Bruguera 12º selección erase una vez un Gigante Keith Laumer



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BRUGUERA 12º SELECCIÓN


Erase una vez un Gigante

Keith Laumer

Un comentarista freudiano calificaría de edípico a este relato: el abnegado y protector gigante es el padre simbólico al que el protagonista necesita destruir, para luego mitificarlo a través del arrepentimiento.

Érase una vez un Gigante..., que vivía solo con sus recuerdos en un mundo lejano, abrupto y helado. Pero un día, unos enanitos codiciosos llamados hombres...

A un millón de kilómetros de distancia, Vangard era una esfera de hierro fundido gris, con un arco de luz amarilla por el lado que miraba al sol y negro como el carbón por el otro, y una ancha franja de rojo herrumbroso en la línea divisoria. Las cordilleras parecían torcidos cabellos negros irradiando del blanco resplandor de los polos, extendiéndose, con pequeñas sierras que las cruzaban, y que formaban un enrejado a lo largo del planeta, como la palma de la mano de un viejo. Era un mundo de roca, no macizo, pero sí grande, con una superficie dos veces mayor que la de la Tierra. Vi cómo la imagen de la pantalla se agrandaba, hasta que pude superponerla a las líneas de la carta de navegación. Entonces rompí el sello de mi haz luminoso de uranio y llamé:

—¡Rey tío 629 llamando a CQ! ¡Tengo problemas! Estoy realizando un acercamiento de emergencia a R-7985-23-D, y no tiene buen aspecto. Mi ruta es 093 más 15, a las 19.08. ¡Atención! Espero instrucciones, ¡y de prisa! ¡Retransmitan todas las estaciones!

Puse en marcha la sirena para repetir la llamada mil veces en una milésima de segundo, y entonces cambié para escuchar y esperé cuarenta y cinco segundos. Esto era lo que tardaba la hiperseñal en llegar a la estación de Ring 8 y producir una respuesta automática.

La señal automática llegó tal como estaba previsto; pasó otro medio minuto y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Entonces se oyó una voz que sonaba como si yo no hubiera debido despertarle de su siesta:

—Rey tío 629, aquí la estación de radio Z-448 en la frecuencia de tres por tres ¡No puede usted, repito, no puede usted posarse en Vangard! Informe de todos los detalles...

—¡Olvídese de eso! —contesté con impaciencia—. Voy a chocar contra ese planeta; ¡la fuerza con que lo haga depende de ustedes! Primero hágame aterrizar, ¡y luego ya nos ocuparemos de la burocracia!

—¡Se encuentra en el radio prohibido de un mundo en cuarentena de clase cinco, 629! Las órdenes de navegación le obligan a alejarse...

—Enterado, 448 —le interrumpí—. ¡Estoy a setecientas horas de Dobie con una carga especial a bordo! ¿Cree que elegí este lugar para tener una avería? Necesito consejo técnico, ¡y lo necesito ahora!

Otra espera; después se oyó la voz, esta vez tensa:

—Rey tío, transmita un informe de la situación a bordo.

—Bueno, bueno. Pero apresúrese —contesté preocupado.

Apreté los botones que le darían por duplicado la lectura de los instrumentos, probando que mi situación era aún peor que la expuesta. No se trataba de una broma. Me había asegurado para que el viejo cacharro hubiese visto su último puerto.

—De acuerdo, rey tío; tardó demasiado en informar; ahora tendrá que lanzar la carga al mar y observar la siguiente secuencia de navegación...

—¡Le dije que era una carga especial! —aullé—. ¡De categoría diez! El servicio médico de Dobie me ha contratado para este viaje. ¡Tengo diez casos de congelación en mi frigorífico!

—De acuerdo, rey tío —replicó la estación, sonando ahora un poco desorientada—. Comprendo. Tiene usted a bordo víctimas vivas bajo criotesis Siga a la escucha. —Hubo una pausa—. Me ha puesto usted en un aprieto, 629 —añadió la voz con un tono casi humano.

—Sí —contesté—. De prisa. Esta roca se está acercando.

Seguí sentado, escuchando el rumor de las estrellas. A una luz y media de distancia, la computadora de la estación habría entrado en acción, asimilando los datos que yo le había proporcionado y vomitando una solución; y mientras tanto, el chico listo de guardia comprobaría mi informe. Esto me parecía muy bien; quería que lo comprobara. Era cierto hasta el último detalle. Los pasajeros, instalados en el compartimiento de carga, eran mineros gravemente quemados en un incendio ocurrido tres meses atrás en Dobie, un mundo pequeño sin facilidades para el tratamiento. Yo recibiría cuarenta mil en cuanto los hubiera entregado al centro médico del Servicio Público en buenas condiciones. Mi inspección preliminar estaba archivada, así como mi plan de vuelo, que mostraría una rectificación mínima en la trayectoria al pasar por Vangard, tal como lo hubiera hecho un operador cualquiera. Figuraba todo en los archivos. Yo era una víctima de las circunstancias. Ahora, el asunto pasaba a sus manos. Y si no me equivocaba en mis cálculos, sólo había una solución.

—Rey tío, tiene usted un serio problema —dijo mi informador invisible—. Pero hay una posible solución. ¿Lleva una cápsula que se pueda desprender? —Hizo una pausa, como si esperara una respuesta, y continuó—: Tendrá que lanzarla a los planos de sustentación de la atmósfera. Sólo dispondrá de unos segundos para hacerlo. ¿Ha comprendido? Ahora le envío los datos necesarios.

Se oyó rechinar una hilera de números, que fueron grabados automáticamente e introducidos en el computador de control.

—Comprendido, 448 —contesté cuando la voz se detuvo—. Pero..., éste es un mundo inhóspito. Suponga que el refrigerador se avería en el descenso. Sería mejor que conservara la cápsula y tratara de depositarla con suavidad.

—¡Esto es imposible, rey tío! —La voz, en su excitación, había subido de tono. Al fin y al cabo, yo era un valiente, aunque avaro capitán mercante, determinado a cumplir con mi deber, incluso con riesgo de mi propia piel—. Francamente, este acercamiento también es marginal. Su única probabilidad, y la de su carga, ¡es seguir mis instrucciones al pie de la letra!

No añadió que era una tremenda ofensa no obedecer una orden de navegación del monitor. No era necesario; yo lo sabía y lo había tenido en cuenta.

—Si usted lo dice... Tengo un circuito marcador en la cápsula. Pero escuche, ¿cuánto tardaría en mandarme una nave de salvamento?

—Ya está en camino. El viaje durará... unas trescientas horas.

—¡Pero son más de doce días! —Hice la pausa requerida por el lento proceso mental que un pobre pero honesto astronauta necesita para llegar a alguna sencilla conclusión, y luego proferí—: Si el equipo congelador se golpea, ¡el calorífugo no aguantará menos de cero grados tanto tiempo! Y... —Otra pausa y luego—: ¿Y qué hay de mí? ¿Cómo sobreviviré allí abajo?

—Le indicaré un lugar donde tendrá ayuda a mano. Ahora...

—¿Qué clase de ayuda? —interrumpí—. ¡Allí abajo no hay nadie, ni lo ha habido durante más de cien años!

—Limítese a seguir las instrucciones, rey tío. —Se le había escapado algo de simpatía, pero no mucha; incluso un héroe tiene derecho a pensar en conservar su vida, después de haberse preocupado de su tropa—. Hay un hombre allí abajo...

—¡Usted está loco! —grité—. Lo he comprobado; había una especie de colonia, pero todos murieron; los mató un virus...

—Uno de ellos todavía vive. Basta de charlas, y ahora...

Continuamos hablando un rato, pero lo más importante estaba dicho. Seguí las órdenes, haciendo lo que me habían indicado; ni más ni menos. En menos de una hora, todos los espectadores del tri-D del sector sabrían que una nave hospital averiada había descendido sobre Vangard, con las vidas de diez hombres, once contando la mía, en la balanza. Y yo estaría en las defensas del objetivo, en posición para la segunda fase.
El sonido empezó a mil millas: el perdido y solitario sollozo de moléculas del aire que son agrietadas por cinco mil toneladas de un fletador demasiado viejo y pesado, a demasiada velocidad, por el camino equivocado y sin sistema de retroceso. Trabajé con lo que quedaba de los chorros de posición, colocando la nave en posición para aterrizar de cola, reservando los restos de la masa de reacción para el lugar y el momento en que fuera más necesaria. Cuando la tuve en posición, disponía de ocho mil millas de pozo de gravedad. Jugué con el cuadro de mandos señalando el área de aterrizaje, mientras se movía y baqueteaba y los gemidos se convertían en alaridos.

A doscientas millas, los motores se conectaron y surgieron por doquier luces rojas y presiones, como las que debe sentir un sapo bajo una bota. Esto continuó el tiempo suficiente para que yo me desvaneciera y volviese en mí media docena de veces. Entonces, de improviso, se lanzó en una caída libre, ya sólo quedaban unos segundos. Presionar la válvula de la cápsula no era más difícil que llevar a cuestas un yunque por un kilómetro de escalera de cuerda; sentí una sacudida cuando la sección de la carga se desprendió. Me coloqué en posición, bajé el parachoques, llené mis pulmones del viciado aire de la nave; y golpeé el botón de expulsión; diez toneladas de plumas me dieron en la cara y me lanzaron a otro mundo.


Salí nadando del gran océano negro donde acechan las pesadillas y me asomé a la incierta luz de la semi-inconsciencia, a tiempo de ver un vasto panorama de montañas como dientes de tiburón, de cumbres nevadas, que cruzaban aquel mundo hasta un horizonte quebrado a cincuenta kilómetros de distancia. Debí desmayarme de nuevo, porque, al siguiente segundo, una sola cima llenaba la pantalla del ojo de buey, lanzándose hacia mí como una ola. La tercera vez que volví en mí, iba a aterrizar, dando tumbos hacia lo que parecía un campo de lava negra. Entonces vi que era un follaje de un verde negruzco y muy denso. Tuve el tiempo suficiente para observar que el marcador de situación de la cápsula parpadeaba con luz verde, lo cual significaba que había aterrizado y estaba intacto.

Esta vez volví en mí y sentí frío: fue lo primero que noté. Lo segundo fue que me dolía la cabeza y todo el cuerpo. Tardé lo bastante como para escribir un testamento legándolo todo a la Sociedad Eutanásica, para liberarme de mis ataduras, abrir la cápsula y arrastrarme hacia el exterior, que la gente deportista hubiese calificado de aire sano de las montañas. Me palpé donde me dolía, y encontré los huesos y las articulaciones intactos. Conecté el termostato de mi traje y empecé a sentir algo de calor.

Estaba tendido sobre un lecho de agujas de pino, en el supuesto que las agujas de pino tengan una longitud de un metro y el grosor de una caña. Formaban una mullida alfombra sobre la tierra que rodeaba los árboles, grandes como columnas jónicas, iluminados por un resplandor verde oscuro. En la lejanía, entre los troncos de los árboles, vi el destello blanco de la nieve. Reinaba el silencio y nada se movía, ni siquiera las anchas ramas que se arqueaban sobre mi cabeza. Los instrumentos de mi traje me informaron que la presión del aire era de 16 PSI, el contenido de oxígeno de un 51 por ciento, la temperatura ambiente de 10 grados centígrados bajo cero, y la gravedad, 0,6 g, tal como suponía. Las esferas de posición indicaban que las cápsulas se encontraban a poco más de cincuenta kilómetros al nordeste de donde yo estaba. Según todos los instrumentos de mi complicado cinturón, todo funcionaba normalmente. Y si la información que yo había recogido era tan correcta como garantizaba el precio, me encontraba a unos seis kilómetros de donde había planeado encontrarme, a un paseo de medio día del picadero de Johnny Trueno. Conecté los controles de energía de mi traje y me puse en pie, miré la brújula y empecé a caminar.

La escasa gravedad facilitaba la marcha, incluso para un hombre agotado por miles de millas de atmósfera; y el traje también me ayudaba. No se adivinaba al verlo, pero me había costado el mismo precio que unas lujosas vacaciones en uno de esos mundos de cristal y rodio, con climatización y agua corriente a todas las temperaturas. Además de los controles estándares de aire y temperatura y la servodirección que ahorraba el cansancio de caminar, estaba equipado con todos los circuitos de reflejos y amplificadores de sentidos que conocía la ciencia del mercado negro, incluyendo unos pocos que a la gente de la Liga de Seguridad les hubiera gustado poseer. Solamente el monitor metabólico valía una fortuna.

Me tomé un descanso después de la primera hora, bebí un sorbo de jarabe nutritivo, tragué un poco de agua, y durante unos segundos escuché el paso de la eternidad. Pensé en una nave llena de colonizadores, en el primitivo amanecer de los viajes espaciales, volando hacia un universo del cual sabían menos que Colón de América, y que vagaron sin rumbo durante nueve años antes de hacer aquí un aterrizaje forzoso. Pensé en ellos saliendo al gran silencio de este mundo glacial (hombres, mujeres y probablemente niños), sabiendo que nunca, nunca podrían volver. Pensé en ellos enfrentándose a este hecho..., y decidiéndose a vivir. Eran gente audaz, pero su audacia ya no existía en el mundo. Ahora sólo había otra clase de audacia: la mía. Había pioneros audaces, llenos de infundadas esperanzas, decisiones y grandes ideas sobre el futuro. Yo era un audaz de la gran ciudad; y el presente era suficiente para mí.

—Es este silencio —dije en voz alta—. Acaba haciéndote efecto.

Pero el sonido de mi voz era demasiado leve para aquel gran vacío. Me puse en pie y emprendí la marcha hacia la siguiente montaña.
Es curioso que, después de toda una vida en medio de ruidos, unas pocas horas sin ellos puedan cambiar toda tu actitud hacia las vibraciones de aire de tu radio auditivo. No oí más que un leve grito, como el de un solitario pájaro marino que llama a su pareja; pero me separé del árbol bajo el que había estado descansando como si me hubiera quemado, y me quedé inmóvil, con la cabeza inclinada, intentando clasificar aquel sonido que aumentaba en intensidad, lo cual significaba que estaba más cerca, con una rapidez que me sugirió la futilidad de la huida. Miré en torno mío buscando un árbol joven al que trepar, pero aquellos pinos habían nacido viejos; la rama más baja estaba a quince metros. El único escondite que me quedaba eran unos miles de troncos de árbol. Ignoro por qué tuve la sensación que sería mejor esperar cara a cara lo que fuese. Por lo menos, así le vería al mismo tiempo que él a mí. Yo sabía que era algo vivo y que comía carne; la voz leve y dogmática de mi primer antepasado me lo indicaba. Hice un gesto con la muñeca que puso la diminuta metralleta en mi palma, y esperé, mientras la llamada se hacía más fuerte y más angustiosa, como la de una oveja abandonada, un toro desesperado o un ciervo moribundo. Ahora oía el paso de unos pies muy grandes, galopando a una cadencia que, incluso bajo tan escasa gravedad, sugería un tamaño voluminoso.

Entonces apareció ante mi vista, y confirmó la intuición de mi tatarabuelo. No era un lebrel, ni siquiera una hiena, pero era como una hiena de torso de dos metros de anchura, tobillos anchos como mis muslos, la cabeza del tamaño de un helitaxi y mandíbulas que podían sostener a un hombre como un perro llevando a casa el diario vespertino. Tal vez fue este último pensamiento lo que impidió que mi dedo apretara el gatillo. El perro monstruoso se paró en seco haciendo crujir las agujas de pino, emitió un alarido final, y me enseñó un metro de lengua roja. El resto de su cuerpo era marrón y negro, cubierto de piel fina. Sus dientes eran grandes, pero no pasaban de quince centímetros desde las encías hasta sus extremos. Sus ojos eran brillantes, negros y pequeños como los de un elefante, rodeados por un círculo rojo. Se acercó lentamente, como si quisiera ver bien lo que iba a comer. Yo oía crujir sus articulaciones mientras se movía. Sus hombros eran altos, moldeados por fuertes músculos. A cada paso, sus enormes plantas se hundían en el follaje del suelo. Había leído libros sobre los animales que crecen anormalmente en condiciones de escasa gravedad, pero ver uno de carne y hueso era diferente. Sentí que mis rodillas flaqueaban e hice acopio de valor. El perro estaba ahora a tres metros, y de las ventanas de su nariz, en las que hubiera entrado mi puño, salía el humo de su aliento. Yo sabía que si se acercaba más, apretaría el gatillo.

—¡Quieto, chico! —exclamé, intentando dar a mi voz un tono de mando. Él se detuvo, ocultó la lengua, la sacó de nuevo, y entonces se sentó sobre las patas traseras, como una vieja acomodándose en su mecedora favorita. Se quedó allí mirándome, y yo le devolví la mirada. Y mientras estábamos así, llegó el gigante.
Se acercó silenciosamente, por un pasillo entre grandes árboles, y a pesar de ser tan grande, no le vi hasta que estuvo a unos quince metros de mí.

Desde luego era muy grande.

Es fácil describir a un hombre de tres metros y medio de altura, después de todo; es dos veces el tamaño normal. Únicamente un hombre grande, con el que se podría bromear sobre el número de su calzado.

Pero el doble de altura es cuatro veces el área de cielo que ocupa al acercársete, ocho veces el tamaño de sólidos huesos y músculos. Un hombre de setecientos kilos, bajo la gravedad de la Tierra. Aquí pesaba poco más de la mitad; pero incluso así, cada pierna aguantaba doscientos kilos. Eran gruesas, musculosas, compitiendo con los brazos, el pecho y el cuello, que parecía un roble de cien años, sosteniendo la gran cabeza. Pero, a pesar de ser tan macizo, guardaba las proporciones. De no estar junto a un enano como yo, que le hiciera de escala, hubiera parecido un aspirante cualquiera a Señor Universo, con sus huesos rectos, los miembros bien formados, y todos los músculos dibujados, pero no desproporcionados. Su cabello era negro, ondulado, y caía en una melena mal cortada, pero no peor que la de cualquier otro hombre que no hubiera ido al barbero durante mucho tiempo. Tenía una barba muy poblada y unas gruesas cejas negras sobre grandes ojos de color azul pálido. Su piel, tostada por el sol, tenía el color del cuero muy usado. Sus facciones eran lo bastante regulares como para calificarlo de guapo, si se es admirador del tipo Júpiter-Poseidón. Me di cuenta de todo esto mientras avanzaba, a grandes zancadas, hacia mí, vestido de cuero y ligero a pesar de su peso. Se detuvo junto a un árbol, se pasó descuidadamente una mano por la cabeza, una mano enorme; me contempló, y durante un terrorífico momento me sentí como un niño elevando la mirada hacia el mundo de los adultos. Muchos pensamientos cruzaron mi mente, fantasmales imágenes de un mundo de calor y amor, seguridad y otras ilusiones, olvidadas hacía tiempo. Las aparté y recordé que yo era Baird Ulrik, un profesional, en cumplimiento de una misión, en un mundo sin cabida para las fantasías.

—Usted es el hombre que llaman Johnny Trueno —dije. No contestó. Quizá sonrió un poco—. Soy Patton, Carl Patton. Caí de una nave —añadí, señalando el cielo.

Él asintió.

—Lo sé —respondió. Su voz era profunda y resonaba como un órgano, reverberando en su gran caja torácica—. Oí caer su nave. —Me miró de arriba abajo y no vio ninguna fractura—. Me alegro que llegara sano y salvo al suelo. Espero que «Woola» no le haya asustado.

Su lenguaje era anticuado y pomposo, con un deje de extraño acento. Mi rostro, normalmente impasible, debió conmoverse mientras hablaba, porque él sonrió. Sus dientes eran cuadrados y tan blancos como la porcelana.

—¿Por qué razón? —pregunté—. He visto como mi sobrina de tres años acariciaba a un gran danés en la pata. No llegaba más arriba.

—Venga conmigo a mi casa. Tengo comida y fuego.

Hice una pausa, como siempre que se debe decir una cosa importante. Asumí una actitud noble y meneé la cabeza.

—Tengo que recuperar la cápsula de carga. Hay diez hombres dentro.

Su rostro interrogaba.

—Siguen vivos..., por ahora —dije—. Tengo una máquina que indica si la cápsula ha aterrizado satisfactoriamente. Los tubos son a prueba de choques, así que si el mecanismo de situación ha sobrevivido, ellos también. Pero el equipo quizá no. Si resultó dañado, ellos morirán.

Le expliqué cómo funcionaba la congelación.

—Es extraño —comentó— congelar a un hombre vivo.

—No hubieran vivido demasiado, si no estuvieran congelados —le expliqué—. Tenían quemaduras de tercer grado en todo el cuerpo. Probablemente también había daños internos. En el centro médico pueden ponerlos en tanques vivificadores y hacer que su piel vuelva a crecer. Cuando se despierten, estarán mejor que nuevos. —Le dirigí una significativa mirada, llena de feroz determinación—. Si llego a tiempo, claro. Si se despiertan aquí... —dejé la frase en suspenso, para no entrar en detalles sobre la clase de muerte que tendrían. Miré las esferas de mi muñeca—. La cápsula está en algún lugar en aquella dirección. —Señalé a la lejanía hacia el norte—. No sé a qué distancia. —Le lancé una mirada para ver cómo había caído este último dato. Cuanto menos revelara, mejor. Pero él parecía menos simple de lo que mis averiguaciones me habían hecho suponer. Un error podía trastornarlo todo—. Quizá a ciento cincuenta kilómetros, o más.

Miró hacia la dirección que yo señalaba.

—Allí hace mucho frío.

—Si los refrigeradores no funcionan, el calorífugo quizá los conserve durante doscientas horas, pero no más; y la nave de salvamento no puede llegar en menos de trescientas horas.

Reflexionó, mientras me observaba desde su altura. Sus ojos eran bastante amistosos, pero de una forma remota, como una vela ardiendo en la ventana de una casa vacía.

Miró a lo lejos, hacia el norte.

—Han caído en una mala región. Las Torres de Nandi son muy altas.

Yo ya lo sabía; había elegido el lugar con cuidado. Le dirigí una valerosa mirada por encima del hombro.

—Tengo que hacer todo lo que pueda.

Sus ojos me devolvieron la mirada. Por primera vez, un pequeño fuego parecía brillar en ellos.

—Primero debe descansar y comer.

Hubiera podido añadir algo más para convencerle, pero, sin embargo, asentí.

—De acuerdo.

Di un paso y sentí que el mundo daba vueltas bajo mis pies. Me detuve para recobrar el equilibrio y noté una luminosa aguanieve en el aire, todo se inclinó y me sumergí en el oscuro lugar que siempre está al acecho...


Lo primero que vi al despertarme fue una especie de luz anaranjada en el techo de madera barnizada de rojo y negro, de seis metros de altura. La luz provenía de un gran fuego, bastante grande como para asar un buey, que chisporroteaba en una chimenea hecha de rocas del tamaño de una lápida. Me hallaba tendido en una cama no tan ancha como un campo de balonmano y el aire olía a sopa. Me incorporé, me arrastré hasta el borde y di un salto de un metro para llegar al suelo, sobre unas piernas blandas como pasta demasiado hervida. Me dolían las costillas probablemente a causa de un largo trayecto sobre el hombro del gigante.

Éste me miró desde la gran mesa.

—Está cansado —dijo—, y tiene muchas magulladuras.

Bajé la mirada. Llevaba mi ropa interior y nada más.

—¡Mi traje! —aullé. Y mi tono no era el de un hombre débil. Representaba sesenta de los grandes en valor de equipo y la cantidad de un millón en créditos, arrojados al fuego, y un juego de trajes limpios para reemplazarlos.

—Allí.


Mi anfitrión señaló con la cabeza el extremo de la cama.

Lo agarré y lo examiné. Todo parecía estar bien. Pero no me gustó la idea de estar indefenso al cuidado de un hombre con el que más tarde tendría que negociar.

—Ya ha descansado —dijo el gigante—. Ahora coma.

Me senté a la mesa sobre un montón de mantas y me incliné sobre una cazuela de espeso caldo hecho con sabrosas verduras rojas y verdes, y trozos de tierna carne blanca. Había un pan correoso, con sabor a nueces, y un áspero vino tinto que pasaba mejor que la más fina cosecha de Arondo, en Plaisir 4. Después, el gigante desplegó un mapa y señaló un trozo en relieve, como una mancha de estuco mal colocada.

—Si la cápsula está ahí —dijo—, será difícil. Pero quizá haya caído aquí.

Indicaba una región menos abrupta, hacia el sur y el este de la zona peligrosa

Realicé la operación de comprobar el acimut en el indicador. La posición que yo le había dado tenía un error de sólo tres grados. A 179 kilómetros, la posición que el RD había señalado para la cápsula, supondría un error de unos quince kilómetros.

El gigante señaló nuestra ruta en el mapa. Bordeaba las estribaciones de lo que él llamaba las Torres de Nandi.

—Quizá —dijo. No era un hombre de muchas palabras.

—¿Cuánto rato de luz nos queda? —le pregunté.

—Cincuenta horas, o algo menos.

Esto significaba que había dormido cerca de seis horas. Tampoco me gustó. El tiempo era oro y mi programa muy apretado.

—¿Ha hablado con alguien? —pregunté, mirando a la gran y no muy moderna pantalla en un extremo de la habitación. Era un modelo de banda. Y con un retraso L de media millonésima. Esto significaba una espera de cuatro horas para conectar con la estación de Ring 8.

—Notifiqué a la estación central que usted había llegado sano y salvo —repuso.

—¿Qué más les dijo?

—No había nada más que decir.

Me puse en pie.

—Llámelos de nuevo —exclamé—, y dígales que me pongo en camino hacia la cápsula.

Dije esto con los dientes apretados y sin autocompasión. Por el rabillo del ojo le vi asentir y durante un segundo me pregunté si el famoso sistema de análisis Ulrik se había equivocado, si aquel viril gigante iba a seguir sentado sobre sus ancas y dejarme a mí, pequeño y frágil, rastrear la pista solo.

—El viaje no será fácil —dijo—. Los vientos asolan los pasos altos y hay nieve en las cimas de Kooclain.

—Mi traje climatizado me facilitará las cosas. Si pudiera usted darme un poco de comida...

Se dirigió a un estante y bajó un paquete del tamaño y la forma de una unidad climatizada para alimentar, por lo menos, a cinco personas. Entonces supe que había mordido el anzuelo.

—Si mi compañía no le molesta, Carl Patton, iré con usted —dijo.
Johnny Trueno abría la marcha, con un paso fácil que ganaba terreno a un ritmo engañoso, sin que el paquete de su espalda pareciera molestarle en absoluto. La única arma que llevaba era un bastón de acero de tres metros de largo. El monstruoso perro trotaba a su lado, con el hocico pegado al suelo; yo cerraba la marcha. Mi paquete era ligero; el gigante había observado que cuanto menos cargado fuera, más aprisa iríamos. Todavía me dolían los huesos, pero me sentía ágil como un potro bajo la menor gravedad. Caminamos durante una hora sin cruzar palabra, a lo largo de una ladera cubierta de grandes árboles. Al alcanzar la cima, el gigante se detuvo y esperó a que yo llegara, resoplando un poco, pero animoso.

—Descansaremos aquí —dijo.

—Al diablo el descanso —contesté—. Los minutos son vitales para esa pobre gente.

—Un hombre debe descansar —repuso razonablemente, y se sentó, colocando sus brazos sobre las rodillas. De este modo, sus ojos quedaban al nivel de los míos, estando yo de pie. Esto no me gustó, así que también me senté.

Dejó pasar unos diez minutos antes de ponerse nuevamente en marcha. Me di cuenta que Johnny Trueno no era un hombre al que se pudiera intimidar. Sabía al paso que debía ir. Yo iba a tener trabajo en hacerlo todo de acuerdo con mi plan.

Cruzamos un ancho valle y llegamos a las altiplanicies. Hacía frío; los árboles eran más escasos, más desnudos, empequeñecidos por las heladas y retorcidos por los vientos, hasta darles el aspecto de jorobados agarrando las cosas con manos artríticas. Había manchas de nieve y el aspecto del cielo preludiaba una próxima nevada. Yo podía sentir el viento cortante que descendía de las cumbres, pero el gigante le hacía frente con sus brazos desnudos.

—¿No tiene usted un abrigo? —le pregunté, en la siguiente parada. Nos encontrábamos en un saliente de roca, expuestos a las ráfagas de lo que se estaba convirtiendo en un vendaval de sesenta y cinco kilómetros por hora.

—Aquí tengo una capa —contestó, dando un manotazo sobre el paquete que llevaba a la espalda—. Me la pondré dentro de un rato.

—¿Hace usted mismo sus ropas? —pregunté, mirando el cuero curtido, forrado de piel y con grandes puntadas de marinero.

—Me las hizo una mujer —contestó—. Hace mucho tiempo.

—¡Ah! —dije. Intenté representármelo con su mujer, y adivinar cómo sería ella cómo se movería y qué aspecto tendría. Una mujer de tres metros de altura—. ¿Tiene un retrato suyo?

—Sólo en mi corazón.

Dijo esto sin entonaciones, como si fuera una frase ritual. Me pregunté qué se sentiría siendo el último de la especie, pero no se lo dije. En cambio, inquirí:

—¿Por qué vive aquí solo?

Miró a lo lejos, por encima de una roca helada.

—Éste es mi hogar —contestó.

Era otra respuesta automática, tras la cual no se escondía ningún pensamiento. Era simplemente su modo de ser. Nunca se le ocurriría que, con la ayuda de un empresario listo, podía explotar la situación y hacer llorar y cobrar de unos cuantos billones de espectadores de tri-D, ávidos de emociones. Una opereta sacada de la vida real. ¡Pobre Johnny Trueno, tan valiente y tan solo...!

—¿Por qué hace usted eso? —me preguntó de repente. Yo sentí un nudo en el estómago.

—¿A qué se refiere?

Dejé escapar la pregunta entre dientes, mientras acariciaba el cañón del arma, que tenía en la palma de la mano.

—Usted también vive solo, Carl Patton. Pilota una nave espacial. Soporta la soledad y la fatiga. Y, como ahora, ofrece su vida por sus compañeros.

—No son mis compañeros —murmuré—. Son carga por la que me pagan, eso es todo. Si no la entrego, no me pagarán. Y no ofrezco mi vida; me limito a dar una caminata por razones de salud.

Me contempló, estudiándome.

—Muy pocos hombres se internarían en las alturas de Kooclain en esta estación; y ninguno sin una razón importante.

—Yo tengo una razón importante: cuarenta mil.

Esbozó una sonrisa.

—Según mi opinión se le puede tachar de muchas cosas. Carl Patton, pero no de ser un loco.

—Sigamos —dije—. Tenemos un largo camino por delante.


Johnny Trueno aminoró el paso para que yo pudiera seguirle. El perro daba la impresión de estar un poco nervioso, levantaba el hocico olfateaba el aire y después continuaba andando. Yo les seguía a paso ligero, jadeando en las cuestas y respirando profundamente en las paradas, lo cual era suficiente para recobrar fuerzas, pero no tanto como para hacer que el gigante fuera más lento. Poco a poco fui adquiriendo el ritmo, hasta que llegamos a recorrer más de seis kilómetros por hora. Es una velocidad muy buena en suelo plano, bajo una gravedad normal, y habría que ser un atleta entrenado para mantenerla durante mucho rato. Aquí, con los eficientes músculos de piezas electrónicas del traje que hacían la mayor parte del trabajo, era un paseo para mí...

Nos detuvimos para comer. El gigante extrajo pan, queso y una enorme botella de vino de su mochila, y me alargó una cantidad suficiente para dos comidas. Lo comí casi todo y metí el resto en el bolsillo del hombro cuando no me miraba. En cuanto él acabó su ración, no mucho mayor que la mía, me puse en pie y esperé. Pero él no se movió.

—Ahora descansaremos una hora —me dijo.

—De acuerdo —contesté—. Descansará usted solo. Yo tengo algo que hacer.

Y comencé a andar por la nieve; pero antes que hubiera dado diez pasos, el perro me adelantó y me bloqueó el camino. Intenté sobrepasarlo por la derecha y se colocó delante de mí. Hizo lo mismo cuando lo intenté por la izquierda.

—Descanse, Carl Patton —me dijo Goliat.

Se volvió a tender, puso las manos debajo de la cabeza y cerró los ojos. Bueno, no podía hacerle caminar, pero por lo menos no le dejaría dormir. Volví sobre mis pasos y me senté junto a él.

—Parece como si nadie hubiera estado aquí antes de ahora —comenté; y añadí—: No se ve ni una mosca.

Pero esto tampoco necesitaba una respuesta.

—¿De qué se alimenta? —le pregunté—. ¿De qué hace el queso y el pan?

Él abrió los ojos.

—Del corazón del árbol amigo. Lo pulverizo para hacer harina, o hago pasta y la dejo fermentar.

—Curioso —repuse—. Me imagino que importa el vino.

—El fruto del mismo árbol nos da el vino.

Dijo «nos» con la misma naturalidad como si tuviera una esposa y seis hijos esperándole en casa.

—Debió ser duro al principio —observé—. Si todo el planeta es así, es difícil comprender cómo sobrevivieron sus antepasados.

—Lucharon —dijo el gigante, como si esto lo explicara todo.

—Usted ya no tiene por qué luchar —repliqué—. Ahora puede abandonar esta roca y vivir cómodamente en un mundo donde haya sol y algo de calor.

El gigante miró al cielo, como si reflexionara.

—Tenemos una leyenda que habla de un lugar donde el aire es suave y el suelo produce toda clase de frutos. No creo que me gustara esa tierra.

—¿Por qué no? ¿Acaso cree que existe algún placer en conseguir las cosas con dificultad?

Volvió la cabeza para mirarme.

—Es usted el que lleva una vida dura, Carl Patton. Yo estoy en mi casa, mientras que usted soporta frío y cansancio en un lugar que le es extraño.

Gruñí. Johnny Trueno volvía siempre mis palabras en contra mía.

—He oído decir que aquí hay una abundante vida animal —dije—. No he visto ni rastro de ella.

—Pronto la verá.

—¿Lo dice por intuición o...?

—Nos ha seguido una manada de escorpiones de nieve, durante horas. Cuando salgamos al llano, los veremos.

—¿Cómo lo sabe?

—«Woola» me lo dice.

Miré al gran perro, que estaba tendido con la cabeza entre las patas. Parecía cansado.

—¿Cómo es que tiene perros?

—Siempre los hemos tenido.

—Probablemente hubo una pareja en el primer viaje —dije—. O quizá embriones helados. Me imagino que incluso entonces embarcaban parejas de animales.

—«Woola» procede de una raza de perros guerreros. Un antepasado suyo fue el magnífico corredor «Steadfast», que despedazó a los lebreles del rey Roon en el campo del Cuchillo Roto.

—¿Ustedes han tenido guerras? —Él no contestó. Yo di un soplido—. Pensaba que, con las dificultades que debieron tener para sobrevivir, valorarían demasiado sus vidas para perderlas en la guerra.

—¿Qué valor tiene una vida sin la verdad? El rey Roon luchó por sus convicciones, y el príncipe Dahl, por las suyas.

—¿Quién ganó?

—Lucharon durante veinte horas; hubo un momento en que el príncipe Dahl cayó, y el rey Roon se detuvo y le ordenó que se levantara. Pero, al final, Dahl rompió la espalda al rey.

—¿Y qué? ¿Probó esto que tenía razón?

—Poco importa lo que un hombre crea, Carl Patton, con tal que lo crea con toda su alma y todo su corazón.

—Tonterías. Los hechos no se preocupan de quién cree en ellos.

El gigante se incorporó y señaló las blancas cimas que brillaban en el horizonte, altivas y lejanas como una asamblea de reyes.

—Las montañas son reales —dijo. Miró hacia el cielo, donde unas nubes altas, de un tono violeta y negro, formaban como una hilera de almenas—. El cielo es real. Y estas verdades son más grandes que los hechos de roca y gas.

—No entiendo esta charla poética —repliqué—. Es deseable comer bien, dormir en una buena cama y tener lo mejor de todo. Cualquiera que afirme lo contrario es un mártir o un loco.

—¿Qué es lo mejor, Carl Patton? ¿Existe un diván más blando que la fatiga? ¿Una salsa mejor que el apetito?

—Esto lo ha sacado de un libro.

—Si usted ansia el fácil lujo del que habla, ¿por qué está aquí?

—Es muy sencillo. Para ganar el dinero que me permita comprar lo demás.

—Y después (si no se muere en este viaje), ¿volverá al mundo cómodo y comerá los jugosos frutos cosechados por otra mano?

—Claro —repuse—; ¿por qué no?

Pensé que mi voz sonaba airada y me pregunté por qué; lo cual aumentó mi ira. Callé y fingí dormir.


Cuatro horas después alcanzamos la cima de un largo declive desde donde se divisaban unos mil quinientos kilómetros cuadrados de bosque y glaciares, de extensión suficiente para darme una idea del tamaño del mundo llamado Vangard. Habíamos caminado durante nueve horas y, pese a la unidad energética, yo empezaba a notarlo. El gigante parecía como nuevo. Se protegía los ojos con las manos contra el sol demasiado pequeño y brillante, como si presagiara una tormenta, y entonces me señaló una cumbre que se levantaba a unos tres kilómetros de distancia, al borde de un valle.

—Allí dormiremos —dijo.

—Está fuera de nuestra ruta —observé—. ¿Por qué no dormimos aquí?

—Necesitamos un techo y un fuego, y Holgrimm no nos los escatimará.

—¿Quién es Holgrimm?

—Su vivienda está allí.

Sentí un escalofrío en la espalda, como cuando los fantasmas intervienen en la conversación. No es que los fantasmas me preocupen; sólo la gente que cree en ellos.

—Al diablo con esto —exclamé—. Será mejor que vayamos a dormir. Mañana será un día difícil.

Recorrimos la distancia en silencio. «Woola», el perro, olfateó y gruñó mucho mientras nos acercábamos a la casa. Estaba hecha de troncos, pulidos, esculpidos, y pintados de negro. Tenía un tejado muy inclinado, de pizarra, un par de chimeneas de piedra y unas cuantas ventanas de cristal coloreado. El gigante hizo una pausa cuando llegamos al claro, se apoyó en el bastón y miró en torno suyo. El lugar parecía estar en buen estado de conservación, pues lo integraban la misma roca y la misma madera del terreno que lo rodeaba. No había adornos que pudieran sufrir los estragos del tiempo.

—Escuche, Carl Patton —me interpeló el gigante—; desde aquí casi se puede oír la voz de Holgrimm. Parece que dentro de un momento abrirá la puerta de par en par para recibirnos.

—Sólo que está muerto —dije yo.

Subí hasta la entrada, que era una tabla de madera negra y púrpura, de proporciones convenientes para la fachada de Notre-Dame. Traté sin éxito de abrir el gran cerrojo de hierro con ambas manos. Johnny Trueno lo levantó con el pulgar.

Hacía frío en la gran habitación. La capa de escarcha que cubría el suelo de madera crujió bajo nuestras botas. En la profunda penumbra, distinguí pieles de animales colgando de las altas paredes, verdes, rojas y doradas, brillantes como un faisán chino. Había otros trofeos: un gran cráneo de pájaro de un metro, con una colección de astas que parecían alas de marfil blanco, de las que pendía una serie de puntas de daga, con bordes negros. Había una cabeza de piel correosa que era toda mandíbula y dientes, y un hacha de batalla, de casi cuatro metros, con un complicado mango. Ocupaba el centro de la habitación una larga mesa, colocada entre dos chimeneas grandes como apartamentos de ciudad. Vi el reflejo de la luz en las grandes copas de metal, platos y cuchillos. Rodeaban la mesa sillas de alto respaldo, y en la gran silla del otro extremo, frente a mí, estaba sentado un gigante de barba canosa, con una espada en la mano. El perro gimió, lo cual expresó perfectamente mis sentimientos.

—Holgrimm nos espera —dijo suavemente la voz de Johnny detrás de mí.

Se adelantó; yo me sacudí la parálisis y le imité. Al acercarme, observé la fina capa de hielo que cubría al gigante de la espada, brillando en su barba, en el dorso de sus manos, y en sus ojos abiertos.

También había hielo en la mesa, en los platos y en la lisa madera negra de las sillas. «Woola» rascaba el suelo con las patas.

—¿No entierran ustedes a sus muertos? —proferí, con tono hostil.

—Sus mujeres le prepararon así, por orden suya, cuando supo que la muerte le acechaba.

—¿Por qué?

—Éste es un secreto que Holgrimm guarda muy bien.

—Estaríamos mejor fuera —le dije—. Este lugar es como una cámara frigorífica.

—Un fuego lo solucionará.

—Este amigo nuestro se derretiría; creo que lo prefiero tal como está.

—Sólo un poco de fuego, el suficiente para calentar nuestra comida y tendernos a su lado.

Había leños en una caja junto a la puerta; eran rojos, duros como el granito, y ya estaban cortados en tamaño conveniente, para mi compañero de viaje, quiero decir. Cargó con los leños de dos metros y medio de largo y veinte centímetros de diámetro como si fueran palillos. Debían estar llenos de aceite volátil, porque ardieron a la primera cerilla, despidiendo un perfume de menta y alcanfor. El gigante Johnny preparó una mezcla de vino caliente y una especie de jarabe que contenía un frasco asimismo cubierto de hielo, y me lo ofreció en una jarra de unos dos litros de capacidad. Era fuerte, pero bueno, de un sabor que primero me pareció trementina y que después me supo a ambrosía. También había pan y queso y una sopa que hervía en una gran cacerola sobre el fuego. Comí todo lo que pude, que no fue mucho. Mi espartano amigo se sirvió una pequeña ración, y brindó con el anfitrión antes de beber.

—¿Cuánto tiempo hace que ha muerto? —pregunté.

—Diez de nuestros años. —Hizo una pausa y añadió—: Lo cual significa unos cien, según la Liga.

—¿Era amigo suyo?

—Luchamos en distintos bandos; pero después volvimos a beber vino juntos. Sí, era amigo mío.

—¿Cuánto tiempo hace que está usted... solo aquí?

—Nueve años. La casa de Holgrimm fue casi la última víctima de la epidemia.

—¿Por qué no le mató a usted?

Movió la cabeza.

—El universo también tiene sus enigmas.

—¿Qué pasó cuando todos se iban muriendo?

El gigante rodeó la copa con sus manos y fijó la mirada en el fuego.

—Al principio nadie lo comprendía; aquí no se conocía la enfermedad. Nuestros enemigos eran el lobo de las nieves, las avalanchas y el hielo. Aquello era diferente, un enemigo invisible. Algunos murieron en la ignorancia, otros huyeron a los bosques, donde también les alcanzó la muerte. Oxandra mató a sus hijos e hijas antes que la muerte se los llevara. Joshal permaneció en la nieve, blandiendo su hacha de guerra hasta que cayó y no pudo volver a levantarse.

—¿Qué fue de su familia?

—Ya lo ve.

—¿Qué quiere decir?

—Holgrimm era mi padre.
Dormimos envueltos en las pieles que Johnny descolgó de las paredes, y calentó junto al fuego. Tenía razón en cuanto al calor: las llamas derritieron el hielo en un radio de tres metros pero no afectaron al resto de la habitación. Aún era media tarde cuando emprendimos nuevamente el camino. Yo caminaba al paso más rápido que podía. El gigante no parecía cansarse, pero sí «Woola», que en el primer descanso se tendió sobre el costado, como un caballo muerto, aunque moviendo las costillas al ritmo de su respiración, y meneando la cola cuando mencionábamos su nombre. El aire estaba enrarecido, según el estándar de Vangard, pues la presión del oxígeno superaba a la normal de la Tierra.

—¿Por qué no hace volver al perro? —pregunté al gigante.

—Se negaría a volver. Y nosotros agradeceremos su compañía cuando vengan los escorpiones de la nieve.

—¿Está seguro que no imagina su existencia? Este lugar parece estéril como una tumba.

—Están esperando —repuso—. Me conocen, y conocen a «Woola». Muchas veces han puesto a prueba nuestra resistencia..., y han sembrado la nieve con sus cadáveres. Ahora nos siguen, y esperan.

—Mi arma se ocupará de ellos.

Le mostré mi reglamentaria ametralladora con recambio; él la observó cortésmente.

—Un escorpión de la nieve no muere con facilidad —dijo.

—Esto es bastante efectivo —comenté, demostrándolo con un disparo que desmenuzó una roca a veinte metros. El sonido resonó entre los gigantescos árboles. Él sonrió ligeramente.

—Tal vez, Carl Patton.

Aquella noche dormimos en el lindero del bosque.
La etapa del siguiente día fue distinta desde el principio. En la altiplanicie la nieve se había amontonado y helado, formando una costra que aguantaba mi peso, pero que se rompía bajo el del gigante y el del perro. Ahora yo ya no me veía obligado a apretar el paso. Abría la marcha y a Johnny le costaba seguirme. No se quejaba, ni respiraba con demasiada fuerza; se limitaba a seguir adelante, deteniéndose de vez en cuando a esperar al perro, y hacer un descanso cada hora.

El paisaje era cada vez más desértico. Mientras caminamos entre los árboles, había existido una ilusión de familiaridad; no muy cómoda, pero por lo menos era vida, un tipo de vida parecido al de la Tierra. Uno podía imaginarse que en cualquier lugar, detrás del próximo montículo, podía haber una casa, o una carretera. Pero aquí no. Esto era un campo nevado, tan desierto como Júpiter, con las largas sombras de las montañas occidentales que se reflejaban en él. Y, al frente, el glaciar que resaltaba contra el oscuro cielo, blanco intenso a la luz del atardecer, azul marino en la penumbra.

Al cabo de tres horas el gigante me señaló algo detrás de nosotros, en el sendero. Parecía un reguero de pimienta negra destacando contra el blanco.

—La manada de escorpiones —dijo.

—No les tomaremos demasiada delantera si nos quedamos aquí —gruñí.

—Ya se acercarán en el momento preciso —me contestó.

Hicimos una etapa de nueve horas, subimos y bajamos una montaña y subimos otra más alta, antes de hacer alto. Era casi de noche cuando acampamos al abrigo de una roca helada, si puede llamarse campamento a un par de hoyos en un campo de hielo. El gigante encendió un pequeño fuego y calentó algo de sopa. Me dio mi usual espléndida ración, pero me pareció que disminuyó un poco la suya y la del perro.

—¿Cómo estamos de provisiones? —le pregunté.

—Bastante bien.

Fue todo lo que dijo.

La temperatura había descendido a nueve grados bajo cero. Desempaquetó su capa de piel de cordero, a rayas negras y anaranjadas, del tamaño de una vela y se envolvió en ella. Él y el perro durmieron juntos para proporcionarse calor. Yo decliné la invitación de unirme a ellos.

—Mi circulación es buena —dije—. No se preocupe por mí.

Pero, a pesar del traje, me desperté temblando y tuve que subir el termostato unos cuantos grados. Al gigante no parecía importarle el frío. Pero es que un ser de su tamaño tenía una ventaja: poseía menos superficie de radiación por unidad de peso. No sería frío lo que sentiría..., a menos que las cosas empeoraran mucho.

Cuando me despertó era plena noche, el sol había desaparecido tras las cimas del oeste. El camino recorría la ladera de un monte nevado de treinta grados de inclinación. Había bastantes rocas y bloques de hielo derrumbados, y nos veíamos obligados a avanzar despacio. La manada que nos seguía se había acercado mientras dormíamos; estimé que estaban a quince kilómetros de nosotros. Había unos veinticinco animales, desparramados en un ancho radio. Esto no me gustó; sugería más inteligencia de la que yo esperaba de aquellas horribles criaturas. «Woola» movía sus ojos, enseñaba los dientes, y gemía mientras volvía la cabeza para mirarlos. El gigante continuaba avanzando, despacio, pero sin detenerse.

—¿Qué haremos? —le pregunté en la siguiente parada—. ¿Les dejamos acercarse o nos fortificamos en algún lugar donde no puedan rodearnos?

—Deben llegar hasta nosotros.

Miré hacia el pie de la montaña que habíamos escalado sin descanso durante más horas de las que yo podía recordar, intentando juzgar a qué distancia se hallaban.

—No más de ocho kilómetros —dije—. Podían haberse acercado en cualquier momento en las últimas dos horas. ¿A qué están esperando?

Él miró hacia la alta cordillera de tres kilómetros de alto.

—Allí arriba el aire es frío y ligero. Presienten que nos debilitaremos.

—Hay que tener valor..., pero no dejar que se suba a la cabeza. ¿Qué tal si les tendemos una emboscada allí arriba?

Señalé un amasijo de trozos de roca unos cien metros más arriba.

—No caerían en ella.

—De acuerdo —dije—. Usted es el astuto guía nativo; yo no soy más que un turista. Lo haremos a su manera. Pero, ¿cómo nos las arreglaremos cuando oscurezca?

—Pronto saldrá la luna.

Durante las dos horas siguientes recorrimos cerca de un kilómetro. Ahora el declive era de cuarenta y cinco grados. A cada paso se desplomaba una cascada de nieve en polvo. Sin el traje no creo que hubiera podido resistirlo, incluso con la escasa gravedad. Ahora el gran Johnny utilizaba mucho sus manos y el jadeo del perro era lastimero.

—¿Cuántos años tiene el perro? —pregunté cuando nos tendimos sobre la espalda en la siguiente parada, mientras mis acompañantes se esforzaban en respirar una atmósfera que para ellos era excesivamente ligera, y yo fingía la misma dificultad mientras respiraba la rica mezcla del colector de mi traje.

—Tres años.

—Equivale a unos treinta y cinco de los nuestros. ¿Cuánto... —jadeé un poco cuando recordé que debía hacerlo— cuánto viven?

—Nadie lo sabe.

—¿Qué quiere decir?

—Su especie muere luchando...

—Al parecer tendrá ocasión de luchar.

—Está agradecido..., por esa razón.

—Da la impresión de estar muerto de miedo —dije—. Y muy cansado.

—Está cansado. Pero no tiene miedo.

Recorrimos otro kilómetro antes que la manada decidiera que había llegado el momento de atacar.
El perro fue el primero que se dio cuenta; lanzó un ladrido como un elefante moribundo y dio un salto de seis metros para colocarse entre ellos y nosotros. No podíamos estar en una posición peor, desde el punto de vista defensivo, con la sola excepción del hecho que nos hallábamos a mayor altura que ellos. Era un lugar sin características definidas, cubierto de nieve helada, con precipicios a los lados y totalmente liso. El gigante cavaba un hueco con los pies y trabajaba en círculo para agrandarlo.

—Maldito estúpido; debería estar haciendo un montículo —le grité—. Lo que está cavando es una tumba.

—Haga como yo..., Carl Patton —jadeó—. Para salvar su vida.

—Gracias. Me quedaré aquí encima.

Elegí un lugar a su izquierda y amontoné algunos trozos de hielo para fabricarme una plataforma desde donde disparar. Comprobé cuidadosamente el lanzallamas, y después gradué la ametralladora para un alcance máximo. Ignoro por qué me molesté en hacerlo a escondidas; el gigante no conocía la diferencia entre un arma legal y una de contrabando. Quizá sólo era el instinto defensivo. Cuando acabé, la manada se hallaba a trescientos metros y se acercaba rápidamente, no corriendo o brincando, sino avanzando implacable con un resplandor de patas de acero, que arrasaban el suelo como el fuego devora la hierba seca.

—Carl Patton, sería mejor que se colocara a mi espalda —me aconsejó el gigante.

—No necesito esconderme detrás de usted —repliqué.

—¡Escúcheme bien! —exclamó con una voz que por primera vez no tenía el habitual tono reposado y calmoso—. No pueden atacar a toda velocidad. Primero deben pararse y levantar su aguijón. En ese momento son vulnerables. Apúnteles en el ojo, pero..., ¡cuidado con sus garras!

—Dispararé desde una distancia algo mayor —repuse.

Disparé una ráfaga contra uno que iba al frente de los demás, pero que aún estaba a doscientos metros de distancia. El hielo pareció encenderse; había fallado por muy poco. Disparé al siguiente, dándole en el centro de la negra armadura en forma de hoja que cubría el tórax; pero ni siquiera aminoró el paso.

—¡Apunte al ojo, Carl Patton!

—¿Qué ojo? —grité—. ¡Todo lo que veo es armadura y pistones!

Disparé a las patas, fallé y volví a fallar y luego vi volar un miembro en fragmentos. Su propietario debió vacilar durante un par de microsegundos, o tal vez fuese que yo parpadeé. Ni siquiera estaba seguro de a cuál había alcanzado. Avanzaron, ahora en filas más compactas y dando la impresión de ser más grandes y más mortíferos, como una ola de asalto de ligera armadura, provistos de púas e invulnerables, sin nada para detenerlos más que un hombre con un palo, un viejo perro agotado y yo con mi metralleta. Sentí que el arma se estremecía en mi mano y me di cuenta que había estado disparando sin parar. Retrocedí un paso, tiré el lanzallamas, y apunté la metralleta hacia la hilera que llegaba al lugar donde «Woola» se acurrucaba, paralizado.

Pero, en vez de abalanzarse sobre el gran perro a toda velocidad, la pareja que se hallaba frente a él se detuvo en seco, ejecutó rápidos, pero complicados movimientos de miembros, extendiendo sus antenas hacia el suelo y levantando sus cuartos traseros, sacando unos largos aguijones de sesenta centímetros que se balancearon, a punto para clavarse en el cuerpo indefenso del animal...

Nunca hubiese creído que algo tan grande pudiera moverse tan de prisa. Se levantó con la rapidez del rayo y saltó en el aire para caer sobre el enemigo que tenía a la izquierda con las mandíbulas abiertas de par en par, volvió a saltar, se retorció y atacó de nuevo mientras dos de sus adversarios, heridos, clavaban sus aguijones en el hielo. Vi todo esto en una fracción de segundo mientras levantaba la metralleta, cargando el arma para lanzar un disparo de multimegavatios al animal que se erguía frente a mí. El proyectil le abrió una herida de treinta centímetros de anchura, lo despidió a un metro de distancia, pero no le impidió atacar. El aguijón salió, para ir a enterrarse en el suelo, a mis pies.

—¡El ojo! —La voz del gigante me llegó, atronadora, por encima de los ladridos de «Woola» y el airado zumbido que provenía de los atacantes—. ¡El ojo, Carl Patton!

Entonces lo vi: una placa de siete centímetros, de cristal reticulado, de un rojo vivo, situado en una curva de la armadura. Explotó cuando yo disparé. Apunté a la izquierda y disparé de nuevo, y por el rabillo del ojo vi al gigante asestando golpes a derecha e izquierda con su palo. Bajé de mi montículo, y me abrí paso hacia él, disparando contra todo lo que tenía más cerca. Los escorpiones nos rodeaban por todos lados, pero sólo media docena de ellos podían acercarse a la vez al borde de la depresión de cuatro metros que el gigante había excavado. Uno rebasó el borde, empujado por los otros, perdió el equilibrio, y murió al ser aplastado por el palo. Yo maté a otro y salté al hoyo, junto al gigante.

—Espalda contra espalda Carl Patton —me gritó.

Una pareja llegó por encima de la barricada de monstruos muertos y, mientras se preparaban a atacar, disparé contra ellos y después contra el que ya avanzaba sobre sus cadáveres. Entonces, de improviso, la presión cedió en intensidad, y oí el jadeo del gigante, los estridentes ladridos del perro, sentí un dolor en el muslo y que el aliento me quemaba la garganta. Un escorpión vacilaba a tres metros de distancia, pero no se acercó. Los otros retrocedían, emitiendo zumbidos. Yo empecé a salir del hoyo, y un brazo de hierro me detuvo.

—Ellos deben... venir hasta nosotros —balbuceó el gigante. Tenía el rostro congestionado y le costaba respirar, pero sonreía.

—Si usted lo dice —repuse.

—Su pequeña arma es muy potente —dijo, en vez de comentar mi estupidez.

—¿De qué están hechos? Mis balas rebotan en ellos como si fueran acorazados.

—No son adversarios fáciles —observó—, y, no obstante, hemos matado nueve. —Miró hacia donde estaba el perro, que jadeaba, de cara al enemigo—. «Woola» ha matado a cinco. Ahora han retrocedido...

Se interrumpió, mirando mi pierna. Se puso de rodillas y tocó un desgarrón en mi traje que yo no había observado. Me preocupó ver la tela rota; ni siquiera un cuchillo hubiese podido penetrarla, pero uno de aquellos aguijones lo había logrado.

—La piel no está desgarrada —dijo—. Hoy ha tenido suerte, Carl Patton. El roce del aguijón es mortal.

Algo se movió detrás de él y yo lancé un grito y disparé. Un escorpión apareció en el lugar donde él estaba hacía un instante. Me eché al suelo, rodé hacia él y le disparé en el ojo al mismo tiempo que el palo de Johnny Trueno le daba en el mismo sitio. Me levanté y vi el resto de los escorpiones bajando la pendiente.

—¡Está usted loco! —grité al gigante. La ira vibraba en mi voz—. ¿Por qué no tiene más cuidado?

—Le debo la vida, Carl Patton.

Fue todo lo que dijo.

—¡No hay deuda que valga! ¡Nadie me debe nada!

Él no replicó; se limitó a mirarme, respirando con fuerza y sonriendo un poco, como un niño excitado. Aspiré profundamente el caliente y vivificante aire del depósito y me sentí mejor, pero no mucho.

—¿Quiere decirme su verdadero nombre, pequeño guerrero? —me preguntó el gigante.

Se me heló la sangre en las venas.

—¿A qué se refiere? —disimulé.

—Hemos luchado juntos. Es apropiado que intercambiemos los nombres secretos que nuestros padres nos dieron al nacer.

—¡Oh! Magia, ¿eh? La palabra secreta del poder. Dejémoslo. Johnny Trueno es suficiente para mí.

—Como quiera..., Carl Patton.

Entonces se fue a ver al perro, y yo comprobé los desperfectos de mi traje. Había una pérdida parcial de energía en los servos de la pierna y el calor también había sido afectado. Esto era un mal asunto. Aún faltaban muchos kilómetros para recorrer con el gigante antes de acabar el trabajo.

Cuando proseguimos la marcha media hora después, yo seguía preguntándome por qué me había movido tan de prisa para salvar la vida del hombre que había venido a matar.


Casi era totalmente de noche cuando nos acostamos, agazapados en hoyos excavados en la nieve. Johnny Trueno dijo que los escorpiones no volverían, pero yo sudaba dentro de mi traje climatizado, mientras la última claridad daba paso a una oscuridad negra como el carbón, como en el interior de una tumba sin nombre. Entonces debí quedar dormido, porque me desperté con una luz azulada sobre mi cara. La luna más próxima, Cronus, se había levantado sobre la cordillera. Era un disco lleno de cráteres de diez grados de anchura, casi lleno, que daba la impresión de estar lo bastante cerca como para saltar y golpearte la cabeza.

Caminamos mucho a la luz de la luna, considerando el declive de la falda del glaciar que estábamos escalando. A trece mil metros llegamos a la cúspide y miramos hacia la siguiente cordillera, al otro lado de un valle en penumbras, que aparecía plateada bajo las estrellas, a una distancia de treinta y cinco kilómetros.

—Quizá los encontremos al otro lado —dijo el gigante.

Su voz había perdido algo de su timbre habitual. Su rostro estaba congestionado y entumecido por el viento helado. «Woola» se acurrucaba tras él, y parecía más pequeño y más viejo.

—Seguramente —contesté—. O quizá detrás de la próxima.

—Será mejor encontrarlos antes, porque más allá están las Torres de Nandi. Si sus amigos han caído allí, su sueño será largo..., y el nuestro también.

Faltaban dos etapas para la próxima montaña. La luna ya estaba lo suficientemente alta como para iluminar todo el panorama, desde la cresta. No se divisaba otra cosa más que hielo. Acampamos a sotavento y luego continuamos. Yo tenía problemas con el traje, desequilibrado como estaba, y los dedos de mi pie derecho empezaban a helarse. Pese a los calientes concentrados que sorbía a escondidas mientras caminaba y al cordial sintético que el hipospray me inyectaba en la arteria femoral, empezaba a sentir frío y cansancio. Pero no tanto como el gran Johnny. Parecía desmejorado y muerto de frío, y caminaba como si tuviera un yunque sobre los pies. Continuaba disminuyendo su ración y la del perro para darme la misma cantidad de siempre. Yo metía lo que no podía comer en la bolsa y le veía pasar hambre. Pero era fuerte y desmejoraba con lentitud, de mala gana, luchando incesantemente.

Aquella noche, tendidos junto a una barrera que él había construido con bloques de nieve, para resguardarnos del viento, me hizo una pregunta:

—¿Qué tal es, Carl Patton, viajar a través del espacio, entre los mundos?

—Un destierro solitario —le dije.

—¿No ama su soledad?

—¿Qué importa eso? Hago mi trabajo.

—¿Qué ama usted, Carl Patton?

—El vino, las mujeres y las canciones —contesté—. E incluso puedo suprimir las canciones, si mucho me apura.

—¿Le espera una mujer?

—Varias —le corregí—. Pero no me esperan.

—Tiene pocos amores, Carl Patton. Entonces, ¿qué odia?

—A los locos —le dije.

—¿Son los locos los que le han conducido hasta aquí?

—¿A mí? Nadie me conduce a ningún sitio. Yo voy adonde quiero.

—Entonces, usted lucha por la libertad. ¿La ha encontrado aquí, en mi mundo, Carl Patton?

Su rostro era una máscara delgada, como esculpida por el clima, pero en su voz noté que se reía de mí.

—Sabe que va a morir aquí, ¿verdad?

No pretendía decir eso, pero lo hice, y mi voz sonó cruel a mis oídos.

Me miró del mismo modo que me miraba siempre antes de hablar, como si intentara leer un mensaje escrito en mi cara.

—Un hombre debe morir —dijo.

—No es necesario que usted se halle aquí —repuse—. Ahora es el momento de acabar con todo esto, retroceder y olvidarlo todo.

—Usted también podría hacerlo, Carl Patton.

—¿Renunciar, yo? —estallé—. No, gracias. Nunca abandonaría mi trabajo.

Él asintió.

—Un hombre debe acabar lo que ha empezado. De otro modo, no es más que un copo de nieve llevado por el viento.

—¿Cree que esto es un juego? —le espeté—; ¿un combate? Vencer o morir, o quizá ambas cosas, y que gane el mejor.

—¿Contra quién combatiría yo, Carl Patton? ¿Acaso no somos compañeros de viaje?

—Somos extraños —dije— Usted no me conoce y yo no le conozco a usted. Y deje de adivinar las razones por las que yo actúo.

—Usted salió para salvar la vida de seres indefensos, porque era su deber.

—¡Pero no el suyo! ¡No tiene por qué morir en estas montañas! Puede alejarse de esta fábrica de hielo, vivir el resto de sus días cómodamente, tener todo lo que desee...

—Ningún hombre puede proporcionarme lo que yo deseo.

—Suponga que nos odia —le dije—. A los extranjeros que vinieron aquí y mataron a su mundo.

—¿Acaso se puede odiar a una fuerza de la naturaleza?

—Está bien..., ¿qué odia usted?

Pensé que no iba a contestar.

—Odio la cobardía que hay en mi interior —contestó—. La voz que susurra consejos de capitulación. Pero si huyo, y salvo el pellejo, ¿qué espíritu vivirá para iluminarlo?

—Quiere correr..., ¡entonces corra! —casi grité—. ¡Va a perder la carrera, gigante! ¡Huya mientras pueda!

—Continuaré..., mientras pueda. Si tengo suerte, la carne morirá antes que el espíritu.

—¡Al diablo el espíritu! ¡Es usted un maníaco suicida!

—Entonces, estoy en buena compañía, Carl Patton.

No le contesté.
Sobrepasamos los ciento cincuenta kilómetros en la siguiente etapa. Cruzamos otra montaña, más alta que la última. El frío era subártico y el viento, un cortante cuchillo. La luna desapareció y llegó la aurora. El monitor me avisó cuando nos encontramos a quince kilómetros de la cápsula. Aún funcionaban todos sus sistemas. Las células de energía durarían un centenar de años. Si yo fallaba, los mineros congelados podían despertarse en un nuevo siglo, pero se despertarían.

Johnny Trueno tenía ahora muy mal aspecto. Sus manos estaban agrietadas y ensangrentadas por el agudo frío, tenía las mejillas hundidas y los labios descoloridos, pelados por las heladas. La piel que cubría sus huesos estaba tensa. Caminaba muy despacio, pesadamente, envuelto en sus pieles. Pero caminaba. Me coloqué en cabeza y mantuve el paso. El perro tenía todavía peor aspecto que su amo. Se arrastraba por las pendientes a gran distancia de nosotros, y en cada parada intentaba alcanzarnos. Poco a poco, a pesar de mis negativas, los descansos se hicieron más largos y las marchas más cortas. A última hora de la tarde, llegamos al elevado paso que el gigante dijo que conducía a las Torres de Nandi. Durante el último trecho caminé entre muros de hielo cortados en forma vertical, con la perspectiva de cimas de hielo afiladas como botellas rotas, juntas como dientes de tiburón, que se elevaban en sucesivas hileras hasta donde la vista podía alcanzar.



Me volví, para indicar al gigante que se apresurara en llegar arriba, pero no pude terminar. Señalaba, gritaba algo que yo no podía oír porque un ruido sordo me lo impedía. Miré hacia lo alto y vi que toda la ladera de la montaña estaba cayendo sobre mí.
El suelo estaba frío. Era el suelo enlosado de una habitación del asilo; yo tenía diez años y estaba tendido sobre la cara, sujeto por el peso de un muchacho de catorce años llamado Soup, con el físico de un mono y su misma fuerza para luchar.

Cuando me empujó por primera vez contra la pared, esquivó mis puñetazos y me tiró al suelo; lloré y pedí ayuda al círculo de interesados espectadores, la mayoría de los cuales había soportado más de una vez el peso de los nudillos de Soup. Ninguno de ellos se movió. Cuando me golpeó la cabeza contra el suelo y me intimó a decir tío, abrí la boca para hacerlo y, en vez de eso, le escupí en la cara. Si antes Soup se contenía un poco, ahora dejó de hacerlo. Su musculoso antebrazo rodeó mi mandíbula y colocó su rodilla en mi espalda. Yo sabía, sin una sombra de duda, que Soup era un chico que no conocía su propio vigor, que haría toda la fuerza que pudiera con sus músculos, que, llevado por la emoción del descubrimiento de su propio poder animal, me doblaría la espalda hasta que la columna vertebral crujiera, y yo moriría, moriría, a manos de un atrasado...

A menos que yo me salvara. Era más inteligente que Soup, más inteligente que cualquiera de ellos. Él no podía matarme, no podía si yo utilizaba mi cerebro, en lugar de desperdiciar mis fuerzas contra un cuerpo de doble tamaño que el mío.

Con la imaginación abandoné mi cuerpo y me contemplé a mí mismo; vi como se arrodillaba sobre mí, aguantando su propia muñeca, y manteniendo el equilibrio con un pie en el aire. Comprendí que, torciéndome hacia la derecha, podía escaparme de la presión de la rodilla, y entonces, con un movimiento rápido...

Su rodilla resbaló cuando yo me moví debajo de él. Con toda mi fuerza, levante las piernas. Desequilibrado, empezó a caer hacia su derecha, sin soltarme todavía. Me lancé contra él y mi cabeza quedó bajo su barbilla. Me incorporé, aferré un puñado de grueso cabello rojizo y lo arranqué con todas mis fuerzas.

Lanzó un grito y me soltó. Me retorcí como una anguila mientras él intentaba sujetarme las manos, que todavía asían su pelo; me abalancé, y clavé los dientes en su gruesa oreja. Dio un alarido e intentó escaparse; yo sentí que el cartílago se había roto y noté el gusto salado de la sangre. Se liberó de mis manos, que encerraban un mechón de cabello y un pedazo de cuero cabelludo. Vi su rostro, contorsionado como una máscara demoníaca, mientras se separaba de mí, aferrándome todavía las muñecas. Coloqué la rodilla sobre su vientre y su cara adquirió un tinte verdoso. Me puse en pie de un salto; él se retorcía, emitiendo un extraño sonido ahogado. Calculé la distancia y le asesté un fuerte puntapié en la boca. Le propiné otros dos puntapiés, cuidadosamente calculados, con toda la energía de la que fui capaz, hasta que el auditorio de rudimentario criterio reaccionó y me apartaron de él.
Hubo un movimiento a mi lado. Oí el roce de algo duro chocando contra otra cosa dura. Se hizo la luz. Aspiré y vi a un anciano de barba blanca que me miraba desde muy arriba, desde el borde de un profundo pozo...

—Aún está vivo, Carl Patton —dijo la voz del gigante, que parecía un eco muy lejano.

Vi que me tendía las manos, apartando un trozo de hielo, que levantó lentamente y tiró a un lado. Tenía nieve en el cabello y trozos de hielo en la barba. Su aliento era helado.

—Salga de aquí —murmuré, arrancando las palabras del hielo que había en mi pecho—. Salga antes que caiga el resto de la montaña.

Él no contestó; levantó otro trozo de hielo y liberó mis brazos. Intenté ayudarle, pero sólo logré que más nieve cayera sobre mis hombros. Él colocó sus enormes manos bajo mis brazos y tiró hacia arriba, sacándome de mi tumba. Me quedé tendido boca arriba y él se echó junto a mí. «Woola» se arrastró hasta él, emitiendo lastimeros gemidos. Desde arriba seguía cayendo una lluvia de nieve, que el viento se llevaba. Una masa de hielo del tamaño de un portaaviones pendía sobre nosotros, a unos cincuenta metros.

—¡Corra, estúpido, maldito estúpido! —chillé, aunque parecía un murmullo.

Él se arrodilló lentamente, me ayudó a levantarme y se puso en pie. Cayeron algunos fragmentos de hielo. Le vi dar un paso hacia la zona peligrosa.

—¡Vuelva —me esforcé en gritar—, o quedará atrapado!

Se detuvo mientras caía más hielo.

—Carl Patton..., ¿podría volver usted solo?

—No —repuse—. Pero no hay razón..., ahora..., para que usted muera...

—Entonces seguiremos.

Dio otro paso y se tambaleó al ser alcanzado en el hombro por un trozo de hielo del tamaño de una pelota. El perro ladró a su lado. Ahora el hielo caía a nuestro alrededor como arroz en una boda. Él siguió caminando, dirigiéndose hacia la hendidura final. Una explosión se produjo más arriba; el aire silbó en torno nuestro. Él dio tres pasos más y cayó, me hizo caer a mí y se arrodilló para protegerme. Le oí gemir mientras los fragmentos de hielo le golpeaban. Detrás de nosotros, algo se derrumbó como un dique que se rompe. El aire estaba lleno de nieve, cegándonos, ahogándonos. La luz se desvaneció...
Los muertos lloraban. Era un sonido triste, desolado, lleno de sorpresa porque la vida hubiera sido tan corta y estuviera tan llena de errores. Yo comprendí lo que sentían. ¿Por qué no era uno de ellos? Pero los muertos no tenían dolor de cabeza, ni sentían los pies fríos, ni los pesos que les aplastaban contra las rocas puntiagudas. No, a menos que fueran ciertas las historias sobre a dónde iban las personas malas. Abrí los ojos para echar una mirada al infierno, y vi al perro. De nuevo estaba ladrando, y yo moví la cabeza y vi un brazo más grande que mi pierna. El peso que notaba era lo que quedaba de Johnny Trueno, tendido sobre mí, bajo una rota capa de hielo.

Me costó media hora liberarme. Naturalmente, el traje era lo que me había salvado, con su armadura defensiva automática. Tenía magulladuras, y una o dos costillas rotas, pero nada que me impidiera volver a la base y a mis millones de créditos.

Porque el trabajo estaba hecho. El gigante no se movió mientras le desenterré, ni cuando le levanté un párpado. Aún tenía algo de pulso, pero no duraría mucho. Había estado sangrando por las heridas que el hielo le había hecho en la cara y las manos, pero la sangre ya estaba helada. Lo que el hielo había dejado por hacer, lo terminaría el frío. E incluso aunque recobrara el conocimiento, la pared de hielo detrás de él le cerraba el paso como la puerta de una cámara acorazada. Cuando las mujeres llegasen en busca de su gigantesco amigo, le encontrarían aquí, tal como yo le describiría, noble víctima del clima y de la mala suerte que trágicamente nos desvió de nuestro objetivo en unos quince kilómetros, después de aquella prolongada marcha. Proclamarían que me había ayudado hasta la muerte y entonces cerrarían el libro sobre otro capítulo de la historia.

No me proporcionó ninguna satisfacción haber probado una vez más mi inteligencia; era sólo cuestión de analizar los datos y actuar de acuerdo con ellos.

—Adiós, Johnny Trueno —dije—. Fuiste un hombre hecho y derecho.

El perro levantó la cabeza y gimió. Yo conecté la unidad energética de mi traje y me encaminé hacia la cápsula, que estaba a veinte kilómetros de distancia.


La cápsula, de seis metros de longitud, reposaba sobre un montón de nieve dura, en un pequeño hueco entre las desnudas rocas, en apariencia intacta. Esto no me sorprendió; el automecanismo que había instalado hubiera podido hacer aterrizar suavemente una tienda de porcelana, sin romper ni una sola taza de té. Me había comprometido a entregar la carga intacta y me llenaba de satisfacción cumplir lo pactado al pie de la letra. Estaba tan ocupado felicitándome por esta victoria, que hasta que me encontré a quince metros de la cápsula no me di cuenta que la nieve de su alrededor estaba removida, quizá pisoteada, y luego aplanada para ocultar las huellas. Entonces ya era demasiado tarde para esconderse; si había alguien allí cerca, ya me habría visto. Me detuve a tres metros de la puerta de entrada y fingí desplomarme, como si estuviera exhausto por mis esfuerzos, mientras miraba en torno mío, por encima y por debajo de la cápsula. Pero no vi absolutamente nada.

Me quedé tendido el tiempo suficiente para que saliera quienquiera que me estuviera acechando. Pero no salió nadie por lo que tuve que tomar la iniciativa. Me puse en pie con exagerado cansancio y me tambaleé hasta la entrada. Los arañazos de la entrada me hicieron sospechar algo. El mecanismo todavía estaba intacto, se abrió en seguida y entré en la cápsula. Dentro todo parecía normal. El sello de la caja frigorífica continuaba cerrado herméticamente y las esferas indicaban que las unidades refrigeradoras funcionaban a la perfección. Me sentí casi satisfecho con esto, pero no del todo. No sé por qué, excepto quizá porque las penosas lecciones que me había dado la vida me habían enseñado a no dejar nada al azar. Me costó media hora quitar las cubiertas de los controles. Cuando lo logré, lo vi en seguida: un solenoide estaba medio abierto. Era la mínima avería que se podía esperar después de un difícil aterrizaje; pero no, sabiendo lo que yo sabía. Había sido forzado con una palanca y el soporte inclinado una fracción de milímetro, lo suficiente para atascarlo..., e incidentalmente afectar al ciclo de climatización, que descongelaría a los diez hombres de aquella habitación helada en un plazo de diez horas. Lo arranqué. Oí silbar el gas de las tuberías, rompí la puerta acorazada y lo comprobé visualmente. El termómetro del interior indicaba tres grados. La temperatura aún no había tenido tiempo de subir; las diez largas cajas y su contenido estaban intactas. Esto quería decir que el sabotaje era reciente. Todavía me sentía confundido por las implicaciones de esta deducción, cuando oí el crujido de unas pisadas sobre el hielo, a través de la puerta abierta.


Illini tenía un aspecto muy distinto de cuando lo vi por última vez, en su cómodo empleo burocrático de la Liga Central. Su cara de mono, detrás de la fría máscara, estaba más delgada y pálida, así como su larga nariz, azul por el frío, y su barbilla, sin afeitar. No pareció sorprendido al verme. Atravesó la puerta y otro hombre le siguió. Miraron a su alrededor, anotaron las marcas en la costra helada que rodeaba el indicador, en el panel abierto y lo mantuvieron así.

—¿Todo va bien aquí? —me preguntó con naturalidad, como si nos hubiéramos cruzado en la calle.

—Casi —dije—. Hay un pequeño problema con un solenoide. Nada serio.

Illini asintió, como si estuviera al corriente. Sus ojos centellearon al mirarme.

—Parecías estar en dificultades ahí fuera —dijo—. Veo que te has recuperado muy de prisa.

—Debe ser psicosomático —contesté—. En cuanto entré, me sentí mejor.

—Entonces, ¿el sujeto está muerto?

—¡Diablos, no! —contesté—. Está vivito y coleando en Phoenix, Arizona. ¿Cómo encontraste la cápsula, Illini?

—Fui lo bastante afortunado como para convencer al tipo del mercado negro que te proporcionó el equipo para que me vendiera uno exacto, sintonizado a la misma clave. —Parecía ligeramente divertido—. No te aflijas demasiado, Ulrik. Hay muy pocos secretos para un presupuesto ilimitado.

—Uno es suficiente —repliqué—. Bien jugado. Pero me contrataste para hacer un trabajo. El seguirme hasta aquí puede haberlo desbaratado.

—Tu plan era bastante bueno —dijo Illini juiciosamente—. Y la estratagema de los hombres enfermos... —Señaló la puerta del compartimiento con la cabeza—. Muy inteligente. Hasta cierto punto. Es evidente, a causa del equipo especial que instalaste en la cápsula, que tenías una vaga idea respecto a que tu cargamento sobreviviría a la experiencia.

—¿Y bien?

—Se te encargó que nos desembarazaras del sujeto, de modo que no despertara ninguna sospecha, proporcionando, al mismo tiempo, una bonita historia al público. Perfecto. Pero la muerte del monstruo en un desafortunado intento de rescatar a unos hombres que nunca se hallaron en peligro rozará lo cómico. La gente no estará satisfecha. Puede empezar a investigar las circunstancias que hicieron morir a su protegido. Pero si parece que pudo haber salvado a los hombres..., el público aceptará su martirio.

—¿Acaso pretendes sacrificar a diez hombres para reforzar esta teoría?

—Un precio trivial por una mayor seguridad.

—¿Cómo justificarás tu presencia aquí? Al Servicio de Instrucción no le gustará.

Illini me dirigió una mirada inocente.

—Estoy aquí legalmente. Por suerte, mi nave se hallaba en la vecindad y oí tu llamada. La estación de Ring aceptó mi ofrecimiento de ayuda.

—Entiendo. ¿Y qué pretendes hacer conmigo?

—Lo que estaba convenido, naturalmente. No tengo la intención de complicar más las cosas. Seguiremos tu plan tal como estaba concebido..., con la sola excepción que he mencionado. Puedo confiar en tu discreción, por razones obvias. Tus honorarios están depositados en la Central de Créditos.

—Has pensado en todo, ¿verdad? Pero te has olvidado de una cosa: soy temperamental. No me gusta la gente que hace cambios en mis planes.

Illini levantó un labio.

—Conozco tu inclinación a tranquilizar tu conciencia de asesino profesional mediante tu escrupulosidad en otros asuntos. Pero, en este caso, temo que deben prevalecer mis deseos.

La mano del hombre que había detrás de él se posó casualmente sobre el arma que colgaba de su cadera. Todavía no había pronunciado una palabra. No era necesario. Era muy diestro con las armas. Illini no hubiera escogido más que al mejor, o al segundo. Era algo que seguramente yo comprobaría pronto.

—Nuestro trabajo aquí sólo requerirá unas horas —dijo Illini—. Después... —Hizo un expresivo gesto—. Todos estaremos en libertad de dedicarnos a otros asuntos. —Sonrió como si todo estuviera ya aclarado—. Por cierto, ¿dónde está el cuerpo? Quiero verlo, cuestión de rutina.

Crucé los brazos y me apoyé contra la mampara. Lo hice con cuidado, por si estaba equivocado sobre unas cuantas cosas.

—¿Qué pasará si no te lo digo?

—En este caso, me vería obligado a insistir.

Los ojos de Illini eran astutos. El pistolero se puso en tensión.

—¡Ah! —dije—. Es un caso delicado. Un cadáver carbonizado no ayudaría en nada.

—Las instrucciones de Podnac son de inutilizar, no de matar.

—Para ser un funcionario público que hace su trabajo, parece que te arriesgas mucho, Illini. ¿Quizá los generosos motivos que el comisionado me explicó se han unido a ciertas consideraciones privadas?

Illini levantó los hombros, esbozando una sonrisa.

—Parece ser que hay depósitos de laticita —dijo—. Es verdad, tengo intereses en el contrato de explotación. Pero alguien se había precipitado para aprovecharse. ¿Por qué no aquellos que lo hicieron posible?

—Otro punto en contra mía —repuse—. Debí haber pedido un porcentaje.

—Ya es suficiente, muchacho —contestó Illini—. No intentes discutir conmigo, Ulrik. Habla o sufrirás las consecuencias.

Meneé la cabeza.

—No te creo, Illini. Todo oscila sobre el borde de una navaja. Un solo signo de problemas aquí, incluso una mancha de grasa en la cubierta, y todo se averiguará.

Podnac hizo un rápido movimiento y el arma pasó a su mano. La miré e hice una mueca.

—Esto es para intimarme a salir, para que ustedes trabajen mejor fuera, ¿verdad?

—Te advierto, Ulrik...

—No te molestes. No iré a ninguna parte. Pero tú te vas, Illini. Tienes la nave cerca de aquí. Sube a ella y lárgate. Será mejor.

—¡Estás loco! ¿Arriesgas toda la operación por causa de un ridículo sentimentalismo?

—Es mi operación, Illini. La acabaré a mi manera o no lo haré. Soy así. Ésta es la razón por la que me contrataste, ¿lo recuerdas?

Aspiró profundamente, como un hombre que se prepara para una larga zambullida, y luego espiró.

—¡No tienes ni la más mínima posibilidad, Ulrik! Vas a estropearlo todo... ¿Por qué?

—No todo. Todavía me pagarás por un trabajo terminado. Todo depende de ti. Puedes informar que examinaste la cápsula y lo encontraste todo normal. Intenta algo distinto y todo se vendrá abajo.

—Somos dos. Podríamos agarrarte, desarmado como estás.

—No mientras tenga la mano sobre el arma que llevo debajo del brazo.

Los ojos del hombrecillo me traspasaron. Puso cara de hombre masticando vidrio y sacudió la cabeza hacia su mano oculta. Caminaron uno junto al otro, hacia la puerta, y saltaron. Yo les miré mientras se alejaban.

—Me las pagarás —me dijo Illini—. Te lo prometo.

—No lo harás —le contesté—. Te limitarás a contar esos millones y mantendrás la boca cerrada. Es lo que le gustaría al comisionado.

Dieron media vuelta y yo me enderecé y bajé las manos. Podnac apuntó y disparó, y el impacto me lanzó a seis metros de donde estaba.

El mundo estaba lleno de luces parpadeantes y sonidos atronadores, pero me agarré a un resto de lucidez y no perdí el conocimiento. Lo hice porque era necesario; justo a tiempo. Podnac estaba entrando en la cápsula y se oía la voz de Illini detrás de él. Le apunté, apreté el gatillo y desapareció de mi vista.


Me dolía todo el cuerpo, como un pulgar que acaba de ser golpeado por un martillo. Un líquido caliente me goteaba por el interior del traje; los huesos rotos crujían al moverme. Entonces lo supe: no saldría de ésta. Estaba herido. Illini había ganado.

Su voz me llegó a través de una nebulosa.

—¡Hizo fuego desobedeciendo mis órdenes, Ulrik! ¡Oíste cómo se lo decía! ¡No soy responsable!

Parpadeé unas cuantas veces y pude ver al hombrecillo a través de la puerta abierta, medio agachado, en el mismo lugar que estaba la última vez que lo vi, mirando hacia la puerta y esperando el destello que acabaría con él. No sabía que yo estaba malherido, que podía entrar y acabar el trabajo sin ninguna oposición por mi parte. Pensaba que el fuerte e inteligente Ulrik estaba fingiendo de nuevo y ahora le acechaba, tranquilo y letal, dueño de la situación. Muy bien. Intentaría que siguiera creyéndolo. Yo estaba perdido, pero él también, si podía convencerle para que se fuera. Cuando los monitores llegaran y encontraran mi cadáver y la nota que procuraría escribir antes que la muerte me sorprendiera, Illini y compañía habrían cesado en su negocio de robar planetas y estarían en una penitenciaría. Me esforcé en encontrar mi voz y grité:

—No tendré en cuenta esta tentativa, Illini. Recoge al muchacho y lárgate. Estaré observando, y también las pantallas del monitor. Si intentas aterrizar de nuevo, tendrás que explicárselo a ellos.

—Así lo haré, Ulrik. Tú mandas. Tendré que usar un elevador para llevarme a Podnac...

No le contesté. No podía. Eso preocupó a Illini.

—¡Ulrik! Informaré que lo he encontrado todo en orden. No hagas ninguna tontería. Acuérdate de tus millones en créditos.

—Márchate —logré articular.

Le vi retroceder unos cuantos pasos y luego dar media vuelta y empezar a subir la cuesta. Las luces se desvanecían y volvían; yo perdía y recuperaba el conocimiento.

De repente volví a ver a Illini, guiando el cuerpo de su protegido, fláccido en el elevador. Cuando volví a mirar, ya habían desaparecido. Entonces dejé de apoyarme en la mampara y me sumí en la oscuridad.

Cuando me desperté, Johnny Trueno estaba sentado junto a mí.

Me dio agua. La bebí y pregunté:

—¡Estúpido buey! ¿Qué está haciendo aquí?

Yo dije esto, pero sólo se oyó un balbuceo, que provenía de mis pulmones agotados.

Estaba tendido con la cabeza apoyada contra la pared, del modo que él me había colocado, y miré su cara delgada, los labios agrietados y pelados, el cabello mate mezclado con trozos de hielo, y los ojos de un azul brillante fijos en los míos.

—Me desperté y vi que se había ido, Carl Patton. —Su voz había perdido la resonancia. Era la voz de un hombre viejo—. «Woola» me condujo hasta aquí.

Consideré sus palabras y entonces comprendí. Casi me hizo sonreír. Una nota escrita con sangre podía perjudicar los planes de Illini, pero un gigante vivo los reducía a la nada.

Hice una nueva tentativa y logré articular un susurro:

—Escúcheme, Johnny. Escúcheme bien porque no volveré a repetirlo. Todo era una treta..., una trampa para matarle. Este planeta está atiborrado de minerales que valen millones, billones. Pero..., la ley de la Liga..., no podían tocarlos mientras un gigante viviera. Los hombres que hay aquí nunca estuvieron en peligro. Por lo menos no debían estarlo. Pero hubo un cambio en los planes, que sólo podían llevarse a cabo después que usted desapareciera, y si continúa vivo... —Era demasiado complicado—. Olvídelo —dije—. Usted los ha vencido. Nos ha vencido a todos. Continúa viviendo. Ahora lo importante es que viva, así que tiéndase en el suelo. Aquí hay calor y provisiones de emergencia, es todo lo que necesita hasta que vengan a buscarnos, y entonces lo habrá logrado. Había un solenoide atascado, ¿comprende? ¿Sabe lo que es un solenoide? Y usted lo arregló. Salvó a los hombres. Será un héroe. Entonces no se atreverán a tocarle...

—Está seriamente herido, Carl Patton...

—¡Maldito sea, mi nombre no es Carl Patton! ¡Es Ulrik! Soy un asesino a sueldo, ¿comprende? Vine a matarle...

—Ha perdido mucha sangre, Ulrik —dijo con suavidad—. ¿Hay material médico aquí?

—Nada que pueda ayudarme. Me han metido mucha metralla. Mi cadera izquierda no es más que un amasijo de huesos y de carne. El traje me ayudó un poco..., pero no lo suficiente. Olvidémoslo. ¡Lo importante es que ellos no saben que usted vive! Si vuelven para echar una mirada y le descubren..., antes que llegue el equipo de salvamento..., vencerán. Y no pueden vencer, ¿entiende? ¡No les dejaré!

—En casa hay una máquina médica. Los doctores la colocaron allí durante la epidemia. Puede curarle.

—Claro..., y en el centro médico me harían bailar el somalí dentro de treinta y seis horas; y si no hubiera venido no me estaría ocurriendo esto. Olvídelo y dedíquese a mantenerse con vida...

Entonces debí desvanecerme, porque me desperté al sentir que alguien clavaba afilados cuchillos en mi costado. Abrí los ojos y vi mi traje abierto y mucha sangre. El gran Johnny me hacía algo en la pierna. Le dije que me dejara en paz, pero continuó cortándome, con una sierra roja y caliente, y vertiendo ácido en mis heridas. Después de un rato me desperté de un largo sueño; miré mi pierna, vendada desde la cadera con vendas del armario de primeros auxilios.

—Todavía le queda mucha fuerza, Ulrik —dijo—. Luchó conmigo como el demonio congelado.

Quería decirle que me dejara solo, que me permitiera morir en paz, pero no pude articular ningún sonido. El gigante estaba en pie, envuelto en sus pieles de color púrpura y verde. Me tomó en brazos y se dirigió a la puerta. Intenté gritar de nuevo, para decirle que ahora debía salvar lo único que quedaba: la venganza. Que ya había tenido la ocasión de jugar a san Bernardo en el rescate, que otra caminata sin esperanza por la nieve sólo significaría que Illini y compañía habrían ganado, después de todo; que mi estratagema no habría servido para nada. Pero era inútil. Noté que se tambaleaba cuando el viento le golpeó y oí cómo se conectaba el termostato de mi traje. Entonces la manta de algodón y lana me cubrió.
Apenas me acuerdo del viaje de regreso. El monitor metabólico del traje me mantuvo inconsciente..., esto y también las defensas de la naturaleza contra la sensación de ser transportado en hombros a través de una tormenta de nieve, mientras los huesos rotos supuraban y comenzaban a clavarse en la carne de mi muslo. Una vez miré la cara grande y helada y encontré los ojos nublados por el dolor.

—Déjeme aquí —dije—. No quiero ninguna clase de ayuda. Ni de usted, ni de nadie. Ganaré o perderé yo solo.

Él meneó la cabeza.

—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué hace esto?

—Un hombre —contestó—, un hombre..., debe hacer lo que se ha propuesto hacer...

Continuó adelante. Era un cadáver, pero no quería echarse a morir.

Comí y bebí, por reflejo, de los tubos que tenía en la boca. Si hubiera estado consciente, me hubiera dejado morir de hambre para acortar la prueba. A veces estaba consciente media hora seguida y me sentía como un cuarto de buey colgado en el gancho de un carnicero; otras veces dormía, y soñaba que había aprobado los exámenes de ingreso en el infierno. Unas cuantas veces me di cuenta que me caía, que estaba tendido en la nieve, y luego de las enormes manos que me levantaban penosamente, gimiendo; del cuerpo grande y torturado que continuaba avanzando.

Luego hubo otra caída. La última. Permanecí allí tendido mucho tiempo, esperando la muerte. Y después de un rato me di cuenta que el traje no me dejaría morir tan fácilmente. La comida y las drogas de la nave, que mantendrían saludable a un hombre sano durante un año, mantendrían a un hombre moribundo en un estado de tortura casi el mismo tiempo. Mi destino era éste, me gustara o no. Abrí los ojos para decir al gigante lo que pensaba de aquello, y vi su casa a cien metros de distancia, acogedora entre los grandes árboles.

Salvé la distancia a embestidas, avanzando sobre una capa de hielo cortante. La puerta se resistió al principio, pero al final la empujé con todas mis fuerzas y cedió, y yo caí de bruces contra el suelo de planchas de madera. Entonces pasó otro lapso largo e impreciso, mientras me arrastraba hacia el enorme botiquín y me metía en su interior. Oí ponerse en marcha la unidad de diagnóstico y noté como me palpaban los brazos sensoriales. Después permanecí inconsciente durante largo rato.

Esta vez, cuando recobré el conocimiento, estaba hambriento, tenía la cabeza clara, no sentía ningún dolor, y tenía la pierna enyesada. Busqué a mi anfitrión con la mirada, pero me hallaba solo en la enorme casa. En el hogar no ardía ningún fuego, pero hacía calor. En el pasado, alguien había instalado un calentador espacial de controles automáticos para que el gigante gozara de una buena temperatura cuando el fuego se apagase. Encontré algo de comida en los estantes y moví las mandíbulas por primera vez en muchos días. Era doloroso, pero satisfactorio. Conecté la unidad emisora y me preparé para contar mi historia al Universo, y entonces recordé que aún quedaban algunos detalles por aclarar. Fui hacia la puerta con la vaga idea de comprobar si Johnny Trueno estaba fuera, cortando leños para hacer ejercicio. Todo lo que vi fue un trozo de nieve barrida por el viento, los árboles gigantes al fondo) y el cielo gris, parecido a una lona mojada. Y otra cosa: un bulto alargado en la nieve, a medio camino entre la casa y el lindero del bosque.

El crujido de la nieve bajo mis pies sonó casi como una explosión en el silencio mientras caminaba hacia el bulto. El gigante yacía boca arriba, con los ojos fijos en el cielo, cubiertos por una capa de hielo. Tenía los brazos doblados y las manos abiertas, como si llevase a un niño. La nieve le cubría como un manto que le protegiera en su sueño. El perro estaba junto a él, helado en su puesto de guardia.

Durante largo rato, contemplé al gigante, y se formaron palabras en mi interior, cosas que requerían una voz para cruzar el golfo, más ancho que el espacio, y llegar adonde él se había ido. Pero todo lo que dije fue:

—Lo conseguiste, Johnny. Nosotros fuimos los inteligentes; pero tú fuiste el que hizo lo que se había propuesto hacer.
Pulsé la tecla de «emisión», para disparar el proyectil que hundiría a Illini y su tripulación como si pilotaran una canoa de plomo pero entonces, la pequeña y sabia voz de la discreción empezó a hablarme en un susurro. Aniquilarlos sería un bonito gesto por parte de un cadáver, muerto con una mueca de triunfo en el rostro. Consideraba incluso justificado hacerles explotar en el espacio para salvar de ellos el helado paraíso de Johnny Trueno, teniendo en cuenta la traición que habían intentado hacerme.

Pero yo estaba vivo, y Johnny había muerto. Y aquel millón aún me esperaba. No había nada en la cápsula que no tuviera su explicación en el gran escorpión que me había mordido la pierna. Johnny sería un héroe, y le levantarían un monumento en algún lugar donde no llegasen las naves excavadoras; yo me encargaría de ello.

Al final tomé la decisión adecuada, la decisión inteligente. Les dije lo que querían oír: que los hombres estaban a salvo, y que el gigante había muerto como un héroe. Entonces me dispuse a esperar a la nave de salvamento.
Cobré el dinero. Desde entonces he vivido medio retirado. Esto es una bonita manera de decir que no me he confesado a mí mismo que no acepto más misiones. He pasado el último año viajando, contemplando paisajes, disfrutando de los lugares de lujo, gastando una parte de la renta que me producen mis ahorros. He comido, bebido, y gozado de todos los deportes emocionantes, desde el esquí aéreo hasta el paseo submarino, pero sea lo que fuere lo que estoy buscando, tengo la sensación que nunca lo encontraré, como tampoco lo encontrarán los demás hombres sedientos de emociones.

Es un universo grande e impersonal, y los hombres insignificantes ansían algo que les confiera una estatura comparable a las estrellas.

Pero en un mundo donde una vez hubo un gigante, los demás estamos condenados a ser siempre pigmeos.


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