“Breve reseña sobre el neoliberalismo”



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3. El neoconservadurismo


El descreimiento de los valores democráticos acercó a los neoliberales a concepciones que provenían del pensamiento conservador. A esta convergencia de corrientes se las denomina de neoconservadurismo. Históricamente los conservadores han priorizado el “orden” sobre la justicia, la “libertad” y la igualdad. Si bien las ideas liberales y conservadoras difieren en materia económica y política, ambas coinciden en concebir a las desigualdades sociales como “naturales” y en descalificar a la democracia como modelo de integración social. La convergencia de estas corrientes (liberales y conservadoras) ha sido posible y se ha intensificado cuando la primera comienza a abandonar sus principios políticos y sociales basados en la libertad individual y en los derechos y garantías de los ciudadanos, priorizando solo las libertades económicas. El propósito político social de tal convergencia ha sido limitar las luchas democráticas, manteniendo y profundizando las desigualdades desde una concepción elitista y jerárquica de la sociedad. Margaret Thatcher lo planteaba claramente: “es nuestra función glorificarnos en la desigualdad y velar que a los talentos y las habilidades se les sea dado una salida y expresión para el beneficio de todos nosotros”9.

La convergencia de ideas neoconservadoras y el neoliberalismo tuvo mayor presencia en Estados Unidos cuando desde el Partido Republicano buscaron una fuerte base de apoyo en sectores cristianos evangélicos (la denominada Iglesia electrónica que constituyen alrededor del 20% de la población) que hasta entonces no jugaban un rol importante en la vida política. A través de estas concepciones apelando a un nacionalismo cultural de los trabajadores blancos mediante un discurso que los interpelaba como superiores moralmente y porque vivían con inseguridades económicas por ser excluidos de ciertos beneficios. Desde la revista Commentary, intelectuales conservadores como Irving Kristol y Norman Podhoretz criticaban a los valores “liberales” en el terreno cultural (en el sentido estadounidense, con el sentido “progresista”) y al mismo tiempo apoyando el giro neoliberal en materia económica.

En Inglaterra, el contexto socio-histórico fue muy diferente. A diferencia de los Estados Unidos existía un fuerte desarrollo de Estado de Bienestar con una presencia sindical y la existencia del Partido Laborista que actuaba como nexo político de las organizaciones gremiales de los trabajadores. Del mismo modo, hay una ausencia de grupos evangélicos de peso económico y con deseos de involucrarse en la actividad política. Sin embargo, el neoconservadurismo tuvo también su grado de confluencia con las políticas neoliberales al restringir libertades individuales. La búsqueda de cierto grado de coerción social para poner énfasis en la restauración del orden “emerge como una sencilla manera de despojarse del velo de antiautoritarismo en el que pretendía envolverse el neoliberalismo. Pero también propone respuestas propias a una de las contradicciones centrales del neoliberalismo. Si “no existe eso que llamamos sociedad, sino únicamente individuo”, tal y como Thatcher lo formulara en un principio, entonces, el caos de los intereses individuales puede con facilidad acabar prevaleciendo sobre el orden. La anarquía del mercado, de la competitividad y del individualismo desenfrenado (esperanzas, deseos, ansiedades y miedos individuales; opciones sobre los estilos de vida, sobre los hábitos y orientaciones sexuales; modos de expresión y de comportamiento hacia los otros) genera una situación que se torna progresivamente ingobernable. Incluso, puede conducir a una ruptura de todos los vínculos de solidaridad y a un estado próximo al anarquismo social y el nihilismo”10.

Los gobiernos de Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en los Estados Unidos se convirtieron en modelos paradigmáticos, para otros países tanto de Europa, como de América Latina, para desmontar y socavar las bases de las diversas variantes del Estado de Bienestar. El neoliberalismo inaugura así una época en que comienzan a generalizares gobiernos neoliberales, y con ellos la aplicación de políticas basadas en las reformas estructurales del estado, en las privatizaciones, y la implementación de políticas tendientes a la reducción del gasto público, entre otras. De este modo, esta concepción pasó de una etapa inicial de corte meramente académico y minoritario en sus adhesiones a otra de búsqueda de consenso y apoyo popular. La búsqueda de apoyos populares hizo reflotar un tono nacionalista a la prédica de dichos gobiernos como se evidenció a partir del triunfo de Reagan en su avanzada militar en el medio Oriente (al inicio con Irán) y en el caso de Gran Bretaña con la guerra de Malvinas. Una consigna lanzada por la primera ministra Thatcher intentaba dar cuenta que era el único camino posible: “No hay alternativa”.


4. La crisis del ’70 y la oportunidad para el neoliberalismo


El desarrollo de la economía capitalista mundial a partir de la década del 40 del siglo XX –basado en los supuestos teóricos keynesianos que se expresaron en los diversos Estados de Bienestar de economía mixta– comenzó a detenerse a finales de la década de los ’60. Ambos conceptos abarcan y explican mejor los fenómenos y sistemas económico-sociales de la posguerra. Estado de Bienestar Keynesiano combina los programas sociales de distribución del ingreso por fuera del circuito productivo y los planes de intervención estatal anticíclica que surgieron para contrarrestar la crisis de 1929. Mientras que el término de economía mixta se refiere a la convivencia de dos instancias de control económico: el Estado y el mercado. Ambas variables permitían generar un fuerte aumento del gasto público y tendencias hacia al pleno empleo. Los neoliberales planteaban críticamente que esa excesiva intervención estatal promovía altos índices de inflación.

Consideramos necesario remarcar que el despliegue de un rol más protagónico del Estado en los aspectos económicos y sociales es previo incluso a la crisis del 29. La justificación de esta postura se basaba en tres elementos: a) el temor a la revolución anticapitalista; b) la preocupación “caritativa” de los pobres, que hasta ese momento era un asunto de la Iglesia; c) la búsqueda de mayores niveles de eficiencia económica a través de leyes proteccionistas. La revolución rusa de 1917 representó para el capitalismo una amenaza concreta de que se incrementara el poder social de los trabajadores. En un primer momento, el Estado capitalista reaccionó a través del uso de la coerción, limitando o prescindiendo de la participación de los sindicatos del proceso político. Posteriormente, la respuesta fue más problemática, al combinarse políticas, propuestas, modificaciones en las organizaciones del proceso de trabajo –lo que se conoce como fordismo, a través de la cadena automatizada creando la línea de montaje– y diversos planteos teóricos de readecuación del capitalismo, entre los que se destacaban los del keynesianismo.

El “pacto social” entre capitalistas y trabajadores consistía en concesiones recíprocas de partes desiguales con diferentes poder de decisión. Los distintos sectores de la burguesía cedían parte de sus ganancias y los trabajadores aceptaban los parámetros del sistema capitalista, dividiendo la lucha sindical de la política dejando de lado las propuestas de transformar las relaciones sociales de producción. De este modo, los sindicatos mutan en grandes organizaciones con poder para acordar con las fuerzas del capital y desarrollando estructuras burocráticas. Asimismo, los mayores niveles de intervención estatal generan cambios en los sistemas políticos, al aumentarse la participación política y social. Paralelamente, los partidos políticos sufren una profunda transformación. Los denominados partidos burocráticos de masa con gran peso del aparato (como la izquierda europea) se convierten en partidos “escoba”, o profesionales-electorales, caracterizados por un discurso más desideologizado, debilitamiento de los lazos entre los partidos y su electorado, la pérdida de peso de la militancia y los afiliados, fortalecimiento de los líderes que tienden a tener vínculos más laxos con su organización y un rol más protagónico de los medios de comunicación de masas.

La integración de los sindicatos al Estado, y la búsqueda de los primeros de canales institucionalizados para vehiculizar sus demandas fue lo que primó en la conducción sindical más allá del gobierno de turno. Sin embargo, en el nuevo contexto, se mantenían las tasas de inflación pero el estancamiento primero, y luego la recesión fue la expresión de que los tiempos de gran expansión económica llegaban a su fin. La combinación de inflación con recesión –fenómeno llamado estanflación– generó un aumento de las presiones contra el Estado de Bienestar.

Hacia fines de la década del 60 y principios de los 70 comienzan a vislumbrarse un proceso caracterizado por: a) una acentuada caída en la tasa de ganancia del capital; b) mayores niveles de déficits fiscales; c) y por último un debilitamiento del peso ideológico del keynesianismo que ponía en cuestión la legitimidad del sistema capitalista traduciéndose en una crisis hegemónica, al perder niveles de consenso político. De este modo, se abre una etapa de replanteos para el capitalismo, considerando necesario reconvertir el modelo de acumulación en el cual se basaba el Estado de Bienestar Keynesiano, y por ende, las políticas económicas para generar nuevas modalidades para recuperar los niveles de tasas de ganancias.

Además, se acelera un proceso de centralización y concentración del capital soportado en la tercera revolución científico-técnica que permitió una profundización de la mundialización de las relaciones productivas iniciándose una tendencia que se acentuará en los años posteriores: mayor cantidad de inversiones en el sector financiero. En este sentido, Miguel Mazzeo señala que: “en 1970 casi el 90% de las transacciones de divisas estaba relacionado con la economía real. En la actualidad el porcentaje no llega al 5%. Es decir, que en el mundo actual el 95% de estas transacciones son de carácter especulativo. A diario se trasladan por el mundo alrededor de 1,5 billones de dólares, especulando sobre las variaciones en la cotización de las divisas”11. A este fenómeno de especulación financiera que genera fuga de capitales, Harvey lo llama acumulación por desposesión que tiene cuatro rasgos centrales: 1) privatización y mercantilización; 2) financiarizción; 3) gestión y manipulación de la crisis; y 4) redistribuciones estatales.

El auge económico de posguerra comenzó a evidenciar signos de declive hacia mediados de la década del ´60 e inicios del ´70. Los índices de producción y de la tasa de ganancia empresarial comenzaron a decaer en Europa. Estados Unidos intentó una salida con un aumento del gasto militar durante la guerra de Vietnam, generando un crecimiento breve. El aumento de las luchas sindicales en Europa (como el recordado mayo francés y el otoño caliente italiano) también generó mayor presión social. Para recuperar parte de su caída de sus ganancias, los empresarios comenzaron a aumentar los precios. A este fenómeno de estancamiento económico e inflación se lo denominó estanflación. Los neoliberales desde la perspectiva del monetarismo comenzaron a remarcar que el aumento del gasto público generado por la emisión monetaria sin control llevaba a la inflación.

Para poder financiar los gastos de la guerra de Vietnam, durante la presidencia de Richard Nixon en Estados Unidos se declara el domingo 15 de agosto de 1971 la inconvertibilidad del dólar con respecto al oro, poniendo fin al sistema monetario de Bretton Woods impulsado después de la Segunda Guerra Mundial. Los EEUU venían saldando sus déficits de exportación mediante la emisión de dólares. La derrota en la guerra y la necesidad de importar cada vez más petróleo fueron minando la reserva de oro. Desde ese momento, el comercio mundial se estructuró a través de los dólares emitidos por el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Los países comenzaron a reemplazar sus reservas en oro por el billete verde.

Desde la posguerra se desarrollaron fuertes inversiones en la explotación de energía. En noviembre de 1973, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) reaccionó ante la nueva situación económica con la triplicación del precio del petróleo crudo, para contrarrestar el crecimiento inflacionario y la depreciación del dólar. Estas medidas agravaron la recesión económica debido al comienzo de la aplicación de políticas restrictivas de los diversos gobiernos. Al respecto, John Holloway considera que: “el derrumbe del sistema monetario internacional removió el aislamiento respecto del mercado mundial, que era un elemento esencial de la concepción keynesiana de la intervención estatal. Estas tensiones encontraron su expresión en la aguda recesión de 1974-1975: la producción cayó estrepitosamente en todos los países principales, la inflación y el desempleo se elevaron y el flujo de “petrodólares” dentro del mercado de eurodólares incrementó la volatilidad del sistema monetario mundial”12.

En sus distintas vertientes, los partidos socialdemócratas europeos buscaban canalizar las demandas obreras de los sindicatos. Incluso, los eligieron como interlocutores por los empresarios cuando comenzaba a vislumbrarse el descenso en los niveles de acumulación en la segunda mitad de la década del 60. No obstante, cuando las contradicciones sindicales se hicieron más evidentes, estos partidos entraron en crisis.

La nueva situación evidenció las posiciones contradictorias de los sindicatos que aceptaban colaborar con el Estado para disminuir las demandas salariales, buscaban conservar el apoyo de sus bases sindicales a través de la negociación. Para lograr una mayor disciplina del mercado laboral era necesario tener mayores niveles de desempleo. Esta nueva situación de mayores niveles de desempleo no fue absorbida por los sindicatos, los cuales se habían acostumbrado al pleno empleo y a altos salarios.

También se producen cambios en nuevos procesos de trabajo: la automatización flexible y programada, fenómeno conocido como toyotismo. Del mismo modo que se puede asociar el esquema del taylorismo-fordismo con el Estado de Bienestar Keynesiano (EBK), podemos establecer que este nuevo modelo se basa en la infraestructura mínima del estado neoliberal. Al respecto, John Holloway destaca: “ya no era verdad, a fines de los 60, que todo auto producido podría ser vendido sin problemas; y hacia 1974 cuando la crisis mundial ya era evidente y el aumento de precios del petróleo llegó hasta los automóviles, los fabricantes de automóviles tenían que competir intensamente para vender sus productos. Las compañías productoras se vieron obligadas a cambiar sus métodos de producción para poder competir. También la dirección empresarial tuvo que atacar las normas establecidas de relaciones laborales. Desde ambos lados de la relación capital-trabajo, la estabilidad relativa del fordismo estaba bajo ataque. Al período de compromiso en el cual los sindicatos habían mantenido juntas a ambas partes en aparente armonía, sucedió un período de conflicto abierto, de abierta lucha por el poder”13.

La realización de este esquema postulaba la reducción de equipo y personal para satisfacer la demanda diaria o semanal, partiendo de las existencias para revelar lo superfluo y racionalizar la producción, conformando una fábrica distinta de los modelos del taylorismo y el fordismo que cambiaba la organización del trabajo para adaptarla a las necesidades del mercado. Una característica central de este nuevo esquema es la pérdida de la especialidad profesional para transformarse en obreros polivalentes, logrando el objetivo de disminuir su poder e incrementar la intensidad de su trabajo. Además, permitía descentralizar parte de las tareas de planificación e integrar las tareas de control de calidad de los productos a la tarea de fabricación. La descentralización productiva también se expresa en la “externalización“(fenómeno también definido como tercerización) de ciertos trabajos, generando mecanismos de subcontratación de tareas, que son institucionalizados y jerarquizados.

Estos cambios provocaron mayor desempleo dejando atrás el pleno empleo y los altos salarios, poniendo en crisis el esquema keynesiano. Los aumentos de los déficits llevaron a los gobiernos a considerar la posibilidad de reducir los gastos sociales. Los neoliberales comenzaron a culpabilizar al aumento de los costos salariales como la causa de la caída de las ganancias empresariales. Comenzó así a ponerse énfasis en el aumento de la productividad y en el control de los incrementos salariales. De este modo, el “pleno empleo” que era uno de los pilares del Estado de Bienestar había generado un aumento del poder de la fuerza de los trabajadores en la disputa con el capital por el ingreso. Sin recesión, la inflación fue la respuesta de los empresarios para disminuir las demandas obreras. La coyuntura crítica de los años 70 generó las condiciones para que las premisas neoliberales comenzaran a ponerse en práctica. El nuevo escenario permitía que las ideas liberales en materia económica comiencen a popularizarse, sindicando como responsables de la misma al estado y a las organizaciones obreras porque con sus reivindicaciones salariales y sus presiones en favor de la distribución socio-económicas, y el desarrollo de las políticas de seguridad social, fueron los causantes del aumento del gasto público.


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