de ponerse a escribir.

Su compleja estructura, subjetiva y muy poco tradicional, tiene su origen en la memoria: la acción avanza a saltos, basándose en recuerdos de sucesos, frecuentemente intrascendentes, y en las evocaciones que estos recuerdos despiertan. Para Proust la memoria es, pues, el único medio que tiene el ser humano para captar las transformaciones del paso del tiempo. En las novelas se emplea una técnica narrativa que revolucionó la novela, caracterizada por un estilo lento y divagador.



El narrador: héroe, actor y espectador

La novela, salvo raras excepciones, está escrita en primera persona, pero no debe ser identificada con el autor. Proust pretendía que su novela no fuera entendida como una autobiografía. Del narrador-personaje sabemos que no tiene ocupación alguna, que lleva una vida mundana asistiendo a los más conocidos salones aristocráticos y burgueses de la época, que intenta escribir una novela y que presenta como únicas condiciones físicas un aspecto pálido y una salud débil. A lo largo del extenso relato, el narrador muestra cómo cambia su visión del mundo desde la niñez hasta la madurez y cómo acaba decepcionándose del amor y de la sociedad aristocrática.



La búsqueda del tiempo subjetivo

El tiempo constituye uno de los elementos principales de la obra. Proust, guiado por la filosofía de Bergson, se dedicó a conquistar el tiempo pasado. En el recuerdo, en la contemplación y en el arte encontró la única forma de poseer la vida. Distingue entre memoria voluntaria, mediante la que reclamamos a nuestra inteligencia elementos o datos del pasado, pero que solo proporciona imágenes aisladas, y la memoria involuntaria, aquella que brota espontáneamente por una sensación, vivida anteriormente, que actúa de estímulo. El narrador llega a descubrir que todo nuestro pasado permanece vivo. oculto de una forma u otra dentro de nosotros y puede ser rescatado, involuntariamente, mediante percepciones sensoriales o por medio del arte. Por ejemplo, el narrador siente una gran felicidad cuando moja una magdalena en el té: analizando las causas de este sentimiento, recuerda cuando en su niñez realizaba este acto y vuelve a revivir el pasado.

Además de la crónica de una vocación literaria, la obra es una comedia social en la que la aristocracia decadente termina por rendirse ante la clase media y donde los vicios y falsedades de uno y otro grupo aparecen revelados implacablemente. El amor, heterosexual y homosexual, es analizado con crueldad en varias ocasiones y también acabará decepcionando al narrador; por lo tanto, su último refugio es la literatura.
4. Otros narradores

Además de los autores analizados, en la narrativa en lengua inglesa podemos mencionar a Virginia Woolf (Londres, 1882-1941) coetánea de Joyce y cuyo nombre está ligado al grupo de Bloomsbury del que formaron parte destacados nombres de la filosofía y de la literatura que marcaron el siglo XX (Leonard Woolf, su esposo, el filósofo Bertrand Russell y el poeta T.S.Eliot, entre otros). Su obra, de gran intensidad lírica, presta más atención a las emociones y sensaciones que a las propias descripciones, algunas de ellas impregnadas de un alto sentido feminista. Destacan sus novelas Al faro y Las horas.

Otros novelistas: D.H.Lawrence (El amante de Lady Cahetterly), George Orwell (Rebelión en la granja), Aldous Huxley (Un mundo feliz), J.R.Tolkien (El señor de los anillos) o C.S.Lewis (Crónicas de Narnia).
En lengua alemana, además de Kafka, destacan Thomas Mann con La montaña mágica, destacable tanto por la densidad de sus indagaciones filosóficas (tiempo, muerte, dolor, pasión…) como por la pulcritud de su lenguaje y que la convierten en una novela total: filosófica, psicológica, del tiempo…

Por su parte, Robert Musil resulta un autor indispensable para comprender la crisis espiritual de principios de siglo. Sus obras, entre las que destacan Las tribulaciones del joven Törless y El hombre sin atributos, son pesimistas y muestran su desconfianza hacia el individuo y la sociedad.


B) LA GENERACIÓN PERDIDA
Junto a los grandes renovadores de la narrativa europea que hemos visto en el apartado anterior, la literatura americana llega a su culminación con escritores como Faulkner y la llamada Generación Perdida.

Con este nombre se conoce a un grupo de escritores norteamericanos que forjaron su carrera después de la I Guerra Mundial y que reflejan en su obra el clima de desconcierto y pesimismo de la posguerra y la Gran Depresión (crisis económica mundial originada en EEUU en 1929). Frustrados por el vacío cultural de su país, la mayoría de ellos viajó en algún momento a Europa, instalándose en París, donde vivirían intensamente los años veinte, la era del jazz y su ambiente artístico. En esta ciudad existían dos centros de reunión importantes: la librería Shakespeare and Company y la casa de la escritora americana Gertrude Stein (donde se reunían junto a estos escritores americanos, gente como Picasso, Paul Valéry, André Gide…). Fue precisamente esta escritora, que ejercía de mecenas y amiga de la mayoría, quien les puso el nombre de Generación Perdida.

Los nombres que integran esta generación son: Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, John Dos Passos, John Steinbeck y William Faulkner, aunque no con todos sus rasgos.
Si bien no resulta fácil establecer unos rasgos comunes entre ellos, salvo dos aspectos fundamentales que comienzan con el propio nombre que reciben: el encontrarse perdidos, desorientados, a la búsqueda de algo y la conciencia de compartir determinadas inquietudes ideológicas y estéticas, es posible señalar algunas de las características de su narrativa:
● Los narradores renuncian a la omnisciencia reduciendo su punto de vista al de uno o varios de sus personajes.

● La anécdota se relega a un segundo plano y a veces no existe desenlace.

● Se rompe el orden cronológico del relato con “saltos atrás” y otras técnicas.

● Los personajes se someten a revisión, llegando a una novela de personaje colectivo o incluso a la destrucción del personaje.

● Los diálogos disminuyen su importancia para dar preeminencia al estilo “indirecto libre” y al “monólogo interior” (reproducir los pensamientos de un personaje tal cual brotan en su conciencia, sin orden ni corrección sintáctica).

● La novela acoge elementos de otros géneros, como por ejemplo el ensayo o la poesía (a veces, puede hablarse de “prosa poética”).



Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) fue un escritor de éxito y pudo disfrutar de una vida adinerada, que describe críticamente en sus novelas. Pese a ello, al final de su vida tuvo múltiples problemas. Autor de estilo conciso y espléndido lenguaje, retrató el clima moral de la generación perdida en A este lado del paraíso. Otros títulos son Suave es la noche y la incompleta El último magnate, que refleja el mundo del cine. En su obra maestra, El gran Gatsby, cuyo tema es la vacía vida de los ricos y el mito del sueño americano, el protagonista se hace llamar Jay Gatsby y persigue un solo sueño en la vida: recuperar al amor de su juventud, de quien se separó años atrás por ser un pobretón que nada podía ofrecerle a Daisy, una muchacha acostumbrada a vivir en la opulencia. Pese a ello, Gatsby no se resignó y se dio a la tarea de volverse rico, aun a costa de participar en negocios turbios. Cuando se reencuentra con su amada y parece que al fin va a concretar su anhelo, la vida se encarga de desmentir sus más queridas ilusiones.

La crítica social de El gran Gatsby es severa: el individuo soñador, persistente, que cambia incluso de nombre, que se crea una nueva identidad para abandonar su condición de marginal, formar parte del grupo y así acceder a su acariciado anhelo, es aplastado por una sociedad que, tras su boato, esconde su falta de seriedad, de compromiso y su incapacidad de sentir algo más que sus mezquinos y más inmediatos apetitos.

En esta novela destaca un original enfoque narrativo, mediante la interposición de un narrador que, ocupando su lugar como personaje, no participa en las acciones principales, aunque se ve afectado por ellas. Contundente dominio técnico en sus impecables diálogos y sus descripciones. Sin embargo, lo que a la postre va asociado a su nombre es la reconstrucción de un mundo donde el hombre, desesperado en pos de un ideal, fracasa finalmente.
Ernest Hemmingway (1899-1961) nació y murió en Estados Unidos pero vivió muchos de sus años en Europa, principalmente en Paris. Mujeriego, bebedor y oponente de la opresión, luchó en las Brigadas Internacionales de España, 1937-1939, y quedó fascinado por la fiesta nacional española, de la cual llegó a ser un “aficionado”. Hemmingway se sentía atraído por todo lo que era apasionante en la vida y detestaba el vacío, el aburrimiento y lo mundano. Acabó suicidándose.

Sus obras tienen como tema principal la búsqueda de nuevos valores en el amor, la aventura, la acción, el peligro y otras emociones directas. Su estilo es sobrio, directo y algo descuidado, pero tiene fuerza expresiva y ha sido muy imitado por autores posteriores. Los rasgos más destacados de sus obras son las densas descripciones, el distanciamiento de los personajes donde la narración de la acción cede ante el diálogo, periodos sintácticos breves y autobiografismo. Además de novelista, escribió crónicas periodísticas y excelentes cuentos. En 1954 obtuvo el premio Nobel.

En las novelas de Hemingway aparecen sus obsesiones y su inquieta vida: Adiós a las armas recrea su paso por la Primera Guerra Mundial, Fiesta se desarrolla en París, ciudad en donde vivió; su estancia en España y su atracción por el país y sus costumbres se refleja en Muerte en la tarde, de tema taurino, y en Por quién doblan las campanas, sobre la Guerra Civil española. Su afición a la caza se refleja en Las verdes colinas de África Las nieves del Kilimanjaro. También es autor de El viejo y el mar, historia de pescadores en Cuba.
John Dos Passos (1896-1970) Estudió en la Universidad de Harvard. En sus años de juventud fue un gran viajero. Recorrió varios países e incluso pasó una larga temporada en España para estudiar arquitectura (de estos años surge su primer libro Rocinante vuelve al camino 1922). Tomó parte activa en la Primera Guerra Mundial como conductor de ambulancias en Francia e Italia.

Es el miembro de la generación que aplica más técnicas novedosas en su narrativa. Su obra más importante es la novela vanguardista Manhattan Transfer, que recrea la ciudad de Nueva York a través de múltiples ciudadanos, lo que da como resultado una novela de protagonista colectivo. La técnica de esta novela ha sido muy utilizada en novelas posteriores. Algunas de sus señas de identidad son la fragmentación, el encadenamiento de acciones a través de trucos de montaje cinematográficos, la descripción desde diversos planos o la simultaneidad de acciones.

Dos Passos también es autor de la Trilogía USA, en donde hace un retrato crítico y pesimista de su país y donde vuelve a utilizar esas técnicas y a convertir Nueva York en protagonista de las novelas.
John Steinbeck (1902-1968) nació en Salinas, (California) dato que sitúa y justifica la temática de gran parte de su obra: la vivencia del plácido paisaje de su tierra natal, con paisanos tranquilos y felices viviendo de la pesca y de la agricultura entra, en sus obras mayores, en conflicto con el mundo de las nuevas tecnologías con personajes atrapados en una sociedad injusta, personajes que a pesar de todo siguen siendo humanos, heroicos, a veces incluso a pesar de su derrota. 

Premio Nobel como Hemingway, su reconocimiento no le llegó hasta los años treinta, cuando el arte viraba hacia el compromiso social o político y se alejaba de la experimentación, de manera que sus inquietudes sociales iban encontrando salida en sus relatos sobre inmigrantes, granjeros y huelguistas. Las uvas de la ira (1939) le consagró como un grande y como estandarte de la protesta social americana. Autor de múltiples novelas, denuncia las injusticias que padecen los sectores más humildes del país, sobre todo los trabajadores del campo, que se vieron muy afectados por la depresión económica de los años treinta. Sus obras exponen la realidad cotidiana y pintan tipos sencillos e ingenuos en lucha contra el egoísmo y la corrupción. Aunque su narrativa huye de exceso de formalismos y experimentaciones, demuestra que es un perfecto conocedor del arte de escribir guiones cinematográficos: técnicas de enfoque, caracterización de personajes y engarce de secuencias. Domina tanto las situaciones cómicas como el drama, lo que le permite variar el tono a lo largo de su producción. Otras obras narrativas muy conocidas son La perla, sobre un humilde pescador, De ratones y hombres, Al este del Edén, drama rural que refleja a través de dos familias la ideología y los valores de la sociedad de la época.




William Faulkner (1897-1962) supone la culminación del vanguardismo americano y es considerado como uno de los padres de la novela contemporánea. Recibió el premio Nobel en 1949.

Faulkner procedía de una familia de ricos propietarios de plantaciones al sur de los Estados Unidos, región famosa por su opresión sobre los negros (tradición esta criticada por este autor que pronto tomó partido por la gente de color en las luchas políticas y describió el doble rasero de la sociedad blanca sureña). No llegó a acabar los estudios y luchó en la I Guerra Mundial como piloto de la RAF. Como veterano tuvo la oportunidad de entrar en la universidad pero al poco tiempo decidió dedicarse por completo a la literatura.

Ya en sus primeras novelas, entre las que destaca “El ruido y la furia” incorpora las nuevas técnicas como el uso de monólogos interiores (influenciado por Joyce,  Bloomsbury y, en particular, por Virginia Wolf).

Basándose en su propia experiencia, escribe una serie de novelas e historias cortas en las que crea el imaginario condado de Yoknapatawpha, poblándolo de personajes y referencias que entran y salen de sus novelas para formar un mundo simbólico que ejercerá una incuestionable influencia en la creación de otros mundos ficticios creados por otros narradores como García Márquez, Juan Rulfo o Juan Benet. Entre ellas destacan Santuario (su novela más vendida y la que le permitió dedicarse a la escritura de guiones para Hollywood) donde narra el brutal secuestro de una joven y ¡Absalón, Absalón!

Faulkner utiliza un lenguaje rico y complejo, así como todo tipo de técnicas modernas. Su estilo, lento y cuidado, lleno de periodos subordinados o la ruptura de la linealidad cronológica para enlazar presente y pasado, son algunas de las características de su narrativa.

Algunos de sus títulos son de difícil lectura, con saltos temporales, puntos de vista múltiples, huecos en el relato…





La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal